Mostrando entradas con la etiqueta Crisis Alimentaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crisis Alimentaria. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de agosto de 2008

Ronda de Doha: ¿Economía de revolución?

La visión miope de los países ricos está llevando a la muerte a millones de personas

Leonardo Boff
Alai

En las negociaciones de la ronda de Doha sobre comercio internacional se ha notado algo cruel. Mientras los países ricos se negaban a disminuir los subsidios agrícolas y a modificar otros renglones de la agenda comercial para preservar su alto nivel de consumo, otros luchaban, desesperadamente, para garantizar la supervivencia de sus pueblos. La visión de los países opulentos es miope, pues ya está instalada la crisis alimentaria, posiblemente de larga duración, que puede afectarlos a ellos, pero mucho más a millones y millones de personas, que se enfrentan no a la pobreza sino directamente a la muerte. Ya han estallado revueltas de hambrientos en cuarenta países sin que la prensa empresarial, comprometida con el orden imperante, haya hecho referencia alguna. Los hambrientos siempre dan miedo.

La crisis alimentaria, asociada a los trastornos provenientes de los cambios climáticos, es de tal envergadura que nos está permitido hablar de la urgencia de una revolución. Ésta fue la palabra usada el día 2 de febrero de 2007 en París por el ex-presidente francés Jacques Chirac al oír los resultados alarmantes sobre el calentamiento planetario. Advertía que, ante la situación actual, debemos tomar la palabra revolución en su sentido más literal. Es urgente hacer cambios radicales en las formas de producción y de consumo si queremos salvarnos y preservar la vida en nuestro Planeta. Esta vez no podemos hacer economía de revolución. Hay que llevarla a cabo ya ahora.

Evidentemente no se trata de revolución en el sentido de utilizar la violencia, sino con el sentido que le dio nuestro historiador Caio Prado Junior:
«transformaciones capaces de estructurar la vida de todo un sistema social de manera que se corresponda con las necesidades más profundas y generales de sus poblaciones, algo que confiere un nuevo rumbo a las vidas humanas»

Pues eso es lo que se está imponiendo a nivel mundial. La Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la mayoría de los gobiernos han implantado un tipo de industrialización de la agricultura con la liberalización de los mercados que se rigen por la competición y por la especulación, que han acabado por afectar a la soberanía alimentaria de la mayoría de los países del mundo. Es una ilusión pensar que los que han producido la crisis, tienen la llave de su solución. Ellos proponen más de lo mismo: más producción, más fertilizantes, más productos genéticamente modificados, más mercado no para saciar el hambre sino para hacer más dinero. Ninguno piensa en colocar más dinero en las manos de los hambrientos para que puedan comprar comida y sobrevivir. Pueden morir de hambre delante de una mesa repleta a la cual no tienen acceso.

La solución se encuentra en las manos de aquellos que en el mundo entero garantizan gran parte del suministro alimentario: la agricultura familiar y las pequeñas cooperativas populares. La agricultura familiar en Brasil representa el 70% de los alimentos que llegan a la mesa. Es responsable del 67% del fríjol, del 89% de la mandioca, del 70% de los pollos, del 60% de los cerdos, del 56% de los lácteos, del 69% de la lechuga y del 75% de la cebolla. Estos pequeños agricultores, articulados entre sí y también a nivel internacional, deben formular las políticas de producción, privilegiar los mercados locales y regionales, y mantener bajo vigilancia los mercados mundiales, para inhibir la especulación e impedir la formación de oligopolios.

Este tipo de agricultura aprovecha los conocimientos ancestrales, sabe preservar los suelos y enriquecer su fertilidad con nutrientes naturales. Brasil, al lado del agronegocio, tiene que privilegiar la agricultura familiar, pues ella tiene condiciones para garantizar nuestra soberanía alimentaria y ser la mesa puesta para el hambre del mundo entero.

- Leonardo Boff es teólogo.

texto original
Rebelión

viernes, 4 de julio de 2008

Crisis de subsistencia: economía y oiko-anomia

Mailer Mattié
CEPRID


El aumento de los precios de alimentos básicos como el arroz, el maíz y el trigo (1) es, sin duda, una seria amenaza para la subsistencia de millones de personas en América Latina, África y Asia. Según Naciones Unidas, seis factores podrían explicar el alza: malas cosechas, bajas reservas de cereales, aumento del precio del petróleo, crecimiento de la demanda de biocombustibles, disminución de las ayudas a la agricultura y especulación financiera. Dichas variables, sin embargo, ocultan la verdadera naturaleza de la crisis, haciéndola aparecer como un fenómeno coyuntural que obedecería igualmente a causas coyunturales. El momento actual puede considerarse, en realidad, un punto de inflexión histórico que muestra el alcance de las consecuencias de la destrucción de formas de vida y modos de subsistencia; es decir, de las culturas que mantienen y protegen la biodiversidad, los cultivos, las semillas, la autonomía alimentaria y los mecanismos de distribución alternativos al mercado. Este punto de inflexión advierte, no obstante, acerca del riesgo de mil millones de personas en el mundo que padecen hambre; de ellos, 100 millones de mujeres, hombres y niños pueden morir por falta de alimentos.
Durante dos siglos el sistema capitalista, de hecho, ha convivido con modos tradicionales de subsistencia capaces de satisfacer las necesidades alimenticias de la mayor parte de la culturalmente diversa población del planeta. Esta convivencia, sin embargo, ha estado permanentemente sujeta a múltiples tensiones y dificultades. La tendencia constante ha sido hacia la destrucción y sustitución de aquellas formas que no se corresponden con los principios de propiedad y expansión de los mercados. Como instrumentos para tal fin han sido eficaces, desde luego, las políticas de desarrollo y globalización económica. Las consecuencias, en efecto, han resultado catastróficas para millones de comunidades despojadas de sus medios de subsistencia y obligadas a abandonar su cultura, quedando al margen de la supervivencia. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), serían necesarios al menos 1700 millones de dólares para enfrentar momentáneamente la actual crisis alimentaria. Al mismo tiempo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ha anunciado que los precios de los bienes agrícolas continuarán subiendo durante la próxima década, correspondiendo un 25% del aumento precisamente al crecimiento del consumo de biocarburantes. ¿Cuántas vidas humanas más habrán de ser sacrificadas a la insensatez?.

El precio del desarrollo

Una actividad identificada específicamente con las políticas de desarrollo es, sin duda, la implementación en regiones del Sur de sistemas productivos para la exportación. Dichas actividades intervienen, de hecho, las formas locales de organizar la satisfacción de la subsistencia, basadas sobre todo en el control que las comunidades ejercen sobre el uso y gestión de sus propios recursos y de la base ecológica: agua, bosques, suelos y biodiversidad en general. Con la acción directa de las empresas y otros agentes vinculados a los proyectos de exportación (organismos financieros y agentes gubernamentales), las comunidades pierden efectivamente el ejercicio de ese control. Las transformaciones generales de carácter mercantil y las nuevas pautas en el uso de los recursos generan, desde luego, la sustitución de los elementos y relaciones sociales características de la organización tradicional del abastecimiento material, entre ellas la reciprocidad y la redistribución.

Las políticas de desarrollo, pues, difícilmente se insertan en espacios sociales carentes de contenido en referencia tanto a la satisfacción misma de las necesidades de los grupos locales de población, como a pautas en el uso y gestión de los recursos. Comprender esto permite medir el alcance de la sustitución que se opera y su efectos sobre las comunidades. Además, nada garantiza a una población intervenida el acceso en condiciones satisfactorias a sistemas de subsistencia alternativos, incluyendo aquellos controlados por el mercado. El desarrollo, sin duda, expulsa mayor cantidad de población de las formas tradicionales de abastecimiento material que la que puede realmente ser absorbida por sus programas.

Tiende, en resumen, a obstaculizar en una doble dirección la satisfacción de la subsistencia de los grupos de población. Por un lado, afecta elementos de orden social, económico y cultural relacionados a la autonomía y control de los recursos. Por otro, no garantiza en ningún caso la efectividad de las pautas que sustituyen a la organización tradicional. Reflejo de este escenario es la problemática que se crea en torno a la alimentación y los patrones nutricionales en general. El desarrollo puede inducir, en efecto, a cambios drásticos en las pautas de alimentación de las comunidades intervenidas, no sólo mediante las alteraciones que provoca en la organización del abastecimiento material, sino también al forzar su adscripción al mercado. La “monetarización de la subsistencia” es, en realidad, manifestación de que la alimentación de la población se ha diferenciado de los recursos locales que la determinaban; expresión de la modificación de los hábitos nutricionales sobre los cuales el desarrollo ejerce una presión constante. No se obvia, sin embargo, el hecho de que los patrones alimentarios tradicionales pueden presentar riesgos nutricionales. En muchos casos lo que sucede a partir de los programas de desarrollo no es la superación de las condiciones de insuficiencia sino, al contrario, su agudización; es decir, una disminución de la calidad misma de la subsistencia.

Identificar las múltiples consecuencias del desarrollo sobre las formas tradicionales de organizar la satisfacción de la subsistencia conduce, ciertamente, a visualizar el contenido general de una crisis en permanente reproducción. Ésta puede alcanzar, desde luego, distintos niveles de expansión y crecimiento, dependiendo sobre todo del estímulo provocado por situaciones que alteren el funcionamiento de los mercados, como demuestra la actual situación alimentaria mundial.

Alimentos bajo control

En el contexto de la globalización económica, por otra parte, se ha impulsado la mercantilización de bienes que habían permanecido fuera de los circuitos de comercio y acumulación de capital. Es el caso de recursos localizados en las regiones del Sur, desde semillas y plantas hasta formas del conocimiento tradicional, nunca antes vinculados a relaciones económicas o de propiedad. Meta de la globalización ha sido, a saber, impulsar y controlar la ampliación del universo mercantil y extender el radio de acción de los intereses de las transnacionales. Ha construido, sin duda, un nuevo capítulo del nada democrático orden económico internacional, dado que las decisiones se toman fuera del ámbito Estado-Nación, bajo el poder y la influencia de instituciones como la Organización Mundial del Comercio. De este modo, la pérdida de autonomía de pueblos y comunidades profundiza la compleja problemática alrededor de la subsistencia. Problemática que afecta de manera significativa a las mujeres, pues se estima que en África, por ejemplo, ellas producen cerca del 80% de los alimentos básicos de la población.

El pernicioso dominio de las corporaciones transnacionales, por otro lado, se manifiesta en el hecho de que unas 500 empresas monopolicen el 70% del total de transacciones comerciales en el mundo. Situación que afecta de manera específica al comercio de alimentos controlado, entre otras, por Cargill, Nestlé, Cocacola, Pepsicola, Heinz, Guiness y Kellog. Seis compañías, por ejemplo, controlan el 85% del comercio mundial de granos; tres el 83% del comercio de cacao y tres el comercio de plátanos. ADM, Cargill y Bunge, además, dominan a nivel mundial el comercio de maíz. Esto significa que deciden la oferta, los precios y el destino de los bienes según el interés de su máximo beneficio. Hay que tomar en cuenta, igualmente, las consecuencias de la eliminación de barreras nacionales a las importaciones de estas grandes empresas; eliminación que se traduce en la ruina de los pequeños productores locales, artesanos y comerciantes sin condiciones para resistir la competencia del capital. Se ha estimado, por ejemplo, que el tratado de libre comercio (NAFTA) terminará por dejar sin medios de subsistencia a más de 15 millones de campesinos mexicanos, sin otra alternativa que comprar maíz importado.

Los sistemas locales de alimentación se enfrentan así a grados diversos de riesgo e inseguridad. Una situación que amenaza la subsistencia de tres mil millones de personas para la cual, no obstante, los organismos económicos no ofrecen solución alguna, dado que no hay intención de modificar el modelo: el mercado debe ser la solución. Es la razón, sin más, del programado fracaso de la Cumbre Mundial de la FAO celebrada en Roma durante el mes de junio, mientras los Bancos Centrales de las potencias económicas continuaban auxiliando con dinero público al sector financiero e inmobiliario y las protestas contra el hambre se extendían por todo el planeta.

Un desorden social

La crisis global de los sistemas de subsistencia podría, de este modo, designarse como un estado de oiko-anomia, en relación precisamente a los efectos destructivos que soportan las diversas formas de administrar y cuidar el suministro de los bienes, el suministro de la casa: la antigua idea griega de economía, de oikonomia. Un desorden social de alcance planetario que expresa, por otra parte, el grado de separación que puede llegar a construirse entre los intereses de la economía contemporánea y los intereses de la humanidad.

El estado actual de oiko-anomia, en consecuencia, conduce a reconocer el grave problema de la sustentabilidad de la subsistencia humana, provocado por el modelo económico dominante. Puede considerarse, además, signo fundamental e inequívoco del fracaso de una racionalidad que obvia los límites, mostrándose incapaz de resolver los problemas que ha contribuido a crear y a agudizar. No obstante, indica asimismo la urgencia de transformaciones profundas e integrales que deberán rescatar también el conocimiento que aún representa la riqueza de la diversidad.

Nota:

1 Según confirma la organización Via Campesina, el precio del trigo ha aumentado 130% entre marzo de 2007 y marzo de 2008; el del maíz, un 35% durante el mismo período; el precio del arroz aumentó 17% en 2007 y 30% en marzo de 2008. El precio de los alimentos en general subió un 83% en los últimos tres años.

Mailer Mattié es Economista venezolana. Autora de Los Bienes de la Aldea: subsistencia y diversidad (2007) y La economía no deja ver el bosque (2007). Integrante del Osservatorio Informativo Indipendente sulla Americhe (http://www.selvas.org).

