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lunes, 23 de marzo de 2009

¿Estamos realmente ante el fin del neoliberalismo?

La crisis y la consolidación del poder de las clases dominantes

David Harvey
Counterpunch

¿Marca esta crisis el final del neoliberalismo? Yo creo que depende de lo que se entienda por neoliberalismo. En mi interpretación, el neoliberalismo ha sido un proyecto de clase camuflado bajo una proteica retórica sobre la libertad individual, el albedrío, la responsabilidad personal, la privatización y el libre mercado. Pero esa retórica no era sino un medio para la restauración y consolidación del poder de clase, y en este sentido, el proyecto neoliberal ha sido todo un éxito.

Uno de los principios básicos que quedaron sentados en los setenta fue que el poder del Estado tenía que proteger las instituciones financieras, costara lo que costara. Ese principio fue puesto por obra en la crisis de Nueva York de mediados de los setenta, y fue internacionalmente definido por vez primera cuando se cernía sobre México el espectro de la bancarrota, en 1982. Eso habría destruido los bancos de inversión neoyorquinos, de modo que el Tesoro estadounidense y el FMI actuaron de consuno en rescate de México. Mas, al hacerlo, impusieron un programa de austeridad a la población mexicana. En otras palabras, protegieron a los bancos y destruyeron al pueblo; no otra ha sido la práctica regular del FMI desde entonces. El presente rescate es el mismo viejo cuento, una vez más, sólo que a una escala ciclópea.

Lo que pasó en los EEUU fue que 8 hombres nos dieron un documento de 3 páginas a modo de pistola que nos apuntaba a todos: “dadnos 700 mil millones de dólares, y no se hable más”. Para mí eso fue una suerte de golpe financiero contra el Estado y contra la población norteamericanos. Lo que significa que no se saldrá de esta crisis con una crisis de la clase capitalista; se saldrá de ella con una consolidación todavía mayor de esa clase. Terminará habiendo 4 o 5 grandes entidades financieras en los EEUU, no más. Muchos en Wall Street están ya medrando ahora mismo. Lazard’s, a causa de su especialización en fusiones y adquisiciones, está ganando dinero a espuertas. Algunos no escaparán a la quema, pero habrá por doquiera una consolidación del poder financiero. Andrew Mellon –banquero norteamericano, Secretario del Tesoro en 1921-32— dejó estupendamente dicho que en una crisis los activos terminan siempre por regresar a sus legítimos propietarios. Una crisis financiera es un modo de racionalizar lo que es irracional: por ejemplo, el inmenso crac asiático de 1997-8 resultó en un nuevo modelo de desarrollo capitalista. Las grandes alteraciones llevan a una reconfiguración, a una nueva forma de poder de clase. Podría ir mal, políticamente hablando. El rescate bancario ha sido resistido en el Senado y en otras partes, de manera que es posible que la clase política no se alinee tan fácilmente: pueden poner estorbos en el camino, pero, hasta ahora, han tragado y no han nacionalizado los bancos.

Sin embargo, esto podría llevar a una lucha política de mayor calado: se percibe una vigorosa resistencia a dar más poder a quienes nos metieron en este lío. La elección de equipo económico de Obama está siendo cuestionada; por ejemplo, la de Larry Summers, que era Secretario del Tesoro en el momento clave en que muchas cosas empezaron a ir realmente mal, al final de la administración Clinton. ¿Por qué dar cargos a tantas gentes favorables a Wall Street, al capital financiero, que reintrodujeron el predominio del capital financiero? Eso no quiere decir que no vayan a rediseñar la arquitectura financiera, porque saben que su rediseño es ineludible, pero la cuestión es: ¿para quién la rediseñarán? La gente está verdaderamente descontenta con el equipo económico de Obama; también el grueso de la prensa.

Se precisa una nueva forma de arquitectura financiera. Yo no creo que deban abolirse todas las instituciones existentes; no, desde luego, el Banco Internacional de Pagos (BIS, por sus siglas en inglés), ni siquiera el FMI. Yo creo que necesitamos esas instituciones, pero que tienen que transformarse radicalmente. La gran cuestión es: quién las controlará y cuál será su arquitectura. Necesitaremos gente, expertos con alguna inteligencia del modo en que esas instituciones funcionan y pueden funcionar. Y eso es muy peligroso, porque, como podemos ver ya ahora mismo, cuando el Estado busca a alguien que entienda lo que está pasando, suele mirar a Wall Street.

Un movimiento obrero inerme: hasta aquí hemos llegado

Que podamos salir de esta crisis por alguna otra vía depende, y por mucho, de la relación de fuerzas entre las clases sociales. Depende de hasta qué punto el conjunto de la población diga: “¡hasta aquí hemos llegado; hay que cambiar el sistema!”. Ahora mismo, cuando se observa retrospectivamente lo que les ha pasado a los trabajadores en los últimos 50 años, se ve que no han conseguido prácticamente nada de este sistema. Pero no se han rebelado. En los EEUU, en los últimos 7 u 8 años, se ha deteriorado en general la condición de las clases trabajadoras, y no se ha dado un movimiento masivo de resistencia. El capitalismo financiero puede sobrevivir a la crisis, pero eso depende por completo de que se produzca una rebelión popular contra lo que está pasando, y de que haya una verdadera embestida tendente a reconfigurar el modo de funcionamiento de la economía.

Uno de los mayores obstáculos atravesados en el camino de la acumulación continuada de capital fue, en los 60 y comienzos de los 70, el factor trabajo. Había escasez de trabajo, tanto en Europa como en los EEUU, y el mundo del trabajo estaba bien organizado, con influencia política. De modo, pues, que una de las grandes cuestiones para la acumulación de capital en ese período era: ¿cómo puede lograr el capital tener acceso a suministros de trabajo más baratos y más dóciles? Había varias respuestas. Una pasaba por estimular la inmigración. En los EEUU se revisaron en serio las leyes migratorias en 1965, lo que les permitió el acceso a la población mundial excedente (antes de eso, sólo se favorecía migratoriamente a caucásicos y europeos). A fines de los 60, el gobierno francés subsidiaba la importación de mano de obra magrebí, los alemanes traían a turcos, los suecos importaban yugoslavos y los británicos tiraban de su imperio. Así que apareció una política proinmigración, que era una forma de lidiar con el problema.

Otra vía fue el cambio tecnológico rápido, que echa a la gente del trabajo, y si eso fallaba, ahí estaban gentes como Reagan, Thatcher y Pinochet para aplastar al movimiento obrero organizado. Finalmente, y por la vía de la deslocalización, el capital se desplaza hacia dónde hay mano de obra excedente. Eso fue facilitado por dos cosas. Primero, la reorganización técnica de los sistemas de transporte: una de las mayores revoluciones ocurridas durante ese período fue la de los containers, que permitieron fabricar partes de automóviles en Brasil y embarcarlas a bajo coste hacia Detroit, o hacia dónde fuera. En segundo lugar, los nuevos sistemas de comunicación permitieron una organización más ajustada en el tiempo de la producción en cadena de mercancías a través del espacio global.

Todas estas vías se encaminaban a resolver para el capital el problema de la escasez de trabajo, de modo que hacia 1985 el capital había dejado de tener problemas al respecto. Podía tener problemas específicos en zonas particulares, pero, globalmente, tenía a su disposición abundante trabajo; el subitáneo colapso de la Unión Soviética y la transformación de buena parte de China vinieron a añadir a cerca de 2 mil millones de personas al proletariado global en el pequeño espacio de 20 años. Así pues, la disponibilidad de trabajo no representa hoy problema ninguno, y el resultado de eso es que el mundo del trabajo ha ido quedando en situación de indefensión en los últimos 30 años. Pero cuando el trabajo está inerme, recibe salarios bajos, y si te empeñas en represar los salarios, eso limitará los mercados. De modo que el capital comenzó a tener problemas con sus mercados. Y ocurrieron dos cosas.

La primera: el creciente hiato entre los ingresos del trabajo y lo que los trabajadores gastaban comenzó a salvarse mediante el auge de la industria de las tarjetas de crédito y mediante el creciente endeudamiento de los hogares. Así, en los EEUU de 1980, nos encontramos con que la deuda media de los hogares rondaba los 40.000 dólares [copnstantes], mientras que ahora es de unos 130.000 dólares [constantes] por hogar, incluyendo las hipotecas. La deuda de los hogares se disparó, y eso nos lleva a la financiarización, que tiene que ver con unas instituciones financieras lanzadas a sostener las deudas de los hogares de gente trabajadora, cuyos ingresos han dejado de crecer. Y empiezas por la respetable clase trabajadora, pero más o menos hacia 2000 te empiezas a encontrar ya con hipotecas subprime en circulación. Buscas crear un mercado. De modo que las entidades financieras se lanzan a sostener el financiamiento por deuda de gente prácticamente sin ingresos. Mas, de no hacerlo, ¿qué ocurriría con los promotores inmobiliarios que construían vivienda? Así pues, se hizo, y se buscó estabilizar el mercado financiando el endeudamiento.

Las crisis de los valores de los activos

Lo segundo que ocurrió fue que, desde 1980, los ricos se fueron haciendo cada vez más ricos a causa de la represión salarial. La historia que se nos contó es que invertirían en nuevas actividades, pero no lo hicieron; el grueso de los ricos empezó a invertir en activos, es decir, pusieron su dinero en la bolsa. Así se generaron las burbujas en los mercados de valores. Es un sistema análogo al esquema de Ponzi, pero sin necesidad de que lo organice un Madoff. Los ricos pujan por valores de activos, incluyendo acciones, propiedades inmobiliarias y propiedades de ocio, así como en el mercado de arte. Esas inversiones traen consigo financiarización. Pero, a medida que pujas por valores de activos, eso repercute en el conjunto de la economía, de modo que vivir en Manhattan llegó a ser de todo punto imposible, a menos que te endeudaras increíblemente, y todo el mundo se ve envuelto en esta inflación de los valores de los activos, incluidas las clases trabajadoras, cuyos ingresos no crecen. Y lo que tenemos ahora es un colapso de los valores de los activos; el mercado inmobiliario se ha desplomado, el mercado de valores se ha desplomado.

Siempre ha habido el problema de la relación entre representación y realidad. La deuda tiene que ver con el valor futuro que se les supone a bienes y servicios, de modo que supone que la economía seguirá creciendo en los próximos 20 o 30 años. Entraña siempre un pálpito, una conjetura tácita, que luego se refleja en la tasa de interés, descontada a futuro. Este crecimiento del área financiera luego de los 70 tiene mucho que ver con lo que yo creo es el problema clave: lo que yo llamaría el problema de absorción del excedente capitalista. Como nos enseña la teoría del excedente, los capitalistas producen un excedente del que luego tienen que hacerse con una parte, recapitalizarla y reinvertirla en expansión. Lo que significa que siempre tienen que encontrar algo en lo que expandirse. En un artículo que escribía para la New Left Review, “El derecho a la ciudad”, señalaba yo que en los últimos 30 años un inmenso volumen de excedente de capital ha sido absorbido por la urbanización: por la reestructuración, la expansión y la especulación urbanas. Todas y cada una de las ciudades que he visitado constituyen enormes emplazamientos de construcción aptos para la absorción de excedente capitalista. Ahora, ni que decir tiene, muchos de esos proyectos han quedado a medio hacer.

Ese modo de absorber excedentes de capital se ha ido haciendo más y más problemático con el tiempo. En 1750, el valor del total de bienes y servicios producidos rondaba los 135 mil millones de dólares (constantes). Hacia 1950, era de 4 billones de dólares. En 2000, se acercaba a los 40 billones. Ahora ronda los 50 billones. Y si no yerra Gordon Brown, se doblará en los próximos 20 años, hasta alcanzar los 100 billones en 2030.

A lo largo de la historia del capitalismo, la tasa general media de crecimiento ha rondado el 2,5% anual, sobre base compuesta. Eso significaría que en 2030 habría que encontrar salidas rentables para 2,5 billones de dólares. Es un orden de magnitud muy elevado. Yo creo que ha habido un serio problema, particularmente desde 1970, con el modo de absorber volúmenes cada vez más grandes de excedente en la producción real. Sólo una parte cada vez más pequeña va a parar a la producción real, y una parte cada vez más grande se destina a la especulación con valores de activos, lo que explica la frecuencia y la profundidad crecientes de las crisis financieras que estamos viendo desde 1975, más o menos. Son todas crisis de valores de activos.

Yo diría que, si saliéramos de esta crisis ahora mismo, y si se diera una acumulación de capital con una tasa de un 3% de crecimiento anual, nos encontraríamos con un montón de problemas endemoniados. El capitalismo se enfrenta a serias limitaciones medioambientales, así como a limitaciones de mercado y de rentabilidad. El reciente giro hacia la financiarización es un giro forzado por la necesidad de lidiar con un problema de absorción de excedente; un problema, empero, que no se puede abordar sin exponerse a devaluaciones periódicas. Es lo que está ocurriendo ahora mismo, con pérdidas de varios billones de dólares de valores de activos.

El término “rescate nacional” es, por lo tanto, inapropiado, porque no están salvando al conjunto del sistema financiero existente; están salvando a los bancos, a la clase capitalista, perdonándoles deudas y transgresiones. Y sólo les están salvando a ellos. El dinero fluye a los bancos, pero no a las familias que están siendo hipotecariamente ejecutadas, lo que está comenzado a provocar cólera. Y los bancos están usando ese dinero, no para prestarlo, sino para comprar otros bancos. Están consolidando su poder de clase.

