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lunes, 9 de febrero de 2009

¡Que se vayan todos!

Naomi Klein
The Nation

Viendo a las multitudes en Islandia blandiendo y golpeando ollas y cacerolas hasta hacer caer a su gobierno me acordaba yo de una popular consigna coreada en los círculos anticapitalistas en 2002: "Ustedes son Enron; nosotros, la Argentina".

Su mensaje era suficientemente simple. Ustedes –políticos y altos ejecutivos amalgamados en alguna que otra cumbre comercial— son como los temerarios estafadores ejecutivos de Enron (claro que entonces no sabíamos ni la mitad de lo ocurrido)—. Nosotros –el populacho mantenido al margen— somos como los argentinos, quienes, en medio de una crisis económica misteriosamente parecida a la nuestra, salieron a la calle con ollas y cacerolas al grito de: "Que se vayan todos". Forzaron la dimisión de cuatro presidentes en menos de tres semanas. Lo que hizo única la rebelión argentina de 2001-2002 fue que no iba dirigida contra ningún partido político concreto, ni tampoco contra la corrupción en abstracto. Su objetivo era el modelo económico dominante: fue la primera revuelta de una nación contra el capitalismo desregulado de nuestros días.

Ha tomado su tiempo, pero, finalmente, desde Islandia hasta Letonia, pasando por Corea del Sur y Grecia, el resto del mundo está llegando al mismo resultado: ¡que se vayan todos!

Las estoicas matriarcas islandesas que sacaban sus cacerolas mientras sus hijos buscaban proyectiles en el frigorífico (huevos, desde luego, ¿también yogures?) reproducen las tácticas que se hicieron famosas en Buenos Aires. Un eco de la rabia colectiva contra unas elites que destruyeron un país otrora próspero pensando salir de rositas. Como dijo Gudrun Jonsdottir, una oficinista islandesa de 36 años: "Estoy hasta el moño de todos esto. No me fío del gobierno, no me fío de los bancos, no me fío de los partidos políticos y no me fío del FMI. Teníamos un país estupendo, y se lo han cargado".

Otro eco: en Reikiavik, los manifestantes no se conforman con un mero cambio de rostros en la cúspide (aunque la nueva primera ministra sea una lesbiana). Exigen ayudas al pueblo, no a los bancos; investigación penal de la debacle; y una profunda reforma electoral.

Parecidas exigencias pueden oírse en Letonia, cuya economía ha experimentado la contracción más drástica dentro de la Unión Europea y en donde el gobierno se halla al borde del precipicio. Durante semanas, la capital se ha visto sacudida por protestas, incluidos unos disturbios en toda regla el pasado 13 de enero. Como en Islandia, los letones están indignados por la negativa de sus dirigentes a aceptar la menor responsabilidad por la catástrofe. Preguntado por la Televisión Bloomberg por las causas de la crisis, el ministro de finanzas letón soltó displicentemente: "ninguna en especial".

Pero los disturbios letones sí son especiales: las mismas políticas que permitieron al "Tigre Báltico" crecer a una tasa del 12% en 2006, están ahora causando una violenta contracción que se estima del 10% para este año: el dinero, emancipado de toda barrera, viene tan prontamente como se va, tras rellenar, eso sí, algunos bolsillos políticos. No es casual que muchas de las catástrofes de hoy sean los "milagros" de ayer: Irlanda, Estonia, Islandia, Letonia.

Pero todavía hay algo más argentinesco en el aire. En 2001, los dirigentes argentinos respondieron a la crisis con un brutal paquete de austeridad dictado por el FMI: 9 mil millones de dólares de recorte del gasto público, señaladamente en sanidad y educación. Lo que se reveló un error fatal. Los sindicatos de los trabajadores realizaron una huelga general, los maestros sacaron sus clases a la calle, y por doquiera proseguían las protestas.

Esa misma negativa de los de abajo a ser inmolados en la crisis es lo que une hoy a muchos manifestantes de todo el mundo. En Letonia, buena parte de la cólera popular se ha centrado en las medidas gubernamentales de austeridad –despidos masivos, recorte de servicios sociales y brusca disminución de los salarios en el sector público— tomadas para hacer méritos ante el FMI, de quien se espera un préstamo de urgencia: no, definitivamente, nada ha cambiado. Las revueltas del pasado diciembre en Grecia fueron desencadenadas por el asesinato a tiros por la policía de un adolescente de 15 años. Pero lo que las mantiene vivas, con los agricultores recogiendo el testigo de los estudiantes, es la general cólera que desierta en el pueblo griego la respuesta del gobierno a la crisis: se ofrece a los bancos un rescate por valor de 36 mil millones de dólares, mientras se recortan las pensiones de los trabajadores y se da a los campesinos poco más que nada. A pesar de las molestias causadas por el bloqueo de carreteras de los tractores, el 78% de los griegos opina que las exigencias de los agricultores son razonables. Análogamente en Francia, en donde la reciente huelga general –desencadenada en parte por los planes del presidente Sarkozy de reducir espectacularmente el número de profesores— se atrajo el apoyo del 70% de la población.

Acaso el hilo más robusto que atraviesa a toda esa revuelta global sea el rechazo a la lógica de la "política extraordinaria", por emplear la expresión acuñada por el político polaco Leszek Balcerowicz para describir el modo en que los políticos acostumbran ahora a ignorar las disposiciones legislativas para avilantarse a "reformas" de todo punto impopulares. Un ardid que está dejando de funcionar, como acaba de descubrir ahora el gobierno de Corea del Sur. En diciembre pasado, el partido gobernante trató de servirse de la crisis en curso para lanzarse a un más que discutible acuerdo de libre comercio con los EEUU. Llevando a nuevos extremos la política de puertas cerradas, los legisladores se cerraron a cal y canto en la Cámara para poder votar en privado: defendieron la puerta con mesas, sillas y butacas. Los políticos de la oposición no se dejaron impresionar: con martillos percutores y sierras eléctricas, echaron la puerta abajo y entraron en el Parlamento organizando una sentada que habría de durar doce días. Se aplazó el voto, a fin de permitir un mayor debate. Una victoria para un nuevo tipo de "política extraordinaria".

Aquí, en Canadá, la política es notoriamente menos pronta a escenas chocarreras que terminan en YouTube, pero tampoco ha estado exenta de sorprendentes acontecimientos. El pasado octubre, el Partido Conservador ganó las elecciones nacionales con un programa sin ambición. Seis semanas después, nuestro primer ministro tory se sacaba de la chistera un proyecto presupuestario que privaba del derecho de huelga a los trabajadores del sector público, abolía la financiación pública de los partidos políticos y no contenía el menor atisbo de estímulo económico. Los partidos de oposición replicaron con la formación de una coalición histórica, que no consiguió hacerse con el poder sólo porque se suspendió abruptamente la sesión parlamentaria. Los tories han regresado ahora con un presupuesto revisado: las políticas extremistas de derecha han desaparecido, y hay un paquete de estímulos económicos.

La pauta es clara: los gobiernos que responden a la crisis creada por la ideología de libre mercado con una acrecida dosis de la desacreditada medicina, no sobrevivirán al intento. Como están gritando en la calle los estudiantes italianos: "No pagaremos por vuestra crisis".

Naomi Klein es autora de numerosos libros, incluido el más reciente The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism .

Traducción para www.sinpermiso.info : Roc F. Nyerro
Vía Sin Permiso

jueves, 20 de noviembre de 2008

Alabanza de la transición brusca

Naomi Klein
The Nation

Cuantos más detalles se conocen, más claro resulta que Washington está lidiando con el rescate de Wall Street no ya con incompetencia, sino bordeando el delito.

En un momento de crecido pánico a finales de septiembre, el Tesoro estadounidense se aventuró a un cambio radical en el trato fiscal de las fusiones bancarias, un cambio deseado desde hacía tiempo por el sector. A pesar de que esa medida privará al gobierno de cerca de 140 mil millones de ingresos fiscales, los legisladores sólo reaccionaron tras el fait accompli. De acuerdo con el Washington Post, más de una docena de especialistas en derecho fiscal coinciden en que “el Tesoro no tenía autoridad para introducir el cambio fiscal”.

De legalidad igualmente dudosa son los acuerdos que el Tesoro ha negociado con muchos de los bancos del país. De acuerdo con el congresista Barney Frank, uno de los arquitectos de la legislación que permitió esos acuerdos, “cualquier uso de esos fondos con propósitos distintos al préstamo –para obligaciones, para pagos de vencimientos, para adquisiciones de otras instituciones, etc.— es una violación de la ley”. Pero así es como se usan precisamente los fondos.

Luego están los cerca de 2 billones de dólares lanzados por la Reserva Federal como préstamos de emergencia. Increíblemente, la Fed no revelará qué corporaciones han recibido esos préstamos o qué acepta como colateral de los mismos. Bloomberg News cree que ese secreto viola la ley, y ha interpuesto una demanda exigiendo total transparencia.

A pesar de toda esta carga de potencial ilegalidad, los demócratas, cuando no defienden abiertamente a la administración, se mantienen pasivos sin intervenir. “Sólo hay un presidente en cada momento”, le oímos decir a Obama. Es verdad. Pero cada resolución tomada por la administración del pato cojo que es un Bush a fines de mandato amenaza a un Obama que, renqueante, no será capaz de honrar sus promesas de cambio. Para mencionar un solo ejemplo: 140 mil millones de dólares menos en ingresos fiscales equivale prácticamente al monto del programa para energías renovables de Obama. Obama le debe al pueblo que le votó llamar a las cosas por su nombre: eso es un intento de socavar con latrocinio el proceso electoral.

Es verdad: sólo hay un presidente en cada momento; pero ese presidente necesita el sostén de los mayoritarios demócratas, incluido Obama, para que los legisladores aprueben el rescate. Ahora que es claro que la administración Bush está violando los términos del acuerdo alcanzado por ambos partidos, los demócratas no es que tengan el derecho, es que tienen el deber y la responsabilidad de intervenir con contundencia.

Yo sospecho que la verdadera razón de que los demócratas se inhiban a tal punto tiene menos que ver con el protocolo presidencial que con el miedo: miedo de que el mercado de valores, que tiene el temperamento de un niño malcriado de 2 años, reaccione con alguna de esas rabietas que estremecen al mundo. Se nos dice que revelar la verdad sobre los destinatarios de los préstamos federales podría traer la desagradable consecuencia de que los mercados gruñones comenzaran a apostar contra esos bancos. Pon en cuestión la legalidad de los acuerdos de 360º, y ocurrirá lo mismo. Oponte al recorte fiscal de 140 mil millones de dólares, y las fusiones empresariales caerán. “Ninguno de nosotros quiere cargar con la responsabilidad de arruinar esas fusiones y crear una nueva Gran Depresión”, explicó un anónimo ayudante del Congreso.

