martes, 24 de junio de 2008
El malestar de las élites y la exclusión de los pobres
El Mercurio es un buen barómetro para dar cuenta del malestar de las élites cuando se acerca la fecha del balance del Bicentenario. El Bloque E, de la Edición del domingo 22 de junio de 2008, se plantea una sugestiva pregunta: 2010, ¿se incuba un malestar como el de 1910? El Mercurio cree, muy inocentemente, que en el Chile de hoy existe un conjunto de intelectuales críticos que, perteneciendo a la casta en el poder, están descontentos con la marcha del país; por el contrario, yo creo que, a diferencia de 1910, la casi totalidad de la casta está muy autosatisfecha con logros económicos y políticos del Chile de los empates transaccionales.
Lo único que podríamos llamar un malestar de las élites, que quiere expresar El Mercurio, es el deseo de la Alianza – no compartido por los empresarios- de apropiarse del poder por medio de la candidatura de Sebastián Piñera y, así, ocupar la presidencia de la república sin necesidad de cogobernar con la Concertación.
El Mercurio no puede definir cabalmente cuál es el malestar: no es el de los camioneros – por el precio del petróleo- o el de los exportadores – por bajo precio del dólar- mucho menos el de los estudiantes – por la pésima educación que reciben- tampoco el de los profesores – por el humillante trato que reciben- tampoco es el de los díscolos – que se niegan a votar como borregos-, en el fondo como no saben definir este malestar, que tiene muy poco de intelectual y mucho de ambición, utiliza términos vagos como “el fantasma de una incomodidad indefinible, algo así como “la levedad del ser”, o qué sé yo.
Históricamente, el malestar es un sentimiento que surge en momentos en que la gente se harta de una sociedad de “bienestar”, para los grupos privilegiados, sin mayores horizontes de lírica épica, ni esperanzas. Así se expresó, por lo menos, “le malaise” de los estudiantes de Francia, en mayo de 1968.
Es cierto que del Centenario (1910) sólo nos queda el recuerdo de algunas obras de los críticos del período: Agustín Ross, Luís Emilio Recabarren, Nicolás Palacios, Alberto Edwards, Tancredo Pinochet, Enrique MacIver, Alejandro Venegas, entre otros. La verdad es que la crítica no fue el factor predominante en 1910, por el contrario, la casta en el poder estaba muy feliz al cumplir cien años de dominio total de la sociedad de la economía y la política.
Ningún Diario de los llamados serios- que no fueran las hojas obreras- publicó crítica alguna al Chile del centenario: nadie estaba dispuesto a dar a conocer las agudas diatribas del profesor Venegas contra el sistema educacional, de Alberto Edwards contra el parlamentarismo, o de Luís Emilio Recabarren contra los ricos. Si leemos El Ferrocarril, El Diario Ilustrado o El mercurio encontraremos publicado el discurso del Centenario, de Juan Enrique Rodó, o el del vicepresidente Emiliano Figueroa Larraín, un huaso ladino y rollizo, cuya simpatía y superficialidad eran notables; a lo mejor, se podría encontrar una artículo sobre economía del recién proclamado candidato presidencial, Ramón Barros Luco.
El Diario Ilustrado, el 28 de septiembre de 1910, publicaba: “Al desbordado turbión del pesimismo que parecía arrastrarnos ciegos a un destino oscuro y lleno de zozobras ha sucedido una tranquila calma y una hermosa seguridad de que marchamos con firme paso de gigantes hacia la conquista del poder material, y del bienestar que es patrimonio de los pueblos inteligentes, sobrios y respetuosos” (Reyes, Soledad, 2004:22).
Sin la siutiquería romántica de la época, el apologista de la Concertación, Eugenio Tironi seguramente, para el 2010, hará de la casta una loa similar a del Diario Ilustrado, 1910. Entrevistado por El Mercurio ( 22 de junio de 2008) que el de hoy no es un malestar similar al de 1910, pues afirma que “la percepción de que estamos sumidos como sociedad, en una crisis moral pertenece a una muy ínfima minoría…” También la generación intelectual de 1910 era una ínfima minoría y, sin embargo, sus críticas anticiparon diez años antes el colapso del parlamentarismo.