El colapso del crédito

El colapso del crédito para la clase trabajadora pone fin a la financiarización como solución de la crisis del mercado. Por consecuencia, veremos una importante crisis de desempleo, así como el colapso de muchas industrias, a menos que se emprenda una acción efectiva para cambiar el curso de las cosas. Y en este punto es donde se desarrolla ahora la discusión sobre el regreso a un modelo económico keynesiano. El programa económico de Obama consiste en invertir masivamente en grandes obras públicas y en tecnologías verdes, regresando en cierto sentido al tipo de solución del New Deal. Yo soy escéptico respecto de su capacidad para lograrlo.

Para entender la presente situación, necesitamos ir más allá de lo que ocurre en el proceso de trabajo y en la producción, necesitamos entrar en el complejo de relaciones en torno al Estado y las finanzas. Necesitamos comprender el modo en que la deuda nacional y el sistema de crédito han sido, desde el comienzo, vehículos fundamentales para la acumulación primitiva, o para lo que yo llamo acumulación por desposesión (según puede verse en el sector de la construcción). En “El derecho a la ciudad” observaba yo la manera en que había sido revitalizado el capitalismo en el París del Segundo Imperio: el Estado, de consuno con los banqueros, puso por obra un nuevo vínculo Estado-capital financiero, a fin de reconstruir París. Eso generó pleno empleo y los bulevares, los sistemas de suministro de agua corriente y los sistemas de canalización de residuos, así como nuevos sistemas de transporte; gracias a ese tipo de mecanismos se construyó también el Canal de Suez. Una buena parte de todo eso se financió con deuda. Ahora, ese vínculo Estado-finanzas viene experimentando una enorme transformación desde 1970: se ha hecho más internacional, se ha abierto a todo tipo de innovaciones financieras, incluidos los mercados de derivados y los mercados especulativos, etc. Se ha creado una nueva arquitectura financiera.

Lo que yo creo que está pasando ahora mismo es que ellos están buscando una nueva forma de esquema financiero que pueda resolver el problema, no para el pueblo trabajador, sino para la clase capitalista. En mi opinión, están en vías de hallar una solución para la clase capitalista, y si el resto de nosotros sufre las consecuencias, pues ¡qué se le va a hacer! La única cosa que les preocupa de nosotros es que nos alcemos en rebelión. Y mientras esperamos a rebelarnos, ellos tratan de diseñar un sistema acorde con sus propios intereses de clase. Desconozco cómo será esa nueva arquitectura financiera. Si se mira con atención lo que pasó durante la crisis fiscal en Nueva York, se verá que los banqueros y los financieros no tenían la menor idea de qué hacer; lo que terminaron haciendo fue una especie de bricolaje a tientas, pieza aquí, pieza allí; luego juntaron los fragmentos de un modo nuevo, y terminaron con una construcción de nueva planta. Mas, cualquiera sea la solución a la que lleguen, les vendrá a su medida, a menos que nosotros nos plantemos y comencemos a decir que queremos algo a nuestra medida. Las gentes como nosotros podemos desempeñar un papel crucial a la hora de plantear cuestiones y de desafiar la legitimidad de las decisiones que se están tomando ahora mismo. También, claro está, a la hora de realizar análisis muy claros de la verdadera naturaleza del problema y de las posibles salidas ofrecidas al mismo.

Alternativas

Necesitamos empezar a ejercer de hecho nuestro derecho a la ciudad. Tenemos que preguntar qué es más importante, el valor de los bancos o el valor de la humanidad. El sistema bancario debería servir a la gente, no vivir a costa de la gente. Y la única manera en que seremos capaces de ejercer el derecho a la ciudad es tomando las riendas del problema de la absorción del excedente capitalista. Tenemos que socializar el excedente de capital, y escapar para siempre al problema del 3% de acumulación. Nos hallamos ahora en un punto en el que seguir indefinidamente con una tasa de crecimiento del 3% llegará a generar unos costes ambientales tan tremendos, y una presión sobre las situaciones sociales tan tremenda, que estaremos abocados a una crisis financiera tras otra.

El problema central es cómo se pueden absorber los excedentes capitalistas de un modo productivo y rentable. En mi opinión, los movimientos sociales tienen que coaligarse en torno a la idea de lograr un mayor control sobre el producto excedente. Y aunque yo no apoyo una vuelta al modelo keynesiano del tipo que teníamos en los 60, me parece fuera de duda que entonces había un control social y político mucho mayor sobre la producción, la utilización y la distribución del excedente. El excedente circulante se derivaba hacia la construcción de escuelas, hospitales e infraestructura. Eso es lo que sacó de sus casillas a la clase dominante y causó un contramovimiento a fines de los 60: no tenían control bastante sobre el excedente. Sin embargo, si se atiende a los datos disponibles, se ve que la proporción de excedente absorbido por el Estado no ha variado mucho desde 1970; lo que hizo, así pues, la clase capitalista fue frenar una ulterior socialización del excedente. También lograron transformar la palabra “gobierno” en la palabra “gobernanza”, haciendo porosas las actividades gubernamentales y empresariales, lo que permite situaciones como la que tenemos en Irak, en donde contratistas privados muñeron implacablemente las ubres del beneficio fácil.

Creo que estamos aproados a una crisis de legitimación. En los pasados treinta años, se ha repetido una y otra vez la ocurrencia de Margaret Thatcher, según la cual “no hay alternativa” a un mercado libre neoliberal, a un mundo privatizado, y si no tenemos éxito en ese mundo, es por culpa nuestra. Yo creo que es muy difícil decir que, enfrentados a una crisis de ejecuciones hipotecarias y desahucios inmobiliarios, se ayuda a los bancos pero no a las personas que pierden su vivienda. Puedes acusar a los desahuciados de irresponsabilidad, y en los EEUU no deja de haber un componente fuertemente racista en esa acusación. Cuando la primera ola de ejecuciones hipotecarias golpeó zonas como Cleveland y Ohio, resultó devastadora para las comunidades negras, pero la reacción de algunos fue poco más o menos ésta: “¿pues qué esperabais? Los negros son gente irresponsable”. Las explicaciones de la crisis dilectas de la derecha son en términos de codicia personal, tanto en lo que hace a Wall Street, como en lo que hace a la gente que pidió prestado para comprarse una vivienda. Lo que tratan es de cargar la culpa de la crisis a sus víctimas. Una de nuestras tareas consiste en decir: “no, no se puede hacer eso en absoluto”, y tratar luego de ofrecer una explicación cogente de esta crisis como un fenómeno de clase: una determinada estructura de explotación se fue a pique y está en vías de ser desplazada por otra estructura aún más profunda de explotación. Es muy importante que esta explicación alternativa de la crisis sea presentada y discutida públicamente.

Una de las grandes configuraciones ideológicas que está en vías de formarse tiene que ver con el papel que habrá de desempeñar en el futuro la propiedad de la vivienda, una vez comencemos a decir cosas como que hay que socializar buena parte del parque de viviendas, puesto que desde los años 30 hemos tenido enormes presiones a favor de la vivienda individualizada como forma de asegurar los derechos y la posición de la gente. Tenemos que socializar y recapitalizar la educación y la asistencia sanitaria públicas, a demás de la provisión de vivienda. Esos sectores de la economía tienen que ser socializados, de consuno con la banca.

Una política radical, más allá de las divisiones de clase

Hay otro punto que debemos reconsiderar: el trabajo y, particularmente, el trabajo organizado es sólo una pequeña pieza de este conjunto de problemas, y sólo juega un papel parcial en lo que está ocurriendo. Y eso por una razón muy sencilla, que se remonta a las limitaciones de Marx a la hora de plantear la cosa. Si decimos que la formación del complejo Estado-finanzas es absolutamente crucial para la dinámica del capitalismo (y, obviamente, lo es), y si nos preguntamos qué fuerzas sociales actúan en punto a contrarrestar o promover esas formaciones institucionales, hay que reconocer que el trabajo nunca ha estado en primera línea de esta lucha. El trabajo ha estado en primera línea en el mercado de trabajo y en el proceso de trabajo, y ambos son momentos vitales del proceso de circulación, pero el grueso de las luchas que se han desarrollado en torno al vínculo Estado-finanzas han sido luchas populistas, en las que le trabajo sólo parcialmente ha estado presente.

Por ejemplo, en los EEUU de los años 30 hubo un montón de populistas que apoyaban a los atracadores de bancos Bonnie y Clyde. Y actualmente, muchas de las luchas en curso en América Latina tienen una dirección más populista que obrera. El trabajo siempre ha tenido un papel muy importante a jugar, pero no creo yo que ahora mismo estemos en una situación en la que la visión convencional de proletariado como vanguardia de la lucha sea de mucha ayuda, cuando la arquitectura del vínculo Estado-finanzas (el sistema nervioso central de la acumulación de capital) es el asunto fundamental. Puede haber épocas y lugares en los que los movimientos proletarios resulten de gran importancia, por ejemplo, en China, en donde yo les auguro un papel críticamente decisivo que, en cambio, no veo en nuestro país. Lo interesante es que los trabajadores del automóvil y las compañías automovilísticas son ahora mismo aliados frente al nexo Estado-finanzas, de modo que la gran división de clase que siempre hubo en Detroit no se da ya, o no del mismo modo. Lo que ahora está en curso es un nuevo tipo, completamente distinto, de política de clase, y algunas de las formas marxistas convencionales de ver estas cosas se atraviesan en el camino de una política verdaderamente radical.

También es un gran problema para la izquierda el que muchos piensen que la conquista del poder del Estado no debe jugar ningún papel en las transformaciones políticas. Yo creo que están locos. En el Estado radica un poder increíble, y no se puede prescindir de él como si careciera de importancia. Soy profundamente escéptico respecto de la creencia, según la cual las ONG y las organizaciones de la sociedad civil están en vías de transformar el mundo; no porque las ONG no puedan hacer nada, sino porque se requiere otro tipo de concepción y de movimiento políticos, si queremos hacer algo ante la crisis principal que está en curso. En los EEUU, el instinto político es muy anarquista, y aunque yo simpatizo mucho con bastantes puntos de vista anarquistas, sus inveteradas protestas contra el Estado y su negativa a hacerse con el control del mismo constituyen otro obstáculo atravesado en el camino.

No creo que estemos en una posición que nos permita determinar quiénes serán los agentes del cambio en la presente coyuntura, y es palmario que serán distintos en las distintas partes del mundo. Ahora mismo, en los EEUU, hay signos de que la clase de los ejecutivos y gestores empresariales, que han vivido de los ingresos procedentes del capital financiero todos estos años, están enojados y pueden radicalizarse un poco. Mucha gente ha sido despedida de los servicios financieros, y en algunos casos, han llegado a ver ejecutadas sus hipotecas. Los productores culturales están tomando consciencia de la naturaleza de los problemas que enfrentamos, y de la misma manera que en los años 60 las escuelas de arte se convirtieron en centros de radicalismo político, no hay que descartar la reaparición de algo análogo. Podríamos ver el auge de organizaciones transfronterizas, a medida que las reducciones en las remesas de dinero enviadas extiendan la crisis a lugares como el México rural o Kerala.

Los movimientos sociales tienen que definir qué estrategias y políticas quieren desarrollar. Nosotros, los académicos, no deberíamos vernos jamás en el papel de misioneros en los movimientos sociales; lo que deberíamos hacer es entrar en conversación y charlar sobre cómo vemos la naturaleza del problema.

Dicho esto, me gustaría proponeros algunas ideas. Una idea interesante en los EEUU ahora mismo es que los gobiernos municipales aprueben ordenanzas anti-desahucio. Creo que hay muchos sitios en Francia donde han hecho eso. Entonces podríamos montar una empresa municipal de vivienda que asumiera las hipotecas y devolviera al banco el principal de la deuda, renegociando los intereses, porque los bancos han recibido un montón de dinero, supuestamente, para lidiar con eso, aunque no lo hacen.

Otra cuestión clave es la de la ciudadanía y los derechos. Yo creo que los derechos a la ciudad deberían garantizarse por residencia, independientemente de qué ciudadanía o nacionalidad tengáis. Actualmente, se está negando a la gente todo derecho político a la ciudad, a menos que tengan la ciudadanía. Si eres inmigrante, careces de derechos. Creo que hay que lanzar luchas en torno a los derechos a la ciudad. En la Constitución brasileña tienen una cláusula de “derechos a la ciudad” que versa sobre los derechos de consulta, participación y procedimientos presupuestarios. Creo que de todo eso podría resultar una política.

Reconfiguración de la urbanización

Hay en los EEUU posibilidades de actuación a escala local, con una larga tradición en cuestiones medioambientales, y en los últimos quince o veinte años los gobiernos municipales han sido a menudo más progresistas que el gobierno federal. Hay ahora mismo una crisis en las finanzas municipales, y verosímilmente habrá protestas y presiones sobre Obama para que ayude a recapitalizar a los gobiernos municipales (lo que figura ya en el paquete de estímulos). Obama ha dejado dicho que ésta es una de las cosas que más le preocupan, especialmente porque mucho de lo que está pasando se desarrolla a nivel local; por ejemplo, la crisis hipotecaria subprime. Como vengo sosteniendo, las ejecuciones hipotecarias y los desahucios han de entenderse como crisis urbana, no como crisis financiera: es una crisis financiera de la urbanización.

Otra cuestión importante es pensar políticamente sobre la forma de convertir en un componente estratégico algún tipo de alianza entre la economía social y el mundo del trabajo y los movimientos municipales como el del derecho a la ciudad. Eso tiene que ver con la cuestión del desarrollo tecnológico. Por ejemplo: yo no veo razón para no tener un sistema municipal de apoyo al desarrollo de sistemas productivos como la energía solar, a fin de crear aparatos y posibilidades más descentralizados de empleo.

