Eduardo Galeano
Página 12
¿Obama probará, desde el gobierno, que sus amenazas guerreras contra Irán y Pakistán fueron no más que palabras, proclamadas para seducir oídos difíciles durante la campaña electoral?
Ojalá. Y ojalá no caiga ni por un momento en la tentación de repetir las hazañas de George W. Bush. Al fin y al cabo, Obama tuvo la dignidad de votar contra la guerra de Irak, mientras el Partido Demócrata y el Partido Republicano ovacionaban el anuncio de esa carnicería.
Durante su campaña, la palabra leadership fue la más repetida en los discursos de Obama. Durante su gobierno, ¿continuará creyendo que su país ha sido elegido para salvar el mundo, tóxica idea que comparte con casi todos sus colegas? ¿Seguirá insistiendo en el liderazgo mundial de los Estados Unidos y su mesiánica misión de mando?
Ojalá esta crisis actual, que está sacudiendo los cimientos imperiales, sirva al menos para dar un baño de realismo y de humildad a este gobierno que comienza.
¿Obama aceptará que el racismo sea normal cuando se ejerce contra los países que su país invade? ¿No es racismo contar uno por uno los muertos invasores en Irak y olímpicamente ignorar los muchísimos muertos en la población invadida? ¿No es racista este mundo donde hay ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría, y muertos de primera, segunda y tercera?
La victoria de Obama fue universalmente celebrada como una batalla ganada contra el racismo. Ojalá él asuma, desde sus actos de gobierno, esa hermosa responsabilidad.
¿El gobierno de Obama confirmará, una vez más, que el Partido Demócrata y el Partido Republicano son dos nombres de un mismo partido?
Ojalá la voluntad de cambio, que estas elecciones han consagrado, sea más que una promesa y más que una esperanza. Ojalá el nuevo gobierno tenga el coraje de romper con esa tradición del partido único, disfrazado de dos que a la hora de la verdad hacen más o menos lo mismo aunque simulen que se pelean.
¿Obama cumplirá su promesa de cerrar la siniestra cárcel de Guantánamo?
Ojalá, y ojalá acabe con el siniestro bloqueo de Cuba.
¿Obama seguirá creyendo que está muy bien que un muro evite que los mexicanos atraviesen la frontera, mientras el dinero pasa sin que nadie le pida pasaporte?
Durante la campaña electoral, Obama nunca enfrentó con franqueza el tema de la inmigración. Ojalá a partir de ahora, cuando ya no corre el peligro de espantar votos, pueda y quiera acabar con ese muro, mucho más largo y bochornoso que el Muro de Berlín, y con todos los muros que violan el derecho a la libre circulación de las personas.
¿Obama, que con tanto entusiasmo apoyó el reciente regalito de setecientos cincuenta mil millones de dólares a los banqueros, gobernará, como es costumbre, para socializar las pérdidas y para privatizar las ganancias?
Me temo que sí, pero ojalá que no.
¿Obama firmará y cumplirá el compromiso de Kyoto, o seguirá otorgando el privilegio de la impunidad a la nación más envenenadora del planeta? ¿Gobernará para los autos o para la gente? ¿Podrá cambiar el rumbo asesino de un modo de vida de pocos que se rifan el destino de todos?
Me temo que no, pero ojalá que sí.
¿Obama, primer presidente negro de la historia de los Estados Unidos, llevará a la práctica el sueño de Martin Luther King o la pesadilla de Condoleezza Rice?
Esta Casa Blanca, que ahora es su casa, fue construida por esclavos negros. Ojalá no lo olvide, nunca.
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viernes, 7 de noviembre de 2008
viernes, 31 de octubre de 2008
Académicos piden a Obama un “cambio fundamental” en la política con América Latina
En carta enviada al candidato demócrata Barack Obama, casi 400 académicos dedicados a las relaciones interamericanas demandaron un “cambio fundamental” en la política de Estados Unidos hacia América Latina.