En cierto grado los distintos autores críticos del Centenario representaban el malestar den reducido sector de las élites: Agustín Ross y Guillermo Subercaseaux eran contrarios al papel moneda, que enriquecía a agricultores y banqueros, mas bien eran reformistas económicos y querían volver al padrón oro, derogado por el presidente Aníbal Pinto, en 1878; ambos pertenecían a la casta en el poder. Enrique MacIver era un radical, partidario del liberalismo económico, y su crítica se dirige fundamentalmente a la corrupción de costumbres, producto del auge del salitre.
Nicolás Palacios y Tancredo Pinochet, si bien denunciaron la situación de miseria y de explotación del roto pampino y de los campesinos, fueron especialmente nacionalistas, contrarios a la explotación extranjera del salitre. Alberto Edwards y Francisco Encina fueron historiadores émulos de Diego Portales y de Manuel Montt, bastante antidemocráticos y fundaron un pequeño grupúsculo, el Partido Nacionalista.
Alejandro Venegas era un profesor secundario, vicerrector del Liceo 1 de Talca, masón y anticlerical, que jamás militó en el Partido Socialista, ni siquiera en el demócrata, mas bien votó, en todas las elecciones presidenciales, por candidatos de la Alianza Liberal- incluso fue partidario de Pedro Montt, sin embargo, sus críticas a los partidos políticos, a la religión y a la educación fue bastante radical, lo que le significó su jubilación prematura.
Sólo Luís Emilio Recabarren se puede considerar un crítico del Centenario, cercano al proletariado y militante de la tendencia más avanzada del Partido Demócrata, posteriormente los partidos Socialista y Comunista. La conferencia pronunciada en Rengo, en septiembre de 1910, Ricos y Pobres, expresa claramente que los pobres no tienen nada que celebrar en el Centenario.
En 1907 todos los Diarios de la casta en el poder se negaron a publicar sobre la Matanza de Santa María de Iquique, la única excepción fue el diario católico popular, El Chileno, que imprimió un artículo de denuncia, firmado por Nicolás Palacios.
Es completamente falso que los literatos críticos de la sociedad chilena de 1910 fueran bien acogidos por su clase: a Luís Orrego Luco se le negaba el saludo y se atravesaba a la otra acera cuando se le divisaba; su pecado fue haber publicado la novela, La Casa Grande donde, según las señoras católicas, hacía apología del divorcio, se burlaba de los curas – como del cura Correa, pastos de ovejas gordas- de los especuladores de la Bolsa y de los senadores, tan fatuos como los actuales. Joaquín Edwards Bello fue prácticamente obligado a autoexiliarse, en Brasil, al burlarse de su propia clase, en su novela El Inútil.
Es posible que para el 2010 no sea necesario llegar a esos extremos, pues hay muy pocos intelectuales críticos, y es muy fácil exiliarlos condenándolos al anonimato. Por lo demás, los Diarios de Derecha, que monopolizan la Prensa, tiene a sus propios pensadores conservadores, liberales y seudo izquierdistas que sirven muy bien al coro celestial del poder neoliberal. Nada más fácil que convertir en eunuco a un antiguo estalinista, como hay varios en esta viña del Señor.
Lo que va de ayer a hoy.
Es cierto que el Chile de 1910 tiene poco que ver con el Chile de 2010, pues aun cuando este país sea uno de los más conservadores e inmovilistas del mundo, algo se avanza en cien años: ya no muere un tercio de los niños nacidos vivos, tampoco hay pestes o epidemias que diezmen la población y, gracias a la genial ministra Poblete, parece haber desaparecido los conventillos y las piezas redondas – si bien algunos hablaban de casas Copeva con condón, pero eso fue en otro gobierno-.
Por otro lado, ya prácticamente no hay analfabetos que, en 1910, superaba el 50%. La Constitución garantiza hasta la Educación Media, aunque su calidad va a cojear por un buen tiempo. Los hospitales no han cambiado mucho, pero ciertamente, son distintos a los de 1910. La esperanza de vida ha pasado de cuarenta a ochenta años.