Si yo tuviera que desarrollar ahora mismo un sistema ideal, diría que en los EEUU deberíamos crear un banco nacional de re-desarrollo y, de los 700 mil millones que aprobaron, destinar 500 mil para que ese banco trabajara con los municipios para ayudar a los vecinos golpeados por la ola de desahucios. Porque los desahucios han sido una especie de Katrina financiero en muchos aspectos: han arrasado comunidades enteras, normalmente comunidades pobres negras o hispánicas. Pues bien; entras en esos vecindarios y les devuelves a la gente que vivía allí y les reubicas sobre otro tipo de base, con derechos de residencia, y con un tipo distinto de financiación. Y hay que hacer verdes esos barrios, creando allí oportunidades de empleo local.

Puedo, pues, imaginar una reconfiguración de la urbanización. Para hacer algo en materia de calentamiento global, necesitamos reconfigurar totalmente el funcionamiento de las ciudades norteamericanas; pensar en pautas completamente nuevas de urbanización, en nuevas formas de vivir y de trabajar. Hay un montón de posibilidades a las que la izquierda debería prestar atención; tenemos oportunidades reales. Y aquí es donde tengo un verdadero problema con algunos marxistas que parecen pensar: “¡Sí, señor! Es una crisis, ¡y las contradicciones del capitalismo terminarán por resolverse ahora, de uno u otro modo!”. No es éste momento de triunfalismos, es momento de hacerse preguntas y plantearse problemas. Por lo pronto, yo creo que el modo en que Marx planteó las cosas no está exento de dificultades. Los marxistas no comprenden muy bien el complejo Estado-finanzas de la urbanización, son terriblemente torpes a la hora de entender eso. Pero ahora tenemos que repensar nuestra posición teórica y nuestras posibilidades políticas.

Así que, tanto como la acción práctica, se precisa volver a pensar teóricamente muchas cosas.

David Harvey es un geógrafo, sociólogo urbano e historiador social marxista de reputación académica internacional. Entre sus libros traducidos al castellano: Espacios de esperanza (Akal, Madrid, 2000) y El nuevo imperialismo (Akal, Madrid, 2004). Actualmente, es Distinguished Professor en el CUNY Graduate Center de Nueva York. Su último libro es A Brief History of Neoliberalism [traducción castellana: Breve historia del neoliberalismo , Madrid, Akal, 2007]. Mantiene un más que recomendable blog: Reading Marx's Capital blog .

Kate Ferguson y Mary Livingstone transcribieron y editaron esta conferencia del reconocido geógrafo, historiador y urbanista marxista anglo-norteamericano David Harvey. Mínima Estrella la tradujo al castellano para SINPERMISO .

Vía Rebelión

domingo, 22 de marzo de 2009

Es urgente cambiar Europa

Juan Torres López
Rebelión

El titular de prensa lo dice todo: "La UE suspende por falta de ideas la cumbre sobre el empleo". No puede haber una expresión más evidente ni patética del agotamiento del modelo neoliberal que se está siguiendo para construir y gobernar Europa.

Y no es de extrañar que no tengan ideas. Llevan años dándole vueltas a lo mismo y sin éxito,: flexibilizar el mercado, bajar los salarios, favorecer a los capitales... y lo que han conseguido está a la vista. Hoy hay más pobres en Europa, más trabajadores precarios, menos crecimiento de la economía... pero, eso sí, muchos más beneficios acumulados por las empresas. Y, además, unos beneficios que no se dedican a generar más inversión productiva o a crear más empleo, como auguraban los defensores de las políticas neoliberales. Por el contrario, se han dedicado a la especulación y ahora padecemos, en consecuencia, la crisis más grande del último siglo, por lo menos. ¡El capitalismo especulativo se come al capitalismo!

Antes, cuando subían los precios, incluso en pequeña proporción, decían que había que moderar los salarios para que no siguieran subiendo. Ahora, cuando dicen que hay que evitar que sigan cayendo los precios porque eso provoca una deflación que hay que evitar, no solo no dicen de subir los salarios, como habría que hacer si su teoría de antes fuese cierta, sino que siguen diciendo que hay que moderarlos. No tienen vergüenza.

No es que no tengan ideas para crear empleo. Lo que sencillamente no tienen es voluntad de enfrentarse a los intereses de los poderosos que no necesitan el empleo para ganar dinero, ni quieren contribuir con sus impuestos para aportar recursos que permitan crearlo.

Se podría crear empleo en Europa desde mañana mismo: obligando a que el Banco Central Europeo financiara programas de gasto orientados a generar capital social en lugar de seguir dando dinero a bancos que son insolventes y que todo lo que reciben lo dedican (inútilmente pues el agujero es inconmensurable) a tratar de salvar sus balances. Realizando reformas fiscales que gravaran las actividades especulativas y los patrimonios y beneficios procedentes de ellas y con ambas fuentes de financiación generando un cambio de modelo productivo en Europa para favorecer la utilización de recursos endógenos y la actividad económica sostenible.

En Europa hay más de 60 millones de pobres, déficit muy grandes en salud, enseñanza, investigación e innovación, igualdad y conciliación, en gestión medioambiental y desarrollo de nuestras fuentes energéticas, en cooperación internacional, en desarrollo de agricultura ecológica, en integración cultural... y en todos esos campos la actividad podría ser fuente intensiva de cientos de miles de empleos. Claro que fomentar esa actividad requeriría apoyar a nuevas empresas, a nuevos intereses económicos y, sobre todo, ir cerrando el paso a las que ahora dominan los mercados europeos en torno a un modo de producir y distribuir los recursos despilfarrador e insostenible, pero muy rentable.

Y requeriría nuevos instrumentos de decisión que empoderarían a los ciudadanos, como se empoderarían también si disfrutaran de un salario y de un trabajo dignos, que es lo que en realidad quieren evitar.

Está claro. Hay que echar a esos dirigentes políticos que incluso reconocen que no tienen ideas y empezar a construir otra Europa.

Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla (España)

Vía Rebelión

viernes, 31 de octubre de 2008

El mundo se cansa del dominio del dólar

Paul Craig Roberts
CounterPunch


¿Qué explica la paradoja de la fuerte subida del valor del dólar contra otras monedas (excepto el yen japonés) a pesar de la desproporcionada vulnerabilidad de EE.UU. a la peor crisis financiera desde la Gran Depresión?

La respuesta no yace en la mejora de los fundamentos de la economía de EE.UU. o en mejores perspectivas para que el dólar mantenga su papel de moneda de reserva. El aumento del valor de cambio del dólar se debe a dos factores:

Un factor es la huída tradicional hacia la moneda de reserva resultante del pánico. La gente hace simplemente lo que ha hecho siempre. Pam Martens predijo correctamente que la demanda de notas del Tesoro de EE.UU. provocada por el pánico fortalecería el dólar de EE.UU.

El otro factor es el desdoble del carry trade [financiarse en una divisa para invertir en otra]. El carry trade se originó en los tipos de interés extremadamente bajos en Japón. Inversionistas y especuladores pidieron prestados yenes japoneses a una tasa de interés de un medio por ciento, convirtieron los yenes en otras monedas, y compraron instrumentos de deuda de otros países que pagan tasas de interés mucho más elevadas. En efecto, estaban obteniendo fondos prácticamente gratuitos de Japón para prestarlos a otros que pagaban intereses más altos.

La crisis financiera ha revertido este proceso. Los tóxicos derivados estadounidenses fueron vendidos en todo el mundo por Wall Street. Han puesto en peligro los balances y la solvencia de instituciones financieras en todo el mundo, incluyendo a gobiernos nacionales como Islandia y Hungría. Bancos y gobiernos que invirtieron en los atribulados instrumentos financieros estadounidenses vieron que sus propios instrumentos de la deuda estaban en peligro.

Los que usaron préstamos en yen para comprar, por ejemplo, instrumentos de deuda de bancos europeos o bonos islandeses, enfrentaron pérdidas potencialmente catastróficas. Inversionistas y especuladores vendieron sus instrumentos financieros de mayor rendimiento en una lucha por conseguir dólares y yenes para pagar sus préstamos japoneses. Este hizo subir los valores del yen y del dólar de EE.UU., la moneda de reserva que puede ser utilizada para pagar deudas, e hizo bajar los valores de otras monedas.

La subida del dólar es temporal, y sus perspectivas son poco prometedoras. El déficit comercial de EE.UU. disminuirá por los menores gastos de los consumidores durante la recesión, pero seguirá siendo el mayor del mundo y EE.UU. no lo puede reducir exportando más.

La manera como se financia el déficit comercial de EE.UU. es que extranjeros compran más activos en dólares, que ya pesan demasiado en sus portafolios. El déficit presupuestario de EE.UU. es grande y crece, agregando cientos de miles de millones de dólares más a una deuda nacional que ya es muy grande. Ya que los inversionistas huyen de las acciones hacia notas del gobierno de EE.UU., el mercado de bonos del Tesoro de EE.UU. dependerá temporalmente menos de gobiernos extranjeros. No obstante, la carga sobre los extranjeros y sobre los ahorros del mundo de tener que financiar el consumo estadounidense, las guerras del gobierno de EE.UU. y su presupuesto militar, y el rescate financiero de EE.UU. es resentida cada vez más.

Este resentimiento, combinado con el daño hecho a la reputación de EE.UU. por la crisis financiera, ha llevado a numerosos llamados a favor de un nuevo orden financiero en el que EE.UU. juegue un papel de importancia sustancialmente menor. “Superar la crisis financiera” son las palabras clave para el resto de la intención del mundo de derrocar la hegemonía financiera de EE.UU. Brasil, Rusia, India y China han formado un nuevo grupo (BRIC) para coordinar sus intereses en la cumbre financiera de noviembre en Washington, D.C.

El 28 de octubre, RIA Novosti informó que el primer ministro ruso, Vladimir Putin, sugirió a China que los dos países utilicen sus propias divisas en su comercio bilateral, evitando así el uso del dólar. El primer ministro de China, Wen Jiabao, respondió que el fortalecimiento de las relaciones bilaterales es estratégico.
Europa también ha notificado que se propone ejercer un nuevo papel de liderazgo. Cuatro miembros del Grupo de Siete naciones industriales: Francia, Gran Bretaña, Alemania e Italia, utilizaron la crisis financiera para pedir reformas globales del sistema financiero mundial. Jose Manual Barroso, presidente de la Comisión Europea, dijo que un nuevo sistema financiero mundial es posible sólo “si Europa tiene un rol de liderazgo.”

El presidente ruso, Dmitry Medvedev, dijo que el “egoísmo económico” de la “visión unipolar del mundo” de EE.UU. es una “política sin porvenir.” Las masivas reservas de divisas extranjeras de China y su fuerte posición en la manufactura han dado a China el papel dirigente en Asia. El primer ministro adjunto de Tailandia, llamó recientemente al yuan chino “la legítima y ungida moneda convertible del mundo.”

Normalmente, los chinos se muestran muy circunspectos en lo que dicen, pero el 24 de octubre, Reuters informó que el People’s Daily, el periódico oficial del gobierno, en un comentario en primera plana, acusó a EE.UU. de saquear “la riqueza global mediante la explotación de la dominación del dólar.” Para corregir esta situación inaceptable, el comentario llamaba a que los países asiáticos y europeos “proscribieran el dólar de sus relaciones comerciales directas, basándose sólo en sus propias monedas.” Y este paso, dijo el comentario, es sólo un primer paso para el derrocamiento de la dominación del dólar.

Los chinos están expresando otros pensamientos que merecerían la atención de un gobierno estadounidense menos iluso y arrogante. Zhou Jiangong, editor de la publicación en línea, Chinastates.com, preguntó recientemente: “¿Por qué debiera China ayudar interminablemente a EE.UU. a hacer deudas en la creencia de que el crédito nacional de EE.UU. puede expandir sin límite?” La solución de Zhou Jiangong para los excesos estadounidenses es que China se haga cargo de Wall Street.

China tiene el dinero para hacerlo, y los prudentes chinos harían un mejor trabajo que la multitud de ladrones que han destruido la reputación financiera de EE.UU. mientras explotaban al mundo a la busca de bonificaciones multimillonarias en dólares.

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

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Paul Craig Roberts fue secretario adjunto del Tesoro en el gobierno de Ronald Reagan. Asimismo, fue redactor jefe asociado del Wall Street Journal, en su sección de editoriales, durante 16 años columnista de Business Week, y columnista de Scripps Howard News Service and Creator’s Syndicate en Los Angeles. Ha ocupado numerosas cátedras universitarias, incluyendo la Cátedra William E. Simon Chair en Economía Política, Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, Universidad de Georgetown e Investigador Invitado Sénior, Hoover Institution, Universidad Stanford. Fue condecorado con la Legión de Honor por el Presidente de Francia y con la Medalla de Plata del Tesoro de EE.UU. por “sobresalientes contribuciones a la formulación de la política económica de EE.UU.” Es co-autor de “The Tyranny of Good Intentions.”

Para contactos, escriba a: PaulCraigRoberts@yahoo.com
http://www.counterpunch.org/roberts10302008.html
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Académicos piden a Obama un “cambio fundamental” en la política con América Latina

En carta enviada al candidato demócrata Barack Obama, casi 400 académicos dedicados a las relaciones interamericanas demandaron un “cambio fundamental” en la política de Estados Unidos hacia América Latina.

A continuación, el texto, suscrito entre otros por Eric Hershberg, presidente de la Asociación de Estudios Latinoamericanos; Ariel Dorfman, de la Universidad Duke; Jean Franco, de la Universidad de Columbia; Arturo Arias, de la Universidad de Texas; Carmen Diana Deere, de la Universidad de Florida; Arturo Escobar, de la Universidad de Carolina del Norte; Mark Weisbrot, codirector del Centro para el Estudio Economía y Políticas, Emma Zapata Martelo, del Colegio de Posgraduados de México, y Magdalena Barros Nock, profesora investigadora del CIESAS de México.