A continuación, el texto, suscrito entre otros por Eric Hershberg, presidente de la Asociación de Estudios Latinoamericanos; Ariel Dorfman, de la Universidad Duke; Jean Franco, de la Universidad de Columbia; Arturo Arias, de la Universidad de Texas; Carmen Diana Deere, de la Universidad de Florida; Arturo Escobar, de la Universidad de Carolina del Norte; Mark Weisbrot, codirector del Centro para el Estudio Economía y Políticas, Emma Zapata Martelo, del Colegio de Posgraduados de México, y Magdalena Barros Nock, profesora investigadora del CIESAS de México.
“Senador Obama: Nos dirigimos a usted para felicitarlo por su campaña y para expresar nuestra esperanza de que, como próximo presidente de Estados Unidos, aprovechará una oportunidad histórica para mejorar las relaciones con América Latina. Como académicos enfocados en la región, también queremos comunicarle nuestro análisis del proceso de cambio que se da actualmente allá.
“Así como el pueblo estadunidense ha empezado a debatir cuestiones básicas en relación al tipo de sociedad que desea –gracias, en parte, a su propia candidatura, aunque también debido a la magnitud de la actual crisis financiera– así, también, lo están haciendo los pueblos latinoamericanos.
“De hecho, el debate sobre una sociedad justa se ha dado en Latinoamérica a lo largo de más de una década y la mayoría opta, como usted y muchos de nosotros en Estados Unidos, por la esperanza y el cambio. Como académicos con un compromiso personal y profesional con el desarrollo y la democracia en Latinoamérica, tenemos la esperanza de que en su presidencia Estados Unidos se pueda convertir en un aliado, y no en un adversario, de los cambios positivos que ya se están llevando a cabo en el hemisferio.
“El actual ímpetu en favor del cambio en Latinoamérica es un rechazo al modelo de crecimiento económico que se ha impuesto en la mayoría de países desde principios de los años 80; un modelo que ha resultado en la concentración de la riqueza, que ha confiado, sin éxito, en las fuerzas del mercado, sin restricción alguna para resolver los profundos problemas sociales, y que ha socavado el bienestar humano. El actual rechazo de este modelo cuenta con una base amplia y democrática. De hecho, los movimientos contemporáneos para el cambio en América Latina reflejan una participación significativamente mayor de trabajadores y campesinos, mujeres, afrodescendientes y pueblos indígenas; en dos palabras, movimientos de base.
“Esos movimientos están llegando al poder, uno detrás de otro. No son ni títeres, ni están cegados por el fanatismo y la ideología, como los pintan las caricaturescas descripciones de algunos expertos. Al contrario, estos movimientos merecen nuestro respeto, amistad y apoyo.
“Los latinoamericanos con frecuencia han visto a Estados Unidos no como un amigo, sino más bien como un opresor; el garante de un sistema económico internacional que funciona en contra, y no en favor de ellos, la verdadera antítesis de la esperanza y el cambio. El gobierno de Bush ha empeorado la situación y el prestigio de Estados Unidos en la región se encuentra a niveles históricamente bajos. La tendencia de Washington de luchar en contra de la esperanza y el cambio ha sido especialmente prominente en las recientes respuestas de Estados Unidos a los gobiernos democráticamente electos de Venezuela y Bolivia. Los sentimientos antiestadunidenses son fuertes, pero la historia demuestra que dichos sentimientos pueden cambiar. En los años 30, luego de dos décadas de conflicto en la región, Estados Unidos juró no intervenir y adoptó una Política del Buen Vecino. No por coincidencia, esa fue la época de mayor armonía en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. En los años 40, casi todos los países de la región se convirtieron en nuestros aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Esto puede suceder una vez más.
“Existen muchos otros retos también. Colombia, el principal foco de la política del gobierno de Bush, es actualmente el escenario de la segunda crisis humanitaria más notable en el mundo, con 4 millones de personas desterradas internamente. Su gobierno, el cual criminaliza hasta las protestas pacíficas, busca una extensión de las políticas de comercio libre, en contra de las cuales gran parte del hemisferio está reaccionando ya. Cuba ha iniciado un proceso de transición que debería ser apoyado de manera positiva, como, por ejemplo, a través del dialogo por el cual usted aboga. Decenas de miles de mexicanos y centroamericanos migran para buscar trabajo en Estados Unidos, donde su poder laboral es de gran necesidad, pero su presencia es denigrada por un público que se ha opuesto siempre, desde que comenzó el desarrollo de las encuestas de opinión en los años 30, a la inmigración desde cualquier parte del mundo.
