Paul Krugman
Sin Permiso
Pregunta: ¿qué pasa si pierdes cantidades ingentes de dinero de otras personas? Respuesta: recibes un gran regalo del Gobierno federal (pero el presidente dice cosas muy duras sobre ti antes de soltar la pasta).
¿Estoy siendo injusto? Eso espero. Pero, ahora mismo, da la impresión de que eso es lo que está pasando.
Para dejar las cosas claras diré que no me estoy refiriendo al plan de la Administración de Barack Obama de estimular el empleo y la producción mediante un gran aumento del gasto federal durante algún tiempo, que es exactamente lo que hay que hacer. De lo que estoy hablando es de los planes de la Administración para rescatar el sistema bancario, planes que están tomando la forma de un ejercicio clásico de socialismo amargo: los contribuyentes pagan la factura si las cosas salen mal, pero los accionistas y los ejecutivos reciben los beneficios si las cosas salen bien.
Cuando leo los últimos comentarios sobre política financiera de algunos altos funcionarios de la Administración de Obama, me siento como si el tiempo se hubiera detenido, como si todavía estuviésemos en 2005, Alan Greenspan aún fuese el maestro y los banqueros todavía fuesen los héroes del capitalismo.
"Tenemos un sistema financiero controlado por accionistas privados y administrado por instituciones privadas, y nos gustaría hacer todo lo posible para preservarlo", dice Timothy Geithner, el secretario del Tesoro, mientras se prepara para hacer que los contribuyentes carguen con el mochuelo de las inmensas pérdidas de ese sistema.
Mientras tanto, un artículo del Washington Post que cita fuentes gubernamentales afirma que Geithner y Lawrence Summers, el principal asesor económico del presidente Obama, "creen que los Gobiernos son malos gerentes bancarios" (a diferencia, se supone, de los genios del sector privado, que se las han arreglado para perder más de un billón de euros en unos cuantos años).
Y este prejuicio a favor del control privado, incluso cuando es el Gobierno quien está poniendo todo el dinero, parece estar pervirtiendo la respuesta de la Administración a la crisis financiera.
Ahora bien, hay que hacer algo para apuntalar el sistema financiero. El caos posterior a la quiebra de Lehman Brothers ha demostrado que permitir que las principales instituciones financieras se hundan puede ser muy perjudicial para la salud de la economía. Y hay varias instituciones importantes que están peligrosamente cerca del abismo.
De modo que los bancos necesitan más capital. En épocas normales, los bancos amplían su capital vendiendo acciones a inversores privados, quienes a cambio reciben una participación en la propiedad del banco. Por tanto, se podría pensar que si ahora los bancos no pueden o no quieren ampliar lo suficiente su capital mediante inversores privados, el Gobierno debería hacer lo que haría un inversor privado: aportar capital a cambio de una parte de la propiedad.
Pero hoy en día las acciones de los bancos valen tan poco -Citigroup y Bank of America tienen un valor de mercado combinado de sólo 40.560 millones de euros-, que la propiedad no sería parcial: inyectar el dinero de los contribuyentes necesario para que los bancos fuesen solventes los convertiría, a efectos prácticos, en empresas de propiedad pública.
Mi respuesta a esta perspectiva es: ¿y? Si los contribuyentes están corriendo con los gastos del rescate de los bancos, ¿por qué no deberían obtener la propiedad, al menos hasta que aparezcan compradores privados? Pero la Administración de Obama parece estar partiéndose la cabeza para evitar este desenlace.
Si las noticias son ciertas, el plan de rescate bancario constará de dos elementos principales: la compra por parte del Gobierno de algunos activos bancarios con problemas y garantías frente a pérdidas causadas por otros activos. Las garantías representarían un gran regalo para los accionistas de los bancos; las compras tal vez no, si el precio fuera justo, pero, según información del Financial Times, los precios probablemente estarían basados en modelos de tasación en lugar de en precios de mercado, lo que significa que el Gobierno les estaría haciendo un gran regalo también con esto. Y, a cambio de lo que probablemente sea una gigantesca subvención para los accionistas, los contribuyentes obtendrán... Bueno, nada.
¿Habrá al menos límites en la remuneración de los ejecutivos, a fin de evitar más timos como los que han enfurecido a la opinión pública? El presidente Obama ha criticado las bonificaciones de Wall Street en su último discurso semanal, pero según The Washington Post, "es probable que la Administración se abstenga de imponer restricciones más duras a las indemnizaciones de los ejecutivos de la mayoría de las empresas que reciban ayuda gubernamental" porque "los límites muy estrictos podrían disuadir a algunas de solicitar la ayuda". Esto indica que las palabras duras de Obama son sólo para aparentar.