“Senador Obama: Nos dirigimos a usted para felicitarlo por su campaña y para expresar nuestra esperanza de que, como próximo presidente de Estados Unidos, aprovechará una oportunidad histórica para mejorar las relaciones con América Latina. Como académicos enfocados en la región, también queremos comunicarle nuestro análisis del proceso de cambio que se da actualmente allá.

“Así como el pueblo estadunidense ha empezado a debatir cuestiones básicas en relación al tipo de sociedad que desea –gracias, en parte, a su propia candidatura, aunque también debido a la magnitud de la actual crisis financiera– así, también, lo están haciendo los pueblos latinoamericanos.

“De hecho, el debate sobre una sociedad justa se ha dado en Latinoamérica a lo largo de más de una década y la mayoría opta, como usted y muchos de nosotros en Estados Unidos, por la esperanza y el cambio. Como académicos con un compromiso personal y profesional con el desarrollo y la democracia en Latinoamérica, tenemos la esperanza de que en su presidencia Estados Unidos se pueda convertir en un aliado, y no en un adversario, de los cambios positivos que ya se están llevando a cabo en el hemisferio.

“El actual ímpetu en favor del cambio en Latinoamérica es un rechazo al modelo de crecimiento económico que se ha impuesto en la mayoría de países desde principios de los años 80; un modelo que ha resultado en la concentración de la riqueza, que ha confiado, sin éxito, en las fuerzas del mercado, sin restricción alguna para resolver los profundos problemas sociales, y que ha socavado el bienestar humano. El actual rechazo de este modelo cuenta con una base amplia y democrática. De hecho, los movimientos contemporáneos para el cambio en América Latina reflejan una participación significativamente mayor de trabajadores y campesinos, mujeres, afrodescendientes y pueblos indígenas; en dos palabras, movimientos de base.

“Esos movimientos están llegando al poder, uno detrás de otro. No son ni títeres, ni están cegados por el fanatismo y la ideología, como los pintan las caricaturescas descripciones de algunos expertos. Al contrario, estos movimientos merecen nuestro respeto, amistad y apoyo.

“Los latinoamericanos con frecuencia han visto a Estados Unidos no como un amigo, sino más bien como un opresor; el garante de un sistema económico internacional que funciona en contra, y no en favor de ellos, la verdadera antítesis de la esperanza y el cambio. El gobierno de Bush ha empeorado la situación y el prestigio de Estados Unidos en la región se encuentra a niveles históricamente bajos. La tendencia de Washington de luchar en contra de la esperanza y el cambio ha sido especialmente prominente en las recientes respuestas de Estados Unidos a los gobiernos democráticamente electos de Venezuela y Bolivia. Los sentimientos antiestadunidenses son fuertes, pero la historia demuestra que dichos sentimientos pueden cambiar. En los años 30, luego de dos décadas de conflicto en la región, Estados Unidos juró no intervenir y adoptó una Política del Buen Vecino. No por coincidencia, esa fue la época de mayor armonía en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. En los años 40, casi todos los países de la región se convirtieron en nuestros aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Esto puede suceder una vez más.

“Existen muchos otros retos también. Colombia, el principal foco de la política del gobierno de Bush, es actualmente el escenario de la segunda crisis humanitaria más notable en el mundo, con 4 millones de personas desterradas internamente. Su gobierno, el cual criminaliza hasta las protestas pacíficas, busca una extensión de las políticas de comercio libre, en contra de las cuales gran parte del hemisferio está reaccionando ya. Cuba ha iniciado un proceso de transición que debería ser apoyado de manera positiva, como, por ejemplo, a través del dialogo por el cual usted aboga. Decenas de miles de mexicanos y centroamericanos migran para buscar trabajo en Estados Unidos, donde su poder laboral es de gran necesidad, pero su presencia es denigrada por un público que se ha opuesto siempre, desde que comenzó el desarrollo de las encuestas de opinión en los años 30, a la inmigración desde cualquier parte del mundo.

Rechazo a construir muros

“La forma de abordar el tema de la inmigración no es construyendo un gigantesco muro, sino más bien, Estados Unidos debería apoyar un desarrollo con mayor equidad en México y Centroamérica y, de hecho, a lo largo de toda la región. Además, Estados Unidos debe reconsiderar su política de control de drogas, que simplemente no ha funcionado y ha sido parte del problema de violencia política, especialmente en México, Colombia y Perú. Estados Unidos también debe renovar su apoyo activo en favor de los derechos humanos en la región. Desafortunadamente, en los ojos de muchos latinoamericanos, Estados Unidos ha llegado a mostrar su apoyo hacia regímenes de desigualdad.

“Finalmente, le imploramos que su gobierno se comprometa al firme apoyo de los derechos constitucionales, incluyendo la libertad académica e intelectual. La mayoría de nosotros es miembro de la Asociación de Estudios Latinoamericanos, la asociación profesional de expertos más grande de la región, y hemos vivido personalmente cómo los intentos del gobierno de Bush por restringir el intercambio académico con Cuba han resultado contraproducentes. Esperamos poder tener una pronta oportunidad para discutir éstos y otros temas relacionados con América Latina en su gobierno.

“Nuestra esperanza es que usted tome la oportunidad de inaugurar un nuevo periodo de entendimiento y colaboración para el bienestar del hemisferio. Lo que nosotros solicitamos es cambio, y no sólo en Estados Unidos”.

Atentamente

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Cumbre Iberoamericana declaró las "exequias del neoliberalismo"

Claudia Herrera Beltrán

Muchas veces responsabilizados de las crisis económicas por no seguir la ortodoxia financiera, presidentes reunidos en la Cumbre Iberoamericana esta vez alzaron la voz para declarar las “exequias” del neoliberalismo y exigir su participación en el diseño de la nueva arquitectura económica y de sus instituciones. En la primera discusión plenaria que se prolongó hasta la tarde por el interés mostrado por los mandatarios respecto de este problema, destacaron dos visiones. Una mayoría que con matices planteó reformar el sistema actual, que encabezó Rafael Correa, quien demandó poner “en el cesto de la basura las instituciones que no sirven” y puso sobre la mesa la propuesta de crear un banco y una moneda regional única para dejar de pagar “tributo señorial” en dólares.

Con la presencia de 19 de los 22 presidentes de Iberoamérica en el Centro Internacional de Ferias y Convenciones, cita a la que finalmente no llegó el venezolano, Hugo Chavez, el tema dominante volvió a ser la depresión financiera internacional. Esta vez no hubo tiempo para polémicas del tipo “por qué no te callas” del año pasado.

El espectro de posturas fue amplio. De un lado el presidente de México, Felipe Calderón, rechazó el “proteccionismo comercial” y del otro, el mandatario de Bolivia, Evo Morales, pidió no salvar el capitalismo a costa de los pobres.

Pero todos coincidieron en demandar un vuelco en el sistema económico. De hecho, en la edición 18 de la cumbre, el presidente brasileño, Luiz Inacio Lula da Silva, marcó la pauta de la reunión al responsabilizar a los países desarrollados de la crisis financiera, y advirtió que las naciones pobres “son víctimas y no culpables”, razón por la cual deben participar en este proceso.

Planteó a sus homólogos la necesidad de “recuperar el papel del Estado, marginado por las tesis del Consenso de Washington” y pidió responder a la crisis con más integración, más comercio justo y menos subsidios.

Tras aclarar que prefería llamar las cosas por su nombre, la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, fue la primera en declarar el fracaso del modelo neoliberal “que se creía indestructible”, y luego el dominicano Leonel Fernández, se adhirió a esta postura al hablar de las “exequias” del neoliberalismo.

La presidenta argentina coincidió con su “amigo” Lula. “Ya no es el efecto tequila, o el caipiriña, es el jazz. Tiene su origen en el mismo centro de construcción. Lo menos que podemos exigir es que se asuma ese fracaso para generar la formación de instrumentos alternativos” que permitan el flujo de créditos, agregó Fernández, al señalar que su creencia en “el papel insustituible del Estado” no es ideológica “sino pragmática”.

La política argentina aprovechó el foro para defender su decisión de estatizar el sistema de pensiones, que le ha significado severas críticas, incluida la del presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero –presente en la cumbre– debido al impacto que tendrá para empresas financieras y bancos españoles.

A diferencia de los presidentes de México y de Brasil –que no aludieron a la futura reunión en Washington a la que fueron invitados por George W. Bush– la mandataria anunció que acudirá al “ojo del huracán de la tormenta” para abogar por instituciones financieras internacionales más democráticas y gobernables.

Antes, la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, y el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, apuraron a reformar el Fondo Monetario Internacional; la chilena pidió democratizarlo, porque están subrepresentados países como Brasil, China y Rusia.

En la sesión vespertina, Correa resumió las intervenciones de los mandatarios en dos visiones: la que busca mantener o “parchar” el sistema y la que se propone crear uno nuevo y “mientras más rápido podamos tirar aquello mejor”.

Para ello propuso crear un Banco de Desarrollo del Sur análogo al Banco Mundial y un fondo de reserva común en América Latina para dejar de financiar al Primer Mundo, que cuando da préstamos “pone de rodillas” a los países subdesarrollados.

Precisamente en El Salvador, donde se sustituyó la moneda local por el dólar, llamó a dejar de hacer transacciones en dólares y pidió a los países que tengan “cuidado con la desesperación”, porque algunos ya han despreciado su moneda.

La cumbre tuvo su toque mexicano. Además de las canciones de Granada y El Carbonero que interpretó el cantante Alejandro Fernández en la inauguración y que hicieron cantar a algunos presidentes, el gobierno mexicano aportó –según la prensa salvadoreña– algunos escáners que reforzaron el fuerte dispositivo de seguridad policial y militar que protege a los mandatarios.

El País

lunes, 29 de septiembre de 2008

FMI: el fin de una era

La Jornada

El director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn, afirmó ayer, en relación con la grave situación originada en la crisis del sector hipotecario estadunidense, que “hace falta reformar” el sistema financiero mundial y que es necesario “reglamentar detalladamente las instituciones y los mercados”. Asimismo, de manera por demás sorpresiva señaló que “el mercado no sana al mercado” y condenó “la irresponsabilidad de un sistema que se desarrolla sin una relación con la economía real”.

En una circunstancia distinta de la presente, habría sido casi imposible suponer que los asertos comentados pudieran provenir de un funcionario como Dominique Strauss-Kahn –conocido por una orientación económica profundamente neoliberal, no obstante su militancia en el Partido Socialista Francés–, y mucho menos de un organismo como el FMI, que ha defendido históricamente –sobre todo desde su adhesión al llamado Consenso de Washington en la década de los 80– todo lo contrario a lo que ahora evocan las declaraciones de su dirigente: la liberalización de capitales y mercancías, la desregulación financiera y la conducción del Estado a la languidez por vía de privatizaciones y la reducción del presupuesto estatal en áreas sociales; todos ellos postulados fundamentales del neoliberalismo. Desde esa perspectiva, la reacción del dirigente del FMI ante la crisis actual es indicador contundente de que el mundo asiste, en el momento actual, al fin de una etapa histórica y al colapso del modelo económico neoliberal, paradójicamente como consecuencia de la aplicación de sus propios preceptos ideológicos.

Por otra parte, las afirmaciones del funcionario no dejan de revestir por lo menos una profunda incongruencia en relación con lo que han sido las prácticas recientes del organismo que encabeza. Al insinuar la necesidad de una revisión de las directrices vigentes en el manejo de la economía mundial, ahora que en el centro de las turbulencias se encuentra la nación más poderosa del orbe, Strauss-Kahn omite que el FMI ha hecho todo lo contrario cuando las mismas normativas han causado severas catástrofes económicas, sociales y políticas en regiones del “mundo periférico”, como América Latina. De hecho, ante las agitaciones y debacles financieras en los llamados países en desarrollo, el FMI no ha tenido más receta que sacrificar a los sectores mayoritarios de la población, perseguir la tranquilidad de los inversionistas –sobre todo los extranjeros–, reducir el sector público y emprender acciones antipopulares como el congelamiento de los salarios y la liberalización de precios.

Significativamente, Estados Unidos se puede dar el lujo de desatender las “recomendaciones” del FMI sin temor a sufrir represalias –algo que no pueden hacer los llamados países del tercer mundo–, y posee poder de veto en cuanto a las decisiones estratégicas del organismo. En conjunto, estos elementos confirman el alineamiento de esa institución con los intereses del mundo industrializado occidental, intereses que por lo regular chocan con las necesidades de desarrollo de las llamadas economías emergentes y del conjunto de los países pobres.

En suma, la magnitud de la crisis financiera actual ha evidenciado, en efecto, las flaquezas de un modelo económico que debe ser sometido a revisión. Para ello, sin embargo, habría que empezar precisamente por reorientar el papel de organismos financieros internacionales que, como el propio FMI, han jugado un papel central en el avance mundial de una visión fundamentalista de libre mercado que hoy parece resquebrajarse.

sábado, 27 de septiembre de 2008

¿Se acabó el neoliberalismo?

Emir Sader
Carta Maior

El capitalismo, sucediendo al modelo regulador keynesiano o del bienestar social, como se lo quiera llamar. Hizo su diagnóstico de agotamiento del modelo anterior y se propuso reorganizar el sistema capitalista en su conjunto, de acuerdo a sus principios liberales reciclados para el nuevo período histórico del capitalismo.
Fue un modelo absolutamente hegemónico, logrando extenderse de la forma mas universal posible: de Europa Occidental a los Estados Unidos, de América Latina a China, de Europa Oriental a África, de Rusia al sudeste asiático. Tuvo crisis precoces – a lo largo de la década del 90, en México, en el sudeste asiático, en Rusia, en Brasil, en Argentina – pero se mantuvo hegemónico, sin ningún otro proyecto alternativo que le disputase hegemonía.