Más aún: los demócratas, incluido Obama, parecen creer que la necesidad de aliviar al mercado debería presidir todas las decisiones económicas clave en el período de transición. Razón por la cual, a los pocos días de la eufórica victoria del “cambio”, el mantra cambió abruptamente, y comenzó a hablarse de “transición suave” y “continuidad”.

Tomemos la selección de su equipo a que está procediendo Obama. A pesar del ruido que hacen los republicanos sobre su partidismo, Rahm Emmanuel, el congresista demócrata que mayores donaciones ha recibido del sector financiero, lanza un mensaje inconfundiblemente tranquilizador para Wall Street. Cuando en el programa This Week With George Stephanopoulos se le preguntó si Obama reaccionaría rápido para aumentar los impuestos a los ricos, como había prometido, Emmanuel se zafó de la respuesta con una mordacidad.

La misma lógica de mimos al mercado, se nos dice, debería orientar el nombramiento por Obama del Secretario del Tesoro. Stuart Varney, de la cadena Fox News, explicó que Larry Summers, que tuvo el cargo bajo Clinton, o el antiguo jefe de la Fed Paul Volcker “comunicarían la mayor confianza al mercado”. Y Joe Scarborough, de la MSNBC, nos aclaró que Summers es el hombre “que más le gustaría a Wall Street”.

Digamos claramente por qué. Wall Street celebraría el nombramiento de Summers exactamente por la misma razón que el resto de nosotros lo temería: porque los actores del mercado de valores presumirían que Summers, campeón de la desregulación financiera bajo Clinton, ofrecería una transición tan suave a partir del legado de Paulson, que apenas nos enteraríamos. Por otra parte, alguien como la presidenta de la FDIC (Corporación federal de aseguramiento de depósitos, por sus siglas en ingles), Sheila Blair, desataría el miedo en Wall Street (y por buenas razones).

Una cosa sabemos de cierto, y es que el mercado reaccionará violentamente ante cualquier señal de que hay un nuevo sheriff en la aldea dispuesto a imponer una regulación seria, a invertir en el pueblo y a cortar el chorro de dinero libre que fluye hacia las corporaciones empresariales. En suma: podemos estar seguros de que los mercados votarán exactamente en el sentido opuesto al sentido en que acaban de votar los norteamericanos. (Una reciente encuesta de USA Today/Gallup mostró que el 60% de los estadounidenses están muy a favor de “estrictas regulaciones de las instituciones financieras”, mientras que sólo el 21% apoyan la ayuda a las empresas financieras.)

No hay forma de reconciliar el sufragio público por el cambio con el pataleo del mercado en favor de más de lo mismo. Todos y cada uno de los pasos encaminados a cambiar el curso de las cosas se encontrarán con vigorosas reacciones contrarias de los mercados a corto plazo. Lo bueno es que, una vez quede claro que las nuevas reglas se aplicarán con equidad y afectando a todos los valores y a todas las acciones por igual, el mercado se ajustará y se estabilizará. Además, no podía ser mejor el momento en que las presentes turbulencias han llegado. En los pasados tres meses nos hemos acostumbrado a la inestabilidad de los mercados. Eso le da a Obama un margen para hacer oídos sordos a los llamamientos a una transición tranquila, y comenzar tomando por los cuernos los asuntos más espinosos. Pocos tendrán la avilantez de culparle deuna crisis que, evidentemente, no ha generado él, o de echarle en cara que honre los compromisos de campaña y satisfaga los deseos de su electorado. En cambio, cuanto más se retrase, tanto más se desvanecerán las memorias.

Cuando de lo que se trata es de transferir un poder procedente de un régimen funcional y fiable, todo el mundo prefiere una transición suave. Cuando se sale de una era marcada por su criminalidad y su ideología en bancarrota, aunque sólo fuera un adarme de dureza y brusquedad sería una excelente señal de partida.

Naomi Klein es autora de numerosos libros, incluido el más reciente The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism .

Traducción para www.sinpermiso.info : Roc F. Nyerro
Vía Rebelion

domingo, 2 de noviembre de 2008

El rescate, saqueo final de Bush

Naomi Klein

En los días finales de la campaña presidencial, muchos republicanos parecen haberse dado por vencidos. Pero eso no significa que estén descansando. Si quieren ver verdadero trabajo duro republicano, vean la energía que le pusieron a sacar por la puerta grandes porciones del rescate de 700 mil millones de dólares. En una reciente sesión de la comisión bancaria del Senado, el republicano Bob Corker estaba obsesionado con esta tarea y con una clara fecha límite en mente: la toma de posesión presidencial. “¿Cuánto crees que pueda gastarse de aquí al 20 de enero o algo así?” Le preguntó Corker a Neel Kashkari, el ex banquero de 35 años encargado del rescate.

Cuando los colonizadores europeos se dieron cuenta de que no tenían de otra más que entregar el poder a la población originaria del lugar, muchas veces se enfocaron en despojar a la tesorería local de su oro y llevarse el valioso ganado. Si eran realmente desagradables, como los portugueses en Mozambique a mediados de los años 70, vertían concreto por los huecos de los elevadores. La pandilla de Bush prefiere instrumentos burocráticos: subastas de “activos en riesgo” y el “programa de adquisición de acciones”. Pero no se vayan con la finta: la meta es la misma que la de los derrotados portugueses: un último frenético saqueo de la riqueza pública antes de entregar las llaves de la caja fuerte.

¿De qué otra manera serían lógicas las bizarras decisiones que han dominado la asignación del dinero del rescate? Cuando la administración de Bush anunció que inyectaría 250 mil millones de dólares a los bancos estadunidenses a cambio de acciones, el plan fue descrito por muchos como “nacionalización parcial”: una medida radical que se necesitaba para que los bancos comenzaran de nuevo a prestar dinero. De hecho, no ha habido ninguna nacionalización, parcial o no. Los contribuyentes no han adquirido un control significativo, razón por la cual los bancos pueden gastarse su inesperada ganancia como quieran (en bonificaciones, fusiones, ahorros…) y el gobierno no puede hacer otra cosa que rogar que utilicen una parte en préstamos.

Entonces, ¿cuál es el verdadero propósito del rescate? Me temo que es algo mucho más ambicioso que un regalo que se da una sola vez a los grandes negocios: este rescate está diseñado para seguir saqueando al Departamento del Tesoro durante años. Recuerden, la preocupación principal entre los grandes jugadores en el mercado, en específico los bancos, no es la falta de crédito sino los maltrechos precios de sus acciones. Los inversionistas han perdido la confianza en la honestidad de los bancos, y con razón. Aquí es donde el capital del Departamento del Tesoro rinde frutos.

Al comprar acciones en estas instituciones, el Departamento del Tesoro lanza el mensaje al mercado de que son una apuesta segura. ¿Por qué segura? Porque el gobierno no puede darse el lujo de que fracase. Si estas compañías se meten en problemas, los inversionistas pueden suponer que el gobierno seguirá encontrando más dinero, ya que permitir que se derrumben significaría perder sus primeras inversiones de capital (nomás miren a AIG). Esa atadura del interés público a las compañías privadas es el verdadero propósito del plan de rescate: el secretario del Tesoro Henry Paulson le está entregando a todas las compañías que son admitidas en el programa –que podrían ser miles– una implícita garantía del Departamento de Tesoro. Para inversionistas asustadizos en busca de lugares seguros para meter su dinero, estos acuerdos de capital serán aún más reconfortantes que una calificación Triple A de Moody’s.

Un seguro como ese no tiene precio. Pero para los bancos, la mejor parte es que el gobierno les paga –en algunos casos miles de millones de dólares– por aceptar su aprobación. Para los contribuyentes, en cambio, todo el plan es muy riesgoso, y podría costarle significativamente más que la idea original de Paulson de comprar 700 mil millones de dólares en deuda tóxica. Ahora los contribuyentes no solamente están enganchados por las deudas sino, podría decirse, por el destino de cada empresa que les vende capital.

Resulta interesante que tanto Fannie Mae y Freddie Mac disfrutaron de este tipo de garantía tácita. Durante décadas el mercado comprendió que, debido a que estos jugadores privados estaban enredados con el gobierno, el Tío Sam siempre saldría al rescate. Era el peor de todos los mundos. No sólo se privatizaban las ganancias mientras los riesgos se socializaban, sino que además el respaldo gubernamental implícito creaba poderosos incentivos para hacer imprudentes inversiones.

Ahora, con el nuevo programa de adquisición de acciones, Paulson tomó el desacreditado modelo de Fannie y Freddie y lo aplicó a una enorme franja de la industria bancaria privada. Y una vez más, no hay razón alguna para rehuir de apuestas riesgosas: sobre todo ya que el Departamento del Tesoro no le ha exigido a los bancos que dejen los instrumentos financieros de alto riesgo a cambio de los dólares de los contribuyentes.

Para documentar nuestro optimismo, el gobierno federal también reveló ilimitadas garantías públicas para muchas cuentas de depósito bancarias. Ah, y por si esto no fuera suficiente, el Departamento del Tesoro promueve que los bancos se fusionen entre sí, asegurándose así de que las únicas instituciones que queden en pie sean “demasiado grandes como para fracasar”. Se le está diciendo, de tres maneras distintas, al mercado fuerte y claro que Washington no permitirá que las instituciones financieras del país se responsabilicen de las consecuencias de su comportamiento. Puede ser que ésta sea la innovación más creativa de Bush: el capitalismo sin riesgos.

Hay un atisbo de esperanza. En respuesta a la pregunta del senador Corker, al Departamento del Tesoro se le dificulta distribuir los fondos del rescate. Pidió cerca de 350 mil millones de los 700 mil millones de dólares, pero la mayor parte de éstos todavía no sale por la puerta. Mientras tanto, cada día queda más claro que el rescate fue promovido de manera fraudulenta. Nunca consistió en conseguir que los préstamos fluyeran. Siempre en convertir el Estado en una gigantesca compañía de seguros para Wall Street: una red de seguridad para la gente que menos lo necesita, subsidiado por la gente que más lo necesita.

Esta grotesca duplicidad es una oportunidad. Quien sea que gane la elección del 4 de noviembre tendrá una enorme autoridad moral. Puede ser utilizada para hacer un llamado a frenar la distribución de los fondos del rescate, no después de la toma de posesión sino ahora mismo. Todas las acuerdos deben ser renegociados inmediatamente, y que esta vez sea el pueblo el que obtenga las garantías.

Es riesgoso, claro, interrumpir el rescate. Al mercado no lo gustará. Nada podría ser más riesgoso, sin embargo, que permitir que la pandilla de Bush le dé este regalo de despedida a los grandes negocios, el regalo del que continuaría tomando.

* Naomi Klein es autora de La doctrina del shock. www.naomiklein.org.

Copyright 2008 Naomi Klein. Este texto fue publicado en The Nation.