Rechazo a construir muros
“La forma de abordar el tema de la inmigración no es construyendo un gigantesco muro, sino más bien, Estados Unidos debería apoyar un desarrollo con mayor equidad en México y Centroamérica y, de hecho, a lo largo de toda la región. Además, Estados Unidos debe reconsiderar su política de control de drogas, que simplemente no ha funcionado y ha sido parte del problema de violencia política, especialmente en México, Colombia y Perú. Estados Unidos también debe renovar su apoyo activo en favor de los derechos humanos en la región. Desafortunadamente, en los ojos de muchos latinoamericanos, Estados Unidos ha llegado a mostrar su apoyo hacia regímenes de desigualdad.
“Finalmente, le imploramos que su gobierno se comprometa al firme apoyo de los derechos constitucionales, incluyendo la libertad académica e intelectual. La mayoría de nosotros es miembro de la Asociación de Estudios Latinoamericanos, la asociación profesional de expertos más grande de la región, y hemos vivido personalmente cómo los intentos del gobierno de Bush por restringir el intercambio académico con Cuba han resultado contraproducentes. Esperamos poder tener una pronta oportunidad para discutir éstos y otros temas relacionados con América Latina en su gobierno.
“Nuestra esperanza es que usted tome la oportunidad de inaugurar un nuevo periodo de entendimiento y colaboración para el bienestar del hemisferio. Lo que nosotros solicitamos es cambio, y no sólo en Estados Unidos”.
Atentamente
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Enlace a Rebelión
A continuación, el texto, suscrito entre otros por Eric Hershberg, presidente de la Asociación de Estudios Latinoamericanos; Ariel Dorfman, de la Universidad Duke; Jean Franco, de la Universidad de Columbia; Arturo Arias, de la Universidad de Texas; Carmen Diana Deere, de la Universidad de Florida; Arturo Escobar, de la Universidad de Carolina del Norte; Mark Weisbrot, codirector del Centro para el Estudio Economía y Políticas, Emma Zapata Martelo, del Colegio de Posgraduados de México, y Magdalena Barros Nock, profesora investigadora del CIESAS de México.
“Senador Obama: Nos dirigimos a usted para felicitarlo por su campaña y para expresar nuestra esperanza de que, como próximo presidente de Estados Unidos, aprovechará una oportunidad histórica para mejorar las relaciones con América Latina. Como académicos enfocados en la región, también queremos comunicarle nuestro análisis del proceso de cambio que se da actualmente allá.
“Así como el pueblo estadunidense ha empezado a debatir cuestiones básicas en relación al tipo de sociedad que desea –gracias, en parte, a su propia candidatura, aunque también debido a la magnitud de la actual crisis financiera– así, también, lo están haciendo los pueblos latinoamericanos.
“De hecho, el debate sobre una sociedad justa se ha dado en Latinoamérica a lo largo de más de una década y la mayoría opta, como usted y muchos de nosotros en Estados Unidos, por la esperanza y el cambio. Como académicos con un compromiso personal y profesional con el desarrollo y la democracia en Latinoamérica, tenemos la esperanza de que en su presidencia Estados Unidos se pueda convertir en un aliado, y no en un adversario, de los cambios positivos que ya se están llevando a cabo en el hemisferio.
“El actual ímpetu en favor del cambio en Latinoamérica es un rechazo al modelo de crecimiento económico que se ha impuesto en la mayoría de países desde principios de los años 80; un modelo que ha resultado en la concentración de la riqueza, que ha confiado, sin éxito, en las fuerzas del mercado, sin restricción alguna para resolver los profundos problemas sociales, y que ha socavado el bienestar humano. El actual rechazo de este modelo cuenta con una base amplia y democrática. De hecho, los movimientos contemporáneos para el cambio en América Latina reflejan una participación significativamente mayor de trabajadores y campesinos, mujeres, afrodescendientes y pueblos indígenas; en dos palabras, movimientos de base.
“Esos movimientos están llegando al poder, uno detrás de otro. No son ni títeres, ni están cegados por el fanatismo y la ideología, como los pintan las caricaturescas descripciones de algunos expertos. Al contrario, estos movimientos merecen nuestro respeto, amistad y apoyo.