Suscitó grandes movilizaciones de oposición – como las iniciadas en Seattle, que desembocaron en los Foros Social Mundiales -, siguió tropezando, como en la OMC, en el debilitamiento del FMI y del Banco Mundial, pero continuó siendo el único modelo globalizado. Después de algún tiempo, la propuesta híbrida de China permitió que surgiera la expresión Consenso de Pekin, en lugar del de Washington, pero girando siempre en torno a las adecuaciones de las políticas de libre comercio.

Algunas potencias centrales del capitalismo ya habían sido víctimas de la desregulación y del poder de ataque del capital especulativo, entre ellas Gran Bretaña, en la década del 80, víctima del mega-especulador George Soros. Pero todo ataque especulativo tenía a los Estados Unidos como beneficiario, toda fuga de capitales tenía la Bolsa de Valores de Nueva York como refugio. Se sabía que esa parranda especulativa sólo podría encontrar un límite en el momento en que el principal beneficiario de ella fuese también su víctima. Ese momento llegó.

Las medidas de emergencia, como siempre, hieren la doctrina neoliberal, con intervenciones directas y masivas del Estado – como ya venía sucediendo desde la primera crisis neoliberal, la de México en 1994. Pero... ellas significan el fin del neoliberalismo? Es posible reanudar procesos regulatorios globales – un nuevo Bretton Woods - que frenen estructuralmente la libre circulación de capitales y reviertan los procesos de desregulación económica, esencia misma del neoliberalismo?

Nada indica que esto sea posible. No existe una lógica racional del sistema capitalista, que haga que sus agentes – desde las grandes corporaciones a los Estados dominantes – actúen de acuerdo a una lógica superior del sistema. Esa es una de sus contradicciones estructurales, aquella que existe entre la dominación global y la apropiación privada.

Se trata de una gran crisis capitalista, ya se dice que es la mayor desde 1929, que puede abrir camino a la construcción de un modelo alternativo. Pero por ahora no se vislumbra ningún modelo que pueda tener ese papel, ni siquiera de manera embrionaria. En el horizonte, hay como máximo versiones híbridas, como las políticas económicas de China o Brasil. La propia proliferación de gobiernos conservadores ( nada innovadores siquiera en sus políticas) en el centro del capitalismo, indica que nada de nuevo puede surgir de ellos en sustitución del modelo agotado.

Todo indica por lo tanto que, entre la crisis del modelo precozmente envejecido y las dificultades de surgimiento de uno nuevo, mediará un período mas o menos prolongado de inestabilidades, de sucesión de crisis, de turbulencias. Porque lo que se agota no es solo un modelo hegemónico, sino también la hegemonía política de los Estados Unidos – los dos pilares de sustentación del nuevo período político, que sustituyeron al modelo regulador y a la bipolaridad mundial. Y también en este plano, no surge en el horizonte una nueva potencia o un conjunto de ellas, en condiciones de ejercer una nueva hegemonía.

El neoliberalismo no termina, pero se agota, abriendo un período de disputa por alternativas, entre las que por ahora solo se ve América Latina, donde han aparecido propuestas de superación. La región gana de este modo un protagonismo – junto con China – en la proyección del futuro del mundo en toda la primera mitad del nuevo siglo, en la disputa entre lo viejo que se resiste a morir y produce crisis y sus consecuencias por todos lados, y lo nuevo, que comienza a anunciar el post neoliberalismo, un mundo solidario, desmercantilizado, humanista, de que lo que el Forum Social Mundial de Belém – del 27 de enero al 1° de febrero – será una muestra pluralista y vigorosa de las alternativas al neoliberalismo.

insurrectasypunto.org

viernes, 26 de septiembre de 2008

La ideología del libre mercado está lejos de su fin

Naomi Klein
The Guardian/Znet

Sea cual sea el significado de los eventos de esta semana, nadie debiera creer las afirmaciones exageradas de que la crisis del mercado representa la muerte de la ideología del “libre mercado.” La ideología del libre mercado ha servido siempre los intereses del capital, y su presencia sube y baja según su utilidad para esos intereses.

Durante los tiempos de la bonanza, es rentable predicar el laissez faire, porque un gobierno ausente permite que se inflen las burbujas especulativas. Cuando esas burbujas revientan, la ideología se convierte en un obstáculo, y se adormece mientras el gran gobierno parte al rescate. Pero tranquilizaos: la ideología volverá con toda su fuerza cuando los salvatajes hayan terminado. Las masivas deudas que el público está acumulando para rescatar a los especuladores pasarán entonces a formar parte de una crisis presupuestaria global que será la justificación para profundos recortes en programas sociales, y para un nuevo ímpetu para privatizar lo que queda del sector público. También nos dirán que nuestras esperanzas de un futuro verde son, lamentablemente, demasiado costosas.

Lo que no sabemos es como reaccionará el público, Hay que considerar que en Norteamérica todo el que tiene menos de 40 años creció mientras se le decía que el gobierno no puede intervenir para mejorar nuestras vidas, que el gobierno es el problema no la solución, que el laissez faire es la única opción. Ahora, repentinamente, vemos a un gobierno extremadamente activista, intensamente intervencionista, aparentemente dispuesto a hacer cualquier cosa que sea necesaria para salvar de ellos mismos a los inversionistas.

Este espectáculo provoca necesariamente la pregunta: ¿si el Estado puede intervenir para salvar a corporaciones que tomaron riesgos imprudentes en los mercados de la vivienda, por qué no puede intervenir para impedir que millones de estadounidenses sufran inminentes ejecuciones hipotecarias? De la misma manera, si 85.000 millones de dólares pueden ser puestos a disposición instantáneamente para comprar al gigante de los seguros AIG ¿por qué la atención sanitaria de pagador único – que protegería a los estadounidenses de las prácticas depredadores de las compañías de seguro de salud – parece ser un sueño tan inalcanzable? Y si cada vez más corporaciones necesitan fondos públicos para permanecer a flote ¿por qué no pueden los contribuyentes exigir a cambio cosas como topes a la paga de ejecutivos, y una garantía contra más pérdidas de puestos de trabajo?

Ahora, cuando quedó claro que los gobiernos pueden ciertamente actuar en tiempos de crisis, les será mucho más difícil pretender impotencia en el futuro. Otro cambio potencial tiene que ver con las esperanzas del mercado en cuanto a futuras privatizaciones. Durante años, los bancos globales de inversión han estado cabildeando a los políticos a favor de dos nuevos mercados: uno que provendría de la privatización de las pensiones públicas y otro resultante de una nueva ola de carreteras, puentes y sistemas de agua privatizados o parcialmente privatizados. Esos dos sueños acaban de hacerse mucho más difíciles de vender: los estadounidenses no están de humor para confiar una mayor parte de sus activos individuales y colectivos a los imprudentes tahúres de Wall Street, especialmente porque parece más que probable que los contribuyentes tendrán que pagar para recuperar sus propios activos cuando reviente la próxima burbuja.

Ahora, con el descarrilamiento de las conversaciones en la Organización Mundial de Comercio, esta crisis también podría ser un catalizador para un enfoque radicalmente alternativo a la regulación de los mercados y sistemas financieros mundiales. Ya estamos viendo un movimiento hacia la “soberanía alimentaria” en el mundo en desarrollo, en lugar de dejar el acceso a los alimentos a la merced de los caprichos de los negociantes de materias primas. El momento puede haber llegado finalmente para ideas como impuestos al comercio, que retrasaría la inversión especulativa, así como para otros controles del capital global.

Y ahora, cuando nacionalización ya no es una palabrota, las compañías de petróleo y gas debieran tener cuidado: alguien tendrá que pagar por el giro hacia un futuro más verde, y tiene mucho sentido que el grueso de los fondos provengan del sector altamente rentable que tiene la mayor responsabilidad por nuestra crisis climática. Ciertamente tiene más sentido que crear otra peligrosa burbuja en el comercio de carbono.

Pero la crisis que estamos presenciando pide cambios más profundos. El motivo por el que se permitió que proliferaran esos préstamos chatarra no fue sólo porque los reguladores no comprendieron el riesgo. Es porque tenemos un sistema económico que mide nuestra salud colectiva exclusivamente sobre la base del aumento del PIB. Mientras los préstamos chatarra alimentaban el crecimiento económico, nuestros gobiernos los apoyaron activamente. De modo que lo que hay que cuestionar realmente debido a la crisis es el compromiso indiscutido con el crecimiento a todo precio. Esta crisis debiera llevarnos a un camino radicalmente diferente en la forma en la que nuestras sociedades miden la salud y el progreso.

Nada de esto, sin embargo, sucederá sin una inmensa presión pública sobre los políticos en este período crucial. Y no se trata de un cabildeo cortés sino de una vuelta a las calles y al tipo de acción directa que produjo el Nuevo Trato en los años treinta. Sin eso, habrá cambios superficiales y un retorno, lo más rápido posible, a los negocios como si tal cosa.

Vía
Vía Rebelión
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Sucedió lo impensable

El Estado dejó de ser el problema para volver a ser la solución

Boaventura de Sousa Santos
Carta Maior

La palabra no aparece en los medios de comunicación norteamericanos, aunque se trata de eso: nacionalización. Ante las quiebras ocurridas, anunciadas o inminentes de importantes bancos de inversión, de las dos mayores sociedades hipotecarias del país [1] y de la mayor aseguradora del mundo [2], el Gobierno Federal de los Estados Unidos ha decidido asumir el control directo de una parte importante del sistema financiero. La medida no es inédita, pues el Gobierno intervino en otros momentos de profunda crisis: en 1792 (en el mandato del primer presidente del país), en 1907 (en este caso, el papel central en la resolución de la crisis tocó al gran banco de entonces, J.P. Morgan, hoy Morgan Stanley, también en riesgo), en 1929 (la gran depresión que duró hasta la Segunda Guerra Mundial: en 1933, en la que 1000 norteamericanos al día perdían sus casas a favor de los bancos) y en 1985 (la crisis de las sociedades de ahorro).

Lo que es nuevo en la intervención en curso es su magnitud y el hecho de ocurrir al fin de treinta años de evangelización neoliberal conducida con mano de hierro a nivel global por los Estados Unidos y por las instituciones financieras por él controladas, el FMI y el Banco Mundial (BM): mercados libres y, por ser libres, eficientes; privatizaciones; desregulación; Estado fuera de la economía por ser inherentemente corrupto e ineficiente; eliminación de las restricciones a la acumulación de riqueza y la correspondiente producción de miseria social. Fue con estas recetas que se «resolverían» las crisis financieras de América Latina y Asia y que se impusieron ajustes estructurales en decenas de países. Fue también con ellas que millones de personas fueron abocadas al desempleo, perdieron sus tierras o sus derechos laborales y tuvieron que emigrar.

A la luz de esto, ocurrió lo impensable: el Estado dejó de ser el problema para volver a ser la solución; cada país tiene el derecho de hacer prevalecer lo que entiende ser el interés nacional contra los dictámenes de la globalización; el mercado no es, de por sí, racional y eficiente, únicamente sabe racionalizar su irracionalidad e ineficiencia conforme éstas no alcancen el nivel de la autodestrucción; el capital siempre tiene el Estado a su disposición y, en consonancia con los ciclos, ora por la vía de la regulación, ora por la vía de la desregulación. Esta no es la crisis final del capitalismo y, aunque lo fuese, tal vez la izquierda no sabría qué hacer con ella, dada su conversión generalizada al evangelio neoliberal. Mucho seguirá como antes: el espíritu individualista, egoísta y antisocial que anima el capitalismo; el hecho de que la factura de las crisis es siempre pagada por quien nada contribuyó a ellas, la aplastante mayoría de los ciudadanos, ya que es con su dinero que el Estado interviene y muchos pierden el empleo, la casa y la pensión.
Pero mucho más cambiará. Primero, el declive de los Estados Unidos como potencia mundial alcanza un nuevo rango. Este país acaba de ser víctima de las armas de destrucción financiera masiva con las que agredió a tantos países en las últimas décadas y la decisión «soberana» de defenderse al final fue inducida por la presión de sus acreedores extranjeros (sobre todo chinos) que amenazaron con una fuga que sería devastadora para el actual american way of life.

En segundo lugar, el FMI y el BM dejarán de tener cualquier autoridad para imponer sus recetas, pues siempre usaron como medida una economía que ahora se revela fantasma. La hipocresía de los dobles criterios —unos válidos para los países del norte global y otros válidos para los países del sur global— queda expuesta con una crudeza chocante. De aquí en adelante, la primacía del interés nacional puede dictar no sólo protección y regulación específicas, sino también tasas de interés subsidiadas para apoyar a industrias en peligro (como las que el Congreso de los Estados Unidos acaba de aprobar para el sector automovilístico). No estamos ante una desglobalización, pero estamos ciertamente ante una nueva globalización posneoliberal internamente mucho más diversificada. Emergen nuevos regionalismos, ya hoy presentes en África y en Asia, pero sobre todo importantes en América Latina, como el ahora consolidado con la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y del Banco del Sur. A su vez, la Unión Europea, el regionalismo más avanzado, tendrá que cambiar el curso neoliberal de la actual Comisión bajo pena de correr el mismo destino que el de los Estados Unidos.
En tercer lugar, las políticas de privatización de la seguridad social quedan desacreditadas: es éticamente monstruoso que sea posible acumular lucros fabulosos con el dinero de millones de trabajadores humildes y abandonarlos a su suerte cuando la especulación falla.