Traducción: Tania Molina Ramírez.
Enlace a La Jornada

viernes, 26 de septiembre de 2008

La ideología del libre mercado está lejos de su fin

Naomi Klein
The Guardian/Znet

Sea cual sea el significado de los eventos de esta semana, nadie debiera creer las afirmaciones exageradas de que la crisis del mercado representa la muerte de la ideología del “libre mercado.” La ideología del libre mercado ha servido siempre los intereses del capital, y su presencia sube y baja según su utilidad para esos intereses.

Durante los tiempos de la bonanza, es rentable predicar el laissez faire, porque un gobierno ausente permite que se inflen las burbujas especulativas. Cuando esas burbujas revientan, la ideología se convierte en un obstáculo, y se adormece mientras el gran gobierno parte al rescate. Pero tranquilizaos: la ideología volverá con toda su fuerza cuando los salvatajes hayan terminado. Las masivas deudas que el público está acumulando para rescatar a los especuladores pasarán entonces a formar parte de una crisis presupuestaria global que será la justificación para profundos recortes en programas sociales, y para un nuevo ímpetu para privatizar lo que queda del sector público. También nos dirán que nuestras esperanzas de un futuro verde son, lamentablemente, demasiado costosas.

Lo que no sabemos es como reaccionará el público, Hay que considerar que en Norteamérica todo el que tiene menos de 40 años creció mientras se le decía que el gobierno no puede intervenir para mejorar nuestras vidas, que el gobierno es el problema no la solución, que el laissez faire es la única opción. Ahora, repentinamente, vemos a un gobierno extremadamente activista, intensamente intervencionista, aparentemente dispuesto a hacer cualquier cosa que sea necesaria para salvar de ellos mismos a los inversionistas.

Este espectáculo provoca necesariamente la pregunta: ¿si el Estado puede intervenir para salvar a corporaciones que tomaron riesgos imprudentes en los mercados de la vivienda, por qué no puede intervenir para impedir que millones de estadounidenses sufran inminentes ejecuciones hipotecarias? De la misma manera, si 85.000 millones de dólares pueden ser puestos a disposición instantáneamente para comprar al gigante de los seguros AIG ¿por qué la atención sanitaria de pagador único – que protegería a los estadounidenses de las prácticas depredadores de las compañías de seguro de salud – parece ser un sueño tan inalcanzable? Y si cada vez más corporaciones necesitan fondos públicos para permanecer a flote ¿por qué no pueden los contribuyentes exigir a cambio cosas como topes a la paga de ejecutivos, y una garantía contra más pérdidas de puestos de trabajo?

Ahora, cuando quedó claro que los gobiernos pueden ciertamente actuar en tiempos de crisis, les será mucho más difícil pretender impotencia en el futuro. Otro cambio potencial tiene que ver con las esperanzas del mercado en cuanto a futuras privatizaciones. Durante años, los bancos globales de inversión han estado cabildeando a los políticos a favor de dos nuevos mercados: uno que provendría de la privatización de las pensiones públicas y otro resultante de una nueva ola de carreteras, puentes y sistemas de agua privatizados o parcialmente privatizados. Esos dos sueños acaban de hacerse mucho más difíciles de vender: los estadounidenses no están de humor para confiar una mayor parte de sus activos individuales y colectivos a los imprudentes tahúres de Wall Street, especialmente porque parece más que probable que los contribuyentes tendrán que pagar para recuperar sus propios activos cuando reviente la próxima burbuja.

Ahora, con el descarrilamiento de las conversaciones en la Organización Mundial de Comercio, esta crisis también podría ser un catalizador para un enfoque radicalmente alternativo a la regulación de los mercados y sistemas financieros mundiales. Ya estamos viendo un movimiento hacia la “soberanía alimentaria” en el mundo en desarrollo, en lugar de dejar el acceso a los alimentos a la merced de los caprichos de los negociantes de materias primas. El momento puede haber llegado finalmente para ideas como impuestos al comercio, que retrasaría la inversión especulativa, así como para otros controles del capital global.

Y ahora, cuando nacionalización ya no es una palabrota, las compañías de petróleo y gas debieran tener cuidado: alguien tendrá que pagar por el giro hacia un futuro más verde, y tiene mucho sentido que el grueso de los fondos provengan del sector altamente rentable que tiene la mayor responsabilidad por nuestra crisis climática. Ciertamente tiene más sentido que crear otra peligrosa burbuja en el comercio de carbono.

Pero la crisis que estamos presenciando pide cambios más profundos. El motivo por el que se permitió que proliferaran esos préstamos chatarra no fue sólo porque los reguladores no comprendieron el riesgo. Es porque tenemos un sistema económico que mide nuestra salud colectiva exclusivamente sobre la base del aumento del PIB. Mientras los préstamos chatarra alimentaban el crecimiento económico, nuestros gobiernos los apoyaron activamente. De modo que lo que hay que cuestionar realmente debido a la crisis es el compromiso indiscutido con el crecimiento a todo precio. Esta crisis debiera llevarnos a un camino radicalmente diferente en la forma en la que nuestras sociedades miden la salud y el progreso.

Nada de esto, sin embargo, sucederá sin una inmensa presión pública sobre los políticos en este período crucial. Y no se trata de un cabildeo cortés sino de una vuelta a las calles y al tipo de acción directa que produjo el Nuevo Trato en los años treinta. Sin eso, habrá cambios superficiales y un retorno, lo más rápido posible, a los negocios como si tal cosa.

Vía
Vía Rebelión
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

viernes, 5 de septiembre de 2008

Un año después de la publicación de La doctrina del shock

Naomi Klein

Hace exactamente un año, salí a una gira promocional para mi libro La doctrina del shock. Planeábamos que duraría tres meses, bastante tiempo según los estándares editoriales. Doce meses después, todavía continúa. Pero no es una gira promocional cualquiera. Por todas partes donde he ido –de Calgary, Alberta a Cochabamba, Bolivia– he escuchado más historias sobre como han utilizado las estrategias del shock para imponer políticas indeseables favorables a las corporaciones. También he participado en estimulantes debates y discusiones sobre como las crisis actuales – petróleo, alimentos, mercados financieros, mal tiempo – puede ser transformadas en oportunidades para el cambio progresista.

Y ha habido otro tipo de reacciones. La doctrina del shock es un ataque directo contra intelectuales e instituciones que han diseminado la ideología corporativa por el mundo. Al escribir el libro, estaba segura de que sería atacada. Sin embargo, durante ocho meses después de la publicación, hubo un silencio escalofriante de los ideólogos del “libre mercado.” Claro que aparecieron unas pocas reseñas desdeñosas en la prensa económica. Pero ni una palabra de los think-tanks de Washington que menciono en el libro. Nada del departamento de economía de la Universidad de Chicago. Incluso la revista The Economist, que solía atacarme jubilosamente y con gran regularidad, nunca mencionó el libro impreso. Una productora de televisión estadounidense, que estaba tratando de encontrar un oponente para que debatiera conmigo en vivo, me confesó que nunca había sido rechazada con tanta consecuencia. “Parecen pensar que si la ignoran, usted desaparecerá.”

Bueno, el silencio de la derecha ha sido ciertamente roto. En los últimos meses, han aparecido varios artículos e informes que pretenden desacreditar mi tesis. Los más destacados son: un “documento introductorio” publicado por The Cato Institute, ampliado a todo un libro en sueco (¡), y un largo ensayo en The New Republic por el editor sénior Jonathan Chait.

Varios lectores han escrito a este sitio pidiéndome que responda a esos ataques, aunque sea para ayudarles a defender mejor el libro. Primero me resistí (aferrada a mis vacaciones de verano...) pero aprecio los comentarios y varios puntos tienen que ser corregidos. Ya que los informes de Cato y de The New Republic – aunque pretenden provenir de puntos radicalmente diferentes en el espectro político – comparten algunas pronunciadas similitudes, he decidido encararlos en conjunto.

Perdonen, pero Milton Friedman apoyó la guerra

Tanto Jonathan Chait como The Cato Institute afirman que el difunto economista Milton Friedman fue un inquebrantable oponente a la invasión de Iraq. El trabajo de Cato dice sobre mi persona que: “Ella afirma que Friedman fue ‘neoconservador’ y por lo tanto estaba a favor de una política exterior agresiva de EE.UU., y argumenta que Iraq fue invadido para que pudieran implementarse políticos al estilo Chicago en ese país... pero en ninguna parte menciona los verdaderos puntos de vista de Friedman sobre la guerra. El propio Friedman dijo: “Me opuse desde el principio a que se fuera a Iraq. Pienso que fue un error, por el simple motivo de que no creo que EE.UU. debiera estar involucrado en una agresión.’ Y no fue sólo una guerra a la que se opuso. En 1995, describió su posición sobre política exterior como ‘anti-intervencionista.’”

De la misma manera, Chait me acusa de no conocer la diferencia entre libertarios y neoconservadores y me reprende por no mencionar ninguna vez –“ni una vez, en ninguna parte”– que Friedman “argumentó desde el comienzo contra la guerra de Iraq.” Al parecer la posición contra la guerra de Friedman debería ser “mórbidamente embarazosa” para mi persona.

No soy yo la que debe sentirse embarazada. A pesar de protestas posteriores, Milton Friedman apoyó abiertamente la guerra cuando estaba ocurriendo. En abril de 2003, Friedman dijo a la revista alemana Focus que “el presidente Bush sólo quería la guerra porque cualquier otra cosa habría amenazado la libertad y la prosperidad de EE.UU.” Al preguntársele sobre el aumento de las tensiones entre EE.UU. y Europa, Friedman respondió: “el fin justifica los medios. En cuanto nos hayamos librado de Sadam, las diferencias políticas también desaparecerán.” Claramente no fue una voz contraria a la intervención. Incluso en julio de 2006, cuando Friedman afirmó que se opuso a la guerra desde el comienzo, siguió siendo belicista. Ahora, con EE.UU. en Iraq, dijo Friedman a The Wall Street Journal, “me parece muy importante que lo convirtamos en un éxito.”

Sin embargo, nada de esto tiene nada que ver con mi libro. En “La doctrina del shock,” describo la invasión y la ocupación de Iraq como la culminación de la cruzada ideológica de Friedman, porque fue el principal intelectual de EE.UU. favorable a la privatización del Estado – no porque haya apoyado personalmente la guerra, lo que es irrelevante. Durante más de cinco años Iraq ha sido la vanguardia de este proyecto radical de privatización. Contratistas privados superan ahora la cantidad de soldados de EE.UU. y las corporaciones se han hecho cargo de funciones estatales tan cruciales como el interrogatorio de prisioneros.

