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martes, 24 de junio de 2008

El malestar de las élites y la exclusión de los pobres

Rafael Luís Gumucio Rivas


El Mercurio es un buen barómetro para dar cuenta del malestar de las élites cuando se acerca la fecha del balance del Bicentenario. El Bloque E, de la Edición del domingo 22 de junio de 2008, se plantea una sugestiva pregunta: 2010, ¿se incuba un malestar como el de 1910? El Mercurio cree, muy inocentemente, que en el Chile de hoy existe un conjunto de intelectuales críticos que, perteneciendo a la casta en el poder, están descontentos con la marcha del país; por el contrario, yo creo que, a diferencia de 1910, la casi totalidad de la casta está muy autosatisfecha con logros económicos y políticos del Chile de los empates transaccionales.
Lo único que podríamos llamar un malestar de las élites, que quiere expresar El Mercurio, es el deseo de la Alianza – no compartido por los empresarios- de apropiarse del poder por medio de la candidatura de Sebastián Piñera y, así, ocupar la presidencia de la república sin necesidad de cogobernar con la Concertación.

El Mercurio no puede definir cabalmente cuál es el malestar: no es el de los camioneros – por el precio del petróleo- o el de los exportadores – por bajo precio del dólar- mucho menos el de los estudiantes – por la pésima educación que reciben- tampoco el de los profesores – por el humillante trato que reciben- tampoco es el de los díscolos – que se niegan a votar como borregos-, en el fondo como no saben definir este malestar, que tiene muy poco de intelectual y mucho de ambición, utiliza términos vagos como “el fantasma de una incomodidad indefinible, algo así como “la levedad del ser”, o qué sé yo.

Históricamente, el malestar es un sentimiento que surge en momentos en que la gente se harta de una sociedad de “bienestar”, para los grupos privilegiados, sin mayores horizontes de lírica épica, ni esperanzas. Así se expresó, por lo menos, “le malaise” de los estudiantes de Francia, en mayo de 1968.

Es cierto que del Centenario (1910) sólo nos queda el recuerdo de algunas obras de los críticos del período: Agustín Ross, Luís Emilio Recabarren, Nicolás Palacios, Alberto Edwards, Tancredo Pinochet, Enrique MacIver, Alejandro Venegas, entre otros. La verdad es que la crítica no fue el factor predominante en 1910, por el contrario, la casta en el poder estaba muy feliz al cumplir cien años de dominio total de la sociedad de la economía y la política.

Ningún Diario de los llamados serios- que no fueran las hojas obreras- publicó crítica alguna al Chile del centenario: nadie estaba dispuesto a dar a conocer las agudas diatribas del profesor Venegas contra el sistema educacional, de Alberto Edwards contra el parlamentarismo, o de Luís Emilio Recabarren contra los ricos. Si leemos El Ferrocarril, El Diario Ilustrado o El mercurio encontraremos publicado el discurso del Centenario, de Juan Enrique Rodó, o el del vicepresidente Emiliano Figueroa Larraín, un huaso ladino y rollizo, cuya simpatía y superficialidad eran notables; a lo mejor, se podría encontrar una artículo sobre economía del recién proclamado candidato presidencial, Ramón Barros Luco.

El Diario Ilustrado, el 28 de septiembre de 1910, publicaba: “Al desbordado turbión del pesimismo que parecía arrastrarnos ciegos a un destino oscuro y lleno de zozobras ha sucedido una tranquila calma y una hermosa seguridad de que marchamos con firme paso de gigantes hacia la conquista del poder material, y del bienestar que es patrimonio de los pueblos inteligentes, sobrios y respetuosos” (Reyes, Soledad, 2004:22).

Sin la siutiquería romántica de la época, el apologista de la Concertación, Eugenio Tironi seguramente, para el 2010, hará de la casta una loa similar a del Diario Ilustrado, 1910. Entrevistado por El Mercurio ( 22 de junio de 2008) que el de hoy no es un malestar similar al de 1910, pues afirma que “la percepción de que estamos sumidos como sociedad, en una crisis moral pertenece a una muy ínfima minoría…” También la generación intelectual de 1910 era una ínfima minoría y, sin embargo, sus críticas anticiparon diez años antes el colapso del parlamentarismo.

En cierto grado los distintos autores críticos del Centenario representaban el malestar den reducido sector de las élites: Agustín Ross y Guillermo Subercaseaux eran contrarios al papel moneda, que enriquecía a agricultores y banqueros, mas bien eran reformistas económicos y querían volver al padrón oro, derogado por el presidente Aníbal Pinto, en 1878; ambos pertenecían a la casta en el poder. Enrique MacIver era un radical, partidario del liberalismo económico, y su crítica se dirige fundamentalmente a la corrupción de costumbres, producto del auge del salitre.

Nicolás Palacios y Tancredo Pinochet, si bien denunciaron la situación de miseria y de explotación del roto pampino y de los campesinos, fueron especialmente nacionalistas, contrarios a la explotación extranjera del salitre. Alberto Edwards y Francisco Encina fueron historiadores émulos de Diego Portales y de Manuel Montt, bastante antidemocráticos y fundaron un pequeño grupúsculo, el Partido Nacionalista.