En cuarto lugar, el Estado que regresa como solución es el mismo Estado que ha sido moral e institucionalmente destruido por el neoliberalismo, que ha hecho de todo para que su profecía se cumpliese: transformar al Estado en un antro de corrupción. Esto significa que si el Estado no es reformado y democratizado en breve será, ahora sí, un problema sin solución.
En quinto y último lugar, las transformaciones en la globalización hegemónica van a provocar cambios en la globalización de los movimientos sociales que ciertamente se van a reflejar en el Foro Social Mundial: la nueva centralidad de las luchas nacionales y regionales; las relaciones con los Estados y partidos progresistas y las luchas por la refundación democrática del Estado; contradicciones entre clases nacionales y transnacionales y las políticas de alianzas.

[1] Freddie Mac y Fannie Mae.

[2] American International Group (AIG).



Boaventura de Sousa Santos es sociólogo y profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coimbra (Portugal).

Antoni Jesús Aguiló es colaborador de Rebelión y Tlaxcala. Àlex Tarradellas es miembro de Rebelión, Tlaxcala y Cubadebate. Esta traducción se puede reproducir libremente, a condición de respetar su integridad y mencionar a sus autores y la fuente.
Traducido por Antoni Jesús Aguiló y revisado por Àlex Tarradellas

Vía Rebelión

Enlace a texto original
Artículo original publicado el 25 de septiembre de 2008.

domingo, 21 de septiembre de 2008

La crisis del capitalismo y la izquierda

Emir Sader


Con la nueva crisis del capitalismo, al estilo de la de 1929, las tesis del capitalismo de casino se confirman, el Estado norteamericano se contradice una vez más e interviene pesadamente, demostrando que su confianza en el mercado no era tan grande como su propaganda exhibía. El capitalismo muestra sus vísceras y las tesis de la izquierda critica – keynesiana o anticapitalista – al neoliberalismo parecen ser acertadas. Y los izquierdistas nos reímos al ver confirmadas nuestras tesis sobre el carácter antisocial y tal vez terminal del capitalismo, nos restregamos las manos ansiosos por las consecuencias sociales y políticas de la crisis.

¿Debemos hacer eso? ¿O tal vez debiésemos preguntarnos cuan preparados estamos para enfrentar esta nueva crisis con alternativas de izquierda? No solo debemos preguntarnos si podemos enfrentar la crisis con teorías sino con fuerza social, política, ideológica, como para en tiempos de crisis disputar la hegemonía. Deberíamos preguntarnos si las medidas que los gobiernos tomarán significarán más sufrimiento para los pueblos, más desesperación, abandono, desempleo, informalidad, sin que puedan ver que hay otras alternativas.

Si nos limitamos a actuar como intelectuales críticos al capitalismo, entonces, la crisis es para nosotros un gran banquete. Podemos regocijarnos y recrear todos los días y semanas nuevos textos que prevén – “como ya lo habíamos escrito” – el fin del capitalismo para dentro de poco tiempo.

Pero los augurios catastróficos se equivocan a menudo. En los años 30, la Internacional Comunista se adhirió a las tesis del Economista Emilio Vargas, que retomaba las tesis de Lenin para diagnosticar que la crisis de 1929 llevaba al capitalismo –finalmente- a su desaparición. Sin embargo, en cuanto el New Deal rescató al capitalismo de sí mismo, fue introducida la categoría “segunda fase de la etapa final del capitalismo”. En este momento ya debemos estar por la quinta o sexta fase.

Giovanni Arrighi recuerda cómo en los años 70 la discusión no era sobre el fin del capitalismo sino cuándo, dónde y cómo terminaría el capitalismo – tema que aparentemente fue asumido hasta por los mismos teóricos del capitalismo. No obstante, como el propio Lenin nos recuerda, el capitalismo no cae ni caerá si no es derribado – como demostraron los procesos revolucionarios que terminaron con el capitalismo, temporal o definitivamente. No solo no cae por sí mismo sino que hasta demuestra capacidad de recuperación. ¿Quien diría que a patria de Lenin, aquella de la primera revolución obrera-campesina de la historia de la humanidad, vería restaurado el capitalismo, en una versión mafiosa? ¿Quien diría que los Estados Unidos, “heridos de muerte” por la crisis de 1929, liderarían el mayor y mas profundo ciclo largo expansivo del capitalismo de su historia – su “era de oro”, según Hobsbawn – en la segunda post-guerra, presionando a la URSS y derrotándola tecnológica e económicamente antes de favorecer su implosión política?

No digo esto para ser caracterizado como diseminador de visiones apologéticas del capitalismo o para alentar el desánimo sino para cumplir la saludable afirmación de Brecht, de que “debemos tomar al enemigo por su lado mas fuerte”, para no equivocarnos sobre las condiciones reales de lucha contra él, para no subestimar sus fuerzas y, sobretodo, no sobrestimar nuestras fuerzas.

Ante cada crisis que la izquierda enfrenta riéndose y restregando las manos entra y sale más derrotada aún, porque se contenta con la contemplación de los últimos días de una Pompeya capitalista que insiste en sobrevivir, gracias a la falta de alternativas de izquierda – teóricas y políticas –. De esa misma izquierda que parece creer que, finalmente, un día, no muy lejano, los pueblos del mundo se convencerán de sus tesis apocalípticas, sin haberlas construido como fuerza económica, social, política e ideológica.

Por el momento, como decía Marx de la pequeña burguesía , parece que el pueblo todavía no está maduro para entender las tesis de una izquierda que se contenta consigo misma, con nuestras maravillosas tesis que nos dicen que a largo, medio o corto plazo, inevitablemente, la historia revelará que camina para el socialismo.

Poco habremos aprendido de los virajes – revolucionarios y contrarrevolucionarios – del siglo XX, si seguimos esperando ver pasar el cadáver de nuestro enemigo en lugar de preparar meticulosamente la realización de nuestros sueños y de nuestras utopías, como recomendaba el realismo revolucionario de Lenin.
Agencia Carta Maior/Insurrectasypunto
Rebelion

sábado, 20 de septiembre de 2008

¿Metamorfosis, o sólo un paréntesis al Modelo?

"Paréntesis", esa es la palabra que se pronunciaba en la última reunión de la confederación española de empresarios. Como no, a puerta cerrada. En nuestra democracia realmente existente hay todavía muchos espacios vedados y mucha institución-trinchera, y la CEOE tampoco iba a ser una excepción. Después de haber entonado hasta la exasperación la histriónica necesidad de dejar operar a las fuerzas ciegas del mercado sin intervención estatal de ningún tipo. Después de haber absorbido desde el otro lado del Atlántico las "nuevas ideas" en materia de pensamiento económico, publicitadas por Cowboy Reagan y la dama de hierro, con la inestimable ayuda de los "think thank" y los medios de comunicación que sirvieron de canalizadores y voceros de la nueva ortodoxia ultra-liberal que acabó imponiéndose a escala planetaria, ahora los vientos soplan hacia "otros" horizontes teóricos. El centro de gravedad se desplaza hacia el Estado y sus administraciones y al nuevo infarto global de la economía-mundo hay que reanimarlo con una nueva dosis de intervencionismo. Eso sí, este giro intervencionista no deja de ser un paréntesis, como bien recalcó Díaz Ferrán, presidente de la confederación española de empresarios.

Hay creencias y dogmas del más diverso tipo: políticos, científicos, religiosos... etc, y lo malo de estos es que siempre nos pillan desprevenidos y nos impiden reaccionar a tiempo. No sólo eso, además, nos ciegan, y para entender procesos sociales, siempre con el punto de multicausalidad e incertidumbre que los caracteriza, no conviene en absoluto agarrarse a un clavo ardiendo para justificar nuestras decisiones, nuestros remedios y recetas, en dogmas de supuesto calado "científico", pero que no dejan de ser interesada cháchara ideológica que conviene a los de siempre. Don Gerardo Díaz Ferrán es, él lo dice, un férreo creyente en la libertad de mercado, y como toda creencia que llega del cielo de alguna sacrosanta institución, pocas veces suele contrastarse con los hechos, pocas veces se pone en duda, y sobre todo, pocas veces suele cambiarse. Cuando Díaz Ferrán dice que "cree" en el la libre economía de mercado pocas veces se pregunta, como sus colegas, para quien es libre ese mercado y para cuantos, pocas veces se pregunta cuantos la disfrutan, y pocas veces reflexionan sobre los efectos secundarios, ecológicos y humanos, de su muy "libre" economía de mercado. Cuando Díaz Ferrán dice que "cree" en el libre mercado pero que "hay circunstancias" en la vida que obligan a cambiar el timón ideológico... hace algo así como una muy agnóstica y prudente declaración de fe, esto es, se modera en su creencia cuando las grandes economías privadas se estancan y el "crecimiento" deja de dispararse, y entonces flexibiliza su creencia y se junta con los neo-conversos del intervencionismo estatal. Pero cuando las grandes economías privadas laten fuertes y sanas, crecen como un árbol bien anclado en sus raíces, Díaz Ferrán deja su agnóstica y enternecedora prudencia y contraataca de nuevo con su férrea creencia en la "libre" economía de mercado.

Hay muchos hombres como Díaz Ferrán, yo los llamo empresarios-veleta, y su muy "liberal" costumbre y actitud que consiste en cambiar de creencias en pos de las "nuevas" tendencias ideológicas, suele extenderse también al mundo de la política. Amar e incluso exigir voluntad política para engordar a las vacas flacas que en su tiempo eran gordas, orondas, con jugosas carnes y curvas, amar la política para reanimar el mal estado de los negocios... y despreciarla luego, eso sí, con cínica e histriónica visceralidad, cuando los negocios marchan bien, es la muy "liberal" actitud de Díaz Ferrán y de tantos, tantos políticos, empresarios y periodistas que sufren una imprevisible metamorfosis ideológica cuando las "nuevas" tendencias ideológicas de turno imponen un nuevo "realismo", un nuevo "sentido común" que aspira a perpetuar la voluntad para no hacer nada por el injusto reparto de los panes y los peces... bajo una nueva cháchara ideológica repetida hasta la saciedad por tertulianos, columnistas y conferenciantes que, con vehemente e incluso cómica y hasta histriónica pasión, se ponen de acuerdo en expresar y hasta aparentar un sincero deseo de "cambio" de modelo.

En la universidad, en las columnas de los periódicos y sus nuevos columnistas, en los foros de discusión "científicos", en los pasillos del parlamento, en los despachos de los bancos y en las conversaciones de cafetería algo se mueve. Y sí, algo se mueve, el "cambio" consiste en una operación de by-pass al mercado exigida a las administraciones públicas para resucitar al moribundo, y después de décadas de crecimiento continuado sobre el monocultivo del ladrillo se hace caso omiso a las voces preguntonas que se interrogan sobre el destino de la "riqueza nacional" durante tantos años de supuesta "prosperidad". Todos se ponen de acuerdo en la necesidad de "cambiar de modelo", y entre la ansiedad y la incertidumbre, entre el caótico vaivén y la guerra de trincheras y posiciones, entre la improvisación acelerada que siempre caracteriza a los tiempos de crisis y "cambios", la necesidad de sentarse y pararse a reflexionar sobre las causas, consecuencias y responsabilidades del modelo de crecimiento ya obsoleto, no sólo se olvida, sino que además se corre como galgos en pos del "futuro" y de la necesidad de "cambiar" para dejar las cosas como estaban. Cambiará el lenguaje, sí, cambiarán "las ideas" y el contenido del discurso, sí pero las tradicionales estructuras sociales, las tradicionales relaciones sociales, simplemente, permanecen, y la camaradería y hasta la empatía entre capital y trabajo se convierte en una pose que demanda el "sentido común" para apelar colectivamente a la necesidad de salir de la crisis.

El "cambio", finalmente, consistió, consistirá, en una liberadora pataleta moral de circunstancias para aliviar la tensión y la ansiedad acumulada. Y mientras todos alzaban los brazos y clamaban hacia el cielo por la "crisis"... en la tierra, Don Estado se ponía a trabajar y resucitaba a Don capitalismo.

¿Y la izquierda?, la izquierda dormía, dormía y dormía

Diego Taboada
Rebelión

lunes, 8 de septiembre de 2008

La pobreza en el mundo no es un desastre natural, sino fruto de la rapiña capitalista

Periódicamente, con motivo de reuniones o cumbres de organismos internacionales o países ricos, suena la voz de alarma respecto a la trágica situación de miseria de buena parte de los habitantes del planeta. El hambre, las enfermedades, los desastres ecológicos son calamidades con las que éstos han de convivir. Y esa situación, que dichos organismos y países una y otra vez se comprometen a afrontar, persiste como si fuese inevitable y, al escuchar a los líderes y a los responsables económicos mundiales, da la impresión de que hubiera surgido per se, o del mismo modo que se origina un huracán o una tromba de agua. Y no es casualidad que la retórica de aquéllos conduzca a asociarla con esos fenómenos naturales, habida cuenta de que a nadie se le le suele hacer responsable de ellos.

La brutal subida de los precios de los últimos años ha desembocado este año en el peligro de muerte por inanición de nada menos que cientos de millones de personas. Primero fueron el petróleo y los metales, y posteriormente los alimentos básicos. Los precios de productos como el trigo y el arroz se duplicaron en un año. En las explicaciones que sobre las causas de esa desmedida subida de precios ofrecen los «expertos» no acostumbran a dar datos falsos, pero sí a ocultar algunos, los más esclarecedores, y evitar que salgan a la luz responsabilidades.