Mientras tanto, parece que la crisis apenas ha hecho mella en la cultura del exceso de Wall Street. "Digamos que soy un banquero y que he generado 23 millones de euros. Yo debería recibir parte de ese dinero", comentaba un banquero a The New York Times. ¿Y si eres un banquero y has destruido 23.000 millones? ¡El Tío Sam acude al rescate!
Lo que aquí está en juego es algo más que la imparcialidad, aunque ésta también cuente. Salvar la economía va a ser muy caro: es probable que ese plan de estímulo económico de 800.00 millones de dólares sea sólo un anticipo, y que rescatar el sistema financiero, incluso si se hace bien, cueste cientos de miles de millones. No podemos permitirnos el lujo de despilfarrar el dinero regalándolo como si creciese en los árboles a los bancos y a sus ejecutivos sólo para mantener la ilusión de que son propiedad privada.
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Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. Traducción de News Clips.
Vía Rebelion
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lunes, 9 de febrero de 2009
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Paradojas de la trampa de liquidez en una época de depresión
Paul Krugman
Sin Permiso
“Las políticas macro, atrapadas en una trampa de liquidez”: tal es el título de un nuevo informe redactado por Jan Hatzius et al., de Goldman Sachs (no disponible online) Los chicos de Goldman, como yo, traen a colación cifras espeluznantes sobre las dimensiones del hiato de demanda que es preciso cubrir: cifras que sugieren la necesidad de un estímulo fiscal enorme, si lo comparamos con antecedentes históricos. Su enfoque es distinto del mío, y probablemente mejor; luego me referiré a eso. Pero antes quiero entrar en un asunto conceptual.
Es curioso que, precisamente ahora que nos hallamos en una trampa de liquidez, tengamos a un montón de economistas dispuestos a negar que tal cosa sea siquiera posible. El argumento parece discurrir así: crear inflación es fácil: los pájaros lo hacen, las abejas lo hacen, Zimbawe lo hace; de modo que eso no puede constituir un problema para países competentes como Japón o los EEUU.
Esa forma de argüir pasa por alto un problema sobre el que algunos tratamos de llamar la atención en los 90 a propósito de Japón y sobre el que volvemos a insistir ahora: crear inflación es fácil, si eres un país irresponsable. Puede no ser fácil, si no lo eres.
Hace una década, cuando traté de explicar los apuros del Japón, me serví de un modelo sencillo e irrealista para resumir lo que realmente sabemos sobre la relación entre la oferta monetaria y el nivel de precios. Normalmente, lo que decimos es que un incremento de la oferta monetaria, manteniéndose iguales las demás cosas, trae consigo un incremento proporcional igual del nivel de precios: dobla M, y doblarás el IPC. Pero eso no realmente así. Lo que un modelo con todos los puntos sobre la íes dice es que el IPC se doblará, si doblas la actual oferta monetaria y todas las ofertas monetarias futuras esperadas.
¿Y cómo se hace eso? Cualquiera que sea el incremento presente de la oferta monetaria en el Japón, las expectativas de futuras ofertas monetarias no se alterarán, si la gente cree que el Banco del Japón tomará medidas para estabilizar el nivel de precios en cuanto la economía se recupere. Y una vez te percatas de que posiblemente los bancos centrales no son capaces de alterar las expectativas de la gente sobre las ofertas monetarias futuras, tienes que admitir también la posibilidad de que la economía se halle en una trampa de liquidez: si las tasas de interés se acercan a cero, el dinero impreso ahora será simplemente guardado, y la política monetaria quedará sin fuerza de tracción sobre la economía real.
Zimbawe no tendría este problema: la gente cree que todo el dinero que se imprima entrará en circulación. Pero los países como Japón o los Estados Unidos imprimen dinero con propósitos políticos, no para pagar sus facturas. Y eso, perversamente, es lo que los hace vulnerables a la trampa de liquidez. En 1998, yo sostuve que el Banco del Japón tenía que encontrar un camino que le permitiera “prometer creíblemente que iba a ser irresponsable”. La cosa no fue demasiado bien, pero es lo que prescribía un análisis económico sobrio y escrupuloso.
Todo el asunto de la trampa de liquidez tiene un cariz del tipo de Alicia-a-través-del-espejo. Virtudes como el ahorro, o como la convicción de que el banco central está firmemente comprometido con la estabilidad de precios, transmutan en vicios; para salir de la trampa, un país tiene que aflojarse el cinturón, persuadir a sus ciudadanos para que se olviden del futuro y convencer al sector privado de que el gobierno y el banco central no son tan serios y austeros como parecen.