Alejandro Venegas era un profesor secundario, vicerrector del Liceo 1 de Talca, masón y anticlerical, que jamás militó en el Partido Socialista, ni siquiera en el demócrata, mas bien votó, en todas las elecciones presidenciales, por candidatos de la Alianza Liberal- incluso fue partidario de Pedro Montt, sin embargo, sus críticas a los partidos políticos, a la religión y a la educación fue bastante radical, lo que le significó su jubilación prematura.

Sólo Luís Emilio Recabarren se puede considerar un crítico del Centenario, cercano al proletariado y militante de la tendencia más avanzada del Partido Demócrata, posteriormente los partidos Socialista y Comunista. La conferencia pronunciada en Rengo, en septiembre de 1910, Ricos y Pobres, expresa claramente que los pobres no tienen nada que celebrar en el Centenario.

En 1907 todos los Diarios de la casta en el poder se negaron a publicar sobre la Matanza de Santa María de Iquique, la única excepción fue el diario católico popular, El Chileno, que imprimió un artículo de denuncia, firmado por Nicolás Palacios.

Es completamente falso que los literatos críticos de la sociedad chilena de 1910 fueran bien acogidos por su clase: a Luís Orrego Luco se le negaba el saludo y se atravesaba a la otra acera cuando se le divisaba; su pecado fue haber publicado la novela, La Casa Grande donde, según las señoras católicas, hacía apología del divorcio, se burlaba de los curas – como del cura Correa, pastos de ovejas gordas- de los especuladores de la Bolsa y de los senadores, tan fatuos como los actuales. Joaquín Edwards Bello fue prácticamente obligado a autoexiliarse, en Brasil, al burlarse de su propia clase, en su novela El Inútil.

Es posible que para el 2010 no sea necesario llegar a esos extremos, pues hay muy pocos intelectuales críticos, y es muy fácil exiliarlos condenándolos al anonimato. Por lo demás, los Diarios de Derecha, que monopolizan la Prensa, tiene a sus propios pensadores conservadores, liberales y seudo izquierdistas que sirven muy bien al coro celestial del poder neoliberal. Nada más fácil que convertir en eunuco a un antiguo estalinista, como hay varios en esta viña del Señor.
Lo que va de ayer a hoy.

Es cierto que el Chile de 1910 tiene poco que ver con el Chile de 2010, pues aun cuando este país sea uno de los más conservadores e inmovilistas del mundo, algo se avanza en cien años: ya no muere un tercio de los niños nacidos vivos, tampoco hay pestes o epidemias que diezmen la población y, gracias a la genial ministra Poblete, parece haber desaparecido los conventillos y las piezas redondas – si bien algunos hablaban de casas Copeva con condón, pero eso fue en otro gobierno-.

Por otro lado, ya prácticamente no hay analfabetos que, en 1910, superaba el 50%. La Constitución garantiza hasta la Educación Media, aunque su calidad va a cojear por un buen tiempo. Los hospitales no han cambiado mucho, pero ciertamente, son distintos a los de 1910. La esperanza de vida ha pasado de cuarenta a ochenta años.

En 1910 no había impuesto a la renta, y los créditos a los agricultores se licuaban con una inflación galopante; la casta oligárquica vivía y se enriquecía con el salitre y los Bancos. Hoy el impuesto a la Renta lo paga, fundamentalmente, la clase media, pues grandes las empresas cancelan un impuesto irrisorio.

La oligarquía de 1910, al menos, más nacionalista e inteligente que la actual: cobraba un 50 por ciento Fob por quintal de salitre exportado y, algunas veces impedía el acuerdo de los salitreros británicos para controlar la producción y así tener los preciosa su amaño El presidente Domingo Santamaría lo suficientemente cazurro para esperar a los salitreros y cobrarles el impuesto al embarcar el nitrato. Hoy nuestra casta está tan disminuida que sólo cobra el 3 por ciento del Royalty y no sabe en qué gastarla.

En ambos Centenarios las casta profitan, en el primero la oligarquía se aprovechó del auge del salitre, y hoy del alto precio del cobre –no quiero pensar cuando su precio baje como es lógico que ocurra cuando explote la burbuja de las materias primas, al menos sabemos que el capitalismo se desarrolla entre burbuja y burbuja; de las punto.com a Enron, de las casas, a los Bancos, de los Bancos a las comodityes, aun cuando no creo en milagros, pero que los hay, los hay-.

Es cierto que el sistema parlamentario eclosionó en 1925, pero a pesar de sus múltiples defectos no es más malo que la actual democracia protegida, de la monarquía presidencial y la corte de partidos políticos, compuestos por dirigentes vitalicios, feudales y apitutados. Posiblemente las municipalidades no están tan corrompidas como las de la comuna autónoma, impuesta por los partidos en la guerra civil de 1891, sin embargo, los casos de alcaldes enjuiciados y los malos manejos municipales no son pocos. La relación entre los negocios y la política era similar en 1910, como en la actualidad, a lo mejor, con la diferencia de que en el primer Centenario los negociados eran más desembozados y francos. Es difícil ver la diferencia entre le Gate y el Sindicato de Obras Públicas. El sistema electoral binominal falsificaba tanto la voluntad popular en 1910, como en la actualidad; si en el primer Centenario se compraban los votos, ahora no es necesario hacerlo, pues los senadores y diputados son vitalicios, gamonales y dueños de sus Distritos y tiene a sus borregos, perdón sus electores asegurados. Nada muy distinto que los Circunscripciones de 1910: Por ejemplo, Curicó pertenecía al cacique Fernando Lazcano e Iquique a Alfredo del Río. En la actualidad, Copiapó es un feudo de Ricardo Núñez, como Linares a Jaime Naranjo.

