Michael R. Krätke
Freitag
Brasil, Rusia, India y China [BRIC] quieren anunciar un nuevo orden económico mundial. Como Estados BRIC, buscan el espaldarazo en la Cumbre de Yekaterinburgo.
Las grandes crisis son tiempos de grandes cambios y ajustes. En el sistema mundial capitalista los equilibrios están alterándose a toda velocidad, y no juega en ello una parte menor la actuación de los Estados BRIC. Tal parece como si de una figura artística creada en otro tiempo por Goldman Sachs surgiera ahora una magnitud global capaz de competir ocn los EEUU y la UE: China, la potencia mundial venidera, y Rusia, la decadente, han sido las primeras en entenderse; Brasil y la India les han seguido. Desde hace un año, vienen sosteniendo reuniones informales como Estados BRIC. Esta semana se realiza la primera cumbre oficial de países BRIC en la ciudad rusa de Yekaterinburgo.
Brasil, Rusia, India y China representan casi el 46% de la población mundial, y son potencias económicas de nivel mundial como exportadoras de materias primas y productos agrícolas, como taller del mundo, fábrica de ideas y centro de prestación de servicios. De consuno, disponen del mayor volumen de reservas monetarias: 2,9 billones de dólares. Sus economías nacionales crecen, aun si, ahora, a un ritmo claramente menor. No les queda otra opción, sin o la de quitarse de encima lo antes posible la mordaza de la recesión. Y tienen posibilidades de lograrlo, porque sus gobiernos no se limitan a una política de gestión de la crisis, como el gobierno norteamericano y la UE, sino que están resueltos a inducir cambios. De conseguirlo, en unos pocos años alcanzarían o aun superarían económicamente a los Estados el G-7. Porque entonces estarían más imbricados entre sí que nunca antes, y va de suyo que eso podrá constatarse objetivamente en el momento en que China desplace a los EEUU como socio comercial principal del Brasil.
El FMI puede estar contento
Lo que en la cumbre de Yekaterinburgo anda en juego es, ni más ni menos, que una alianza estratégica en la política económica de alcance planetario, a fin de ejercer de contrapeso al “modelo” del capitalismo euronorteamericano de los mercados financieros. Quien quiera superar la presente crisis sin sentar las bases para un próximo desplome financiero, no puede limitarse a rescates billonarios de bancos y a regular los mercados financieros, escribe el ministro brasileño de estrategia Roberto Mangabeira Unger, autor de varios libros en los que ha abogado por la importación a la América latina del socialismo democrático de impronta europea.
¿A dónde llevan esas maniobras de cambios de los Estados BRIC? Ya antes de su cumbre, chinos, brasileños y rusos han venido abogando por el final del régimen del dólar y por una nueva divisa mundial. Los bancos centrales de estos tres países que, junto con el de la India, han experimentado, en las últimas cuatro semanas, un incremento de 60 mil millones en sus reservas de dólares, están resueltos a fragmentar y diversificar. Ya han anunciado su intención de adquirir bonos de empréstito del FMI y, al propio tiempo, vender bonos del Tesoro norteamericano por un valor de 100 mil millones de dólares. Los títulos del FMI serán emitidos como derechos especiales de giro, es decir, que se tratará de dinero fiduciario internacional, fundado en una cesta monetaria compuesta de dólares, euros, libras esterlinas, yenes y francos suizos. Estará contento el FMI, porque su planeada emisión de bonos de empréstito se convertirá así en un negocio seguro, aunque no admirable. En contrapartida, los Estados BRIC pueden endurecer sus exigencias de igualdad en las deliberaciones del FMI.
En la batahola de las acciones de los Estados por rescatar empresas en el espacio de la UE, se ha puesto sordina a algunas de las crisis que habrán de resultar decisivas para el transcurso de la presente Gran Depresión del año 2009 (la cuarta del capitalismo moderno): la crisis de hambrunas, la crisis agrícola, la crisis energética, la crisis de materias primas y las amenazantes consecuencias de la catástrofe medioambiental.
Del BRIC al BRIICSS
Los Estados BRIC no pueden dejar de ver que todas esas crisis mundiales no sólo llaman a la puerta de su casa, sino que irrumpen en el seno mismo de sus países. Así que fácilmente podrían los Estados BRIC reconvertirse en un grupo de Estados BRIICSS, si Indonesia, Corea del Sur y Suráfrica se incorporaran. Entonces podría hablarse con propiedad de un contra poder de alcance económico mundial. La Unión Europea, ahora en situación de espera, tendrá que decidir con quién quiere ir de la mano: si hacia el abismo con los EEUU, o con los países BRIC, hacia un nuevo orden económico mundial.
Michael R. Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam, investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad y catedrático de economía política y director del Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Lancaster en el Reino Unido.
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss
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martes, 7 de julio de 2009
Los culpables de la crisis retoman Wall Street
Pere Rusiñol
Público
Los bancos y los fondos de riesgo regresan a los beneficios en EEUU y se blindan para aguar los intentos de mayor regulación
Alan Schwartz, uno de los principales responsables del hundimiento del banco de inversiones Bear Stearns, vuelve este mes a la trinchera como principal ejecutivo de Guggenheim Partners LLC. Los hedge funds, cuya opacidad ha sido señalada como una de las causas del tsunami financiero, tuvieron un mayo magnífico ganancias del 5,23%, según Hedge Funds Research, uno de los mejores meses de la historia y los ejecutivos de grandes bancos de EEUU JP Morgan, Goldman Sachs, Morgan Stanley se preparan para repartirse de nuevo sus bonus tras liberarse del yugo del Gobierno.
Bernard Madoff está entre rejas, sí, pero casi todas las demás estrellas de Wall Street que llevaron el mundo a la ruina están de vuelta. Como si nada hubiera pasado. Y dispuestos a dar la batalla en el Congreso para evitar que la Administración de Obama les imponga una regulación más estricta.
"Hay un sentimiento palpable [en Wall Street] de que la tormenta ha pasado", ha escrito Paul Krugman, columnista de The New York Times y premio Nobel de Economía. Y añade: "Los banqueros parecen creer que el regreso al business as usual está a la vuelta de la esquina. Creen que pronto podrán volver a jugar a los mismos juegos de antes."
El Dow Jones ha subido 2.000 puntos desde marzo y la mayoría de los grandes bancos estadounidenses regresaron a los beneficios multimillonarios en el primer trimestre de 2009. Gracias a los tests de estrés, 10 de ellos han anunciado incluso su intención de devolver el dinero público, con lo que se liberarán de las cortapisas de la Administración, tanto en la retribución de los directivos como en las operaciones de riesgo.
Jonathan Weil, analista de Bloomberg, lo ha dicho sin tapujos: "Esconda su cartera. Los grandes bancos están devolviendo el dinero público y ya sabe lo que esto significa: vuelve la fiesta a Wall Street".
Tests de estrés
Muchos economistas llevan semanas advirtiendo de que los tests de estrés eran una fórmula demasiado laxa, que en la práctica servía para evitar reformas importantes. No sólo lo avisaron los académicos de izquierdas, sino también muchos economistas liberales, como Martin Wolf, del Financial Times: "El objetivo de los tests de estrés es simplemente volver a poner en marcha el show", ha dicho.
Joseph Stiglitz, también Nobel de Economía, sostiene además que los beneficios de los grandes bancos se han conseguido gracias a las técnicas que alimentaron la burbuja. "Algunos de los bancos registraron ganancias basadas principalmente en trucos contables y especulación", ha señalado el Nobel. "Se recompensa a los mismos que causaron la crisis", remacha.
Ejecutivos que contribuyeron al crash ya están recolocados
Los hedge funds no sólo han vuelto a los beneficios, sino que se están blindando: su patronal Managed Funds Association acaba de contratar a uno de los más rutilantes lobbyistas de Washington Brownstein Hyatt Farber Schreck para garantizar que todo siga igual. Y uno de los productos especulativos más jugosos el carry trade: comprar y vender divisas en función de los tipos de interés vuelve a ser "tentador", según The Wall Street Journal.
Al economista José Luis Sampedro, que a sus 92 años conserva intacta su lucidez, no le sorprende que la fiesta vuelva a Wall Street: "Los causantes financieros [de la crisis] pueden irse fácilmente de rositas e incluso ser felicitados, pues lo que hacen está inspirado en los principios del sistema, incluso aplaudido por los antirreguladores y demás fundamentalistas del mercado", explica a Público.
"Si hubiera que buscar líderes que desempeñaron un rol en acelerar esta crisis, podrían encontrarse en la misma Administración de Obama", recalca John Bellamy Foster, director de Montlhy Review, histórica publicación alternativa de Nueva York.
Bellamy Foster se refiere a asesores o altos cargos como Robert Rubin, que fichó por Citigroup tras acelerar desde el Tesoro la desregularización del sector bancario; Larry Summers, que también desde el Tesoro se opuso a cualquier regulación de los productos derivados "armas financieras de destrucción masiva", según Warren Buffet, y Tim Geithner, el actual secretario del Tesoro reclutado desde la Reserva Federal de Nueva York.
Cuando trascendió la composición del equipo económico de Obama, el economista Dean Baker, del Center for Economic and Policy Research, estalló: "¡Es como pedir ayuda a Bin Laden para la guerra contra el terror!".
Y sin embargo, Obama acaba de lanzar un plan para regular el sector financiero presentado como el más ambicioso desde la Gran Depresión. Pese a la grandilocuencia de las palabras, el Financial Times y The Wall Street Journal los dos periódicos financieros más influyentes coincidieron en que la propuesta ha sido recibida en Wall Street con "alivio".
Ambos periódicos comparten el análisis: las medidas no son tan duras y, además, Wall Street confía en aguarlas en el Congreso gracias al trabajo de los mejores lobbies.
Nada para las víctimas
Muchos de los ejecutivos destronados por la crisis viven en realidad un momento estupendo: o disfrutan de su jubilación de oro como Fred Goodwin, ex director del Royal Bank of Scotland, con pensión anual de 1,2 millones de dólares o ya han sido contratados de nuevo, a menudo en empresas de alto riesgo. "Si quiere seguridad, fiche a un ladrón", ironizó el semanario británico The Economist al comentar la tendencia.
Los que crearon la crisis ya están dejándola atrás, pero para el resto se agudiza. "Se han dedicado fondos masivos a los bancos, que son los principales responsables de la crisis, y en cambio, nada a las víctimas", lamenta el economista Albert Recio, de la Universidad Autónoma de Barcelona.
http://www.publico.es/dinero/233674/culpables/crisis/vuelvena/alto/wall/str
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Público
Los bancos y los fondos de riesgo regresan a los beneficios en EEUU y se blindan para aguar los intentos de mayor regulación
Alan Schwartz, uno de los principales responsables del hundimiento del banco de inversiones Bear Stearns, vuelve este mes a la trinchera como principal ejecutivo de Guggenheim Partners LLC. Los hedge funds, cuya opacidad ha sido señalada como una de las causas del tsunami financiero, tuvieron un mayo magnífico ganancias del 5,23%, según Hedge Funds Research, uno de los mejores meses de la historia y los ejecutivos de grandes bancos de EEUU JP Morgan, Goldman Sachs, Morgan Stanley se preparan para repartirse de nuevo sus bonus tras liberarse del yugo del Gobierno.
Bernard Madoff está entre rejas, sí, pero casi todas las demás estrellas de Wall Street que llevaron el mundo a la ruina están de vuelta. Como si nada hubiera pasado. Y dispuestos a dar la batalla en el Congreso para evitar que la Administración de Obama les imponga una regulación más estricta.
"Hay un sentimiento palpable [en Wall Street] de que la tormenta ha pasado", ha escrito Paul Krugman, columnista de The New York Times y premio Nobel de Economía. Y añade: "Los banqueros parecen creer que el regreso al business as usual está a la vuelta de la esquina. Creen que pronto podrán volver a jugar a los mismos juegos de antes."
El Dow Jones ha subido 2.000 puntos desde marzo y la mayoría de los grandes bancos estadounidenses regresaron a los beneficios multimillonarios en el primer trimestre de 2009. Gracias a los tests de estrés, 10 de ellos han anunciado incluso su intención de devolver el dinero público, con lo que se liberarán de las cortapisas de la Administración, tanto en la retribución de los directivos como en las operaciones de riesgo.
Jonathan Weil, analista de Bloomberg, lo ha dicho sin tapujos: "Esconda su cartera. Los grandes bancos están devolviendo el dinero público y ya sabe lo que esto significa: vuelve la fiesta a Wall Street".
Tests de estrés
Muchos economistas llevan semanas advirtiendo de que los tests de estrés eran una fórmula demasiado laxa, que en la práctica servía para evitar reformas importantes. No sólo lo avisaron los académicos de izquierdas, sino también muchos economistas liberales, como Martin Wolf, del Financial Times: "El objetivo de los tests de estrés es simplemente volver a poner en marcha el show", ha dicho.
Joseph Stiglitz, también Nobel de Economía, sostiene además que los beneficios de los grandes bancos se han conseguido gracias a las técnicas que alimentaron la burbuja. "Algunos de los bancos registraron ganancias basadas principalmente en trucos contables y especulación", ha señalado el Nobel. "Se recompensa a los mismos que causaron la crisis", remacha.
Ejecutivos que contribuyeron al crash ya están recolocados
Los hedge funds no sólo han vuelto a los beneficios, sino que se están blindando: su patronal Managed Funds Association acaba de contratar a uno de los más rutilantes lobbyistas de Washington Brownstein Hyatt Farber Schreck para garantizar que todo siga igual. Y uno de los productos especulativos más jugosos el carry trade: comprar y vender divisas en función de los tipos de interés vuelve a ser "tentador", según The Wall Street Journal.
Al economista José Luis Sampedro, que a sus 92 años conserva intacta su lucidez, no le sorprende que la fiesta vuelva a Wall Street: "Los causantes financieros [de la crisis] pueden irse fácilmente de rositas e incluso ser felicitados, pues lo que hacen está inspirado en los principios del sistema, incluso aplaudido por los antirreguladores y demás fundamentalistas del mercado", explica a Público.
"Si hubiera que buscar líderes que desempeñaron un rol en acelerar esta crisis, podrían encontrarse en la misma Administración de Obama", recalca John Bellamy Foster, director de Montlhy Review, histórica publicación alternativa de Nueva York.
Bellamy Foster se refiere a asesores o altos cargos como Robert Rubin, que fichó por Citigroup tras acelerar desde el Tesoro la desregularización del sector bancario; Larry Summers, que también desde el Tesoro se opuso a cualquier regulación de los productos derivados "armas financieras de destrucción masiva", según Warren Buffet, y Tim Geithner, el actual secretario del Tesoro reclutado desde la Reserva Federal de Nueva York.
Cuando trascendió la composición del equipo económico de Obama, el economista Dean Baker, del Center for Economic and Policy Research, estalló: "¡Es como pedir ayuda a Bin Laden para la guerra contra el terror!".
Y sin embargo, Obama acaba de lanzar un plan para regular el sector financiero presentado como el más ambicioso desde la Gran Depresión. Pese a la grandilocuencia de las palabras, el Financial Times y The Wall Street Journal los dos periódicos financieros más influyentes coincidieron en que la propuesta ha sido recibida en Wall Street con "alivio".
Ambos periódicos comparten el análisis: las medidas no son tan duras y, además, Wall Street confía en aguarlas en el Congreso gracias al trabajo de los mejores lobbies.
Nada para las víctimas
Muchos de los ejecutivos destronados por la crisis viven en realidad un momento estupendo: o disfrutan de su jubilación de oro como Fred Goodwin, ex director del Royal Bank of Scotland, con pensión anual de 1,2 millones de dólares o ya han sido contratados de nuevo, a menudo en empresas de alto riesgo. "Si quiere seguridad, fiche a un ladrón", ironizó el semanario británico The Economist al comentar la tendencia.
Los que crearon la crisis ya están dejándola atrás, pero para el resto se agudiza. "Se han dedicado fondos masivos a los bancos, que son los principales responsables de la crisis, y en cambio, nada a las víctimas", lamenta el economista Albert Recio, de la Universidad Autónoma de Barcelona.
http://www.publico.es/dinero/233674/culpables/crisis/vuelvena/alto/wall/str
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En la encrucijada de la crisis global
Arturo Guillén
ALAI AMLATINA
La crisis global es la crisis más importante experimentada por el capitalismo desde la gran crisis de los años treinta del siglo pasado. Se trata de una crisis de deuda-deflación de nuevo tipo, que señala los límites del régimen de acumulación con dominación financiera vigente desde la década de los ochenta, y que estaba caracterizado, entre otros elementos, por la bursatilización, es decir, por un régimen de financiamiento basado en la emisión de obligaciones y derivados.
En el tercer trimestre de 2008 la crisis inmobiliaria que comenzó a manifestarse en Estados Unidos a comienzos de 2007, se transformó en una crisis financiera de grandes proporciones con efectos sistémicos. A la fecha, a pesar de las enormes pérdidas registradas en los mercados financieros y del alto costo de los rescates y de las inyecciones de liquidez efectuadas por los bancos centrales y de los gobiernos, la inestabilidad financiera está lejos de haberse superado. Además, se inició una recesión de alcance global en el segundo trimestre de 2008.
La crisis económica y financiera es sólo uno de los cuatro procesos de crisis que enfrenta el mundo en la actualidad. Junto a ella se entrelazan otros procesos iguales o más importantes, como la crisis ecológica (donde destacan los problemas derivados del calentamiento del planeta); la crisis energética que señala los límites de un paradigma energético y de un modo de consumo basado en el uso y abuso de los combustibles fósiles; y la crisis alimentaria. Es, pues, una crisis inédita y multifacética. Se asiste, en muchos sentidos, a la crisis de lo que Braudel denominaba la “civilización occidental”.
Cuando la crisis financiera ya se manifestaba con fuerza en Estados Unidos durante el último trimestre de 2007, en algunos círculos existía la creencia errónea, el mito de que ciertos países podrían “desacoplarse” (decoupling) de los efectos de la misma. Se popularizó la idea de que aún en el caso de una recesión estadounidense, el ciclo de crecimiento de la economía mundial se mantendría y la Unión Europea, Asia, así como los países emergentes podrían seguir creciendo.
Pronto se evidenció que tal “desacoplamiento” no existe, mucho menos en una economía tan globalizada como la actual. En un trabajo anterior (Guillén, 2009) sostenía que la crisis se globalizaría por dos razones: primero, porque la “burbuja” de los bienes raíces no fue un fenómeno estadounidense, sino que abarcó a muchos países; y segundo, porque el involucramiento en la orgía de bursatilización y derivados incluyó también a bancos e intermediarios financieros europeos y asiáticos. Además, resulta difícil pensar en desacoplamiento en un mundo más integrado que nunca, por la vía del comercio exterior y de los flujos financieros. Tampoco resulta factible esperar desacoplamientos en el marco de una “arquitectura” financiera mundial donde los Estados Unidos actúan como “comprador de última instancia” mediante el financiamiento de sus déficit (presupuestal y de balanza de pagos) vía ahorro externo. En otras palabras, no es dable esperar que los vagones continúen su movimiento cuando la locomotora se detiene.
Es posible que algunas grandes economías como China o India, resistan mejor los embates de la crisis y logren mantener su crecimiento. Sin embargo, el aumento en sus productos internos será a una tasa mucho menor, y siempre y cuando logren reenfocar sus estrategias de desarrollo hacia sus mercados internos.
La mayoría de los países han entrado en recesión, o lo harán en los meses siguientes. Esta es generalizada y profunda. Se trata sin duda de la contracción más importante desde la posguerra. Abarca a los Estados Unidos, a la Unión Europea, a Japón, a los países de Asia del Este y a un buen número de los llamados países emergentes de la periferia. América Latina no es la excepción.