Muy bien; volvamos al informe de Hatzius et al. En ese informe se destaca el papel desempeñado por la alteración de los mercados crediticos en precipitarnos a una trampa de liquidez. Luego pasa a estimar la probabilidad de cambios parecidos en el “los balances del sector privado” –la diferencia entre el ahorro del sector privado y la inversión del sector privado—. Y el resultado es asombroso:
El pronóstico del informe de Goldman Sachs sobre el precio de la vivienda, combinado con las actuales cotizaciones bursátiles y la actual difusión del crédito, implica un incremento del balance del sector privado, el cual pasaría de representar un +1% del PIB en el segundo trimestre de 2008 a representar un +10% en el cuarto trimestre de 2009: un incremento de 9 puntos porcentuales, o 6 puntos a una tasa anual.
¿Cuál es la respuesta? Un estímulo fiscal gigantesco, a fin de colmar el agujero. Una actividad prestamista más agresiva por parte de las empresas patrocinadas públicamente. Tal vez un “precompromiso” firme por parte de la Reserva Federal para mantener bajos los tipos por un largo período (un versión educada de mi “promesa creíble de ser irresponsable”). Y, acaso, compras a gran escala de activos de alto riesgo.
Lo más importante es entender que, en el momentos presente, nos hallamos en un universo alternativo en el que nada resultaría tan peligroso como la decisión de los políticos de proceder con cautela.
Sin Permiso
“Las políticas macro, atrapadas en una trampa de liquidez”: tal es el título de un nuevo informe redactado por Jan Hatzius et al., de Goldman Sachs (no disponible online) Los chicos de Goldman, como yo, traen a colación cifras espeluznantes sobre las dimensiones del hiato de demanda que es preciso cubrir: cifras que sugieren la necesidad de un estímulo fiscal enorme, si lo comparamos con antecedentes históricos. Su enfoque es distinto del mío, y probablemente mejor; luego me referiré a eso. Pero antes quiero entrar en un asunto conceptual.
Es curioso que, precisamente ahora que nos hallamos en una trampa de liquidez, tengamos a un montón de economistas dispuestos a negar que tal cosa sea siquiera posible. El argumento parece discurrir así: crear inflación es fácil: los pájaros lo hacen, las abejas lo hacen, Zimbawe lo hace; de modo que eso no puede constituir un problema para países competentes como Japón o los EEUU.
Esa forma de argüir pasa por alto un problema sobre el que algunos tratamos de llamar la atención en los 90 a propósito de Japón y sobre el que volvemos a insistir ahora: crear inflación es fácil, si eres un país irresponsable. Puede no ser fácil, si no lo eres.
Hace una década, cuando traté de explicar los apuros del Japón, me serví de un modelo sencillo e irrealista para resumir lo que realmente sabemos sobre la relación entre la oferta monetaria y el nivel de precios. Normalmente, lo que decimos es que un incremento de la oferta monetaria, manteniéndose iguales las demás cosas, trae consigo un incremento proporcional igual del nivel de precios: dobla M, y doblarás el IPC. Pero eso no realmente así. Lo que un modelo con todos los puntos sobre la íes dice es que el IPC se doblará, si doblas la actual oferta monetaria y todas las ofertas monetarias futuras esperadas.
¿Y cómo se hace eso? Cualquiera que sea el incremento presente de la oferta monetaria en el Japón, las expectativas de futuras ofertas monetarias no se alterarán, si la gente cree que el Banco del Japón tomará medidas para estabilizar el nivel de precios en cuanto la economía se recupere. Y una vez te percatas de que posiblemente los bancos centrales no son capaces de alterar las expectativas de la gente sobre las ofertas monetarias futuras, tienes que admitir también la posibilidad de que la economía se halle en una trampa de liquidez: si las tasas de interés se acercan a cero, el dinero impreso ahora será simplemente guardado, y la política monetaria quedará sin fuerza de tracción sobre la economía real.
Zimbawe no tendría este problema: la gente cree que todo el dinero que se imprima entrará en circulación. Pero los países como Japón o los Estados Unidos imprimen dinero con propósitos políticos, no para pagar sus facturas. Y eso, perversamente, es lo que los hace vulnerables a la trampa de liquidez. En 1998, yo sostuve que el Banco del Japón tenía que encontrar un camino que le permitiera “prometer creíblemente que iba a ser irresponsable”. La cosa no fue demasiado bien, pero es lo que prescribía un análisis económico sobrio y escrupuloso.