En 1910 no había impuesto a la renta, y los créditos a los agricultores se licuaban con una inflación galopante; la casta oligárquica vivía y se enriquecía con el salitre y los Bancos. Hoy el impuesto a la Renta lo paga, fundamentalmente, la clase media, pues grandes las empresas cancelan un impuesto irrisorio.
La oligarquía de 1910, al menos, más nacionalista e inteligente que la actual: cobraba un 50 por ciento Fob por quintal de salitre exportado y, algunas veces impedía el acuerdo de los salitreros británicos para controlar la producción y así tener los preciosa su amaño El presidente Domingo Santamaría lo suficientemente cazurro para esperar a los salitreros y cobrarles el impuesto al embarcar el nitrato. Hoy nuestra casta está tan disminuida que sólo cobra el 3 por ciento del Royalty y no sabe en qué gastarla.
En ambos Centenarios las casta profitan, en el primero la oligarquía se aprovechó del auge del salitre, y hoy del alto precio del cobre –no quiero pensar cuando su precio baje como es lógico que ocurra cuando explote la burbuja de las materias primas, al menos sabemos que el capitalismo se desarrolla entre burbuja y burbuja; de las punto.com a Enron, de las casas, a los Bancos, de los Bancos a las comodityes, aun cuando no creo en milagros, pero que los hay, los hay-.
Es cierto que el sistema parlamentario eclosionó en 1925, pero a pesar de sus múltiples defectos no es más malo que la actual democracia protegida, de la monarquía presidencial y la corte de partidos políticos, compuestos por dirigentes vitalicios, feudales y apitutados. Posiblemente las municipalidades no están tan corrompidas como las de la comuna autónoma, impuesta por los partidos en la guerra civil de 1891, sin embargo, los casos de alcaldes enjuiciados y los malos manejos municipales no son pocos. La relación entre los negocios y la política era similar en 1910, como en la actualidad, a lo mejor, con la diferencia de que en el primer Centenario los negociados eran más desembozados y francos. Es difícil ver la diferencia entre le Gate y el Sindicato de Obras Públicas. El sistema electoral binominal falsificaba tanto la voluntad popular en 1910, como en la actualidad; si en el primer Centenario se compraban los votos, ahora no es necesario hacerlo, pues los senadores y diputados son vitalicios, gamonales y dueños de sus Distritos y tiene a sus borregos, perdón sus electores asegurados. Nada muy distinto que los Circunscripciones de 1910: Por ejemplo, Curicó pertenecía al cacique Fernando Lazcano e Iquique a Alfredo del Río. En la actualidad, Copiapó es un feudo de Ricardo Núñez, como Linares a Jaime Naranjo.
Al igual que en 1910, Chile pasa de una euforia especulativa bursátil a una crisis de crecimiento mundial, que seguramente llegará. Del optimismo autosatisfecho, del resurgimiento, es seguro que pasaremos a pesimismo. No sería nada de raro que el Bicentenario nos encuentre en plena crisis económica y moral.
Rafael Luís Gumucio Rivas
sábado, 24 de mayo de 2008
“¿Ha almorzado la gente?”
publicado en El Clarin
Según Genaro Prieto, nuestro héroe, Arturo Prat, debió ser miembro del Club de Los Rotarios, pues minutos antes de saltar al Huáscar se le ocurrió, nada menos que preguntar “si ha almorzado la gente”; la idea radicaba en pasar a la eternidad con el estómago lleno de ricas sopaipillas pasadas en chancaca. Seguramente previó que en el cielo los especuladores alimentarios habían elevado, a precios inalcanzables la imprescindible harina, tal como ocurre en estos tiempos. Es muy distinto morir saciado que con las tripas sonando de puro hambre. Algo similar ocurre con nuestra Presidenta, de quien nadie puede negar su preocupación por el bienestar de sus súbditos.
Siempre he asociado los 21 de Mayo con días lluviosos, durante los cuales marchaban, pisando charcos, militares a paso de ganso y, además, largos discursos presidenciales, escuchados por serios padres conscriptos. En las tardes, mis padres se reunían con sus amigos, los Sanhueza, para realizar representaciones patrióticas donde se lucía Carlos Sanhueza, famoso dibujante de la Revista Topaze, cuyo personaje principal era Juan Verdejo, quien reemplazaba a la hoy “señora Juanita”; era el roto que comentaba, con singular humor, las largas peroratas presidenciales. Hoy los presidentes de la Concertación invitan a una serie de personajes para ilustrar sus logros.