“Los latinoamericanos con frecuencia han visto a Estados Unidos no como un amigo, sino más bien como un opresor; el garante de un sistema económico internacional que funciona en contra, y no en favor de ellos, la verdadera antítesis de la esperanza y el cambio. El gobierno de Bush ha empeorado la situación y el prestigio de Estados Unidos en la región se encuentra a niveles históricamente bajos. La tendencia de Washington de luchar en contra de la esperanza y el cambio ha sido especialmente prominente en las recientes respuestas de Estados Unidos a los gobiernos democráticamente electos de Venezuela y Bolivia. Los sentimientos antiestadunidenses son fuertes, pero la historia demuestra que dichos sentimientos pueden cambiar. En los años 30, luego de dos décadas de conflicto en la región, Estados Unidos juró no intervenir y adoptó una Política del Buen Vecino. No por coincidencia, esa fue la época de mayor armonía en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. En los años 40, casi todos los países de la región se convirtieron en nuestros aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Esto puede suceder una vez más.
“Existen muchos otros retos también. Colombia, el principal foco de la política del gobierno de Bush, es actualmente el escenario de la segunda crisis humanitaria más notable en el mundo, con 4 millones de personas desterradas internamente. Su gobierno, el cual criminaliza hasta las protestas pacíficas, busca una extensión de las políticas de comercio libre, en contra de las cuales gran parte del hemisferio está reaccionando ya. Cuba ha iniciado un proceso de transición que debería ser apoyado de manera positiva, como, por ejemplo, a través del dialogo por el cual usted aboga. Decenas de miles de mexicanos y centroamericanos migran para buscar trabajo en Estados Unidos, donde su poder laboral es de gran necesidad, pero su presencia es denigrada por un público que se ha opuesto siempre, desde que comenzó el desarrollo de las encuestas de opinión en los años 30, a la inmigración desde cualquier parte del mundo.
Rechazo a construir muros
“La forma de abordar el tema de la inmigración no es construyendo un gigantesco muro, sino más bien, Estados Unidos debería apoyar un desarrollo con mayor equidad en México y Centroamérica y, de hecho, a lo largo de toda la región. Además, Estados Unidos debe reconsiderar su política de control de drogas, que simplemente no ha funcionado y ha sido parte del problema de violencia política, especialmente en México, Colombia y Perú. Estados Unidos también debe renovar su apoyo activo en favor de los derechos humanos en la región. Desafortunadamente, en los ojos de muchos latinoamericanos, Estados Unidos ha llegado a mostrar su apoyo hacia regímenes de desigualdad.
“Finalmente, le imploramos que su gobierno se comprometa al firme apoyo de los derechos constitucionales, incluyendo la libertad académica e intelectual. La mayoría de nosotros es miembro de la Asociación de Estudios Latinoamericanos, la asociación profesional de expertos más grande de la región, y hemos vivido personalmente cómo los intentos del gobierno de Bush por restringir el intercambio académico con Cuba han resultado contraproducentes. Esperamos poder tener una pronta oportunidad para discutir éstos y otros temas relacionados con América Latina en su gobierno.
“Nuestra esperanza es que usted tome la oportunidad de inaugurar un nuevo periodo de entendimiento y colaboración para el bienestar del hemisferio. Lo que nosotros solicitamos es cambio, y no sólo en Estados Unidos”.
Atentamente
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miércoles, 18 de junio de 2008
Los Chicago Boys de Obama
Naomi Klein
The Nation
Barack Obama esperó sólo tres días después del retiro de Hillary Clinton de la contienda para declarar, en CNBC, “Miren, soy un tipo favorable al crecimiento, de libre mercado. Adoro el mercado.”
Para demostrar que no se trata de un simple rapto primaveral, nombró a Jason Furman, de 37 años, para que dirija su equipo de política económica. Furman es uno de los defensores más destacados de Wal-Mart, que consagra la “historia de éxito progresista” de la compañía. En la campaña, Obama atacó severamente a Clinton por estar en el consejo de Wal-Mart y prometió: “No voy a comprar allí.” Para Furman, sin embargo, los críticos de Wal-Mart constituyen la verdadera amenaza: los “esfuerzos para hacer que Wal-Mart aumente sus salarios y prestaciones” están creando “daño colateral” que “es de lejos demasiado enorme y dañino de manera más amplia para los trabajadores y la economía como para que yo me siente tranquilo y cante ‘Kum-Ba-Ya' [canción tradicional afro-estadounidense, N. del T.] en función de los intereses de la armonía progresista.”
El amor de Obama por los mercados y su deseo de “cambio” no son inherentemente compatibles. “El mercado ha perdido su equilibrio,” dice, y ciertamente es así. Muchos rastrean ese profundo desequilibrio hasta las ideas de Milton Friedman, quien lanzó una contrarrevolución contra el Nuevo Trato desde su posición privilegiada en el departamento de economía de la Universidad de Chicago. Y aquí hay más problemas, porque Obama – quien enseñó derecho durante una década en la Universidad de Chicago – está compenetrado a fondo en la mentalidad conocida como la Escuela de Chicago.
Escogió como su principal asesor económico a Austan Goolsbee, economista de la Universidad de Chicago al lado izquierdo de un espectro que termina en la centroderecha. Goolsbee, a diferencia de sus colegas más friedmanistas, considera que la desigualdad es un problema. Su solución primordial, sin embargo, es más educación – una línea que también se puede recibir de Alan Greenspan. En su ciudad natal, Goolsbee ha mostrado empeño por vincular a Obama con la Escuela de Chicago. “Si se considera su plataforma, sus asesores, su temperamento, el sujeto tiene un respeto saludable por los mercados,” dijo a la revista Chicago. “Se sitúa en la cultura de los tiempos, lo que es algo diferente que decir que sea laissez-faire."
Otro de los admiradores de Obama en Chicago es el multimillonario Kenneth Griffin, de 39 años, director ejecutivo del fondo de cobertura Citadel Investment Group. Griffin, quien hizo la máxima donación permisible a Obama, es una especie de anuncio para una economía desequilibrada. Se casó en Versailles y realizó la fiesta correspondiente en el sitio de vacaciones de María Antonieta (con la actuación del Cirque du Soleil) – y es uno de los oponentes más decididos al cierre de las lagunas de la ley tributaria para los fondos de cobertura. Mientras Obama habla de reforzar las reglas comerciales con China, Griffin ha estado torciendo las pocas barreras que existen. A pesar de sanciones que prohíben la venta de equipos policiales a China, Citadel ha estado metiendo dinero en controvertidas compañías de seguridad basadas en China que colocan a la población local bajo niveles de vigilancia sin precedentes.
Es hora de preocuparse por los Chicago Boys de Obama y por su compromiso con la defensa contra intentos serios de regulación. En los dos meses y medio entre su victoria en la elección de 1992 y su toma del poder, Bill Clinton hizo un giro de 180 grados respecto a la economía. Había hecho campaña prometiendo reformar el NAFTA, agregando provisiones laborales y medioambientales, e invertir en programas sociales. Pero dos semanas antes de su toma de posesión, se reunió con el jefe de Goldman Sachs en aquel entonces, Robert Rubin, quien lo convenció sobre la urgencia de abrazar la austeridad y más liberalización. Rubin declaró a PBS: “El presidente Clinton tomó en realidad la decisión antes de entrar al Despacho Oval, durante la transición, sobre lo que constituía un cambio dramático en la política económica.”
Furman, destacado discípulo de Rubin, fue escogido para dirigir el Proyecto Hamilton de Brookings Institution, el think-tank que Rubin ayudó a fundar para argüir por la reforma de la agenda de libre comercio, en lugar de abandonarla. Si se agrega a eso la reunión en febrero de Goolsbee con funcionarios consulares canadienses, que partieron con la clara impresión de que se les había instruido para que no tomaran en serio la campaña contra el NAFTA de Obama, y tendremos todos los motivos para preocuparnos por una repetición de 1993.