Todo el asunto de la trampa de liquidez tiene un cariz del tipo de Alicia-a-través-del-espejo. Virtudes como el ahorro, o como la convicción de que el banco central está firmemente comprometido con la estabilidad de precios, transmutan en vicios; para salir de la trampa, un país tiene que aflojarse el cinturón, persuadir a sus ciudadanos para que se olviden del futuro y convencer al sector privado de que el gobierno y el banco central no son tan serios y austeros como parecen.
Muy bien; volvamos al informe de Hatzius et al. En ese informe se destaca el papel desempeñado por la alteración de los mercados crediticos en precipitarnos a una trampa de liquidez. Luego pasa a estimar la probabilidad de cambios parecidos en el “los balances del sector privado” –la diferencia entre el ahorro del sector privado y la inversión del sector privado—. Y el resultado es asombroso:
El pronóstico del informe de Goldman Sachs sobre el precio de la vivienda, combinado con las actuales cotizaciones bursátiles y la actual difusión del crédito, implica un incremento del balance del sector privado, el cual pasaría de representar un +1% del PIB en el segundo trimestre de 2008 a representar un +10% en el cuarto trimestre de 2009: un incremento de 9 puntos porcentuales, o 6 puntos a una tasa anual.
¿Cuál es la respuesta? Un estímulo fiscal gigantesco, a fin de colmar el agujero. Una actividad prestamista más agresiva por parte de las empresas patrocinadas públicamente. Tal vez un “precompromiso” firme por parte de la Reserva Federal para mantener bajos los tipos por un largo período (un versión educada de mi “promesa creíble de ser irresponsable”). Y, acaso, compras a gran escala de activos de alto riesgo.
Lo más importante es entender que, en el momentos presente, nos hallamos en un universo alternativo en el que nada resultaría tan peligroso como la decisión de los políticos de proceder con cautela.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
No aceptemos atropelladamente un plan costosísimo que no parece capaz de enfrentarse al problema real.
Paul Krugman
¿Qué se supone que hará este rescate? ¿Servirá para lo que se propone? ¿Qué deberíamos hacer, si no? Hablemos
Primero, un análisis en cápsula de la crisis.
1) Todo empezó con el estallido de la burbuja inmobiliaria. Eso llevó a un drástico incremento de las tasas de morosidad y ejecución hipotecaria, lo que a su vez condujo a enormes pérdidas en lo títulos hipotecariamente respaldados.
2) Las pérdidas en esos títulos, a su vez, dejaron al sistema financiero subcapitalizado; tanto más, cuanto que los niveles de apalancamiento antes considerados aceptables ya no lo son.
3) El sistema financiero, en sus esfuerzos de desapalancamiento, está contrayendo el crédito, lo que pone presión sobre cualquiera que dependa del crédito.
4) Hay también, hasta cierto punto, un círculo vicioso de desapalancamiento: a medida que las empresas tratan de ajustar sus balances contables, presionan a la baja los precios de los activos, reduciendo así el capital y forzando un ulterior desapalancamiento.
Así pues, ¿en qué punto de todo este proceso ofrece su alivio el Plan de Alivio Temporal de Activos? La respuesta es que posiblemente ofrezca algún respiro en el punto 4: en los pasos dados por el Tesoro para comprar activos que el sistema financiero trata de vender, mitigando así, esperemos, la espiral bajista de los precios de los activos.
Pero cuanto más pienso en el asunto, más escéptico me vuelvo sobre la posibilidad de que esto arregle algo. Problemas:
Aunque el problema empezó con los títulos hipotecariamente respaldados, el abanico de activos cuyos precios se están derrumbando por el desapalancamiento es mucho más amplio que el de aquellos títulos. De manera que eso, a lo sumo, corta sólo una parte del círculo vicioso.
En cualquier caso, el aspecto de círculo vicioso es sólo una parte de un problema mucho mayor. Aun si no hubiera habido ventas de activos motivadas por el pánico, el sistema financiero estaría gravemente subcapitalizado, lo que provoca un desplome crediticio. Y el Plan no hace nada para corregir eso.
O Quizá debería decir que el Plan no hace nada para corregir la falta de capital, a menos que el Tesoro pague de más por los activos. Y si ese es el Plan real, el Congreso tiene todo el derecho a plantarse.
Bien; ¿qué debería hacerse? Reflexionemos un poco sobre el modo en que, hasta que Paulson apretó el botón del pánico, se suponía que el sector privado iba a enfrentarse a eso: se suponía que las empresas financieras se recapitalizarían por la vía de atraer a inversores foráneos a fin de ampliar su base de capital. Es decir, se suponía que el sector privado saldría del problema atacando el punto 2.