Centro de Estudios Políticos para las Relaciones Internacionales y el Desarrollo (www.nodo50.org/ceprid
Enlace a texto en Rebelión

martes, 1 de julio de 2008

Buscando recetas contra la crisis

Joseph Stiglitz
El Paìs

Aumentan las protestas en todo el mundo contra la galopante subida de los precios de los alimentos y los combustibles. La economía global ha entrado en un periodo de ralentización y, a consecuencia de ello, los pobres, e incluso las clases medias, ven reducirse sus ingresos. Los políticos quieren dar una respuesta a la inquietud legítima de sus votantes, pero no saben qué hacer.

En la campaña de las primarias presidenciales de Estados Unidos, tanto Hillary Clinton como John McCain tomaron el camino más fácil y respaldaron una posible suspensión del impuesto sobre la gasolina, al menos durante los meses de verano. Sólo Barack Obama se mantuvo firme y rechazó una propuesta que no habría hecho más que incrementar la demanda -y en consecuencia, el precio- de combustible, neutralizando así el efecto de la medida fiscal.
Clinton y McCain se equivocaban, pero ¿qué otras medidas se pueden tomar? No nos podemos limitar a hacer oídos sordos a los ruegos de quienes más sufren la crisis. Los ingresos reales de las clases medias en Estados Unidos jamás han vuelto a alcanzar el nivel que tenían antes de la última recesión económica en este país, la de 1991.

Cuando fue elegido presidente, George Bush declaró que las rebajas fiscales para los ricos remediarían todos los males de la economía norteamericana. Esas rebajas fiscales impulsarían un crecimiento cuyos beneficios llegarían a todos; una medida económica ésta que se ha puesto de moda en Europa y otras partes del mundo, pero que en Estados Unidos fue un fracaso. Se suponía que las rebajas fiscales estimularían el ahorro, pero el ahorro doméstico descendió en picado. Se decía también que fomentarían el empleo, pero la tasa de actividad es hoy menor que en la década de 1990. Y si hubo algún tipo de crecimiento, éste sólo benefició a las clases más privilegiadas.

La productividad creció durante algún tiempo, pero el crecimiento no fue el resultado de las innovaciones financieras de Wall Street. Los nuevos productos financieros no controlaban el riesgo; muy al contrario, lo aumentaban. Eran tan poco transparentes y tan complejos que ni Wall Street ni los organismos de clasificación de valores podían evaluarlos adecuadamente. El sector financiero no logró crear productos que ayudaran a la gente de la calle a controlar los riesgos a los que se enfrentaban, entre ellos el de la compra de una vivienda. Ahora millones de estadounidenses tienen un alto índice de probabilidades de perder su casa, y con ella los ahorros de toda su vida.

La verdadera clave del éxito económico de Estados Unidos es la tecnología, simbolizada en Silicon Valley. La ironía radica en el hecho de que los científicos a quienes se deben los avances que facilitaron un crecimiento basado en la tecnología y las empresas que arriesgaron el capital para financiarlo no fueron quienes se llevaron las mayores recompensas económicas en el momento álgido de la burbuja inmobiliaria. Los juegos financieros que absorben la mayor parte de la participación en los mercados eclipsan esas inversiones reales.

El mundo tiene que pensar en nuevas fuentes de crecimiento. Si se quiere basar el crecimiento económico en los avances científicos y tecnológicos, y no en la especulación inmobiliaria o financiera, habrá que reajustar los sistemas fiscales. ¿Por qué a quienes obtienen sus ingresos apostando en los casinos de Wall Street se les grava con un tipo impositivo más bajo que a quienes ganan su dinero de otras maneras? Las ganancias del capital deberían estar gravadas al menos con el mismo tipo impositivo que los ingresos ordinarios. (En cualquier caso, los rendimientos del capital gozan de un gran beneficio, pues no se gravan hasta que no se realiza la ganancia). Además, se debería aplicar un impuesto sobre beneficios extraordinarios a las compañías de gas y petróleo.

Dado que la desigualdad se ha incrementado enormemente en la mayoría de los países, parece indicado que aquellos a quienes les ha ido bien económicamente paguen más impuestos, con lo que no sólo se ayudaría a aquellos a quienes han desfavorecido la globalización y el cambio tecnológico, sino que también se paliarían las tensiones provocadas por el drástico aumento de los precios de los alimentos y de la energía. Aquellos países, como Estados Unidos, que cuentan con programas de subsidio para alimentos (ya sea en forma de cupones u otras) sin duda tendrán que incrementar las prestaciones a fin de que no se deterioren los niveles de nutrición. Y los países que todavía no los tienen tendrán que pensar en crearlos.

Dos factores desencadenaron la crisis actual: la guerra de Irak impulsó la escalada de los precios del petróleo, una escalada que, al aumentar la inestabilidad en Oriente Medio, terminó incluyendo a los proveedores a bajo precio; por otro lado, la aparición de los biocombustibles hace que los mercados agroalimentario y energético estén cada vez más imbricados. Debemos recibir con los brazos abiertos cualquier enfoque basado en fuentes de energía renovable, pero no así aquellas políticas que distorsionan la producción y distribución de alimentos. Y en Estados Unidos los subsidios al etanol extraído del maíz han contribuido más a engrosar las arcas de los productores que a reducir el calentamiento global.

Los inmensos subsidios que Estados Unidos y la Unión Europea han venido otorgando a sus agriculturas han debilitado a las de los países en vías de desarrollo, en los que sólo una parte muy pequeña de la ayuda internacional ha ido dirigida a mejorar su productividad agrícola.
La ayuda a la agricultura ha bajado del 17% del total de la ayuda al desarrollo, el máximo alcanzado, al 3% de hoy, e incluso algunos donantes internacionales exigen que se supriman los subsidios a los fertilizantes, lo que hace aún más difícil que el agricultor sin recursos pueda llegar a competir.

Los países ricos deben reducir, si no eliminar, las políticas agrícolas y energéticas que dan lugar a este tipo de distorsiones y ayudar a los países más pobres a mejorar su capacidad de producción de alimentos. Pero esto es sólo el principio: hemos tratado nuestros recursos más preciados -el agua y el aire- como si fueran inagotables.

Sólo modificando los patrones de consumo y de producción -con un nuevo modelo económico, en realidad- podremos hacer frente al problema prioritario de los recursos básicos..

Joseph E. Stiglitz, profesor en la Universidad de Columbia, recibió el Premio Nobel de Economía en 2001.
Traducción de Pilar Vázquez
El País, 25 junio 2008
Sin Permiso

domingo, 22 de junio de 2008

¿Quién es responsable de la inflación de precios del petróleo y de los alimentos?

Michael R. Krätke
Sin Permiso


Desde que los mercados financieros se convirtieron parcialmente en un campo minado, las bolsas de mercancías aparecen como un refugio atractivo. Así como, tras el estallido de la burbuja punto.com en 2000-01, el capital se refugió en los valores inmobiliarios y en los derivados financieros, ahora, tras el estallido de la burbuja inmobiliaria y de la burbuja de los derivados, sigue desplazándose a toda velocidad. Se mueve hacia las bolsas de mercancías a término, en donde, con contratos de futuros sobre títulos en papel de materias primas (petróleo, gas, metales, productos agrícolas) se puede ganar dinero rápidamente y sin esfuerzo. A diferencia de lo que ocurre en las bolsas de acciones, en las bolsas de mercancías a término no hay intereses ni dividendos. Quien en ellas invierte dinero, apuesta a ganancias sobre el cambio de curso, es decir, a aumentos de precio rápidos y vigorosos de las "mercancías ficticias" titularizadas en papel. La colosal afluencia de capital ha desencadenado allí en poquísimo tiempo una verdadera explosión de los precios. Desde comienzos de año, la economía mundial cabalga sobre una nueva burbuja especulativa.

Los inversores financieros, que han colocado miles y miles de millones en el comercio de mercancías de papel, son responsables de la vertiginosa subida de precios de las materias primas. Huelga decir que los bolsistas rechazan eso indignados: no la especulación en las bolsas a término o el comercio no regulado fuera de las bolsas serían los culpables de la explosión de precios, sino –elijan ustedes— los chinos, los hindúes o el conjunto de los países BRIC (Brasil, Rusia, India, China), cuando no el "pico" que supuestamente habría alcanzado ya la producción de petróleo. Es verdad, desde luego, que los países en el umbral del desarrollo crecen desde hace años a un ritmo récord, pero la vertiginosa subida de precios en las opciones de títulos de mercancías, seguida muy de cerca por las correspondientes subidas de precios del petróleo real, del gas real, del arroz real, de la soja real y del trigo real, data por lo menos del último trimestre de 2007. Desde entonces, según datos del Banco Internacional de Compensación, se observa un claro retroceso del volumen del comercio de derivados, mientras que el volumen de los papeles-mercancía sube rápidamente a escala planetaria. Eso vale, por lo pronto, para los títulos agrícolas, seguidos de los de los productos energéticos. Por cierto que en ese boom pesaron con fuerza las bolsas chinas de mercancías a término: con incrementos de volumen de más del 100% en pocos meses.

El comercio con materias primas y alimentos titularizados en papel tiene una propiedad que lo hace irresistible para los especuladores. Se necesita harto menos capital propio que en los mercados de acciones. Hasta las estrictas reglas de la comisión de control instituida por el gobierno norteamericano, la CFTC (Commodity Futures Trading Commission), permiten a cualquier especulador comprar un contrato para petróleo crudo sin tener que desembolsar en efectivo más que el 6% del valor de ese contrato. Lo que significa que, para adquirir un barril de crudo en la bolsa petrolífera de Nueva York (NYMEX), sólo necesito unos 10 dólares. Eso atrae a los especuladores en masa. No es por casualidad que todos los grandes inversores –grandes bancos, sobre todo bancos de inversiones, fondos de pensiones, empresas aseguradoras o fondos hedge— estén ahora entrando en tromba en las bolsas de mercancías a término y en el comercio especulativo con títulos en papel de petróleo y otras materias primas. Los mayores jugadores y mayores disparadores de precios en la NYMEX, en la IPE (la International Petroleum Exchange de Londres) y en la ICE (Intercontinental Exchange) son firmas que llevan la batuta en Wall Street, como Goldman Sachs, Morgan Stanley, JP Morgan Chase, o el Bank of America, la Société Générale francesa y la Deutsche Bank alemana. A todas esas empresas hay que agradecer que, entretanto, simples inversores privados, como el clásico pequeño accionista, se estén subiendo al carro del boom de la especulación con las materias primas. No la OPEC, sino Wall Street domina ahora el negocio del petróleo.

Ya en 2006, el Senado de los EEUU estaba oficialmente en claro respecto al hecho de que los inversores financieros habían arrebatado la jefatura a las cuatro grandes empresas petrolíferas angloamericanas y a la OPEC. Hasta el 60% de las recientes subidas de precios del petróleo hay que agradecérselas a esos inversores, y entre un 20 y un 30 por ciento a la caída del dólar, de la que tratan de resarcirse los productores y los comerciantes de petróleo. Apenas tiene que ver el drástico incremento de precios con costes de producción crecientes o con una demanda real en aumento. La demanda mundial de crudo ha subido desde 2004 poco más de un 1,2% anual; en cambio, el precio del crudo, más de un 250%. En enero de 2008 rebasó por vez primera la marca de los 100 dólares, luego perforó la barrera del sonido de los 130 dólares por barril. Los costes de producción de un barril de crudo no montan hoy, aun en las condiciones más adversas –la extracción de crudo de las arenas betuminosas de Alaska—, más de 30 dólares por barril.

En los EEUU, el país con mayor consumo de petróleo del planeta (cerca de 20,7 millones de barriles diarios), la demanda de petróleo baja desde hace meses, y –dada la recesión que no deja de extenderse— seguirá verosímilmente bajando. En China, que consume un tercio del petróleo consumido por los EEUU, las importaciones de petróleo vienen creciendo más bien moderadamente desde 2000, en menos de un 0,5% de la producción mundial cada año.

En muchos lugares se descubren ahora nuevos campos petrolíferos. La Arabia Saudita, el mayor productor petrolífero del mundo, tiene previsto un importante aumento de sus suministros (hasta un tercio de su actual producción) y quiere aumentar en un 40% las inversiones en plantas productoras. Con unos precios crecidos, se vuelve rentable hasta la explotación de reservas petrolíferas tenidas hasta ahora por demasiado costosas. Brasilia, por ejemplo, entrará muy pronto en la categoría de los diez mayores productores petrolíferos, gracias a unos recientes hallazgos de petróleo en sus costas. No es pues, admisible, la tesis de que el precio del petróleo refleja una nueva escasez petrolífera global.

¿Y la alta política? Al cierre de su cumbre en Osaka, los ministros de finanzas del G-8 cayeron en la original cuenta de que había que empezar a investigar el papel desempeñado por la especulación internacional en el vertiginoso aumento de los precios del petróleo. El FMI y la IEA (Agencia Internacional de Energía) tienen que presentar un informe al respecto antes de octubre. Hasta entonces, siguen los llamamientos a los países productores para que hagan algo. Los ministros de finanzas reunidos parecían como desamparados, y diríase que tan incapaces de comprender el mundo del capitalismo realmente existente como el usuario corriente y moliente atónito ante el surtidor de su gasolinera. Que la energía y la alimentación de la población mundial son cosas demasiado importantes para dejarlas en manos de los especuladores, no parece cosa que los fundamentalistas de mercado que nos gobiernan puedan comprender de buenas a primeras.

Michael Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam e investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad.