La crisis global golpeó a América Latina cuando esta región emergía de uno de los periodos de expansión económica más intensos de las últimas décadas. Según datos de la CEPAL, el PIB de la región creció a una tasa promedio del 5 por ciento anual entre 2003 y 2008, lo que significa un incremento medio superior al 3 por ciento en el producto por habitante, resultado no conseguido desde la época del modelo de sustitución de importaciones (CEPAL, 2008: 13). Algunos países como Argentina y Venezuela tuvieron una mejor trayectoria, con tasas de crecimiento de más del 8 por ciento por varios años consecutivos.
El buen desempeño económico de América Latina obedeció, en alguna medida, al mejoramiento sustancial de los términos de intercambio, al crecimiento del volumen de exportación y a los altos precios de los productos primarios durante el periodo de referencia, pero también en el caso de varios países, como los citados arriba y otros, al abandono de las recetas del Consenso de Washington, a la búsqueda de estrategias alternativas de desarrollo y a la aplicación de políticas monetarias, fiscales y salariales activas.
La recesión comenzó en América Latina durante el cuarto trimestre de 2008. A pesar de ello todavía en diciembre de 2008, la CEPAL preveía para 2009 un crecimiento del PIB del 1.9 por ciento. Sin embargo, en abril de 2009 el mismo organismo estimó una contracción del 0.3 por ciento (CEPAL, 2009a), y en junio la modificó a una mayor del -1.7% (El Financiero, 2009). El FMI y el Banco Mundial coinciden en que la región entrará en recesión y que esta afectará a economías tan importantes como Brasil, México, Argentina, Chile y Colombia. Durante el cuarto trimestre de 2008, México, Brasil, Argentina y Chile registraron decrecimientos anualizados del PIB del 10.3 por ciento, 13.6 por ciento, 8.3 por ciento y 1.2 por ciento respectivamente. En el primer trimestre de 2004, las caídas se moderaron en Brasil, Chile y Argentina, pero se profundizó en México al registrar un decrecimiento anualizado sin precedentes, del 21.5%.
En contra de lo que afirman diversos voceros, la crisis en América Latina no viene de fuera. Desde la crisis de la deuda externa de los ochenta, nuestros países se insertaron pasivamente en la globalización neoliberal, y fue dicha inserción la causante principal del estancamiento económico experimentado durante las últimas décadas. Ahora que la crisis global marca límites a la globalización, se evidencia la imposibilidad de mantener un patrón de acumulación liderado por las exportaciones y sostenido por políticas monetarias y fiscales restrictivas. La mejor constatación de la inoperancia del modelo neoliberal lo marca el hecho de que los países que lograron superar el estancamiento en el anterior periodo expansivo, fueron aquellos que se alejaron del Consenso de Washington y ensayaron estrategias alternativas de desarrollo. Otra cosa es que debido a la profundidad de la crisis, ésta afecta a todos los países de la región, con independencia del estilo de desarrollo adoptado.
Según la CEPAL (2008), los principales mecanismos de transmisión de la crisis han sido el deterioro de los términos de intercambio, la disminución de las remesas de los emigrantes y el retiro masivo de los flujos privados de capital de los mercados financieros. Este organismo multilateral (2008: 22) estima que los términos de intercambio de la región caerán un 15 por ciento durante 2009. Los precios de los productos primarios se desplomaron con la crisis. En febrero de 2009, estos precios habían caído respecto al pico de la expansión, de la siguiente manera: petróleo en 51 por ciento, alimentos en 18 por ciento, arroz en 50.6 por ciento, maíz en 47.9 por ciento, trigo en 41.9 por ciento, metales en 49 por ciento y cobre en 37.9 por ciento. En el caso de la caída de las remesas de migrantes, los países más afectados serán México, Bolivia, Ecuador y la mayor parte de Centroamérica y del Caribe.
Sin embargo, el factor que probablemente más ha afectado a las economías latinoamericanas, sobretodo a las más vinculadas a los circuitos financieros internacionales, es el retiro abrupto de los flujos externos de capital. El Instituto de Finanzas Internacionales, organismo dependiente del FMI, prevé que los ingresos de capital privado en los mercados emergentes descenderán a 165,000 millones de dólares en el 2009, una fuerte baja respecto a los 466,000 millones del 2008 y al récord histórico de 929,000 millones registrado en el 2007. La salida de recursos de los mercados de dinero y de capitales hacia instrumentos más seguros como los Bonos del Tesoro estadounidenses, no sólo han afectado los índices bursátiles y otras variables financieras de la región, sino que han provocado fuertes devaluaciones cambiarias. Es notable la devaluación de las monedas en los casos de México y Brasil, las dos mayores economías de la región. De julio de 2008 a febrero de 2009 la devaluación del real brasileño y del peso mexicano ante el dólar estadounidense fue 30.5 por ciento en ambos casos. Mientras en Chile y Argentina es de 15.2 y 14.9 por ciento respectivamente. Después, tanto en Brasil como en México se registró una recuperación relativa de sus monedas frente al dólar. En el caso de México vinculado al uso de la línea de crédito que le extendió la Reserva Federal estadounidense al Banco de México y a la contratación de una línea de crédito por 47 mil millones de dólares con el FMI.
La crisis global tiene todavía un largo camino por recorrer. El proceso de desvalorización de los capitales no ha concluido aún. Hasta ahora los países desarrollados han bajado hasta el límite la tasas de interés y han ejecutado agresivos programas fiscales de salvamento para estabilizar sus mercados financieros, romper la restricción crediticia y contener la recesión, sin que hayan logrado modificar sustancialmente el marco de incertidumbre en que se desenvuelve la economía mundial. Por el contrario, el panorama se nubla por el avance de la deflación y por su imbricación con la recesión. En esta ocasión no habrá salida exportadora para ningún país, lo que obligará a reestructurar los sistemas productivos y buscar la salida en los mercados internos y en espacios regionales de integración.
La situación de América Latina es sin duda compleja, con graves dificultades a encarar en el futuro inmediato. El camino de México, de Colombia y de los países más cercanos al Consenso de Washington parece definido: integrarse más con Estados Unidos, subordinarse a los organismos multilaterales y esperar a que pase el diluvio para reflotar el modelo neoliberal. Para algunos puede ser un escenario atractivo, pero los costos sociales serán inmensos. Sin duda se profundizarán la heterogeneidad estructural, la desigualdad social y la pobreza. Por otra parte, la ruta para los gobiernos autodefinidos como progresistas, que son la mayoría de la región, es difícil. Estos gobiernos deberían perseverar, en un contexto mundial convulso, en su unidad; en la profundización de sus procesos de transformación económica y política internos; en la búsqueda de estrategias y políticas alternativas; en la ampliación de sus relaciones con las potencias emergentes (China, Rusia, India, Irán, etc.); y en la concreción y fortalecimientos de esquemas de integración sur-sur.
BIBLIOGRAFÍA
CEPAL (2009). “Crecimiento de América Latina y el Caribe retrocedería a -0.3% en 2009, según la CEPAL”, 6 de abril, en: http://www.eclac.org
-------- (2008). Balance preliminar de las economías de América Latina y el Caribe, Comisión Económica para América Latina, Naciones Unidas, Santiago de Chile.
El Financiero (2009). “Estima Cepal caída de 1.7% del PIB en América Latina”. México 11 de junio.
Guillén A (2007). Mito y realidad de la globalización neoliberal. México, Miguel Ángel Porrúa editores –UAMI
- Dr. Arturo Guillén R. es Profesor-Investigador del Departamento de Economía
Coordinador del Posgrado en Estudios Sociales, Línea Economía Social
Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa, México
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ALAI AMLATINA
La crisis global es la crisis más importante experimentada por el capitalismo desde la gran crisis de los años treinta del siglo pasado. Se trata de una crisis de deuda-deflación de nuevo tipo, que señala los límites del régimen de acumulación con dominación financiera vigente desde la década de los ochenta, y que estaba caracterizado, entre otros elementos, por la bursatilización, es decir, por un régimen de financiamiento basado en la emisión de obligaciones y derivados.
En el tercer trimestre de 2008 la crisis inmobiliaria que comenzó a manifestarse en Estados Unidos a comienzos de 2007, se transformó en una crisis financiera de grandes proporciones con efectos sistémicos. A la fecha, a pesar de las enormes pérdidas registradas en los mercados financieros y del alto costo de los rescates y de las inyecciones de liquidez efectuadas por los bancos centrales y de los gobiernos, la inestabilidad financiera está lejos de haberse superado. Además, se inició una recesión de alcance global en el segundo trimestre de 2008.
La crisis económica y financiera es sólo uno de los cuatro procesos de crisis que enfrenta el mundo en la actualidad. Junto a ella se entrelazan otros procesos iguales o más importantes, como la crisis ecológica (donde destacan los problemas derivados del calentamiento del planeta); la crisis energética que señala los límites de un paradigma energético y de un modo de consumo basado en el uso y abuso de los combustibles fósiles; y la crisis alimentaria. Es, pues, una crisis inédita y multifacética. Se asiste, en muchos sentidos, a la crisis de lo que Braudel denominaba la “civilización occidental”.
Cuando la crisis financiera ya se manifestaba con fuerza en Estados Unidos durante el último trimestre de 2007, en algunos círculos existía la creencia errónea, el mito de que ciertos países podrían “desacoplarse” (decoupling) de los efectos de la misma. Se popularizó la idea de que aún en el caso de una recesión estadounidense, el ciclo de crecimiento de la economía mundial se mantendría y la Unión Europea, Asia, así como los países emergentes podrían seguir creciendo.
Pronto se evidenció que tal “desacoplamiento” no existe, mucho menos en una economía tan globalizada como la actual. En un trabajo anterior (Guillén, 2009) sostenía que la crisis se globalizaría por dos razones: primero, porque la “burbuja” de los bienes raíces no fue un fenómeno estadounidense, sino que abarcó a muchos países; y segundo, porque el involucramiento en la orgía de bursatilización y derivados incluyó también a bancos e intermediarios financieros europeos y asiáticos. Además, resulta difícil pensar en desacoplamiento en un mundo más integrado que nunca, por la vía del comercio exterior y de los flujos financieros. Tampoco resulta factible esperar desacoplamientos en el marco de una “arquitectura” financiera mundial donde los Estados Unidos actúan como “comprador de última instancia” mediante el financiamiento de sus déficit (presupuestal y de balanza de pagos) vía ahorro externo. En otras palabras, no es dable esperar que los vagones continúen su movimiento cuando la locomotora se detiene.
Es posible que algunas grandes economías como China o India, resistan mejor los embates de la crisis y logren mantener su crecimiento. Sin embargo, el aumento en sus productos internos será a una tasa mucho menor, y siempre y cuando logren reenfocar sus estrategias de desarrollo hacia sus mercados internos.
La mayoría de los países han entrado en recesión, o lo harán en los meses siguientes. Esta es generalizada y profunda. Se trata sin duda de la contracción más importante desde la posguerra. Abarca a los Estados Unidos, a la Unión Europea, a Japón, a los países de Asia del Este y a un buen número de los llamados países emergentes de la periferia. América Latina no es la excepción.
La crisis global golpeó a América Latina cuando esta región emergía de uno de los periodos de expansión económica más intensos de las últimas décadas. Según datos de la CEPAL, el PIB de la región creció a una tasa promedio del 5 por ciento anual entre 2003 y 2008, lo que significa un incremento medio superior al 3 por ciento en el producto por habitante, resultado no conseguido desde la época del modelo de sustitución de importaciones (CEPAL, 2008: 13). Algunos países como Argentina y Venezuela tuvieron una mejor trayectoria, con tasas de crecimiento de más del 8 por ciento por varios años consecutivos.
El buen desempeño económico de América Latina obedeció, en alguna medida, al mejoramiento sustancial de los términos de intercambio, al crecimiento del volumen de exportación y a los altos precios de los productos primarios durante el periodo de referencia, pero también en el caso de varios países, como los citados arriba y otros, al abandono de las recetas del Consenso de Washington, a la búsqueda de estrategias alternativas de desarrollo y a la aplicación de políticas monetarias, fiscales y salariales activas.
La recesión comenzó en América Latina durante el cuarto trimestre de 2008. A pesar de ello todavía en diciembre de 2008, la CEPAL preveía para 2009 un crecimiento del PIB del 1.9 por ciento. Sin embargo, en abril de 2009 el mismo organismo estimó una contracción del 0.3 por ciento (CEPAL, 2009a), y en junio la modificó a una mayor del -1.7% (El Financiero, 2009). El FMI y el Banco Mundial coinciden en que la región entrará en recesión y que esta afectará a economías tan importantes como Brasil, México, Argentina, Chile y Colombia. Durante el cuarto trimestre de 2008, México, Brasil, Argentina y Chile registraron decrecimientos anualizados del PIB del 10.3 por ciento, 13.6 por ciento, 8.3 por ciento y 1.2 por ciento respectivamente. En el primer trimestre de 2004, las caídas se moderaron en Brasil, Chile y Argentina, pero se profundizó en México al registrar un decrecimiento anualizado sin precedentes, del 21.5%.
En contra de lo que afirman diversos voceros, la crisis en América Latina no viene de fuera. Desde la crisis de la deuda externa de los ochenta, nuestros países se insertaron pasivamente en la globalización neoliberal, y fue dicha inserción la causante principal del estancamiento económico experimentado durante las últimas décadas. Ahora que la crisis global marca límites a la globalización, se evidencia la imposibilidad de mantener un patrón de acumulación liderado por las exportaciones y sostenido por políticas monetarias y fiscales restrictivas. La mejor constatación de la inoperancia del modelo neoliberal lo marca el hecho de que los países que lograron superar el estancamiento en el anterior periodo expansivo, fueron aquellos que se alejaron del Consenso de Washington y ensayaron estrategias alternativas de desarrollo. Otra cosa es que debido a la profundidad de la crisis, ésta afecta a todos los países de la región, con independencia del estilo de desarrollo adoptado.
Según la CEPAL (2008), los principales mecanismos de transmisión de la crisis han sido el deterioro de los términos de intercambio, la disminución de las remesas de los emigrantes y el retiro masivo de los flujos privados de capital de los mercados financieros. Este organismo multilateral (2008: 22) estima que los términos de intercambio de la región caerán un 15 por ciento durante 2009. Los precios de los productos primarios se desplomaron con la crisis. En febrero de 2009, estos precios habían caído respecto al pico de la expansión, de la siguiente manera: petróleo en 51 por ciento, alimentos en 18 por ciento, arroz en 50.6 por ciento, maíz en 47.9 por ciento, trigo en 41.9 por ciento, metales en 49 por ciento y cobre en 37.9 por ciento. En el caso de la caída de las remesas de migrantes, los países más afectados serán México, Bolivia, Ecuador y la mayor parte de Centroamérica y del Caribe.
Sin embargo, el factor que probablemente más ha afectado a las economías latinoamericanas, sobretodo a las más vinculadas a los circuitos financieros internacionales, es el retiro abrupto de los flujos externos de capital. El Instituto de Finanzas Internacionales, organismo dependiente del FMI, prevé que los ingresos de capital privado en los mercados emergentes descenderán a 165,000 millones de dólares en el 2009, una fuerte baja respecto a los 466,000 millones del 2008 y al récord histórico de 929,000 millones registrado en el 2007. La salida de recursos de los mercados de dinero y de capitales hacia instrumentos más seguros como los Bonos del Tesoro estadounidenses, no sólo han afectado los índices bursátiles y otras variables financieras de la región, sino que han provocado fuertes devaluaciones cambiarias. Es notable la devaluación de las monedas en los casos de México y Brasil, las dos mayores economías de la región. De julio de 2008 a febrero de 2009 la devaluación del real brasileño y del peso mexicano ante el dólar estadounidense fue 30.5 por ciento en ambos casos. Mientras en Chile y Argentina es de 15.2 y 14.9 por ciento respectivamente. Después, tanto en Brasil como en México se registró una recuperación relativa de sus monedas frente al dólar. En el caso de México vinculado al uso de la línea de crédito que le extendió la Reserva Federal estadounidense al Banco de México y a la contratación de una línea de crédito por 47 mil millones de dólares con el FMI.
La crisis global tiene todavía un largo camino por recorrer. El proceso de desvalorización de los capitales no ha concluido aún. Hasta ahora los países desarrollados han bajado hasta el límite la tasas de interés y han ejecutado agresivos programas fiscales de salvamento para estabilizar sus mercados financieros, romper la restricción crediticia y contener la recesión, sin que hayan logrado modificar sustancialmente el marco de incertidumbre en que se desenvuelve la economía mundial. Por el contrario, el panorama se nubla por el avance de la deflación y por su imbricación con la recesión. En esta ocasión no habrá salida exportadora para ningún país, lo que obligará a reestructurar los sistemas productivos y buscar la salida en los mercados internos y en espacios regionales de integración.
La situación de América Latina es sin duda compleja, con graves dificultades a encarar en el futuro inmediato. El camino de México, de Colombia y de los países más cercanos al Consenso de Washington parece definido: integrarse más con Estados Unidos, subordinarse a los organismos multilaterales y esperar a que pase el diluvio para reflotar el modelo neoliberal. Para algunos puede ser un escenario atractivo, pero los costos sociales serán inmensos. Sin duda se profundizarán la heterogeneidad estructural, la desigualdad social y la pobreza. Por otra parte, la ruta para los gobiernos autodefinidos como progresistas, que son la mayoría de la región, es difícil. Estos gobiernos deberían perseverar, en un contexto mundial convulso, en su unidad; en la profundización de sus procesos de transformación económica y política internos; en la búsqueda de estrategias y políticas alternativas; en la ampliación de sus relaciones con las potencias emergentes (China, Rusia, India, Irán, etc.); y en la concreción y fortalecimientos de esquemas de integración sur-sur.
BIBLIOGRAFÍA
CEPAL (2009). “Crecimiento de América Latina y el Caribe retrocedería a -0.3% en 2009, según la CEPAL”, 6 de abril, en: http://www.eclac.org
-------- (2008). Balance preliminar de las economías de América Latina y el Caribe, Comisión Económica para América Latina, Naciones Unidas, Santiago de Chile.
El Financiero (2009). “Estima Cepal caída de 1.7% del PIB en América Latina”. México 11 de junio.
Guillén A (2007). Mito y realidad de la globalización neoliberal. México, Miguel Ángel Porrúa editores –UAMI
- Dr. Arturo Guillén R. es Profesor-Investigador del Departamento de Economía
Coordinador del Posgrado en Estudios Sociales, Línea Economía Social
Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa, México
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Crisis Capitalismo,
Hegemonía y Dominación
El origen de la crisis es subterráneo, negro y viscoso
Chris Arsenault
IPS Noticias
Sentado en el restaurante del hotel Fairount Waterfront de Vancouver, Jeff Rubin, ex economista jefe de uno de los bancos más grandes de Canadá, no parece el típico cultor de teorías apocalípticas.
Pero en su nuevo libro, titulado Why Your World is About to Get a Whole Lot Smaller ("Por qué tu mundo está por volverse mucho más chico"), Rubin argumenta que el proceso de globalización, que engordó con el petróleo barato, está acabado.
Para él, la actual crisis económica mundial es consecuencia del aumento del precio de la energía, más que de la debacle hipotecaria en Estados Unidos.
Rubin pronostica que el barril de 169 litros de petróleo costará 225 dólares para 2012. El diario conservador National Post, que solía contarlo entre sus expertos de cabecera cuando trabajaba en la firma financiera CIBC World Markets, lo acusa ahora de "antimaterialismo" y "paranoia petrolera".