Más que el día de Prat, es el día de los presidentes o presidentas de la república. Es quizás la única ocasión en que el primer funcionario de la nación puede hablar largo y tendido, sin temor de ser interrumpido por parlamentarios o por invitados a la tribuna. Es muy tonto creer que se trata de dar una cuenta a la nación, pues el objetivo mira a entregar sueños utópicos sobre un país donde mane leche y miel y que están empeñados a construir en su período de mandato; están seguros de que en gran parte de sus dos horas de discurso, la mayoría de los asistentes cabecea o juega con el lápiz haciendo que anota las principales ideas del discurso o hace manifestaciones de agrado o de desagrado en los momentos cúlmines del discurso.
No siempre han sido tan tranquilas y compuestas, como en la actualidad, las cuentas del 21 de Mayo, por parte del presidente de la república: en 1938 don Arturo Alessandri fue interrumpido por los balazos lanzados, en el salón de honor, por el líder nazi González Von Marres. En los años 60, Eduardo Frei y Salvador Allende pidieron, al unísono, la palabra antes de que hablara el presidente de la república, Jorge Alessandri, protestando porque se había robado, por parte del Tribunal Calificador de Elecciones, un sillón ganado por el demócrata cristiano Juan de Dios Carmona – posteriormente un lacayo de la Junta Militar -, a favor del radical Juan Luís Mauras. En la actualidad, los diputados de la casta son bastante serios y ordenados – a lo más lucirán una pequeña pancarta, recordando a la Presidenta alguna promesa no cumplida-. Los perturbadores de la sesión se encuentran dentro del público invitado que, a veces – como en el caso del presidente Lagos- protagonizan un “diálogo socrático” con ironías incluidas.
No siempre los 21 de Mayo fueron aburridos: en 1965 Eduardo Frei Montalva, delineó, con gran capacidad oratoria, el programa de “la revolución en libertad”, lo que equivalía a decir que en Chile todo tendría que cambiar. En 1971, Salvador Alende entregó los postulados centrales de un nuevo camino al socialismo en participación, pluralismo y libertad. En el Chile pragmático de hoy poco importan las ideas y sí mucho más las cifras; hay verdaderos expertos en convertir en dinero las múltiples promesas presidenciales: la lucha entre los “duques de Venecia” es siempre blanda, se mueve sólo por intereses inmediatos – del cómo voy yo ahí – y en cada año únicamente cambian los decorados de una política basada en la política basada en la democracia de los consensos; como nadie quiere cambiar la “Fenicia chilena”, se vive en un perpetuo empate. Es evidente que los opositores deben encontrar deficitario el discurso de la Presidenta – sería muy raro y hasta contradictorio que estuvieran de acuerdo con ella- sin embargo, cada vez se les hace más difícil descubrir cuál es el factor que los diferencia de la combinación gobernante, salvo el anhelo de ocupar el poder.
La tercera cuenta de la presidenta Michelle Bachelet se pareció más a una lista de compras, preparada por la dueña de casa, con miras a adquirir en el mercado neoliberal, y alguna afirmación brillante, dirigida como saeta, a la ciega y reaccionaria oposición. En un discurso tan largo hay de todo y para todos: desde la innovación al problema energético, desde la educación a la salud, desde la cultura hasta la imagen país…Los comentaristas pueden darse el lujo de tomar esta saga desde los más diversos intereses. La Presidenta no tuvo la delicadeza de Prat de preguntar, antes de hablar, si había “almorzado la gente” y entregó una arenga que más se parecía al largo mamotreto que, normalmente, acompaña a estas cuentas. No había que ser muy perspicaz para entender que el discurso había sido redactado con el concurso de varias plumas, algunas poéticas, que citaban a Manuel Rojas, Gabriela Mistral, Juan Manuel Serrat, entre otros, otras dinámicas y unas últimas, pragmáticas, aburridas y llenas de indicadores.