Para salir de la crisis alimentaria

GRAIN
Ecoportal.net


La información sobre las revueltas que estallaron en todo el mundo como resultado de la crisis alimentaria mundial ha sido profusa, pero se ha prestado escasa atención a cómo salir adelante. La solución exige un cambio radical: las políticas agrícolas deben formularlas los agricultores a pequeña escala - quienes siguen siendo responsables de la mayor parte de la producción de los alimentos consumidos en todo el mundo - y para ello es necesario que las instituciones financieras internacionales y los organismos mundiales de desarrollo dejen de tener el poder que detentan actualmente. Habrá que resolver tres temas que están interrelacionados: tierra, mercados y la agricultura misma.

En marzo de 2008, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y otros organismos internacionales comenzaron a hablar abiertamente de una crisis alimentaria mundial. Como ocurrió con muchas otras crisis de ese tipo, llegaron un poco tarde. Los precios de los alimentos - especialmente de los cereales, pero también de los lácteos y la carne - había estado aumentando a lo largo de 2007, mucho más que los ingresos. La gente lo fue resolviendo con un cambio en sus hábitos alimenticios, que implicó reducir su ingesta de comida, y salió a las calles a exigirle al gobierno que adoptara medidas. A principios de 2008 los precios de los cereales escalaron y en unos 40 países estallaron revueltas populares que llenaron de temor a las elites políticas mundiales.

Han pasado pocos meses desde que la crisis alimentaria fue un tema incluido en la agenda mundial. Las causas del problema están identificadas y más o menos entendidas. [1] Sin embargo la crisis alimentaria sigue extendiéndose. Los precios continúan aumentando, ha surgido toda una clase de "nuevos pobres", los gobiernos se pelean por encontrar o manejar reservas de granos, y en caso de que surja otra situación adversa de magnitud, podría provocar una crisis mundial verdaderamente dramática.

Todo el mundo coincide en que es necesario hacer algo, pero existen grandes desacuerdos en cuanto a lo que eso implica. Los sacerdotes del Banco Mundial, de la Organización Mundial de Comercio y del Fondo Monetario Internacional, los directorios de las empresas y, de hecho, la mayoría de los gobiernos y sus equipos asesores quieren que continuemos transitando el camino de la industrialización de la agricultura y la liberalización del comercio y la inversión, aún cuando esta receta sólo promete más de lo mismo para el futuro Los movimientos sociales y de otro tipo que han estado combatiendo las injusticias del modelo capitalista actual ven las cosas de manera diferente. Para ellos, es tiempo de romper con el pasado, de movilizarse en torno a una nueva visión creativa que traiga no solamente una mitigación a corto plazo sino también el tipo de cambio profundo que en definitiva nos saque de esta crisis alimentaria y, en realidad, de la serie interminable de crisis (cambio climático, destrucción ambiental, pobreza, conflictos por la tierra y el agua, migración, y otras por el estilo) que genera la globalización neoliberal.

La necesidad de una transformación radical


Muchas personas están tomando conciencia de que no hay solución posible a menos que abramos las puertas a un cambio real de poder. No podemos confiar en que las autoridades políticas, los científicos y los investigadores que nos han llevado al desastre actual, nos saquen de él. Ellos han creado un doble vacío profundo: un vacío político y una farsa de mercado. El vacío político es palpable. En lugar de generar ideas brillantes para construir un sistema alimentario más sustentable y equitativo, quienes están en el poder parecen capaces de tener sólo actos reflejos que equivalen a más de lo mismo: más liberalización del comercio, más fertilizantes, más transgénicos y más endeudamiento para hacer todo eso posible. La mera idea de, por ejemplo, reformular las reglas del sistema financiero o de poner coto a los especuladores, son temas tabú. Incluso las políticas de autosuficiencia alimentaria adoptadas en algunos países en desarrollo, en sí mismas una idea muy buena, con frecuencia repiten las fallidas estrategias de la Revolución Verde.

Lo más preocupante es que la elite política y la elite comercial no quieren enfrentar el hecho de que, se trate de un trabajador estadounidense propietario de su casa o de una madre que hace fila para conseguir arroz en las Filipinas, la confianza en el mercado se ha hecho trizas. Los agricultores de Tailandia quedaron estupefactos. El año pasado obtenían Bht10.000 (US$ 308) por tonelada de arroz entregada a los molinos. Actualmente perciben Bht9.600 (US$ 296), ¡aún cuando el precio del arroz a los consumidores se ha triplicado! [2] El dólar estadounidense (todavía una moneda internacional para el comercio de alimentos) se ha venido a pique, mientras que el precio del petróleo (del cual depende la producción industrial de alimentos) se ha ido por las nubes. Como consecuencia, los gobiernos comenzaron a sacar alimentos del mercado ya que sencillamente no confían más en la forma en que se valoran los alimentos. El gobierno de Malasia, por ejemplo, ha anunciado que está dispuesto a intercambiar bilateralmente aceite de palma por arroz con cualquier país que quiera cerrar el trato, mientras que varios otros países han prohibido la exportación de alimentos. [3]

Enfrentados a este panorama de insolvencia de ideas y de sistemas, no hay otro camino creíble que reconstruir desde los cimientos. Esto significa dar vuelta todo: los pequeños agricultores, todavía responsables de la mayor parte de los alimentos que se producen, deben ser quienes fijen la política agrícola, en lugar de la OMC, el FMI, el Banco Mundial o los gobiernos. Las organizaciones campesinas y sus aliados tienen ideas claras y viables sobre cómo organizar la producción y los servicios y cómo dirigir los mercados e incluso el comercio regional e internacional. Lo mismo ocurre con los sindicatos y los sectores pobres urbanos, quienes pueden cumplir un papel importante en la definición de las políticas alimentarias. Varios grupos, tales como la Unión Nacional de Agricultores de Canadá, la Confederación Campesina de Francia, ROPPA de África Occidental, Monlar de Sri Lanka y el MST de Brasil, han exhortado enérgicamente a renovar las políticas y los mercados agrícolas.

Organizaciones internacionales como La Vía Campesina y la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación, también están dispuestas a tener algún tipo de participación.

Los temas más urgentes

Hay tres temas interrelacionados que es necesario abordar para que podamos salir de la crisis alimentaria: la tierra, los mercados y la agricultura propiamente dicha.

El acceso de los campesinos a la tierra es un elemento claramente central. Con el aumento de los precios de los productos básicos (commodities) y el nuevo mercado de agrocombustibles, la especulación de la tierra y la apropiación de tierras se suceden a una escala impresionante. En muchas partes del mundo, los gobiernos y las empresas están estableciendo agricultura de plantaciones en gran escala a costa del desplazamiento de campesinos y de la producción local de alimentos. En efecto, el modelo agrícola orientado a la exportación y la dependencia de las importaciones, que están en la raíz de la crisis actual, se acelerarán, destruyendo los sistemas de producción de alimentos que necesitamos para salir del atolladero actual.

La situación se torna incluso más crítica en tanto la apropiación de tierras ocurre en todo el mundo y se está volviendo oficial. Según algunas fuentes, Japón ha adquirido 12 millones de hectáreas de tierra en el sudeste asiático, China y América Latina, para producir alimentos que exportaría a Japón, lo que significa que los cultivos japoneses en el extranjero ¡tienen ahora el triple de tamaño de su parte continental! [4] El gobierno de Libia arrendó 200.000 hectáreas de tierras de cultivo en Ucrania para atender sus propias necesidades de importación de alimentos, y los Emiratos Árabes Unidos están comprando grandes propiedades de tierras en Pakistán con el apoyo del Islamabad. [5] El año pasado el gobierno de Filipinas firmó una serie de acuerdos con Beijing para permitir a las empresas chinas el arrendamiento de tierras para la producción de arroz y maíz con destino a la exportación a China, lo que desencadenó una enorme protesta nacional en diversos sectores, desde organizaciones campesinas filipinas hasta la Iglesia Católica. Las empresas chinas también han estado adquiriendo derechos sobre tierras productivas en toda África y otras partes del mundo. El gobierno de Beijing está por hacer de la compra de tierras en el exterior para la producción de alimentos con destino a exportación a China, una política central y oficial del gobierno. [6]

La tierra, por supuesto, siempre ha sido una demanda central de los movimientos sociales, especialmente de los campesinos, los pescadores tradicionales, los trabajadores rurales y los pueblos indígenas. La reforma agraria es una de las primeras medidas que urge aplicar para poner fin al creciente flagelo de la pobreza rural y para empoderar a la gente para que se alimente a sí misma y a sus comunidades, revirtiendo la explosión de barrios urbanos marginados, que constituye un elemento tan central de esta crisis alimentaria. Ya es hora de tomar en serio y poner en práctica las propuestas de las organizaciones campesinas.

Otro tema importante a atender es cómo resolver el tema del mercado. Durante décadas, el Banco Mundial y el FMI impusieron a los países pobres políticas para lograr la liberalización neoliberal del comercio y políticas de ajuste estructural. Esas prescripciones fueron reforzadas con el establecimiento de la OMC a mediados de la década de 1990 y, más recientemente, a través de un aluvión de tratados bilaterales de libre comercio e inversión. Junto con varias otras medidas, han provocado el despiadado desmantelamiento de aranceles y otras herramientas que los países en desarrollo habían creado para proteger la producción agrícola local. Estos países han sido obligados a abrir sus mercados al agronegocio mundial y a los alimentos subvencionados exportados por los países ricos. En el proceso, las tierras fértiles dejaron de servir a los mercados locales de alimentos para producir commodities mundiales o cultivos fuera de estación y de alto valor para los supermercados occidentales, convirtiendo a numerosos países pobres en importadores netos de alimentos.

Uno de los aspectos más inmorales de la crisis alimentaria es el lucro espectacular que el mercado ha permitido que tengan los grandes del agronegocio y los especuladores. Contrariamente a la impresión que dan algunos medios de difusión, son pocos los agricultores que perciben algún beneficio por el aumento de los precios. Ya hemos mencionado el ejemplo de los agricultores tailandeses que ahora obtienen menos por su arroz, mientras que los consumidores pagan el triple. Los agricultores de Honduras, que en algún momento fueron el granero de América Central, ya no pueden pagar más la semilla o el fertilizante, por el aumento de precios que han tenido esos insumos. [7] Las empresas, por otro lado, están obteniendo ganancias sin precedentes en todos los eslabones de la cadena alimentaria, desde los fertilizantes y las semillas al transporte y el comercio. A principios de este año, GRAIN documentó el aumento de las ganancias experimentado en 2007 por las principales empresas de alimentos y fertilizantes. [8] En el primer trimestre de 2008, mientras numerosas personas hambrientas reducían aún más la cantidad de alimentos ingeridos, las principales compañías de alimentos y fertilizantes daban cuenta de un aumento aún más espectacular de sus ganancias. [9]

Al mismo tiempo se está dando una especulación en gran escala. Según un prominente agente de commodities, la cifra de la inversión especulativa en futuros de commodities aumentó de 5.000 millones de dólares en 2000 a 175.000 millones de dólares en 2007. [10] La mitad del trigo que se comercializa ahora en la bolsa de commodities de Chicago está controlada por los fondos de inversión. [11] En la Bolsa de Futuros Agrícolas de Tailandia, la especulación sobre el arroz ha triplicado, en un año, el número promedio de contratos diarios y los fondos de cobertura y otros especuladores representan ahora la mitad de los contratos comercializados diariamente. [12] Toda esta actividad especulativa de los fondos de pensión, fondos de cobertura y similares, más el cambio de la comercialización de los commodities de los mercados formales a acuerdos directos fuera del ámbito de los mercados organizados, está haciendo subir los precios por las nubes. La burbuja es intrínsecamente inestable y está destinada a explotar, con resultados imprevisibles. Con pocas excepciones, los gobiernos y los organismos internacionales difícilmente hablan de esta parte de la crisis alimentaria, y menos aún hacen algo efectivo para lidiar con ella.

En contraste, los sindicatos y las organizaciones de agricultores han reclamado insistentemente una regulación y controles adecuados, en especial porque los productores y los consumidores son los grupos más afectados por todo esto. Los reclamos de soberanía alimentaria de los movimientos sociales invariablemente incluyen la propuesta de dar urgente prioridad a los mercados locales y regionales y aplicar medidas para reducir el dominio de los mercados internacionales y de las empresas que los controlan. Otras de las medidas propuestas son la suspensión, si no el desmantelamiento, del Acuerdo sobre la Agricultura de la OMC, la fijación de impuestos a las empresas del agronegocio para mejorar la distribución de los recursos y el establecimiento de reservas estratégicas nacionales. Esto permitiría a los gobiernos manejar las existencias con mayor eficiencia, alentar la competencia, inhibir la formación de monopolios, realizar investigaciones formales sobre la especulación en los mercados de commodities y luego adoptar medidas para controlarla, y otras medidas por el estilo. [13] Hay numerosas opciones, si verdaderamente queremos cambiar las cosas.

Luego está el tema de la agricultura propiamente dicha. La crisis alimentaria ha galvanizado las voces de la vieja Revolución Verde para pedir más de los mismos paquetes verticalistas de semillas, fertilizantes y agroquímicos. Como la razón principal de que la crisis alimentaria perjudica tanto a tanta gente es porque no puede pagar los altos precios actuales, aumentar la producción no resolverá necesariamente las cosas, en especial si eso significa aumentar los costos de producción. Las variedades de alto rendimiento de alimentos básicos por las que tanto entusiasmo tienen el Grupo Consultivo para la Investigación Agrícola Internacional (CGIAR), la FAO y la mayoría de los ministerios agrícolas, requieren más fertilizantes y otros productos químicos basados en el petróleo, todos los cuales han sufrido enormes aumentos de precios que en los hechos los colocan fuera del alcance de numerosos agricultores. En todo caso, los fertilizantes químicos son una de las causas principales de los gases de efecto invernadero producido por la agricultura. Echar más en suelos ya agotados, como predican ahora muchos entusiastas de la Revolución Verde, no haría sino empujar más al mundo hacia el caos climático y profundizar la destrucción de la vida de los suelos.