Además, nunca dije que Friedman fuera “neoconservador” y discuto, extensivamente, lo difícil que es encontrar términos para describir el proyecto corporativo que sean aceptables para todos los lectores. En la página 17 (en todos los números de página me refiero a la edición en rústica de Picador [en inglés]) escribo:

En el intento de relatar la historia de la cruzada ideológica que ha culminado en la privatización radical de la guerra y del desastre, recurre un problema: la ideología cambia de forma, cambia permanentemente su nombre y permuta identidades. Friedman se calificó de ‘liberal,’ pero sus seguidores en EE.UU., que asociaban a los liberales con altos impuestos y hippies, tendieron a identificarse como ‘conservadores,’ ‘economistas clásicos,’ ‘partidarios del libre mercado’ y, más tarde, como creyentes en ‘reaganomía’ o ‘partidarios del laissez-faire.’ En la mayor parte del mundo, su ortodoxia es conocida como ‘neoliberalismo,’ pero a menudo es llamada ‘libre comercio’ o simplemente ‘globalización.’ Sólo desde mediados de los años noventa, el movimiento intelectual, dirigido por think-tanks derechistas con los que Friedman mantuvo largas asociaciones - Heritage Foundation, Cato Institute y el American Enterprise Institute – se llamó ‘neoconservador’, una visión del mundo que ha aprovechado toda la fuerza de la maquinaria militar de EE.UU. al servicio de una agenda corporativa.”

La importancia de que la etiqueta “neoconservadora” ganara vigencia a mediados de los años noventa es que entonces fue cuando los republicanos, bajo la dirección de Newt Gingrich y respaldados por los think-tanks que ya mencioné, barrieron con el Congreso prometiendo un “Contrato con EE.UU.” En ese momento, la etiqueta de “neoconservadores” no fue una referencia sobre todo para posiciones belicistas de política exterior sino para aquellas medidas económicas duras. A mediados de los años noventa, mucha de la gente más asociada actualmente con la etiqueta neoconservadora – David Frum y William Kristol y gran parte de los del Weekly Standard – se concentraban directamente en la exigencia de recortes y privatizaciones friedmanitas dentro de EE.UU. Frum, por ejemplo, se dio a conocer por primera vez en EE.UU. con “Dead Right,” su libro de 1994 en el que exhortaba al movimiento conservador a volver a sus raíces económicas de libre mercado. Después de que Bill Clinton abrazara gran parte de esa agenda económica, varios de los principales guerreros neoconservadores concentraron su enfoque en la dominación estadounidense de la escena mundial, un hecho que ha permitido que sus entusiastas intereses por las ideas económicas friedmanitas pasaran en gran parte desapercibidos.

Ignora el contenido, ataca al autor

Tanto el ensayo de Chait como el documento de Cato se caracterizan por una negativa obstinada a hacer frente a la evidencia citada en mi libro. Por ejemplo, Chait rechaza sin más mi sugerencia de que hubo intereses económicas detrás de la intervención de la OTAN en 1999 en Kosovo (aunque admite a regañadientes que nunca afirmo que la economía haya sido el único motivo). Escribo que hubo otros factores que motivaron la guerra, aparte de las flagrantes violaciones de los derechos humanos de Slobodan Milosevic. Baso esta información en el análisis posterior a la guerra suministrado por Strobe Talbott, Secretario Adjunto de Estado bajo el presidente Bill Clinton de EE.UU. y negociador jefe de EE.UU. durante la guerra de Kosovo. En un ensayo de 2005 (citado en la página 415), Talbot escribió:

“Mientras las naciones en toda la región trataban de reformar sus economías, mitigar las tensiones étnicas, y ampliar la sociedad civil, Belgrado parecía deleitarse en moverse continuamente en la dirección contraria. No es de extrañar que la OTAN y Yugoslavia hayan terminado en una confrontación. Fue la resistencia de Yugoslavia a las tendencias más amplias de la reforma política y económica – no el sufrimiento de los albanos kosovares – lo que explica mejor la guerra de la OTAN.”

En lugar de explicar cómo las palabras de un responsable estadounidense a alta nivel podían coincidir tan claramente con mi argumento, Chait prefiere ignorar por completo la cita de Talbott. Una y otra vez, deja a los lectores de The New Republic con la clara impresión de que “La doctrina del shock” es una obra de periodismo de opinión, en lugar de ser una tesis basada en la investigación y la información.

Cuando Chait y el Cato Institute reconocen que me baso en hechos, me acusan de manipularlos para ajustarlos a mi tesis. Es interesante ver que cuando Chait cita por primera vez mi trabajo, hace precisamente eso. Para explicar a sus lectores el tipo de extremista del que se ocupa, cita mi primer libro: “No Logo.” En él, supuestamente describo al mundo como un “Estado fascista en el que todos saludamos el logo y tenemos poca oportunidad para críticas porque nuestros periódicos, estaciones de televisión, servidores de Internet, calles y espacios comerciales, son todos controlados por intereses corporativos multinacionales.” Si hubiera dejado que la cita continuara sólo durante una frase más, sus lectores habrían sabido que paso a rechazar esa visión del mundo como una caricatura exagerada. Las frases siguientes dicen: “hay buen motivo para alarmarse. Pero una palabra de advertencia: podremos lograr ver un mundo-no-tan-feliz en el horizonte, pero eso no significa que ya estemos viviendo en la pesadilla de Huxley... En lugar de una fórmula hermética, [la censura corporativa] es una tendencia constante... pero repleta de excepciones.”

Es sólo la primera de innumerables ocasiones en las que Chait deforma mis palabras para ajustarlas a su tesis. Cuando fracasa la manipulación, simplemente toma mis temas y los presenta como suyos, sin atribuirlos. (Sé perfectamente, por ejemplo, que tanto marxistas como keynesianos han explotado crisis y desastres, motivo por el cual exploro el oportunismo de izquierda en las páginas 21-25, 65-70, 283, 316-317.)

Agarrándose a clavos ardiendo

El documento de Cato reconoce, a veces, que mi libro contiene hechos, pero me culpa de no suministrar fuentes para mis estadísticas. Es una acusación atrevida cuando se trata de un libro con 74 páginas de notas al final. El único ejemplo mencionado es la estadística “de que entre un 25% y un 60% de la población está descartada y se convierte en una clase inferior en países que liberalizan sus economías.” No coloqué una fuente para esta estadística porque es una amalgama de estadísticas que ya había citado y para las cuales ya había suministrado múltiples fuentes. Es una práctica normal: una vez que una estadística ha sido mencionada, puede ser repetida (por razones de brevedad) sin repetir la fuente. De modo que éstas son las estadísticas en la que se basa la amalgama de entre 25 y 60%, con sus fuentes, directamente de las notas finales de “La doctrina del shock”:

* El desempleo en Bolivia era entre un 25 y un 30% en 1987 (página 186. Fuente: Mike Reid, “Sitting Out the Bolivian Miracle,” Guardian (Londres), 9 de mayo de 1987.)

* 25% de los rusos vivían en una pobreza desesperada en 1996 (página 300. Fuente: Russian Economic Trends 5, no. 1 (1996): 56–57 citada en Bertram Silverman y Murray Yanowitch, New Rich, New Poor, New Russia: Winners and Losers on the Russian Road to Capitalism (Armonk, NY: M.E. Sharpe, 2000), 47.)

* El desempleo de sudafricanos negros se más que duplicó de un 23% en 1991 a un 48% en 2002 (página 272. Fuentes: “South Africa: The Statistics,” Le Monde Diplomatique, septiembre de 2006; Michael Wines y Sharon LaFraniere, “Decade of Democracy Fills Gaps in South Africa,” New York Times, 26 de abril de 2004.)

* El desempleo en Polonia fue de un 25% en algunas áreas en 1993 (página 241. Fuente: Mark Kramer, “Polish Workers and the Post-Communist Transition, 1989–93,” Europe-Asia Studies, junio de 1995)

* Un 40% de los trabajadores jóvenes estaban desempleados en Polonia en 2006

40% of young workers were unemployed in Poland in 2006 (página 241. Fuente: Andrew Curry, “The Case Against Poland’s New President,” New Republic, 17 de noviembre de 2005)

* Un 59% de los polacos había caído bajo la línea de pobreza en 2003 (páginas 241-242. Fuente: Przemyslaw Wielgosz, “25 Years of Solidarity,” agosto de 2005.)

En otro sitio, el documento de Cato afirma que: “Klein nunca suministra al lector algún dato [sobre Chile] durante un período más largo. Ella... nunca admite que Chile es la historia de éxito social y económico de Latinoamérica y que ha eliminado virtualmente la pobreza extrema.” De hecho, mi análisis económico de Chile cubre un trecho de 34 años y suministra hechos y datos que cuestionan directamente la afirmación de que el país sea una historia de éxito del libre mercado. El siguiente es un pasaje relevante (páginas 104-105):

“Lo único que protegió a Chile del colapso económico total a comienzos de los años ochenta fue que Pinochet nunca había privatizado a Codelco, la compañía minera del cobre estatal nacionalizada por Allende. Esa compañía por sí sola generó un 85% de los ingresos de exportación de Chile, lo que significó que cuando se reventó la burbuja financiera, el Estado todavía tenía una fuente continua de fondos... Al llegar 1988, cuando la economía se había estabilizado y crecía rápidamente, un 45% de la población había caído por debajo de la línea de pobreza. El 10% más rico de los chilenos, sin embargo, había visto un aumento de sus ingresos en un 83%. Incluso en 2007, Chile siguió siendo una de las sociedades más desiguales del mundo – de 123 países en los que Naciones Unidos rastrea la desigualdad, Chile estuvo en el lugar 116, convirtiéndolo en el octavo país por su desigualdad en la lista.”

Una masacre de hombres de paja

La mayor parte de los ataques contra “La doctrina del shock” involucra el amaño de afirmaciones, atribuyéndolas falsamente a mi persona, luego poniéndolas hábilmente por los suelos. Por ejemplo, Jonathan Chait abrevia mi punto sobre las posesiones de Donald Rumsfeld en el Complejo del Capitalismo del Desastre como sigue: “Donald Rumsfeld mantuvo sus acciones en Gilead Sciences, que tiene la patente para Tamiflu, incluso cuando actuó como secretario de defensa. ¿Comprendéis? Rumsfeld se beneficiaría de una pandemia de gripe. Pero seguramente no hay que ser admirador de Rumsfeld para dudar de que organizaría el estallido de un virus letal a fin de engordar su cartera bursátil.”

En realidad, esa es la intriga de la cinta “V for Vendetta” [“V de Vendetta” o “V de Venganza”]; no tiene absolutamente nada que ver con mi libro. Lo que yo menciono es cómo el Pentágono bajo la dirección de Rumsfeld, almacenó Tamiflu y Rumsfeld se habrá beneficiado al aumentar el valor de las acciones en un 807%. En las páginas 394-395 escribo:

“Durante los seis años en los que estuvo en el puesto, Rumsfeld tuvo que abandonar la sala cada vez que la discusión trataba la posibilidad del tratamiento de la gripe aviaria y de la compra de drogas relacionadas. Según la letra que delineaba el arreglo que le permitió conservar sus acciones, tenía que quedarse afuera de decisiones que ‘pudieran afectar directa y previsiblemente a Gilead.’ Sus colegas, sin embargo, velaron bien por sus intereses. En julio de 2005, el Pentágono compró Tamiflu por 58 millones de dólares, y el Departamento de Salud y Servicios Humanos anunció que compraría la droga por un monto de 1.000 millones de dólares unos pocos meses más.”