En todo discurso siempre hay unos augures que creen conocer su contenido de antemano y, para lucirse ante la prensa, adelantan una primicia; ahora le correspondió el turno a la famosa supresión del 7%, que los jubilados pagan a Fonasa, para ser atendidos tarde, mal y nunca por los hospitales públicos. El hecho de no anunciarlo se convirtió en una verdadera ofensa para los chilenos de la tercera edad, que apenas sobreviven. El pato de la boda, de esta verdadera metida de pata, fue el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, que quedó como un “Arpagón” mezquino, que niega un miserable auxilio a quienes, en el pasado, construyeron este país. Los demócrata cristianos eran los más indignados, pues estaban convencidos que podrían cazar electores. No faltó el diputado que logró citas destacadas en los diarios del bipolio de derecha, denunciando que la Democracia Cristiana no es escuchada por el gobierno y solapadamente e, incluso que debiera reconsiderar la actual alianza política.
Como Chile tiene billones de dólares, invertidos en bonos en el extranjero a una bajísima tasa de interés, no parece muy difícil ofrecer un bono de $20.000 para los jubilados, más otro de similar valor para el invierno. Es cierto que para las miserables pensiones algo significa, pero este magro aporte, por una sola vez, desaparece como por encanto, con un encarecimiento de los productos básicos que, en la mayoría de los casos, termina por comerse este magro aporte fiscal. Quizás, el principal éxito del gobierno, en este año, lo constituye la promulgación de la Pensión Básica Solidaria, es decir, la posibilidad de que cualquier persona mayor de 65 años pueda acceder a una pensión base de $60.000, que si se suma la pareja, se duplica. Sin embargo, se mantuvo el abusivo negocio de las AFPs.
Después de una larga perorata, la Presidenta se introdujo, al fin, en temas más polémicos: la inscripción automática – felizmente aprobada – y su pronunciamiento a favor del voto voluntario, tema cuestionado por algunos diputados demócrata cristianos. Se pronunció a favor de la iniciativa popular de ley e intentar reformar el sistema binominal, además de una ley de partidos políticos – que no se sabe cuál va a ser su futuro pero que, al menos, debe terminar con la interdicción a la participación de losa dirigentes sindicales a los cargos de elección popular. Fue categórica y asertiva al decir que “ya, ahora…” el voto de los chilenos que residen en el extranjero, dejando al desnudo la mezquindad de Piñera y la derecha en general, al colocar condiciones leoninas y calculadoras para aprobarlas.
La Presidenta es muy sutil para soslayar los aspectos más conflictivos de los temas desarrollados en su discurso, por ejemplo, en lo relativo a la diversificación de la matriz energética, por un lado apoyó a las hidroeléctricas en Aysén, aun cuando no lo expresó con claridad, por otro, habló de las parques eólicos y la energía solar, tratando de dejar contentos a los ambientalistas. En educación, junto con desear un computador para cada alumno, ofrecer la gratuidad de la PSU, un número importante de becas para los alumnos de excelencia y de hacer una apología de la educación fiscal, a la vez contentó a la derecha manteniendo el Acuerdo sobre la Ley General de Educación que, entre otros aspectos, garantiza el lucro desmedido de los sostenedores y la reproducción de la desigualdad; no hubo en su discurso ninguna propuesta para terminar con la municipalización de las escuelas y liceos. La salud se ha convertido en un verdadero desastre nacional; en el discurso se ofrece la construcción de nuevos hospitales y contratación de quinientos especialistas, sin embargo, estas ofertas sólo constituyen un paliativo ante la grave crisis del sistema fiscal de salud.
En el pos 21 de Mayo, los Diarios de derecha publicaron una encuesta que, ¡oh sorpresa!, más del 60% encuentra muy bueno el discurso presidencial y una cifra similar cree que Su Excelencia cumplirá las promesas. Los críticos de derecha se reducen a un 18%, lo que demuestra la carencia de capacidad de la Alianza para levar a cabo una oposición medianamente convincente.
El único que puede medir los resultados del mensaje es Juan Verdejo, y lo importante consiste en que más allá de las buenas intenciones de que hace gala la Presidenta, logremos un Chile verdaderamente inclusivo, menos injusto y más transparente, ad portas del Bicentenario.