En esto, nuevamente, hay una vasta gama de propuestas y experiencias sólidas para avanzar a métodos agrícolas que son productivos, no se basan en el petróleo y están bajo el control de pequeños agricultores. Existen estudios científicos que demuestran que esos métodos pueden ser más productivos que la agricultura industrial, y que son más sustentables. [14] Si cuentan con el debido apoyo, esos sistemas agrícolas locales, basados en el conocimiento indígena, enfocados en conservar suelos saludables y fértiles, y organizados en torno a una utilización amplia de la biodiversidad disponible localmente, nos muestran formas de salir de la crisis alimentaria. Para poder avanzar a partir de esos sistemas es necesario dejar de confiar en los expertos del Banco Mundial y el CGIAR y en cambio comenzar a hablar con las comunidades locales. Sería necesario no solamente crear nuevas estrategias y colaborar con distintos actores, sino también poner fin a la criminalización de la diversidad de manera que los agricultores puedan acceder, desarrollar e intercambiar semillas y experiencias libremente. Implicaría, también, que los gobiernos dejen de promover el agronegocio y los mercados de exportación, y comiencen a proteger y reverenciar las técnicas, el conocimiento y las capacidades de sus propios pueblos.

Tiempo de movilizarse

Es claro que quienes no somos del gobierno ni del sector empresarial necesitamos unirnos más que nunca para construir nuevas solidaridades y frentes de acción, no solamente para encontrar soluciones a los problemas inmediatos de la crisis alimentaria sino también para construir soluciones a largo plazo. Si no trabajamos juntos y juntas para facilitar un cambio en el poder que ponga en primer lugar las necesidades de los sectores pobres rurales y urbanos, definitivamente tendremos más de lo mismo. Reorientar nuestros sistemas agrícolas y alimentarios para que sean más justos, más ecológicos y verdaderamente efectivos en su función de alimentar a los pueblos no es una tarea fácil, pero seguramente todos y todas tenemos un papel a cumplir. En lugar de esperar o buscar soluciones prefabricadas debemos crear esos mejores sistemas ahora, colectivamente.

Nota: El presente es un anticipo de la editorial sobre la crisis alimentaria de la revista Seedling de GRAIN (Julio de 2008).Referencias:

[1] Ver, por ejemplo, la contribución de GRAIN, El negocio de matar de hambre, A contrapelo, abril de 2008,
[2] Chiang Rai farmers protest, The Nation, Bangkok, 15 de mayo de 2008,
[3] Leo Lewis, "Food crisis forces Malaysia into barter: palm oil for rice", The Times, Londres, 14 de mayo de 2008,
[4] " Food crisis looming over Korea", Chosun Ilbo, Seúl, 4 de marzo de 2008, http://english.chosun.com/w21data/html/news/200803/200803040011.html
[5] "Food crisis turns banks into field hunters", Sabah, Turquía, 15 de mayo de 2008, http://english.sabah.com.tr/A67FE5AE3F2C485087CC1023DEAF5C94.html. Simeon Kerr y Farhan Bokhari, "UAE investors buy Pakistan farmland", Financial Times, Londres, 11 de mayo de 2008, http://www.ft.com/cms/s/0/c6536028-1f9b-11dd-9216-000077b07658.html
[6] Jamil Anderlini, "China eyes overseas land in food push", Financial Times, 8 de mayo de 2008.
[7] Alison Fitzgerald, Jason Gale y Helen Murphy, "World Bank 'destroyed basic grains' in Honduras", Bloomberg, 14 de mayo de 2008, http://www.bloomberg.com/apps/news?w&refer=latin_america
[8] GRAIN, "El negocio de matar de hambre", A contrapelo, abril de 2008, http://www.grain.org/articles/?id=40
[9] Ver, por ejemplo, Geoffrey Lean, "Multinationals make billions in profit out of growing global food crisis", Independent on Sunday, Londres, 4 de mayo.
[10] Gresham Investment Management
[11] Paul Waldie, "Why grocery bills are set to soar," The Globe and Mail, 24 de abril de 2008.
[|2] "Rice contract volume rises with speculators moving in," Bangkok Post, 7 de mayo de 2008: http://www.biothai.org/cgi-bin/content/news/show.pl?0693
[13] Ver, entre otras fuentes, IUF, "Fuelling hunger", Ginebra, 28 de abril de 2008, http://www.iuf.org/cgi-bin/editorials/db.cgi?db=records=1&en=1 o National Family Farm Coalition, "Family farmers respond to the food crisis", The Nation, Nueva York, 28 de abril de 2008, http://www.thenation.com/blogs/thebeat/316248
[14] Ver por ejemplo: http://www.farmingsolutions.org, http://www.grain.org/gd/, y http://www.sciencedaily.com/releases/2007/02/070218135635.htm
LECTURA ADICIONAL: Documentos y enlaces sobre la crisis alimentaria - http://www.grain.org/go/crisis-alimentaria

sábado, 21 de junio de 2008

Desigualdad y pobreza: la urgencia de cambiar el modelo

Raúl Zibechi
Alai-amlatina


La guerra global por los alimentos pone en videncia que los planes sociales son insuficientes para paliar la pobreza y que sólo la superación del actual modelo permite disminuir la desigualdad que acecha la región.

En sólo seis meses hay 10 millones de nuevos pobres en América Latina. Aunque en esta región el precio de los alimentos subió menos que en el resto del mundo (15% frente al 68%), la cantidad de pobres creció de 190 a 200 millones en sólo seis meses, según el sociólogo argentino Bernardo Kliksberg, asesor del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) (1). Pero esto es apenas el comienzo.

Según Amartya Sen, premio Nobel de Economía con quien Kliksberg acaba de publicar el libro “Primero la gente”, desde hace treinta años se viene previendo que puede haber hambruna en los países productores de alimentos. La crisis alimentaria en curso, hija directa del estallido de la burbuja especulativa inmobiliaria, corta en seco cualquier análisis que pretenda eludir la responsabilidad del modelo en la generación de pobreza. Sobre todo, cuando se sabe que la región produce alimentos suficientes para atender a una población tres veces superior a la que contiene.

Combatir la desigualdad

América Latina es la región con más desigualdad del mundo. Pese a que buena parte de los países de Sudamérica cuenta desde hace varios años con gobiernos progresistas y de izquierda, la desigualdad sigue creciendo, por lo menos en el Cono Sur.

Un reciente estudio del Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA) de Brasil, revela que el 10% de la población concentra el 75,4% de la riqueza. Las políticas sociales del gobierno Lula, que se aplican desde 2003 para aliviar la pobreza, han mejorado levemente la desigualdad, pero tan poco que apenas se nota. Lo grave es que se trata de los mismos niveles de desigualdad que existían en el siglo XVIII. Marcio Pochman, miembro del PT y director del IPEA, afirmó que los datos demuestran “cómo a despecho de los cambios en el régimen político y en el padrón de desarrollo del país, la riqueza continúa pésimamente distribuida entre los brasileños”(2).

Según Pochman, en el siglo XVIII en Rio de Janeiro el 10% más rico detentaba el 68% de la riqueza, mientras hoy concentra el 63%. Sao Paulo marcha delante de otras ciudades con el 73,4% de concentración de riqueza por el 10% más rico. En opinión del director del IPEA, “ningún país del mundo consiguió acabar con las desigualdades sociales sin una reforma tributaria de verdad”. Explica que los impuestos indirectos como el IVA (valor agregado), predominantes en la región, castigan a los más pobres: el 10% más pobre en Brasil paga un 44,5% más que el 10% más rico, ya que la carga tributaria representa un 33% de la renta de los más pobres y sólo un 22% de la renta de los más ricos.

Gobernabilidad conservadora

Un estudio del economista Claudio Lozano, de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), difundido en febrero de 2008, revela que en los últimos cuatro años “de cada 100 nuevos pesos que se generaron, el 30% más rico se apropió de 62”. Por eso, estima, luego de cinco años de crecimiento económico (con un un PIB un 36% mayor que el de 2001), sigue habiendo un 30% de pobres.

Se trata de un modelo concentrador, al que denomina “gobernabilidad conservadora”, que está comenzando a bloquear la continuidad de la expansión y que impide aprovechar las buenas oportunidades como las que existieron en los últimos cinco años. Peor aún, porque el ciclo de crecimiento parece estar llegando a su fin, en medio de una espiral inflacionista especulativa. “La inflación actúa como mecanismo corrector y preservador de las ganancias extraordinarias del empresariado más concentrado”, asegura Lozano. A la vez, en el caso argentino es potenciada porque “los ricos consumen mucho e invierten poco y mal”(3).

El caso uruguayo, por completar un breve panorama de tres gobiernos surgidos como consecuencia de la oleada anti neoliberal, no es muy diferente. El de Tabaré Vázquez es el único gobierno que implementó una reforma tributaria importante, progresiva, que grava más a los que tienen mayores ingresos. Pero no grava al capital. Así, los datos avalan el crecimiento de la desigualdad aún en los tres años de gobierno progresista.

El índice Gini, con el que se mide la desigualdad, se viene deteriorando en Uruguay en los últimos 20 años, o sea desde la implantación del modelo neoliberal. Y lo hace de modo consistente, en períodos de crisis y de crecimiento, bajo gobiernos de derecha y de izquierda. En 1991 era 41,1 para pasar a 45 en 2002, en el pico de la crisis económico-financiera. En 2005, cuando asumió Tabaré Vázquez, bajó a 44,1 para situarse en 2007 en 45,7(4). Incluso bajo el gobierno de izquierda, y en un país que presenta el menor índice de desigualdad del continente, el 20% más rico sigue concentrando cada vez más ingresos. En 2001 captaba el 46,4%, en 2002 llegó al 50,3% y en 2007, luego de la reforma tributaria, llegó al 51,1%.

Parece evidente, como señala el citado informe de las economistas Verónica Amarante y Andrea Vogorito, que “no se puede esperar que las políticas de transferencias de ingresos solucionen, por sí solas, los problemas de pobreza e indigencia". Se refieren a los planes sociales vigentes en Uruguay, pero también en Brasil y Argentina, que aliviaron la pobreza hasta que la especulación con los alimentos comenzó a revertir los pequeños avances del último lustro.


Parece fuera de duda que lo que está en cuestión es la continuidad del modelo neoliberal en su fase de apropiación de los bienes comunes (minería, forestación, soja, caña para agrocombustibles). Hasta ahora, la exclusión y la pobreza que genera se venían suavizando con planes sociales, que en el caso de Brasil abarcan al 25% de la población. Pero la voracidad del capital impone un cambio de rumbo. Las reformas en los impuestos y los planes sociales seguirán siendo instrumentos necesarios. Pero la pobreza y la desigualdad, sólo bajarán de forma significativa cuando el actual modelo de acumulación por robo y especulación, sea archivado y se implemente otro asentado en el crecimiento endógeno.

- Raúl Zibechi, periodista uruguayo, es docente e investigador en la Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor de varios grupos sociales.

Notas:
(1) Cash, suplemento de Página 12, 15 de junio de 2008.
(2) Folha de Sao Paulo, 18/5/2008.
(3) Claudio Lozano, “Una visión sobre la coyuntura. ¿Cambio de gobierno o cambio de etapa?; Instdituto de Formación de la CTA, mayo de 2008.
(4) “Pobreza, desigualdad y transferencias de ingresos”, en Brecha, 13 de junio de 2008.

África: Liquidación neoliberal

Shawn Hattingh (IPS)


Ciudad del cabo.- La población de varios países de África toma las calles para reclamar por el derecho básico a la alimentación. La nefasta situación no es antojadiza, sino consecuencia del sistema económico mundial vigente. En las naciones donde hubo reclamos, las fuerzas de seguridad reprimieron a los manifestantes con escudos, bastones, gases lacrimógenos, rifles e incluso ametralladoras. Esta reacción desmedida acabó con cientos de vidas. Millones de personas deben luchar para conseguir alimento a causa de las enormes disparidades e inequidades, exacerbadas por la adopción de políticas económicas de corte neoliberal, como las dispuestas por casi todos los países africanos en los últimos 30 años.
Esas políticas favorecieron los intereses de las grandes corporaciones en perjuicio de la población y permitieron que un puñado de empresas se arrogaran el virtual monopolio de la cadena alimentaria.

Antes del advenimiento del neoliberalismo en la década del 80, muchos gobiernos africanos, como el de Tanzania, asistían a los pequeños agricultores de sus países mediante diferentes subsidios, incluso a la investigación, el transporte y los servicios de procesamiento.

Tras la independencia de Zimbabwe en 1980, el gobierno, incluso, subsidió semillas, abono y equipos necesarios para los pequeños agricultores.

Los países africanos aplicaban altos aranceles a la importación de alimentos básicos como maíz, arroz y otros granos para proteger a pequeños y medianos agricultores de la competencia desleal y de los precios más bajos de los productos extranjeros.

Numerosos estados también desempeñaron un papel activo en ese periodo ayudando de los agricultores a formar cooperativas.

Como consecuencia, los pequeños y medianos agricultores abastecían a gran parte de la población africana entre 1950 y 1980. De hecho, hasta finales de los 70, este continente fue un neto exportador de alimentos.

Pero la situación cambió totalmente en la década siguiente.