Al igual que en 1910, Chile pasa de una euforia especulativa bursátil a una crisis de crecimiento mundial, que seguramente llegará. Del optimismo autosatisfecho, del resurgimiento, es seguro que pasaremos a pesimismo. No sería nada de raro que el Bicentenario nos encuentre en plena crisis económica y moral.

Rafael Luís Gumucio Rivas

sábado, 24 de mayo de 2008

“¿Ha almorzado la gente?”

escrito por Rafael Luís Gumucio Rivas
publicado en El Clarin

Según Genaro Prieto, nuestro héroe, Arturo Prat, debió ser miembro del Club de Los Rotarios, pues minutos antes de saltar al Huáscar se le ocurrió, nada menos que preguntar “si ha almorzado la gente”; la idea radicaba en pasar a la eternidad con el estómago lleno de ricas sopaipillas pasadas en chancaca. Seguramente previó que en el cielo los especuladores alimentarios habían elevado, a precios inalcanzables la imprescindible harina, tal como ocurre en estos tiempos. Es muy distinto morir saciado que con las tripas sonando de puro hambre. Algo similar ocurre con nuestra Presidenta, de quien nadie puede negar su preocupación por el bienestar de sus súbditos.
Siempre he asociado los 21 de Mayo con días lluviosos, durante los cuales marchaban, pisando charcos, militares a paso de ganso y, además, largos discursos presidenciales, escuchados por serios padres conscriptos. En las tardes, mis padres se reunían con sus amigos, los Sanhueza, para realizar representaciones patrióticas donde se lucía Carlos Sanhueza, famoso dibujante de la Revista Topaze, cuyo personaje principal era Juan Verdejo, quien reemplazaba a la hoy “señora Juanita”; era el roto que comentaba, con singular humor, las largas peroratas presidenciales. Hoy los presidentes de la Concertación invitan a una serie de personajes para ilustrar sus logros.

Más que el día de Prat, es el día de los presidentes o presidentas de la república. Es quizás la única ocasión en que el primer funcionario de la nación puede hablar largo y tendido, sin temor de ser interrumpido por parlamentarios o por invitados a la tribuna. Es muy tonto creer que se trata de dar una cuenta a la nación, pues el objetivo mira a entregar sueños utópicos sobre un país donde mane leche y miel y que están empeñados a construir en su período de mandato; están seguros de que en gran parte de sus dos horas de discurso, la mayoría de los asistentes cabecea o juega con el lápiz haciendo que anota las principales ideas del discurso o hace manifestaciones de agrado o de desagrado en los momentos cúlmines del discurso.

No siempre han sido tan tranquilas y compuestas, como en la actualidad, las cuentas del 21 de Mayo, por parte del presidente de la república: en 1938 don Arturo Alessandri fue interrumpido por los balazos lanzados, en el salón de honor, por el líder nazi González Von Marres. En los años 60, Eduardo Frei y Salvador Allende pidieron, al unísono, la palabra antes de que hablara el presidente de la república, Jorge Alessandri, protestando porque se había robado, por parte del Tribunal Calificador de Elecciones, un sillón ganado por el demócrata cristiano Juan de Dios Carmona – posteriormente un lacayo de la Junta Militar -, a favor del radical Juan Luís Mauras. En la actualidad, los diputados de la casta son bastante serios y ordenados – a lo más lucirán una pequeña pancarta, recordando a la Presidenta alguna promesa no cumplida-. Los perturbadores de la sesión se encuentran dentro del público invitado que, a veces – como en el caso del presidente Lagos- protagonizan un “diálogo socrático” con ironías incluidas.

No siempre los 21 de Mayo fueron aburridos: en 1965 Eduardo Frei Montalva, delineó, con gran capacidad oratoria, el programa de “la revolución en libertad”, lo que equivalía a decir que en Chile todo tendría que cambiar. En 1971, Salvador Alende entregó los postulados centrales de un nuevo camino al socialismo en participación, pluralismo y libertad. En el Chile pragmático de hoy poco importan las ideas y sí mucho más las cifras; hay verdaderos expertos en convertir en dinero las múltiples promesas presidenciales: la lucha entre los “duques de Venecia” es siempre blanda, se mueve sólo por intereses inmediatos – del cómo voy yo ahí – y en cada año únicamente cambian los decorados de una política basada en la política basada en la democracia de los consensos; como nadie quiere cambiar la “Fenicia chilena”, se vive en un perpetuo empate. Es evidente que los opositores deben encontrar deficitario el discurso de la Presidenta – sería muy raro y hasta contradictorio que estuvieran de acuerdo con ella- sin embargo, cada vez se les hace más difícil descubrir cuál es el factor que los diferencia de la combinación gobernante, salvo el anhelo de ocupar el poder.