La ironía es que no hay absolutamente ninguna razón para esta vuelta a lo mismo. El movimiento lanzado por Friedman, introducido por Ronald Reagan y afianzado bajo Clinton, encara una profunda crisis de legitimidad en todo el mundo. En ninguna parte es más evidente que en la propia Universidad de Chicago. A mediados de mayo, cuando el presidente de la universidad, Robert Zimmer, anunció la creación de un Instituto Milton Friedman por 200 millones de dólares, un centro de investigación económica dedicado a continuar y aumentar el legado de Friedman, estalló una controversia. Más de 100 profesores académicos firmaron una carta de protesta. “Los efectos del orden neoliberal global que ha sido introducido en las últimas décadas, fuertemente respaldado por la Escuela de Economía de Chicago, de ninguna manera han sido inequívocamente positivos,” señala la carta. “Mucha gente argumentaría que han sido negativos para gran parte de la población del mundo.”
Cuando Friedman murió en 2006, semejantes críticas atrevidas de su legado brillaron en general por su ausencia. Los glorificadores homenajes póstumos hablaron sólo de los grandiosos logros, y una de las valorizaciones más destacadas apareció en el New York Times – escrita por Austan Goolsbee. Pero ahora, sólo dos años después, el nombre de Friedman es visto como algo inconveniente, incluso en su propia alma máter. ¿Por qué entonces, ha escogido Obama este momento, cuando todas las ilusiones de un consenso han desaparecido, para ir en retro a Chicago?
La noticia no es enteramente mala. Furman afirma que aprovechará la experiencia de dos economistas keynesianos: Jared Bernstein del Instituto de Política Económica y James Galbraith, hijo de la Némesis de Friedman, John Kenneth Galbraith. Nuestra “actual crisis económica,” dijo Obama recientemente, no llegó de la nada. Es “la conclusión lógica de una filosofía cansada y descaminada que ha dominado Washington desde hace demasiado tiempo.”
Así sea. Pero antes de que Obama pueda purgar Washington del azote del friedmanismo, tendrá que comenzar por su propia limpieza ideológica en casa.
Este artículo fue publicado en The Nation.
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The Nation
Barack Obama esperó sólo tres días después del retiro de Hillary Clinton de la contienda para declarar, en CNBC, “Miren, soy un tipo favorable al crecimiento, de libre mercado. Adoro el mercado.”
Para demostrar que no se trata de un simple rapto primaveral, nombró a Jason Furman, de 37 años, para que dirija su equipo de política económica. Furman es uno de los defensores más destacados de Wal-Mart, que consagra la “historia de éxito progresista” de la compañía. En la campaña, Obama atacó severamente a Clinton por estar en el consejo de Wal-Mart y prometió: “No voy a comprar allí.” Para Furman, sin embargo, los críticos de Wal-Mart constituyen la verdadera amenaza: los “esfuerzos para hacer que Wal-Mart aumente sus salarios y prestaciones” están creando “daño colateral” que “es de lejos demasiado enorme y dañino de manera más amplia para los trabajadores y la economía como para que yo me siente tranquilo y cante ‘Kum-Ba-Ya' [canción tradicional afro-estadounidense, N. del T.] en función de los intereses de la armonía progresista.”
El amor de Obama por los mercados y su deseo de “cambio” no son inherentemente compatibles. “El mercado ha perdido su equilibrio,” dice, y ciertamente es así. Muchos rastrean ese profundo desequilibrio hasta las ideas de Milton Friedman, quien lanzó una contrarrevolución contra el Nuevo Trato desde su posición privilegiada en el departamento de economía de la Universidad de Chicago. Y aquí hay más problemas, porque Obama – quien enseñó derecho durante una década en la Universidad de Chicago – está compenetrado a fondo en la mentalidad conocida como la Escuela de Chicago.
Escogió como su principal asesor económico a Austan Goolsbee, economista de la Universidad de Chicago al lado izquierdo de un espectro que termina en la centroderecha. Goolsbee, a diferencia de sus colegas más friedmanistas, considera que la desigualdad es un problema. Su solución primordial, sin embargo, es más educación – una línea que también se puede recibir de Alan Greenspan. En su ciudad natal, Goolsbee ha mostrado empeño por vincular a Obama con la Escuela de Chicago. “Si se considera su plataforma, sus asesores, su temperamento, el sujeto tiene un respeto saludable por los mercados,” dijo a la revista Chicago. “Se sitúa en la cultura de los tiempos, lo que es algo diferente que decir que sea laissez-faire."