A principios de los 80, Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial recurrieron al poder de la deuda contraída por muchos países africanos para obligarlos a adoptar políticas económicas neoliberales en el marco de los Programas de Ajuste Estructural.

Gobiernos africanos se vieron obligados a vender sus activos a compañías multinacionales, permitir que empresas extranjeras ingresaran y sacaran dinero, poner fin a los subsidios a los alimentos, crear zonas francas de procesamiento de exportaciones, aplastar los derechos laborales, liquidar leyes ambientales y congelar salarios.

También debieron reducir los aranceles a la importación de productos agrícolas, lo que abrió mercados a las multinacionales. Además debieron disminuir de forma drástica los subsidios a los pequeños agricultores, cuya producción se destinaba al consumo interno.

Estados Unidos y la Unión Europea siguieron subsidiando a sus propios agricultores, en su mayoría corporaciones agroindustriales. También mantuvieron aranceles altos para los productos agrícolas.

El resultado de esa política fue que, a mediados de los 80, los pequeños agricultores de África perdían una competencia injusta con sus pares subsidiados de Estados Unidos y Europa, cuyos productos inundaban sus países.

Estados Unidos, el FMI y el Banco Mundial pidieron a los países africanos que liquidaran la asistencia a sus pequeños agricultores. Pero los alentaron a seguir ayudando a las corporaciones y a los grandes agricultores, cuya producción se exportaba.

Desde Ghana a Kenia, se estimuló la producción de ciertos cultivos necesarios o pedidos por Europa y Estados Unidos.

Por ejemplo, Kenia debió concentrarse en el cultivo de flores para exportar a Europa, en tanto Ghana se dedicó a la producción de cacao para Estados Unidos.

Esos países, presionados por los organismos multilaterales de crédito y las compañías multinacionales, priorizaron esos cultivos en vez de los que permitían alimentar a la población local.

Las compañías estadounidenses y europeas también emplearon el régimen de "libre" comercio para aterrizar en las naciones africanas y arrogarse mercados enteros o instalar operaciones destinadas a la exportación.

Por ejemplo, la empresa italiana Parmalat empleó políticas neoliberales en Sudáfrica para copar el país en forma masiva en los 90 mediante la compra de las compañías lácteas locales como Towerkop y Bonnita.

Al principio, Parmalat subsidió sus emprendimientos en Sudáfrica mediante sus operaciones internacionales. Eso les permitió lanzarse con precios de guerra, lo que, a la postre liquidó, a muchos de sus pequeños competidores.

De esa forma se hicieron con el monopolio virtual de la industria láctea de este país.

Con el advenimiento del libre comercio y el recorte drástico de los aranceles a las importaciones en África, los productos agrícolas subsidiados exportados por las corporaciones de Estados Unidos y Europa inundaron las naciones africanas.

La mayoría de los pequeños agricultores, que se quedaron sin subsidios en el marco de las políticas de ajuste estructural, no pudieron competir con los precios.

Por ejemplo, cuando se bajaron los aranceles en África meridional y occidental, las corporaciones europeas se aprovecharon e inundaron esas regiones con productos cárnicos. El resultado fue la ruina de miles de ganaderos.

Millones de pequeños agricultores y trabajadores rurales de África se vieron expulsados de sus tierras. Por lo tanto, las naciones africanas ya no puedan cubrir sus necesidades alimenticias por sus propios medios.

De hecho, 25 por ciento de los productos alimenticios importados por África proceden de Estados Unidos y Europa, lo que, por supuesto, beneficia a las compañías multinacionales.

Ese funesto desarrollo de los acontecimientos es lo que determinó que muchos africanos exigen comida. Los pobres del continente protestan en reclamo de su derecho a alimentarse y a vivir con dignidad.

Pero esa lucha no es nueva.

Movimientos internacionales como La Via Campesina, a la que están afiliadas muchas organizaciones rurales de África, luchan por el derecho a alimentarse desde hace décadas.

La Via Campesina defiende la producción local como forma de cubrir las necesidades locales fuera de la economía controlada por las corporaciones internacionales.

De hecho, es necesario romper el control de las corporaciones sobre la cadena alimenticia, y sólo la gente puede hacerlo. Sólo la gente y sus acciones pueden crear un mundo libre, democrático, digno y equitativo, en el que nadie muera de hambre simplemente por no tener dinero.

*Shawn Hattingh es un investigador y docente del Grupo de Información e Investigación Laboral, con sede en Ciudad del Cabo.

martes, 17 de junio de 2008

Urge una nueva revolución verde

El mundo frente a la mayor crisis alimentaria de los últimos 30 años

A finales de los años 60 el planeta estaba al borde de la hambruna y, según los pronósticos sobre el fin del mundo, la batalla para alimentar a toda la humanidad estaba perdida. El hambre era común en algunos de los países más poblados. Las predicciones de catástrofes malthusianas invadían la lista de bestsellers, y Paul R. Ehrlich escribía en La bomba demográfica que, antes de los años 70 y 80, las víctimas ascenderían a cientos de millones.

Pero el ingenio humano llegó al rescate. Un programa masivo de inversión en investigación agrícola e infraestructura –afanosamente apoyado por el temor estadunidense, en tiempos de la guerra fría, de que los países hambrientos cayesen en brazos de la Unión Soviética– dio como resultado una explosión de la productividad agrícola. Países que nunca soñaron llegar a la autosuficiencia alimentaria se convirtieron en exportadores netos de alimentos.

Esos esfuerzos, encabezados por Norman Borlaug, agrónomo estadunidense que más tarde recibió el Premio Nobel de la Paz, propiciaron el desarrollo de semillas de alto rendimiento y una expansión excepcional del uso de riego, fertilizantes y pesticidas en los países en vías de desarrollo.

En 1968 el salto de la productividad agrícola era tan claro –India, por ejemplo, obtuvo una cosecha récord de trigo, y Filipinas de arroz– que William Gaud, administrador de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, decía que el mundo presenciaba “una nueva revolución”.

“Ésta no es una violenta revolución roja, como la de los soviets, tampoco es una revolución blanca como la del Sha de Irán –expresó Gaud en un discurso hace 40 años–; es una revolución verde”, y así acuñó un término que lo ha sobrevivido.

Sin embargo, como otras, tarde o temprano la revolución verde perdió ímpetu. Hoy el mundo está otra vez al borde de la hambruna, los precios de las mercancías agrícolas aumentan, y se desatan disturbios en países de Haití a Bangladesh. Y para colmo, los esfuerzos por incrementar el abasto –y el apoyo político en Washington y otras capitales– parecen mucho más débiles. Además, elevar la productividad es más difícil por los inusitados precios del petróleo, que encarecen los fertilizantes.

Entre docenas de funcionarios y expertos en agricultura hay una coincidencia general: incluso si la actual crisis alimentaria es resultado de múltiples factores, como demanda de biocombustibles o clima extremo, sus raíces están en la pérdida de vigor de la revolución verde. “El fundamento de la crisis actual es la desaceleración de la productividad agrícola”, dice en Roma Lennart Bage, presidente del Fondo Internacional para el Desarrollo de la Agricultura, de la ONU.

La revolución verde fue, en muchos sentidos, víctima de su propio éxito. El aumento de la producción de alimentos a partir de la década de los 60 fue tan grande, que no sólo evitó la hambruna global, sino también dio inicio a casi 40 años de comida barata y abundante. Por ejemplo, los rendimientos de trigo por hectárea saltaron de menos que 500 kilos a casi 3 mil en la actualidad. En efecto, durante la mayor parte de los años 90 el problema era tanta comida; en Europa se hablaba de “montañas” de granos y “lagos” de leche y vino.

Akinwumi Adesina, vicepresidente de la Alianza para una Revolución Verde en África, dice que esta cornucopia de alimentos baratos generó una profunda sensación de autocomplacencia. “La gente empezó a pensar que la investigación agrícola ya no era necesaria para reforzar la productividad”, ya que había alimento más que suficiente y los precios disminuían.

Como resultado, la inversión en investigación e infraestructura agrícolas declinó de manera brusca. Organizaciones multilaterales, como el Banco Mundial (BM), y los países ricos redujeron la parte destinada al gasto en agricultura dentro de su ayuda para el desarrollo a menos de 3 por ciento en 2004, por debajo de un máximo de 18 por ciento en 1979, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En términos monetarios, aun ajustada a la inflación, la ayuda para la producción agraria cayó a más de la mitad y quedó en 3 mil millones de dólares (mdd) en 2005, comparada con 8 mil en 1979.

Aunque el financiamiento privado también creció, ante los bajos precios de los alimentos en los mercados mundiales, los esfuerzos se enfocaron en innovaciones que redujeran los costos y no en aumentar los rendimientos. La investigación para aumentar rendimientos y producción fue financiada siempre por el sector público, en especial en aquellas partes del mundo donde los productores no pueden pagar derechos por las nuevas variedades de semillas, expresa Ronald Trostle, de los servicios de investigación del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (EU).

La mengua de inversiones se tradujo en una desaceleración del crecimiento de la productividad. Los rendimientos de las cosechas crecieron a una tasa anual promedio de 1.1% entre 1990 y 2007, comparada con la tasa de 2% lograda entre 1970 y 1990. El impacto sobre alimentos básicos como trigo y arroz fue aún más severo; los rendimientos disminuyeron casi 1% anual desde índices de crecimiento de 10% anual a principios de los años 60.

Población y consumo

El declive de la productividad no podría ocurrir en peor momento. La demanda creció esta década por la expansión de la población global y porque las clases medias de países como China consumen más proteínas como carne y leche. El desarrollo de la industria de biocombustibles propicia su demanda; este año, el sector consumió un tercio de la cosecha estadunidense de maíz.

Ahora, por primera vez desde la década de los 70, el mundo vacía lentamente sus reservas de alimentos y consume más de lo que produce. En consecuencia de ello, y también de trastornos climáticos como las sequías, los inventarios están en sus registros más bajos, y los precios, por las nubes. “Esto tenía que pasar”, dice Adesina.

Los políticos toman conciencia de lo urgente de la situación. Manmohan Singh, primer ministro de India, declaró hace poco: “hay una fuerte sensación de que la primera revolución verde terminó”. Según Singh, el mundo necesita una segunda transformación similar para resolver la crisis: “La comunidad global y las agencias internacionales deben concebir una respuesta que conduzca a un salto cuantitativo en la productividad y producción agrícolas, de manera que el espectro de la escasez de alimentos se destierre del horizonte otra vez”.

El problema ocupó el primer lugar del orden del día de la cumbre de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), que se celebró a principios del mes en Roma, y a la que asistieron más de 40 jefes de Estado. Jacques Diouf, presidente de la FAO, dice que éste fue un raro momento: “Por primera vez en 25 años hay un incentivo fundamental –los altos precios de las materias primas alimentarias– para estimular el sector agrícola. Los gobiernos, apoyados por sus socios internacionales, deben hacer las inversiones necesarias y propiciar un ambiente favorable para las inversiones privadas”. O, como señaló de manera reciente Ed Schafer, secretario de Agricultura de EU: “Si los países no aumentan su producción, la gente pasará hambre. Así de sencillo”.

Pero reproducir la primera revolución será difícil. Cada uno de los tres pilares en los que se apoyó –tecnología aplicada a las semillas, riego y uso intensivo de fertilizantes y pesticidas– parece ahora menos sólido. Esto refleja, de nuevo, la manera en que se abordó el problema la primera vez.

Puesto que millones de vidas estaban en peligro por el hambre y se requerían rápidos resultados, científicos y políticos se enfocaron en aumentar la producción a cualquier costo. Tom Mew, quien fue científico principal en el Instituto Internacional de Investigación sobre el Arroz, en Los Baños, Filipinas, durante los años 60, reconoció esa tendencia hace tiempo en un discurso: “Era una elección difícil, así que nos enfocamos en una agricultura que asegurara que todos tuvieran alimentos”.

El resultado es un sistema agrícola mundial altamente intensivo, que se fundamenta en la disponibilidad de energía barata y accesible para cada parte de la cadena productiva: directamente como combustible e indirectamente para fabricar fertilizantes y pesticidas. Pero con el encarecimiento del petróleo, el costo de algunos fertilizantes subió a más de mil dólares por tonelada, de unos 300 dólares por tonelada hace dos años. Además, el empleo de fertilizantes químicos y pesticidas enfrenta la oposición pública.

La revolución verde original requirió asimismo de enormes cantidades de agua para riego, recurso cada vez más escaso debido al cambio climático y al crecimiento de ciudades y operaciones industriales, en especial en los países en vías de desarrollo.

Por último, el perfeccionamiento de la tecnología de semillas de los años 60 logró mayores producciones y mejor resistencia a sequías e insectos. Los científicos se acercan al límite de lo que pueden hacer con técnicas naturales. El siguiente paso –organismos genéticamente modificados (OGM)– encara fuerte oposición en muchos países.

En resumen, los logros fáciles ya se han alcanzado, excepto en África. Shivaji Pandey, quien participó en la primera revolución y hoy encabeza la División de Producción Vegetal de la FAO, en Roma, dice que el mundo necesita ahora una revolución verde “más inteligente. Tendremos que aumentar la producción agrícola con menos agua y un uso más eficiente de fertilizantes”, afirma. Alexander Evans, profesor del Centro en Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York, dice que la clave es hacer una revolución verde “más verde”. Sostiene: “Tiene que implicar una producción más eficiente”.

Para hacerlo, dicen los expertos, el manejo del agua debería cambiar del riego (más o menos barato) que se usa de manera extensa en el sudeste de Asia a sistemas más caros, como aspersión. Pero esto requeriría inversiones que los países pobres sólo podrían costear mediante donaciones, sostienen los funcionarios. “El agua será un factor restrictivo”, expresa Adesina.