La disminución de la producción de cereales en países abastecedores debido a irregularidades climáticas, el aumento del precio del petróleo y, por tanto, del transporte y, en consecuencia, de la propia mercancía o la cada vez mayor demanda de países asiáticos, especialmente China e India, son, efectivamente, causas del alza de los precios de los alimentos. Ahora bien, las grandes empresas del sector no están al margen de esa alza, toda vez que su apuesta fue encarecer los cereales y lograr que los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea subvencionasen la producción de agrocombustibles con el «noble» objetivo de garantizar el abastecimiento de energía de esos países. La consecuencia inmediata, más devastadora que el clima que limita la producción de cereales en Ucrania, fue la utilización de gran parte de productos alimenticios básicos en la industria de los agrocombustibles, con la consiguiente notable disminución de la oferta y la no menos notable subida de los precios. El propio Banco Mundial se hizo eco de esta lamentable constatación, si bien no llegó a publicar su informe, dejando constancia de sus buenos servicios, los que presta a su amo estadounidense.

Ésas son las prioridades del mundo desarrollado, capitalista, que crea multitud de asociaciones humanitarias para con su limosna justificar su inacción frente a las catástrofes humanas, que osa autodenominarse solidario mientras no tiene la más mínima voluntad de solucionar un enorme problema porque, en primer, lugar, éste le procura suculentos negocios, y cuyos gobiernos participan y subvencionan la rapiña con dinero público.

Pero hay más factores que intervienen en la subida de precios de los alimentos, igualmente relacionados con la falta de escrúpulos, como es la especulación, en este caso a costa de la única posesión, la vida, de una parte importante de la Humanidad. Especulación procedente del sector inmobiliario cuando comenzó la crisis de las hipotecas subprime. Y resulta inevitable la observación de que tanto en un sector como en el otro, en el inmobiliario como en el agrario, se especula con los derechos de las personas, derechos que se supone deberían estar garantizados, tal y como proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Neoliberalismo o riqueza a costa de pobreza y muerte de muchos

Mientras, organismos como El Banco Mundial y el FMI ponen trabas al desarrollo de los países más empobrecidos, haciendo competir a pequeños productores contra multinacionales, limitando e incluso anulando la capacidad de autoabastecimiento, creándoles una dependencia absoluta de los mercados mundiales.

La pobreza, el hambre, las enfermedades de tantos y tantos seres humanos son una terrible realidad, más o menos lejana geográficamente, que de vez en cuando se cuela por la ventana del televisor o del periódico para perturbar la tranquilidad de los hogares donde la experiencia de hambre no va más allá de un ayuno ocasional por prescripción médica. Pero, en efecto, no son un desastre natural, sino algo peor, provocado, consentido y favorecido por gobiernos que consideran personas ilegales a quienes huyendo de tanta miseria cierran las puertas y crean leyes para castigar a quien tenga la osadía de intentar salvarse y salvar a los suyos.

Por supuesto que hay alternativa para evitar ese tipo de catástrofes humanitarias, y son las propias organizaciones campesinas quienes la propugnan. La soberanía alimentaria, que asegura la autosuficiencia, las evitaría, pero para ello es indispensable la producción de alimentos en sistemas de diversificación. Sin embargo, los organismos que dicen ayudar a los países empobrecidos, les imponen un sistema económico que facilita esa rapiña y sus trágicas consecuencias.

Ésa es la cara que el neoliberalismo intenta no mostrar, pero la más real.

Noticia relacionada:

Damien Millet y Eric Toussaint
Repaso de las causas de la crisis alimentaria mundial

viernes, 5 de septiembre de 2008

Un año después de la publicación de La doctrina del shock

Naomi Klein

Hace exactamente un año, salí a una gira promocional para mi libro La doctrina del shock. Planeábamos que duraría tres meses, bastante tiempo según los estándares editoriales. Doce meses después, todavía continúa. Pero no es una gira promocional cualquiera. Por todas partes donde he ido –de Calgary, Alberta a Cochabamba, Bolivia– he escuchado más historias sobre como han utilizado las estrategias del shock para imponer políticas indeseables favorables a las corporaciones. También he participado en estimulantes debates y discusiones sobre como las crisis actuales – petróleo, alimentos, mercados financieros, mal tiempo – puede ser transformadas en oportunidades para el cambio progresista.

Y ha habido otro tipo de reacciones. La doctrina del shock es un ataque directo contra intelectuales e instituciones que han diseminado la ideología corporativa por el mundo. Al escribir el libro, estaba segura de que sería atacada. Sin embargo, durante ocho meses después de la publicación, hubo un silencio escalofriante de los ideólogos del “libre mercado.” Claro que aparecieron unas pocas reseñas desdeñosas en la prensa económica. Pero ni una palabra de los think-tanks de Washington que menciono en el libro. Nada del departamento de economía de la Universidad de Chicago. Incluso la revista The Economist, que solía atacarme jubilosamente y con gran regularidad, nunca mencionó el libro impreso. Una productora de televisión estadounidense, que estaba tratando de encontrar un oponente para que debatiera conmigo en vivo, me confesó que nunca había sido rechazada con tanta consecuencia. “Parecen pensar que si la ignoran, usted desaparecerá.”

Bueno, el silencio de la derecha ha sido ciertamente roto. En los últimos meses, han aparecido varios artículos e informes que pretenden desacreditar mi tesis. Los más destacados son: un “documento introductorio” publicado por The Cato Institute, ampliado a todo un libro en sueco (¡), y un largo ensayo en The New Republic por el editor sénior Jonathan Chait.

Varios lectores han escrito a este sitio pidiéndome que responda a esos ataques, aunque sea para ayudarles a defender mejor el libro. Primero me resistí (aferrada a mis vacaciones de verano...) pero aprecio los comentarios y varios puntos tienen que ser corregidos. Ya que los informes de Cato y de The New Republic – aunque pretenden provenir de puntos radicalmente diferentes en el espectro político – comparten algunas pronunciadas similitudes, he decidido encararlos en conjunto.

Perdonen, pero Milton Friedman apoyó la guerra

Tanto Jonathan Chait como The Cato Institute afirman que el difunto economista Milton Friedman fue un inquebrantable oponente a la invasión de Iraq. El trabajo de Cato dice sobre mi persona que: “Ella afirma que Friedman fue ‘neoconservador’ y por lo tanto estaba a favor de una política exterior agresiva de EE.UU., y argumenta que Iraq fue invadido para que pudieran implementarse políticos al estilo Chicago en ese país... pero en ninguna parte menciona los verdaderos puntos de vista de Friedman sobre la guerra. El propio Friedman dijo: “Me opuse desde el principio a que se fuera a Iraq. Pienso que fue un error, por el simple motivo de que no creo que EE.UU. debiera estar involucrado en una agresión.’ Y no fue sólo una guerra a la que se opuso. En 1995, describió su posición sobre política exterior como ‘anti-intervencionista.’”

De la misma manera, Chait me acusa de no conocer la diferencia entre libertarios y neoconservadores y me reprende por no mencionar ninguna vez –“ni una vez, en ninguna parte”– que Friedman “argumentó desde el comienzo contra la guerra de Iraq.” Al parecer la posición contra la guerra de Friedman debería ser “mórbidamente embarazosa” para mi persona.

No soy yo la que debe sentirse embarazada. A pesar de protestas posteriores, Milton Friedman apoyó abiertamente la guerra cuando estaba ocurriendo. En abril de 2003, Friedman dijo a la revista alemana Focus que “el presidente Bush sólo quería la guerra porque cualquier otra cosa habría amenazado la libertad y la prosperidad de EE.UU.” Al preguntársele sobre el aumento de las tensiones entre EE.UU. y Europa, Friedman respondió: “el fin justifica los medios. En cuanto nos hayamos librado de Sadam, las diferencias políticas también desaparecerán.” Claramente no fue una voz contraria a la intervención. Incluso en julio de 2006, cuando Friedman afirmó que se opuso a la guerra desde el comienzo, siguió siendo belicista. Ahora, con EE.UU. en Iraq, dijo Friedman a The Wall Street Journal, “me parece muy importante que lo convirtamos en un éxito.”

Sin embargo, nada de esto tiene nada que ver con mi libro. En “La doctrina del shock,” describo la invasión y la ocupación de Iraq como la culminación de la cruzada ideológica de Friedman, porque fue el principal intelectual de EE.UU. favorable a la privatización del Estado – no porque haya apoyado personalmente la guerra, lo que es irrelevante. Durante más de cinco años Iraq ha sido la vanguardia de este proyecto radical de privatización. Contratistas privados superan ahora la cantidad de soldados de EE.UU. y las corporaciones se han hecho cargo de funciones estatales tan cruciales como el interrogatorio de prisioneros.

Además, nunca dije que Friedman fuera “neoconservador” y discuto, extensivamente, lo difícil que es encontrar términos para describir el proyecto corporativo que sean aceptables para todos los lectores. En la página 17 (en todos los números de página me refiero a la edición en rústica de Picador [en inglés]) escribo:

En el intento de relatar la historia de la cruzada ideológica que ha culminado en la privatización radical de la guerra y del desastre, recurre un problema: la ideología cambia de forma, cambia permanentemente su nombre y permuta identidades. Friedman se calificó de ‘liberal,’ pero sus seguidores en EE.UU., que asociaban a los liberales con altos impuestos y hippies, tendieron a identificarse como ‘conservadores,’ ‘economistas clásicos,’ ‘partidarios del libre mercado’ y, más tarde, como creyentes en ‘reaganomía’ o ‘partidarios del laissez-faire.’ En la mayor parte del mundo, su ortodoxia es conocida como ‘neoliberalismo,’ pero a menudo es llamada ‘libre comercio’ o simplemente ‘globalización.’ Sólo desde mediados de los años noventa, el movimiento intelectual, dirigido por think-tanks derechistas con los que Friedman mantuvo largas asociaciones - Heritage Foundation, Cato Institute y el American Enterprise Institute – se llamó ‘neoconservador’, una visión del mundo que ha aprovechado toda la fuerza de la maquinaria militar de EE.UU. al servicio de una agenda corporativa.”

La importancia de que la etiqueta “neoconservadora” ganara vigencia a mediados de los años noventa es que entonces fue cuando los republicanos, bajo la dirección de Newt Gingrich y respaldados por los think-tanks que ya mencioné, barrieron con el Congreso prometiendo un “Contrato con EE.UU.” En ese momento, la etiqueta de “neoconservadores” no fue una referencia sobre todo para posiciones belicistas de política exterior sino para aquellas medidas económicas duras. A mediados de los años noventa, mucha de la gente más asociada actualmente con la etiqueta neoconservadora – David Frum y William Kristol y gran parte de los del Weekly Standard – se concentraban directamente en la exigencia de recortes y privatizaciones friedmanitas dentro de EE.UU. Frum, por ejemplo, se dio a conocer por primera vez en EE.UU. con “Dead Right,” su libro de 1994 en el que exhortaba al movimiento conservador a volver a sus raíces económicas de libre mercado. Después de que Bill Clinton abrazara gran parte de esa agenda económica, varios de los principales guerreros neoconservadores concentraron su enfoque en la dominación estadounidense de la escena mundial, un hecho que ha permitido que sus entusiastas intereses por las ideas económicas friedmanitas pasaran en gran parte desapercibidos.

Ignora el contenido, ataca al autor

Tanto el ensayo de Chait como el documento de Cato se caracterizan por una negativa obstinada a hacer frente a la evidencia citada en mi libro. Por ejemplo, Chait rechaza sin más mi sugerencia de que hubo intereses económicas detrás de la intervención de la OTAN en 1999 en Kosovo (aunque admite a regañadientes que nunca afirmo que la economía haya sido el único motivo). Escribo que hubo otros factores que motivaron la guerra, aparte de las flagrantes violaciones de los derechos humanos de Slobodan Milosevic. Baso esta información en el análisis posterior a la guerra suministrado por Strobe Talbott, Secretario Adjunto de Estado bajo el presidente Bill Clinton de EE.UU. y negociador jefe de EE.UU. durante la guerra de Kosovo. En un ensayo de 2005 (citado en la página 415), Talbot escribió:

“Mientras las naciones en toda la región trataban de reformar sus economías, mitigar las tensiones étnicas, y ampliar la sociedad civil, Belgrado parecía deleitarse en moverse continuamente en la dirección contraria. No es de extrañar que la OTAN y Yugoslavia hayan terminado en una confrontación. Fue la resistencia de Yugoslavia a las tendencias más amplias de la reforma política y económica – no el sufrimiento de los albanos kosovares – lo que explica mejor la guerra de la OTAN.”

En lugar de explicar cómo las palabras de un responsable estadounidense a alta nivel podían coincidir tan claramente con mi argumento, Chait prefiere ignorar por completo la cita de Talbott. Una y otra vez, deja a los lectores de The New Republic con la clara impresión de que “La doctrina del shock” es una obra de periodismo de opinión, en lugar de ser una tesis basada en la investigación y la información.

Cuando Chait y el Cato Institute reconocen que me baso en hechos, me acusan de manipularlos para ajustarlos a mi tesis. Es interesante ver que cuando Chait cita por primera vez mi trabajo, hace precisamente eso. Para explicar a sus lectores el tipo de extremista del que se ocupa, cita mi primer libro: “No Logo.” En él, supuestamente describo al mundo como un “Estado fascista en el que todos saludamos el logo y tenemos poca oportunidad para críticas porque nuestros periódicos, estaciones de televisión, servidores de Internet, calles y espacios comerciales, son todos controlados por intereses corporativos multinacionales.” Si hubiera dejado que la cita continuara sólo durante una frase más, sus lectores habrían sabido que paso a rechazar esa visión del mundo como una caricatura exagerada. Las frases siguientes dicen: “hay buen motivo para alarmarse. Pero una palabra de advertencia: podremos lograr ver un mundo-no-tan-feliz en el horizonte, pero eso no significa que ya estemos viviendo en la pesadilla de Huxley... En lugar de una fórmula hermética, [la censura corporativa] es una tendencia constante... pero repleta de excepciones.”