Sus antiguos admiradores olvidan que en 2000 Rubin estimó que cinco años después el barril de crudo costaría 50 dólares y que en 2005 dijo que aumentaría a 100 dólares para 2007. Olvidan, también, que ganó esas dos apuestas.
IPS: Si la situación de la seguridad en Iraq mejora y el petróleo barato vuelve a estar disponible para la exportación, ¿su pronóstico para 2012 perdería validez?
JEFF RUBIN: Ni un poco. Tampoco otra predicción mía: que las ventas de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), en lugar de crecer, caerán a entre un millón y 1,5 millones de barriles diarios en los próximos cuatro a cinco años.
No se trata sólo del agotamiento de las reservas de la OPEP, fenómeno que, de todos modos, tiene un rol clave. Lo determinante es el aumento explosivo del consumo de energía en los propios países de la OPEP. Por eso las exportaciones de los miembros del grupo no crecieron en los últimos cinco años. Las están canibalizando.
IPS: Si la economía mundial puede funcionar con el crudo a 140 dólares por barril, ¿no podría hacerlo echando mano a las enormes reservas de petróleo no convencional, como las del esquisto bituminoso de Utah, Estados Unidos, el crudo pesado del Orinoco venezolano y los yacimientos submarinos?
JEFF RUBIN: ¿Qué le sucedió a la economía mundial cuando el crudo alcanzó los 140 dólares? ¿La recesión más profunda de posguerra se debe, realmente, al colapso de las hipotecas en Estados Unidos? ¿O al barril a 140 dólares? Me inclino por lo segundo.
¿Qué golpeó los ingresos de Jeff Rubin el año pasado? La crisis inmobiliaria en Cleveland, Estados Unidos. Pero la caída de los ingresos de Jeff Rubin y la caída de la producción mundial son dos cosas muy, muy distintas.
IPS: ¿Hasta qué punto puede ser sostenible la globalización actual, conducida por el comercio internacional, con un petróleo caro?
JEFF RUBIN: El modelo tal como lo conocemos llegó al máximo en 2007, si medimos la globalización según el porcentaje que representa el comercio exterior en la producción mundial.
Ahora veremos cada vez menos y menos buques cargueros. Todos esos contenedores eran "el arca de los salarios" Al mover tu fábrica de un país donde debías pagar a los trabajadores 30 dólares por hora a otro donde debes pagarles 30 dólares semanales es buenísimo, al menos si sólo se trata de salarios.
Pero lo que mueve esos buques es el petróleo. Con un barril a entre 150 y 200 dólares, preocuparte por los salarios equivale a prestarle atención a los centavos mientras los dólares se te escurren con la factura del combustible.
IPS: Algunos analistas calculan que 25 por ciento de los hidrocarburos del mundo se encuentran en el Ártico, y que la región se abrirá pronto a su explotación, paradójicamente, a causa del recalentamiento planetario.
JEFF RUBIN: Lo del Ártico es una gota en la fuente. Estás perdiendo de vista lo que Exxon y Cambridge Energy Research Associates no te dirán. Porque convocan conferencias de prensa para informarte sobre las nuevas reservas que descubren, pero no sobre las que se agotan. Y por esa razón se pierden cuatro millones de barriles diarios de producción.
En los próximos cinco años, deberíamos descubrir reservas para extraer 20 millones de barriles diarios si queremos mantener el consumo actual.
IPS: Tal vez sus pronósticos sobre el suministro y el precio sean correctos. Pero, ¿un aumento en la eficiencia en el uso de la energía no podría compensar la caída de la producción?
JEFF RUBIN: La eficiencia lleva a la conservación. Pero la historia demuestra que eso no es lo que sucede.
Los motores promedio actuales son 30 por ciento más eficientes que los que funcionaban antes del shock petrolero de los años 70. Pero el vehículo norteamericano promedio consume lo mismo que antes cada año.
En esos tiempos, los norteamericanos conducíamos nuestros vehículos unos 14.500 kilómetros anuales. Hoy, son 19.300. Y por aquellos años no estábamos viviendo en suburbios alejados. Avanzamos en eficiencia, pero terminamos consumiendo más y más combustible.
IPS: ¿Qué ve como una amenaza mayor, el encarecimiento del petróleo o el del agua?
JEFF RUBIN: Ése es un juego totalmente distinto. Hay un lugar donde ambos se cruzan: en las arenas bituminosas de Canadá. Para producir un barril de petróleo sintético, deben quemarse 1.100 metros cúbicos de gas natural, trasladarse dos toneladas de arena y contaminar casi 1.000 litros de agua.
Al igual que las emisiones de carbono, el agua es gratis. Si eres un extractor de petróleo de arenas bituminosas y tienes 1.000 litros de agua, trabajarás sin costo.
Enlace a Rebelion
Artículo relacionado: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=86860
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Sentado en el restaurante del hotel Fairount Waterfront de Vancouver, Jeff Rubin, ex economista jefe de uno de los bancos más grandes de Canadá, no parece el típico cultor de teorías apocalípticas.
Pero en su nuevo libro, titulado Why Your World is About to Get a Whole Lot Smaller ("Por qué tu mundo está por volverse mucho más chico"), Rubin argumenta que el proceso de globalización, que engordó con el petróleo barato, está acabado.
Para él, la actual crisis económica mundial es consecuencia del aumento del precio de la energía, más que de la debacle hipotecaria en Estados Unidos.
Rubin pronostica que el barril de 169 litros de petróleo costará 225 dólares para 2012. El diario conservador National Post, que solía contarlo entre sus expertos de cabecera cuando trabajaba en la firma financiera CIBC World Markets, lo acusa ahora de "antimaterialismo" y "paranoia petrolera".
Sus antiguos admiradores olvidan que en 2000 Rubin estimó que cinco años después el barril de crudo costaría 50 dólares y que en 2005 dijo que aumentaría a 100 dólares para 2007. Olvidan, también, que ganó esas dos apuestas.
IPS: Si la situación de la seguridad en Iraq mejora y el petróleo barato vuelve a estar disponible para la exportación, ¿su pronóstico para 2012 perdería validez?
JEFF RUBIN: Ni un poco. Tampoco otra predicción mía: que las ventas de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), en lugar de crecer, caerán a entre un millón y 1,5 millones de barriles diarios en los próximos cuatro a cinco años.
No se trata sólo del agotamiento de las reservas de la OPEP, fenómeno que, de todos modos, tiene un rol clave. Lo determinante es el aumento explosivo del consumo de energía en los propios países de la OPEP. Por eso las exportaciones de los miembros del grupo no crecieron en los últimos cinco años. Las están canibalizando.
IPS: Si la economía mundial puede funcionar con el crudo a 140 dólares por barril, ¿no podría hacerlo echando mano a las enormes reservas de petróleo no convencional, como las del esquisto bituminoso de Utah, Estados Unidos, el crudo pesado del Orinoco venezolano y los yacimientos submarinos?
JEFF RUBIN: ¿Qué le sucedió a la economía mundial cuando el crudo alcanzó los 140 dólares? ¿La recesión más profunda de posguerra se debe, realmente, al colapso de las hipotecas en Estados Unidos? ¿O al barril a 140 dólares? Me inclino por lo segundo.
¿Qué golpeó los ingresos de Jeff Rubin el año pasado? La crisis inmobiliaria en Cleveland, Estados Unidos. Pero la caída de los ingresos de Jeff Rubin y la caída de la producción mundial son dos cosas muy, muy distintas.
IPS: ¿Hasta qué punto puede ser sostenible la globalización actual, conducida por el comercio internacional, con un petróleo caro?
JEFF RUBIN: El modelo tal como lo conocemos llegó al máximo en 2007, si medimos la globalización según el porcentaje que representa el comercio exterior en la producción mundial.
Ahora veremos cada vez menos y menos buques cargueros. Todos esos contenedores eran "el arca de los salarios" Al mover tu fábrica de un país donde debías pagar a los trabajadores 30 dólares por hora a otro donde debes pagarles 30 dólares semanales es buenísimo, al menos si sólo se trata de salarios.
Pero lo que mueve esos buques es el petróleo. Con un barril a entre 150 y 200 dólares, preocuparte por los salarios equivale a prestarle atención a los centavos mientras los dólares se te escurren con la factura del combustible.
IPS: Algunos analistas calculan que 25 por ciento de los hidrocarburos del mundo se encuentran en el Ártico, y que la región se abrirá pronto a su explotación, paradójicamente, a causa del recalentamiento planetario.
JEFF RUBIN: Lo del Ártico es una gota en la fuente. Estás perdiendo de vista lo que Exxon y Cambridge Energy Research Associates no te dirán. Porque convocan conferencias de prensa para informarte sobre las nuevas reservas que descubren, pero no sobre las que se agotan. Y por esa razón se pierden cuatro millones de barriles diarios de producción.
En los próximos cinco años, deberíamos descubrir reservas para extraer 20 millones de barriles diarios si queremos mantener el consumo actual.
IPS: Tal vez sus pronósticos sobre el suministro y el precio sean correctos. Pero, ¿un aumento en la eficiencia en el uso de la energía no podría compensar la caída de la producción?
JEFF RUBIN: La eficiencia lleva a la conservación. Pero la historia demuestra que eso no es lo que sucede.
Los motores promedio actuales son 30 por ciento más eficientes que los que funcionaban antes del shock petrolero de los años 70. Pero el vehículo norteamericano promedio consume lo mismo que antes cada año.
En esos tiempos, los norteamericanos conducíamos nuestros vehículos unos 14.500 kilómetros anuales. Hoy, son 19.300. Y por aquellos años no estábamos viviendo en suburbios alejados. Avanzamos en eficiencia, pero terminamos consumiendo más y más combustible.
IPS: ¿Qué ve como una amenaza mayor, el encarecimiento del petróleo o el del agua?
JEFF RUBIN: Ése es un juego totalmente distinto. Hay un lugar donde ambos se cruzan: en las arenas bituminosas de Canadá. Para producir un barril de petróleo sintético, deben quemarse 1.100 metros cúbicos de gas natural, trasladarse dos toneladas de arena y contaminar casi 1.000 litros de agua.
Al igual que las emisiones de carbono, el agua es gratis. Si eres un extractor de petróleo de arenas bituminosas y tienes 1.000 litros de agua, trabajarás sin costo.
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Artículo relacionado: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=86860
miércoles, 1 de julio de 2009
La OIT calcula que harán falta 300 millones de empleos para recuperar el nivel anterior a la crisis
Europa Press
Se necesitarán de cinco a seis años para que el mercado laboral mundial vuelva al punto en que se encontraba antes de la crisis
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que hará falta crear 300 millones de puestos de trabajo en los próximos cinco años para que la economía mundial recupere el nivel de empleo anterior a la crisis.
Así lo puso de manifiesto el director de la OIT en España, Juan Felipe Hunt, durante una rueda de prensa para explicar el Pacto Mundial para el Empleo alcanzado la semana pasada en Ginebra durante la 98 Conferencia Internacional de la OIT.
La OIT estima que, incluso después de la reactivación del crecimiento económico, la recuperación del empleo a niveles existentes antes de la crisis no se producirá hasta cinco o seis años después, debido a que siguen diferentes "tempos", explicó Hunt.
Las estimaciones de esta organización, de la que forman parte 183 países, son desoladoras. A finales de 2009, la OIT prevé que el número de parados a nivel mundial se sitúe entre 210 y 239 millones, el equivalente a una tasa de desempleo de entre el 6,5% y el 7,4%.
Asimismo, advierte de que 200 millones de trabajadores están en riesgo de entrar en la pobreza (vivir con menos de dos dólares al día) y de que el paro juvenil podría incrementarse a finales de este año en más de 11 millones de personas, hasta una tasa cercana al 15%, superior por tanto a la tasa de desempleo general.
Además, estima que 45 millones de personas tratarán de acceder al mercado laboral este año y también en ejercicios posteriores, no pudiendo cubrirse tal demanda, pues el crecimiento mundial del empleo será, como máximo, del 0,1%.
"ESPAÑA NO SERÁ UNA EXCEPCIÓN".
Aunque las previsiones de la OIT son a nivel mundial, Hunt afirmó que España no será una excepción en cuanto al tiempo que le llevará recuperarse de la crisis de empleo, y ello pese a las señales y "los primeros brotes" de reactivación a los que parecen apuntar diferentes indicadores. "Pero la fuerza de la recuperación tiene todavía incertidumbres", añadió.
Uno de estos indicadores que han mejorado su evolución es el paro registrado del Inem, que lleva dos meses descendiendo, aunque Hunt insistió en que habrá que esperar a los próximos meses para saber si se trata de algo coyuntural, por efecto del 'Plan E', o de la consolidación de una tendencia.
En todo caso, Hunt recordó que la crisis ha tenido en España un impacto más acusado por sus propias características, pues la recesión llegó en un momento en el que los españoles presentaban un elevado endeudamiento y un excesivo déficit exterior, entre otros elementos diferenciales. Ello se ha notado en los esfuerzos que ha realizado España para paliar la situación económica. Mientras que otros países están invirtiendo entre el 1,5% y el 2% de su PIB a medidas anticrisis, España está dedicando entre el 3% y el 3,4%.
Junto a las medidas adoptadas por el Gobierno, el proceso de diálogo entre éste y los agentes sociales continúa abierto, a la espera de un acuerdo que se espera para antes del mes de agosto.
Hunt, que consideró "legítimas" tanto la postura empresarial de reclamar una reforma laboral como la posición sindical de oponerse a rebajas en el coste del despido, insistió en que el diálogo social "no está muerto" y se mostró convencido de que ambas partes serán capaces de cerrar un acuerdo y avanzar en el modelo de 'flexiseguridad' que preside actualmente las tendencias internacionales.
PACTO MUNDIAL PARA EL EMPLEO.
El director de la OIT en España advirtió de que el mundo se enfrenta a una crisis "persistente" de empleo a menos que se lleve a cabo una acción coordinada y mundial para impulsar y mantener los puestos de trabajo.
En este sentido, el Pacto Mundial para el Empleo alcanzado la semana pasada en Ginebra pretende ofrecer orientaciones a las políticas económicas nacionales e internacionales para estimular la creación de empleo decente y el crecimiento económico, proteger a los parados y a los más desfavorecidos, y sentar las bases de un nuevo modelo económico "más justo, más equilibrado y más verde".
Hunt, que definió este pacto como la "respuesta más urgente y amplia" adoptada por la OIT en sus 90 años de historia, señaló que se trata de un compromiso de los gobiernos, los empleadores y los trabajadores (las tres partes que conforman la OIT) para trabajar unidos frente a la crisis.
En él, dijo, caben todos los países, tanto los ricos como los más pobres y, entre sus puntos más significativos se encuentran la necesidad de situar el pleno empleo y el trabajo decente en el centro de las respuestas a la crisis, establecer salarios mínimos mediante norma o convenio, evitar las espirales salariales deflacionistas, reforzar el diálogo social y la negociación colectiva, y establecer un régimen básico de protección social ("piso social") que incluya asistencia sanitaria y otras prestaciones básicas.
Se necesitarán de cinco a seis años para que el mercado laboral mundial vuelva al punto en que se encontraba antes de la crisis
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que hará falta crear 300 millones de puestos de trabajo en los próximos cinco años para que la economía mundial recupere el nivel de empleo anterior a la crisis.
Así lo puso de manifiesto el director de la OIT en España, Juan Felipe Hunt, durante una rueda de prensa para explicar el Pacto Mundial para el Empleo alcanzado la semana pasada en Ginebra durante la 98 Conferencia Internacional de la OIT.
La OIT estima que, incluso después de la reactivación del crecimiento económico, la recuperación del empleo a niveles existentes antes de la crisis no se producirá hasta cinco o seis años después, debido a que siguen diferentes "tempos", explicó Hunt.
Las estimaciones de esta organización, de la que forman parte 183 países, son desoladoras. A finales de 2009, la OIT prevé que el número de parados a nivel mundial se sitúe entre 210 y 239 millones, el equivalente a una tasa de desempleo de entre el 6,5% y el 7,4%.
Asimismo, advierte de que 200 millones de trabajadores están en riesgo de entrar en la pobreza (vivir con menos de dos dólares al día) y de que el paro juvenil podría incrementarse a finales de este año en más de 11 millones de personas, hasta una tasa cercana al 15%, superior por tanto a la tasa de desempleo general.
Además, estima que 45 millones de personas tratarán de acceder al mercado laboral este año y también en ejercicios posteriores, no pudiendo cubrirse tal demanda, pues el crecimiento mundial del empleo será, como máximo, del 0,1%.
"ESPAÑA NO SERÁ UNA EXCEPCIÓN".
Aunque las previsiones de la OIT son a nivel mundial, Hunt afirmó que España no será una excepción en cuanto al tiempo que le llevará recuperarse de la crisis de empleo, y ello pese a las señales y "los primeros brotes" de reactivación a los que parecen apuntar diferentes indicadores. "Pero la fuerza de la recuperación tiene todavía incertidumbres", añadió.
Uno de estos indicadores que han mejorado su evolución es el paro registrado del Inem, que lleva dos meses descendiendo, aunque Hunt insistió en que habrá que esperar a los próximos meses para saber si se trata de algo coyuntural, por efecto del 'Plan E', o de la consolidación de una tendencia.
En todo caso, Hunt recordó que la crisis ha tenido en España un impacto más acusado por sus propias características, pues la recesión llegó en un momento en el que los españoles presentaban un elevado endeudamiento y un excesivo déficit exterior, entre otros elementos diferenciales. Ello se ha notado en los esfuerzos que ha realizado España para paliar la situación económica. Mientras que otros países están invirtiendo entre el 1,5% y el 2% de su PIB a medidas anticrisis, España está dedicando entre el 3% y el 3,4%.
Junto a las medidas adoptadas por el Gobierno, el proceso de diálogo entre éste y los agentes sociales continúa abierto, a la espera de un acuerdo que se espera para antes del mes de agosto.
Hunt, que consideró "legítimas" tanto la postura empresarial de reclamar una reforma laboral como la posición sindical de oponerse a rebajas en el coste del despido, insistió en que el diálogo social "no está muerto" y se mostró convencido de que ambas partes serán capaces de cerrar un acuerdo y avanzar en el modelo de 'flexiseguridad' que preside actualmente las tendencias internacionales.
PACTO MUNDIAL PARA EL EMPLEO.
El director de la OIT en España advirtió de que el mundo se enfrenta a una crisis "persistente" de empleo a menos que se lleve a cabo una acción coordinada y mundial para impulsar y mantener los puestos de trabajo.
En este sentido, el Pacto Mundial para el Empleo alcanzado la semana pasada en Ginebra pretende ofrecer orientaciones a las políticas económicas nacionales e internacionales para estimular la creación de empleo decente y el crecimiento económico, proteger a los parados y a los más desfavorecidos, y sentar las bases de un nuevo modelo económico "más justo, más equilibrado y más verde".
Hunt, que definió este pacto como la "respuesta más urgente y amplia" adoptada por la OIT en sus 90 años de historia, señaló que se trata de un compromiso de los gobiernos, los empleadores y los trabajadores (las tres partes que conforman la OIT) para trabajar unidos frente a la crisis.
En él, dijo, caben todos los países, tanto los ricos como los más pobres y, entre sus puntos más significativos se encuentran la necesidad de situar el pleno empleo y el trabajo decente en el centro de las respuestas a la crisis, establecer salarios mínimos mediante norma o convenio, evitar las espirales salariales deflacionistas, reforzar el diálogo social y la negociación colectiva, y establecer un régimen básico de protección social ("piso social") que incluya asistencia sanitaria y otras prestaciones básicas.
miércoles, 17 de junio de 2009
Geithner y sus cinco amigos
Alejandro Nadal, La Jornada
El gobierno del presidente Obama anuncia hoy el programa regulatorio para el sistema financiero. La retórica es que se quiere convertir al sistema bancario y bursátil en un sistema financiero "aburrido". Con eso se quiere anunciar que ese terreno dejaría de ser el campo de aventuras de fondos predadores e inversionistas tiburones. Pero no hay que estar tan seguros.