Los fertilizantes plantean un desafío mayor. La FAO cree posible economizar su empleo, en especial en algunos países del sudeste asiático, con programas que eduquen a los agricultores sobre cuánto y cuándo utilizarlos. Pero a largo plazo, dicen los expertos, el uso de fertilizantes crecerá, en particular en África, lo que significa que los países donantes tendrán que subsidiar sustancias químicas para países pobres.

El experto Tom Lumpkin, director del Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo, en El Batán, México, agrega que, a la luz de la crisis, los países tendrán que reconsiderar su oposición a los OGM. “Necesitamos la ciencia para volver a la agricultura”, dice Lumpkin.

Hoy, 100 millones de hectáreas, casi 8% de la tierra cultivable del mundo, se siembran ya con OGM. Es probable que los partidarios de la tecnología, como EU y Brasil, presionen para imponer su idea de que podrían resolver el problema. Gaddi Vasquez, embajador de EU ante la FAO, dice que para aumentar las cosechas “uno de los caminos más prometedores pasa por los OGM”.

El BM expresó este año que la agricultura estaba preparada para otra revolución tecnológica, utilizando los instrumentos de la biotecnología. “Pero hay considerable incertidumbre respecto de si esta revolución podría convertirse en realidad en el mundo pobre, debido a la baja inversión pública en estas tecnologías y a las polémicas sobre sus riesgos”, advirtió.

Además, el clima político actual es menos favorable a los grandes envíos de dinero de países ricos a los pobres. Hoy nadie teme una toma de poder comunista; la inversión que se requiere tendría que ser un intento de mejorar las vidas de millones.

Con independencia de los planes que trazaron los dirigentes del mundo en la cumbre de la FAO, funcionarios y expertos coinciden en afirmar que el mundo tiene que solventar rápidamente la crisis y evitar otra en pocos años. Hace unos días, la OCDE y la FAO manifestaron en su Perspectiva Agrícola 2008-2017 que las inversiones públicas y privadas para la innovación y el incremento de la productividad agrícola “mejorarían enormemente las perspectivas del abasto al ampliar la producción base y disminuir la posibilidad de que se repitan picos de precios en materias primas”.

Pero el tiempo escasea. Robert Zeigler, director del Instituto Internacional de Investigaciones sobre el Arroz, dice que llevará 10 años desarrollar las variedades de semilla y construir la infraestructura requerida para una segunda revolución verde. “En realidad, deberíamos haber empezado hace 10 años para evitar los problemas de hoy”, dice.

lunes, 16 de junio de 2008

La escasez de alimentos es tendencial


Lester Brown, fundador del "Worldwatch Institute"
"La actual crisis alimentaria no es coyuntural"

Brown explica en Pekín que ya ha comenzado el "pánico alimentario" entre los más dependientes, y cree que la situación de India es "la más crítica" por el agotamiento de sus acuíferos

Rafael Poch | Pekín
La Vanguardia

El investigador estadounidense Lester Brown, fue el primero en apuntar que la urbanización de China crearía un problema alimentario mundial. El retroceso de la superficie cultivable en beneficio del asfalto, ciudades e infraestructuras, acabaría primero con la autosuficiencia alimentaria de éste país. Luego, las nuevas necesidades de importaciones de grano de la nación más poblada del mundo, crearían un problema de escasez global.

Los chinos se le lanzaron a la garganta. Demostraron, con números, que esa tesis era errónea y algunos hablaron de la conocida malevolencia occidental. En 1998, la cosecha china fue abundante, pero durante los cinco años siguientes fue inferior al consumo y ya hubo que importar. Hoy China es el principal importador mundial de soja -en parte para hacer lugar a cultivos, de maíz y trigo, más productivos- y reconoce en la salvaguardia de su superficie agraria uno de los problemas más delicados.

En 2003, Brown fue hecho miembro honorífico de la Academia de Ciencias China. Esta semana, el fundador (en 1974) del glorioso Worldwatch Institute de Washington y del Earth Policy Institute (2001), volvió a Pekín, donde se entrevistó con el viceministro de medio ambiente, Pan Yue, un activo abogado de las tesis de Brown en China. "Por desgracia", dice, "me hicieron muchas preguntas, sin que yo pudiera formularles las mías", explicó a un grupo de periodistas extranjeros, ante los que hizo un repaso de los problemas alimentarios globales del futuro más inmediato. A diferencia de 1997, a Brown ahora si se le escucha en China.

Los glaciares del Himalaya se están fundiendo a un ritmo más rápido que en cualquier otra parte del mundo. Esos glaciares alimentan los principales ríos de Asia (Yangztze, Ganges, Brahmaputra, Irrawady, Mekong…) y garantizan su caudal durante la época seca. Sin el aporte de su glaciar, el Ganges, por ejemplo, perdería el 70% de su caudal en época seca, y con el Río Amarillo pasaría algo parecido. Muchos de los ríos de Asia se convertirían en algo parecido a las rieras mediterráneas; ríos de estación que llevan agua cuando llueve.

El problema es que el 80% de la cosecha china y el 60% de la india, dependen de la irrigación. ¿Qué pasará con sus poblaciones, siendo China el primer productor mundial de grano e India el segundo (Estados Unidos, el tercero)?. "Lo que pase con el trigo y el arroz en China e India, es asunto que importa a todo el mundo", dice Brown, según el cual, "el estrés vinculado a la crisis alimentaria aumentará el número de estados fallidos en el mundo". Uno de ellos, Pakistán, es potencia nuclear, advierte.

Lo que está ocurriendo actualmente es, "la inflación global de precios alimentarios más grave de la historia; arroz, trigo, maíz, con precios doblados y hasta triplicados, lo nunca visto". En siete de los últimos ocho años, el consumo global de grano ha excedido la producción, lo que quiere decir que los stocks globales están bajando. Nunca habían estado tan bajos. "A diferencia de otras crisis del pasado, la actual escasez no es coyuntural, sino tendencial", y eso tanto por razones de demanda como de suministro; "por un lado, cada vez más gente que consume más, cada año añadimos 70 millones de personas. Y tenemos quizá 4000 millones que quieren subir en la cadena alimentaria, consumir más productos que precisan mucho grano; más leche y más carne. Por el otro, un masivo aumento de la demanda de grano dedicada a fabricar biocombustibles". Aunque se suele pensar que el nuevo apetito de una población china, cada vez menos pobre, es lo determinante, eso sólo responde de un incremento de 2 millones de toneladas al año. A su lado, Estados Unidos dedica 20 millones de toneladas anuales a producir etanol.

La crisis de la producción global de grano se debe a varios motivos. Algunos de los principales se derivan de la escasez de agua. El nivel de las aguas subterráneas está bajando en casi todo el mundo a causa de la sobreextracción. "En Arabia Saudí en 1976 se dieron cuenta de que eran muy vulnerables a un embargo alimentario, así que perforaron 800 metros hasta encontrar agua y ser autosuficientes en trigo. Treinta años después, su acuífero se está agotando y su producción de grano disminuye un 1,8% anualmente, y la previsión es cesarla para 2016. Lo mismo está pasando en Yemen. En India los acuíferos están bajando en casi todos los estados. El Banco Mundial estima que el 15% de la producción de grano indio (el alimento de 170 millones) es resultado de la sobreextracción de agua, y por definición, la sobreextracción es algo coyuntural, porque el agua termina por agotarse".

Otro motivo es la disminución de superficie cultivable por crecimiento de la urbanización, y otro el agotamiento del recurso a nuevas técnicas para incrementar la productividad. "Los japoneses, que son los productores de arroz más eficientes del mundo, dicen que se ha tocado techo tecnológico". El calentamiento global se añade a la situación; "por cada grado de incremento de temperatura, se espera cerca de un 10% de descenso en productividad", dice Brown.

"Lo que solemos olvidar es que la agricultura mundial, tal como existe hoy, evolucionó por un periodo de 11.000 años de considerable estabilidad climática, y que cuando el clima comienza a cambiar, la agricultura comienza a caer junto con su medio ambiente".

La crisis de escasez ha creado un "pánico alimentario" entre los países importadores de grano. La actitud de exportadores como Rusia, Argentina o Vietnam, restringiendo o prohibiendo sus ventas en reacción a la situación, aun incrementa más el fenómeno. Yemen, que depende en un 80% de importaciones, está intentando negociar en estos momentos un acuerdo de trigo a largo plazo con Australia. Filipinas padece una situación similar e intenta negociar un acuerdo a cinco años con Vietnam. Libia (90% de dependencia) está arrendando 100.000 hectáreas en Ucrania para lograr un suministro estable. Egipto está intentando un acuerdo similar. Corea del Sur busca hacer lo mismo pero en Siberia Oriental. India intenta arrendar tierra en Uruguay y Paraguay. China ya ha arrendado tierras en Kazajstán y estudia hacerlo en Birmania y otros lugares… "Es un capítulo completamente nuevo en el mundo, nunca habíamos visto algo así antes", dice Brown.
A nivel global vamos a presenciar situaciones insólitas, explica. En el norte de China se está explotando el acuífero más profundo, que cuando se acaba, ya no se recupera. Por ejemplo, en el escenario de una ulterior caída de la producción de grano en China, la solución será que ésta se dirija a Estados Unidos, primer exportador mundial de trigo y maíz, lo que impulsaría los precios. "Para Estados Unidos será tentador prohibir la exportación como hizo en el pasado, pero China tiene gran cantidad de valores de Estados Unidos, prácticamente es su banquero", dice, ilustrando posibles dilemas. La situación no tiene salidas "nacionales", sino que precisa, "decisiones globales". Cuatro de ellas son claras y deberán responder a estas preguntas; "¿Cómo combatir el calentamiento global?, ¿cómo impedir el empobrecimiento de grandes sectores de la población mundial?, ¿cómo controlar el aumento de la población?, y ¿cómo restablecer los sistemas naturales degradados?".

A corto plazo, India es "el país más crítico", por su dependencia de la sobreexplotación de su acuífero, mientras que China deberá concentrarse en la eficiencia de su utilización de las aguas. En los dos países más poblados del mundo, el agua está en el centro.

Brown, que fue funcionario de la administración de Estados Unidos, dice que ya estamos ante cambios institucionales importantes, incluso en Estados Unidos. "Wall Street", por ejemplo, "está dando la espalda al carbón", dice. Sin embargo, la crisis global será muy difícil de resolver sin un cambio de valores, especialmente de los valores de Wall Street. En su única consideración sociopolítica, Brown recuerda que en su país, "ninguno de los cambios importantes comenzó en Washington". Todo, desde el movimiento por los derechos civiles, hasta la campaña contra el tabaquismo, "nació desde abajo". Con los cambios que requiere la actual crisis pasará lo mismo, sugiere.

Enlace a La Vanguardia

Los Plátanos en extinción

El plátano, parábola de nuestro tiempo

Johann Hari
The Independent / La Jornada

Las prácticas depredadoras de corporaciones bananeras llevan al fruto hacia su extinción. Durante cien años, un puñado de corporaciones recibieron una fruta espléndida y se les permitió hacer lo que quisieran con ella. ¿Qué ocurrió? Para exprimirle hasta la última gota de ganancia, destruyeron democracias, quemaron selvas y acabaron matando la fruta misma.

Debajo de los encabezados que hablan de carestía de alimentos y gobiernos tambaleantes, existe un hecho casi inadvertido: los plátanos mueren. Este alimento, más consumido incluso que el arroz o las papas, tiene su propia forma de cáncer. Se trata de un hongo conocido como enfermedad de Panamá, que da a la fruta un color rojo ladrillo y la vuelve incomible.

No hay cura. Todos los frutos perecen conforme se propaga, lo cual ocurre de prisa. Pronto –entre 10 y 30 años– la fruta amarilla y cremosa que conocemos no será más.

La historia del ascenso y caída de este alimento puede verse como una extraña parábola sobre las corporaciones que cada vez dominan más al mundo y adónde nos están llevando.

El plátano parece un espléndido producto de la naturaleza, pero eso es una dulce ilusión. En su forma actual, su creación fue bastante deliberada. Hasta hace 150 años existía gran variedad de plátanos en las selvas del mundo, los cuales se consumían siempre en las zonas cercanas. Algunos eran dulces; otros, amargos. Los había verdes, morados o amarillos.

Un consorcio llamado United Fruit sacó de la selva un tipo en particular –conocido como Gros Michael– y decidió producirlo en masa en enormes plantaciones, y distribuirlo por el mundo en barcos frigoríficos. El plátano se estandarizó en un modelo amigable: amarillo, cremoso y cómodo de llevar en la lonchera.

Hubo allí una chispa de genio empresarial, pero United Fruit ideó un cruel modelo de negocio para llevarlo a cabo. Como explica el escritor Dan Koeppel en su brillante historia Banana: the fate of the fruit that changed the world (Plátano: el destino de la fruta que cambió al mundo) funcionó así: encuentra un país débil. Asegúrate de que el gobierno sirva a tus intereses. Si no lo hace, derrócalo y remplázalo por uno que sí. Quema sus selvas y construye plantaciones de plátano. Haz que los nativos dependan de ti. Aplasta cualquier brote de sindicalismo. Y luego, ¡lástima!, hay que ver morir los plantíos de plátano por una enfermedad que se disgrega por el mundo. Si eso ocurre, arrójales toneladas de químicos, a ver si sirve de algo. Si no, pásate al país de al lado y vuelve a comenzar.