La tercera cuenta de la presidenta Michelle Bachelet se pareció más a una lista de compras, preparada por la dueña de casa, con miras a adquirir en el mercado neoliberal, y alguna afirmación brillante, dirigida como saeta, a la ciega y reaccionaria oposición. En un discurso tan largo hay de todo y para todos: desde la innovación al problema energético, desde la educación a la salud, desde la cultura hasta la imagen país…Los comentaristas pueden darse el lujo de tomar esta saga desde los más diversos intereses. La Presidenta no tuvo la delicadeza de Prat de preguntar, antes de hablar, si había “almorzado la gente” y entregó una arenga que más se parecía al largo mamotreto que, normalmente, acompaña a estas cuentas. No había que ser muy perspicaz para entender que el discurso había sido redactado con el concurso de varias plumas, algunas poéticas, que citaban a Manuel Rojas, Gabriela Mistral, Juan Manuel Serrat, entre otros, otras dinámicas y unas últimas, pragmáticas, aburridas y llenas de indicadores.

En todo discurso siempre hay unos augures que creen conocer su contenido de antemano y, para lucirse ante la prensa, adelantan una primicia; ahora le correspondió el turno a la famosa supresión del 7%, que los jubilados pagan a Fonasa, para ser atendidos tarde, mal y nunca por los hospitales públicos. El hecho de no anunciarlo se convirtió en una verdadera ofensa para los chilenos de la tercera edad, que apenas sobreviven. El pato de la boda, de esta verdadera metida de pata, fue el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, que quedó como un “Arpagón” mezquino, que niega un miserable auxilio a quienes, en el pasado, construyeron este país. Los demócrata cristianos eran los más indignados, pues estaban convencidos que podrían cazar electores. No faltó el diputado que logró citas destacadas en los diarios del bipolio de derecha, denunciando que la Democracia Cristiana no es escuchada por el gobierno y solapadamente e, incluso que debiera reconsiderar la actual alianza política.

Como Chile tiene billones de dólares, invertidos en bonos en el extranjero a una bajísima tasa de interés, no parece muy difícil ofrecer un bono de $20.000 para los jubilados, más otro de similar valor para el invierno. Es cierto que para las miserables pensiones algo significa, pero este magro aporte, por una sola vez, desaparece como por encanto, con un encarecimiento de los productos básicos que, en la mayoría de los casos, termina por comerse este magro aporte fiscal. Quizás, el principal éxito del gobierno, en este año, lo constituye la promulgación de la Pensión Básica Solidaria, es decir, la posibilidad de que cualquier persona mayor de 65 años pueda acceder a una pensión base de $60.000, que si se suma la pareja, se duplica. Sin embargo, se mantuvo el abusivo negocio de las AFPs.

Después de una larga perorata, la Presidenta se introdujo, al fin, en temas más polémicos: la inscripción automática – felizmente aprobada – y su pronunciamiento a favor del voto voluntario, tema cuestionado por algunos diputados demócrata cristianos. Se pronunció a favor de la iniciativa popular de ley e intentar reformar el sistema binominal, además de una ley de partidos políticos – que no se sabe cuál va a ser su futuro pero que, al menos, debe terminar con la interdicción a la participación de losa dirigentes sindicales a los cargos de elección popular. Fue categórica y asertiva al decir que “ya, ahora…” el voto de los chilenos que residen en el extranjero, dejando al desnudo la mezquindad de Piñera y la derecha en general, al colocar condiciones leoninas y calculadoras para aprobarlas.

La Presidenta es muy sutil para soslayar los aspectos más conflictivos de los temas desarrollados en su discurso, por ejemplo, en lo relativo a la diversificación de la matriz energética, por un lado apoyó a las hidroeléctricas en Aysén, aun cuando no lo expresó con claridad, por otro, habló de las parques eólicos y la energía solar, tratando de dejar contentos a los ambientalistas. En educación, junto con desear un computador para cada alumno, ofrecer la gratuidad de la PSU, un número importante de becas para los alumnos de excelencia y de hacer una apología de la educación fiscal, a la vez contentó a la derecha manteniendo el Acuerdo sobre la Ley General de Educación que, entre otros aspectos, garantiza el lucro desmedido de los sostenedores y la reproducción de la desigualdad; no hubo en su discurso ninguna propuesta para terminar con la municipalización de las escuelas y liceos. La salud se ha convertido en un verdadero desastre nacional; en el discurso se ofrece la construcción de nuevos hospitales y contratación de quinientos especialistas, sin embargo, estas ofertas sólo constituyen un paliativo ante la grave crisis del sistema fiscal de salud.

En el pos 21 de Mayo, los Diarios de derecha publicaron una encuesta que, ¡oh sorpresa!, más del 60% encuentra muy bueno el discurso presidencial y una cifra similar cree que Su Excelencia cumplirá las promesas. Los críticos de derecha se reducen a un 18%, lo que demuestra la carencia de capacidad de la Alianza para levar a cabo una oposición medianamente convincente.

El único que puede medir los resultados del mensaje es Juan Verdejo, y lo importante consiste en que más allá de las buenas intenciones de que hace gala la Presidenta, logremos un Chile verdaderamente inclusivo, menos injusto y más transparente, ad portas del Bicentenario.

Rafael Luís Gumucio Rivas

viernes, 9 de mayo de 2008

El cobre es como la lámpara de Aladino de Chile

Rafael Gumucio Rivas

Esta frase del título pertenece a Radomiro Tomic, uno de los más brillantes creadores de metáforas de nuestra historia política. A diferencia de los demócratas cristianos actuales, dominados por el neoliberalismo, fue un verdadero crítico de lo que, en su época, se llamaba neocapitalismo.

Si algo caracteriza su historia política fue la defensa irrestricta de la nacionalización del cobre, en esos tiempos en manos de Kennecott, empresa norteamericana propietaria de El Teniente, y de Anaconda dueña de Chuquicamata, dos enclaves no muy distintos que a los de comienzo de siglo del salitre, incluso, en la fiesta de La Tirana había nazarenos disfrazados de pielrojas. La comercialización del cobre pertenecía a esas compañías, que se arreglaban para superproducirlo y, de esta manera, bajar sus precios.

Siendo Radomiro Tomic embajador en Estados Unidos planteó, en una famosa carta a Eduardo Frei Montalva, unas certeras críticas a los Acuerdos con las empresas transnacionales norteamericanas, cuya idea central se refería a la chilenización del cobre, donde el Estado participaba con un 50% en El Teniente y Chuquicamata. El programa de Radomiro Tomic, en 1970, al igual que el de Allende, ambos planteaban la nacionalización del cobre que, en esos tiempos, era un anhelo nacional.

El Código de Minería sostiene: “El Estado tiene el dominio absoluto, exclusivo, inviolable e imprescriptible de todas las minas”. Tomic sostuvo que el mayor patrimonio de La Falange Nacional consistía en ser defensor del cobre chileno. ¡Cómo lo han dilapidado los nuevos gerentes neoliberales de CODELCO! En sus Memorias podemos encontrar una carta, dirigida al tirano y desnacionalizador, Augusto Pinochet, criticando, muy acertadamente, la ley 18.075, como también el Estatuto de Inversión Extranjera, que regaló a las empresas transnacionales el 70% de los establecimientos productores de cobre. Afortunadamente presionado no se atrevió a regalar el 30% restante, aún perteneciente a CODELCO.

Según el Código de Minería, que garantiza el dominio chileno de las minas, las empresas extranjeras serían solamente arrendatarias o concesionarias, sin embargo, como bien lo describe Carlos Tomic, hijo de don Radomiro, esta modalidad de arriendo o de concesión es muy especial, pues sólo puede ser expropiada pagándose el valor actual y futuro de la producción, además de todas las inversiones y activos, lo que equivale a arrendar su casa transformando al arrendatario en propietario. En el fondo, en el espíritu del legislador, los cuatro miembros de la Junta de Gobierno, las minas son prácticamente inexpropiables.

La derecha neoliberal no se atreve a plantear, francamente, la desnacionalización del 30%, perteneciente a CODELCO, aun cuando no falta algún ultra que lo dice abiertamente; pero como son dueños de la Prensa bimonopólica transmiten, día a día, la idea de la ineficacia de las empresas del Estado: que CODELCO produce muy caro, que tiene excedentes gracias al alto precio del cobre y, cuando éste caiga, la empresa colapsará; también tiene sus aliados en la Concertación que, según los analistas, tiene dos almas –una neoliberal y otra más comunitaria- . La Democracia Cristiana que desde hace dos períodos presidenciales no cuenta con un líder que encabece la Concertación, ha tenido como compensación el predominio en los altos cargos de la administración pública, especialmente en las empresas estatales – no me referiré al desastre de Ferrocarriles del Estado y sólo me limitaré a CODELCO. No hace mucho tiempo Villarzú planteaba poner en Bolsa algunas acciones de CODELCO, que serían restadas a la propiedad del Estado, algo similar a Petrobrás.

Hoy preside la empresa José Pablo Arellano, un tecnócrata neoliberal de tomo y lomo; como le hacen mella las críticas de la derecha, se toma en serio eso de “los enormes de producción de CODELCO” y ha emprendido un programa de economía que consiste, fundamentalmente, en aumentar la subcontratación reduciendo el número de trabajadores de planta y aumentando significativamente el número de los subcontratados, que hoy a 30.000 trabajadores. Normalmente, las empresas subcontratistas debieran cumplir funciones que el mandante no pudiera realizar, pero se tergiversó el sentido, encargado a los subcontratistas las mismas tareas que realizan los obreros de planta, pero es evidente que estos últimos ganan un tercio menos que los de planta por el mismo trabajo, los mismos riesgos y los mismos turnos. A cualquiera que tenga dos dedos de frente le parecerá injusto que los subcontratados ganen entre l vital y $250.000, sin muchas de las garantías que tienen los de planta.

No se trata de condenar los buenos sueldos de trabajadores de planta – como lo hizo Matías del Río en el Programa del canal de Piñera, Tolerancia Cero- es evidente que los obreros del cobre trabajan en zonas inhóspitas y, la mayoría de ellos termina padeciendo silicosis y no equivalente la esperanza de vida de un obrero a la de muchos privilegiados ciudadanos; por lo demás, en buena doctrina humanista cristiana, sería lógico que quienes producen el cobre y enriquecen al país a un precio de US3.83 la tonelada, tuvieran una participación mayor en la Empresa - recuerdo que así lo reconocían los estudiosos de economía y humanismo-.

Es muy triste constatar que CODELCO es un espejo de las diferencias y exclusiones de la sociedad chilena; de sueldos millonarios de los ejecutivos a los malos salarios e injusto tratamiento a los subcontratados.

Se dice que Chile pierde US10.000.000 en cada día de huelga – en el reciente conflicto habría perdido US100.000.000; increíblemente, el vocero de Gobierno reconoce que este conflicto se podría haber solucionado antes, lo que parece bastante claro, considerando las moderadas peticiones de los subcontratados: que se cumpla lo acordado en el 2007 más un bono de $500.000 para cada trabajador, cifra pequeñísima si se considera las ganancias de la Empresa. ¿Quiénes son los responsables de la larga duración de la huelga? Como en la obra de Lope de Vega, “fuente ovejuna, Señor”. Según Orlando Caputo, los obreros apenas gozan del 1% de las ganancias de la Empresa. José Pablo Arellano y el directorio de CODELCO se negaron, porfiadamente, a intervenir en la solución de la huelga planteando que los subcontratados deberían entenderse con sus empresas contratistas y no con el mandante, CODELCO. Es evidente que el Directorio, al cual pertenecen dos ministros de Estado – Hacienda y Minería- es bastante responsable de la extensión en el tiempo de la huelga, con el consiguiente daño al país, pero sabemos que se mantendrán en sus cargos, pues son alabados, permanentemente, por los voceros de la derecha.

Si analizamos la historia de las huelgas mineras, tanto del enclave salitrero, como el del cobre podremos comprobar que, en la mayoría de los casos, ha intervenido el gobierno, generalmente reprimiendo a los obreros, más que arbitrando entre las partes en conflicto. (Recomiendo a lectura de La huelga obrera en Chile, de Crisóstomo Pizarro).

El cobre chileno representa el 40% de la producción mundial y tiene más poder de negociación que la OPEP, además, aporta el 47% del presupuesto de la Nación, según Orlando Caputo. Cualquier conflicto que ocurra en los yacimientos implica a todo el país y, por consiguiente, al gobierno, razón por la cual es absurdo creer que pueda ser enfrentado sólo por los subcontratados y las empresas subcontratistas.

Era de sentido común el constituir una comisión que garantizara los Acuerdos, compuestas por el ministro del Interior, Edmundo Pérez Yoma, el de Trabajo, Osvaldo Andrade y Arturo Martínez, presidente de la CUT, que en breve tiempo desentrampó una situación conflictiva, provocada por los neoliberales de la Concertación, liderado por el demócrata cristiano José Pablo Arelleno.

Según Cristián Cuevas, presidente de la Confederación de Trabajadores del Cobre, es el triunfo “de David contra Goliat”. Este conflicto ha despertado, más que otras veces, a un movimiento sindical que aún está muy segmentado por la política liberal de mercado, implementada por el José Piñera y los Chicago Boys.

Jorge Lavandero, que acaba de obtener su libertad, es un digno sucesor de Radomiro Tomic: ha luchado siempre contra la evasión de impuestos de las grandes empresas extranjeras del cobre que, en base a subterfugios, como el pago a sus empresas matrices, siempre presentan ante Impuestos Internos, balances negativos. El caso emblemático es el de La Disputada Las Condes, perteneciente a Exon, que nunca pagó un centavo de dólar al Estado de Chile y vendió el yacimiento minero en millones de dólares.

La Escondida, de la DHP Billiton, produjo en el primer trimestre del año 2008, US1918 millones de dólares; CODELCO, US1599 millones de dólares, siendo aventajada por la Escondida; la diferencia es que CODELCO paga el impuesto total al Estado, mientras que las empresas extranjeras, cuando declaran ganancias, sólo lo hacen en un 16%.

El Royalty no es un impuesto, sino que es el pago por el uso del terreno donde está el yacimiento, perteneciente al Estado. En caso todos los países fluctúa entre el 20 y el 35 por ciento; sólo en Chile ese impuesto es la ridícula cifra de un tres por ciento.

Conclusión

1. La Lámpara de Aladino, de la cual hablaba Radomiro Tomic, ha enriquecido a las empresas extranjeras, perdiendo Chile dar un salto al desarrollo en salud y educación, por ejemplo.

2. Las dos banderas centrales de un movimiento nacional y popular deben encaminarse a una nueva Constitución y la nacionalización de nuestros recursos básicos, derogando la Ley 18.075 y el Estatuto de Inversiones Extranjeras.

3. En el intertanto, debe controlarse la evasión tributaria de las empresas extranjeras e, idealmente, subir su porcentaje.

4. Aumentar el porcentaje del Royalty, al menos a un 30 por ciento.

5. Promover una mayor participación de los trabajadores en la ganancia del cobre.

6. Internalizar al mayor número posible de trabajadores subcontratados.

Lecturas recomendadas:

1- Leer los Artículos de Orlando Caputo y Graciela Galaz, publicados en El Mostrador.

2- Testimonios, de Radomiro Tomic, Santiago, 1999

3- La huelga obrera en Chile, Crisóstomo Pizarro, Edic. Sur, Santiago, 1986.


Rafael Luís Gumucio Rivas

martes, 22 de abril de 2008

Hospitales Potemkin

Por Rafael Luís Gumucio Rivas

lunes, 21 de abril de 2008

Dudo que muchos chilenos conozcan el pueblo Curepto: si no fuera por el celo fundacional de los funcionarios del Ministerio de Salud, esta pequeña comarca seguiría teniendo la existencia cancina de los villorrios campesinos de la zona central de Chile y sus enfermos tendrían que viajar a Talca en busca de la cura a sus enfermedades tal como lo hacían, en el siglo XVIII, los habitantes de las aldeas de Crimea, después de la visita de Catalina II.

Nada grave, pues los pobres saben esperar y exigen muy poco a sus gobernantes. Por desgracia, los periodistas - que hoy tienen celulares capaces de obtener fotografías sorpresivas y poderosas cámaras de video – fisgoneando descubrieron en este olvidado pueblo que la inauguración del hoy famoso hospital se había llevado a cabo con camas y enfermos arrendados, lo que equivale a una escena perfecta similar a la de las famosas aldeas Potemkim. El hospital de Curepto es similar a una torta de frutilla y, según algunos mal pensados, ni siquiera caben las camas.

Nada peor que los testimonios fotográficos. Por ejemplo, a mi me encantaría quemar las horribles fotos tamaño carné, en que uno aparece con cara de sonso candidato a reo y sólo le faltaría tocar el piano. La fotografía en que aparecen la Presidenta, rodeada de un séquito de ufanos, alegres e ingenuos funcionarios, examinando a una mujer embarazada es un cuadro gráfico que debe avergonzar a quienes han sido inmortalizados en él. ¡Cómo no se va a poder dictar un Decreto que ordene su quema!

El incidente podría haber sido un fait divers, una anécdota digna de ser contada a los nietos, si no hubiera mediado el afán de los medios de comunicación de la derecha política por descubrir hasta en los quintos infiernos acontecimientos que perjudicaran al gobierno de la presidenta Michelle Bachelet; periodistas, ministros y políticos se han convertido en defensores de los habitantes de Curepto: Francisco Vidal sostiene que a la Presidenta no se le miente, que “esto no tiene nombre” y así van desfilando las acusaciones y peticiones de disculpas. Michelle Bachelet actúa con premura y destituye al encargado de Salud del Maule y al Intendente de la Región; por su parte, los diputados aprueban una comisión investigadora que, como se supone quedará en nada, igual que las anteriores.

Es posible que el hospital de Curepto sea ahora reinaugurado con camas y petacas, agregando tecnología de punta en el más breve plazo. Es seguro que los cureptinos serán tratados con una enorme cortesía por parte de los funcionarios de la salud – tratamiento que debiera existir en todos los hospitales y centros de salud en Chile – no habrá lista de espera, mucho menos colas que, siúticamente se llaman filas, les aplicarán inyecciones con manos de ángel y las operaciones se harán con rayos láser; el hospital de Curepto será la jauja de Potemkin.

Jamás pensé que Curepto fuera el centro de los análisis e investigaciones que sesudos cuentistas políticos, formados en universidades norteamericanas, y que escritores de la calidad de Jorge Edwards le dedicara una página entera en el diario La Segunda; no ha faltado el investigador de Libertad y Desarrollo que, ante el desastre, proponga privatizar la salud pública, algo así como que todos los chilenos pertenezcan a las carísimas y abusadoras Isapres. No se me ocurre cómo se pagaría cuando la media del salario chileno, que corresponde al 75% de los ciudadanos, es de $250.000, salvo que el Estado les cubriera el precio de las Isapres. Cómo no va a ser fantástico que todos pudiéramos ser tratados de nuestras dolencias en la Clínica de la U. Católica, La Alemana o Las Condes, entonces el gasto en salud no debiera ser de 300 dólares per capita, sino más de 5.000 dólares. ¿Se dan cuenta qué podría pasar si la derecha , por azar, llegara a gobernar?

Desafortunadamente, el caso del hospital de Curepto tiene un precedente histórico de categoría que, incluso, ha formado parte de un genial relato de Jorge Luís Borges. Me refiero a las famosas aldeas Potemkim: Gregorio Potemkim fue el ministro predilecto de la sensual Catalina II; la buena emperatriz, preocupada por la miserable existencia de los campesinos de Crimea, entregó a su ministro parte del presupuesto para que mejoraran sus viviendas; Potemkim se guardó el dinero, como buen funcionario zarista. Nunca ha sido barato ser amante de una reina o de una emperatriz, así le pasó a Mazarino con María de Médicis, a Manual Godoy con María Luisa y a Disraeli con la reina Victoria de Inglaterra.

Un buen día a Catalina se le ocurrió ir a visitar sus territorios en Crimea. Potemkim, desesperado, contrató a actores que reemplazaran a los campesinos: construyó casas y palacios más bellos que los San Petersburgo. La emperatriz estaba feliz, incluso quiso hacer de Crimea la capital de su imperio. Por cierto, nuestra Presidenta no tiene nada que ver con Catalina, pues es seria, casta y responsable y jamás se le hubiera ocurrido, como Catalina, tener entre sus amores a Francisco Miranda, el verdadero padre de la Gran Colombia, a quien Potemkim le tenía una soberana envidia.