El plan de rescate bancario de la administración de Obama, diseñado por su secretario del Tesoro, Timothy Geithner, es un indicio de lo que viene. Es opaco, sesgado y costará al fisco más de un billón (castellano) de dólares. En definitiva, beneficia a los que provocaron la crisis.
El Plan Geithner tiene dos componentes. El primero está orientado a la compra de cartera vencida e incobrable que forma parte de los activos de los bancos. En principio, este programa está abierto a todo tipo de participantes en el mercado. Pero aunque este problema de cartera chatarra es un obstáculo para el buen funcionamiento de los bancos, la dificultad más seria está en otra parte.
El segundo componente del plan es para quitarle a los estados financieros de los bancos toda la pesada carga de derivados tóxicos que están detrás de esta crisis. Esos derivados (títulos respaldados por hipotecas, swaps de deuda incobrable, etcétera) son los activos tóxicos de los que tanto se habla. Su valor es más incierto que el de la cartera vencida. Se ramifican por todo el sistema bancario y financiero de Estados Unidos (y del mundo) y establecen conexiones entre bancos y el sistema financiero no bancario. Eso hace que el segundo componente sea tan vulnerable a la colusión (quizás para eso fue diseñado).
Las principales características del Plan Geithner lo hacen el lado más oscuro de la estrategia de la Casa Blanca para enfrentar la crisis. En primer lugar, esta parte no está abierta a cualquiera: sólo podrán participar cinco administradores de fondos privados. Y aunque se ha insinuado que serán seleccionados en una especie de concurso, la realidad es distinta. Los requisitos para ser uno de esos cinco administradores afortunados son muy restrictivos: para ser seleccionado debe tener bajo su responsabilidad o control más de 10 mil millones de dólares de activos tóxicos y debe demostrar la capacidad de obtener otros 500 millones de dólares.
Pocos fondos administradores pueden jactarse de llenar esos requisitos. Lo que se comenta en los blogs financieros es que Timothy Geithner, con el visto bueno de Obama, debe haber hablado ya con los cinco fondos que van a entrarle a esta parte del plan. Entre esos administradores se mencionan Blackrock, Franklin Templeton, Pacific Investmnent, Western Asset y Pimco.
En segundo lugar, el apalancamiento permitido es todavía más fuerte. Un ejemplo permite aclarar esto. Para adquirir derivados tóxicos, el fondo administrador aporta, digamos, 500 millones de dólares. El Tesoro contribuye con otro tanto y se crea una entidad especial con capital de mil millones de dólares (mmdd). Esa entidad recibe ahora un préstamo del Tesoro equivalente a 100 por ciento de lo que ya es su capital: tiene entonces 2 mmdd. Digamos que ahora desea adquirir derivados tóxicos por 50 mmdd, y para ello solicita y recibe un préstamo de la Reserva Federal por 48 mmdd. El apalancamiento es colosal.
Algo de aritmética permite desentrañar los rendimientos y la distribución de riesgos que entraña esta operación. Si al final los derivados tóxicos tienen un valor superior al de esta inversión, los préstamos se restituyen y los dividendos se dividen entre el administrador privado y el Tesoro en función de sus aportaciones. Los rendimientos serán más o menos jugosos. Pero si hay pérdidas, y lo más probable es que así ocurra, el Tesoro y la Reserva Federal (respaldada en última instancia por el mismo Tesoro) son los que reciben el golpe duro, mientras que los bancos habrán recibido dinero fresco en cantidades astronómicas. La carga de estos derivados tóxicos será trasladada a los causantes sin autorización expresa del Congreso estadunidense (lo que confirma la similitud con el Fobaproa mexicano).
Finalmente, el Plan Geithner para derivados tóxicos abre la puerta a la colusión. Los actores participantes tienen todos los incentivos para estar coludidos y pasarle una carga extra al fisco. Cada uno de estos administradores ha otorgado préstamos a los bancos con problemas (por ejemplo, a Citigroup) y desde esa perspectiva tiene un incentivo perverso en tratar de que esos bancos vendan sus activos al mayor precio posible, porque eso permite sanearlos más rápido. Por otra parte, el número reducido de actores (los cinco administradores privados) hace posible el contubernio.
Se dice que del nuevo marco regulatorio depende la recuperación económica y la forma de sistema financiero que tendrá la economía estadunidense en el futuro. Pero no hay que esperar tanto tiempo para ver que Timothy Geithner tiene cinco amigos y Obama no es uno de ellos.
Enlace a La Jornada
http://www.nadal.com.mx
El gobierno del presidente Obama anuncia hoy el programa regulatorio para el sistema financiero. La retórica es que se quiere convertir al sistema bancario y bursátil en un sistema financiero "aburrido". Con eso se quiere anunciar que ese terreno dejaría de ser el campo de aventuras de fondos predadores e inversionistas tiburones. Pero no hay que estar tan seguros.
El plan de rescate bancario de la administración de Obama, diseñado por su secretario del Tesoro, Timothy Geithner, es un indicio de lo que viene. Es opaco, sesgado y costará al fisco más de un billón (castellano) de dólares. En definitiva, beneficia a los que provocaron la crisis.
El Plan Geithner tiene dos componentes. El primero está orientado a la compra de cartera vencida e incobrable que forma parte de los activos de los bancos. En principio, este programa está abierto a todo tipo de participantes en el mercado. Pero aunque este problema de cartera chatarra es un obstáculo para el buen funcionamiento de los bancos, la dificultad más seria está en otra parte.
El segundo componente del plan es para quitarle a los estados financieros de los bancos toda la pesada carga de derivados tóxicos que están detrás de esta crisis. Esos derivados (títulos respaldados por hipotecas, swaps de deuda incobrable, etcétera) son los activos tóxicos de los que tanto se habla. Su valor es más incierto que el de la cartera vencida. Se ramifican por todo el sistema bancario y financiero de Estados Unidos (y del mundo) y establecen conexiones entre bancos y el sistema financiero no bancario. Eso hace que el segundo componente sea tan vulnerable a la colusión (quizás para eso fue diseñado).
Las principales características del Plan Geithner lo hacen el lado más oscuro de la estrategia de la Casa Blanca para enfrentar la crisis. En primer lugar, esta parte no está abierta a cualquiera: sólo podrán participar cinco administradores de fondos privados. Y aunque se ha insinuado que serán seleccionados en una especie de concurso, la realidad es distinta. Los requisitos para ser uno de esos cinco administradores afortunados son muy restrictivos: para ser seleccionado debe tener bajo su responsabilidad o control más de 10 mil millones de dólares de activos tóxicos y debe demostrar la capacidad de obtener otros 500 millones de dólares.
Pocos fondos administradores pueden jactarse de llenar esos requisitos. Lo que se comenta en los blogs financieros es que Timothy Geithner, con el visto bueno de Obama, debe haber hablado ya con los cinco fondos que van a entrarle a esta parte del plan. Entre esos administradores se mencionan Blackrock, Franklin Templeton, Pacific Investmnent, Western Asset y Pimco.
En segundo lugar, el apalancamiento permitido es todavía más fuerte. Un ejemplo permite aclarar esto. Para adquirir derivados tóxicos, el fondo administrador aporta, digamos, 500 millones de dólares. El Tesoro contribuye con otro tanto y se crea una entidad especial con capital de mil millones de dólares (mmdd). Esa entidad recibe ahora un préstamo del Tesoro equivalente a 100 por ciento de lo que ya es su capital: tiene entonces 2 mmdd. Digamos que ahora desea adquirir derivados tóxicos por 50 mmdd, y para ello solicita y recibe un préstamo de la Reserva Federal por 48 mmdd. El apalancamiento es colosal.
Algo de aritmética permite desentrañar los rendimientos y la distribución de riesgos que entraña esta operación. Si al final los derivados tóxicos tienen un valor superior al de esta inversión, los préstamos se restituyen y los dividendos se dividen entre el administrador privado y el Tesoro en función de sus aportaciones. Los rendimientos serán más o menos jugosos. Pero si hay pérdidas, y lo más probable es que así ocurra, el Tesoro y la Reserva Federal (respaldada en última instancia por el mismo Tesoro) son los que reciben el golpe duro, mientras que los bancos habrán recibido dinero fresco en cantidades astronómicas. La carga de estos derivados tóxicos será trasladada a los causantes sin autorización expresa del Congreso estadunidense (lo que confirma la similitud con el Fobaproa mexicano).
Finalmente, el Plan Geithner para derivados tóxicos abre la puerta a la colusión. Los actores participantes tienen todos los incentivos para estar coludidos y pasarle una carga extra al fisco. Cada uno de estos administradores ha otorgado préstamos a los bancos con problemas (por ejemplo, a Citigroup) y desde esa perspectiva tiene un incentivo perverso en tratar de que esos bancos vendan sus activos al mayor precio posible, porque eso permite sanearlos más rápido. Por otra parte, el número reducido de actores (los cinco administradores privados) hace posible el contubernio.
Se dice que del nuevo marco regulatorio depende la recuperación económica y la forma de sistema financiero que tendrá la economía estadunidense en el futuro. Pero no hay que esperar tanto tiempo para ver que Timothy Geithner tiene cinco amigos y Obama no es uno de ellos.
Enlace a La Jornada
http://www.nadal.com.mx
Eclipse total
Josep Ramoneda, Sin Permiso
¿Por qué Europa gira a la derecha en el momento en que EE UU gira a la izquierda? Porque allí la revolución conservadora hizo estragos y aquí, a pesar de los denodados intentos de Aznar y de algunos de sus colegas del Este, hizo daño y creó precariedad, pero no llegó a deteriorar la totalidad del entramado institucional. Dicho de otro modo, la derecha europea tuvo la prudencia de no desmantelar el Estado del bienestar (se contentó con desprestigiarlo) y ahora cobra los frutos de aquella decisión. La distancia entre el discurso de la liberalización y la desregulación de la economía y la puesta en práctica de tanta reforma anunciada ha sido bastante grande. Con lo cual, cuando se ha desencadenado el vendaval de la crisis, los mecanismos para atemperar sus efectos en el terreno social han funcionado razonablemente. Y, ahora que la ciudadanía europea parece paralizada, la derecha ha capitalizado lo que fue el patrimonio de la izquierda.
El caso de Nicolas Sarkozy, el hiperactivo presidente francés, es emblemático. No ha estado quieto un minuto desde que llegó al poder. Prometió mil reformas y no ha llevado ninguna a cabo: o se han estrellado por el camino, ante la resistencia de las denostadas estructuras sociales francesas, o ni siquiera ha osado pasar de las palabras a los hechos. Con lo cual Francia ha aguantado mejor, una vez más, la crisis que el resto. Y, Sarkozy, hundido en los índices de popularidad, ha ganado las elecciones europeas ante una izquierda invisible e inaudible.
Evidentemente, cada país tiene sus circunstancias particulares y los resultados son difíciles de extrapolar. Pero, ante un retroceso tan generalizado de la izquierda europea, hay razones para pensar que este eclipse general no es la simple suma de eclipses parciales. Ciertamente, como es propio de un momento de crisis, en muchos países el electorado se ha agarrado al que gobierna. Y casi con toda seguridad si el PSOE, aun descendiendo sensiblemente, ha conseguido el mejor resultado de la izquierda europea ha sido porque está en el poder. De estar fuera, probablemente hubiera formado parte de este magma de socialistas silenciosos sin atributos precisos que es hoy el mapa de la izquierda europea.
Pero más allá del imán del poder y de la capitalización por la derecha del Estado del bienestar, la impotencia de la izquierda ante la crisis tiene causas sólo imputables a los socialistas. La primera, y principal, haber practicado el seguidismo más absoluto respecto a las políticas de la derecha. La tercera vía de Tony Blair que simboliza por encima de todo este período de sumisión a la ideología conservadora, se va ahora por el desagüe, habiendo completado la destrucción del tejido industrial inglés que inició Margaret Thatcher, y dejando un clima de descomposición política que ha permitido el resurgimiento de un impropio nacionalismo británico.
De modo que en el momento en que el capitalismo vive uno de sus grandes desajustes, una crisis de adaptación, la izquierda no tiene nada diferente que ofrecer. Los ciudadanos la consideran, con razón, tan responsable de la crisis como a la derecha, porque donde gobernaron no hicieron nada para frenar los delirios de los años de la impunidad -¿qué hizo Zapatero contra la burbuja inmobiliaria o contra la explosión del crédito?- y no ven en ella ninguna alternativa real que garantice una salida mejor. No sólo en economía, durante estos años también en política la izquierda no ha hecho sino rivalizar con la derecha en su mismo terreno. El mimetismo en la construcción de liderazgos carismáticos ha sido evidente. Segolène Royal, por ejemplo, se hundió en una relación especular con Sarkozy. Y la derecha ha ganado en este terreno por mayor descaro. Tampoco la izquierda ha sabido responder a la privatización de lo público y la publicitación de lo privado que está amenazando una separación sagrada de la política democrática.
En algunos países los réditos de poder que el mimetismo de la derecha le ha dado han impedido ver la urgencia de la renovación. En otros, la falta de ideas ha dejado a la izquierda a merced de las querellas de familia. Llega la crisis y todo está por hacer. Sin embargo, nos jugamos que la salida de la crisis sea el cambio o la regresión. Porque cuando se habla de más Estado o de más mercado, en el fondo se está escamoteando una cuestión mucho más concreta: ¿se seguirán repartiendo los excedentes del capitalismo a capricho y beneficio de unos pocos, como en estos últimos años, o habrá una redistribución con mayor control social, más conforme a los intereses de todos?
Josep Ramoneda es el director general del Centre de Cultura Contemporània de Catalunya (CCCB).
El País, 11 junio 2009
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¿Por qué Europa gira a la derecha en el momento en que EE UU gira a la izquierda? Porque allí la revolución conservadora hizo estragos y aquí, a pesar de los denodados intentos de Aznar y de algunos de sus colegas del Este, hizo daño y creó precariedad, pero no llegó a deteriorar la totalidad del entramado institucional. Dicho de otro modo, la derecha europea tuvo la prudencia de no desmantelar el Estado del bienestar (se contentó con desprestigiarlo) y ahora cobra los frutos de aquella decisión. La distancia entre el discurso de la liberalización y la desregulación de la economía y la puesta en práctica de tanta reforma anunciada ha sido bastante grande. Con lo cual, cuando se ha desencadenado el vendaval de la crisis, los mecanismos para atemperar sus efectos en el terreno social han funcionado razonablemente. Y, ahora que la ciudadanía europea parece paralizada, la derecha ha capitalizado lo que fue el patrimonio de la izquierda.
El caso de Nicolas Sarkozy, el hiperactivo presidente francés, es emblemático. No ha estado quieto un minuto desde que llegó al poder. Prometió mil reformas y no ha llevado ninguna a cabo: o se han estrellado por el camino, ante la resistencia de las denostadas estructuras sociales francesas, o ni siquiera ha osado pasar de las palabras a los hechos. Con lo cual Francia ha aguantado mejor, una vez más, la crisis que el resto. Y, Sarkozy, hundido en los índices de popularidad, ha ganado las elecciones europeas ante una izquierda invisible e inaudible.
Evidentemente, cada país tiene sus circunstancias particulares y los resultados son difíciles de extrapolar. Pero, ante un retroceso tan generalizado de la izquierda europea, hay razones para pensar que este eclipse general no es la simple suma de eclipses parciales. Ciertamente, como es propio de un momento de crisis, en muchos países el electorado se ha agarrado al que gobierna. Y casi con toda seguridad si el PSOE, aun descendiendo sensiblemente, ha conseguido el mejor resultado de la izquierda europea ha sido porque está en el poder. De estar fuera, probablemente hubiera formado parte de este magma de socialistas silenciosos sin atributos precisos que es hoy el mapa de la izquierda europea.
Pero más allá del imán del poder y de la capitalización por la derecha del Estado del bienestar, la impotencia de la izquierda ante la crisis tiene causas sólo imputables a los socialistas. La primera, y principal, haber practicado el seguidismo más absoluto respecto a las políticas de la derecha. La tercera vía de Tony Blair que simboliza por encima de todo este período de sumisión a la ideología conservadora, se va ahora por el desagüe, habiendo completado la destrucción del tejido industrial inglés que inició Margaret Thatcher, y dejando un clima de descomposición política que ha permitido el resurgimiento de un impropio nacionalismo británico.
De modo que en el momento en que el capitalismo vive uno de sus grandes desajustes, una crisis de adaptación, la izquierda no tiene nada diferente que ofrecer. Los ciudadanos la consideran, con razón, tan responsable de la crisis como a la derecha, porque donde gobernaron no hicieron nada para frenar los delirios de los años de la impunidad -¿qué hizo Zapatero contra la burbuja inmobiliaria o contra la explosión del crédito?- y no ven en ella ninguna alternativa real que garantice una salida mejor. No sólo en economía, durante estos años también en política la izquierda no ha hecho sino rivalizar con la derecha en su mismo terreno. El mimetismo en la construcción de liderazgos carismáticos ha sido evidente. Segolène Royal, por ejemplo, se hundió en una relación especular con Sarkozy. Y la derecha ha ganado en este terreno por mayor descaro. Tampoco la izquierda ha sabido responder a la privatización de lo público y la publicitación de lo privado que está amenazando una separación sagrada de la política democrática.
En algunos países los réditos de poder que el mimetismo de la derecha le ha dado han impedido ver la urgencia de la renovación. En otros, la falta de ideas ha dejado a la izquierda a merced de las querellas de familia. Llega la crisis y todo está por hacer. Sin embargo, nos jugamos que la salida de la crisis sea el cambio o la regresión. Porque cuando se habla de más Estado o de más mercado, en el fondo se está escamoteando una cuestión mucho más concreta: ¿se seguirán repartiendo los excedentes del capitalismo a capricho y beneficio de unos pocos, como en estos últimos años, o habrá una redistribución con mayor control social, más conforme a los intereses de todos?
Josep Ramoneda es el director general del Centre de Cultura Contemporània de Catalunya (CCCB).
El País, 11 junio 2009
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martes, 16 de junio de 2009
Limitar los ingresos máximos para salvar la economía
Sam Pizzigati, Sin Permiso
Para poner a salvo la economía global de inmunidades temerarias, lo único que hace falta es un “salario máximo”. Esto es lo que dicen los principales líderes sindicales de Australia y un grupo razonablemente audaz de diputados en el Reino Unido.
No hay que ser especialmente osado, por lo menos actualmente, para culpar a las excesivas remuneraciones de los ejecutivos de buena parte de los males de la economía mundial. Es precisamente lo que han estado haciendo durante los últimos meses una amplia representación de personalidades públicas –desde el gobierno y el mundo empresarial- hasta los académicos y la prensa.
El último de los observadores que ha subrayado los peligros que crean, inevitablemente, las excesivas remuneraciones de los ejecutivos es Jeff Lawrence, uno de los principales líderes de la federación sindical nacional de Australia.
Una observación que no puede decirse que sea excepcionalmente valiente. Pero hay que ser algo audaz para proponer lo que Lawrence –en representación del movimiento sindical australiano- continuó diciendo. El líder sindical instó al gobierno federal australiano a recortar las pagas de los ejecutivos hasta un tope de diez veces el salario medio de un trabajador de la empresa.