Parece una exageración hasta que uno estudia lo que pasó. En 1911 el magnate platanero Samuel Zemuray decidió convertir a Honduras en su plantación privada. Reunió algunos gángsters internacionales, como Guy Ametralladora Maloney; montó un ejército privado e invadió la nación, instalando a un amigo de presidente.

El término “república bananera” se inventó para describir las dictaduras serviles que se crearon para favorecer a las empresas del plátano. A principios de la década de 1950, el pueblo guatemalteco eligió a un profesor de ciencia llamado Jacobo Arbenz, porque prometió redistribuir parte de los fincas bananeras entre los millones de campesinos sin tierra.

El presidente estadunidense Eisenhower y la CIA (encabezada por un ex empleado de United Fruit) giraron instrucciones de matar a esos “comunistas”, haciendo notar que “martillo, hacha, pinzas, desarmador, atizador de fuego o cuchillo de cocina” eran buenos métodos para ese fin. Luego la tiranía con la que los remplazaron asesinó a más de 200 mil personas.

Pero, ¿en qué forma se relaciona esto con la enfermedad que hoy diezma los platanares del mundo? Las pruebas indican que, aun cuando vendan algo tan inocuo como los plátanos, las corporaciones se estructuran para hacer una sola cosa: maximizar las ganancias de sus accionistas. Si no hay normas que las contengan, harán lo que sea por maximizar las ganancias a corto plazo, lo cual conducirá a conductas como destruir el medio ambiente que explotan.

No mucho después que la enfermedad de Panamá comenzó a matar plátanos, a principios del siglo XX, científicos de United Fruit advirtieron al consorcio que cometía dos errores. Uno era construir un gigantesco monocultivo: si todos los plátanos eran de la misma especie, una enfermedad que entrara en la cadena en cualquier lugar del planeta se propagaría con rapidez. ¿La solución? Diversificar las variedades que se producían.

Las normas de cuarentena de la empresa también eran una calamidad. Hasta las personas encargadas de prevenir la infección entraban en plantíos sanos con suelo infectado adherido a sus botas. Pero las soluciones a los dos problemas costaban dinero, y United Fruit no quería pagar. Optó por maximizar ganancias hoy, suponiendo que podría abandonar el negocio del plátano si las cosas salían mal.

Así pues, para la década de 1960 el Gros Michel, que United Fruit había empacado como el único plátano auténtico, estaba muerto. La compañía buscó un remplazo inmune al hongo y al fin dio con el Cavendish**. Era más pequeño, menos cremoso y muy fácil de magullar, pero no había de otra.

Pero, como en una secuela de película de horror, el asesino volvió. En la década de 1980, el Cavendish enfermó también. Ahora está muriendo; su inmunidad era un mito. En muchas partes de África la cosecha ha caído 60 por ciento. Existe consenso entre los científicos de que el hongo acabará infectando todos los plátanos de esa variedad en el mundo. Tal vez habría alguna especie que pueda adaptarse como Plátano 3.0, pero son tan diferentes que parecen una fruta del todo diferente y mucho menos apetitosa. El contendiente más probable es el Goldfinger, que es más rígido y agrio: se le conoce como “la banana ácida”.

Gracias a la mala conducta corporativa y a los límites físicos, parece que estamos en un callejón sin salida. La única esperanza parecería ser un plátano genéticamente modificado para resistir la enfermedad de Panamá. Pero es una posibilidad remota, y encontraría mucha resistencia: ¿a quién le gustaría un banana split hecho con un plátano que contuviera genes de pescado?

¿Hay una parábola de nuestro tiempo en este licuado de plátano, sangre y hongos? Durante cien años, un puñado de corporaciones recibieron una fruta espléndida y se les permitió hacer lo que quisieran con ella. ¿Qué ocurrió? Para exprimirle hasta la última gota de ganancia, destruyeron democracias, quemaron selvas y acabaron matando la fruta misma.

Pero, ¿acaso hemos aprendido? Por todo el mundo, políticos como George Bush y David Cameron nos dicen que regular las corporaciones es “una amenaza” que hay que “combatir”; incluso sostienen que debemos dejar en sus manos el clima del mundo. Para mí, sería una locura.***

www.ecoportal.net

- Traducción: Jorge Anaya

Referencias:

* Periodista galardonado, colaborador de The Independent y una veintena de periódicos y revistas de GB, EU, Francia, Canadá y otros países. Amnistía Internacional lo nombró Periodista del Año 2007 por sus reportajes sobre el Congo.

** Conocido en México como tabasco.

*** Juego de palabras intraducible con la expresión “that’s bananas.” (N. del T.)

Enlace a texto en Rebelión

lunes, 9 de junio de 2008

Cómo fabricar una crisis alimentaria global


Cómo fabricar una crisis alimentaria global: Lecciones del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio


Walden Bello
La Jornada


El aumento global en los precios de los alimentos no es sólo la consecuencia de utilizar productos agrícolas para convertirlos en agrocombustibles, si no de las políticas del “libre mercado” promovidas por las instituciones financieras internacionales. Ahora las organizaciones campesinas están liderando la oposición a la industria agrícola capitalista.
Cuando cientos de miles de personas se manifestaron en México el año pasado contra un incremento del 60% en el precio de las tortillas, muchos analistas culparon a los biocombustibles. A causa de los subsidios del gobierno estadounidense, los granjeros de ese país dedicaban más hectáreas al maíz para etanol que para alimento, lo cual disparó los precios. Esta desviación del uso del maíz fue sin duda una causa del aumento de los precios, aunque probablemente la especulación de intermediarios con la demanda de los biocombustibles tuvo una mayor influencia. Sin embargo, a muchos se les escapó una pregunta interesante: ¿cómo es que los mexicanos, que viven en la tierra donde se domesticó el maíz, han llegado a depender del grano estadounidense?

La erosión de la agricultura mexicana

No puede entenderse la crisis alimentaria mexicana sin considerar que en los años anteriores a la crisis de la tortilla, la patria del maíz fue convertida en una economía importadora de ese grano por las políticas de “libre mercado” promovidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y Washington. El proceso comenzó con la crisis de la deuda de principios de la década de los 80s. México, uno de los dos mayores deudores del mundo en vías de desarrollo, fue obligado a suplicar dinero al Banco y al FMI para pagar el servicio de su deuda con los bancos comerciales internacionales. El precio de un rescate fue lo que un miembro del consejo ejecutivo del BM describió como “intervencionismo sin precedente”, diseñado para eliminar aranceles, reglamentaciones estatales e instituciones gubernamentales de apoyo, que la doctrina neoliberal identificaba como barreras a la eficiencia económica.

El pago de intereses se elevó del 19 por ciento del gasto federal total en 1982 al 57 por ciento en 1988, en tanto el gasto de capital se derrumbó del 19.3 al 4.4 por ciento. La reducción del gasto gubernamental se tradujo en el desmantelamiento del crédito estatal, de los insumos agrícolas subsidiados por el gobierno, los apoyos al precio, los consejos estatales de comercialización y los servicios de extensión.

Este golpe a la agricultura campesina fue seguido por uno aún mayor en 1994, cuando entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Aunque dicho tratado consideraba una prórroga de 15 años a la protección de productos agrícolas, entre ellos el maíz, pronto comenzó a fluir maíz estadounidense altamente subsidiado, lo cual redujo los precios a la mitad y hundió al sector maicero en una crisis crónica. En gran medida a causa de ese acuerdo, México se ha consolidado como importador neto de alimentos.

Con el cierre de la entidad gubernamental comercializadora de maíz, la distribución de importaciones maiceras de Estados Unidos y del grano nacional ha sido monopolizada por unas cuantas empresas trasnacionales, como Cargill. Eso les ha dado un tremendo poder para especular con las tendencias del mercado, de modo que pueden manipular y magnificar los movimientos de demanda de biocombustibles tantas veces como quieran. Al mismo tiempo, el control monopólico del comercio interior ha asegurado que un aumento en los precios internacionales del maíz no se traduzca en pagar precios significativamente más altos a los pequeños productores.

Cada vez resulta más difícil a los productores mexicanos de maíz eludir el destino de muchos otros pequeños productores en sectores como arroz, carne de res, pollo y cerdo, quienes se han venido abajo por las ventajas concedidas por el TLCAN a los productos subsidiados estadounidenses. Según un informe del Fondo Carnegie de 2003, las importaciones agrícolas de EEUU han dejado sin trabajo a 1.3 millones de campesinos, muchos de los cuales han emigrado al país del norte.

Las perspectivas no son buenas, pues el gobierno mexicano continúa en manos de neoliberales que desmantelan sistemáticamente el sistema de apoyo al campesinado, un legado clave de la Revolución Mejicana. Como dice el director ejecutivo de Food First, Eric Holt- Jiménez, “Llevará tiempo y esfuerzo para recuperar la capacidad de los pequeños agricultores y no parece que haya ningún deseo político para esto- sin olvidar el hecho que NAFTA debe ser renegociada”.

Creación de la crisis del arroz en Filipinas

Que la crisis global de alimentos se origina en la reestructuración de la agricultura por el libre mercado resulta más claro en el caso del arroz. A diferencia del maíz, menos del 10 por ciento de la producción mundial de arroz se comercializa. Además, en el arroz no ha habido desviación del consumo hacia los biocombustibles. Sin embargo, sólo en este año los precios se han triplicado, de 380 dólares por tonelada en enero a más de mil dólares en abril. Sin duda, la inflación deriva en parte de la especulación de los cárteles mayoristas en una época de existencias escasas. Sin embargo, el mayor misterio es por qué varios países consumidores de arroz que eran autosuficientes se han vuelto severamente dependientes de las importaciones.

Filipinas ofrece un triste ejemplo de cómo la reestructuración económica neoliberal transforma un país de ser exportador neto a importador neto de alimentos. Ahora es el mayor importador mundial de arroz. El esfuerzo de Manila por asegurarse provisiones a cualquier precio se ha convertido en primera página en los medios de comunicación, y las fotos de soldados que protegen la distribución del cereal en las comunidades pobres se han vuelto emblemáticas de la crisis global.

Los trazos generales de la historia de Filipinas son similares a los de México. El dictador Ferdinand Marcos fue culpable de muchos crímenes y malos manejos, entre ellos no llevar adelante la reforma agraria, pero no se le puede acusar de privar al sector agrícola de fondos gubernamentales. Para paliar el descontento de los campesinos, el régimen les otorgó fertilizantes y semillas subsidiadas, impulsó mecanismos de crédito y construyó infraestructura rural. Durante los 14 años de su dictadura, sólo en uno, 1973, se tuvo que importar arroz debido al extenso daño causado por los tifones. Cuando Marcos huyó del país, en 1986, había 900 mil toneladas métricas de arroz en los almacenes del gobierno.

Paradójicamente, durante los siguientes años de gobierno democrático se redujo la capacidad de inversión gubernamental. El BM y el FMI, actuando a favor de acreedores internacionales, presionaron al gobierno de Corazón Aquino para que diera prioridad al pago de la deuda externa, que ascendía a 26 mil millones de dólares. Aquino accedió, aunque los economistas de su país le advirtieron que sería “inútil buscar un programa de recuperación que sea consistente con el pago de la deuda fijada por nuestros acreedores”.

Entre 1986 y 1993, entre el 8 y el 10 por ciento del PIB salió de Filipinas cada año en pagos del servicio de la deuda. Los pagos de intereses en proporción al gasto gubernamental se elevaron del 7 por ciento en 1980 al 28 por ciento en 1994; los gastos de capital cayeron del 26 al 16 por ciento. En poco tiempo, el servicio de la deuda se volvió la prioridad del presupuesto nacional.
El gasto en agricultura cayó a menos de la mitad. El BM y sus acólitos locales no se preocupaban, porque un propósito del apretamiento del cinturón era dejar que el sector privado invirtiera en el campo. Pero la capacidad agrícola se erosionó con rapidez, los sistemas de riego se estancaron, y hacia finales de la década de los 90s sólo el 19 por ciento de la red de carreteras del país estaba pavimentada, contra el 82% en Tailandia y el 75% en Malasia. Las cosechas eran pobres en general; el rendimiento promedio de arroz era de 2.8 toneladas por hectárea, muy por debajo de las de China, Vietnam y Tailandia, donde los gobiernos promovían activamente la producción rural. La reforma agraria languideció en la era posterior a Marcos, despojada de fondos para servicios de apoyo, que habían sido la clave para las exitosas reformas de Taiwán y Corea del Sur.

Como en México, los campesinos filipinos padecieron la retirada a gran escala del Estado como proveedor de apoyo. Y el recorte en programas agrícolas fue seguido por la liberalización comercial; la entrada de Filipinas en la Organización Mundial de Comercio (OMC) tuvo igual efecto que la firma del TLCAN para México. La entrada en la OMC requería eliminar cuotas en las importaciones agrícolas excepto el arroz, y permitir que cierta cantidad de cada producto ingresara con bajos aranceles. Si bien se permitió al país mantener una cuota en importaciones de arroz, tuvo que admitir el equivalente entre el 1 y el 4 por ciento del consumo doméstico en los 10 años siguientes. De hecho, a causa del debilitamiento de la producción derivada de la falta de apoyo oficial, el gobierno importó mucho más que eso para compensar una posible escasez. Esas importaciones, que se elevaron de 263 mil toneladas en 1995 y a 2.1 millones en 1998, hundieron el precio del cereal, lo cual desalentó a los productores y mantuvo la producción a una tasa muy inferior a la de los dos principales proveedores del país, Tailandia y Vietnam.