Hay muchos hombres de paja más que aparecen en el documento de The Cato Institute. La mayoría involucran la exageración del papel que atribuyo a Milton Friedman. Y no es de extrañar. Aparte del departamento de economía de la Universidad de Chicago, Cato es la institución más íntimamente alineada y asociada con las teorías radicales de Milton Friedman. Entre otros tributos, cada dos años, Cato otorga el Premio Milton Friedman para el Avance de la Libertad, con un valor de medio millón de dólares. (Este año fue destinado a un activista estudiantil venezolano de 23 años para impulsar su oposición al gobierno de Hugo Chávez). Como Friedman sigue sirviendo como santo patrono de Cato, tiene mucho que perder con la disminución de la reputación de Friedman, así como un interés directo en su exoneración de todos los crímenes, reales o imaginarios.

Unos pocos ejemplos más: El documento de Cato afirma que echo toda la culpa por las políticas económicas de Pinochet a Milton Friedman – luego “prueba” que su participación directa fue mínima. Una vez más, no hago una afirmación semejante. Dedico considerable espacio – aproximadamente 60 páginas – a describir el impacto de un programa del Departamento de Estado de EE.UU. que llevó a más de cien estudiantes chilenos a la Universidad de Chicago como parte de un esfuerzo deliberado por exportar ideas económicas de libre mercado a Chile. Es el programa que engendró a los infames “Chicago Boys” de Chile, varios de los cuales estuvieron activamente involucrados en la planificación del programa económico de la dictadura chilena, incluso antes de que tuviera lugar el golpe de 1973. Sorprendentemente, el documento de Cato no hace absolutamente ninguna mención de este programa académico en su esfuerzo por exonerar personalmente a Friedman. El autor no vio 60 páginas de mi libro, o prefirió ignorarlas deliberadamente.

El mayor desafío en la respuesta al documento de Cato es la medida de su deshonestidad. Consideremos este pasaje:

“Klein también culpa a Friedman y las ciencias económicas de Chicago por las actividades del Fondo Monetario Internacional durante la crisis financiera asiática y la confiscación por el gobierno de Sri Lanka de la tierra de familias de pescadores para construir hoteles de lujo después del tsunami. Pero el hecho es que Friedman pensó que el FMI no debía estar involucrado en Asia, y sostuvo que se debía prohibir a los gobiernos que expropiaran propiedades para entregarlas a urbanizadores privados. Por cierto, Klein podría argumentar que Friedman fue en cierto modo una fuente de inspiración para esas políticas, a pesar de que se oponía a ellas. Pero no lo hace. Pretende que estuvo de acuerdo con ellas, y que eso es lo que él y otros economistas de Chicago quisieron todo el tiempo.”

Absolutamente todo en este pasaje es erróneo. Nunca dije que Friedman favoreció el rescate del FMI en Asia, todo lo contrario. En las páginas 335-336, informo que: “El propio Milton Friedman, que ya tenía alrededor de ochenta años, hizo una rara aparición en CNN para decir al presentador de noticias Lou Dobbs que se oponía a toda clase de rescate y que debía dejarse que el mercado se corrigiera por sí solo.” ¿De qué manera podía esto constituir una “pretensión” de que Friedman apoyaba el rescate?

También reconozco libremente el hecho de que Friedman se opuso por principio al FMI. Sin embargo, como en el caso del gobierno de Pinochet en los años setenta, también documento que el FMI, en los días del rescate, estaba repleto de Chicago Boys ideológicos – algo bien diferente de afirmar que el FMI recibía órdenes de Friedman. En la página 202, encaro directamente esta aparente contradicción:

“Filosóficamente, Milton Friedman no creía en el FMI o el Banco Mundial: eran ejemplos clásicos de la interferencia del gran gobierno en las delicadas señales del libre mercado. De modo que fue algo irónico que haya habido una cinta transportadora virtual que entregaba Chicago Boys a las gigantescas centrales de ambas instituciones en la Calle 19 en Washington D.C. donde ocuparon muchos de los puestos superiores.”

“La doctrina del shock” tiene sitio para este tipo de complejidad porque no es – a pesar de lo que afirma Cato – un libro sobre las acciones de un hombre. Trata de una multifacética tendencia ideológica que durante medio siglo ha servido con éxito los más poderosos intereses corporativos en la sociedad.

Además, nunca escribí, como afirma Cato en el mismo pasaje, que Friedman haya tenido nada que ver con “la confiscación por el gobierno de Sri Lanka de tierras de las familias de pescadores para construir hoteles de lujo después del tsunami.” Su nombre no aparece ni una sola vez en mi capítulo de 25 páginas sobre el tsunami. Una vez más, escribir que “pretendo” que Friedman propugne esas políticas es puro amaño. Además, todas esas invenciones e imposturas aparecen en un solo párrafo. El documento introductorio de Cato tiene 20 páginas y está formado por docenas y docenas de párrafos igualmente deshonestos. Someter a todos a este tipo de refutación requiere simplemente demasiado tiempo; mi refutación total es el libro en sí.

Buscad la fuente

Gracias a un fantástico equipo de investigadores, especialmente mi increíble asistente de investigación Debra Levy, “La doctrina del shock” ha resistido un año de intenso examen por los medios en docenas de países. No salió ileso, pero ha emergido en aún mejor forma de la que me atrevía a esperar. Cuando se descubren errores, los corregimos de inmediato en futuras ediciones y colocamos una corrección y una explicación en el sitio en la Red del libro. Hasta ahora se ha descubierto sólo un error importante, relacionado con los beneficios ganados por las acciones de Halliburton de Dick Cheney. Fue inmediatamente corregido. Los lectores de “La doctrina del shock” saben que ése no es más que uno de numerosos ejemplos que confirman el mismo hecho sobre los conflictos de interés en el gobierno de Bush; por cierto, dedico todo un capítulo al tópico. Y éste es el beneficio de una metodología que se basa no en anécdotas, sino en miles de hechos y cifras obtenidos de fuentes: las tesis no se basan o caen por uno u otro ejemplo aislado.

En cuanto a la acusación de mis críticos de que soy selectiva en mi uso de citas, es un peligro que corre todo escritor. Es también el motivo por el cual Debra y yo lanzamos la sección de “recursos” del sitio en la Red del libro. En esa página, los lectores pueden tener acceso a docenas de informes, cartas y estudios originales que componen parte del material de investigación crucial para el libro. Si alguien se preocupa de que esté exagerando el apoyo de Friedman al brutal régimen de Augusto Pinochet, que lea una carta que Friedman escribió a este último. Si alguien sospecha que esté presentando al capitalismo del desastre como más conspirativo de lo que es, que lea las actas de una reunión que tuvo lugar en la Heritage Foundation sólo dos semanas antes de que los diques se rompieran en Nueva Orleans. Presentan 32 “soluciones de libre mercado” para el Huracán Katrina y los altos precios del petróleo, muchas de las cuales han sido propugnadas por el gobierno de Bush.

La tesis de “La doctrina del shock” no nació por capricho sino de cuatro años de investigación. Debra y yo pusimos esos documentos en línea porque queremos que educadores, estudiantes y lectores en general vayan más allá de una versión reconocidamente subjetiva de la historia – como todas las historias – y vayan directamente a la fuente. Os invitamos a explorar esos documentos, que nos enviéis los que hemos olvidado, y que lleguéis a vuestras propias conclusiones.

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

http://www.naomiklein.org/articles/2008/09/response-attacks

Un excelente corto sobre “La doctrina del shock” de Jonás y Alfonso Cuarón, presentado en el Festival de Venecia 2007 y en el Festival de San Sebastián 2007, puede ser visto http://www.paidos.com/klein.asp

Enlace a texto en Rebelión

lunes, 14 de julio de 2008

Naomi Klein: el estado de extorsión del capitalismo

Capitalismo del desastre: estado de extorsión

Naomi Klein
Sin Permiso


Desde que el petróleo sobrepasó los 140 dólares el barril, hasta los locutores de derechas más furibundos se ven forzados a demostrar su credo populista dedicando una porción de sus programas a machacar a las compañías petrolíferas. Algunos han ido tan lejos como para invitarme para mantener una amistosa charla sobre un insidioso nuevo fenómeno: “el capitalismo del desastre”. La cosa marcha bien... hasta que empieza a torcerse.

Por ejemplo, el locutor “conservador independiente” Jerry Doyle y yo mantuvimos una conversación perfectamente amistosa sobre las turbias compañías aseguradoras y la ineptitud de los políticos cuando ocurrió lo siguiente: “Creo que hay una sistema para abaratar rápidamente los precios”, anunció Doyle. “Hemos invertido 650 mil millones de dólares para liberar a una nación de 25 millones de personas. ¿No va siendo hora de que reclamemos algo de petróleo a cambio? Deberían de haber un montón de camiones cisterna, uno tras otro, formando un atasco en dirección al Túnel Lincoln, el apestoso Túnel Lincoln, en hora punta, cada uno de ellos con una nota de agradecimiento de parte del gobierno iraquí... ¿Por qué no vamos y cogemos sencillamente el petróleo? Nos lo hemos ganado liberando un país. Puedo arreglar el problema del precio del petróleo en diez días en vez de en diez años.”

Había un par de problemas con el plan de Doyle, por supuesto. El primero es que estaba describiendo el mayor latrocinio de la historia mundial. El segundo, que llegaba demasiado tarde: “nosotros” ya estamos robando el petróleo de Irak, o al menos estamos en el momento cumbre de ello.

Han pasado diez meses de la publicación de mi libro, La Doctrina del Shock: el auge del capitalismo del desastre, en el cual argumento que el método preferido para reformar el mundo de acuerdo con los intereses de las corporaciones multinacionales es actualmente el de explotar sistemáticamente el estado de miedo y desorientación que acompaña a la población en momentos de shock y crisis. Ahora que el mundo está siendo sacudido por múltiples shocks, parece un buen momento para ver cómo se está aplicando la estrategia.

Los capitalistas del desastre han estado ocupados: desde los bomberos privados que actuaron en los incendios del norte de California, a los desposeedores de tierras tras el ciclón Burma, a la nueva ley sobre la vivienda abriéndose paso hacia el Congreso. La ley no habla demasiado sobre las viviendas asequibles, desplaza la carga del impago de hipotecas a los contribuyentes y asegura a los bancos que proporcionan malos préstamos conseguir algunos pagos en devolución por los mismos. No sorprende que se la denomine en los pasillos del Congreso como el “plan Credit Suisse”, en honor a uno de los bancos que, generosamente, la propuso.