Rafael Luís Gumucio Rivas
viernes, 9 de mayo de 2008
El cobre es como la lámpara de Aladino de Chile
Esta frase del título pertenece a Radomiro Tomic, uno de los más brillantes creadores de metáforas de nuestra historia política. A diferencia de los demócratas cristianos actuales, dominados por el neoliberalismo, fue un verdadero crítico de lo que, en su época, se llamaba neocapitalismo.
Si algo caracteriza su historia política fue la defensa irrestricta de la nacionalización del cobre, en esos tiempos en manos de Kennecott, empresa norteamericana propietaria de El Teniente, y de Anaconda dueña de Chuquicamata, dos enclaves no muy distintos que a los de comienzo de siglo del salitre, incluso, en la fiesta de
1.
2. Las dos banderas centrales de un movimiento nacional y popular deben encaminarse a una nueva Constitución y la nacionalización de nuestros recursos básicos, derogando
3. En el intertanto, debe controlarse la evasión tributaria de las empresas extranjeras e, idealmente, subir su porcentaje.
4. Aumentar el porcentaje del Royalty, al menos a un 30 por ciento.
5. Promover una mayor participación de los trabajadores en la ganancia del cobre.
6. Internalizar al mayor número posible de trabajadores subcontratados.
Lecturas recomendadas:
1- Leer los Artículos de Orlando Caputo y Graciela Galaz, publicados en El Mostrador.
2- Testimonios, de Radomiro Tomic, Santiago, 1999
3- La huelga obrera en Chile, Crisóstomo Pizarro, Edic. Sur, Santiago, 1986.
Rafael Luís Gumucio Rivas
martes, 22 de abril de 2008
Hospitales Potemkin
lunes, 21 de abril de 2008
Dudo que muchos chilenos conozcan el pueblo Curepto: si no fuera por el celo fundacional de los funcionarios del Ministerio de Salud, esta pequeña comarca seguiría teniendo la existencia cancina de los villorrios campesinos de la zona central de Chile y sus enfermos tendrían que viajar a Talca en busca de la cura a sus enfermedades tal como lo hacían, en el siglo XVIII, los habitantes de las aldeas de Crimea, después de la visita de Catalina II.
Nada grave, pues los pobres saben esperar y exigen muy poco a sus gobernantes. Por desgracia, los periodistas - que hoy tienen celulares capaces de obtener fotografías sorpresivas y poderosas cámaras de video – fisgoneando descubrieron en este olvidado pueblo que la inauguración del hoy famoso hospital se había llevado a cabo con camas y enfermos arrendados, lo que equivale a una escena perfecta similar a la de las famosas aldeas Potemkim. El hospital de Curepto es similar a una torta de frutilla y, según algunos mal pensados, ni siquiera caben las camas.
Es posible que el hospital de Curepto sea ahora reinaugurado con camas y petacas, agregando tecnología de punta en el más breve plazo. Es seguro que los cureptinos serán tratados con una enorme cortesía por parte de los funcionarios de la salud – tratamiento que debiera existir en todos los hospitales y centros de salud en Chile – no habrá lista de espera, mucho menos colas que, siúticamente se llaman filas, les aplicarán inyecciones con manos de ángel y las operaciones se harán con rayos láser; el hospital de Curepto será la jauja de Potemkin.
El ministro Edmundo Pérez Yoma, creo yo, pretende ser una especie de jefe de gobierno en pleno presidencialismo: apenas asumió el cargo dijo que iba a hacer política, a reformar radicalmente el Estado, para no sufrir el destino de sus predecesores, Andrés Zaldívar y Belisario Velasco y del suyo propio durante el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, en que terminó encerrado en el Ministerio de Defensa, presidiendo la entrega del mando de Augusto Pinochet. Para reformar la administración del Estado se requiere el apoyo de la derecha, lo que sería contradictorio con las “declaraciones de guerra” de Francisco Vidal. No creo que Pérez Yoma sea un Bismark – que fue capaz de construir el Estado alemán en base a la poderosa educación primaria, que levó al triunfo germano contra Francia- en Chile tenemos un pésimo sistema educacional y, por consiguientes, malos hábitos administrativos.
Rafael Luís Gumucio Rivas