Las consecuencias del ingreso de Filipinas en la OMC barrieron con el resto de la agricultura como un tifón. Ante la invasión de importaciones baratas de maíz, los campesinos redujeron la tierra dedicada a ese cultivo de 3.1 millones de hectáreas en 1993 a 2.5 millones en 2000. La importación masiva de partes de pollo casi acabó con esa industria, mientras que el aumento de importaciones desestabilizó las de aves de corral, cerdo y vegetales.

Los economistas del gobierno prometieron que las pérdidas en maíz y otros cultivos tradicionales serían más que compensadas por la nueva industria exportadora de cultivos “de alto valor agregado” como flores, espárragos y brócoli. Poco de eso se materializó. El empleo agrícola cayó de 11.2 millones en 1994 a 10.8 millones en 2001.

El doble golpe del ajuste impuesto por el FMI y la liberalización comercial impuesta por la OMC hizo que una economía agrícola en buena medida autosuficiente se volviera dependiente de las importaciones y marginó constantemente a los agricultores. Fue un proceso cuyo dolor fue descrito por un negociador del gobierno filipino durante una sesión de la OMC en Ginebra: “Nuestros pequeños productores agrícolas son masacrados por la brutal injusticia del entorno del comercio internacional”.

La gran transformación

La experiencia de México y Filipinas se reprodujo en un país tras otro, sujetos a los manejos del FMI y la OMC. Un estudio de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en 14 países descubrió que los niveles de importaciones agrícolas en 1995-98 excedieron los de 1990-94. No era sorprendente, puesto que uno de los principales objetivos del acuerdo agrícola de la OMC era abrir mercados en países en vías de desarrollo para que absorbieran la producción excedente del norte.

Los apóstoles del libre mercado y los defensores del dumping parecieran estar en extremos opuestos del espectro, pero las políticas que propugnan producen el mismo resultado: una agricultura capitalista industrial globalizada. Los países en desarrollo se integran en un sistema en el que la producción de carne y grano para exportación está dominada por grandes granjas industrializadas como las manejadas por la trasnacional tailandesa CP, en las que la tecnología es mejorada continuamente por avances en ingeniería genética de firmas como Monsanto. Y la eliminación de barreras tarifarias y no tarifarias facilita un supermercado agrícola global de consumidores de elite y clase media, atendidos por corporaciones comercializadoras de granos como Cargill y Archer Daniels Midland, y minoristas trasnacionales de alimentos como la británica Tesco y la francesa Carrefour.

No se trata sólo de la erosión de la autosuficiencia alimentaria nacional o de la seguridad alimentaria, sino de lo que la africanista Deborah Bryce-son, de Oxford, llama la “descampesinación”, es decir, la supresión de un modo de producción para hacer del campo un sitio más apropiado para la acumulación intensiva de capital. Esta transformación es traumática para cientos de millones de personas, pues la producción campesina no es sólo una actividad económica: es un modo de vida milenario, una cultura, lo cual es una razón de que en India los campesinos desplazados o marginados hayan recurrido al suicidio. Se calcula que unos 15 mil campesinos indios han acabado con su vida. El derrumbe de precios por la liberalización comercial y la pérdida de control sobre las semillas ante las empresas de biotecnología son parte de un problema integral, señala Vandana Shiva, activista por la justicia global: “En la globalización, el campesino o campesina pierde su identidad social, cultural y económica de productor. Ahora un campesino es ‘consumidor’ de semillas y químicos caros que venden las poderosas corporaciones trasnacionales por medio de poderosos latifundistas y prestamistas locales”.

Agricultura Africana: desde la complacencia al desafío

La descampesinación se encuentra en un estado avanzado en Latinoamérica y en Asia. Si el BM se sale con la suya, África seguirá el mismo camino. Cómo Bryceson y sus colegas afirman correctamente en un artículo reciente, The World Development Report 2008, con amplia información sobre la agricultura en África, es prácticamente un plan para la transformación de la agricultura continental en una agricultura a gran escala comercial. Pero como en muchos otros lugares, la gente esta pasando de un resentimiento a un completo desafío.

En el tiempo de la descolonización en los 60s, África era un exportador neto de alimentos. Hoy el continente importa el 25% de su comida; casi todos los países son importadores netos. El hambre y la falta de alimentos están al orden del día, con emergencias de alimentos durante los tres últimos años en el Cuerno de África, el Sahel, el sur y el África Central.

La agricultura en África está en una profunda crisis, las causas van desde las guerras a los gobiernos, la falta de tecnología agrícola y el aumento del sida. Como en México y Filipinas una gran parte de la explicación es el abandono de los controles de los gobiernos y los mecanismos de ayudas que bajo el ajuste estructural impuesto por el FMI y el BM como el precio a pagar para la asistencia en pagar la deuda externa.

Los ajustes estructurales trajeron un decline en la inversión, aumentaron el desempleo, reducción del gasto social, reducción del consumo y baja producción. El aumento de los precios de los fertilizantes y al mismo tiempo la reducción de los sistemas de créditos agrícolas lo único que hizo fue reducir el uso de fertilizantes, el tamaño de las cosechas y la reducción de la inversión. La realidad rehusó confrontarse a las expectativas doctrinales de que el estado allanaría el camino para que el mercado dinamizara la agricultura.

En lugar de ello, el sector privado que vio que la reducción en el gasto del estado crearía más riesgos, no cubrieron el desfase. País tras país, la salida del estado “lleno” en lugar de “vaciar” la inversión privada. Donde el sector privado sustituyó al público, según un informe de OXFAM “A menudo lo han hecho en unos términos muy desfavorables para los granjeros pobres, dejando a estos con más inseguridad alimentaria, y a los gobiernos a depender de unas ayudas internacionales poco predecibles.” El sector económico, normalmente a favor del sector privado, estuvo de acuerdo, admitiendo que “muchas de las empresas privadas que vinieron a reemplazar a los investigadores estatales resultaron ser monopolistas en busca de dinero.”

El apoyo que recibieron los gobiernos fue canalizado por el Banco Mundial para la exportación de los productos agrícolas para generar divisa extranjera, la que necesitan los estados para pagar su deuda. Pero como en la hambruna en Etiopia en los años 80, este llevo a que la mejor tierra agrícola se dedicase a la exportación forzando a mover las cosechas para la alimentación a tierras menos favorables, lo que aumento la inseguridad alimentaria, además las indicaciones del BM a varias economías para que se centraran en el mismo tipo de productos para la exportación a menudo llevo a una sobreproducción, lo que hizo que los precios bajasen en los mercados internacionales. Por ejemplo el éxito de Ghana en la expansión del cultivo de cacao llevo a una bajada del precio del 48% entre 1986 y 1989. En 2002-03 la caída en el precio del café contribuyó a otra emergencia de alimentos en Etiopia.

Como en México y Filipinas, los ajustes estructurales en África no fueron sólo sobre la falta de inversión sino de la des-inversión de los gobiernos. Hubo otra diferencia importante, en África el FMI y el BM administraron a pequeña escala, tomando decisiones sobre la velocidad en que los subsidios se terminaban, cuantos funcionarios debían ser despedidos e incluso en el caso de Malawi, que cantidad de reservas de grano se venderían y a quien debían ser vendidas. O sea que los procónsules residentes del BM y del FMI llegaron hasta las entrañas de cómo el estado manejaba la economía agrícola para quedarse con todo.

Mezclando el impacto negativo del ajuste con las injustas practicas de comercio de EEUU y de UE. La liberación permitió que la carne de vacuno subvencionada de la UE llevase a muchos ganaderos del Oeste y el Sur de África a la ruina. Con los subsidios legitimados por la OMC, el algodón procedente de EEUU inundó los mercados con unos precios de entre el 20 y el 55% del coste de producción, por lo que llevaron a la bancarrota a los productores africanos.
Según OXFAM el número de subsaharianos viviendo con menos de 1 dólar diario casi se dobló entre 1981 y 2001 alcanzando los 313 millones, un 46% de la población. El papel que jugó el ajuste estructural es innegable. Como admitió el principal economista del BM para África, “No pensamos que el coste humano de esos programas seria tan grande, y que las ganancias económicas tardasen tanto en llegar”.

Malawi es un ejemplo representativo de la tragedia africana propagada por el FMI y el BM. En 1999 el gobierno de Malawi inició un programa para dar a cada pequeño negocio familiar un paquete con fertilizantes y semillas gratuitamente. El resultado: excedente nacional de maíz. Lo que vino después es una historia que debe ser encumbrada como un estudio clásico de uno de los grandes errores de la economía neoliberal.

EL BM y otros donantes de ayuda forzaron la disminución y eventualmente el abandono del programa, diciendo que el subsidio distorsionaba los mercados. Sin los paquetes gratuitos, la producción cayó. Al mismo tiempo el FMI insistió al gobierno a que vendiera una gran parte de sus reservas de grano para permitir que la agencia de la reserva de alimentos pagase la deuda. El gobierno cumplió. Cuando la crisis alimentaria se convirtió en hambruna en 2001-02, las reservas eran prácticamente inexistentes. Unas 1.500 personas murieron. El FMI no se arrepintió, de hecho, suspendió los pagos de un programa de ajuste aludiendo que “el sector paraestatal continuaría siendo un riesgo para la exitosa implementación del presupuesto de 2002/03. Las intervenciones del gobierno en la agricultura y otros mercados alimentarios están socavando otras inversiones más productivas”.

Pero otra crisis alimentaria aún peor se gestó en 2005, el gobierno había tenido bastante con la estupidez del FMI y del BM. Un nuevo presidente reintrodujo el subsidio para los fertilizantes, permitiendo que 2 millones de familias lo comprasen a un tercio del precio de mercado y las semillas también con descuentos. El resultado: aumento espectacular de las cosechas durante dos años, un excedente de 1 millón de toneladas de maíz y el país se transformó en un exportador de maíz a todo el cono sur de África.

El desafío de Malawi al BM podría haber sido un acto de resistencia heroica pero inútil hace una década. El medioambiente hoy es diferente, desde que los ajustes estructurales han sido desacreditados en toda África. Incluso algunos gobiernos donantes y ONGs que lo apoyaban se han distanciado del Banco. Puede que la motivación es prevenir su perdida de influencia en el Continente por asociarse con unas políticas fracasadas y con unas instituciones impopulares cuando la ayuda de China está emergiendo como una alternativa a los programas de ayudas del BM, FMI y los gobiernos occidentales.

Soberanía Alimentaria: ¿el paradigma de una alternativa?

No es solamente el desafío de gobiernos como el de Malawi y la disidencia de sus aliados lo que esta socavando al FMI y al BM. Organizaciones campesinas de todo el mundo, cada vez más militantes en resistir la globalización de la agricultura industrial. De hecho, es por la presión de grupos de agricultores que los gobiernos del Sur han rechazado conceder mayor acceso a sus mercados agrícolas y demandando el fin de los subsidios agrícolas en los EEUU y en la UE, lo que llevo a la Ronda de Doha de la OMC al fracaso.

Los grupos de agricultores han creado redes internacionales; uno de los movimientos más dinámicos es Vía Campesina. Ellos no solo buscan “echar a la OMC de la agricultura”, oponerse al paradigma de una agricultura industrial capitalista; también proponen una soberanía alimentaria alternativa. Esto significa en primer lugar el derecho de los países a determinar su producción y su consumo de alimentos y la liberación de la agricultura de los regimenes de comercio global como la OMC. También significa la consolidación de la agricultura a pequeña escala con la protección del mercado interior de los productos importados baratos; precios remunerativos para agricultores y pescadores: abolición de todos los subsidios directos e indirectos a la exportación; y el fin de los subsidios domésticos que promuevan un tipo de agricultura insostenible. Vía Campesina también pide el final de los derechos de propiedad intelectual relacionados con el comercio (TRIPs) que permite a las corporaciones patentar las semillas; se oponen a la agro-tecnología basada en la ingeniería genética; y demanda una reforma del campo. Como contraste a un monocultivo integrado global, ofrecen la visión de una economía tradicional agrícola compuesta de diversas economías nacionales agrícolas comerciando entre ellas pero centradas principalmente en la producción domestica.

Una vez fueron considerados como una reliquia de la era pre-industrial, los campesinos están liderando la oposición a una agricultura industrial capitalista que los relegó a la papelera de la historia. Se han convertido en lo que Karl Marx describía como una “clase en si misma” con conciencia política contradiciendo sus predicciones sobre su fin. Con la crisis de alimentos global, se están posicionando en el primer plano y tienen aliados y gente que los apoya. Los campesinos rehúsan ir dócilmente a esa buena noche y combaten la descampesinación, los acontecimientos en el siglo XXI están mostrando que la panacea de una agricultura industrial capitalista es una pesadilla. Con las crisis medioambientales multiplicándose, las disfunciones sociales de la vida urbana-industrial apilándose y la agricultura industrializada creando una mayor inseguridad alimentaria, el movimiento de los agricultores cada vez está ganando relevancia no solo en los agricultores sino en todos los que se encuentran amenazados por las consecuencias catastróficas de la visión global del capital de una organización de la producción, la comunidad y la vida en si misma.
________________________________________

Este artículo aparece publicado en la edición de 2 junio 2008 de The Nation (Nueva York)
Walden Bello, miembro del Transnational Institute, es presidente de Freedom from Debt Coalition, profesor de sociología en la Universidad de Filipinas en Diliman y analista senior en Focus on the Global South.

Versión integra del articulo original y publicado en versión reducida en
www.jornada.unam.mx
http://www.tni.org/detail_page.phtml?〈=sp&page=bello_globalfoodcrisis&lang_help=sp
Artículo completo:
Enlace al texto original


Traducción: Jorge Anaya para La Jornada versión reducida y Félix Nieto para Globalízate versión integra.