Nada más agradable que ser funcionario del Estado: es pan duro, pero seguro, pues el empleado sabe que los 15 de cada mes recibirá, en su cuenta corriente, el justo pago a los servicios prestados al Estado. Honorato de Balzac fue feliz el corto período que sirvió como empleado público y empezó a pasarlo mal cuando se independizó viéndose obligado a escribir un folletín diario para llevar el pan a su mesa. El conjunto de estas obras formaron La comedia humana.

Dostoievski odiaba a los funcionarios zaristas. Usted puede encontrar sus peores retratos en Crimen y castigo, El doble y El Idiota. San Petersburgo era la ciudad de los funcionarios pretenciosos, arribistas, estafadores y defraudadores del Estado. Dickens trabajó muy poco tiempo y se consideró tan explotado que escribió sus terribles novelas sobre la miseria, en la Inglaterra de la sociedad industrial. Carlos Marx no tuvo nunca jefe y, a lo mejor, si hubiera un feliz empleado público, no hubiera escrito El Capital; su yerno, el martiniqués Paul Lafarge escribió, nada menos que un elogio al ocio - a lo mejor, alguna vez fue trabajó para el Estado-

En el Chile plutocrático ser empleado era un oficio de siúticos; a veces, los caballeros arruinados se veían obligados a aceptar un cargo público. Como confiesa el historiador Francisco Antonio Encina, consistía en ir a cobrar el sueldo una vez al mes. Parece que Francisco Bilbao hacía lo mismo, como funcionario de Estadística. Por mi parte, mis mejores recuerdos los conservo cuando fui empleado público – y me muero de ganas de volver a serlo-.

Creo en la época contemporánea los partidos políticos son agrupaciones de funcionarios, lo que no es ninguna novedad, pues han sido analizados, ampliamente, por Weber y Michels. Los partidos están presos en la jaula de hierro de la burocracia, razón por la cual en la administración pública se les llama oficiales, que van graduados como el ejército: del uno al dieciséis; este último es el junior. Recuerdo que en las ceremonias oficiales de la embajada de Chile en Canadá nos ubicaban según nuestro grado: el último – el conscripto – era el agregado cultural. Cuando los partidos permanecen mucho tiempo en el poder los cargos burocráticos predominan en sus Congresos y la composición de directivas se hace según la graduación en la administración pública, salvo el caso de los cargos que emanan de la soberanía popular que, en Chile, son tan burocráticos como los otros, pues también poseen inamovilidad administrativa. Hay otros, como los gerentes de empresas estatales que son muy poderosos económicamente y que tienen capacidad de dar empleos a los camaradas que están cesantes. Los Hay de todo: Codelco, Ferrocarriles, Banco del Estado, Enap e INDAP. Hoy, Ferrocarriles no es muy buen negocio, pues se alzaron con camas y petacas.

Es prácticamente imposible ser militante activo de un partido y no contar con un puesto fiscal, salvo que pertenezca a una tendencia un poco rebelde y sea calificado por el presidente como díscolo. Esto de los asesores no es nada nuevo; Eduardo Frei Montalva los tuvo a raudales; hoy tienen la denominación de operadores políticos, algo así como personas que conquistan a los ciudadanos para votar por sus jefes, desde puestos fiscales; no dominan los temas propios de la institución a la que pertenecen, sin embargo, dedican día y noche a defender el partido y el gobierno; nada se les puede reprochar, si se considera que grandes pensadores se han limitado a ir a cobrar sus sueldos en sus respectivas oficinas. Lo único malo es que no se conoce ninguna obra importante de los famosos operadores políticos, por el contrario, muchos de ellos han sido cuestionados y, algunos, en los tribunales de justicia.

La Concertación pacto con la dictadura en el sentido de mantener inamovibles a los antiguos empleados del tirano Pinochet, por consiguiente, tuvo que recurrir a contratos anuales, a mano alzada, pagados con boletas de servicio; este procedimiento no respeta mucho el Código del Trabajo, pero mientras no haya un cambio radical en la administración pública, tendremos que convivir con este sistema, tan como se hace con la autoritaria Constitución del 80. Lamentablemente, este sistema se ha prestado para abusos, como los descubiertos en Gendarmería y en el Registro Civil, entre otros casos. A lo mejor es una exageración decir, como el Contralor actual que “la administración pública es un despelote”, pero no anda muy lejos.

El ministro Edmundo Pérez Yoma, creo yo, pretende ser una especie de jefe de gobierno en pleno presidencialismo: apenas asumió el cargo dijo que iba a hacer política, a reformar radicalmente el Estado, para no sufrir el destino de sus predecesores, Andrés Zaldívar y Belisario Velasco y del suyo propio durante el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, en que terminó encerrado en el Ministerio de Defensa, presidiendo la entrega del mando de Augusto Pinochet. Para reformar la administración del Estado se requiere el apoyo de la derecha, lo que sería contradictorio con las “declaraciones de guerra” de Francisco Vidal. No creo que Pérez Yoma sea un Bismark – que fue capaz de construir el Estado alemán en base a la poderosa educación primaria, que levó al triunfo germano contra Francia- en Chile tenemos un pésimo sistema educacional y, por consiguientes, malos hábitos administrativos.

Rafael Luís Gumucio Rivas