Es sólo la primera de innumerables ocasiones en las que Chait deforma mis palabras para ajustarlas a su tesis. Cuando fracasa la manipulación, simplemente toma mis temas y los presenta como suyos, sin atribuirlos. (Sé perfectamente, por ejemplo, que tanto marxistas como keynesianos han explotado crisis y desastres, motivo por el cual exploro el oportunismo de izquierda en las páginas 21-25, 65-70, 283, 316-317.)

Agarrándose a clavos ardiendo

El documento de Cato reconoce, a veces, que mi libro contiene hechos, pero me culpa de no suministrar fuentes para mis estadísticas. Es una acusación atrevida cuando se trata de un libro con 74 páginas de notas al final. El único ejemplo mencionado es la estadística “de que entre un 25% y un 60% de la población está descartada y se convierte en una clase inferior en países que liberalizan sus economías.” No coloqué una fuente para esta estadística porque es una amalgama de estadísticas que ya había citado y para las cuales ya había suministrado múltiples fuentes. Es una práctica normal: una vez que una estadística ha sido mencionada, puede ser repetida (por razones de brevedad) sin repetir la fuente. De modo que éstas son las estadísticas en la que se basa la amalgama de entre 25 y 60%, con sus fuentes, directamente de las notas finales de “La doctrina del shock”:

* El desempleo en Bolivia era entre un 25 y un 30% en 1987 (página 186. Fuente: Mike Reid, “Sitting Out the Bolivian Miracle,” Guardian (Londres), 9 de mayo de 1987.)

* 25% de los rusos vivían en una pobreza desesperada en 1996 (página 300. Fuente: Russian Economic Trends 5, no. 1 (1996): 56–57 citada en Bertram Silverman y Murray Yanowitch, New Rich, New Poor, New Russia: Winners and Losers on the Russian Road to Capitalism (Armonk, NY: M.E. Sharpe, 2000), 47.)

* El desempleo de sudafricanos negros se más que duplicó de un 23% en 1991 a un 48% en 2002 (página 272. Fuentes: “South Africa: The Statistics,” Le Monde Diplomatique, septiembre de 2006; Michael Wines y Sharon LaFraniere, “Decade of Democracy Fills Gaps in South Africa,” New York Times, 26 de abril de 2004.)

* El desempleo en Polonia fue de un 25% en algunas áreas en 1993 (página 241. Fuente: Mark Kramer, “Polish Workers and the Post-Communist Transition, 1989–93,” Europe-Asia Studies, junio de 1995)

* Un 40% de los trabajadores jóvenes estaban desempleados en Polonia en 2006

40% of young workers were unemployed in Poland in 2006 (página 241. Fuente: Andrew Curry, “The Case Against Poland’s New President,” New Republic, 17 de noviembre de 2005)

* Un 59% de los polacos había caído bajo la línea de pobreza en 2003 (páginas 241-242. Fuente: Przemyslaw Wielgosz, “25 Years of Solidarity,” agosto de 2005.)

En otro sitio, el documento de Cato afirma que: “Klein nunca suministra al lector algún dato [sobre Chile] durante un período más largo. Ella... nunca admite que Chile es la historia de éxito social y económico de Latinoamérica y que ha eliminado virtualmente la pobreza extrema.” De hecho, mi análisis económico de Chile cubre un trecho de 34 años y suministra hechos y datos que cuestionan directamente la afirmación de que el país sea una historia de éxito del libre mercado. El siguiente es un pasaje relevante (páginas 104-105):

“Lo único que protegió a Chile del colapso económico total a comienzos de los años ochenta fue que Pinochet nunca había privatizado a Codelco, la compañía minera del cobre estatal nacionalizada por Allende. Esa compañía por sí sola generó un 85% de los ingresos de exportación de Chile, lo que significó que cuando se reventó la burbuja financiera, el Estado todavía tenía una fuente continua de fondos... Al llegar 1988, cuando la economía se había estabilizado y crecía rápidamente, un 45% de la población había caído por debajo de la línea de pobreza. El 10% más rico de los chilenos, sin embargo, había visto un aumento de sus ingresos en un 83%. Incluso en 2007, Chile siguió siendo una de las sociedades más desiguales del mundo – de 123 países en los que Naciones Unidos rastrea la desigualdad, Chile estuvo en el lugar 116, convirtiéndolo en el octavo país por su desigualdad en la lista.”

Una masacre de hombres de paja

La mayor parte de los ataques contra “La doctrina del shock” involucra el amaño de afirmaciones, atribuyéndolas falsamente a mi persona, luego poniéndolas hábilmente por los suelos. Por ejemplo, Jonathan Chait abrevia mi punto sobre las posesiones de Donald Rumsfeld en el Complejo del Capitalismo del Desastre como sigue: “Donald Rumsfeld mantuvo sus acciones en Gilead Sciences, que tiene la patente para Tamiflu, incluso cuando actuó como secretario de defensa. ¿Comprendéis? Rumsfeld se beneficiaría de una pandemia de gripe. Pero seguramente no hay que ser admirador de Rumsfeld para dudar de que organizaría el estallido de un virus letal a fin de engordar su cartera bursátil.”

En realidad, esa es la intriga de la cinta “V for Vendetta” [“V de Vendetta” o “V de Venganza”]; no tiene absolutamente nada que ver con mi libro. Lo que yo menciono es cómo el Pentágono bajo la dirección de Rumsfeld, almacenó Tamiflu y Rumsfeld se habrá beneficiado al aumentar el valor de las acciones en un 807%. En las páginas 394-395 escribo:

“Durante los seis años en los que estuvo en el puesto, Rumsfeld tuvo que abandonar la sala cada vez que la discusión trataba la posibilidad del tratamiento de la gripe aviaria y de la compra de drogas relacionadas. Según la letra que delineaba el arreglo que le permitió conservar sus acciones, tenía que quedarse afuera de decisiones que ‘pudieran afectar directa y previsiblemente a Gilead.’ Sus colegas, sin embargo, velaron bien por sus intereses. En julio de 2005, el Pentágono compró Tamiflu por 58 millones de dólares, y el Departamento de Salud y Servicios Humanos anunció que compraría la droga por un monto de 1.000 millones de dólares unos pocos meses más.”

Hay muchos hombres de paja más que aparecen en el documento de The Cato Institute. La mayoría involucran la exageración del papel que atribuyo a Milton Friedman. Y no es de extrañar. Aparte del departamento de economía de la Universidad de Chicago, Cato es la institución más íntimamente alineada y asociada con las teorías radicales de Milton Friedman. Entre otros tributos, cada dos años, Cato otorga el Premio Milton Friedman para el Avance de la Libertad, con un valor de medio millón de dólares. (Este año fue destinado a un activista estudiantil venezolano de 23 años para impulsar su oposición al gobierno de Hugo Chávez). Como Friedman sigue sirviendo como santo patrono de Cato, tiene mucho que perder con la disminución de la reputación de Friedman, así como un interés directo en su exoneración de todos los crímenes, reales o imaginarios.

Unos pocos ejemplos más: El documento de Cato afirma que echo toda la culpa por las políticas económicas de Pinochet a Milton Friedman – luego “prueba” que su participación directa fue mínima. Una vez más, no hago una afirmación semejante. Dedico considerable espacio – aproximadamente 60 páginas – a describir el impacto de un programa del Departamento de Estado de EE.UU. que llevó a más de cien estudiantes chilenos a la Universidad de Chicago como parte de un esfuerzo deliberado por exportar ideas económicas de libre mercado a Chile. Es el programa que engendró a los infames “Chicago Boys” de Chile, varios de los cuales estuvieron activamente involucrados en la planificación del programa económico de la dictadura chilena, incluso antes de que tuviera lugar el golpe de 1973. Sorprendentemente, el documento de Cato no hace absolutamente ninguna mención de este programa académico en su esfuerzo por exonerar personalmente a Friedman. El autor no vio 60 páginas de mi libro, o prefirió ignorarlas deliberadamente.

El mayor desafío en la respuesta al documento de Cato es la medida de su deshonestidad. Consideremos este pasaje:

“Klein también culpa a Friedman y las ciencias económicas de Chicago por las actividades del Fondo Monetario Internacional durante la crisis financiera asiática y la confiscación por el gobierno de Sri Lanka de la tierra de familias de pescadores para construir hoteles de lujo después del tsunami. Pero el hecho es que Friedman pensó que el FMI no debía estar involucrado en Asia, y sostuvo que se debía prohibir a los gobiernos que expropiaran propiedades para entregarlas a urbanizadores privados. Por cierto, Klein podría argumentar que Friedman fue en cierto modo una fuente de inspiración para esas políticas, a pesar de que se oponía a ellas. Pero no lo hace. Pretende que estuvo de acuerdo con ellas, y que eso es lo que él y otros economistas de Chicago quisieron todo el tiempo.”

Absolutamente todo en este pasaje es erróneo. Nunca dije que Friedman favoreció el rescate del FMI en Asia, todo lo contrario. En las páginas 335-336, informo que: “El propio Milton Friedman, que ya tenía alrededor de ochenta años, hizo una rara aparición en CNN para decir al presentador de noticias Lou Dobbs que se oponía a toda clase de rescate y que debía dejarse que el mercado se corrigiera por sí solo.” ¿De qué manera podía esto constituir una “pretensión” de que Friedman apoyaba el rescate?

También reconozco libremente el hecho de que Friedman se opuso por principio al FMI. Sin embargo, como en el caso del gobierno de Pinochet en los años setenta, también documento que el FMI, en los días del rescate, estaba repleto de Chicago Boys ideológicos – algo bien diferente de afirmar que el FMI recibía órdenes de Friedman. En la página 202, encaro directamente esta aparente contradicción:

“Filosóficamente, Milton Friedman no creía en el FMI o el Banco Mundial: eran ejemplos clásicos de la interferencia del gran gobierno en las delicadas señales del libre mercado. De modo que fue algo irónico que haya habido una cinta transportadora virtual que entregaba Chicago Boys a las gigantescas centrales de ambas instituciones en la Calle 19 en Washington D.C. donde ocuparon muchos de los puestos superiores.”

“La doctrina del shock” tiene sitio para este tipo de complejidad porque no es – a pesar de lo que afirma Cato – un libro sobre las acciones de un hombre. Trata de una multifacética tendencia ideológica que durante medio siglo ha servido con éxito los más poderosos intereses corporativos en la sociedad.

Además, nunca escribí, como afirma Cato en el mismo pasaje, que Friedman haya tenido nada que ver con “la confiscación por el gobierno de Sri Lanka de tierras de las familias de pescadores para construir hoteles de lujo después del tsunami.” Su nombre no aparece ni una sola vez en mi capítulo de 25 páginas sobre el tsunami. Una vez más, escribir que “pretendo” que Friedman propugne esas políticas es puro amaño. Además, todas esas invenciones e imposturas aparecen en un solo párrafo. El documento introductorio de Cato tiene 20 páginas y está formado por docenas y docenas de párrafos igualmente deshonestos. Someter a todos a este tipo de refutación requiere simplemente demasiado tiempo; mi refutación total es el libro en sí.

Buscad la fuente

Gracias a un fantástico equipo de investigadores, especialmente mi increíble asistente de investigación Debra Levy, “La doctrina del shock” ha resistido un año de intenso examen por los medios en docenas de países. No salió ileso, pero ha emergido en aún mejor forma de la que me atrevía a esperar. Cuando se descubren errores, los corregimos de inmediato en futuras ediciones y colocamos una corrección y una explicación en el sitio en la Red del libro. Hasta ahora se ha descubierto sólo un error importante, relacionado con los beneficios ganados por las acciones de Halliburton de Dick Cheney. Fue inmediatamente corregido. Los lectores de “La doctrina del shock” saben que ése no es más que uno de numerosos ejemplos que confirman el mismo hecho sobre los conflictos de interés en el gobierno de Bush; por cierto, dedico todo un capítulo al tópico. Y éste es el beneficio de una metodología que se basa no en anécdotas, sino en miles de hechos y cifras obtenidos de fuentes: las tesis no se basan o caen por uno u otro ejemplo aislado.

En cuanto a la acusación de mis críticos de que soy selectiva en mi uso de citas, es un peligro que corre todo escritor. Es también el motivo por el cual Debra y yo lanzamos la sección de “recursos” del sitio en la Red del libro. En esa página, los lectores pueden tener acceso a docenas de informes, cartas y estudios originales que componen parte del material de investigación crucial para el libro. Si alguien se preocupa de que esté exagerando el apoyo de Friedman al brutal régimen de Augusto Pinochet, que lea una carta que Friedman escribió a este último. Si alguien sospecha que esté presentando al capitalismo del desastre como más conspirativo de lo que es, que lea las actas de una reunión que tuvo lugar en la Heritage Foundation sólo dos semanas antes de que los diques se rompieran en Nueva Orleans. Presentan 32 “soluciones de libre mercado” para el Huracán Katrina y los altos precios del petróleo, muchas de las cuales han sido propugnadas por el gobierno de Bush.

La tesis de “La doctrina del shock” no nació por capricho sino de cuatro años de investigación. Debra y yo pusimos esos documentos en línea porque queremos que educadores, estudiantes y lectores en general vayan más allá de una versión reconocidamente subjetiva de la historia – como todas las historias – y vayan directamente a la fuente. Os invitamos a explorar esos documentos, que nos enviéis los que hemos olvidado, y que lleguéis a vuestras propias conclusiones.

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

http://www.naomiklein.org/articles/2008/09/response-attacks

Un excelente corto sobre “La doctrina del shock” de Jonás y Alfonso Cuarón, presentado en el Festival de Venecia 2007 y en el Festival de San Sebastián 2007, puede ser visto http://www.paidos.com/klein.asp

Enlace a texto en Rebelión