El desastre de Irak: “si lo rompe lo paga”

Pero estos casos de capitalismo del desastre son bastante amateurs en comparación con lo que se está llevando a cabo en el ministerio del petróleo iraquí. Empezó con la adjudicación de contratos fuera de subasta a ExxonMobil, Chevron, Shell, BP y Total (aún no se han firmado, pero continúan siendo válidos). Pagar a las multinacionales por su bagaje técnico no es algo raro. Sí lo es que estos contratos vayan casi invariablemente a compañías petrolíferas que se dedican a su distribución, y no a las que se dedican a explorar, producir y guardar la riqueza procedente de la explotación de estos recursos combustibles y liberadores de dióxido de carbono. Como apunta el experto en petróleo londinense Greg Muttitt, los contratos sólo tienen sentido según las informaciones de que las grandes compañías petrolíferas han insistido en el derecho a poder rechazar contratos otorgados para producir en los campos de petróleo iraquíes, dirigiéndolos. En otras palabras, aunque otras compañías podrán pujar por los contratos en el futuro, serán éstas quienes siempre los ganarán.

Una semana después de que no se anunciaran acuerdos fuera de subasta, el mundo pudo ver el precio real del petróleo. Después de años presionando a Irak en la trastienda de la opinión público, el país ha abierto repentinamente a los inversores seis de sus mayores campos petrolíferos, que reúnen en conjunto casi la mitad de sus reservas. De acuerdo con el ministro del petróleo iraquí, se empezarán a firmar contratos a largo plazo a lo largo de este año. Aunque ostensiblemente bajo el control de la Compañía Nacional de Petróleo Iraquí (CNPI), las empresas extranjeras mantendrán el 75% del valor de los contratos, dejando el 25% restante a sus socios iraquíes.

Este tipo de porcentaje no tiene precedentes en los estados árabes y persas ricos en petróleo, en los que el control mayoritariamente nacional del petróleo fue una victoria decisiva en las luchas anticoloniales. Según Muttitt, la suposición hasta ahora era que las multinacionales extranjeras traerían el desarrollo a los nuevos campos petrolíferos en Irak, no que tomarían aquellos cuya producción ya está en marcha y en consecuencia requieren una inversión técnica mínima. “La política era la de asignar estos campos a la Compañía Nacional de Petróleo Iraquí por completo”, me explicó. Este cambio supone una inversión de aquella política, ya que da a la CNPI solamente un 25%, en vez del 100% acordado.

Así pues, ¿qué es lo que hace que contratos tan pésimos como ésos sean posibles en Irak, un país que tanto ha sufrido? Irónicamente, es el sufrimiento de Irak -su crisis sin fin- la base para un acuerdo que amenaza con drenar de su tesoro nacional su principal fuente de ingresos. La lógica es como sigue: la industria petrolífera de Irak necesita expertos extranjeros porque los años de sanciones punitivas la privaron de nueva tecnología, y la invasión, y la violencia que la siguió, la degradaron todavía más. E Irak necesita urgentemente producir más petróleo. ¿Por qué? Por la guerra, una vez más. El país está en ruinas, y los miles de millones repartidos en contratos fuera de subasta a las compañías occidentales no han conseguido reconstruir el país. Ahí es donde aparecen los nuevos contratos fuera de subasta: lograrán recaudar más dinero, pero Irak se ha convertido en un lugar tan peligroso que se debe inducir a las compañías petrolíferas para que éstas se arriesguen a invertir. De se modo la invasión de Irak crea limpiamente el argumento para el saqueo ulterior.

Muchos de los arquitectos de la guerra de Irak ya ni siquiera se preocupan en negar que el petróleo fue el motivo principal para desencadenarla. En el programa To the Point de la National Public Radio [Radio Nacional Pública], Fadhil Chalabi, uno de los principales consejeros iraquíes de la administración Bush antes de la invasión, describió recientemente la guerra como un “movimiento estratégico de los EE.UU. y el Reino Unido para tener una presencia militar en el Golfo con la que asegurar en el futuro las reservas [de petróleo].” Chalabi, que ejerció de viceministro del petróleo y se reunió con las compañías petrolíferas antes de la invasión, describió este movimiento como “un objetivo fundamental.”

Invadir países para apoderarse de sus recursos naturales es ilegal según la Convención de Ginebra. Esto significa que la gigantesca tarea de reconstruir la infraestructura en Irak -incluyendo su infraestructura petrolífera- es responsabilidad financiera de los invasores. Son ellos quienes deberían ser forzados a pagar las reparaciones. (Recuérdese que el régimen de Saddam Hussein pagó 9 mil millones de dólares a Kuwait en concepto de reparaciones por la invasión del país en 1990.) En cambio Irak está obligado a vender el 75% de su patrimonio nacional para pagar el precio de su propia invasión y ocupación ilegal.

El shock del precio del petróleo: o nos dais el Ártico o nunca volveréis a conducir

Irak no es el único país involucrado en un atraco petrolífero. La administración Bush está atareada en la labor de usar una crisis relacionada -la del alza del precio del combustible- para reavivar su viejo sueño de perforar el Refugio Natural Ártico (Artic National Wildlife Refuge, ANWR en sus siglas inglesas). Y de perforar la costa. Y también de explotar las reservas de petróleo bituminoso de la cuenca de Green River. “El Congreso tiene que enfrentarse a una dura realidad”, dijo George W. Bush el 18 de junio. “A menos que los miembros del congreso estén dispuestos a aceptar los dolorosos precios del combustible actuales, o puede que aún más altos, nuestra nación debe producir más petróleo.”

Habla el Presidente como Extorsionador en Jefe, apuntando a la cabeza de su rehén (nada menos que el país entero) con el surtidor de gasolina: o me dais la ANWR o todo el mundo tendrá que pasar sus vacaciones en el patio trasero de su casa. El último robo del presidente-cowboy.

A pesar de las pegatinas de “Perfore aquí y ahora y pague menos”, perforar en la ANWR tendría un impacto apenas discernible en las actuales reservas petrolíferas mundiales, como sus defensores bien saben. El argumento de que podría provocar una reducción de los precios del petróleo no está basado en la economía pura y dura sino en el psicoanálisis de mercado: perforar “enviaría un mensaje” a los empresarios del petróleo de que aún queda más petróleo, y esto haría que empezasen a bajar los precios.

Se siguen dos puntos de este razonamiento. El primero, es el intento por mentalizar a los hiperactivos empresarios de qué es lo que ocurre realmente en el gobierno de la era Bush, incluso en medio de una emergencia nacional. El segundo, es que nunca funcionará. Si hay alguna cosa que podamos predecir del reciente comportamiento del mercado del petróleo es que el precio va a seguir subiendo, no importa cuántas nuevas reservas se anuncien.

Tomad por ejemplo el enorme boom que está teniendo lugar en las famosas reservas de petróleo bituminoso de Alberta. Con tales reservas de petróleo bituminoso, conocidas también como “arenas petrolíferas”, ocurre lo mismo que con los otros emplazamientos propuestos por Bush para la perforación: son cercanos y seguros, pues el Tratado para el Libre Comercio en Norteamérica (NAFTA en sus siglas inglesas) contiene una cláusula que impide a Canadá cortar el suministro a Estados Unidos. Sin hacer mucho ruido, el petróleo de estas fuentes en gran medida sin explotar ha estado fluyendo hacia el mercado en tal cantidad que ahora Canadá es el mayor proveedor de petróleo de los Estados Unidos, por encima de Arabia Saudí. Entre el 2005 y el 2007, Canadá aumentó sus exportaciones a los Estados Unidos en casi 100 millones de barriles. A pesar del significativo crecimiento de estas reservas seguras, los precios del petróleo han ido en aumento durante todo este tiempo.

Lo que se esconde tras la campaña de perforación de la ANWR no es de hecho otra cosa que pura estrategia del shock: la crisis del petróleo ha creado las condiciones con las que es posible vender una política antes invendible, pero desde luego altamente rentable.

El shock del precio de los alimentos: o modificación genética o hambruna

Ligada estrechamente al precio del petróleo encontramos la crisis alimentaria global. No sólo los elevados precios del petróleo hacen subir los precios de los alimentos, sino que el boom de los biocombustibles ha desdibujado la frontera entre comida y combustible, expulsado a los agricultores de sus tierras y alentado una especulación rampante. Muchos países latinoamericanos han insistido en que se reexamine la pujanza de los biocombustibles como alternativa a los combustibles fósiles y en que se reconozcan los alimentos como un derecho humano y no como una mercancía más. El subsecretario de Estado de los Estados Unidos John Negroponte tiene en cambio otras ideas al respecto. En el mismo discurso en que trataba de vender el compromiso de EE.UU. en la ayuda alimentaria de emergencia pidió a los países que bajaran sus “restricciones a la exportación y elevadas tarifas” y eliminaran “las barreras para el uso de las innovaciones tecnologías en la producción animal y vegetal, incluyendo la biotecnología.” Hay que reconocer que esta amenaza era más sutil que las anteriores, pero el mensaje era claro: los países pobres harían mejor en abrir sus mercados agrícolas a los productos norteamericanos y sus semillas genéticamente modificadas. En caso contrario se arriesgan a perder su ayuda.

Los cultivos genéticamente modificados han aparecido de súbito como la panacea para la crisis alimentaria, al menos según el Banco Mundial, el presidente de la Comisión Europea -“valor y al toro”, vino a decir- y el Primer Ministro británico Gordon Brown. Y, claro está, según las empresas del agribusiness. “No se puede alimentar hoy al mundo sin organismos genéticamente modificados”, declaró recientemente Peter Brabec, presidente de Nestlé, al Financial Times. El problema con este argumento, al menos por ahora, es que no hay pruebas de que los organismos genéticamente modificados aumenten la producción de los cultivos, sino que más bien la disminuyen.

Pero si incluso hubiera una varita mágica con la que resolver la crisis alimentaria global, ¿querríamos que estuviese en manos de los Nestlés y Monsantos? ¿Cuál sería el precio a pagar por que la empleasen? En los últimos meses Monsanto, Syngenta y BASF han estado comprando frenéticamente patentes de las llamadas semillas “todoterreno”, un tipo de plantas que pueden crecer incluso en la tierra agostada por la sequía o salada por las inundaciones.

En otras palabras: plantas modificadas para sobrevivir a un futuro de caos climático. Ya sabemos hasta qué punto está dispuesta a llegar Monsanto a la hora de proteger su propiedad intelectual, espiando y demandando a los granjeros que se atrevan a guardar sus semillas de un año para el otro. Hemos podido ver cómo las medicaciones patentadas contra el VIH impiden salvar a millones de personas en el África subsahariana. ¿Por qué los cultivos “todoterreno” patentados iban a ser diferentes?