Otro de los admiradores de Obama en Chicago es el multimillonario Kenneth Griffin, de 39 años, director ejecutivo del fondo de cobertura Citadel Investment Group. Griffin, quien hizo la máxima donación permisible a Obama, es una especie de anuncio para una economía desequilibrada. Se casó en Versailles y realizó la fiesta correspondiente en el sitio de vacaciones de María Antonieta (con la actuación del Cirque du Soleil) – y es uno de los oponentes más decididos al cierre de las lagunas de la ley tributaria para los fondos de cobertura. Mientras Obama habla de reforzar las reglas comerciales con China, Griffin ha estado torciendo las pocas barreras que existen. A pesar de sanciones que prohíben la venta de equipos policiales a China, Citadel ha estado metiendo dinero en controvertidas compañías de seguridad basadas en China que colocan a la población local bajo niveles de vigilancia sin precedentes.
Es hora de preocuparse por los Chicago Boys de Obama y por su compromiso con la defensa contra intentos serios de regulación. En los dos meses y medio entre su victoria en la elección de 1992 y su toma del poder, Bill Clinton hizo un giro de 180 grados respecto a la economía. Había hecho campaña prometiendo reformar el NAFTA, agregando provisiones laborales y medioambientales, e invertir en programas sociales. Pero dos semanas antes de su toma de posesión, se reunió con el jefe de Goldman Sachs en aquel entonces, Robert Rubin, quien lo convenció sobre la urgencia de abrazar la austeridad y más liberalización. Rubin declaró a PBS: “El presidente Clinton tomó en realidad la decisión antes de entrar al Despacho Oval, durante la transición, sobre lo que constituía un cambio dramático en la política económica.”
Furman, destacado discípulo de Rubin, fue escogido para dirigir el Proyecto Hamilton de Brookings Institution, el think-tank que Rubin ayudó a fundar para argüir por la reforma de la agenda de libre comercio, en lugar de abandonarla. Si se agrega a eso la reunión en febrero de Goolsbee con funcionarios consulares canadienses, que partieron con la clara impresión de que se les había instruido para que no tomaran en serio la campaña contra el NAFTA de Obama, y tendremos todos los motivos para preocuparnos por una repetición de 1993.
La ironía es que no hay absolutamente ninguna razón para esta vuelta a lo mismo. El movimiento lanzado por Friedman, introducido por Ronald Reagan y afianzado bajo Clinton, encara una profunda crisis de legitimidad en todo el mundo. En ninguna parte es más evidente que en la propia Universidad de Chicago. A mediados de mayo, cuando el presidente de la universidad, Robert Zimmer, anunció la creación de un Instituto Milton Friedman por 200 millones de dólares, un centro de investigación económica dedicado a continuar y aumentar el legado de Friedman, estalló una controversia. Más de 100 profesores académicos firmaron una carta de protesta. “Los efectos del orden neoliberal global que ha sido introducido en las últimas décadas, fuertemente respaldado por la Escuela de Economía de Chicago, de ninguna manera han sido inequívocamente positivos,” señala la carta. “Mucha gente argumentaría que han sido negativos para gran parte de la población del mundo.”
Cuando Friedman murió en 2006, semejantes críticas atrevidas de su legado brillaron en general por su ausencia. Los glorificadores homenajes póstumos hablaron sólo de los grandiosos logros, y una de las valorizaciones más destacadas apareció en el New York Times – escrita por Austan Goolsbee. Pero ahora, sólo dos años después, el nombre de Friedman es visto como algo inconveniente, incluso en su propia alma máter. ¿Por qué entonces, ha escogido Obama este momento, cuando todas las ilusiones de un consenso han desaparecido, para ir en retro a Chicago?
La noticia no es enteramente mala. Furman afirma que aprovechará la experiencia de dos economistas keynesianos: Jared Bernstein del Instituto de Política Económica y James Galbraith, hijo de la Némesis de Friedman, John Kenneth Galbraith. Nuestra “actual crisis económica,” dijo Obama recientemente, no llegó de la nada. Es “la conclusión lógica de una filosofía cansada y descaminada que ha dominado Washington desde hace demasiado tiempo.”
Así sea. Pero antes de que Obama pueda purgar Washington del azote del friedmanismo, tendrá que comenzar por su propia limpieza ideológica en casa.
Este artículo fue publicado en The Nation.
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