Y ¿respecto a las gratificaciones? El movimiento sindical australiano quiere que los incentivos “por actuación” estén estrictamente regulados – y que se limiten a situaciones en que las empresas superen a sus competidores durante un período completo de cinco años.
En términos comparativos ¿en qué medida este movimiento de limitación de los salarios aventaja de forma más audaz a los esfuerzos de reforma de las remuneraciones de los ejecutivos en otros países? En Estados Unidos los legisladores todavía están luchando para que los accionistas obtengan el derecho a votar de forma meramente consultiva sobre los salarios de los ejecutivos.
En 2007, la remuneración de un director ejecutivo en las 500 primeras empresas estadounidenses era, en promedio, 344 veces la paga media de un obrero. En Australia, las últimas estadísticas sitúan la diferencia entre el salario medio de un director ejecutivo y de un trabajador en 63 veces, un incremento respecto a 1990: 18 veces. Suficiente para ofender a los líderes sindicales de Down Under2
“Los empresarios australianos han perdido la brújula”, cargó Sharan Burrow, presidenta del Consejo Sindical Australiano, en el congreso sindical de la semana pasada.
“Los ingenieros que crearon los castillos de naipes financieros que se han derrumbado y están destruyendo la vida y las familias de millones de gente” señaló en Brisbane, “están todavía embolsándose gratificaciones multimillonarias insultantes”.
El ACTU3 confía en que su propuesta de recortar a diez veces sea oída en el Parlamento. El Primer Ministro australiano Kevin Rudd, pidió el pasado marzo a la selecta Comisión de Productividad nacional que analizara toda la cuestión de la remuneración de los ejecutivos. Instó al panel a “examinar todas las opciones factibles” para garantizar que las remuneraciones totales de los ejecutivos “no recompensen el riesgo excesivo o promuevan la codicia corporativa”.
La comisión hará públicas sus recomendaciones probablemente el próximo Diciembre.
Mientras tanto, en Gran Bretaña, nueve diputados acaban de introducir una legislación para poner “un límite al salario máximo anual que puede pagarse a cualquier persona”. Millones de trabajadores con un bajo nivel de renta, dijo en la Cámara de los Comunes el diputado Paddy Tipping, principal promotor de la medida, se han beneficiado del salario mínimo británico. “Hay que completar el círculo de la política”, urgió Tipping, “y considerar seriamente la introducción de un salario máximo”.
Un salario máximo fijado en diez veces el mínimo, observó el ex-trabajador social, “daría un salario máximo de 120.000 libras esterlinas”, el equivalente de unos US$200.000.
Sea cual sea el ratio específico, señaló Tipping, el efecto sería profundo.
“Está claro”, explicó, “que una de las consecuencias de una política de salario máximo sería que si los altos jefes y directivos quisieran incrementar sus salarios, tendrían que incrementar el de todo el personal de la empresa.”
Los diputados que están detrás de la propuesta de Tipping esperan que la introducción de la propuesta de ley estimule un debate nacional más amplio.
“Hay que dejar claro que los trabajadores aborrecen la codicia y la injusticia”, así resumió Tipping sus observaciones la semana pasada en la Cámara de los Comunes. “Hay una crisis en el sistema económico y una crisis paralela en nuestro sistema político, así que la reforma es necesaria y urgente”.
______________________________
Sam Pizzigati dirige Too Much, publicación semanal digital sobre excesos y desigualdades.
Traducción para www.sinpermiso.info: Anna Garriga Tarrés
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Para poner a salvo la economía global de inmunidades temerarias, lo único que hace falta es un “salario máximo”. Esto es lo que dicen los principales líderes sindicales de Australia y un grupo razonablemente audaz de diputados en el Reino Unido.
No hay que ser especialmente osado, por lo menos actualmente, para culpar a las excesivas remuneraciones de los ejecutivos de buena parte de los males de la economía mundial. Es precisamente lo que han estado haciendo durante los últimos meses una amplia representación de personalidades públicas –desde el gobierno y el mundo empresarial- hasta los académicos y la prensa.
El último de los observadores que ha subrayado los peligros que crean, inevitablemente, las excesivas remuneraciones de los ejecutivos es Jeff Lawrence, uno de los principales líderes de la federación sindical nacional de Australia.
“Salarios y gratificaciones insultantes para los ejecutivos”, señaló Lawrence la semana pasada en el congreso trienal del Consejo Sindical de Australia, han “impulsado una cultura de riesgo excesivo y de tendencia al corto plazo que se considera de forma general como una de las principales causas de la crisis financiera global. Año tras año de crecimiento virtualmente ilimitado de las pagas de los CEO1, han establecido remuneraciones para los ejecutivos “fuera de toda proporción con el trabajo realizado”.
Una observación que no puede decirse que sea excepcionalmente valiente. Pero hay que ser algo audaz para proponer lo que Lawrence –en representación del movimiento sindical australiano- continuó diciendo. El líder sindical instó al gobierno federal australiano a recortar las pagas de los ejecutivos hasta un tope de diez veces el salario medio de un trabajador de la empresa.
Y ¿respecto a las gratificaciones? El movimiento sindical australiano quiere que los incentivos “por actuación” estén estrictamente regulados – y que se limiten a situaciones en que las empresas superen a sus competidores durante un período completo de cinco años.
En términos comparativos ¿en qué medida este movimiento de limitación de los salarios aventaja de forma más audaz a los esfuerzos de reforma de las remuneraciones de los ejecutivos en otros países? En Estados Unidos los legisladores todavía están luchando para que los accionistas obtengan el derecho a votar de forma meramente consultiva sobre los salarios de los ejecutivos.
En 2007, la remuneración de un director ejecutivo en las 500 primeras empresas estadounidenses era, en promedio, 344 veces la paga media de un obrero. En Australia, las últimas estadísticas sitúan la diferencia entre el salario medio de un director ejecutivo y de un trabajador en 63 veces, un incremento respecto a 1990: 18 veces. Suficiente para ofender a los líderes sindicales de Down Under2
“Los empresarios australianos han perdido la brújula”, cargó Sharan Burrow, presidenta del Consejo Sindical Australiano, en el congreso sindical de la semana pasada.
“Los ingenieros que crearon los castillos de naipes financieros que se han derrumbado y están destruyendo la vida y las familias de millones de gente” señaló en Brisbane, “están todavía embolsándose gratificaciones multimillonarias insultantes”.
El ACTU3 confía en que su propuesta de recortar a diez veces sea oída en el Parlamento. El Primer Ministro australiano Kevin Rudd, pidió el pasado marzo a la selecta Comisión de Productividad nacional que analizara toda la cuestión de la remuneración de los ejecutivos. Instó al panel a “examinar todas las opciones factibles” para garantizar que las remuneraciones totales de los ejecutivos “no recompensen el riesgo excesivo o promuevan la codicia corporativa”.
La comisión hará públicas sus recomendaciones probablemente el próximo Diciembre.
Mientras tanto, en Gran Bretaña, nueve diputados acaban de introducir una legislación para poner “un límite al salario máximo anual que puede pagarse a cualquier persona”. Millones de trabajadores con un bajo nivel de renta, dijo en la Cámara de los Comunes el diputado Paddy Tipping, principal promotor de la medida, se han beneficiado del salario mínimo británico. “Hay que completar el círculo de la política”, urgió Tipping, “y considerar seriamente la introducción de un salario máximo”.
Un salario máximo fijado en diez veces el mínimo, observó el ex-trabajador social, “daría un salario máximo de 120.000 libras esterlinas”, el equivalente de unos US$200.000.
Sea cual sea el ratio específico, señaló Tipping, el efecto sería profundo.
“Está claro”, explicó, “que una de las consecuencias de una política de salario máximo sería que si los altos jefes y directivos quisieran incrementar sus salarios, tendrían que incrementar el de todo el personal de la empresa.”
Los diputados que están detrás de la propuesta de Tipping esperan que la introducción de la propuesta de ley estimule un debate nacional más amplio.
“Hay que dejar claro que los trabajadores aborrecen la codicia y la injusticia”, así resumió Tipping sus observaciones la semana pasada en la Cámara de los Comunes. “Hay una crisis en el sistema económico y una crisis paralela en nuestro sistema político, así que la reforma es necesaria y urgente”.
______________________________
Sam Pizzigati dirige Too Much, publicación semanal digital sobre excesos y desigualdades.
Traducción para www.sinpermiso.info: Anna Garriga Tarrés
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Lo último en teoría económica basura
Por Michael Hudson-Sin Permiso
Parece que las librerías andarán inundadas en el verano y el otoño próximos de textos encargados por los editores hace un año, cuando la economía estaba descarrilando. La estrategia de marketing preferida es la de ofrecer asesoramiento por parte de celebridades bien ubicadas en el núcleo del sistema sobre el modo de restaurar la feliz era 1981-2007, dominada por ganancias de precios resultantes de deuda apalancada en bienes raíces, acciones y títulos de obligaciones. Pero la Economía de la Burbuja estaba a tal punto apalancada en la deuda, que no es razonable esperar restauración ninguna.
Por ahora, se nos nutre con defensas, nacidas de Wall Street, del intento de Bush-Obama (es decir, de Paulson-Geithner) de rehinchar la burbuja con un obsequioso rescate que ha conseguido triplicar ya la deuda nacional estadounidense en la esperanza de lograr una remontada del crédito bancario (es decir, de aumentar la deuda). El problema es que el apalancamiento de la deuda es, precisamente, lo que causó el colapso económico. Se estima ahora que un tercio de los bienes raíces estadounidenses se halla en quiebra técnica, con una magnitud del volumen de ejecuciones hipotecarias todavía en aumento.
A la vista de esa estupefaciente tendencia financiera, al público consumidor de libros se le ofrecen unos aperitivos, conforme a los cuales la recuperación económica no precisaría sino de más "incentivos" (especialmente, recortes fiscales para los ricos) capaces de estimular un mayor "ahorro", como si los ahorros fueran automáticamente capaces de financiar nuevas inversiones y nuevos préstamos de capital. No hay tal: lo que hay es dinero prestado, a fin de crear una mayor deuda para un 90% de la población endeudado con el 10% situado en la cúspide de la vida económica.
Tras cargarle le mochuelo a Alan Greenspan por su papel de "tonto útil" en la promoción de la desregulación y en el bloqueo de la investigación y persecución del fraude fiscal, el grueso de los autores se lanza ahora por los trillados caminos de las panaceas que gozan de mayor aplauso general: regulación federal de los derivados financieros (y aun proscripción de los mismos), una tasa Tobin para las transacciones de títulos de obligaciones, clausura de los centros bancarios radicados en oasis fiscales y erradicación de las estrategias fiscalmente evasoras de esos institutos bancarios. Nadie se avilanta a ir a la raíz del problema financiero, proponiendo remover la deductibilidad fiscal general de los intereses que han subsidiado el apalancamiento de la deuda, proponiendo gravar fiscalmente las ganancias de "capital" al mismo tipo marginal que los salarios y los beneficios, o proponiendo sellar las escandalosas brechas fiscales ahora abiertas a los sectores FIRE (finanzas, seguros y bienes raíces, por sus siglas en inglés).
Los editores derechistas reciclan las habituales panaceas –como ofrecer más incentivos fiscales a los "ahorradores (otro eufemismo para los regalos obsequiosos a las altas finanzas) y un presupuesto federal reequilibrado— para evitar el "efecto de expulsión" de las finanzas privadas [por parte del sector público]. El sueño de Wall Street es privatizar la seguridad social para empezar a crear otra burbuja. Afortunadamente, esas propuestas fracasaron ya durante la administración Bush controlada por los republicanos como consecuencia del choque de realidad experimentado en forma de cólera del contribuyente tras el estallido de la burbuja punto.com en 2000.
Nadie llama a financiar la Seguridad Social y Medicare a partir del presupuesto general, en vez de seguir manteniéndolas con recursos obtenidos a partir de unos impuestos particularmente regresivos sobre trabajadores y empresarios, a quienes el Congreso expolia a fin de financiar recortes fiscales para los segmentos más ricos de la población. Y sin embargo, ¿cómo pueden los EEUU lograr competitividad industrial en los mercados globales con estos impuestos pre-ahorro para la jubilación y con seguros privatizados de asistencia sanitaria, con costes inmobiliarios apalancados en la deuda y con los conexos gastos que acarrean las deudas personales y empresariales? El resto del mundo suministra a mucho menor coste vivienda, atención sanitaria y otros bienes complementarios del ingreso de los trabajadores (o, simplemente, mantiene al trabajo por encima de los niveles de susbsistencia). Es éste un problema de gran importancia, que se atraviesa en el camino de los sueños de restauración de la Economía de Burbuja. Pues esos sueños dejan de lado la dimensión internacional.
Y, ni que decir tiene, hay los tradicionales llamamientos a reconstruir las devastadas infraestructuras norteamericanas. Sólo que, ¡cáspita!, Wall Street planea hacer eso al estilo de Tony Blair, con cooperaciones público-privadas que inyectarían enormes flujos de servicio de intereses en la estructura de precios, al tiempo que proporcionarían a Wall Street crecidos honorarios en materia de gestión y de suscripción de seguros. Las caídas del empleo y del precio de la vivienda han disminuido a tal punto a las finanzas públicas, que la inversión en infraestructuras nuevas habrá de cobrar inevitablemente la forma de cabinas privatizados de peaje apostadas en los puntos de acceso más importantes a la economía, como son carreteras y otras vías de transporte público, la comunicación o el agua limpia.
No hay llamamientos a la restauración de los impuestos estatales y municipales a los niveles de la Era Progresista, cuando la presión fiscal estaba diseñada para que tributaran sobre todo las ganancias de "barra libre" procedentes de las rentas inmobiliarias, llegando esas ganancias a constituirse, con el tiempo, en la base fiscal principal. Restaurar eso ahora significaría presionar a la baja los precios de los terrenos (y por ende, de la deuda hipotecaria), previniendo que los acrecidos valores de emplazamiento sean capitalizados y fluyan a los bancos en forma de servicio de intereses. Y ofrecería la ventaja adicional de aligerar las cargas fiscales soportadas por los ingresos y las ventas (un tipo de política que incrementa el precio del trabajo, de los bienes y de los servicios). En cambio, el grueso de las reformas que se proponen hoy lo que hacen es llamar a ulteriores recortes de los impuestos a la propiedad inmobiliaria, a fin de promover más "creación de riqueza" en forma de una inflación de los precios de esa propiedad estimulada por la deuda apalancada. La idea es dejar una mayor proporción de ingreso rentista para su capitalización en hipotecas aún más voluminosas, los intereses de las cuales irán a parar al sector financiero. En vez de caer el precio de la vivienda y de reducirse los impuestos al ingreso y a las ventas, lo que ocurrirá es que el crecido valor de emplazamiento de la propiedad inmobiliaria irá a parar a los bancos en forma de servicio de intereses, no a las autoridades fiscales locales. Lo que forzará a estas últimas a seguir desplazando la carga fiscal hacia consumidores y empresas.
No faltan en esta plétora de libros expuestos en vitrina los habituales llamamientos pro forma a reindustrializar Norteamérica. Pero ninguno apunta a la dinámica financiera deudora que ha socavado el capitalismo industrial, en este país y por doquiera. Con la perspectiva de una década, ¿cómo se verán retrospectivamente estas tímidas "reformas"? Lo que pretenden los rescates Bush-Obama es que los bancos "demasiado grandes para caer" se enfrentan únicamente a un problema de liquidez, no a un problema de mala deuda en el marco de una vida económica de morosidad creciente. La razón de que no puedan volver a hincharse burbujas como las del pasado es que se ha llegado al límite de la deuda. Y no sólo a escala nacional: a escala internacional se ha llegado también al límite político de la hegemonía del dólar.
¿Qué omiten todos estos libros? Todo aquello sobre lo que realmente versa la teoría económica: los costos de la deuda; el fraude y el delito financieros (uno de los sectores más rentables de la vida económica); el gasto militar (clave para entender el déficit de la balanza de pagos estadounidense y, por lo mismo, para entender la formación de las reservas de dólares por parte de los bancos centrales en todo el mundo); la proliferación de ingresos no ganados, rentistas, y de los cabildeos políticos con información privilegiada. Porque son ésos, y no otros, los fenómenos que están en el núcleo de lo que está pasando: sin embargo, los apologetas del "libre mercado" y sus corifeos los han relegado a los sótanos "institucionalistas" del curriculum económico académico.
Por ejemplo, los periodistas no dejan de repetir como loritos el mensaje de Washington, según el cual los asiáticos "ahorran" demasiado, lo que sería la causa de que prestaran dinero a los EEUU. Pero los "asiáticos" que ahorran esos dólares son los bancos centrales. Los individuos y las empresas ahorran en yuanes y en yenes, no en dólares. Y no son esos ahorros nacionales los que China y Japón han colocado en los bonos del Tesoro norteamericano por valor de 3 billones de dólares. Es el gasto norteamericano, es decir: los billones de dólares que el déficit de su balanza de pagos está bombeando al mundo, el dinero que excede a la demanda exterior de las exportaciones estadounidenses y a las compras de empresas, acciones y bienes raíces norteamericanos. Este déficit de la balanza de pagos no es el resultado de que los consumidores norteamericanos apuren hasta el límite sus tarjetas de crédito. Lo que se pasa por alto es el gasto militar, que está en la base del déficit de la balanza de pagos norteamericana desde los tiempos de la Guerra de Corea. Es una tendencia que no puede seguir por mucho tiempo, ahora que los países extranjeros están comenzando a reaccionar.
En la medida en que el Banco Central chino es el mayor tenedor de bonos públicos estadounidenses y de otros títulos denominados en dólares, se ha convertido en el principal financiador del déficit de la balanza de pagos norteamericana (así como del déficit presupuestario del gobierno federal). La mitad del gasto discrecional a cuenta del presupuesto federal es de naturaleza militar. Eso sitúa a China en la desairada e incómoda posición de ser la principal fuente de financiación del aventurerismo militar estadounidense, incluidos los intentos de los últimos quince años por cercar militarmente a China y a Rusia, a fin de bloquear su desarrollo como rivales. No es eso lo que se proponía China, pero es el efecto de la hegemonía global del dólar.
Otra tendencia que no puede seguir es "milagro del interés compuesto". Se llama "milagro" porque parece demasiado bueno como para ser verdad, y así es: no puede durar mucho tiempo. El endeudamiento muy apalancado termina siempre mal, pues incrementa los cargos por intereses más rápidamente de lo que la economía está en condiciones de pagarlos. Fundar la política nacional en el sueño ilusorio de servir intereses por la vía de tomar prestado dinero a cuenta de unos precios de activos más y más hinchados se ha convertido en una pesadilla para los compradores de vivienda y para los consumidores, así como para las empresas que se convirtieron en objetivo de los saqueadores financieros que se sirven de deuda apalancada para hacerse con activos. Y es esta política la que ahora se aplica a unas infraestructuras públicas en manos de propietarios absentistas que cargarán intereses sobre los nuevos precios de los servicios suministrados por ellos y a los que se permitirá dar a esos cargos de intereses un trato fiscal de gastos tributariamente deducibles. Los lobistas de la banca han conformado el sistema fiscal de modo tal, que deriva la nueva inversión absentista hacia la deuda, antes que hacia la financiación con capital.