Lo que ahora parece es que eso no ocurrió, y que es necesaria la intervención pública. Pero en tal caso, ¿no debería también la intervención pública atacar el problema por el punto 2? ¿No debería tomar la forma de inyecciones públicas de capital a cambio de una apuesta en la cúspide?
No aceptemos atropelladamente un plan costosísimo que no parece capaz de enfrentarse al problema real.
__________________________________________
Paul Krugman es uno de los economistas más reconocidos académicamente del mundo, y uno de los más célebres gracias a su intensa actividad publicística y divulgativa desde las páginas del New York Times. Colaboró en su día con el grupo de asesores de economía del Presidente Clinton, pero la dinámica de la vida económica, social y política de los EEUU en el último lustro le ha llevado a diagnósticos tan drásticos como lúcidos del mundo contemporáneo.
Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F. Nyerro
Vía Sin Permiso
¿Qué se supone que hará este rescate? ¿Servirá para lo que se propone? ¿Qué deberíamos hacer, si no? Hablemos
Primero, un análisis en cápsula de la crisis.
1) Todo empezó con el estallido de la burbuja inmobiliaria. Eso llevó a un drástico incremento de las tasas de morosidad y ejecución hipotecaria, lo que a su vez condujo a enormes pérdidas en lo títulos hipotecariamente respaldados.
2) Las pérdidas en esos títulos, a su vez, dejaron al sistema financiero subcapitalizado; tanto más, cuanto que los niveles de apalancamiento antes considerados aceptables ya no lo son.
3) El sistema financiero, en sus esfuerzos de desapalancamiento, está contrayendo el crédito, lo que pone presión sobre cualquiera que dependa del crédito.
4) Hay también, hasta cierto punto, un círculo vicioso de desapalancamiento: a medida que las empresas tratan de ajustar sus balances contables, presionan a la baja los precios de los activos, reduciendo así el capital y forzando un ulterior desapalancamiento.
Así pues, ¿en qué punto de todo este proceso ofrece su alivio el Plan de Alivio Temporal de Activos? La respuesta es que posiblemente ofrezca algún respiro en el punto 4: en los pasos dados por el Tesoro para comprar activos que el sistema financiero trata de vender, mitigando así, esperemos, la espiral bajista de los precios de los activos.
Pero cuanto más pienso en el asunto, más escéptico me vuelvo sobre la posibilidad de que esto arregle algo. Problemas:
Aunque el problema empezó con los títulos hipotecariamente respaldados, el abanico de activos cuyos precios se están derrumbando por el desapalancamiento es mucho más amplio que el de aquellos títulos. De manera que eso, a lo sumo, corta sólo una parte del círculo vicioso.
En cualquier caso, el aspecto de círculo vicioso es sólo una parte de un problema mucho mayor. Aun si no hubiera habido ventas de activos motivadas por el pánico, el sistema financiero estaría gravemente subcapitalizado, lo que provoca un desplome crediticio. Y el Plan no hace nada para corregir eso.
O Quizá debería decir que el Plan no hace nada para corregir la falta de capital, a menos que el Tesoro pague de más por los activos. Y si ese es el Plan real, el Congreso tiene todo el derecho a plantarse.
Bien; ¿qué debería hacerse? Reflexionemos un poco sobre el modo en que, hasta que Paulson apretó el botón del pánico, se suponía que el sector privado iba a enfrentarse a eso: se suponía que las empresas financieras se recapitalizarían por la vía de atraer a inversores foráneos a fin de ampliar su base de capital. Es decir, se suponía que el sector privado saldría del problema atacando el punto 2.
Lo que ahora parece es que eso no ocurrió, y que es necesaria la intervención pública. Pero en tal caso, ¿no debería también la intervención pública atacar el problema por el punto 2? ¿No debería tomar la forma de inyecciones públicas de capital a cambio de una apuesta en la cúspide?
No aceptemos atropelladamente un plan costosísimo que no parece capaz de enfrentarse al problema real.
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Paul Krugman es uno de los economistas más reconocidos académicamente del mundo, y uno de los más célebres gracias a su intensa actividad publicística y divulgativa desde las páginas del New York Times. Colaboró en su día con el grupo de asesores de economía del Presidente Clinton, pero la dinámica de la vida económica, social y política de los EEUU en el último lustro le ha llevado a diagnósticos tan drásticos como lúcidos del mundo contemporáneo.
Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F. Nyerro
Vía Sin Permiso
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