Mientras tanto, entre tanta charlatanería excitante sobre nuevas tecnologías perforadoras y genéticas, la administración Bush anunció una moratoria de hasta dos años en los proyectos federales para la investigación en energía solar, debido a, aparentemente, preocupaciones medioambientales. Nos vamos acercando a la frontera final del capitalismo del desastre. Nuestros dirigentes no invierten en tecnologías que nos prevengan de una manera efectiva de un futuro climáticamente caótico, y en vez de eso se deciden a trabajar codo con codo justamente con quienes traman planes cada vez más endiablados para aprovecharse de las desgracias ajenas.

La privatización del petróleo iraquí, el aseguramiento de los cultivos genéticamente modificados, la reducción de las últimas barreras comerciales y la apertura de los últimos refugios naturales a la explotación privada... no hace mucho estos objetivos eran conseguidos uno tras otro mediante corteses acuerdos comerciales presentados con el pseudónimo de “globalización”. Ahora esta agenda completamente desacreditada está obligada a cabalgar sobre las espaldas de crisis cíclicas, vendiéndose a sí misma como la medicina que curará de una vez por todas el dolor del mundo.

Naomi Klein es autora de numerosos libros, incluido el más reciente The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism.

Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero

Enlace a texto en Rebelión

miércoles, 18 de junio de 2008

Los Chicago Boys de Obama

Naomi Klein
The Nation


Barack Obama esperó sólo tres días después del retiro de Hillary Clinton de la contienda para declarar, en CNBC, “Miren, soy un tipo favorable al crecimiento, de libre mercado. Adoro el mercado.”

Para demostrar que no se trata de un simple rapto primaveral, nombró a Jason Furman, de 37 años, para que dirija su equipo de política económica. Furman es uno de los defensores más destacados de Wal-Mart, que consagra la “historia de éxito progresista” de la compañía. En la campaña, Obama atacó severamente a Clinton por estar en el consejo de Wal-Mart y prometió: “No voy a comprar allí.” Para Furman, sin embargo, los críticos de Wal-Mart constituyen la verdadera amenaza: los “esfuerzos para hacer que Wal-Mart aumente sus salarios y prestaciones” están creando “daño colateral” que “es de lejos demasiado enorme y dañino de manera más amplia para los trabajadores y la economía como para que yo me siente tranquilo y cante ‘Kum-Ba-Ya' [canción tradicional afro-estadounidense, N. del T.] en función de los intereses de la armonía progresista.”

El amor de Obama por los mercados y su deseo de “cambio” no son inherentemente compatibles. “El mercado ha perdido su equilibrio,” dice, y ciertamente es así. Muchos rastrean ese profundo desequilibrio hasta las ideas de Milton Friedman, quien lanzó una contrarrevolución contra el Nuevo Trato desde su posición privilegiada en el departamento de economía de la Universidad de Chicago. Y aquí hay más problemas, porque Obama – quien enseñó derecho durante una década en la Universidad de Chicago – está compenetrado a fondo en la mentalidad conocida como la Escuela de Chicago.

Escogió como su principal asesor económico a Austan Goolsbee, economista de la Universidad de Chicago al lado izquierdo de un espectro que termina en la centroderecha. Goolsbee, a diferencia de sus colegas más friedmanistas, considera que la desigualdad es un problema. Su solución primordial, sin embargo, es más educación – una línea que también se puede recibir de Alan Greenspan. En su ciudad natal, Goolsbee ha mostrado empeño por vincular a Obama con la Escuela de Chicago. “Si se considera su plataforma, sus asesores, su temperamento, el sujeto tiene un respeto saludable por los mercados,” dijo a la revista Chicago. “Se sitúa en la cultura de los tiempos, lo que es algo diferente que decir que sea laissez-faire."

Otro de los admiradores de Obama en Chicago es el multimillonario Kenneth Griffin, de 39 años, director ejecutivo del fondo de cobertura Citadel Investment Group. Griffin, quien hizo la máxima donación permisible a Obama, es una especie de anuncio para una economía desequilibrada. Se casó en Versailles y realizó la fiesta correspondiente en el sitio de vacaciones de María Antonieta (con la actuación del Cirque du Soleil) – y es uno de los oponentes más decididos al cierre de las lagunas de la ley tributaria para los fondos de cobertura. Mientras Obama habla de reforzar las reglas comerciales con China, Griffin ha estado torciendo las pocas barreras que existen. A pesar de sanciones que prohíben la venta de equipos policiales a China, Citadel ha estado metiendo dinero en controvertidas compañías de seguridad basadas en China que colocan a la población local bajo niveles de vigilancia sin precedentes.

Es hora de preocuparse por los Chicago Boys de Obama y por su compromiso con la defensa contra intentos serios de regulación. En los dos meses y medio entre su victoria en la elección de 1992 y su toma del poder, Bill Clinton hizo un giro de 180 grados respecto a la economía. Había hecho campaña prometiendo reformar el NAFTA, agregando provisiones laborales y medioambientales, e invertir en programas sociales. Pero dos semanas antes de su toma de posesión, se reunió con el jefe de Goldman Sachs en aquel entonces, Robert Rubin, quien lo convenció sobre la urgencia de abrazar la austeridad y más liberalización. Rubin declaró a PBS: “El presidente Clinton tomó en realidad la decisión antes de entrar al Despacho Oval, durante la transición, sobre lo que constituía un cambio dramático en la política económica.”

Furman, destacado discípulo de Rubin, fue escogido para dirigir el Proyecto Hamilton de Brookings Institution, el think-tank que Rubin ayudó a fundar para argüir por la reforma de la agenda de libre comercio, en lugar de abandonarla. Si se agrega a eso la reunión en febrero de Goolsbee con funcionarios consulares canadienses, que partieron con la clara impresión de que se les había instruido para que no tomaran en serio la campaña contra el NAFTA de Obama, y tendremos todos los motivos para preocuparnos por una repetición de 1993.

La ironía es que no hay absolutamente ninguna razón para esta vuelta a lo mismo. El movimiento lanzado por Friedman, introducido por Ronald Reagan y afianzado bajo Clinton, encara una profunda crisis de legitimidad en todo el mundo. En ninguna parte es más evidente que en la propia Universidad de Chicago. A mediados de mayo, cuando el presidente de la universidad, Robert Zimmer, anunció la creación de un Instituto Milton Friedman por 200 millones de dólares, un centro de investigación económica dedicado a continuar y aumentar el legado de Friedman, estalló una controversia. Más de 100 profesores académicos firmaron una carta de protesta. “Los efectos del orden neoliberal global que ha sido introducido en las últimas décadas, fuertemente respaldado por la Escuela de Economía de Chicago, de ninguna manera han sido inequívocamente positivos,” señala la carta. “Mucha gente argumentaría que han sido negativos para gran parte de la población del mundo.”

Cuando Friedman murió en 2006, semejantes críticas atrevidas de su legado brillaron en general por su ausencia. Los glorificadores homenajes póstumos hablaron sólo de los grandiosos logros, y una de las valorizaciones más destacadas apareció en el New York Times – escrita por Austan Goolsbee. Pero ahora, sólo dos años después, el nombre de Friedman es visto como algo inconveniente, incluso en su propia alma máter. ¿Por qué entonces, ha escogido Obama este momento, cuando todas las ilusiones de un consenso han desaparecido, para ir en retro a Chicago?

La noticia no es enteramente mala. Furman afirma que aprovechará la experiencia de dos economistas keynesianos: Jared Bernstein del Instituto de Política Económica y James Galbraith, hijo de la Némesis de Friedman, John Kenneth Galbraith. Nuestra “actual crisis económica,” dijo Obama recientemente, no llegó de la nada. Es “la conclusión lógica de una filosofía cansada y descaminada que ha dominado Washington desde hace demasiado tiempo.”

Así sea. Pero antes de que Obama pueda purgar Washington del azote del friedmanismo, tendrá que comenzar por su propia limpieza ideológica en casa.

Este artículo fue publicado en The Nation.