Los animadores de la fiesta que aplaudieron la economía de la burbuja como "creación de riqueza" –por usar una de las locuciones favoritas de Alan Greenspan— querrían ahora hacernos creer a nosotros, su audiencia, que ya sabían que había un problema, sólo que, sencillamente, no pudieron frenar la "exuberancia irracional" y los "espíritus animales" de la economía. La idea es culpar a las víctimas: a los propietarios de vivienda, obligados e endeudarse para tener acceso a ella; a los ahorradores de los fondos de pensiones, obligados a confiar lo que lograron apartar de su salario a gestores financieros que operaban para las grandes firmas de Wall Street; y a los empresarios que buscaban defenderse de los saqueadores financieros de empresas, lo que les forzaba a tragar "amargas píldoras" en forma de deudas lo suficientemente crecidas como para bloquear una toma de control ajena. En vano se buscará un reconocimiento honrado del carácter mafioso progresivamente asumido por el sector financiero, harto más cercano a los cleptócratas postsoviéticos que gozaban de información privilegiada, que a innovadores schumpetarianos.
Los tomos posburbuja parten del supuesto de que, en lo que hace a los grandes problemas, hemos llegado al "fin de la historia". Lo que les falta es una crítica de la imagen global: del punto hasta el que Wall Street ha llegado en la financiarización del dominio público para inaugurar una economía neofeudal de peajes, lo que ha llevado al extremo de una privatización del propio gobierno encabezada por el Tesoro y la Reserva Federal. Lo que se deja sin mención es la historia de cómo el capitalismo industrial ha sucumbido a un capitalismo financiero insaciable e insostenible, cuyo más reciente "estadio final" parece ser un capitalismo de juego de casino de suma cero, fundado en derivados financieros de cobertura [swaps] y en innovaciones especulativas de fondos hedge manejados entre amiguetes.
Lo que se ha perdido son las dos grandes reformas de la Era Progresista. La primera: la minimización de la barra libre a disposición de los ingresos rentistas no ganados (p.e., el privilegio monopólico y la privatización del dominio público, que son muy otra cosa que el propio trabajo y la propia empresa) por la vía de someter a cargas tributarias a la renta procedente de la propiedad absentista y a las ganancias (de "capital") dimanantes de los precios de los activos. El objetivo de la justicia económica progresista era prevenir la explotación (lograda, por ejemplo, por la vía de cargar más de lo tecnológicamente necesario en los costes de producción y en los beneficios razonablemente exigibles). Ese objetivo tuvo un producto lateral fortuito, que hizo que la Era Progresista diera la impresión de que iba a conquistar el mundo de una manera evolutiva darwiniana: pues la minimización de la barra libre rentista de los ingresos no ganados permitió a países como los EEUU competir con éxito y avanzar por encima de otros países que no pusieron por obra políticas fiscales y financieras progresistas.
Un segundo objetivo de la Era Progresista fue el de obligar al sector financiero a financiar la formación de capital. El crédito industrial se logró de manera óptima en Alemania y en la Europa central en las décadas anteriores a la I Guerra Mundial. Pero la victoria aliada trajo consigo el dominio de las prácticas bancarias angloamericanas, basadas en el préstamo respaldado por la propiedad o por flujos de ingresos ya existentes. La actual banca de crédito ha llegado a desacoplarse de la formación de capital, adoptando sobre todo la forma del crédito hipotecario (80 por ciento) y de préstamos garantizados por las acciones empresariales (para fusiones, adquisiciones y saqueos y tomas de control de otras empresas, así como con vistas a la especulación). El efecto de lo cual es la estimulación de la inflación de los precios de los activos en relación con el crédito de manera tal, que beneficia a unos pocos a expensas del conjunto de la economía.
El problema que representa la inflación de los precios de los activos fundada en la deuda apalancada puede verse del modo más claro en el llamado "síndrome báltico" postsoviético, al que ahora está sucumbiendo la economía británica. Las deudas se contraen en moneda extranjera –hipotecas inmobiliarias en los países bálticos; fondos fiscalmente evadidos y fugas de capital en la Gran Bretaña—, sin la menor perspectiva, hasta donde puede alcanzarse, de que las exportaciones puedan llegar a cubrir los carrying charges (1). El resultado de lo cual es una trampa de liquidez: una austeridad crónica abatida sobre el mercado interno, que es causa de bajos niveles de inversión de capital y de bajos niveles de vida, sin esperanza de recuperación.
Esos problemas ilustran la medida en la que la economía mundial, en su conjunto, ha venido siguiendo un rumbo errado desde la I Guerra Mundial. Esta larga trayectoria desviada se vio facilitada por el fracaso del socialismo en punto a proporcionar una alternativa viable. Aun cuando el socialismo burocrático estalinista de Rusia consiguió librarse de la barra libre posfeudal de la renta de la tierra, de la renta monopólica y de las ganancias rentistas dimanantes de los intereses, de las finanzas y de los precios de las propiedades, lo cierto es que los gastos y costos generados por su burocracia terminaron lastrando de manera insoportable a su economía. Rusia cayó. La cuestión es si la rama angloamericana del capitalismo financiero seguirá el mismo camino como consecuencia de sus propias contradicciones internas.
Las debilidades de la economía norteamericana son tan difíciles de subsanar porque arraigan en el núcleo mismo de las economías posfeudales occidentales. Sobre eso versaba la tragedia griega: una debilidad trágica que condena al héroe. La principal debilidad arraigada en nuestra economía es que una deuda creciente, más allá de toda posibilidad de ser satisfecha, es parte de un problema de mayor alcance: la barra libre financiera de la que la propiedad inmobiliaria y los tenedores de títulos financieros extraen rentas que rebasan por mucho los costes correspondientes medidos en esfuerzo laboral o en una carga fiscal equitativamente compartida (la teoría clásica de la renta económica). Lo mismo que la incautación de tierras o que los cabildeos privatizadores con información privilegiada, esa riqueza puede transmitirse hereditariamente, puede robarse o puede obtenerse por la vía de la corrupción política. La riqueza y las rentas extraídas por la vía del actual capitalismo financiero eluden la tributación fiscal, con lo que reciben, encima, un subsidio fiscal que no reciben, en cambio, ni la inversión industrial tangible ni el beneficio derivado de la actividad empresarial operativa. Sin embargo, los académicos y los medios de comunicación populares tratan esos flujos centrales como "exógenos", es decir, como si acontecieran fuera del ámbito del análisis económico propiamente dicho.
Desgraciadamente para nosotros –y para los reformadores que traten de acudir en rescate de nuestra economía posburbuja—, la historia del pensamiento económico ha sido reescrita hasta convertirla en una pueril caricatura, a fin de dar la impresión de que la actual teoría económica basura, demediada y grotescamente trivializada, es algo así como la culminación de la historia social de Occidente. Si sólo se atendiera a los debates presentes, nadie llegaría a percatarse de que en las dos últimas centurias ha prevalecido una pauta de razonamiento harto distinta. Los economistas clásicos distinguieron entre ingresos ganados (salarios y beneficios) e ingreso no ganado (renta de la tierra, renta monopólica e interés). Resultado de lo cual era la nítida distinción entre riqueza ganada a través del capital y la empresa, que refleja el esfuerzo del trabajo, y la riqueza no ganada, que viene de la apropiación de tierras o de otros recursos naturales, de privilegios monopólicos (incluidas la banca y la gestión del dinero) y de unas ganancias de "capital" fundadas en la inflación de los precios de los activos. Mas ni siquiera la Era Progresista fue demasiado lejos en punto a purgar al capitalismo industrial de las reminiscencias feudales: de la renta de la tierra y de la renta monopólica, procedentes de las conquistas militares, y de la explotación financiera ejercida por los bancos y (en Norteamérica) por Wall Street en calidad de "madre de los monopolios".
Lo que hace distinta de las anteriores a la actual burbuja económica es que, esta vez, no ha sido generada por los gobiernos como una estratagema para organizar su deuda pública creando o privatizando monopolios y vendiéndolos pagaderos en bonos públicos. No; esta vez, los EEUU y otras naciones se endeudan más profundamente, simplemente, para poder subvenir a las pérdidas que los banqueros registraron con sus malos préstamos. En vez de que las finanzas se subordinen y se aproen a la promoción del crecimiento económico y de una economía viable con una estructura de costes más bajos, lo que se hace es, al revés, sacrificar toda la economía para compensar al sector financiero. En tales condiciones, el "ahorro" no es solución alguna para el presente encogimiento de la economía; es más bien parte del problema. A diferencia del acopio de recursos personales cautelosamente escondidos en casa de los días de Keynes, el problema ahora es el poder extractivo del sector financiero en su calidad de acreedor, lo que impide borrar la pizarra sacando de ella las partidas de mala deuda de la forma históricamente normal, es decir, mediante una oleada de quiebras.
Lo que pasa ahora mismo es que el sector financiero está sirviéndose de su opulencia (a costa del contribuyente) para ganar un poder político que le permite desviar aún más infraestructura pública de los estados federados y de los gobiernos municipales, y del dominio público federal a escala nacional. Y lo hace al estilo de Thatcher y Blair: vendiendo lo público a absentistas que lo compran a crédito para sacar buenos rendimientos de la deuda pública (mientras se recortan todavía más los impuestos a la riqueza). Nadie se acuerda ya del llamamiento de Keynes a practicar la "eutanasia del rentista". Hemos entrado en la era rentista más opresiva desde los tiempos del feudalismo europeo. En vez de suministrar los servicios básicos de infraestructura a precio de coste, o aun subsidiado, para rebajar la estructura de costos nacional y hacer así a nuestra economía más barata –y más competitiva internacionalmente—, lo que se ha hecho es convertirla en una colección de cabinas de peaje. No puede, pues, sorprender demasiado que la episódica ola de libros postburbuja que nos invade este año se olvide de poner en ese contexto de largo plazo la financiarización de los EEUU y de la economía global.
NOTA T.: (1) Son los intereses cargados por el corredor en cuenta de margen, y representan el costo de almacenar un bien tangible físico, que consiste en interés sobre los fondos invertidos, seguro, derechos por almacenaje y otros costos incidentales. Estos costos están usualmente reflejados en la diferencia entre los precios de futuros para diferentes meses de entrega. Cuando los precios de futuro por vencimientos postergados de contrato son más altos que para los vencimientos cercanos, es un mercado de intereses cargados por el corredor. Un mercado total de intereses cargados por el corredor reembolsa al dueño del bien tangible físico por su almacenamiento hasta la fecha de entrega.
Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.
Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2594
Parece que las librerías andarán inundadas en el verano y el otoño próximos de textos encargados por los editores hace un año, cuando la economía estaba descarrilando. La estrategia de marketing preferida es la de ofrecer asesoramiento por parte de celebridades bien ubicadas en el núcleo del sistema sobre el modo de restaurar la feliz era 1981-2007, dominada por ganancias de precios resultantes de deuda apalancada en bienes raíces, acciones y títulos de obligaciones. Pero la Economía de la Burbuja estaba a tal punto apalancada en la deuda, que no es razonable esperar restauración ninguna.
Por ahora, se nos nutre con defensas, nacidas de Wall Street, del intento de Bush-Obama (es decir, de Paulson-Geithner) de rehinchar la burbuja con un obsequioso rescate que ha conseguido triplicar ya la deuda nacional estadounidense en la esperanza de lograr una remontada del crédito bancario (es decir, de aumentar la deuda). El problema es que el apalancamiento de la deuda es, precisamente, lo que causó el colapso económico. Se estima ahora que un tercio de los bienes raíces estadounidenses se halla en quiebra técnica, con una magnitud del volumen de ejecuciones hipotecarias todavía en aumento.
A la vista de esa estupefaciente tendencia financiera, al público consumidor de libros se le ofrecen unos aperitivos, conforme a los cuales la recuperación económica no precisaría sino de más "incentivos" (especialmente, recortes fiscales para los ricos) capaces de estimular un mayor "ahorro", como si los ahorros fueran automáticamente capaces de financiar nuevas inversiones y nuevos préstamos de capital. No hay tal: lo que hay es dinero prestado, a fin de crear una mayor deuda para un 90% de la población endeudado con el 10% situado en la cúspide de la vida económica.
Tras cargarle le mochuelo a Alan Greenspan por su papel de "tonto útil" en la promoción de la desregulación y en el bloqueo de la investigación y persecución del fraude fiscal, el grueso de los autores se lanza ahora por los trillados caminos de las panaceas que gozan de mayor aplauso general: regulación federal de los derivados financieros (y aun proscripción de los mismos), una tasa Tobin para las transacciones de títulos de obligaciones, clausura de los centros bancarios radicados en oasis fiscales y erradicación de las estrategias fiscalmente evasoras de esos institutos bancarios. Nadie se avilanta a ir a la raíz del problema financiero, proponiendo remover la deductibilidad fiscal general de los intereses que han subsidiado el apalancamiento de la deuda, proponiendo gravar fiscalmente las ganancias de "capital" al mismo tipo marginal que los salarios y los beneficios, o proponiendo sellar las escandalosas brechas fiscales ahora abiertas a los sectores FIRE (finanzas, seguros y bienes raíces, por sus siglas en inglés).
Los editores derechistas reciclan las habituales panaceas –como ofrecer más incentivos fiscales a los "ahorradores (otro eufemismo para los regalos obsequiosos a las altas finanzas) y un presupuesto federal reequilibrado— para evitar el "efecto de expulsión" de las finanzas privadas [por parte del sector público]. El sueño de Wall Street es privatizar la seguridad social para empezar a crear otra burbuja. Afortunadamente, esas propuestas fracasaron ya durante la administración Bush controlada por los republicanos como consecuencia del choque de realidad experimentado en forma de cólera del contribuyente tras el estallido de la burbuja punto.com en 2000.
Nadie llama a financiar la Seguridad Social y Medicare a partir del presupuesto general, en vez de seguir manteniéndolas con recursos obtenidos a partir de unos impuestos particularmente regresivos sobre trabajadores y empresarios, a quienes el Congreso expolia a fin de financiar recortes fiscales para los segmentos más ricos de la población. Y sin embargo, ¿cómo pueden los EEUU lograr competitividad industrial en los mercados globales con estos impuestos pre-ahorro para la jubilación y con seguros privatizados de asistencia sanitaria, con costes inmobiliarios apalancados en la deuda y con los conexos gastos que acarrean las deudas personales y empresariales? El resto del mundo suministra a mucho menor coste vivienda, atención sanitaria y otros bienes complementarios del ingreso de los trabajadores (o, simplemente, mantiene al trabajo por encima de los niveles de susbsistencia). Es éste un problema de gran importancia, que se atraviesa en el camino de los sueños de restauración de la Economía de Burbuja. Pues esos sueños dejan de lado la dimensión internacional.
Y, ni que decir tiene, hay los tradicionales llamamientos a reconstruir las devastadas infraestructuras norteamericanas. Sólo que, ¡cáspita!, Wall Street planea hacer eso al estilo de Tony Blair, con cooperaciones público-privadas que inyectarían enormes flujos de servicio de intereses en la estructura de precios, al tiempo que proporcionarían a Wall Street crecidos honorarios en materia de gestión y de suscripción de seguros. Las caídas del empleo y del precio de la vivienda han disminuido a tal punto a las finanzas públicas, que la inversión en infraestructuras nuevas habrá de cobrar inevitablemente la forma de cabinas privatizados de peaje apostadas en los puntos de acceso más importantes a la economía, como son carreteras y otras vías de transporte público, la comunicación o el agua limpia.
No hay llamamientos a la restauración de los impuestos estatales y municipales a los niveles de la Era Progresista, cuando la presión fiscal estaba diseñada para que tributaran sobre todo las ganancias de "barra libre" procedentes de las rentas inmobiliarias, llegando esas ganancias a constituirse, con el tiempo, en la base fiscal principal. Restaurar eso ahora significaría presionar a la baja los precios de los terrenos (y por ende, de la deuda hipotecaria), previniendo que los acrecidos valores de emplazamiento sean capitalizados y fluyan a los bancos en forma de servicio de intereses. Y ofrecería la ventaja adicional de aligerar las cargas fiscales soportadas por los ingresos y las ventas (un tipo de política que incrementa el precio del trabajo, de los bienes y de los servicios). En cambio, el grueso de las reformas que se proponen hoy lo que hacen es llamar a ulteriores recortes de los impuestos a la propiedad inmobiliaria, a fin de promover más "creación de riqueza" en forma de una inflación de los precios de esa propiedad estimulada por la deuda apalancada. La idea es dejar una mayor proporción de ingreso rentista para su capitalización en hipotecas aún más voluminosas, los intereses de las cuales irán a parar al sector financiero. En vez de caer el precio de la vivienda y de reducirse los impuestos al ingreso y a las ventas, lo que ocurrirá es que el crecido valor de emplazamiento de la propiedad inmobiliaria irá a parar a los bancos en forma de servicio de intereses, no a las autoridades fiscales locales. Lo que forzará a estas últimas a seguir desplazando la carga fiscal hacia consumidores y empresas.
No faltan en esta plétora de libros expuestos en vitrina los habituales llamamientos pro forma a reindustrializar Norteamérica. Pero ninguno apunta a la dinámica financiera deudora que ha socavado el capitalismo industrial, en este país y por doquiera. Con la perspectiva de una década, ¿cómo se verán retrospectivamente estas tímidas "reformas"? Lo que pretenden los rescates Bush-Obama es que los bancos "demasiado grandes para caer" se enfrentan únicamente a un problema de liquidez, no a un problema de mala deuda en el marco de una vida económica de morosidad creciente. La razón de que no puedan volver a hincharse burbujas como las del pasado es que se ha llegado al límite de la deuda. Y no sólo a escala nacional: a escala internacional se ha llegado también al límite político de la hegemonía del dólar.
¿Qué omiten todos estos libros? Todo aquello sobre lo que realmente versa la teoría económica: los costos de la deuda; el fraude y el delito financieros (uno de los sectores más rentables de la vida económica); el gasto militar (clave para entender el déficit de la balanza de pagos estadounidense y, por lo mismo, para entender la formación de las reservas de dólares por parte de los bancos centrales en todo el mundo); la proliferación de ingresos no ganados, rentistas, y de los cabildeos políticos con información privilegiada. Porque son ésos, y no otros, los fenómenos que están en el núcleo de lo que está pasando: sin embargo, los apologetas del "libre mercado" y sus corifeos los han relegado a los sótanos "institucionalistas" del curriculum económico académico.
Por ejemplo, los periodistas no dejan de repetir como loritos el mensaje de Washington, según el cual los asiáticos "ahorran" demasiado, lo que sería la causa de que prestaran dinero a los EEUU. Pero los "asiáticos" que ahorran esos dólares son los bancos centrales. Los individuos y las empresas ahorran en yuanes y en yenes, no en dólares. Y no son esos ahorros nacionales los que China y Japón han colocado en los bonos del Tesoro norteamericano por valor de 3 billones de dólares. Es el gasto norteamericano, es decir: los billones de dólares que el déficit de su balanza de pagos está bombeando al mundo, el dinero que excede a la demanda exterior de las exportaciones estadounidenses y a las compras de empresas, acciones y bienes raíces norteamericanos. Este déficit de la balanza de pagos no es el resultado de que los consumidores norteamericanos apuren hasta el límite sus tarjetas de crédito. Lo que se pasa por alto es el gasto militar, que está en la base del déficit de la balanza de pagos norteamericana desde los tiempos de la Guerra de Corea. Es una tendencia que no puede seguir por mucho tiempo, ahora que los países extranjeros están comenzando a reaccionar.
En la medida en que el Banco Central chino es el mayor tenedor de bonos públicos estadounidenses y de otros títulos denominados en dólares, se ha convertido en el principal financiador del déficit de la balanza de pagos norteamericana (así como del déficit presupuestario del gobierno federal). La mitad del gasto discrecional a cuenta del presupuesto federal es de naturaleza militar. Eso sitúa a China en la desairada e incómoda posición de ser la principal fuente de financiación del aventurerismo militar estadounidense, incluidos los intentos de los últimos quince años por cercar militarmente a China y a Rusia, a fin de bloquear su desarrollo como rivales. No es eso lo que se proponía China, pero es el efecto de la hegemonía global del dólar.
Otra tendencia que no puede seguir es "milagro del interés compuesto". Se llama "milagro" porque parece demasiado bueno como para ser verdad, y así es: no puede durar mucho tiempo. El endeudamiento muy apalancado termina siempre mal, pues incrementa los cargos por intereses más rápidamente de lo que la economía está en condiciones de pagarlos. Fundar la política nacional en el sueño ilusorio de servir intereses por la vía de tomar prestado dinero a cuenta de unos precios de activos más y más hinchados se ha convertido en una pesadilla para los compradores de vivienda y para los consumidores, así como para las empresas que se convirtieron en objetivo de los saqueadores financieros que se sirven de deuda apalancada para hacerse con activos. Y es esta política la que ahora se aplica a unas infraestructuras públicas en manos de propietarios absentistas que cargarán intereses sobre los nuevos precios de los servicios suministrados por ellos y a los que se permitirá dar a esos cargos de intereses un trato fiscal de gastos tributariamente deducibles. Los lobistas de la banca han conformado el sistema fiscal de modo tal, que deriva la nueva inversión absentista hacia la deuda, antes que hacia la financiación con capital.
Los animadores de la fiesta que aplaudieron la economía de la burbuja como "creación de riqueza" –por usar una de las locuciones favoritas de Alan Greenspan— querrían ahora hacernos creer a nosotros, su audiencia, que ya sabían que había un problema, sólo que, sencillamente, no pudieron frenar la "exuberancia irracional" y los "espíritus animales" de la economía. La idea es culpar a las víctimas: a los propietarios de vivienda, obligados e endeudarse para tener acceso a ella; a los ahorradores de los fondos de pensiones, obligados a confiar lo que lograron apartar de su salario a gestores financieros que operaban para las grandes firmas de Wall Street; y a los empresarios que buscaban defenderse de los saqueadores financieros de empresas, lo que les forzaba a tragar "amargas píldoras" en forma de deudas lo suficientemente crecidas como para bloquear una toma de control ajena. En vano se buscará un reconocimiento honrado del carácter mafioso progresivamente asumido por el sector financiero, harto más cercano a los cleptócratas postsoviéticos que gozaban de información privilegiada, que a innovadores schumpetarianos.
Los tomos posburbuja parten del supuesto de que, en lo que hace a los grandes problemas, hemos llegado al "fin de la historia". Lo que les falta es una crítica de la imagen global: del punto hasta el que Wall Street ha llegado en la financiarización del dominio público para inaugurar una economía neofeudal de peajes, lo que ha llevado al extremo de una privatización del propio gobierno encabezada por el Tesoro y la Reserva Federal. Lo que se deja sin mención es la historia de cómo el capitalismo industrial ha sucumbido a un capitalismo financiero insaciable e insostenible, cuyo más reciente "estadio final" parece ser un capitalismo de juego de casino de suma cero, fundado en derivados financieros de cobertura [swaps] y en innovaciones especulativas de fondos hedge manejados entre amiguetes.
Lo que se ha perdido son las dos grandes reformas de la Era Progresista. La primera: la minimización de la barra libre a disposición de los ingresos rentistas no ganados (p.e., el privilegio monopólico y la privatización del dominio público, que son muy otra cosa que el propio trabajo y la propia empresa) por la vía de someter a cargas tributarias a la renta procedente de la propiedad absentista y a las ganancias (de "capital") dimanantes de los precios de los activos. El objetivo de la justicia económica progresista era prevenir la explotación (lograda, por ejemplo, por la vía de cargar más de lo tecnológicamente necesario en los costes de producción y en los beneficios razonablemente exigibles). Ese objetivo tuvo un producto lateral fortuito, que hizo que la Era Progresista diera la impresión de que iba a conquistar el mundo de una manera evolutiva darwiniana: pues la minimización de la barra libre rentista de los ingresos no ganados permitió a países como los EEUU competir con éxito y avanzar por encima de otros países que no pusieron por obra políticas fiscales y financieras progresistas.
Un segundo objetivo de la Era Progresista fue el de obligar al sector financiero a financiar la formación de capital. El crédito industrial se logró de manera óptima en Alemania y en la Europa central en las décadas anteriores a la I Guerra Mundial. Pero la victoria aliada trajo consigo el dominio de las prácticas bancarias angloamericanas, basadas en el préstamo respaldado por la propiedad o por flujos de ingresos ya existentes. La actual banca de crédito ha llegado a desacoplarse de la formación de capital, adoptando sobre todo la forma del crédito hipotecario (80 por ciento) y de préstamos garantizados por las acciones empresariales (para fusiones, adquisiciones y saqueos y tomas de control de otras empresas, así como con vistas a la especulación). El efecto de lo cual es la estimulación de la inflación de los precios de los activos en relación con el crédito de manera tal, que beneficia a unos pocos a expensas del conjunto de la economía.
El problema que representa la inflación de los precios de los activos fundada en la deuda apalancada puede verse del modo más claro en el llamado "síndrome báltico" postsoviético, al que ahora está sucumbiendo la economía británica. Las deudas se contraen en moneda extranjera –hipotecas inmobiliarias en los países bálticos; fondos fiscalmente evadidos y fugas de capital en la Gran Bretaña—, sin la menor perspectiva, hasta donde puede alcanzarse, de que las exportaciones puedan llegar a cubrir los carrying charges (1). El resultado de lo cual es una trampa de liquidez: una austeridad crónica abatida sobre el mercado interno, que es causa de bajos niveles de inversión de capital y de bajos niveles de vida, sin esperanza de recuperación.
Esos problemas ilustran la medida en la que la economía mundial, en su conjunto, ha venido siguiendo un rumbo errado desde la I Guerra Mundial. Esta larga trayectoria desviada se vio facilitada por el fracaso del socialismo en punto a proporcionar una alternativa viable. Aun cuando el socialismo burocrático estalinista de Rusia consiguió librarse de la barra libre posfeudal de la renta de la tierra, de la renta monopólica y de las ganancias rentistas dimanantes de los intereses, de las finanzas y de los precios de las propiedades, lo cierto es que los gastos y costos generados por su burocracia terminaron lastrando de manera insoportable a su economía. Rusia cayó. La cuestión es si la rama angloamericana del capitalismo financiero seguirá el mismo camino como consecuencia de sus propias contradicciones internas.
Las debilidades de la economía norteamericana son tan difíciles de subsanar porque arraigan en el núcleo mismo de las economías posfeudales occidentales. Sobre eso versaba la tragedia griega: una debilidad trágica que condena al héroe. La principal debilidad arraigada en nuestra economía es que una deuda creciente, más allá de toda posibilidad de ser satisfecha, es parte de un problema de mayor alcance: la barra libre financiera de la que la propiedad inmobiliaria y los tenedores de títulos financieros extraen rentas que rebasan por mucho los costes correspondientes medidos en esfuerzo laboral o en una carga fiscal equitativamente compartida (la teoría clásica de la renta económica). Lo mismo que la incautación de tierras o que los cabildeos privatizadores con información privilegiada, esa riqueza puede transmitirse hereditariamente, puede robarse o puede obtenerse por la vía de la corrupción política. La riqueza y las rentas extraídas por la vía del actual capitalismo financiero eluden la tributación fiscal, con lo que reciben, encima, un subsidio fiscal que no reciben, en cambio, ni la inversión industrial tangible ni el beneficio derivado de la actividad empresarial operativa. Sin embargo, los académicos y los medios de comunicación populares tratan esos flujos centrales como "exógenos", es decir, como si acontecieran fuera del ámbito del análisis económico propiamente dicho.
Desgraciadamente para nosotros –y para los reformadores que traten de acudir en rescate de nuestra economía posburbuja—, la historia del pensamiento económico ha sido reescrita hasta convertirla en una pueril caricatura, a fin de dar la impresión de que la actual teoría económica basura, demediada y grotescamente trivializada, es algo así como la culminación de la historia social de Occidente. Si sólo se atendiera a los debates presentes, nadie llegaría a percatarse de que en las dos últimas centurias ha prevalecido una pauta de razonamiento harto distinta. Los economistas clásicos distinguieron entre ingresos ganados (salarios y beneficios) e ingreso no ganado (renta de la tierra, renta monopólica e interés). Resultado de lo cual era la nítida distinción entre riqueza ganada a través del capital y la empresa, que refleja el esfuerzo del trabajo, y la riqueza no ganada, que viene de la apropiación de tierras o de otros recursos naturales, de privilegios monopólicos (incluidas la banca y la gestión del dinero) y de unas ganancias de "capital" fundadas en la inflación de los precios de los activos. Mas ni siquiera la Era Progresista fue demasiado lejos en punto a purgar al capitalismo industrial de las reminiscencias feudales: de la renta de la tierra y de la renta monopólica, procedentes de las conquistas militares, y de la explotación financiera ejercida por los bancos y (en Norteamérica) por Wall Street en calidad de "madre de los monopolios".
Lo que hace distinta de las anteriores a la actual burbuja económica es que, esta vez, no ha sido generada por los gobiernos como una estratagema para organizar su deuda pública creando o privatizando monopolios y vendiéndolos pagaderos en bonos públicos. No; esta vez, los EEUU y otras naciones se endeudan más profundamente, simplemente, para poder subvenir a las pérdidas que los banqueros registraron con sus malos préstamos. En vez de que las finanzas se subordinen y se aproen a la promoción del crecimiento económico y de una economía viable con una estructura de costes más bajos, lo que se hace es, al revés, sacrificar toda la economía para compensar al sector financiero. En tales condiciones, el "ahorro" no es solución alguna para el presente encogimiento de la economía; es más bien parte del problema. A diferencia del acopio de recursos personales cautelosamente escondidos en casa de los días de Keynes, el problema ahora es el poder extractivo del sector financiero en su calidad de acreedor, lo que impide borrar la pizarra sacando de ella las partidas de mala deuda de la forma históricamente normal, es decir, mediante una oleada de quiebras.
Lo que pasa ahora mismo es que el sector financiero está sirviéndose de su opulencia (a costa del contribuyente) para ganar un poder político que le permite desviar aún más infraestructura pública de los estados federados y de los gobiernos municipales, y del dominio público federal a escala nacional. Y lo hace al estilo de Thatcher y Blair: vendiendo lo público a absentistas que lo compran a crédito para sacar buenos rendimientos de la deuda pública (mientras se recortan todavía más los impuestos a la riqueza). Nadie se acuerda ya del llamamiento de Keynes a practicar la "eutanasia del rentista". Hemos entrado en la era rentista más opresiva desde los tiempos del feudalismo europeo. En vez de suministrar los servicios básicos de infraestructura a precio de coste, o aun subsidiado, para rebajar la estructura de costos nacional y hacer así a nuestra economía más barata –y más competitiva internacionalmente—, lo que se ha hecho es convertirla en una colección de cabinas de peaje. No puede, pues, sorprender demasiado que la episódica ola de libros postburbuja que nos invade este año se olvide de poner en ese contexto de largo plazo la financiarización de los EEUU y de la economía global.
NOTA T.: (1) Son los intereses cargados por el corredor en cuenta de margen, y representan el costo de almacenar un bien tangible físico, que consiste en interés sobre los fondos invertidos, seguro, derechos por almacenaje y otros costos incidentales. Estos costos están usualmente reflejados en la diferencia entre los precios de futuros para diferentes meses de entrega. Cuando los precios de futuro por vencimientos postergados de contrato son más altos que para los vencimientos cercanos, es un mercado de intereses cargados por el corredor. Un mercado total de intereses cargados por el corredor reembolsa al dueño del bien tangible físico por su almacenamiento hasta la fecha de entrega.
Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.
Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2594
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Crisis Financiera,
Michael Hudson,
Sin Permiso
Pistas para entender el derrumbe
CLAUDI PÉREZ y ALEJANDRO BOLAÑOS, El País
El interés por la crisis ha explotado y todos quieren saber cómo se ha llegado al borde del precipicio. Los textos sobre economía han logrado atraer al gran público
La economía está herida. Tal vez enferma. Esclerosis, metástasis, anemia, bulimia trombosis, todo ese parte médico aparece en la infinidad de libros que tratan de explicar -a medio camino entre el realismo visceral y la literatura fantástica- el último achaque de la variedad del capitalismo que nos ha metido en este berenjenal. Un virus financiero, de país rico, anglosajón para más señas, se ha extendido a toda velocidad ayudado por esa apuesta inmoderada por la globalización de los últimos años. No hay nada anormal en eso: las sociedades nacen, crecen y se derrumban una vez enferman; como ciencia social, la economía está en un punto crítico de ese ciclo vital. La Gran Depresión de los años treinta fue algo así como "una crisis de juventud, de ímpetu, de entusiasmo", aseguraba en un acto reciente el escritor José Luis Sampedro, testigo en su adolescencia de aquellas uvas de la ira. "Ésta, en cambio, es una crisis de vejez, de la decrepitud, del miedo", sostenía el autor de Economía humanista, una colección de artículos que repasa su labor como economista en los años cuarenta con un prólogo demoledor -"vivimos la decadencia del sistema, pero la historia no se acaba"- que entronca con la situación actual.
En una secuencia vertiginosa, la crisis que estalló en agosto de 2007 con la basura hipotecaria de Estados Unidos se ha convertido en una pandemia devastadora. En ella caben el rostro desafiante del malvado Bernard Madoff, la cara angelical de Barack Obama y, sobre todo, el decorado de tierra quemada que han dejado a su paso los bankgsters (banqueros y gánsteres) en Wall Street, apunta Ignacio Ramonet en La crisis del siglo. Pero más allá de los hechos -quiebras de bancos, intervenciones públicas a la desesperada, un sonoro reventón de la burbuja inmobiliaria y demás-, lo más interesante es quizás el relato de la crisis. Los economistas rara vez han conseguido destacar en el arte de contar los grandes batacazos del último siglo. Nadie explicó mejor que un humorista -Groucho Marx- el crash de 1929; ningún economista contó como John Steinbeck la extrema dureza de la década siguiente, y fue un periodista extravagante, Tom Wolfe, quien desnudó las vanidades que después ardieron el lunes negro de 1987. Quizá tampoco esta vez el gran libro de esta crisis sea obra de alguien del gremio, pero al menos hay un puñado de ejemplos sobresalientes. "Como economista con buena reputación, soy perfectamente capaz de escribir cosas que nadie pueda leer", se mofa el Nobel Paul Krugman en el imprescindible El retorno de la economía de la depresión, que, por cierto, se deja leer estupendamente.
Los libros sobre economía han logrado atraer al gran público en muy contadas ocasiones. En los últimos años, el éxito en España de algunos títulos traducidos del inglés, como Freakonomics, de Steven D. Levitt, o El economista camuflado, de Tim Harford, dieron pistas de un interés creciente. Obras en las que siempre se encontraba una explicación económica a cualquier comportamiento, desde lo más cotidiano a lo más esperpéntico.
Con la crisis de las hipotecas basura ha saltado por los aires la certeza de que todo hay que dejarlo al albur de las fuerzas del mercado. La famosa mano invisible tiene a día de hoy muy mala prensa. Pero, al mismo tiempo, el huracán financiero ha confirmado que la pista sobre los lectores era buena. El interés por la crisis ha explotado y, más allá de la academia, los libros sobre economía vuelven a emparentarse con la política y el modelo de sociedad en el que vivir. Pero, antes que nada, prima el deseo de entender cómo se ha llegado hasta el borde del precipicio. "Es importante hablar claro. Creo que esta crisis es también una crisis de comunicación". La reflexión es de Leopoldo Abadía, autor de uno de los fenómenos editoriales del año, La crisis ninja, que estuvo entre los más vendidos en Sant Jordi y puja al alza también ahora en la Feria de Madrid. El éxito de Abadía, que fue profesor del IESE durante 31 años, debe mucho a su didáctico esfuerzo por desenredar la maraña de la crisis financiera. Y otro tanto al envoltorio mediático del enésimo hallazgo de Internet: su texto inicial, escrito a los pocos meses de que la crisis despuntara en Estados Unidos, se colgó primero en la red y se propagó como la pólvora. En el camino del blog al libro, aquella explicación a bote pronto de lo que se venía encima se pone al servicio de una reivindicación de la ética empresarial y los valores familiares. Y el acercamiento campechano deriva en consejos de autoayuda, un género que ha copado los últimos años las estanterías dedicadas a la economía.
La historia económica y financiera ha quedado partida en dos: hay una era precrisis y otra posdesastre. La mayoría de los libros editados en los últimos meses responde a esa geografía acuchillada. El ejemplo más claro es El estallido de la burbuja, de Robert J. Shiller, una autopsia de la exuberancia irracional de los mercados. Shiller ahonda en las raíces fundamentalmente psicológicas de la crisis -aspecto que desarrolla en un libro que aún no ha aparecido en España, Animal Spirits- y es osado al proponer soluciones, siempre dentro de la órbita del mercado, pero con mayores dosis de control público para evitar aquelarres como el actual. George Soros, famoso especulador y filántropo (si ambas cosas son posibles a la vez), abunda en esa tesis en El nuevo paradigma de los mercados financieros, en el que sostiene que tras la caída del "fundamentalismo de mercado" hay que adoptar un nuevo modelo como agua de mayo: "Todo esto estaba destinado a acabar mal. [...] Uno no puede evitar concluir que tanto las autoridades financieras como los participantes del mercado no entienden cómo funcionan los mercados financieros".
Porque la debacle económica de los dos últimos años es comparable a lo que para la geopolítica fue la caída del muro de Berlín. "Sin un discurso alternativo, por primera vez el capitalismo debe justificar el fracaso de su inmenso éxito", cuenta Antonio Baños en el divertidísimo La economía no existe, que él mismo define como "un libelo contra la economía". La crisis pone al descubierto la inanidad de la Escuela de Chicago, esa fe dogmática en los mercados autorregulados y sin restricciones. Se cierra la etapa más salvaje e irracional de la globalización neoliberal, que iniciaron Reagan y Thatcher con aquel lema rompedor: "El Estado no es la solución: es el problema". Ése es el muro que cae esta vez.
El péndulo gira ahora al Estado como solución. Para eso han tenido que caer grandes bancos y algunos dioses -empezando por el ex presidente del banco central estadounidense, Alan Greenspan-, han quebrado varios países, han dimitido gobiernos, han engordado las amargas listas del paro. Y esa lista negra no deja de agrandarse, hasta el punto de que el colapso financiero que derivó en crisis económica amenaza con una última mutación para convertirse en tormenta social. El terremoto es de tal calibre que incluso hay indicios de un cambio de guardia entre los economistas. Los neokeynesianos salen como setas para enterrar a Milton Friedman -y en el fondo, también a John M. Keynes- con una tercera vía que aúna mercado y sector público y que propone a los economistas algo más que números. "La economía, la ciencia social matemáticamente más avanzada, es la ciencia humana más atrasada", critica Vicente Verdú en El capitalismo funeral. Autores como Cass Sunstein y Robert Thaler -Un pequeño empujón- escriben de economía de otra manera, tratando de acercarla al terreno de la sociología, la política y la psicología. Con indudable éxito: Sunstein es el nuevo zar regulatorio de la Administración de Obama.
El derrumbe económico es ya un fenómeno editorial: por lo menos esa industria ha sabido hacer suyo el muy manido mantra -ya casi un tópico- que identifica crisis con oportunidad. En los estantes de las librerías hay de todo: autores nacionales y primeras figuras internacionales -a veces editados con tanta premura que se maltratan las traducciones-, best sellers en toda regla (Abadía o El informe Recarte, de Alberto Recarte) y libros sesudos para expertos (Revolución en las finanzas, de Antonio Torrero). La revisión crítica de los mandamientos económicos de las últimas dos décadas hace hueco a la crisis alimentaria (Un planeta de gordos y hambrientos, del recientemente fallecido Luis de Sebastián), un oportuno recordatorio de que hay muchos otros asuntos a los que la economía debe responder, o a la pujante teoría del decrecimiento (Menos es más, de Nicolas Ridoux), que ante los desarreglos de los últimos años deja una conclusión desasosegante: "Hay que desacostumbrarse a la adicción al crecimiento". Algunos creen que no habrá más remedio. "La auténtica crisis está por llegar", asegura Santiago Niño Becerra en El crash de 2010, donde augura que el año próximo empezará una crisis "de proporciones gigantescas", que reproducirá "la situación de derrumbe que se produjo en 1929". Pero el apocalipsis es sólo una posibilidad. Si los economistas ni siquiera se ponen de acuerdo sobre la causa última de la crisis, mucho menos sobre su profundidad y horizonte temporal. "Dos, tal vez cinco o hasta 10 años de depresión nos amenazan", aventura Jacques Attali, asesor del presidente francés Nicolas Sarkozy y autor del libro ¿Y despues de la crisis, que? y de una de las grandes frases de los últimos meses: "Demasiado riesgo ayer, demasiada prudencia hoy. En ambos casos, los bancos son culpables".
La apabullante irrupción de malas noticias multiplica el ansia de información y da cobertura a todo tipo de títulos. El último en subirse al bólido editorial ha sido el ex presidente del Gobierno José María Aznar. En su España puede salir de la crisis, parte de un aseado análisis del desplome financiero, para luego dar un triple salto mortal: omite su complacencia y la del ex presidente de Estados Unidos George Bush con un sistema que tampoco cuestionaron los socialistas en 2004; alardea de unos resultados económicos que tanto deben al modelo que propone ahora cambiar; y responsabiliza de todos los males habidos y por haber al PSOE, lo que incluiría su patológica tendencia al déficit público (¡cuando fue el ex vicepresidente socialista Pedro Solbes el primero en cerrar presupuestos con superávit en la democracia!).
La búsqueda de culpables es uno de los grandes leitmotiv de la literatura sobre la crisis. Greenspan y los banqueros son el centro de todas las dianas. "Es imposible exagerar la total idiotez de la maquinaria financiera de la primera década del siglo XXI", describe Charles R. Morris en El gran crac del crédito. Morris clama contra "una nueva casta de grandes ricos que no han inventado ni construido nada". "Un malvado genio no hubiera sido capaz de diseñar una estructura más propensa al desastre", prosigue con brillantez este columnista cuyo libro se ha encaramado a lo más alto de la lista de superventas en Estados Unidos. Hace ya más de un año, Morris estimó las pérdidas en dos billones de dólares. En una conversación con este periódico, eleva la apuesta hasta los cinco billones, y eso sólo en Estados Unidos. "La escala de la crisis global es simplemente impresionante. La factura se pagará durante años", cierra.
"¿Cómo es posible que nadie lo anticipara?". La reina de Inglaterra no tuvo más opción que hacerse eco del clamor de la calle en su visita a la prestigiosa London School of Economics. Nadie supo responder, porque sí hubo avisos a navegantes, pero fueron ignorados. La crisis da pie a la revancha. Las voces que anticipaban el desastre, ahogadas por la aparente bonanza, colonizan ahora los estantes. Pocos ejemplos tan elocuentes de esa súbita ceguera social como el que brinda la economía española con la formación de la burbuja inmobiliaria. "Es la historia de un engaño colectivo", dice a modo de preámbulo José García Montalvo en De la quimera inmobiliaria al colapso financiero.
El libro del catedrático de la Universidad Pompeu Fabra empieza como las novelas negras que anuncian en la primera página quién es el culpable: la financiación barata y el empujón que se dio desde todos los ámbitos a las expectativas sobre el precio de la vivienda. Y mantiene la tensión con el relato de cómo un muro de coartadas hizo inútiles los esfuerzos por advertir lo que iba a pasar. Encuentra el arma -"los bancos tenían el hinchador de la burbuja y lo apretaron con alegría"-, topa con pistas falsas, como "el mito de que el precio de la vivienda nunca baja" o chivos expiatorios, como la especulación sobre el suelo. Y la garganta se anuda cuando entran en escena "el efecto imitación, la envidia y la codicia", personajes inquietantemente familiares. Para constatar que sí había voces discrepantes rescata los artículos que publicó en diversos medios desde 2002; el recurso se vuelve abuso y penaliza una escritura apasionada y precisa, que vuelve una y otra vez al lugar del crimen, donde el acceso a una vivienda digna se convirtió en bien de lujo: todos conocíamos al asesino, pero bajamos la vista al cruzárnoslo.
En la inmensa mayoría de los libros sobre la crisis aparece un capítulo final sobre la fuerza de las ideas, con las inevitables citas de Keynes: "La dificultad no es tanto concebir nuevas ideas como librarse de las antiguas" o "tarde y temprano son las ideas, y no los interesados, lo que resulta peligroso, para bien o para mal". Krugman resume todas esas moralinas con optimismo: "Los únicos obstáculos importantes [para solucionar los problemas actuales] son las doctrinas obsoletas que pueblan la cabeza de los hombres". Obsoletas o no, junto a la retahíla de novedades han aparecido un puñado de excelentes reediciones: no faltan Keynes y Galbraith, pero tampoco Friedman y Hayek. Hay que conocer la historia para huir de ella: el líder chino Wen Jiabao llegó a la última edición del Foro Mundial de Davos con una reedición de La teoría de los sentimientos morales, de Adam Smith. "Para esta crisis no hay libro de instrucciones", repetía a todo el que quisiera oírle el secretario del Tesoro de la Administración de Bush, Henry Paulson, cuando más se acercó la crisis al abismo, tras la quiebra de Lehman Brothers. Tal vez no lo haya, pero en media Europa ha destacado un libro entre todas esas reediciones que ha llegado a convertirse en superventas. Su título: El Capital. De un tal Marx.
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El interés por la crisis ha explotado y todos quieren saber cómo se ha llegado al borde del precipicio. Los textos sobre economía han logrado atraer al gran público
La economía está herida. Tal vez enferma. Esclerosis, metástasis, anemia, bulimia trombosis, todo ese parte médico aparece en la infinidad de libros que tratan de explicar -a medio camino entre el realismo visceral y la literatura fantástica- el último achaque de la variedad del capitalismo que nos ha metido en este berenjenal. Un virus financiero, de país rico, anglosajón para más señas, se ha extendido a toda velocidad ayudado por esa apuesta inmoderada por la globalización de los últimos años. No hay nada anormal en eso: las sociedades nacen, crecen y se derrumban una vez enferman; como ciencia social, la economía está en un punto crítico de ese ciclo vital. La Gran Depresión de los años treinta fue algo así como "una crisis de juventud, de ímpetu, de entusiasmo", aseguraba en un acto reciente el escritor José Luis Sampedro, testigo en su adolescencia de aquellas uvas de la ira. "Ésta, en cambio, es una crisis de vejez, de la decrepitud, del miedo", sostenía el autor de Economía humanista, una colección de artículos que repasa su labor como economista en los años cuarenta con un prólogo demoledor -"vivimos la decadencia del sistema, pero la historia no se acaba"- que entronca con la situación actual.
En una secuencia vertiginosa, la crisis que estalló en agosto de 2007 con la basura hipotecaria de Estados Unidos se ha convertido en una pandemia devastadora. En ella caben el rostro desafiante del malvado Bernard Madoff, la cara angelical de Barack Obama y, sobre todo, el decorado de tierra quemada que han dejado a su paso los bankgsters (banqueros y gánsteres) en Wall Street, apunta Ignacio Ramonet en La crisis del siglo. Pero más allá de los hechos -quiebras de bancos, intervenciones públicas a la desesperada, un sonoro reventón de la burbuja inmobiliaria y demás-, lo más interesante es quizás el relato de la crisis. Los economistas rara vez han conseguido destacar en el arte de contar los grandes batacazos del último siglo. Nadie explicó mejor que un humorista -Groucho Marx- el crash de 1929; ningún economista contó como John Steinbeck la extrema dureza de la década siguiente, y fue un periodista extravagante, Tom Wolfe, quien desnudó las vanidades que después ardieron el lunes negro de 1987. Quizá tampoco esta vez el gran libro de esta crisis sea obra de alguien del gremio, pero al menos hay un puñado de ejemplos sobresalientes. "Como economista con buena reputación, soy perfectamente capaz de escribir cosas que nadie pueda leer", se mofa el Nobel Paul Krugman en el imprescindible El retorno de la economía de la depresión, que, por cierto, se deja leer estupendamente.
Los libros sobre economía han logrado atraer al gran público en muy contadas ocasiones. En los últimos años, el éxito en España de algunos títulos traducidos del inglés, como Freakonomics, de Steven D. Levitt, o El economista camuflado, de Tim Harford, dieron pistas de un interés creciente. Obras en las que siempre se encontraba una explicación económica a cualquier comportamiento, desde lo más cotidiano a lo más esperpéntico.
Con la crisis de las hipotecas basura ha saltado por los aires la certeza de que todo hay que dejarlo al albur de las fuerzas del mercado. La famosa mano invisible tiene a día de hoy muy mala prensa. Pero, al mismo tiempo, el huracán financiero ha confirmado que la pista sobre los lectores era buena. El interés por la crisis ha explotado y, más allá de la academia, los libros sobre economía vuelven a emparentarse con la política y el modelo de sociedad en el que vivir. Pero, antes que nada, prima el deseo de entender cómo se ha llegado hasta el borde del precipicio. "Es importante hablar claro. Creo que esta crisis es también una crisis de comunicación". La reflexión es de Leopoldo Abadía, autor de uno de los fenómenos editoriales del año, La crisis ninja, que estuvo entre los más vendidos en Sant Jordi y puja al alza también ahora en la Feria de Madrid. El éxito de Abadía, que fue profesor del IESE durante 31 años, debe mucho a su didáctico esfuerzo por desenredar la maraña de la crisis financiera. Y otro tanto al envoltorio mediático del enésimo hallazgo de Internet: su texto inicial, escrito a los pocos meses de que la crisis despuntara en Estados Unidos, se colgó primero en la red y se propagó como la pólvora. En el camino del blog al libro, aquella explicación a bote pronto de lo que se venía encima se pone al servicio de una reivindicación de la ética empresarial y los valores familiares. Y el acercamiento campechano deriva en consejos de autoayuda, un género que ha copado los últimos años las estanterías dedicadas a la economía.
La historia económica y financiera ha quedado partida en dos: hay una era precrisis y otra posdesastre. La mayoría de los libros editados en los últimos meses responde a esa geografía acuchillada. El ejemplo más claro es El estallido de la burbuja, de Robert J. Shiller, una autopsia de la exuberancia irracional de los mercados. Shiller ahonda en las raíces fundamentalmente psicológicas de la crisis -aspecto que desarrolla en un libro que aún no ha aparecido en España, Animal Spirits- y es osado al proponer soluciones, siempre dentro de la órbita del mercado, pero con mayores dosis de control público para evitar aquelarres como el actual. George Soros, famoso especulador y filántropo (si ambas cosas son posibles a la vez), abunda en esa tesis en El nuevo paradigma de los mercados financieros, en el que sostiene que tras la caída del "fundamentalismo de mercado" hay que adoptar un nuevo modelo como agua de mayo: "Todo esto estaba destinado a acabar mal. [...] Uno no puede evitar concluir que tanto las autoridades financieras como los participantes del mercado no entienden cómo funcionan los mercados financieros".
Porque la debacle económica de los dos últimos años es comparable a lo que para la geopolítica fue la caída del muro de Berlín. "Sin un discurso alternativo, por primera vez el capitalismo debe justificar el fracaso de su inmenso éxito", cuenta Antonio Baños en el divertidísimo La economía no existe, que él mismo define como "un libelo contra la economía". La crisis pone al descubierto la inanidad de la Escuela de Chicago, esa fe dogmática en los mercados autorregulados y sin restricciones. Se cierra la etapa más salvaje e irracional de la globalización neoliberal, que iniciaron Reagan y Thatcher con aquel lema rompedor: "El Estado no es la solución: es el problema". Ése es el muro que cae esta vez.
El péndulo gira ahora al Estado como solución. Para eso han tenido que caer grandes bancos y algunos dioses -empezando por el ex presidente del banco central estadounidense, Alan Greenspan-, han quebrado varios países, han dimitido gobiernos, han engordado las amargas listas del paro. Y esa lista negra no deja de agrandarse, hasta el punto de que el colapso financiero que derivó en crisis económica amenaza con una última mutación para convertirse en tormenta social. El terremoto es de tal calibre que incluso hay indicios de un cambio de guardia entre los economistas. Los neokeynesianos salen como setas para enterrar a Milton Friedman -y en el fondo, también a John M. Keynes- con una tercera vía que aúna mercado y sector público y que propone a los economistas algo más que números. "La economía, la ciencia social matemáticamente más avanzada, es la ciencia humana más atrasada", critica Vicente Verdú en El capitalismo funeral. Autores como Cass Sunstein y Robert Thaler -Un pequeño empujón- escriben de economía de otra manera, tratando de acercarla al terreno de la sociología, la política y la psicología. Con indudable éxito: Sunstein es el nuevo zar regulatorio de la Administración de Obama.
El derrumbe económico es ya un fenómeno editorial: por lo menos esa industria ha sabido hacer suyo el muy manido mantra -ya casi un tópico- que identifica crisis con oportunidad. En los estantes de las librerías hay de todo: autores nacionales y primeras figuras internacionales -a veces editados con tanta premura que se maltratan las traducciones-, best sellers en toda regla (Abadía o El informe Recarte, de Alberto Recarte) y libros sesudos para expertos (Revolución en las finanzas, de Antonio Torrero). La revisión crítica de los mandamientos económicos de las últimas dos décadas hace hueco a la crisis alimentaria (Un planeta de gordos y hambrientos, del recientemente fallecido Luis de Sebastián), un oportuno recordatorio de que hay muchos otros asuntos a los que la economía debe responder, o a la pujante teoría del decrecimiento (Menos es más, de Nicolas Ridoux), que ante los desarreglos de los últimos años deja una conclusión desasosegante: "Hay que desacostumbrarse a la adicción al crecimiento". Algunos creen que no habrá más remedio. "La auténtica crisis está por llegar", asegura Santiago Niño Becerra en El crash de 2010, donde augura que el año próximo empezará una crisis "de proporciones gigantescas", que reproducirá "la situación de derrumbe que se produjo en 1929". Pero el apocalipsis es sólo una posibilidad. Si los economistas ni siquiera se ponen de acuerdo sobre la causa última de la crisis, mucho menos sobre su profundidad y horizonte temporal. "Dos, tal vez cinco o hasta 10 años de depresión nos amenazan", aventura Jacques Attali, asesor del presidente francés Nicolas Sarkozy y autor del libro ¿Y despues de la crisis, que? y de una de las grandes frases de los últimos meses: "Demasiado riesgo ayer, demasiada prudencia hoy. En ambos casos, los bancos son culpables".
La apabullante irrupción de malas noticias multiplica el ansia de información y da cobertura a todo tipo de títulos. El último en subirse al bólido editorial ha sido el ex presidente del Gobierno José María Aznar. En su España puede salir de la crisis, parte de un aseado análisis del desplome financiero, para luego dar un triple salto mortal: omite su complacencia y la del ex presidente de Estados Unidos George Bush con un sistema que tampoco cuestionaron los socialistas en 2004; alardea de unos resultados económicos que tanto deben al modelo que propone ahora cambiar; y responsabiliza de todos los males habidos y por haber al PSOE, lo que incluiría su patológica tendencia al déficit público (¡cuando fue el ex vicepresidente socialista Pedro Solbes el primero en cerrar presupuestos con superávit en la democracia!).
La búsqueda de culpables es uno de los grandes leitmotiv de la literatura sobre la crisis. Greenspan y los banqueros son el centro de todas las dianas. "Es imposible exagerar la total idiotez de la maquinaria financiera de la primera década del siglo XXI", describe Charles R. Morris en El gran crac del crédito. Morris clama contra "una nueva casta de grandes ricos que no han inventado ni construido nada". "Un malvado genio no hubiera sido capaz de diseñar una estructura más propensa al desastre", prosigue con brillantez este columnista cuyo libro se ha encaramado a lo más alto de la lista de superventas en Estados Unidos. Hace ya más de un año, Morris estimó las pérdidas en dos billones de dólares. En una conversación con este periódico, eleva la apuesta hasta los cinco billones, y eso sólo en Estados Unidos. "La escala de la crisis global es simplemente impresionante. La factura se pagará durante años", cierra.
"¿Cómo es posible que nadie lo anticipara?". La reina de Inglaterra no tuvo más opción que hacerse eco del clamor de la calle en su visita a la prestigiosa London School of Economics. Nadie supo responder, porque sí hubo avisos a navegantes, pero fueron ignorados. La crisis da pie a la revancha. Las voces que anticipaban el desastre, ahogadas por la aparente bonanza, colonizan ahora los estantes. Pocos ejemplos tan elocuentes de esa súbita ceguera social como el que brinda la economía española con la formación de la burbuja inmobiliaria. "Es la historia de un engaño colectivo", dice a modo de preámbulo José García Montalvo en De la quimera inmobiliaria al colapso financiero.
El libro del catedrático de la Universidad Pompeu Fabra empieza como las novelas negras que anuncian en la primera página quién es el culpable: la financiación barata y el empujón que se dio desde todos los ámbitos a las expectativas sobre el precio de la vivienda. Y mantiene la tensión con el relato de cómo un muro de coartadas hizo inútiles los esfuerzos por advertir lo que iba a pasar. Encuentra el arma -"los bancos tenían el hinchador de la burbuja y lo apretaron con alegría"-, topa con pistas falsas, como "el mito de que el precio de la vivienda nunca baja" o chivos expiatorios, como la especulación sobre el suelo. Y la garganta se anuda cuando entran en escena "el efecto imitación, la envidia y la codicia", personajes inquietantemente familiares. Para constatar que sí había voces discrepantes rescata los artículos que publicó en diversos medios desde 2002; el recurso se vuelve abuso y penaliza una escritura apasionada y precisa, que vuelve una y otra vez al lugar del crimen, donde el acceso a una vivienda digna se convirtió en bien de lujo: todos conocíamos al asesino, pero bajamos la vista al cruzárnoslo.
En la inmensa mayoría de los libros sobre la crisis aparece un capítulo final sobre la fuerza de las ideas, con las inevitables citas de Keynes: "La dificultad no es tanto concebir nuevas ideas como librarse de las antiguas" o "tarde y temprano son las ideas, y no los interesados, lo que resulta peligroso, para bien o para mal". Krugman resume todas esas moralinas con optimismo: "Los únicos obstáculos importantes [para solucionar los problemas actuales] son las doctrinas obsoletas que pueblan la cabeza de los hombres". Obsoletas o no, junto a la retahíla de novedades han aparecido un puñado de excelentes reediciones: no faltan Keynes y Galbraith, pero tampoco Friedman y Hayek. Hay que conocer la historia para huir de ella: el líder chino Wen Jiabao llegó a la última edición del Foro Mundial de Davos con una reedición de La teoría de los sentimientos morales, de Adam Smith. "Para esta crisis no hay libro de instrucciones", repetía a todo el que quisiera oírle el secretario del Tesoro de la Administración de Bush, Henry Paulson, cuando más se acercó la crisis al abismo, tras la quiebra de Lehman Brothers. Tal vez no lo haya, pero en media Europa ha destacado un libro entre todas esas reediciones que ha llegado a convertirse en superventas. Su título: El Capital. De un tal Marx.
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