Enlace a The Nation

lunes, 26 de mayo de 2008

Ciclón en Birmania, terremoto en China

Naomi Klein
The Nation


Cuando llegaron las noticias sobre el catastrófico terremoto en Sichuan, me acordé de Zheng Sun Man, un activísimo ejecutivo de seguridad con el que coincidí en un reciente viaje a China. Zheng dirige la Aebell Electrical Technology, una empresa radicada en Guangzhou que fabrica cámaras de vigilancia y sistemas de megafonía para venderlos al gobierno.
Zheng, un licenciado de 28 años con adicción a los mensajes por telefonía móvil, estaba decidido a convencerme de que sus cámaras y sus megáfonos no se usaban contra los activistas a favor de la democracia ni contra los organizadores de los trabajadores en las fábricas. Sirven para la gestión de los desastres naturales, me explicó Zheng, ejemplificando con las tormentas de nieve antes del Año Nuevo Lunar. Durante esa crisis, el gobierno “consiguió servirse de la información procedente de las cámaras instaladas en las vías de los ferrocarriles para transmitir el modo de enfrentarse a la situación y para organizar la evacuación. Vimos cómo el gobierno central pudo dirigir desde el norte las situaciones de emergencia en el sur.”
Evidentemente, las cámaras de vigilancia tienen también otros usos, como ayudar a imprimir pósters con los rostros de los activistas tibetanos “más buscados”. Pero no le falta cierta razón a Zheng: nada amedrenta más a un régimen represivo que un desastre natural. Los Estados autoritarios gobiernan con el miedo y por la vía de proyectar un aura de control total. Cuando, de repente, ofrecen la impresión de andar cortos de personal, de estar ausentes o de carecer de organización, sus súbditos pueden cobrar peligrosamente coraje. Hay que tener eso en mente cuando se observa el esfuerzo de dos de los más represivos regímenes del planeta –China y Birmania— para responder a sendos desastres devastadores: el terremoto de Sichuan y el ciclón Nargis. En ambos casos, los desastres han revelado una grave debilidad política de esos regímenes, y las dos crisis tienen potencial para brotes incendiarios de furia política harto difíciles de controlar.
Cuando China construye y levanta edificios, los residentes tienden a callar respecto de lo que todo el mundo sabe: que los desarrollistas acostumbran a saltarse los códigos de seguridad y que los funcionarios locales aceptan sobornos para silenciarlo. Pero cuando China se derrumba –incluidas al menos ocho escuelas—, la verdad tiene una vía de escape. “Mirad todos esos edificios. Tenían la misma altura, pero ¿por qué cayó el segundo?”, preguntaba en Juyuan un familiar desolado. Una madre en Dujiangyan declaró al Guardian: “Los funcionarios chinos son demasiado corruptos y malvados... Tienen dinero para prostitutas y amantes, pero no para nuestros hijos”.
Que los estadios olímpicos hayan sido construidos a prueba de terremotos, es pobre consuelo. Cuando estuve en China, no era fácil encontrar a quien criticara la torrentada del gasto olímpico. Ahora, una muchedumbre de mensajes en los principales portales electrónicos hablan de “derroche” y llaman “inhumana” la continuación de los relevos de la antorcha olímpica.
Pero nada de eso puede compararse con la rabia despertada por los sucesos de Birmania, en donde los supervivientes del ciclón han apaleado al menos a un funcionario local, indignados con su incapacidad para distribuir el socorro. El gobierno militar birmano ha emitido docenas de comunicados atribuyéndose el mérito de suministros procedentes de países extranjeros. Y según ha terminado por verse, ha hecho más incluso que arrogarse méritos: en algunos casos, se ha apropiado de las ayudas. Según un informe del diario Asia Times, el régimen habría distraído cargamentos con alimentos para distribuirlos entre sus 400.000 soldados. El motivo que subyace a ese comportamiento revela la amenaza que el desastre representa para la existencia misma del régimen. Se diría que los generales están “obsesionados con un miedo casi patológico a la división en sus propias filas... si no se da a los soldados prioridad en la distribución de la ayuda y no consiguen alimentos por sí mismos, crece la probabilidad de motines”. Mark Farmaner, director de la campaña de ayuda a Birmania en el Reino Unido, confirma que antes del ciclón los militares estaban ya lidiando con una ola de deserciones.
Este robo de alimentos, de escala relativamente pequeña, sirve para fortalecer a la junta militar de cara a un golpe de mucha mayor envergadura: el que tiene lugar a través del referéndum constitucional, en cuya celebración a cualquier precio no han dejado de insistir contra viento y marea los generales. Tentados por unos precios altos, los generales birmanos han exprimido la abundancia natural del país, despojándolo de piedras preciosas, maderas nobles, arroz y aceites. Mas, por beneficioso que ello resulte, el general Than Shwe sabe que no podrá resistir indefinidamente las exigencias de democracia.
Copiando una página del libro de instrucciones del dictador chileno Augusto Pinochet, los generales han confeccionado una Constitución que permite elecciones, pero garantizando que ningún gobierno futuro tendrá jamás poder para perseguirles por sus crímenes u obligarles al reintegro de su mal adquirida riqueza. Como bien dice Farmaner, tras las elecciones, los dirigentes de la junta militar trocarán las botas por los trajes”. Y, ahora el ciclón viene a ofrecerles una última –y enorme— posibilidad de negocio: bloquear la llegada de la ayuda al fertilísimo delta de Irrawaddy monta tanto como condenar a muerte a centenares de miles de campesinos arroceros (el grueso de ellos, miembros de la etnia Karen). Según Farmaner, “esas tierras pueden acabar en manos de hombres de negocios compinchazos con los generales” (emulando el despojo de tierras en los frentes de playa que tuvo lugar en Sri Lanka y en Tailandia tras el Tsunami asiático). Eso no es incompetencia; ni siquiera demencia. Es limpieza étnica al estilo laissez-faire.
Si la junta militar birmana logra evitar el amotinamiento y consigue esos objetivos, será en buena medida gracias a China, que viene bloqueando con gran diligencia todos los intentos de la ONU para intervenir humanitariamente. Dentro de China, en donde el gobierno central se esfuerza denodadamente por mostrarse compasivo, las noticias de esa complicidad resultarían explosivas. ¿Las recibirán los ciudadanos chinos? Es muy posible, desde luego. Hasta ahora, Beijing ha mostrado una tremenda determinación a la hora de censurar y controlar toda forma de comunicación. Pero, después del terremoto, el conocido “Muro de Fuego” encargado de censurar Internet está fallando de mala manera. Los blogs proliferan salvajemente, y hasta los reporteros de los medios de comunicación estatales se avilantan a informar de las noticias.
Esta es acaso la mayor amenaza que los desastres naturales representan para los regímenes represivos. Para los dominadores chinos, nada ha resultado más crucial en punto a mantener su poder que la capacidad para controlar lo que las gentes ven y escuchan. Si pierden esa capacidad, ni cámaras de vigilancia ni megáfonos les servirán de gran cosa.


Naomi Klein es autora de numerosos libros, el más reciente The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism.

Traducción para www.sinpermiso.info: Casiopea Altisench

martes, 22 de abril de 2008

Naomi Klein: "El Neoliberalismo no es democrático"


En su nuevo libro, Naomi Klein postula que el capitalismo avanza aprovechando las crisis como oportunidades de negocios

Martes 22 de abril de 2008 | Publicado en La Nación, Buenos Aires

Cuenta Naomi Klein que fue ver la invasión norteamericana a Irak desde la Argentina, en 2002, lo que disparó en ella la idea de su último libro, La doctrina del shock , una renovada crítica al neoliberalismo que une Estados Unidos con Chile, Sudáfrica con Irak y Argentina con Polonia y Rusia. Allí denuncia que el libre mercado ha basado su desarrollo en utilizar los desastres naturales y las crisis de todo tipo para hacer avanzar su impulso privatizador.

"Ver el modo en que los argentinos interpretaban la guerra fue una nueva perspectiva. Entendí la violencia con que el neoliberalismo había sido impuesto en el Cono Sur como su primer laboratorio", dice ahora Klein, periodista y activa militante del anticapitalismo, recién llegada a la Argentina, donde tendrá una semana atareada: además de sus presentaciones en la Feria del Libro -estará el viernes, a las 19.30-, viene a filmar material para un documental basado en su último trabajo.

En el libro, un volumen de 600 páginas (editado por Paidós) que le llevó cuatro años de trabajo, Klein, nacida en Canadá, retoma el tono de denuncia y revelación que hizo de su primer libro, No logo , un best seller traducido a 28 idiomas. Describe aquí cómo el huracán Katrina, los atentados del 11 de Septiembre, la invasión a Irak, crisis políticas y económicas en Rusia, China y Polonia, y las dictaduras del Cono Sur fueron aprovechadas para aplicar la doctrina neoliberal.

"Este libro es un análisis latinoamericano del neoliberalismo", dice Klein a LA NACION, y asegura que aspira a que el texto "dé a la gente algunas herramientas" para poder anticipar las tácticas del capitalismo, hoy más cuestionado, pero aún triunfante.

-¿Hasta qué punto el "capitalismo del desastre" que usted describe es nuevo?

-El uso del desastre para impulsar el capitalismo es un truco bastante antiguo. Uno de sus ecos históricos está en la época colonial, por ejemplo en los relatos de los primeros colonos de América del Norte, que veían las plagas que mataban a los nativos como un trabajo de Dios para limpiar la tierra. Lo nuevo es que los desastres mismos hoy son la frontera para la privatización. El desastre se usa para hacer avanzar la agenda capitalista, pero además hay conciencia de que cada desastre es una oportunidad de negocios para reemplazar al Estado.

-¿Cómo influyó en su análisis el haber vivido en América latina?

-Nunca habría escrito este libro si no hubiera vivido en la Argentina en este período clave del comienzo de la guerra en Irak. Ver el modo en que mis amigos argentinos interpretaban la guerra, que era totalmente distinto del modo en que estaba siendo interpretada en Europa y los Estados Unidos, fue una nueva perspectiva. Entendí la violencia con que el neoliberalismo había sido impuesto en el Cono Sur como su primer laboratorio. Este libro es un análisis latinoamericano del neoliberalismo. Sus ideas son profundamente conocidas y comprendidas en América latina y lo han sido por décadas. El modo en que la historia ha sido contada es que el neoliberalismo tuvo un nacimiento sangriento en América latina y luego creció y se volvió más democrático y respetuoso de los derechos humanos. Pero lo que se ve en Rusia, en Polonia, en China, es que allí había conciencia de estar imitando el modelo latinoamericano.

-¿Qué tiene de particular la "reconstrucción popular" como respuesta al neoliberalismo que usted ve en América latina?

-Dado que el neoliberalismo llegó a América latina primero, el rechazo también empezó aquí antes. La reconstrucción popular está aquí más avanzada, además, porque hay una comprensión profunda de que el neoliberalismo nunca fue un proceso democrático. En ninguna otra parte del mundo hay un rechazo del consenso neoliberal tan claramente articulado, aunque podemos discutir si ese rechazo ideológico se traduce luego en políticas concretas.

-Muchas formas de democracia directa que se desarrollaron luego de la crisis de 2001, como las fábricas recuperadas, que usted conoce, parecen haberse debilitado.

-No estoy segura de que sea así. En la Argentina, el gobierno rechaza la retórica y cierta realidad del neoliberalismo, pero no apoya de manera correspondiente la democracia directa y los mecanismos cooperativistas. Si se mira lo que pasa en Bolivia y Venezuela, se ve que si el Estado lo toma como un modelo económico alternativo, puede crecer muy rápido y ser parte sustancial de la economía. Pero esto no sucede sin apoyo del Estado.

-Justamente, mucha gente piensa aquí que, más allá de un cambio de discurso, la misma dirigencia política se prolonga.

-Lo que se ve aquí es una diferencia muy clara con lo que pasa en Bolivia o Ecuador, donde hay nuevas fuerzas políticas que responden a movimientos sociales. En la Argentina, en muchos aspectos se mantiene una relación de fuerzas tradicional y ésa es justamente la razón de que no haya más apoyo de los Kirchner a modelos como los de las fábricas recuperadas, porque desafían el modelo clientelista. Si la gente dice que no quiere depender de la asistencia del Estado, es una demanda política peligrosa. De todos modos, es mejor que la era Menem.

-¿Es optimista cuando mira el panorama mundial?

-Hay razones para la esperanza, pero también para la precaución. Las resistencias que estamos viendo pueden ser amenazadas por el neoliberalismo. Es peligroso cuando se oye a la izquierda celebrar demasiado la crisis de los mercados. El mundo que queremos tiene que ser creado, no sucederá si lo dejamos a las fuerzas del laissez faire . Soy optimista cuando miro a los Estados Unidos, donde el desastre neoliberal se ha vuelto evidente para los norteamericanos. Pero al mismo tiempo hay una derecha nacionalista muy poderosa que está tratando de apropiarse de ese desencanto. Es increíble la aceptación que ha ganado el discurso racista en los últimos años.

-¿Qué impacto querría que tuviera el libro?

-Este libro intenta preparar a la gente para el próximo shock, porque lo que vimos después del 11 de Septiembre es que estamos a merced de líderes que nos manipulan y pueden destruir nuestras libertades civiles y nuestra democracia, y vender nuestros países a corporaciones. Espero que este libro dé a la gente algunas herramientas para poder anticipar estas tácticas.

- ¿Se preguntó alguna vez si el capitalismo es tan poderoso que puede resistir críticas como la suya?

-Claro que puede hacerlo. Lo único que amenaza al neoliberalismo es un rechazo masivo. Los libros sólo pueden proveer algo de munición intelectual para los movimientos sociales. Eso trato de hacer.

Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION