Tom Engelhardt
TomDispatch
Un nuevo lugar común – como lo señaló hace poco un artículo principal en “Week in Review” del New York Times – dice que Afganistán es “el cementerio de imperios.” Los peligros de Afganistán han figurado recientemente mucho en las noticias ante el llamado de Barack Obama a concentrarse más en la Guerra Afgana (“perdimos de vista el balón cuando invadimos Iraq…”), y los indicios de que está a punto de comenzar una “oleada” de tropas estadounidenses en ese país. Algunos de los escritos sobre este tema, incluyendo ensayos recientes de Juan Cole en Salon.com, Robert Dreyfuss en The Nation, y John Robertson en el sitio en Internet War in Context, se han mostrado incisivos sobre cómo las iniciativas políticas del nuevo gobierno podrían convertir Afganistán y los territorios tribales fronterizos de Pakistán, cada vez más desarticulados, en la “Guerra de Obama.”
En otras palabras, “el cementerio” ha estado recibiendo lo que se merece. Se ha estado prestando mucho menos atención a la parte del “imperio” en la ecuación. Y hay buenos motivos para eso – por lo menos en Washington. A pesar del aumento de las preocupaciones sobre el deterioro de la situación, nadie en la capital de EE.UU. está dispuesto a creer que Afganistán pueda ser realmente el “cementerio” del rol de EE.UU. como poder hegemónico de este planeta.
En realidad, para darle al ‘imperio’ lo que se merece habría que comenzar con una reevaluación de cómo terminó la Guerra Fría. En 1989, que ahora parece a siglos de distancia, cayó el Muro de Berlín; en 1991, para sorpresa de la comunidad de la inteligencia de EE.UU., los expertos influyentes, los participantes de think tanks en Washington, y sus políticos, la Unión Soviética, ese “imperio del mal”, ese coloso de la represión, ese enemigo mortal durante casi medio siglo de amenaza de locura nuclear – de “destrucción mutuamente asegurada” – simplemente se evaporó, casi sin violencia. (Los soldados soviéticos, acampados en los puestos avanzados relativamente cómodos en Europa Oriental, especialmente la antigua Alemania Oriental, no sintieron más apuro por volver a casa, a la miseria económica de un imperio colapsado que el que probablemente sentirán en el futuro los soldados de EE.UU. estacionados en Okinawa, Japón.)
En Washington, en 1991, todo parecía seguir en pie, y un silencio conmocionado y una cierta renuencia a creer que el enemigo de casi medio siglo ya no existía fueron rápidamente superados por un sentido de triunfalismo. Una lucha multi-generacional había terminado y sólo uno de sus súper-participantes seguía de pie.
La conclusión parecía demasiado obvia para volver a mencionarla. Ante nuestros propios ojos, la URSS había milagrosamente desaparecido en el basurero de la historia y sólo una Rusia desesperada, empobrecida, privada de su “exterior cercano,” quedaba para reemplazarla; ergo, éramos los vencedores; éramos, como todos comenzaron a decir con deleite, la “única superpotencia” del planeta.” ¡Hurra!
Amos del universo
Los griegos, claro está, tenían una palabra para algo semejante: “hibris.” [desmesura, orgullo desmedido]. Los antiguos dramaturgos griegos hubieran supuesto que nos esperaba una caída de las alturas. Pero en esos años ese pensamiento cruzó pocas mentes en Washington (o Wall Street).
En su lugar, nuestras personas influyentes comenzaron a actuar como si el planeta fuera verdaderamente nuestro (y otros poderes, incluidos los europeos y japoneses, a veces parecían estar de acuerdo). Haber sugerido en aquel entonces, como lo hizo uno que otro experto en decadencia imperial, que podría no haber habido vencedores, sino dos perdedores en la Guerra Fría, que la superpotencia más débil simplemente había abandonado primero la escena, mientras que la más fuerte, menos deteriorada, iba en camino a la misma salida, era como hablar con sordos.
En los años noventa, la “globalización” – la propagación mundial de los Arcos Dorados de McDonald, de la pipa de Nike, y del Ratón Mickey – estaba en todos los labios en Washington, mientras se referían regularmente a los hombres que dirigían Wall Street, y se referían a sí mismos, como “amos del universo.”
La frase fue utilizada originalmente por Tom Wolfe. Era la imagen de marca de los personajes superhéroe de acción con los que juega la hija de su protagonista en su novela de 1987 “La hoguera de las vanidades” (“En Wall Street, él y unos pocos más, ¿cuántos?, trescientos, cuatrocientos, quinientos a lo sumo…se habían convertido precisamente en eso, en Amos del Universo…”) Como resultado, la etiqueta tenía inicialmente algo de la flamenquería de Wolfe. En el mundo posterior a la Guerra Fría, sin embargo, no tardó en convertirse en pura auto-alabanza.
En esos años, cuando las economías de otros países colapsaron repentinamente, Washington envió al Fondo Monetario Internacional (FMI) para que los “disciplinara”. Era el término real de la ciencia empresarial. Causando el inmenso sufrimiento de sociedades enteras, el FMI utilizó regularmente desastres locales o regionales para forzar la apertura de países a los milagros desreguladores del “consenso de Washington.” (¡Imaginad cómo reaccionarían los estadounidenses si hoy llegara el FMI a nuestras maltrechas puertas con un menú semejante de cosas que debéis hacer!)
Ahora, cuando el planeta se tambalea en lo financiero, mientras desde Alemania a Rusia y China, los dirigentes del mundo culpan la ceguera desreguladora del gobierno de Bush y las artimañas de derivados de Wall Street por el deterioro de la economía global, es mucho más evidente que esos tiranos de las finanzas eran en realidad amos de un universo de pacotilla. Retrospectivamente, queda más claro que, en esos años después de la Guerra Fría, Wall Street ya iba en camino a la salida, que era menos un tigre económico planetario que un tigre de papel monstruosamente lucrativo. Algún día, será un lugar común que se diga lo mismo de Washington.
Casi veinte años después, en los hechos, por fin podría ser más aceptable que se sugiera que ciertas comparaciones entre las dos superpotencias de la Guerra Fría eran adecuadas. Como señaló recientemente David Leonhardt del New York Times:
"Richard Freeman, economista de Harvard, argumenta que la economía burbuja de EE.UU. tenía algo en común con la antigua economía soviética. El crecimiento de la Unión Soviética fue aumentado artificialmente por una inmensa producción industrial que terminó por tener poco uso. La de EE.UU. fue aumentada artificialmente por valores respaldados por hipotecas, CDOs [instrumentos de crédito estructurado] e incluso ocasionales timos Ponzi.”
Hoy en día, cuando se trata de Wall Street, uno siente la cólera que sube en la Calle Mayor cuando los estadounidenses comprenden que esos supuestos amos del universo en realidad desangraron su mundo y les causaron inmensos sufrimientos. Comprenden lo que esos ex amos de las firmas financieras evidentemente no comprenden cuando entregaron 18.400 millones de dólares en bonificaciones a sus empleados a fines de 2008. John Thain, ex director ejecutivo de Merrill Lynch, por ejemplo, sigue defendiendo su compra de un cómoda antigua por 35.000 dólares para su oficina, así como los 4.000 millones de dólares en bonificaciones que entregó a los mini-amos bajo su control en un trimestre en el que su grupo acumuló más de 15.000 millones de dólares en pérdidas, en un año en el que las pérdidas de su firma llegaron a 27.000 millones de dólares.
Ahora, por lo menos, nadie – tal vez con la excepción del propio Thain – confundiría a los Thain con amos en lugar de charlatanes, o a EE.UU. con una superpotencia financiera que vuele más alto que un fuerte centro económico devastado.
Por casualidad, sin embargo, había otro conjunto de “amos del universo” harto estadounidenses, incluso si nunca recibieron esa etiqueta. Hablo de los máximos responsables de nuestro Estado de seguridad nacional, los protagonistas cruciales de la política exterior y militar. Ellos, también, llegaron a creer que todo iba viento en popa en el planeta. Llegaron a creer también que, como caso único en la historia de los imperios, la dominación global podría ser suya. Comenzaron a soñar que podrían supervisar una nueva Roma o una Gran Bretaña imperial, pero de una especie jamás antes vista, y que el Gran Juego competitivo jugado por anteriores Grandes Potencias rivales había sido reducido a un solitario.
Para ellos, la idea misma de que EE.UU. pudiera ser el otro perdedor en la Guerra Fría excedía lo posible. Y no es de extrañar. Creían ver en el horizonte, un camino fácil, no cementerios. De ahí, Afganistán.
Dos veces en el mismo cementerio
Ahí, claro está, es cuando las cosas se ponen espectrales. Quiero decir, no sólo un cementerio, sino las mismas dos superpotencias y en el mismo cementerio. En noviembre de 2001, el gobierno de Bush invadió Afganistán a pesar de saber íntimamente lo que le había pasado a la URSS– y con la clara intención de construir bases, ocupar el país, e instalar un gobierno de su preferencia.
Hibris es una palabra débil al hablar de los arquitectos neoconservadores del bushismo global. Jadeantes ante el pensamiento del supuesto poder de los militares de EE.UU. para aplastar todo lo que se pusiera en su camino, se cegaron ante otras realidades del poder y de la historia. Equipararon el poder con el poder de destruir.
Lanzaron su invasión porque creyeron que la fuerza militar a su disposición era nada menos que invencible, y que sea lo que sea lo que pasó a los soviéticos, a ellos no podría posiblemente ocurrirles. Llegaron, vieron, conquistaron, celebraron, se asentaron, y luego invadieron de nuevo – esta vez en Iraq. Un billón de dólares en dineros públicos desperdiciados más tarde, nos parecemos mucho más a los rusos.
Lo que hizo tanto más notable todo este proceso fue que no había otra superpotencia que los emboscara en Afganistán, como EE.UU. lo hizo con la Unión Soviética. Resultó que el equipo de George W. Bush, no necesitaba otra superpotencia, no si eran perfectamente capaces de empujarse ellos mismos más allá de ese barranco afgano hacia el cementerio abajo sin más ayuda que la que podía reunir Osama bin Laden.
Promovieron una conveniente explicación de fantasía para todo uso para sus acciones globales, pero también sucumbieron ante ella, y todavía tiene que ser disipada, incluso cuando la economía estadounidense ha caído por su propio barranco. Bajo la rúbrica de la Guerra Global contra el Terror, insistieron en que el mayor peligro para la “única superpotencia” del planeta provenía de un grupo variopinto de fanáticos respaldado por las sumas relativamente módicas que podía conseguir un acaudalado saudí. Por cierto, mientras el gobierno de Bush no se interesaba por nada, bin Laden había lanzado una serie de ataques devastadores y espectaculares desde el punto de vista televisivo contra importantes hitos del poder estadounidense – financiero, militar, y político (con la excepción de la caída del Vuelo 93 en un campo en Pennsylvania). Hay que recordar, sin embargo, que esos ataques habían sido lanzados desde Hamburgo y Florida tanto como desde los páramos afganos.
En vista de la historia del cementerio, los estadounidenses probablemente deberían haber cerrado las puertas de sus aviones, colocado algunas protecciones razonables en el interior, y haber pasado su tiempo buscando a bin Laden. Al-Qaeda ciertamente era capaz de hacer verdadero daño cada par de años, pero su fuerza siguió siendo mínima, su “califato” un chiste, y Afganistán – para cualquiera con la excepción de los afganos – verdaderamente representaba los páramos del planeta. Incluso ahora, podríamos indudablemente irnos a casa y, por desastrosa que la situación allí (y en Pakistán) se ha hecho bajo nuestros cuidados, haríamos menos daño del que vamos a hacer con nuestras eventuales ‘oleadas’ en los años por venir.
La ironía es que, si no hubieran sido tan cegados por el triunfalismo, la gente de Bush realmente no hubiera necesitado saber mucho para evitar la catástrofe. No se trataba de ciencia atómica o cirugía al cerebro. No tenían que ser expertos en Asia Central, o haber sabido pastún o darí, o recordado la historia de la guerra antisoviética que había terminado apenas una década antes, o incluso leído el profético ensayo de noviembre de 2001 en la revista Foreign Affairs "Afghanistan: Graveyard of Empires" [Afganistán: cementerio de imperios], del ex jefe de estación de la CIA en Pakistán Michael Bearden, que concluía: “EE.UU. tiene que proceder con cuidado – o terminar en el montón de cenizas de la historia afgana.”
Podrían haber visitado simplemente una librería local, haber agarrado una copia en rústica de la jovial novela “Flashman” de George MacDonald Fraser, y seguido al pillo de su antihéroe a través de la desastrosa Guerra Afgana de Inglaterra de 1839 a 1842 de la cual sólo un inglés volvió vivo. Aparte del placer de una noche de lectura, eso hubiera suministrado a cualquier gerente neoconservador de la seguridad nacional todo lo que necesitaba saber cuando fue cosa de entrar y salir rápido de Afganistán.
O subsiguientemente, podrían haber pasado algo de tiempo con el embajador ruso en Kabul, un veterano del KGB de la catástrofe afgana de la Unión Soviética. Se quejó a John Burns del New York Times el año pasado de que ni los estadounidenses ni representantes de la OTAN estuvieron dispuestos a escucharle, a pesar de que EE.UU. ha repetido “todos nuestros errores,” que enumeró cuidadosamente. “Ahora,” agregó, “están cometiendo sus propios errores, por los que no poseemos el derecho de autor.”
Es verdad que el equipo de Obama en la Casa Blanca, el Consejo Nacional de Seguridad, el Departamento de Estado, el Pentágono, y en los militares de EE.UU., incluso vestigios como el Secretario de Defensa Robert Gates y el Comandante de Centcom David Petraeus, no son los que nos metieron en esto. Sí, son más realistas respecto al mundo. Sí, creen – y lo dicen – que nos encontramos, en el mejor de los casos, en un punto muerto en Afganistán y Pakistán, que va a ser un trabajo verdaderamente duro, que tomará años y años, y que el resultado final no será la victoria. Sí, quieren un poco de “nuevo pensamiento,” algunas negociaciones reales con facciones de los talibanes, una especie de gran convenio regional, y sobre todo, quieren “reducir las expectativas.”
Como Gates resumiera hace poco las cosas en un testimonio ante el Congreso:
“Va a ser una larga caminata agotadora, y francamente, mi punto de vista es que tenemos que tener mucho cuidado respecto a la naturaleza de los objetivos que nos fijamos en Afganistán… Si nos fijamos el objetivo de crear alguna especie de Walhalla asiática por allá, perderemos, porque nadie en el mundo posee esa clase de tiempo, paciencia y dinero.”
Bueno, en la mitología nórdica, el Walhalla era el paraíso de los guerreros muertos y el Secretario de Defensa podrá haber querido decir un “Edén asiático” pero no seamos tan duros con él: por lo menos reconoció que había límites financieros para el papel de EE.UU. en el mundo. Es una nota nueva en el Washington oficial, donde la política militar y diplomática ha existido, hasta ahora, en espléndido aislamiento de la catástrofe económica que arrasa al país y al planeta.
Del mismo modo, el Washington oficial está cada vez más dispuesto a hablar de un “mundo multipolar,” en lugar del planeta unipolar de fantasía en el que residía la presidencia del primer período de Bush. Sus habitantes están incluso dispuestos a imaginar un momento relativamente distante en el que EE.UU. tenga una “dominación reducida,” como lo describe Global Trends 2025, informe futurista producido para el nuevo presidente por el Consejo Nacional de Inteligencia. O como sugiere respecto al mismo momento Thomas Fingar, el “máximo analista” de la comunidad de inteligencia de EE.UU.:
“EE.UU. seguirá siendo el poder preeminente, pero esa dominación estadounidense habrá disminuido mucho durante este período… La dominación abrumadora de la que ha disfrutado EE.UU. en el sistema internacional en las áreas militar, política, económica, y discutiblemente cultural, se está erosionando y se erosionará a un ritmo acelerado con la excepción parcial de las fuerzas armadas.”
A pesar de todo, hay un largo camino que recorrer desde quejarse de las finanzas, mientras se piden más dólares para el Pentágono, a imaginarse que ya podamos ser algo menos que el poder hegemónico dominante en este planeta o que no tenga sentido alguno la avidez por amansar los páramos de Afganistán a medio mundo de distancia. No tiene sentido para nosotros, ni para los afganos, ni para nadie (tal vez con la excepción de al-Qaeda).
A pesar de todas sus diferencias con los neoconservadores del primer período de Bush, veamos lo que el equipo de Obama sigue teniendo en común con ellos – y no es poco: Todavía piensan que EE.UU. ganó la Guerra Fría. Todavía no aceptan que no puedan controlar como gira este mundo, aunque sea de un modo más sutil que los bolcheviques; todavía no logran imaginar que EE.UU., como potencia imperial, podría posiblemente ir camino a la salida.
Silbando al pasar el cementerio
En 1979, el Consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski, conspirando para atraer a los soviéticos a un cenagal en Afganistán, escribió al presidente Jimmy Carter: “Ahora tenemos la oportunidad de dar a la URSS su Guerra de Vietnam.”
De hecho, la yihad antisoviética en Afganistán respaldada por la CIA que duró hasta los años ochenta fue mucho peor para los soviéticos. Después de todo, aunque la Guerra de Vietnam haya sido una derrota para EE.UU., de ninguna manera lo llevó a la bancarrota.
En 1986, el dirigente soviético Mikhail Gorbachov describió vívidamente la Guerra Afgana como una “herida sangrante.” Tres años después, cuando hace tiempo que era obvio que las transfusiones no servían para nada, los soviéticos se retiraron. Resultó, sin embargo, que no pudieron contener la hemorragia, y por lo tanto, la Unión Soviética, con su economía esclerótica en colapso y con el “poder popular” creciendo en sus periferias, cayó al precipicio.
Hay que reconocerlo: el gobierno de Bush, en los últimos más de siete años ha infligido esencialmente a EE.UU. una versión del “Afganistán” de los soviéticos. Ahora el equipo de Obama trata de remediar ese desastre, pero todas las ideas nuevas que aparecen son, que sepamos, esencialmente tácticas. Es posible que el que los planes del nuevo equipo tengan más o menos “éxito” en Afganistán y en la frontera paquistaní, resulte ser a fin de cuentas algo irrelevante. El término victoria pírrica, queriendo decir un triunfo más costoso que una derrota, fue inventado precisamente para ocasiones como esta.
Después de todo, más de un billón de dólares más tarde, con nada que mostrar esencialmente excepto un historial ininterrumpido de destrucción, corrupción e incapacidad de construir algo de valor, EE.UU. sólo está reduciendo sus más de 140.000 soldados en Iraq a “solo” 40.000 o algo así, mientras envía aún más tropas a Afganistán para librar una guerra de contrainsurgencia, posiblemente durante años. Al mismo tiempo, EE.UU. sigue expandiendo sus fuerzas armadas y militarizando el globo, incluso mientras trata de rescatar una economía y un sistema bancario que están evidentemente al borde del colapso. Es una fórmula a toda prueba para más desastres – a menos que el nuevo gobierno tome la improbable decisión de reducir considerablemente la misión global de EE.UU.
Ahora mismo, Washington pasa silbando junto al cementerio. En Afganistán y Pakistán el problema ya no es si el que manda es EE.UU., sino si puede irse a tiempo. Si no, cuando llegue el momento para un rescate, no hay que esperar que otras potencias apremiadas hagan por Washington lo que este último ha estado dispuesto a hacer por los John Thain de este mundo. Los europeos ya están ansiosos por irse. Rusos, chinos, iraníes, indios… ¿quién exactamente irá a nuestro rescate?
Tal vez sería más prudente dejar de frecuentar cementerios. Después de todo, están hechos para entierros, no resurrecciones.
Tom Engelhardt dirige Tomdispatch.com del Nation Institute. Es cofundador del American Empire Project (http://www.americanempireproject.com/). Es autor de “The End of Victory Culture (University of Massachussetts Press). Editó el primer libro de lo mejor de “The World According to Tomdispatch: America in the New Age of Empire,” (Verso, 2008) una colección de algunos de los mejores artículos de su sitio y una historia alternativa de los demenciales años de Bush.
Copyright 2009 Tom Engelhardt
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
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Vía Rebelion
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martes, 10 de febrero de 2009
viernes, 22 de agosto de 2008
El ántrax y la doble moral en la guerra contra el terror
A siete años de los aterradores ataques con ántrax ocurridos entre septiembre y octubre de 2001, se sabe que Sadam Hussein era inocente, y que el macabro espectáculo fue orquestado y dirigido desde el interior del ejército de los EEUU
Tom Engelhardt
Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
¡Oh! ¡Qué espectáculo! – y no creáis que me refiero a esas ceremonias de apertura de Beijing, en las que una sincronización al estilo norcoreano parecía fusionarse con caras de smiley a la Walt Disney, o a la excitante caza de ocho medallas de Michael Phelp y al “bono” de un millón de dólares de Speedo, un tributo modernizado a la antigua tradición griega del amateurismo en acción. No, pienso en la guerra relámpago de cobertura mediática después de que el doctor Bruce Ivins, que trabajaba para el Instituto de Investigación Médica de Enfermedades Infecciosas del Ejército de EE.UU., en Fort Detrick, Maryland, se suicidase con Tylenol (paracetamol) el 29 de julio y el FBI lo acusara rápidamente de los ataques con ántrax de septiembre y octubre de 2001.
Los recordáis: el polvo que llegaba, de modo bastante inocuo, en sobres – acompañado de cartas sobrecogedoras fechadas de modo alarmante “”11-09-01” que decían: “¡Muera EE.UU.! ¡Muera Israel!”. ¡Alá es grande!” Cinco estadounidenses murieron por inhalación de ántrax y 17 fueron heridos. El Edificio Hart del Senado, y varias instalaciones postales, fueron cerrados durante meses para ser desinfectados, mientras compañías mediáticas que recibieron los sobres fueron sumidas en el caos.
Para una nación que ya estaba aterrorizada por los ataques del 11 de septiembre de 2001, el pensamiento de que un brutal dictador con armas de destrucción masiva (que incluso podría haber entregado el ántrax a terroristas) estuviera dispuesto a causarnos un daño aún mayor, ayudó indudablemente a allanar el camino para una invasión de Iraq. El presidente incluso llegó a afirmar que Sadam Husein tenía la capacidad de enviar vehículos aéreos sin tripulación para pulverizar armas biológicas o químicas sobre la costa este de EE.UU. (aviones teledirigidos que, como el programa nuclear de Sadam, terminaron por no existir).
Actualmente, es incluso difícil recordar con precisión lo aterradores que fueron esos ataques con ántrax. Según una búsqueda LexisNexis, entre el 4 de octubre y el 4 de diciembre de 2001 aparecieron 389 artículos en el New York Times con “ántrax” en el título. En el mismo período, 238 artículos semejantes aparecieron en el Washington Post. Es el equivalente noticioso de un interminable grito agudo de terror – y de esos ataques emergió un histérico mundo estadounidense que involucraba alertas naranja y duct tape, vacunas contra la viruela, y finalmente una guerra, no fuera a ser que el asunto, o cualquier cosa que se le pareciera aunque fuera remotamente, cayera en manos de terroristas.
Y sin embargo, a fines de 2001, había quedado en claro que, a pesar de las cartas acompañantes, el ántrax en esos sobres era de una variedad producida en el interior. No venía ni de los páramos de Afganistán ni de Bagdad, sino – casi seguro – de nuestros propios laboratorios de armas biológicas. En ese momento, los asesinatos con ántrax desaparecieron esencialmente... ¡zas! ... mientras que el 11-S sólo ganó fuerza como el evento singular de nuestros tiempos.
Esas muertes-por-ántrax dejaron de formar parte de la narrativa del gobierno de la Guerra Global contra el Terror que, claro está, apuntaba a fanáticos islámicos (y a montones de países de los que supuestamente les daban “refugio”), pero por cierto no contra científicos militares aquí en el interior. Con igual rapidez esos ataques fueron dados de baja de las primeras planas – de hecho, simplemente de todas las páginas – de los periódicos de la nación y de las pantallas de televisión.
A diferencia del 11-S, no hubo recuerdos ritualistas de los aniversarios de esos días en los años siguientes. No hubo víctimas, ni sobrevivientes, ni parientes de víctimas que subieran a los podios e hicieran doblar las campanas, o leyeran nombres, o presentaran encomios. No hubo un memorial de mil millones de dólares (ni siquiera de un millón) a los muertos de ántrax para que discutieran los sobrevivientes. Hubo poco más que silencio, mientras el FBI andaba a tientas por el espurio camino de un proceso de investigación concentrado sobre todo en un científico de armas biológicas de EE.UU., Steven J. Hatfill, quien también trabajaba en Fort Detrick, y que desgraciadamente era el hombre equivocado. (Bruce Ivins, misteriosamente, trabajó de cerca durante años con, y ayudó a, la investigación del FBI, hasta que el foco de la sospecha llegó a ser dirigido sobre su persona.)
Siguió siendo esencialmente el estado del caso hasta que, al terminar julio, Ivins cometió suicidio. Entonces, ¡qué manera de hacer su agosto! Los detalles, las preguntas, las dudas, la evidencia científica cuestionada, las listas de los tipos de drogas que le habían recetado, las citas sensacionales, el “nido de ratas” de un laboratorio contaminado con ántrax en el que trabajaba, ¡los extraños correos y cartas! “¡Quisiera poder controlar los pensamientos en mi mente!... Tengo a veces increíbles pensamientos paranoicos, ilusorios, y no hay nada que pueda hacer hasta que desaparecen, sea por sí mismos o con drogas.” ¡Caso resuelto! O no. ¡El “científico loco” de los laboratorios de guerra biológica del Ejército de EE.UU. en Fort Detrick terminó por ser atrapado! O no...
Era la historia soñada. Y los medios dominantes marcharon con ella, doctamente, seriamente, como si jamás la hubieran dejado de lado. Ahora, cuando se disipa la cobertura y la historia amenaza nuevamente con desaparecer en la oscuridad (a pesar de las dudas sobre el papel de Ivins en los ataques), pensé que valdría la pena mencionar unas pocas preguntas que se me ocurrieron al leer la reciente cobertura – no sobre la culpabilidad o inocencia de Ivins, sino sobre asuntos que forman una parte tan integral de nuestro paisaje estadounidense que normalmente a nadie se le llega a ocurrir preguntar al respecto.
Mis principales seis preguntas sobre el caso son:
1. ¿Por qué no se aplicó el modus operandi de la Guerra contra el Terror del gobierno de Bush al caso del ántrax?
El 10 de agosto, William J. Broad y Scott Shane informaron sobre algunos de los costes humanos de la investigación del ántrax del FBI en un artículo en primera plana del New York Times con el título: “Para los sospechosos, el caso del ántrax tuvo grandes costes, numerosos inocentes en una amplia red del FBI.” Hicieron un excelente trabajo estableciendo que los que cayeron en serie bajo sospecha lo pasaron mal: “trabajos perdidos, visas anuladas, matrimonios rotos, amistades deshechas.” Según el Times (y otros), las carreras de varios fueron destruidas bajo la presión de la vigilancia del FBI; la mayoría fueron interrogados y vueltos a interrogar muchas veces usando “mano dura,” así como sometidos al detector de mentiras; algunos fueron seguidos y rastreados, sus casas allanadas, y sus lugares de trabajo, saqueados.
Bajo la presión del “interés” del FBI, el especialista en ántrax y “conocedor de la biodefensa” Perry Mikesell se convirtió evidentemente en alcohólico y tomó hasta morir. Steven Hatfill: el agente que lo seguía le pasó sobre un pie con un coche mientras su vida era puesta al revés y al derecho, y él, no el agente, recibió una contravención, agregan Broad y Shane. Y finalmente, claro está, el doctor Ivins, cada vez más angustiado y evidentemente cada vez menos equilibrado, se suicidó el día en el que su abogado se iba a encontrar con el FBI para discutir un posible acuerdo que lo hubiera llevado a la cárcel de por vida, pero habría excluido la pena de muerte.
A pesar de todo, por dura que haya sido la vida para Mikesell, Hatfill, Ivins, y muchos otros, tengo que hacer una observación que no se verá en ningún otro sitio en medios de información que han pasado dos semanas de travesuras con el caso: Para extraer una confesión, a ninguno de los sospechosos de estos últimos años, incluyendo a Ivins, le metieron un cigarrillo encendido en su oreja; a ninguno le pegaron, le escupieron, y lo hicieron desfilar desnudo; a ninguno lo golpearon hasta la muerte mientras estuvo preso sin ser acusado por un crimen; a ninguno lo mojaron con agua fría y lo dejaron desnudo en una cela en una noche helada; a ninguno le dieron choques eléctricos, lo encapucharon, le colocaron grilletes en dolorosas “posiciones de estrés,” o lo sodomizaron; a ninguno lo sometieron a música ruidosa, a luces centelleantes, o le negaron el sueño durante días interminables; a ninguno lo sofocaron hasta la muerte, o lo hicieron arrastrarse desnudo por el suelo de una cárcel con un collar de perro, o lo amenazaron con perros guardianes. A ninguno lo sometieron al waterboard [submarino].
No importa qué presión hayan aplicado a Ivins o Hatfill, ninguno de los dos fue secuestrado en la calle cerca de su casa y desnudado. No le pusieron pañales, le vendaron los ojos, lo encadenaron, lo drogaron, y lo “entregaron” a prisiones en otro país, posiblemente para ser sometido a choques eléctricos o para que torturadores de un régimen extranjero lo cortaran con escalpelos. Incluso aunque se creyó en algún momento, que cada uno de los sospechosos en los asesinatos del ántrax, era un terrorista que había cometido un crimen odioso con un arma de destrucción masiva, a ninguno lo declararon en algún momento “combatiente enemigo.” Ninguno fue jamás encarcelado sin acusaciones, o sin gran esperanza de un juicio o liberación, en “sitios negros,” secretos, en el extranjero, dirigidos por la CIA.
¿Por qué no?
2. ¿Por qué no enviaron a los militares de EE.UU.?
Parte del paradigma reinante en los años de Bush fue: el trabajo policial no basta cuando la patria es amenazada. La localización de terroristas que han matado, o podrían algún día matar a, estadounidenses es asunto de “guerra.” Los que han atacado a la patria estadounidense y asesinado a ciudadanos de EE.UU., serán, como lo dijo nuestro presidente, “cazados” por fuerzas de operaciones especiales y agentes de la CIA que han recibido el derecho de asesinar y traerlos “muertos o vivos.”
¿Por qué entonces, cuando actos de bio-terror asesino fueron cometidos en suelo estadounidense, no se llamó a los militares? ¿Por qué no enviaron “escuadrones de la muerte” de la CIA – la frase contundentemente descriptiva utilizada por Jane Mayer en su notable nuevo libro “The Dark Side” [El lado oscuro] – para asesinar a probables sospechosos? ¿Por qué no lanzaron aviones teledirigidos Predator sin tripulación, armados con misiles Hellfire, para que cruzaran los cielos de Maryland y eliminaran “con precisión” y “en forma quirúrgica” en sus casas (sin importar el “daño colateral”) a Ivins u otros sospechosos? ¿Por qué, en los hechos, no fueron simplemente arrasadas sus casas del modo rutinariamente empleado en Afganistán, Pakistán, Somalia, y otros sitios? (En los hechos, parece que al FBI le costó dos años después de sus primeras sospechas sobre Ivins para simplemente registrar su casa y aún más para terminar por quitarle su aprobación de seguridad de alto nivel.)
Una vez que fueron identificados laboratorios de armas de EE.UU. como fuentes del ántrax, ¿por qué no enviaron equipos de operaciones especiales para ocupar las instalaciones, clausurarlas, y llevar en avión a los allí encontrados, con grilletes y con los ojos vendados, a Guantánamo o a otros sitios más secretos?
¿Por qué, cuando el gobierno llegó a tales extremos para eliminar el financiamiento para terroristas en otros sitios, se aumentó significativamente el financiamiento para esos laboratorios?
¿Por qué, si los apresados o simplemente secuestrados, por el gobierno de Bush para descubrir luego que eran inocentes, fueron – después de su encarcelamiento secreto, abuso, y tortura – regularmente liberados sin disculpas, o reembolso (si eran liberados), el gobierno de EE.UU. pagó a Hatfill 4,6 millones de dólares para arreglar un litigio que había interpuesto como reacción ante su terrible experiencia?
¿Por qué si, según la “doctrina de uno por ciento” del vicepresidente, ninguna reacción era demasiado extrema si existía aunque fuera una minúscula probabilidad de un ataque catastrófico contra la “patria” estadounidense, no se emprendieron actos extremos contra un asesino (o asesinos) con armas de destrucción masiva suelto o sueltos, posiblemente en los suburbios de Maryland?
3. Una vez que se identificó que la amenaza del ántrax provenía de laboratorios militares de EE.UU. ¿por qué el gobierno, el FBI, y los medios asumieron que sólo un individuo era responsable?
Leed tanto como queráis de la cobertura de los asesinatos con ántrax y descubriréis que el FBI adoptó hace tiempo como regla general que el culpable fue un solo “científico loco”– y, lo que no es menos importante, que esa teoría también fue aceptada como un hecho fundamental por los medios de información. Durante años no se han considerado seriamente posibilidades alternativas.
Por ejemplo, se sabe que una serie de cartas con ántrax fueron enviadas desde un buzón en Princeton, Nueva Jersey, a unas horas de la casa de Ivins y del laboratorio de Fort Detrick en Frederick, Maryland. La pregunta que intrigó al FBI – y que ocupó vigorosamente a los medios – fue si, el día en cuestión, Ivins tuvo tiempo para llegar a Princeton y de vuelta, considerando lo que se sabe de su programa. El FBI sugiere que lo tuvo; los críticos sugieren otra cosa. Nadie, sin embargo, parece considerar la posibilidad de que el terrorista solitario de los asesinatos con ántrax podría haber tenido uno o más cómplices, lo que hubiera solucionado enormemente el “problema” del despacho de esas cartas.
¿Será que se supone que estadounidenses, a diferencia de extranjeros empecinados en ser terroristas, son individualistas incontenibles, solitarios suficientemente astutos como para realizar solos los complots? ¿No hay nadie que recuerde que el último gran acto de terrorismo estadounidense en EE.UU., el atentado contra el Edificio Federal Alfred P. Murrah en la ciudad de Oklahoma en 1995, fue un crimen de por lo menos dos “solitarios” estadounidenses”? (Los primeros informes en ese caso, también, culparon a terroristas árabes – en plural.)
Parece no haber habido ninguna “célula durmiente” de Al-Qaeda en este país, ¿pero cómo sabemos que no existe una “célula durmiente” de bio-asesinos estadounidenses oculta en algún sitio en la comunidad de los laboratorios militares de EE.UU.?
4. ¿Y esos laboratorios militares? ¿Por qué su historia sigue sin jugar poco o ningún papel en la historia de los ataques con ántrax?
Al leer las resmas de cobertura del suicidio de Ivins y del caso del FBI en su contra, encontré sólo una referencia al trabajo al que se ha dedicado su laboratorio en Fort Detrick durante la mayor parte de la era de la Guerra Fría. Es la siguiente frase del Washington Post: “Como domicilio de los Laboratorios de Guerra Biológica del Ejército, la instalación condujo un programa de máximo secreto de producción de armas biológicas ofensivas de 1943 a 1969.” Y sin embargo, no llegasteis a comprender este hecho, la verdadera importancia del caso del ántrax permanece en la sombra.
Como en el caso de la permanente historia de peligros nucleares sobre nuestro planeta, los terrores de nuestra era son mostrados casi invariablemente como procedentes de bandas de fanáticos, o de países como Irán de los que se dice que son dirigidos por estos últimos, en los páramos de nuestro planeta (algunos de los cuales están por pura casualidad en los centros energéticos del mismo planeta). Y sin embargo, si nos aterran suficientemente las armas incontroladas o proliferadas de destrucción masiva como para amenazar con, o iniciar, guerras por su causa, es importante que se comprenda que, desde 1945, esos peligros – y son peligros funestos – emergieron del corazón de las maquinarias militares-industriales de las dos superpotencias de la Guerra Fría: EE.UU. y la URSS.
Dicho de otro modo, los ataques conceptualmente más inquietantes de 2001 surgieron directamente del afán de la Guerra Fría de desarrollar armas biológicas ofensivas. Hasta 1969, los laboratorios de guerra biológica del Ejército en Fort Detrick se concentraron, en parte, en esa tarea. Pura y simplemente. Después que el presidente Richard Nixon cerró el programa de guerra biológica ofensiva en 1969, los científicos del Ejército pasaron a trabajar en “defensas” contra la misma. Como en el caso de defensas contra ataques nucleares, sin embargo, ese trabajo, por su naturaleza, es frecuentemente difícil de separar del trabajo ofensivo con semejantes armas. En otras palabras, mirando de una cierta manera, un enfoque del laboratorio de Fort Detrick, que provocó sospechas en los ataques con ántrax del invierno de 2001, ha estado colocando desde hace tiempo la guerra biológica en el menú global. En eso, evidentemente terminó por tener éxito.
Claro que en esto hay algo irónico. En la era posterior a la Guerra Fría, nuestras preocupaciones se concentraron casi por completo en los laboratorios y almacenes rusos deteriorados de la Guerra Fría para la guerra biológica, química, y nuclear, a menudo mal protegidos. Durante mucho tiempo se temió que semejantes pesadillas para nuestro mundo podrían provenir desde ellos. Pero en eso, al parecer, nos equivocamos. Los laboratorios agujereados eran los nuestros y – lo que es aún más aterrador – las posibilidades de filtraciones y abusos siguen expandiéndose exponencialmente.
5. ¿Fueron los ataques con ántrax los menos importantes de 2001?
Si se comparan las dos series de ataques de 2001 en términos de muerte y destrucción, el 11-S evidentemente deja atrás a los ataques con ántrax. Mirándolo de una cierta manera, sin embargo, los ataques del 11-S, aunque atrevidos, asesinos, espectaculares en la televisión, y de apariencia apocalíptica, no fueron conceptualmente nada nuevo. Fueron los ataques con ántrax los que apuntaron a un futuro nuevo y dantesco.
Después de todo, el World Trade Center ya había sido atacado anteriormente, y una de sus torres casi fue derribada, por una bomba en una camioneta de alquiler conducida a un aparcamiento subterráneo por islamistas en 1993. Los aviones en los ataques de 2001 fueron, como ha escrito Mike Davis, simplemente coches bomba con alas, y los coches bomba tienen una dolorosa y larga historia. Incluso a pesar de que con sus objetivos – los simbólicos mega-edificios de un poder imperial cuyos ciudadanos preferían creer previamente que eran invulnerables – los secuestradores del 11-S ofrecieron una nueva realidad psicológica a los estadounidenses, su característica más impresionante e inquietante fueron posiblemente ellos mismos. Esos 19 hombres habían prometido cometer suicidio no por su país, como lo habían hecho miles de pilotos kamikaze japoneses a fines de la Segunda Guerra Mundial, o incluso por un país potencial como cientos de atacantes suicida tamiles en Sri Lanka, sino por una fantasía religiosa (tras la cual existen agravios no-religiosos). Por otra parte, los ataques del 11-S no fueron sino una versión mayor, más ambiciosa, por ejemplo, del ataque suicida en lancha contra el USS Cole en un puerto yemenita en el año 2000.
Por otra parte, los envíos postales con ántrax representaron algo nuevo. (El culto japonés Aum Shinrikyo había intentado fabricar y utilizar armas biológicas, incluyendo ántrax, en los años noventa, pero fracasó.) Si el ataque de al-Qaeda el 11-S sólo había simulado un ataque con un arma de destrucción masiva, en el caso del ántrax asesino, no se requería imaginación. Se había utilizado con éxito un arma real de destrucción masiva – ántrax altamente refinado – vuelta a utilizar posteriormente, y el o los asesinos seguían libres, no en los páramos afganos sino en algún sitio entre nosotros, sin evidencia de que se hubiera agotado el suministro de ántrax.
Y sin embargo, incluso si el gobierno de Bush, los dos candidatos presidenciales, todo Washington, y los medios, siguen concentrados en el terrorismo en las regiones fronterizas entre Afganistán y Pakistán, pocos piensan seriamente – exceptuando cuando tiene que ver con la culpabilidad individual – en el terror que emergió de las profundidades del complejo militar-industrial, de nuestros propios laboratorios de armas de la Guerra Fría. A eso no parece aplicarse ningún aspecto de la Guerra contra el Terror.
6. ¿Quién está ganando la Guerra Global contra el Terror?
La respuesta obvia es: los terroristas. Sólo la semana pasada, Mike McConnell, director nacional de inteligencia, lo dejó absolutamente claro cuando se trató de al-Qaeda. Testificó ante el Congreso que la organización “está ganando fuerza desde su refugio en Pakistán y mejora continuamente su capacidad de reclutar, entrenar y posicionar a agentes capaces de realizar ataques dentro de EE.UU.” De hecho, es bastante obvio ya hace bastante tiempo que la Guerra Global contra el Terror del gobierno de Bush ha tenido éxito sobre todo en la creación de cada vez más terroristas en cada vez más sitios. Y sin embargo, discutiblemente, el asesino o asesinos con ántrax han logrado mucho más hasta la fecha que al-Qaeda. Considerando el caso de un cierto modo, sea cual fuere el papel de Bruce Irvins, los asesinatos con ántrax resultaron ser un triunfo a escala natural del terrorismo.
Hace tiempo que existe una teoría de que quienquiera haya cometido las atrocidades del ántrax quería atraer atención (y probablemente medios financieros) para más investigación y desarrollo de “defensas” contra la bio-guerra de EE.UU. Si así fuera, entonces, ¡qué tremendo éxito! En los años desde que ocurrieron los ataques, esos laboratorios han sido inundados de financiamiento, cuya cantidad ha aumentado de manera impresionante. El 11 de septiembre de 2001, informa el Washington Post, “había solamente cinco laboratorios de ‘nivel de bio-seguridad 4’ – sitios equipados para estudiar agentes altamente letales como Ebola para los que no hay vacunas o tratamientos humanos – señaló el otoño pasado un informe de la Oficina de Responsabilidad Gubernamental. Ahora hay quince en operación o en construcción, según el informe. Hay cientos más de nivel de bio-seguridad 3, que trabajan con agentes tales como Bacillus anthracis, que tiene una vacuna humana.”
Los pocos cientos de personas que trabajaban en el programa de bio-defensa de EE.UU. antes del 11-S han aumentado a posiblemente 14.000 científicos que tienen “aprobación para trabajar con ‘agentes biológicos seleccionados’ tales como Bacillus anthracis – muchos de ellos civiles que trabajan en universidades privadas” en las cuales, según expertos, “los reglamentos de seguridad son notablemente relajados.” Y no hay que olvidar el propio plan multimillonario del Ejército de “construir un complejo mayor de laboratorios como parte de un campus de bio-defensa inter-agencias propuesto en Fort Detrick." Estamos hablando del sitio en el que trabajaba el equipo de Ivins, evidentemente apodado, “Equipo Ántrax” y cuyos laboratorios son supuestamente “famosos por perder ántrax.” En los mismos años, según el New York Times, “casi 50.000 millones de dólares en dineros federales han sido gastados para construir nuevos laboratorios, desarrollar vacunas y almacenar drogas.” Parte de este dinero es sacado de fondos de salud pública básica que otrora aseguraban que grandes cantidades de personas no murieran de enfermedades medicables como ser tuberculosis, y fue redirigido al virus Ebola, ántrax, y otros patógenos exóticos.
En estos años, para no ser demasiado quisquilloso, el gobierno de Bush ha expandido exponencialmente nuestros laboratorios de guerra biológica, aumentando significativamente la probabilidad de que un nuevo “científico loco” tenga a su disposición mucha más oportunidad y material muchísimo más letal para su trabajo. Ha aumentado, en otras palabras, la probabilidad no sólo de que el terror llegue a “la patria,” sino que provenga de esa patria. Gracias a este gobierno, los terroristas ganaron esta vuelta y futuros terroristas cosecharán los frutos de esa victoria.
Bruce Ivins, no importa qué hayas hecho, o lo que te hicieron, descansa en paz. Tu laboratorio está en buenas manos. Y es probable que, casi siete años después de la llegada del primer sobre con ántrax, el mundo se parezca más a una máquina de terror que nunca antes.
[Nota sobre lecturas: Sorprendentemente, en diciembre de 2002, cuando este sitio comenzó a aparecer, el primer escritor invitado de TomDispatch, el experto en salud pública, David Rosner, trató el tema de la histeria por la viruela, señalando que la enfermedad fue salvada de la erradicación total del planeta por un acuerdo de EE.UU. y la URSS “de asegurar que el virus que causa la viruela fuera mantenido en almacenamiento esperando una nueva oportunidad para aterrorizar al mundo. Durante décadas, ambos países lo almacenaron, lo distribuyeron a varios laboratorios de investigación y aseguraron de otras maneras que esa victoria de la salud pública fuera convertida en una tragedia humana en potencia.” Agregó: “El temor a la viruela ha facilitado el juego de la estrategia general del gobierno de Bush de militarizar la salud pública.”
Más recientemente, Glenn Greenwald de Salon.com realizó un excelente trabajo sobre la historia del ántrax. En 2007, escribió un artículo impresionante: “La historia irresoluta de los falsos informes sobre el ántrax de Sadam de ABC News.” refiriéndose a informes críticamente malos de Brian Ross y ABC, y continuó después del suicidio de Ivins con un artículo: ("Periodistas, sus fuentes mentirosas, y la investigación del ántrax,”) que presenta más preguntas estremecedoras sobre el caso del ántrax que ninguno de los otros 16 artículos que he visto.
Finalmente, Elisa D. Harris, experta investigadora sénior en el Centro de Estudios Internacionales y de Seguridad en la Universidad de Maryland, publicó un buen y juicioso artículo de opinión en el New York Times, “Los asesinos en el laboratorio” (“Nuestros esfuerzos por combatir las armas biológicas nos están haciendo menos seguros”) que presenta de un modo impresionante la expansión de la investigación en armas biológicas de EE.UU. desde 2002.]
Fuente:
www.tomdispatch.com/post/174966/six_questions_about_the_anthrax_case
Tom Engelhardt dirige Tomdispatch.com del Nation Institute. Es cofundador del American Empire Project (http://www.americanempireproject.com/). Ha actualizado su libro The End of Victory Culture (University of Massachussetts Press) en una nueva edición. Editó el primer libro de lo mejor de Tomdispatch, The World According to Tomdispatch: America in the New Age of Empire, que incluye su trabajo (Verso) y que acaba de publicarse. El libro, una historia alternativa de los demenciales años de Bush, se centra en lo que no publican los medios dominantes.
Enlace a texto en Rebelión
Tom Engelhardt
Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
¡Oh! ¡Qué espectáculo! – y no creáis que me refiero a esas ceremonias de apertura de Beijing, en las que una sincronización al estilo norcoreano parecía fusionarse con caras de smiley a la Walt Disney, o a la excitante caza de ocho medallas de Michael Phelp y al “bono” de un millón de dólares de Speedo, un tributo modernizado a la antigua tradición griega del amateurismo en acción. No, pienso en la guerra relámpago de cobertura mediática después de que el doctor Bruce Ivins, que trabajaba para el Instituto de Investigación Médica de Enfermedades Infecciosas del Ejército de EE.UU., en Fort Detrick, Maryland, se suicidase con Tylenol (paracetamol) el 29 de julio y el FBI lo acusara rápidamente de los ataques con ántrax de septiembre y octubre de 2001.
Los recordáis: el polvo que llegaba, de modo bastante inocuo, en sobres – acompañado de cartas sobrecogedoras fechadas de modo alarmante “”11-09-01” que decían: “¡Muera EE.UU.! ¡Muera Israel!”. ¡Alá es grande!” Cinco estadounidenses murieron por inhalación de ántrax y 17 fueron heridos. El Edificio Hart del Senado, y varias instalaciones postales, fueron cerrados durante meses para ser desinfectados, mientras compañías mediáticas que recibieron los sobres fueron sumidas en el caos.
Para una nación que ya estaba aterrorizada por los ataques del 11 de septiembre de 2001, el pensamiento de que un brutal dictador con armas de destrucción masiva (que incluso podría haber entregado el ántrax a terroristas) estuviera dispuesto a causarnos un daño aún mayor, ayudó indudablemente a allanar el camino para una invasión de Iraq. El presidente incluso llegó a afirmar que Sadam Husein tenía la capacidad de enviar vehículos aéreos sin tripulación para pulverizar armas biológicas o químicas sobre la costa este de EE.UU. (aviones teledirigidos que, como el programa nuclear de Sadam, terminaron por no existir).
Actualmente, es incluso difícil recordar con precisión lo aterradores que fueron esos ataques con ántrax. Según una búsqueda LexisNexis, entre el 4 de octubre y el 4 de diciembre de 2001 aparecieron 389 artículos en el New York Times con “ántrax” en el título. En el mismo período, 238 artículos semejantes aparecieron en el Washington Post. Es el equivalente noticioso de un interminable grito agudo de terror – y de esos ataques emergió un histérico mundo estadounidense que involucraba alertas naranja y duct tape, vacunas contra la viruela, y finalmente una guerra, no fuera a ser que el asunto, o cualquier cosa que se le pareciera aunque fuera remotamente, cayera en manos de terroristas.
Y sin embargo, a fines de 2001, había quedado en claro que, a pesar de las cartas acompañantes, el ántrax en esos sobres era de una variedad producida en el interior. No venía ni de los páramos de Afganistán ni de Bagdad, sino – casi seguro – de nuestros propios laboratorios de armas biológicas. En ese momento, los asesinatos con ántrax desaparecieron esencialmente... ¡zas! ... mientras que el 11-S sólo ganó fuerza como el evento singular de nuestros tiempos.
Esas muertes-por-ántrax dejaron de formar parte de la narrativa del gobierno de la Guerra Global contra el Terror que, claro está, apuntaba a fanáticos islámicos (y a montones de países de los que supuestamente les daban “refugio”), pero por cierto no contra científicos militares aquí en el interior. Con igual rapidez esos ataques fueron dados de baja de las primeras planas – de hecho, simplemente de todas las páginas – de los periódicos de la nación y de las pantallas de televisión.
A diferencia del 11-S, no hubo recuerdos ritualistas de los aniversarios de esos días en los años siguientes. No hubo víctimas, ni sobrevivientes, ni parientes de víctimas que subieran a los podios e hicieran doblar las campanas, o leyeran nombres, o presentaran encomios. No hubo un memorial de mil millones de dólares (ni siquiera de un millón) a los muertos de ántrax para que discutieran los sobrevivientes. Hubo poco más que silencio, mientras el FBI andaba a tientas por el espurio camino de un proceso de investigación concentrado sobre todo en un científico de armas biológicas de EE.UU., Steven J. Hatfill, quien también trabajaba en Fort Detrick, y que desgraciadamente era el hombre equivocado. (Bruce Ivins, misteriosamente, trabajó de cerca durante años con, y ayudó a, la investigación del FBI, hasta que el foco de la sospecha llegó a ser dirigido sobre su persona.)
Siguió siendo esencialmente el estado del caso hasta que, al terminar julio, Ivins cometió suicidio. Entonces, ¡qué manera de hacer su agosto! Los detalles, las preguntas, las dudas, la evidencia científica cuestionada, las listas de los tipos de drogas que le habían recetado, las citas sensacionales, el “nido de ratas” de un laboratorio contaminado con ántrax en el que trabajaba, ¡los extraños correos y cartas! “¡Quisiera poder controlar los pensamientos en mi mente!... Tengo a veces increíbles pensamientos paranoicos, ilusorios, y no hay nada que pueda hacer hasta que desaparecen, sea por sí mismos o con drogas.” ¡Caso resuelto! O no. ¡El “científico loco” de los laboratorios de guerra biológica del Ejército de EE.UU. en Fort Detrick terminó por ser atrapado! O no...
Era la historia soñada. Y los medios dominantes marcharon con ella, doctamente, seriamente, como si jamás la hubieran dejado de lado. Ahora, cuando se disipa la cobertura y la historia amenaza nuevamente con desaparecer en la oscuridad (a pesar de las dudas sobre el papel de Ivins en los ataques), pensé que valdría la pena mencionar unas pocas preguntas que se me ocurrieron al leer la reciente cobertura – no sobre la culpabilidad o inocencia de Ivins, sino sobre asuntos que forman una parte tan integral de nuestro paisaje estadounidense que normalmente a nadie se le llega a ocurrir preguntar al respecto.
Mis principales seis preguntas sobre el caso son:
1. ¿Por qué no se aplicó el modus operandi de la Guerra contra el Terror del gobierno de Bush al caso del ántrax?
El 10 de agosto, William J. Broad y Scott Shane informaron sobre algunos de los costes humanos de la investigación del ántrax del FBI en un artículo en primera plana del New York Times con el título: “Para los sospechosos, el caso del ántrax tuvo grandes costes, numerosos inocentes en una amplia red del FBI.” Hicieron un excelente trabajo estableciendo que los que cayeron en serie bajo sospecha lo pasaron mal: “trabajos perdidos, visas anuladas, matrimonios rotos, amistades deshechas.” Según el Times (y otros), las carreras de varios fueron destruidas bajo la presión de la vigilancia del FBI; la mayoría fueron interrogados y vueltos a interrogar muchas veces usando “mano dura,” así como sometidos al detector de mentiras; algunos fueron seguidos y rastreados, sus casas allanadas, y sus lugares de trabajo, saqueados.
Bajo la presión del “interés” del FBI, el especialista en ántrax y “conocedor de la biodefensa” Perry Mikesell se convirtió evidentemente en alcohólico y tomó hasta morir. Steven Hatfill: el agente que lo seguía le pasó sobre un pie con un coche mientras su vida era puesta al revés y al derecho, y él, no el agente, recibió una contravención, agregan Broad y Shane. Y finalmente, claro está, el doctor Ivins, cada vez más angustiado y evidentemente cada vez menos equilibrado, se suicidó el día en el que su abogado se iba a encontrar con el FBI para discutir un posible acuerdo que lo hubiera llevado a la cárcel de por vida, pero habría excluido la pena de muerte.
A pesar de todo, por dura que haya sido la vida para Mikesell, Hatfill, Ivins, y muchos otros, tengo que hacer una observación que no se verá en ningún otro sitio en medios de información que han pasado dos semanas de travesuras con el caso: Para extraer una confesión, a ninguno de los sospechosos de estos últimos años, incluyendo a Ivins, le metieron un cigarrillo encendido en su oreja; a ninguno le pegaron, le escupieron, y lo hicieron desfilar desnudo; a ninguno lo golpearon hasta la muerte mientras estuvo preso sin ser acusado por un crimen; a ninguno lo mojaron con agua fría y lo dejaron desnudo en una cela en una noche helada; a ninguno le dieron choques eléctricos, lo encapucharon, le colocaron grilletes en dolorosas “posiciones de estrés,” o lo sodomizaron; a ninguno lo sometieron a música ruidosa, a luces centelleantes, o le negaron el sueño durante días interminables; a ninguno lo sofocaron hasta la muerte, o lo hicieron arrastrarse desnudo por el suelo de una cárcel con un collar de perro, o lo amenazaron con perros guardianes. A ninguno lo sometieron al waterboard [submarino].
No importa qué presión hayan aplicado a Ivins o Hatfill, ninguno de los dos fue secuestrado en la calle cerca de su casa y desnudado. No le pusieron pañales, le vendaron los ojos, lo encadenaron, lo drogaron, y lo “entregaron” a prisiones en otro país, posiblemente para ser sometido a choques eléctricos o para que torturadores de un régimen extranjero lo cortaran con escalpelos. Incluso aunque se creyó en algún momento, que cada uno de los sospechosos en los asesinatos del ántrax, era un terrorista que había cometido un crimen odioso con un arma de destrucción masiva, a ninguno lo declararon en algún momento “combatiente enemigo.” Ninguno fue jamás encarcelado sin acusaciones, o sin gran esperanza de un juicio o liberación, en “sitios negros,” secretos, en el extranjero, dirigidos por la CIA.
¿Por qué no?
2. ¿Por qué no enviaron a los militares de EE.UU.?
Parte del paradigma reinante en los años de Bush fue: el trabajo policial no basta cuando la patria es amenazada. La localización de terroristas que han matado, o podrían algún día matar a, estadounidenses es asunto de “guerra.” Los que han atacado a la patria estadounidense y asesinado a ciudadanos de EE.UU., serán, como lo dijo nuestro presidente, “cazados” por fuerzas de operaciones especiales y agentes de la CIA que han recibido el derecho de asesinar y traerlos “muertos o vivos.”
¿Por qué entonces, cuando actos de bio-terror asesino fueron cometidos en suelo estadounidense, no se llamó a los militares? ¿Por qué no enviaron “escuadrones de la muerte” de la CIA – la frase contundentemente descriptiva utilizada por Jane Mayer en su notable nuevo libro “The Dark Side” [El lado oscuro] – para asesinar a probables sospechosos? ¿Por qué no lanzaron aviones teledirigidos Predator sin tripulación, armados con misiles Hellfire, para que cruzaran los cielos de Maryland y eliminaran “con precisión” y “en forma quirúrgica” en sus casas (sin importar el “daño colateral”) a Ivins u otros sospechosos? ¿Por qué, en los hechos, no fueron simplemente arrasadas sus casas del modo rutinariamente empleado en Afganistán, Pakistán, Somalia, y otros sitios? (En los hechos, parece que al FBI le costó dos años después de sus primeras sospechas sobre Ivins para simplemente registrar su casa y aún más para terminar por quitarle su aprobación de seguridad de alto nivel.)
Una vez que fueron identificados laboratorios de armas de EE.UU. como fuentes del ántrax, ¿por qué no enviaron equipos de operaciones especiales para ocupar las instalaciones, clausurarlas, y llevar en avión a los allí encontrados, con grilletes y con los ojos vendados, a Guantánamo o a otros sitios más secretos?
¿Por qué, cuando el gobierno llegó a tales extremos para eliminar el financiamiento para terroristas en otros sitios, se aumentó significativamente el financiamiento para esos laboratorios?
¿Por qué, si los apresados o simplemente secuestrados, por el gobierno de Bush para descubrir luego que eran inocentes, fueron – después de su encarcelamiento secreto, abuso, y tortura – regularmente liberados sin disculpas, o reembolso (si eran liberados), el gobierno de EE.UU. pagó a Hatfill 4,6 millones de dólares para arreglar un litigio que había interpuesto como reacción ante su terrible experiencia?
¿Por qué si, según la “doctrina de uno por ciento” del vicepresidente, ninguna reacción era demasiado extrema si existía aunque fuera una minúscula probabilidad de un ataque catastrófico contra la “patria” estadounidense, no se emprendieron actos extremos contra un asesino (o asesinos) con armas de destrucción masiva suelto o sueltos, posiblemente en los suburbios de Maryland?
3. Una vez que se identificó que la amenaza del ántrax provenía de laboratorios militares de EE.UU. ¿por qué el gobierno, el FBI, y los medios asumieron que sólo un individuo era responsable?
Leed tanto como queráis de la cobertura de los asesinatos con ántrax y descubriréis que el FBI adoptó hace tiempo como regla general que el culpable fue un solo “científico loco”– y, lo que no es menos importante, que esa teoría también fue aceptada como un hecho fundamental por los medios de información. Durante años no se han considerado seriamente posibilidades alternativas.
Por ejemplo, se sabe que una serie de cartas con ántrax fueron enviadas desde un buzón en Princeton, Nueva Jersey, a unas horas de la casa de Ivins y del laboratorio de Fort Detrick en Frederick, Maryland. La pregunta que intrigó al FBI – y que ocupó vigorosamente a los medios – fue si, el día en cuestión, Ivins tuvo tiempo para llegar a Princeton y de vuelta, considerando lo que se sabe de su programa. El FBI sugiere que lo tuvo; los críticos sugieren otra cosa. Nadie, sin embargo, parece considerar la posibilidad de que el terrorista solitario de los asesinatos con ántrax podría haber tenido uno o más cómplices, lo que hubiera solucionado enormemente el “problema” del despacho de esas cartas.
¿Será que se supone que estadounidenses, a diferencia de extranjeros empecinados en ser terroristas, son individualistas incontenibles, solitarios suficientemente astutos como para realizar solos los complots? ¿No hay nadie que recuerde que el último gran acto de terrorismo estadounidense en EE.UU., el atentado contra el Edificio Federal Alfred P. Murrah en la ciudad de Oklahoma en 1995, fue un crimen de por lo menos dos “solitarios” estadounidenses”? (Los primeros informes en ese caso, también, culparon a terroristas árabes – en plural.)
Parece no haber habido ninguna “célula durmiente” de Al-Qaeda en este país, ¿pero cómo sabemos que no existe una “célula durmiente” de bio-asesinos estadounidenses oculta en algún sitio en la comunidad de los laboratorios militares de EE.UU.?
4. ¿Y esos laboratorios militares? ¿Por qué su historia sigue sin jugar poco o ningún papel en la historia de los ataques con ántrax?
Al leer las resmas de cobertura del suicidio de Ivins y del caso del FBI en su contra, encontré sólo una referencia al trabajo al que se ha dedicado su laboratorio en Fort Detrick durante la mayor parte de la era de la Guerra Fría. Es la siguiente frase del Washington Post: “Como domicilio de los Laboratorios de Guerra Biológica del Ejército, la instalación condujo un programa de máximo secreto de producción de armas biológicas ofensivas de 1943 a 1969.” Y sin embargo, no llegasteis a comprender este hecho, la verdadera importancia del caso del ántrax permanece en la sombra.
Como en el caso de la permanente historia de peligros nucleares sobre nuestro planeta, los terrores de nuestra era son mostrados casi invariablemente como procedentes de bandas de fanáticos, o de países como Irán de los que se dice que son dirigidos por estos últimos, en los páramos de nuestro planeta (algunos de los cuales están por pura casualidad en los centros energéticos del mismo planeta). Y sin embargo, si nos aterran suficientemente las armas incontroladas o proliferadas de destrucción masiva como para amenazar con, o iniciar, guerras por su causa, es importante que se comprenda que, desde 1945, esos peligros – y son peligros funestos – emergieron del corazón de las maquinarias militares-industriales de las dos superpotencias de la Guerra Fría: EE.UU. y la URSS.
Dicho de otro modo, los ataques conceptualmente más inquietantes de 2001 surgieron directamente del afán de la Guerra Fría de desarrollar armas biológicas ofensivas. Hasta 1969, los laboratorios de guerra biológica del Ejército en Fort Detrick se concentraron, en parte, en esa tarea. Pura y simplemente. Después que el presidente Richard Nixon cerró el programa de guerra biológica ofensiva en 1969, los científicos del Ejército pasaron a trabajar en “defensas” contra la misma. Como en el caso de defensas contra ataques nucleares, sin embargo, ese trabajo, por su naturaleza, es frecuentemente difícil de separar del trabajo ofensivo con semejantes armas. En otras palabras, mirando de una cierta manera, un enfoque del laboratorio de Fort Detrick, que provocó sospechas en los ataques con ántrax del invierno de 2001, ha estado colocando desde hace tiempo la guerra biológica en el menú global. En eso, evidentemente terminó por tener éxito.
Claro que en esto hay algo irónico. En la era posterior a la Guerra Fría, nuestras preocupaciones se concentraron casi por completo en los laboratorios y almacenes rusos deteriorados de la Guerra Fría para la guerra biológica, química, y nuclear, a menudo mal protegidos. Durante mucho tiempo se temió que semejantes pesadillas para nuestro mundo podrían provenir desde ellos. Pero en eso, al parecer, nos equivocamos. Los laboratorios agujereados eran los nuestros y – lo que es aún más aterrador – las posibilidades de filtraciones y abusos siguen expandiéndose exponencialmente.
5. ¿Fueron los ataques con ántrax los menos importantes de 2001?
Si se comparan las dos series de ataques de 2001 en términos de muerte y destrucción, el 11-S evidentemente deja atrás a los ataques con ántrax. Mirándolo de una cierta manera, sin embargo, los ataques del 11-S, aunque atrevidos, asesinos, espectaculares en la televisión, y de apariencia apocalíptica, no fueron conceptualmente nada nuevo. Fueron los ataques con ántrax los que apuntaron a un futuro nuevo y dantesco.
Después de todo, el World Trade Center ya había sido atacado anteriormente, y una de sus torres casi fue derribada, por una bomba en una camioneta de alquiler conducida a un aparcamiento subterráneo por islamistas en 1993. Los aviones en los ataques de 2001 fueron, como ha escrito Mike Davis, simplemente coches bomba con alas, y los coches bomba tienen una dolorosa y larga historia. Incluso a pesar de que con sus objetivos – los simbólicos mega-edificios de un poder imperial cuyos ciudadanos preferían creer previamente que eran invulnerables – los secuestradores del 11-S ofrecieron una nueva realidad psicológica a los estadounidenses, su característica más impresionante e inquietante fueron posiblemente ellos mismos. Esos 19 hombres habían prometido cometer suicidio no por su país, como lo habían hecho miles de pilotos kamikaze japoneses a fines de la Segunda Guerra Mundial, o incluso por un país potencial como cientos de atacantes suicida tamiles en Sri Lanka, sino por una fantasía religiosa (tras la cual existen agravios no-religiosos). Por otra parte, los ataques del 11-S no fueron sino una versión mayor, más ambiciosa, por ejemplo, del ataque suicida en lancha contra el USS Cole en un puerto yemenita en el año 2000.
Por otra parte, los envíos postales con ántrax representaron algo nuevo. (El culto japonés Aum Shinrikyo había intentado fabricar y utilizar armas biológicas, incluyendo ántrax, en los años noventa, pero fracasó.) Si el ataque de al-Qaeda el 11-S sólo había simulado un ataque con un arma de destrucción masiva, en el caso del ántrax asesino, no se requería imaginación. Se había utilizado con éxito un arma real de destrucción masiva – ántrax altamente refinado – vuelta a utilizar posteriormente, y el o los asesinos seguían libres, no en los páramos afganos sino en algún sitio entre nosotros, sin evidencia de que se hubiera agotado el suministro de ántrax.
Y sin embargo, incluso si el gobierno de Bush, los dos candidatos presidenciales, todo Washington, y los medios, siguen concentrados en el terrorismo en las regiones fronterizas entre Afganistán y Pakistán, pocos piensan seriamente – exceptuando cuando tiene que ver con la culpabilidad individual – en el terror que emergió de las profundidades del complejo militar-industrial, de nuestros propios laboratorios de armas de la Guerra Fría. A eso no parece aplicarse ningún aspecto de la Guerra contra el Terror.
6. ¿Quién está ganando la Guerra Global contra el Terror?
La respuesta obvia es: los terroristas. Sólo la semana pasada, Mike McConnell, director nacional de inteligencia, lo dejó absolutamente claro cuando se trató de al-Qaeda. Testificó ante el Congreso que la organización “está ganando fuerza desde su refugio en Pakistán y mejora continuamente su capacidad de reclutar, entrenar y posicionar a agentes capaces de realizar ataques dentro de EE.UU.” De hecho, es bastante obvio ya hace bastante tiempo que la Guerra Global contra el Terror del gobierno de Bush ha tenido éxito sobre todo en la creación de cada vez más terroristas en cada vez más sitios. Y sin embargo, discutiblemente, el asesino o asesinos con ántrax han logrado mucho más hasta la fecha que al-Qaeda. Considerando el caso de un cierto modo, sea cual fuere el papel de Bruce Irvins, los asesinatos con ántrax resultaron ser un triunfo a escala natural del terrorismo.
Hace tiempo que existe una teoría de que quienquiera haya cometido las atrocidades del ántrax quería atraer atención (y probablemente medios financieros) para más investigación y desarrollo de “defensas” contra la bio-guerra de EE.UU. Si así fuera, entonces, ¡qué tremendo éxito! En los años desde que ocurrieron los ataques, esos laboratorios han sido inundados de financiamiento, cuya cantidad ha aumentado de manera impresionante. El 11 de septiembre de 2001, informa el Washington Post, “había solamente cinco laboratorios de ‘nivel de bio-seguridad 4’ – sitios equipados para estudiar agentes altamente letales como Ebola para los que no hay vacunas o tratamientos humanos – señaló el otoño pasado un informe de la Oficina de Responsabilidad Gubernamental. Ahora hay quince en operación o en construcción, según el informe. Hay cientos más de nivel de bio-seguridad 3, que trabajan con agentes tales como Bacillus anthracis, que tiene una vacuna humana.”
Los pocos cientos de personas que trabajaban en el programa de bio-defensa de EE.UU. antes del 11-S han aumentado a posiblemente 14.000 científicos que tienen “aprobación para trabajar con ‘agentes biológicos seleccionados’ tales como Bacillus anthracis – muchos de ellos civiles que trabajan en universidades privadas” en las cuales, según expertos, “los reglamentos de seguridad son notablemente relajados.” Y no hay que olvidar el propio plan multimillonario del Ejército de “construir un complejo mayor de laboratorios como parte de un campus de bio-defensa inter-agencias propuesto en Fort Detrick." Estamos hablando del sitio en el que trabajaba el equipo de Ivins, evidentemente apodado, “Equipo Ántrax” y cuyos laboratorios son supuestamente “famosos por perder ántrax.” En los mismos años, según el New York Times, “casi 50.000 millones de dólares en dineros federales han sido gastados para construir nuevos laboratorios, desarrollar vacunas y almacenar drogas.” Parte de este dinero es sacado de fondos de salud pública básica que otrora aseguraban que grandes cantidades de personas no murieran de enfermedades medicables como ser tuberculosis, y fue redirigido al virus Ebola, ántrax, y otros patógenos exóticos.
En estos años, para no ser demasiado quisquilloso, el gobierno de Bush ha expandido exponencialmente nuestros laboratorios de guerra biológica, aumentando significativamente la probabilidad de que un nuevo “científico loco” tenga a su disposición mucha más oportunidad y material muchísimo más letal para su trabajo. Ha aumentado, en otras palabras, la probabilidad no sólo de que el terror llegue a “la patria,” sino que provenga de esa patria. Gracias a este gobierno, los terroristas ganaron esta vuelta y futuros terroristas cosecharán los frutos de esa victoria.
Bruce Ivins, no importa qué hayas hecho, o lo que te hicieron, descansa en paz. Tu laboratorio está en buenas manos. Y es probable que, casi siete años después de la llegada del primer sobre con ántrax, el mundo se parezca más a una máquina de terror que nunca antes.
[Nota sobre lecturas: Sorprendentemente, en diciembre de 2002, cuando este sitio comenzó a aparecer, el primer escritor invitado de TomDispatch, el experto en salud pública, David Rosner, trató el tema de la histeria por la viruela, señalando que la enfermedad fue salvada de la erradicación total del planeta por un acuerdo de EE.UU. y la URSS “de asegurar que el virus que causa la viruela fuera mantenido en almacenamiento esperando una nueva oportunidad para aterrorizar al mundo. Durante décadas, ambos países lo almacenaron, lo distribuyeron a varios laboratorios de investigación y aseguraron de otras maneras que esa victoria de la salud pública fuera convertida en una tragedia humana en potencia.” Agregó: “El temor a la viruela ha facilitado el juego de la estrategia general del gobierno de Bush de militarizar la salud pública.”
Más recientemente, Glenn Greenwald de Salon.com realizó un excelente trabajo sobre la historia del ántrax. En 2007, escribió un artículo impresionante: “La historia irresoluta de los falsos informes sobre el ántrax de Sadam de ABC News.” refiriéndose a informes críticamente malos de Brian Ross y ABC, y continuó después del suicidio de Ivins con un artículo: ("Periodistas, sus fuentes mentirosas, y la investigación del ántrax,”) que presenta más preguntas estremecedoras sobre el caso del ántrax que ninguno de los otros 16 artículos que he visto.
Finalmente, Elisa D. Harris, experta investigadora sénior en el Centro de Estudios Internacionales y de Seguridad en la Universidad de Maryland, publicó un buen y juicioso artículo de opinión en el New York Times, “Los asesinos en el laboratorio” (“Nuestros esfuerzos por combatir las armas biológicas nos están haciendo menos seguros”) que presenta de un modo impresionante la expansión de la investigación en armas biológicas de EE.UU. desde 2002.]
Fuente:
www.tomdispatch.com/post/174966/six_questions_about_the_anthrax_case
Tom Engelhardt dirige Tomdispatch.com del Nation Institute. Es cofundador del American Empire Project (http://www.americanempireproject.com/). Ha actualizado su libro The End of Victory Culture (University of Massachussetts Press) en una nueva edición. Editó el primer libro de lo mejor de Tomdispatch, The World According to Tomdispatch: America in the New Age of Empire, que incluye su trabajo (Verso) y que acaba de publicarse. El libro, una historia alternativa de los demenciales años de Bush, se centra en lo que no publican los medios dominantes.
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viernes, 30 de mayo de 2008
Atrincherado, arraigado, e inamovible
La expansión del Pentágono será el legado perdurable de Bush
Frida Berrigan
Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Introducción del editor de Tom Dispatch:
El Pentágono se hace cargo
Hay palabras que pueden ser clavadas sobre los años de Bush como un ramillete marchito: “No sabemos para qué gastamos el dinero.” Es una cita de Mary Ugone, la vice-inspectora general para auditoría del Departamento de Defensa, respecto a los masivos pagos del Pentágono hechos durante la ocupación y la guerra en Iraq para los que no existe una documentación (o es groseramente inadecuada). De hecho, según el inspector general del Departamento de Defensa, “el Pentágono no puede dar cuenta de casi 15.000 millones de dólares en bienes y servicios que van desde camiones, agua embotellada y colchones, a granadas impulsadas por cohetes y ametralladoras, que fueron compradas a contratistas en el esfuerzo de reconstrucción de Iraq.” Una auditoría interna de 8.000 millones de dólares que el Pentágono pagó a contratistas privados estadounidenses e iraquíes estableció que “casi ninguna transacción cumplió con leyes o regulaciones federales para impedir el fraude, en algunos casos careciendo incluso de facturas básicas que expliquen como se gastó el dinero.”
Es, hay que admitir, calderilla para el Pentágono en la era de Bush. E incluso cuando se intenta una “reforma”, la medicina es a menudo peor que la enfermedad. Por ejemplo, críticos en el Congreso, entre otros, han acusado al contratista privado KBR, basado en Houston, anteriormente una división de Halliburton, de derroche y mala administración y de explotación de sus vínculos políticos con el vicepresidente Dick Cheney” en el cumplimiento de enormes contratos para apoyar a las tropas de EE.UU. en Iraq. Ahora, el Pentágono planea reparar sus faltas dividiendo el último contrato por alimentos, albergues, y servicios básicos en Iraq entre KBR y otros dos grandes contratistas, Fluor Corporation y DynCorp International. Según el New York Times: “En realidad, el nuevo convenio de tres compañías podría resultar en gastos más elevados para el contribuyente estadounidense y en una supervisión débil por las fuerzas armadas.”
Estos detalles reveladores surgieron la semana pasada de las profundidades subterráneas del Pentágono hinchado de la era Bush. Como indica Frida Berrigan en uno de los artículos más importantes que Tomdispatch haya publicado, la masiva expansión del Pentágono en casi todos los frentes durante los dos períodos de George W. Bush puede ser la mayor historia relatada sobre nuestros días. Podría, en los hechos, ser la historia estadounidense más importante del nuevo siglo, y aunque muchas de sus partes disímiles pueden ser encontradas en los periódicos, los medios dominantes no han ofrecido todavía una visión significativa del Pentágono en nuestros tiempos. Esto dice mucho sobre lo que no se encara en nuestro mundo. Cómo, por ejemplo, es posible que haya una campaña electoral presidencial que dura años, en la que el tamaño del Pentágono nunca aparece como tema (a menos que los candidatos se afanen por una expansión del tamaño de las tropas de EE.UU.)
Como parte de su continua consideración del legado que Bush está dejando al pueblo de EE.UU. Tomdispatch lanza hoy una exploración en tres partes del papel del Pentágono en los años de Bush. (Las otras dos partes aparecerán en los próximos meses.) La serie está en las capaces manos de Frida Berrigan y Bill Hartung, expertos militares en la Iniciativa de Armas y Seguridad de la New America Foundation. No hay que perdérsela. Tom
Atrincherado, arraigado, e inamovible
La expansión del Pentágono será el legado perdurable de Bush
Frida Berrigan
Una industria artesanal hecha y derecha ya se dedica a los que esperan ansiosamente el fin del gobierno de Bush, ofreciendo la venta de calendarios, imanes, y camisetas, así como contadores y gráficas para descargas a blogs y sitios en la Red. Pero cuando termine el conteo regresivo y George W. Bush desocupe el Despacho Oval, dejará un legado que habrá que enfrentar. Ciertamente, lega a su sucesor un mundo desfigurado por la guerra y desbaratado por las privaciones, pero tal vez su legado más perdurable está ahora profundamente empotrado en la política del área de Washington – un Pentágono tan metastaseado que es casi irreconocible.
El masivo crecimiento del Pentágono durante estos últimos siete años no será deshecho fácilmente, no importa quién se ponga el manto presidencial el 19 de enero de 2009. “El Pentágono” es ahora mucho más que un edificio de cinco lados al otro lado del Potomac desde Washington o incluso la sede del Departamento de Defensa. De muchas maneras, desafía toda descripción o designación.
¿Quién llega a recordar, hoy en día, el debate al terminar la Guerra Fría sobre el papel que correspondería al poder militar de EE.UU. en un mundo “unipolar”? ¿Estaba tan bien establecida la supremacía de EE.UU., preguntaban entonces los eruditos, que Washington podía basarse en un poder económico y cultural más blando, y que el poder militar fuera sólo un respaldo (y un “dividendo de paz” interior por añadidura)? ¿O debía colocarse EE.UU. las seis pistolas de un alguacil global y patrullar el mundo como fuente de “intervenciones humanitarias”? ¿O había llegado el momento de declarar audazmente que somos la única superpotencia del mundo y esgrimir unas fuerzas armadas de alta tecnología sin igual, desanimar activamente de llegar a pensar en una rivalidad futura a cualquier otra potencia o bloque de poder?
Los ataques del 11 de septiembre de 2001 terminaron decisivamente con ese debate. El gobierno de Bush declaró rápidamente la guerra total en todos los frentes – contra pueblos, ideologías y, sobre todo, el “terrorismo” (una táctica de los débiles). En ese mismo mes de septiembre, responsables del gobierno filtraron orgullosamente la información de que estaban listos para “apuntar” a hasta 60 otras naciones y a los movimientos terroristas dentro de ellas.
La “huella” del Pentágono debía ser implantada firmemente: base militar tras base militar en todo el planeta, con énfasis especial en sus centros energéticos. Altos funcionarios del gobierno comenzaron a preparar al Pentágono para que fuera a cualquier parte e hiciera lo que quisiera, mientras reescribían, desgarraban, o ignoraban cualesquiera leyes, nacionales o internacionales, que constituyeran un obstáculo. En 2002, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld articuló oficialmente una nueva postura militar de EE.UU. que, era poco menos que revolucionaria en su concepción. Se llamaba – en típica abreviatura del Pentágono – una Estrategia de Defensa 1-4-2-1- (reemplazando el plan no demasiado modesto del gobierno de Clinton de prepararse para librar simultáneamente dos grandes guerras – en Oriente Próximo y el Noreste de Asia.)
Teóricamente, esta estrategia significaba que el Pentágono debía prepararse para defender a EE.UU., mientras creaba fuerzas capaces de disuadir la agresión y la coerción en cuatro “regiones críticas” (Europa, el Noreste de Asia, el Este de Asia, y Oriente Próximo). Sería capaz de derrotar simultáneamente la agresión en dos de estas regiones y “ganar decisivamente” en uno de esos conflictos “en un momento y un sitio elegido por nosotros.” De ahí 1-4-2-1.
Y eso fue sólo el comienzo. Ya habíamos, para entonces, entrado a la nueva era del Mega-Pentágono. Casi seis años después, la escala de la expansión de esa institución aún no ha sido completamente comprendida, así que consideremos sólo siete de las principales maneras mediante las cuales el Pentágono ha vivido la expansión – y un salto – más allá de su misión original, eclipsando a otras instituciones de gobierno al hacerlo.
1. El Pentágono revienta-presupuestos: El presupuesto base del Pentágono – que ya ascendía a alarmantes 300.000 millones de dólares cuando George W. Bush se hizo cargo de la presidencia – se ha casi duplicado mientras él ha estado parqueado tras el inmenso escritorio del Despacho Oval. Para el año fiscal 2009, el presupuesto regular del Pentágono totalizará aproximadamente 541.000 millones de dólares (incluyendo el trabajo en ojivas nucleares y reactores navales en el Departamento de Energía).
El gobierno de Bush ha presidido sobre uno de los mayores fortalecimientos militares en la historia de EE.UU. Y eso es antes de que lleguemos a contar los “gastos en guerras.” Si tenemos en cuenta los costes directos de las guerras en Iraq y Afganistán, así como la Guerra Global contra el Terror, los gastos de “defensa” han sido esencialmente triplicados.
Desde febrero de 2008, según la Oficina de Presupuestos del Congreso, los legisladores han asignado 752.000 millones de dólares para la guerra y ocupación de Iraq, las continuas operaciones militares en Afganistán, y otras actividades asociadas con la Guerra Global contra el Terror. El Pentágono estima que necesitará otros 170.000 millones para el año fiscal 2009, lo que significa que, con 922.000 millones de dólares, los gastos directos para las guerras desde 2001 serían cercanos a la marca de los tres billones de dólares.
Como ha señalado el columnista del New York Times, Bob Herbert, si una pila de billetes de unos 15 centímetros de alto tiene un valor de 1 millón de dólares; entonces, una pila de 1.000 millones tendría la altura del Monumento a Washington, y una pila de 1 billón de dólares tendría una altura de 153 kilómetros. Nótese que ninguno de estos fondos para librar guerras es siquiera contado como parte del presupuesto militar anual, sino que son proporcionados por el Congreso en la forma de “suplementos de emergencia” varias veces al año.
Si se agrega la guerra al presupuesto base del Pentágono, EE.UU. gasta ahora casi tanto en asuntos militares como el conjunto del resto del mundo. Los gastos militares también dejan a la sombra todas las otras partes del presupuesto federal, al representar 58 centavos de cada dólar gastado por el gobierno federal en “programas discrecionales” (los que el Congreso aumenta o reduce sobre una base anual).
El presupuesto total del Pentágono representa más que los gastos combinados en educación, protección medioambiental, justicia, prestaciones para veteranos, ayuda habitacional, transporte, formación profesional, agricultura, energía, y desarrollo económico de EE.UU. No es sorprendente, por lo tanto que, ya que cobra cada vez más dinero, el Pentágono está tomando (o se apodera de) cada vez más funciones y roles.
2. El Pentágono como diplomático: El gobierno de Bush ha exhibido una y otra vez su desdén por la discusión y el compromiso, por tratados y acuerdos, y una admiración igualmente profunda por lo que puede ganar mediante la amenaza y la fuerza. No es sorprendente, por lo tanto, que la agenda de política exterior de la Casa Blanca haya sido dirigida cada vez más a través de los militares. Con un presupuesto militar que es más de 30 veces superior a la suma en conjunto de todas las operaciones del Departamento de Estado y de toda la ayuda no militar al extranjero, el Pentágono ha penetrado en dos bastiones tradicionales del Departamento de Estado – la diplomacia y el desarrollo – duplicando o reemplazando gran parte de su trabajo, a menudo a través de un reenfoque de la diplomacia de Washington hacia relaciones de militar a militar, en lugar de diplomático a diplomático.
Desde fines del Siglo XVIII, el embajador de EE.UU. en cualquier país ha sido considerado como representante personal del presidente, responsable de asegurar que se cumplan los objetivos de política exterior. Como explicó un embajador: “La regla es: si estás en el país, trabajas para el embajador. Si no trabajas para el embajador, no recibes permiso para ese país.”
En la era de Bush, el Pentágono ha trastocado este modelo. Según el informe del Congreso de 2006, por el senador Richard Lugar (republicano de Indiana): “Las embajadas como puestos de comando en la campaña contra el terror”, el personal civil en muchas embajadas se sienten ahora ocupados por, excedidos en número por, y subordinados a personal militar. Se ven como un equipo de segunda cuando se trata de tomar decisiones. Incluso el Secretario de Defensa Robert Gates es consciente del problema, al señalar, como lo hizo en noviembre pasado, que hay “sólo unos 6.600 agentes profesionales del Servicio Exterior – menos que el personal de un grupo de ataque de portaaviones.” Pero, típicamente, agregó que, aunque el Departamento de Estado pueda necesitar más recursos: “No me entiendan mal, pediré aún más dinero para Defensa el próximo año.” Otro embajador lamentó que sus homólogos extranjeros “sigan el dinero” y desarrollen relaciones con personal militar de EE.UU. en lugar de cultivar contactos con sus homólogos en el Departamento de Estado.
El Pentágono expresa invariablemente su imperialismo burocrático en términos de “cooperación entre-agencias.” Por ejemplo, el año pasado el Comando Sur de EE.UU. (Southcom) publicó la Estrategia de Comando 2016, un documento que identificó la pobreza, el crimen, y la corrupción como los problemas clave de “seguridad” en Latinoamérica. Sugirió que Southcom, un comando de seguridad, debería, en los hechos, ser el “actor central para abordar... problemas regionales” que concernían previamente a agencias civiles. Luego se promocionó como el futuro centro de un “comando de seguridad conjunto entre agencias... en apoyo de la seguridad, la estabilidad y la prosperidad en la región.”
Como lo describiera vívidamente el jefe de Southcom, comandante James Stavridis, el comando gusta ahora de verse como un “gran cubo de Velcro en el que se pueden enganchar esas otras agencias para que podamos hacer colectivamente lo que sea necesario en esta región.”
El Pentágono ha seguido en general este modelo en todo el globo desde 2001. Pero ¿qué significa “cooperación” cuando una entidad eclipsa a todas las otras en personal, recursos, y acceso a los que toman las decisiones, mientras controla cada vez más la definición misma de las “amenazas” que hay que encarar?
3. El Pentágono como traficante de armas. En los años de Bush, el Pentágono ha aumentado agresivamente su papel como el principal traficante de armas del planeta, incrementando sus ventas de armas en todos los sitios en los que puede hacerlo – sembrando así el futuro de guerras y conflictos.
En 2006 (el último año para el que se dispone de datos completos), solo EE.UU. representó más de la mitad del comercio mundial de armas, con ventas por 14.000 millones de dólares. Vale la pena destacar un acuerdo por 5.000 millones de dólares de F-16 para Pakistán y un acuerdo por 5.800 millones de dólares para volver a equipar completamente a la fuerza de seguridad interior de Arabia Saudí. Las ventas de armas de EE.UU. para 2006 llegaran a aproximadamente el doble del nivel de cualquier año anterior del gobierno de Bush.
El segundo traficante de armas por su tamaño, Rusia, registró entregas por unos comparativamente despreciables 5.800 millones de dólares, sólo algo más de un tercio de los totales en armas de EE.UU. El aliado Gran Bretaña fue tercero con 3.300 millones – y esos tres países concentran un colosal 85% de los armamentos vendidos ese año, más de un 70% del cual fue destinado al mundo en desarrollo.
Por grandioso que sea en la venta de armas, el Pentágono se distingue por su lentitud al informar sobre sus ventas. Las notificaciones de ventas de armas publicadas por la Agencia de Cooperación en Defensa y Seguridad (DSCA) del Pentágono, sin embargo, ofrecen un camino rudimentario para tomar el pulso del Departamento de Defensa; y, aunque no todos los acuerdos sobre los que se informa han sido finalizados, ese pulso evidentemente se acelera. Hasta mayo de 2008, la DSCA ya había publicado más de 9.100 millones de dólares en notificaciones de ventas de armas, incluyendo equipos de bombas inteligentes para Arabia Saudí, misiles TOW para Kuwait, aviones F-16 para Rumania, y helicópteros Chinook para Canadá.
Para mantener su ventaja en el mercado, el Pentágono nunca detiene sus campañas a alta presión para vender armas en el exterior. Por eso, a pesar de un hombro quebrado, el Secretario de Defensa Gates fue volando en febrero a vender sistemas de armas a países como India e Indonesia, mercados crecientes que son cruciales para los traficantes de armas del Pentágono.
4. El Pentágono como analista de inteligencia y espía: En el área de la “inteligencia”, la expansión del Pentágono – los roles de apropiación de información y análisis – ha sido rápida, torpe, y catastrófica.
El rastreo de la usurpación de inteligencia por el Pentágono no es tarea fácil. Para comenzar, hay docenas de agencias y oficinas del Pentágono que ahora recolectan y analizan información utilizando, desde "humint" (inteligencia humana) a escuchas y satélites. La tarea se hace sólo más difícil por el secreto que rodea las operaciones de inteligencia de EE.UU. y los “presupuestos ocultos” en los que desaparece tanto dinero para la inteligencia.
Pero los resultados finales son suficientemente claros. La absorción de la inteligencia por el Pentágono ha significado menos analistas de inteligencia que hablan árabe, farsi, o pashto y más circos viajeros como esos generales de cuatro estrellas y almirantes de tres galones que articulan temas de conversación aprobados por el gobierno en las noticias por cable y en los programas de entrevistas del domingo por la mañana.
Los presupuestos de inteligencia son secretos, de modo que lo que sabemos al respecto no es exhaustivo – pero los vistazos que han conseguido los analistas sugieren que los gastos totales de inteligencia fueron aproximadamente 26.000 millones de dólares hace una década. Después del 11-S, el Congreso invirtió un montón de dinero adicional en la inteligencia de modo que al llegar 2003, el presupuesto total de inteligencia ya había subido a más de 40.000 millones de dólares.
En 2004, la Comisión del 11-S subrayó las fallas de la inteligencia de la Agencia Central de Inteligencia y de otros en la sopa de letras de la Comunidad de Inteligencia de EE.UU. encargada de recolectar y analizar información sobre amenazas para el país. El Congreso entonces aprobó la ley de “reforma” de la inteligencia, estableciendo la Oficina del Director de Inteligencia Nacional, destinada a dirigir las operaciones de inteligencia. Sin embargo el Directorado Nacional de Inteligencia nunca ocupó ese papel gracias a una dura resistencia de los legisladores favorables a los militares, y el Pentágono mantuvo el control de tres agencias clave de recolección – la Agencia Nacional de Seguridad, la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial y la Agencia Nacional de Reconocimiento.
Como resultado, según Tim Shorrock, periodista de investigación y autor de “Spies for Hire: The Secret World of Intelligence Outsourcing,” el Pentágono controla ahora más de un 80% de los gastos de inteligencia de EE.UU., que calculó en unos 60.000 millones de dólares en 2007. Como observó Mel Goodman, ex funcionario de la CIA y ahora analista en el Centro de Política Internacional: “El Pentágono ha sido el gran vencedor burocrático en todo esto.”
Es un vencedor tan grande que el director de la CIA, Michael Hayden, ahora controla sólo el presupuesto para la propia CIA – unos 4 o 5.000 millones de dólares al año y ya ni siquiera entrega al presidente su ración diaria de inteligencia.
La sombra de la inteligencia del Pentágono se impone mucho más allá de los pasillos de las burocracias de Washington. También se extiende más allá de las montañas de Afganistán. Después que EE.UU. invadió ese país en 2001, el secretario de defensa Rumsfeld admitió que, a menos que el Pentágono controlara la recolección de información y tomara la delantera en la realización de operaciones clandestinas, seguiría dependiendo de – y por lo tanto subordinado a – la Agencia Central de Inteligencia con su control de la inteligencia “en el terreno”.
En uno de los que ahora son conocidos como sus nefarios memorandos, tildados ahora de “copos de nieve” por un personal que los veía caer regularmente desde lo alto, afirmó que, si la Guerra contra el Terror se extendía lejos hacia el futuro, no quería continuar con la “dependencia casi total de la CIA” del Pentágono. Y así, Rumsfeld, estableció una organización directamente competidora, la Unidad de Apoyo Estratégico del Pentágono, que colocó los componentes de recolección de inteligencia de las Fuerzas Especiales de EE.UU. bajo un solo techo que dependía directamente de su persona. (Mucha gente en la comunidad de la inteligencia consideró que la oficina era ilegítima, pero Rumsfeld iba volando alto y no pudieron hacer nada.)
Como escribiera en enero de 2005 Seymour Hersh, quien repetidamente hizo públicas historias en el New Yorker sobre las fechorías del Pentágono en la Guerra Global contra el Terror, el gobierno de Bush ya había “consolidado el control sobre los análisis estratégicos y las operaciones clandestinas de las comunidades militares y de inteligencia en un grado sin igual desde el inicio del Estado nacional de seguridad posterior a la Segunda Guerra Mundial.”
En su apuro por invadir Iraq, los civiles que dirigían el Pentágono también fusionaron la maquinaria de propaganda del gobierno con la inteligencia militar. En 2002, el subsecretario de Defensa, Douglas Feith, estableció la Oficina de Planes Especiales (OSP) en el Pentágono para suministrar “información actuable” a los responsables políticos de la Casa Blanca. Utilizando informes existentes de inteligencia “purgados” de modificadores como “probablemente” o “podría,” o a veces simplemente amañados, la oficina logró convertir en hechos escenarios del peor de los casos sobre presuntos programas de Sadam Husein para desarrollar armas de destrucción masiva, y luego, mediante filtraciones, utilizar a los medios noticiosos para validarlos.
El ex director de la CIA, Robert Gates, quien se hizo cargo del Pentágono cuando Donald Rumsfeld renunció en noviembre de 2006, se ha mostrado crítico de la “dominación” del Pentágono en la inteligencia y de la “decadencia del papel central de la CIA.” También ha indicado su intención de reducir la larga sombra de inteligencia del Pentágono; pero, incluso si lo dice en serio, tendrá trabajo para rato. Mientras tanto, el Pentágono sigue produciendo abundante “inteligencia” sospechosa, para decirlo cortésmente, proveniente de confesiones de sospechosos de terrorismo inducidas por la tortura y obras que revelan los orígenes iraníes de sofisticados artefactos explosivos hallados en Iraq.
5. El Pentágono como administrador de desastres interiores: Cuando los que deciden en Washington comienzan a ver al Pentágono como la solución de los problemas del mundo, suceden cosas extrañas. De hecho, en los años de Bush, el Pentágono se ha convertido en el primer socorrista oficial de último recurso en caso de casi cualquier desastre – desde tornados, huracanes, e inundaciones a disturbios civiles, potenciales estallidos de enfermedades, o posibles ataques biológicos o químicos. En 2002, en una señal reveladora de la expansión de los objetivos de la misión original del Pentágono, el presidente Bush estableció el primer comando militar interior desde la guerra civil: el Comando del Norte de EE.UU. (Northcom). Su misión: la “preparación para, la prevención de, la disuasión de, la defensa contra y la reacción ante, amenazas y agresión dirigidas contra el territorio, la soberanía, la población interior, y la infraestructura de EE.UU.; así como la gestión de crisis, la dirección de repercusiones, y otro apoyo civil interior.”
Si suena algo difícil, así lo es.
En los últimos seis años, Northcom ha sido notablemente infructuoso en todo, pero ha expandido su alcance teórico. Al comando le asignaron inicialmente 1.300 personas del Departamento de Defensa, pero desde entonces ha crecido hasta ser una fuerza de más de 15.000. Incluso las críticas sólo parecen fortalecer su papel en el interior. Por ejemplo, un informe de la Oficina de Responsabilidad Gubernamental [GAO] de abril de 2008 estableció que Northcom no se había comunicado efectivamente con dirigentes estatales y locales o con unidades de la Guardia Nacional sobre sus planes recientemente desarrollados para la reacción ante desastres y actos de terrorismo. ¿El resultado? Northcom dice que entrenará para otoño de este año a su primera unidad de tamaño de brigada de personal militar para ayudar a las autoridades locales a fin de reaccionar ante incidentes químicos, biológicos, o nucleares. Hay que marcarlo en los calendarios.
Más que ninguna otra cosa, Northcom ha suministrado al Pentágono la apertura que necesitaba para entrar vigorosamente a las áreas de desastre interior previamente atendidas por autoridades civiles nacionales, estatales y locales.
Por ejemplo, el director adjunto de Northcom, brigadier general Robert Felderman,
se enorgullece de que el comando es ahora el “sincronizador global – el coordinador global – para la gripe de todos los comandos combatientes” de EE.UU. De la misma manera, Northcom ahora patrocina conferencias anuales de preparación para huracanes y asegura a todo el que quiera escuchar que está “preparado para participar plenamente en forma activa” en futuras situaciones similares a Katrina “a fin de salvar vidas, reducir el sufrimiento y proteger la infraestructura.”
Desde luego, el Pentágono es actualmente la parte del gobierno que devora los fondos que de otra manera podrían ser gastados para reforzar obras públicas que datan de la era de la Depresión de EE.UU., que aseguran que el Pentágono tenga suficientes problemas ante los cuales tenga que reaccionar en el futuro.
La Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles, por ejemplo, estima que se necesitan urgentemente 1,6 billones de dólares para convertir la infraestructura de la nación en algo que puede ser protegido, o sea 320.000 millones de dólares por año en los próximos cinco años. Al evaluar los actuales sistemas de suministro de agua, carreteras, puentes, y represas en todo el país, los ingenieros dieron a la infraestructura una serie de notas C y D.
Mientras tanto, los militares vienen marchando. Katrina, por ejemplo, tocó tierra el 29 de agosto de 2005. El presidente Bush ordenó el despliegue de tropas a Nueva Orleans el 2 de septiembre para coordinar la entrega de alimentos y agua y servir como disuasivo contra saqueos y violencia. Menos de un mes después, el presidente Bush solicitó al Congreso que transfiriera la responsabilidad para futuros desastres de los gobiernos estatales y del Departamento de Seguridad Interior al Pentágono.
El mes siguiente, el presidente Bush volvió a ofrecer a los militares como su solución – esta vez ante temores globales sobre brotes del virus de la gripe aviaria. Sugirió que, para imponer una cuarentena: “Una opción es el uso de los militares que son capaces de planificar y actuar.”
Numerosos militares han mostrado frialdad ante tales sugerencias porque ya se hunden bajo el peso de su expansión y de dos guerras debilitantes, igual que el Congreso, preocupado de mantener los derechos de los Estados y el control civil. Ofrecer a los militares como la solución para los desastres naturales interiores y brotes de gripe significa no prestar suficiente atención presupuestaria a otros primeros socorristas. Es poco probable, sin embargo, que Northcom, que ahora viaja en el tren del dinero, sea relegado tranquilamente al olvido en los años por venir.
6. El Pentágono como proveedor de cuidados humanitarios en el exterior: La Agencia para la Ayuda Internacional de EE.UU. [USAID] y el Departamento de Estado han sido tradicionalmente los encargados de reaccionar ante desastres en el exterior; pero, desde las costas devastadas por el tsunami de Indonesia a Myanmar después del reciente ciclón, la catástrofe natural se ha convertido en otra oportunidad presidencial para “enviar a los marines” (por así decir). El Pentágono ha iniciado crecientemente la planificación humanitaria, obteniendo una parte cada vez mayor de las misiones humanitarias de EE.UU.
De Kenia a Afganistán, de las Filipinas a Perú, los militares de EE.UU. son también los que construyen regularmente escuelas y clínicas dentales, reparan carreteras y apuntalan puentes, atienden a niños enfermos y reparten dinero en efectivo y alimentos muy necesitados, todas las cuales fueron otrora responsabilidades civiles.
El Centro para Desarrollo Global establece que el cupo del Pentágono de “ayuda oficial al desarrollo” – pensad en “ganar corazones y mentes” o de “construcción de la nación” – ha aumentado de un 6% a un 22% entre 2002 y 2005. El Pentágono está usurpando rápidamente la actividad de desarrollo de la comunidad de las ONG y de agencias civiles, colocando una cara sonriente a operaciones militares en Iraq, Afganistán y otros sitios.
A pesar de las limitaciones obvias de la conversión de una fuerza entrenada para matar y destruir en un cuadro de cuidadores, el proyecto mili-humanitario del Pentágono recibió un gran estímulo del dinero que fue incautado de los cofres secretos de Sadam Husein. Una parte fue repartida a comandantes locales estadounidenses para que encararan necesidades iraquíes inmediatas y para cerrar tratos en los meses después de la caída de Bagdad en abril de 2003. Lo que fue inicialmente un programa con fines específicos tiene ahora un nombre oficial – el Programa de Reacción de Emergencia de Comandantes (CERP) – y una línea en el presupuesto del Pentágono.
Ante el Comité Presupuestario de la Cámara, el verano pasado, Gordon England, Secretario Adjunto de Defensa, dijo a miembros del Congreso que el CERP era una “iniciativa particularmente efectiva,” y explicó que el programa suministra “fondos limitados pero inmediatamente disponibles” a comandantes militares que pueden gastarlos “para marcar una diferencia concreta en la vida diaria de la gente.” Esto, afirmó, es ahora una “parte clave del enfoque de contrainsurgencia más amplio.” Agregó que sirve el propósito de “complementar iniciativas de seguridad” y que tiene tanto éxito que muchos comandantes lo consideran “el arma más poderosa en su arsenal.”
En realidad, el Pentágono no hace muy bien el trabajo humanitario. En Afganistán, por ejemplo, paquetes de alimentos lanzados por aviones de EE.UU. tenían el mismo color que las municiones de racimo lanzadas también por aviones de EE.UU.; mientras escuelas y clínicas construidas por fuerzas de EE.UU. se convirtieron a menudo en objetivos incluso antes de poder ser utilizadas. En Iraq, resultó que el dinero repartido al grupo sectario de la semana del Pentágono para pozos y generadores era gastado con la misma facilidad para comprar explosivos y AK-47.
7. El Pentágono como virrey global y rey de los cielos: En los años de Bush, el Pentágono terminó dividiendo el globo en “comandos” militares, que son funcionalmente virreinatos. Es verdad que incluso antes del 11-S era difícil imaginar un sitio en el globo en el que no estuvieran los militares de EE.UU., pero hasta hace poco, el continente africano podría haber sido ese sitio.
Junto con la creación de Northcom, sin embargo, el establecimiento del Comando África de EE.UU. (Africom) en 2008, llenó oficialmente el último sitio vacío del Pentágono en el mapa. Un documento militar clave, la Estrategia Nacional de Seguridad de 2006 para EE.UU. mencionó la acción, afirmando que “África posee creciente importancia geoestratégica y es una alta prioridad para este gobierno.” (Pensad en: petróleo y otras materias primas esenciales.)
Mientras tanto, el financiamiento para África bajo el mayor programa de ayuda militar de EE.UU., el Financiamiento Militar Exterior, fue duplicado de 10 a 20 millones de dólares entre 2000 y 2006, y la cantidad de naciones destinatarias aumentó de dos a catorce. El financiamiento para entrenamiento militar aumentó en un 35% en ese mismo período (aumentando de 8,1 millones de dólares a 11 millones). Actualmente, los militares de 47 naciones africanas reciben entrenamiento estadounidense.
En términos de planificación del Pentágono, Africom unifica por primera vez el continente. (Sólo Egipto permanece bajo la tutela del Comando Central de EE.UU.) Según el presidente Bush, esto debería “realzar nuestros esfuerzos por llevar la paz y la seguridad al pueblo de África y promover nuestros objetivos comunes de desarrollo, salud, educación, democracia, y crecimiento económico en África.”
Theresa Whelan, subsecretaria de defensa para asuntos africanos, sigue insistiendo en que Africom no ha sido formado ni para facilitar las guerra (“involucrarse cinéticamente en África”), ni para asignar una porción de las materias primas del continente al estilo del colonialismo del Siglo XIX. “Esto no tiene que ver,” dice, “con una pelea por el continente.” Pero hay una cosa sobre la cual no puede caber duda: Tiene que ver con aumentar el alcance global del Pentágono.
Mientras tanto, por si la Tierra no fuera suficiente, el control de los cielos sigue siendo una posibilidad. En agosto de 2006, sobre la base de documentos anteriores como la Visión para 2020 del Comando Espacial de EE.UU., de 1998. (Que proponía una política de “dominio de espectro completo”), el gobierno de Bush desveló su "política espacial nacional.” Propugnaba el establecimiento, defensa, y extensión del control de EE.UU. sobre recursos espaciales y argumentaba a favor de derechos “ilimitados” en el espacio. El documento también afirmó que “la libertad de acción en el espacio es tan importante para EE.UU. como el poder aéreo y el poder marítimo.”
Como dice el documento: “En el nuevo siglo, los que utilicen efectivamente el espacio gozarán de más prosperidad y seguridad y tendrán una ventaja sustancial sobre los que no lo hacen.” (Los dirigentes de China, Rusia, y otros Estados importante indudablemente oyeron la resonante bofetada del desafío.) Por el momento, la retórica y los planes del gobierno de Bush superan los recursos dedicados a la tecnología de armas espaciales, pero en el presupuesto recientemente anunciado, el presidente asignó casi mil millones de dólares a programas de armas basadas en el espacio.
De todas las fronteras de expansión, tal vez ninguna es más impresionante que las escapadas del Pentágono hacia el futuro. ¿Ofrece el Departamento de Transporte una Visión para 2030? ¿Desarrolla planes la Agencia de Protección del Medio Ambiente para los próximos cincuenta años? ¿Tiene el Departamento de Salud y Servicios Humanos un equipo de profesionales en Power-Point que preparen gráficos dinámicos sobre cómo serán en 2050 los servicios para los adultos mayores?
Esas agencias proyectan presupuestos sólo muy cercanos al próximo decenio. Sólo el Pentágono proyecta el poder y la posibilidad para décadas futuras, colonizando la imaginación con montones de diferentes escenarios según los cuales, continuará controlando cada año cientos de miles de millones de dólares del contribuyente.
Complex [Complejo] 2030, Vision 2020, UAV Roadmap [Mapa de ruta para vehículos aéreos no tripulados] 2030, los Sistemas Futuros de Combate del Ejército – los nombres, que parecen interminables, lo dicen todo.
A medida que el reloj cuenta los minutos hasta el 4 de noviembre de 2008, mucha gente está invirtiendo esperanzas (así como dinero y tiempo) en la posibilidad de un cambio en 1600 Avenida Pennsylvania [Casa Blanca]. Pero en lo que tiene que ver con el Pentágono, no hay que contar demasiado con un cambio, no importa quien vaya a ser el nuevo presidente. A fin de cuentas, después de siete años, cuatro meses, y unos pocos días de presidencia de Bush, el Pentágono está profundamente atrincherado en Washington y sigue expandiendo agresivamente. Le ha tomado el gusto a un poder sin rival y a un acceso inigualable al tesoro de EE.UU. Es una institución que ha escapado al equilibrio de poderes de la nación.
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Frida Berrigan es Asociada Principal de Programas de la Iniciativa Armas y Seguridad de la New America Foundation. Es columnista de Foreign Policy in Focus y editora colaboradora de la revista In These Times. Es autora de informes sobre el tráfico de armas y derechos humanos, la política de armas nucleares de EE.UU., y la política interior de defensa de misiles de EE.UU. y la política de armas espaciales. Para contactos, escriba a: berrigan@newamerica.net.
Copyright 2008 Frida Berrigan
Enlace al texto original
Frida Berrigan
Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Introducción del editor de Tom Dispatch:
El Pentágono se hace cargo
Hay palabras que pueden ser clavadas sobre los años de Bush como un ramillete marchito: “No sabemos para qué gastamos el dinero.” Es una cita de Mary Ugone, la vice-inspectora general para auditoría del Departamento de Defensa, respecto a los masivos pagos del Pentágono hechos durante la ocupación y la guerra en Iraq para los que no existe una documentación (o es groseramente inadecuada). De hecho, según el inspector general del Departamento de Defensa, “el Pentágono no puede dar cuenta de casi 15.000 millones de dólares en bienes y servicios que van desde camiones, agua embotellada y colchones, a granadas impulsadas por cohetes y ametralladoras, que fueron compradas a contratistas en el esfuerzo de reconstrucción de Iraq.” Una auditoría interna de 8.000 millones de dólares que el Pentágono pagó a contratistas privados estadounidenses e iraquíes estableció que “casi ninguna transacción cumplió con leyes o regulaciones federales para impedir el fraude, en algunos casos careciendo incluso de facturas básicas que expliquen como se gastó el dinero.”
Es, hay que admitir, calderilla para el Pentágono en la era de Bush. E incluso cuando se intenta una “reforma”, la medicina es a menudo peor que la enfermedad. Por ejemplo, críticos en el Congreso, entre otros, han acusado al contratista privado KBR, basado en Houston, anteriormente una división de Halliburton, de derroche y mala administración y de explotación de sus vínculos políticos con el vicepresidente Dick Cheney” en el cumplimiento de enormes contratos para apoyar a las tropas de EE.UU. en Iraq. Ahora, el Pentágono planea reparar sus faltas dividiendo el último contrato por alimentos, albergues, y servicios básicos en Iraq entre KBR y otros dos grandes contratistas, Fluor Corporation y DynCorp International. Según el New York Times: “En realidad, el nuevo convenio de tres compañías podría resultar en gastos más elevados para el contribuyente estadounidense y en una supervisión débil por las fuerzas armadas.”
Estos detalles reveladores surgieron la semana pasada de las profundidades subterráneas del Pentágono hinchado de la era Bush. Como indica Frida Berrigan en uno de los artículos más importantes que Tomdispatch haya publicado, la masiva expansión del Pentágono en casi todos los frentes durante los dos períodos de George W. Bush puede ser la mayor historia relatada sobre nuestros días. Podría, en los hechos, ser la historia estadounidense más importante del nuevo siglo, y aunque muchas de sus partes disímiles pueden ser encontradas en los periódicos, los medios dominantes no han ofrecido todavía una visión significativa del Pentágono en nuestros tiempos. Esto dice mucho sobre lo que no se encara en nuestro mundo. Cómo, por ejemplo, es posible que haya una campaña electoral presidencial que dura años, en la que el tamaño del Pentágono nunca aparece como tema (a menos que los candidatos se afanen por una expansión del tamaño de las tropas de EE.UU.)
Como parte de su continua consideración del legado que Bush está dejando al pueblo de EE.UU. Tomdispatch lanza hoy una exploración en tres partes del papel del Pentágono en los años de Bush. (Las otras dos partes aparecerán en los próximos meses.) La serie está en las capaces manos de Frida Berrigan y Bill Hartung, expertos militares en la Iniciativa de Armas y Seguridad de la New America Foundation. No hay que perdérsela. Tom
Atrincherado, arraigado, e inamovible
La expansión del Pentágono será el legado perdurable de Bush
Frida Berrigan
Una industria artesanal hecha y derecha ya se dedica a los que esperan ansiosamente el fin del gobierno de Bush, ofreciendo la venta de calendarios, imanes, y camisetas, así como contadores y gráficas para descargas a blogs y sitios en la Red. Pero cuando termine el conteo regresivo y George W. Bush desocupe el Despacho Oval, dejará un legado que habrá que enfrentar. Ciertamente, lega a su sucesor un mundo desfigurado por la guerra y desbaratado por las privaciones, pero tal vez su legado más perdurable está ahora profundamente empotrado en la política del área de Washington – un Pentágono tan metastaseado que es casi irreconocible.
El masivo crecimiento del Pentágono durante estos últimos siete años no será deshecho fácilmente, no importa quién se ponga el manto presidencial el 19 de enero de 2009. “El Pentágono” es ahora mucho más que un edificio de cinco lados al otro lado del Potomac desde Washington o incluso la sede del Departamento de Defensa. De muchas maneras, desafía toda descripción o designación.
¿Quién llega a recordar, hoy en día, el debate al terminar la Guerra Fría sobre el papel que correspondería al poder militar de EE.UU. en un mundo “unipolar”? ¿Estaba tan bien establecida la supremacía de EE.UU., preguntaban entonces los eruditos, que Washington podía basarse en un poder económico y cultural más blando, y que el poder militar fuera sólo un respaldo (y un “dividendo de paz” interior por añadidura)? ¿O debía colocarse EE.UU. las seis pistolas de un alguacil global y patrullar el mundo como fuente de “intervenciones humanitarias”? ¿O había llegado el momento de declarar audazmente que somos la única superpotencia del mundo y esgrimir unas fuerzas armadas de alta tecnología sin igual, desanimar activamente de llegar a pensar en una rivalidad futura a cualquier otra potencia o bloque de poder?
Los ataques del 11 de septiembre de 2001 terminaron decisivamente con ese debate. El gobierno de Bush declaró rápidamente la guerra total en todos los frentes – contra pueblos, ideologías y, sobre todo, el “terrorismo” (una táctica de los débiles). En ese mismo mes de septiembre, responsables del gobierno filtraron orgullosamente la información de que estaban listos para “apuntar” a hasta 60 otras naciones y a los movimientos terroristas dentro de ellas.
La “huella” del Pentágono debía ser implantada firmemente: base militar tras base militar en todo el planeta, con énfasis especial en sus centros energéticos. Altos funcionarios del gobierno comenzaron a preparar al Pentágono para que fuera a cualquier parte e hiciera lo que quisiera, mientras reescribían, desgarraban, o ignoraban cualesquiera leyes, nacionales o internacionales, que constituyeran un obstáculo. En 2002, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld articuló oficialmente una nueva postura militar de EE.UU. que, era poco menos que revolucionaria en su concepción. Se llamaba – en típica abreviatura del Pentágono – una Estrategia de Defensa 1-4-2-1- (reemplazando el plan no demasiado modesto del gobierno de Clinton de prepararse para librar simultáneamente dos grandes guerras – en Oriente Próximo y el Noreste de Asia.)
Teóricamente, esta estrategia significaba que el Pentágono debía prepararse para defender a EE.UU., mientras creaba fuerzas capaces de disuadir la agresión y la coerción en cuatro “regiones críticas” (Europa, el Noreste de Asia, el Este de Asia, y Oriente Próximo). Sería capaz de derrotar simultáneamente la agresión en dos de estas regiones y “ganar decisivamente” en uno de esos conflictos “en un momento y un sitio elegido por nosotros.” De ahí 1-4-2-1.
Y eso fue sólo el comienzo. Ya habíamos, para entonces, entrado a la nueva era del Mega-Pentágono. Casi seis años después, la escala de la expansión de esa institución aún no ha sido completamente comprendida, así que consideremos sólo siete de las principales maneras mediante las cuales el Pentágono ha vivido la expansión – y un salto – más allá de su misión original, eclipsando a otras instituciones de gobierno al hacerlo.
1. El Pentágono revienta-presupuestos: El presupuesto base del Pentágono – que ya ascendía a alarmantes 300.000 millones de dólares cuando George W. Bush se hizo cargo de la presidencia – se ha casi duplicado mientras él ha estado parqueado tras el inmenso escritorio del Despacho Oval. Para el año fiscal 2009, el presupuesto regular del Pentágono totalizará aproximadamente 541.000 millones de dólares (incluyendo el trabajo en ojivas nucleares y reactores navales en el Departamento de Energía).
El gobierno de Bush ha presidido sobre uno de los mayores fortalecimientos militares en la historia de EE.UU. Y eso es antes de que lleguemos a contar los “gastos en guerras.” Si tenemos en cuenta los costes directos de las guerras en Iraq y Afganistán, así como la Guerra Global contra el Terror, los gastos de “defensa” han sido esencialmente triplicados.
Desde febrero de 2008, según la Oficina de Presupuestos del Congreso, los legisladores han asignado 752.000 millones de dólares para la guerra y ocupación de Iraq, las continuas operaciones militares en Afganistán, y otras actividades asociadas con la Guerra Global contra el Terror. El Pentágono estima que necesitará otros 170.000 millones para el año fiscal 2009, lo que significa que, con 922.000 millones de dólares, los gastos directos para las guerras desde 2001 serían cercanos a la marca de los tres billones de dólares.
Como ha señalado el columnista del New York Times, Bob Herbert, si una pila de billetes de unos 15 centímetros de alto tiene un valor de 1 millón de dólares; entonces, una pila de 1.000 millones tendría la altura del Monumento a Washington, y una pila de 1 billón de dólares tendría una altura de 153 kilómetros. Nótese que ninguno de estos fondos para librar guerras es siquiera contado como parte del presupuesto militar anual, sino que son proporcionados por el Congreso en la forma de “suplementos de emergencia” varias veces al año.
Si se agrega la guerra al presupuesto base del Pentágono, EE.UU. gasta ahora casi tanto en asuntos militares como el conjunto del resto del mundo. Los gastos militares también dejan a la sombra todas las otras partes del presupuesto federal, al representar 58 centavos de cada dólar gastado por el gobierno federal en “programas discrecionales” (los que el Congreso aumenta o reduce sobre una base anual).
El presupuesto total del Pentágono representa más que los gastos combinados en educación, protección medioambiental, justicia, prestaciones para veteranos, ayuda habitacional, transporte, formación profesional, agricultura, energía, y desarrollo económico de EE.UU. No es sorprendente, por lo tanto que, ya que cobra cada vez más dinero, el Pentágono está tomando (o se apodera de) cada vez más funciones y roles.
2. El Pentágono como diplomático: El gobierno de Bush ha exhibido una y otra vez su desdén por la discusión y el compromiso, por tratados y acuerdos, y una admiración igualmente profunda por lo que puede ganar mediante la amenaza y la fuerza. No es sorprendente, por lo tanto, que la agenda de política exterior de la Casa Blanca haya sido dirigida cada vez más a través de los militares. Con un presupuesto militar que es más de 30 veces superior a la suma en conjunto de todas las operaciones del Departamento de Estado y de toda la ayuda no militar al extranjero, el Pentágono ha penetrado en dos bastiones tradicionales del Departamento de Estado – la diplomacia y el desarrollo – duplicando o reemplazando gran parte de su trabajo, a menudo a través de un reenfoque de la diplomacia de Washington hacia relaciones de militar a militar, en lugar de diplomático a diplomático.
Desde fines del Siglo XVIII, el embajador de EE.UU. en cualquier país ha sido considerado como representante personal del presidente, responsable de asegurar que se cumplan los objetivos de política exterior. Como explicó un embajador: “La regla es: si estás en el país, trabajas para el embajador. Si no trabajas para el embajador, no recibes permiso para ese país.”
En la era de Bush, el Pentágono ha trastocado este modelo. Según el informe del Congreso de 2006, por el senador Richard Lugar (republicano de Indiana): “Las embajadas como puestos de comando en la campaña contra el terror”, el personal civil en muchas embajadas se sienten ahora ocupados por, excedidos en número por, y subordinados a personal militar. Se ven como un equipo de segunda cuando se trata de tomar decisiones. Incluso el Secretario de Defensa Robert Gates es consciente del problema, al señalar, como lo hizo en noviembre pasado, que hay “sólo unos 6.600 agentes profesionales del Servicio Exterior – menos que el personal de un grupo de ataque de portaaviones.” Pero, típicamente, agregó que, aunque el Departamento de Estado pueda necesitar más recursos: “No me entiendan mal, pediré aún más dinero para Defensa el próximo año.” Otro embajador lamentó que sus homólogos extranjeros “sigan el dinero” y desarrollen relaciones con personal militar de EE.UU. en lugar de cultivar contactos con sus homólogos en el Departamento de Estado.
El Pentágono expresa invariablemente su imperialismo burocrático en términos de “cooperación entre-agencias.” Por ejemplo, el año pasado el Comando Sur de EE.UU. (Southcom) publicó la Estrategia de Comando 2016, un documento que identificó la pobreza, el crimen, y la corrupción como los problemas clave de “seguridad” en Latinoamérica. Sugirió que Southcom, un comando de seguridad, debería, en los hechos, ser el “actor central para abordar... problemas regionales” que concernían previamente a agencias civiles. Luego se promocionó como el futuro centro de un “comando de seguridad conjunto entre agencias... en apoyo de la seguridad, la estabilidad y la prosperidad en la región.”
Como lo describiera vívidamente el jefe de Southcom, comandante James Stavridis, el comando gusta ahora de verse como un “gran cubo de Velcro en el que se pueden enganchar esas otras agencias para que podamos hacer colectivamente lo que sea necesario en esta región.”
El Pentágono ha seguido en general este modelo en todo el globo desde 2001. Pero ¿qué significa “cooperación” cuando una entidad eclipsa a todas las otras en personal, recursos, y acceso a los que toman las decisiones, mientras controla cada vez más la definición misma de las “amenazas” que hay que encarar?
3. El Pentágono como traficante de armas. En los años de Bush, el Pentágono ha aumentado agresivamente su papel como el principal traficante de armas del planeta, incrementando sus ventas de armas en todos los sitios en los que puede hacerlo – sembrando así el futuro de guerras y conflictos.
En 2006 (el último año para el que se dispone de datos completos), solo EE.UU. representó más de la mitad del comercio mundial de armas, con ventas por 14.000 millones de dólares. Vale la pena destacar un acuerdo por 5.000 millones de dólares de F-16 para Pakistán y un acuerdo por 5.800 millones de dólares para volver a equipar completamente a la fuerza de seguridad interior de Arabia Saudí. Las ventas de armas de EE.UU. para 2006 llegaran a aproximadamente el doble del nivel de cualquier año anterior del gobierno de Bush.
El segundo traficante de armas por su tamaño, Rusia, registró entregas por unos comparativamente despreciables 5.800 millones de dólares, sólo algo más de un tercio de los totales en armas de EE.UU. El aliado Gran Bretaña fue tercero con 3.300 millones – y esos tres países concentran un colosal 85% de los armamentos vendidos ese año, más de un 70% del cual fue destinado al mundo en desarrollo.
Por grandioso que sea en la venta de armas, el Pentágono se distingue por su lentitud al informar sobre sus ventas. Las notificaciones de ventas de armas publicadas por la Agencia de Cooperación en Defensa y Seguridad (DSCA) del Pentágono, sin embargo, ofrecen un camino rudimentario para tomar el pulso del Departamento de Defensa; y, aunque no todos los acuerdos sobre los que se informa han sido finalizados, ese pulso evidentemente se acelera. Hasta mayo de 2008, la DSCA ya había publicado más de 9.100 millones de dólares en notificaciones de ventas de armas, incluyendo equipos de bombas inteligentes para Arabia Saudí, misiles TOW para Kuwait, aviones F-16 para Rumania, y helicópteros Chinook para Canadá.
Para mantener su ventaja en el mercado, el Pentágono nunca detiene sus campañas a alta presión para vender armas en el exterior. Por eso, a pesar de un hombro quebrado, el Secretario de Defensa Gates fue volando en febrero a vender sistemas de armas a países como India e Indonesia, mercados crecientes que son cruciales para los traficantes de armas del Pentágono.
4. El Pentágono como analista de inteligencia y espía: En el área de la “inteligencia”, la expansión del Pentágono – los roles de apropiación de información y análisis – ha sido rápida, torpe, y catastrófica.
El rastreo de la usurpación de inteligencia por el Pentágono no es tarea fácil. Para comenzar, hay docenas de agencias y oficinas del Pentágono que ahora recolectan y analizan información utilizando, desde "humint" (inteligencia humana) a escuchas y satélites. La tarea se hace sólo más difícil por el secreto que rodea las operaciones de inteligencia de EE.UU. y los “presupuestos ocultos” en los que desaparece tanto dinero para la inteligencia.
Pero los resultados finales son suficientemente claros. La absorción de la inteligencia por el Pentágono ha significado menos analistas de inteligencia que hablan árabe, farsi, o pashto y más circos viajeros como esos generales de cuatro estrellas y almirantes de tres galones que articulan temas de conversación aprobados por el gobierno en las noticias por cable y en los programas de entrevistas del domingo por la mañana.
Los presupuestos de inteligencia son secretos, de modo que lo que sabemos al respecto no es exhaustivo – pero los vistazos que han conseguido los analistas sugieren que los gastos totales de inteligencia fueron aproximadamente 26.000 millones de dólares hace una década. Después del 11-S, el Congreso invirtió un montón de dinero adicional en la inteligencia de modo que al llegar 2003, el presupuesto total de inteligencia ya había subido a más de 40.000 millones de dólares.
En 2004, la Comisión del 11-S subrayó las fallas de la inteligencia de la Agencia Central de Inteligencia y de otros en la sopa de letras de la Comunidad de Inteligencia de EE.UU. encargada de recolectar y analizar información sobre amenazas para el país. El Congreso entonces aprobó la ley de “reforma” de la inteligencia, estableciendo la Oficina del Director de Inteligencia Nacional, destinada a dirigir las operaciones de inteligencia. Sin embargo el Directorado Nacional de Inteligencia nunca ocupó ese papel gracias a una dura resistencia de los legisladores favorables a los militares, y el Pentágono mantuvo el control de tres agencias clave de recolección – la Agencia Nacional de Seguridad, la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial y la Agencia Nacional de Reconocimiento.
Como resultado, según Tim Shorrock, periodista de investigación y autor de “Spies for Hire: The Secret World of Intelligence Outsourcing,” el Pentágono controla ahora más de un 80% de los gastos de inteligencia de EE.UU., que calculó en unos 60.000 millones de dólares en 2007. Como observó Mel Goodman, ex funcionario de la CIA y ahora analista en el Centro de Política Internacional: “El Pentágono ha sido el gran vencedor burocrático en todo esto.”
Es un vencedor tan grande que el director de la CIA, Michael Hayden, ahora controla sólo el presupuesto para la propia CIA – unos 4 o 5.000 millones de dólares al año y ya ni siquiera entrega al presidente su ración diaria de inteligencia.
La sombra de la inteligencia del Pentágono se impone mucho más allá de los pasillos de las burocracias de Washington. También se extiende más allá de las montañas de Afganistán. Después que EE.UU. invadió ese país en 2001, el secretario de defensa Rumsfeld admitió que, a menos que el Pentágono controlara la recolección de información y tomara la delantera en la realización de operaciones clandestinas, seguiría dependiendo de – y por lo tanto subordinado a – la Agencia Central de Inteligencia con su control de la inteligencia “en el terreno”.
En uno de los que ahora son conocidos como sus nefarios memorandos, tildados ahora de “copos de nieve” por un personal que los veía caer regularmente desde lo alto, afirmó que, si la Guerra contra el Terror se extendía lejos hacia el futuro, no quería continuar con la “dependencia casi total de la CIA” del Pentágono. Y así, Rumsfeld, estableció una organización directamente competidora, la Unidad de Apoyo Estratégico del Pentágono, que colocó los componentes de recolección de inteligencia de las Fuerzas Especiales de EE.UU. bajo un solo techo que dependía directamente de su persona. (Mucha gente en la comunidad de la inteligencia consideró que la oficina era ilegítima, pero Rumsfeld iba volando alto y no pudieron hacer nada.)
Como escribiera en enero de 2005 Seymour Hersh, quien repetidamente hizo públicas historias en el New Yorker sobre las fechorías del Pentágono en la Guerra Global contra el Terror, el gobierno de Bush ya había “consolidado el control sobre los análisis estratégicos y las operaciones clandestinas de las comunidades militares y de inteligencia en un grado sin igual desde el inicio del Estado nacional de seguridad posterior a la Segunda Guerra Mundial.”
En su apuro por invadir Iraq, los civiles que dirigían el Pentágono también fusionaron la maquinaria de propaganda del gobierno con la inteligencia militar. En 2002, el subsecretario de Defensa, Douglas Feith, estableció la Oficina de Planes Especiales (OSP) en el Pentágono para suministrar “información actuable” a los responsables políticos de la Casa Blanca. Utilizando informes existentes de inteligencia “purgados” de modificadores como “probablemente” o “podría,” o a veces simplemente amañados, la oficina logró convertir en hechos escenarios del peor de los casos sobre presuntos programas de Sadam Husein para desarrollar armas de destrucción masiva, y luego, mediante filtraciones, utilizar a los medios noticiosos para validarlos.
El ex director de la CIA, Robert Gates, quien se hizo cargo del Pentágono cuando Donald Rumsfeld renunció en noviembre de 2006, se ha mostrado crítico de la “dominación” del Pentágono en la inteligencia y de la “decadencia del papel central de la CIA.” También ha indicado su intención de reducir la larga sombra de inteligencia del Pentágono; pero, incluso si lo dice en serio, tendrá trabajo para rato. Mientras tanto, el Pentágono sigue produciendo abundante “inteligencia” sospechosa, para decirlo cortésmente, proveniente de confesiones de sospechosos de terrorismo inducidas por la tortura y obras que revelan los orígenes iraníes de sofisticados artefactos explosivos hallados en Iraq.
5. El Pentágono como administrador de desastres interiores: Cuando los que deciden en Washington comienzan a ver al Pentágono como la solución de los problemas del mundo, suceden cosas extrañas. De hecho, en los años de Bush, el Pentágono se ha convertido en el primer socorrista oficial de último recurso en caso de casi cualquier desastre – desde tornados, huracanes, e inundaciones a disturbios civiles, potenciales estallidos de enfermedades, o posibles ataques biológicos o químicos. En 2002, en una señal reveladora de la expansión de los objetivos de la misión original del Pentágono, el presidente Bush estableció el primer comando militar interior desde la guerra civil: el Comando del Norte de EE.UU. (Northcom). Su misión: la “preparación para, la prevención de, la disuasión de, la defensa contra y la reacción ante, amenazas y agresión dirigidas contra el territorio, la soberanía, la población interior, y la infraestructura de EE.UU.; así como la gestión de crisis, la dirección de repercusiones, y otro apoyo civil interior.”
Si suena algo difícil, así lo es.
En los últimos seis años, Northcom ha sido notablemente infructuoso en todo, pero ha expandido su alcance teórico. Al comando le asignaron inicialmente 1.300 personas del Departamento de Defensa, pero desde entonces ha crecido hasta ser una fuerza de más de 15.000. Incluso las críticas sólo parecen fortalecer su papel en el interior. Por ejemplo, un informe de la Oficina de Responsabilidad Gubernamental [GAO] de abril de 2008 estableció que Northcom no se había comunicado efectivamente con dirigentes estatales y locales o con unidades de la Guardia Nacional sobre sus planes recientemente desarrollados para la reacción ante desastres y actos de terrorismo. ¿El resultado? Northcom dice que entrenará para otoño de este año a su primera unidad de tamaño de brigada de personal militar para ayudar a las autoridades locales a fin de reaccionar ante incidentes químicos, biológicos, o nucleares. Hay que marcarlo en los calendarios.
Más que ninguna otra cosa, Northcom ha suministrado al Pentágono la apertura que necesitaba para entrar vigorosamente a las áreas de desastre interior previamente atendidas por autoridades civiles nacionales, estatales y locales.
Por ejemplo, el director adjunto de Northcom, brigadier general Robert Felderman,
se enorgullece de que el comando es ahora el “sincronizador global – el coordinador global – para la gripe de todos los comandos combatientes” de EE.UU. De la misma manera, Northcom ahora patrocina conferencias anuales de preparación para huracanes y asegura a todo el que quiera escuchar que está “preparado para participar plenamente en forma activa” en futuras situaciones similares a Katrina “a fin de salvar vidas, reducir el sufrimiento y proteger la infraestructura.”
Desde luego, el Pentágono es actualmente la parte del gobierno que devora los fondos que de otra manera podrían ser gastados para reforzar obras públicas que datan de la era de la Depresión de EE.UU., que aseguran que el Pentágono tenga suficientes problemas ante los cuales tenga que reaccionar en el futuro.
La Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles, por ejemplo, estima que se necesitan urgentemente 1,6 billones de dólares para convertir la infraestructura de la nación en algo que puede ser protegido, o sea 320.000 millones de dólares por año en los próximos cinco años. Al evaluar los actuales sistemas de suministro de agua, carreteras, puentes, y represas en todo el país, los ingenieros dieron a la infraestructura una serie de notas C y D.
Mientras tanto, los militares vienen marchando. Katrina, por ejemplo, tocó tierra el 29 de agosto de 2005. El presidente Bush ordenó el despliegue de tropas a Nueva Orleans el 2 de septiembre para coordinar la entrega de alimentos y agua y servir como disuasivo contra saqueos y violencia. Menos de un mes después, el presidente Bush solicitó al Congreso que transfiriera la responsabilidad para futuros desastres de los gobiernos estatales y del Departamento de Seguridad Interior al Pentágono.
El mes siguiente, el presidente Bush volvió a ofrecer a los militares como su solución – esta vez ante temores globales sobre brotes del virus de la gripe aviaria. Sugirió que, para imponer una cuarentena: “Una opción es el uso de los militares que son capaces de planificar y actuar.”
Numerosos militares han mostrado frialdad ante tales sugerencias porque ya se hunden bajo el peso de su expansión y de dos guerras debilitantes, igual que el Congreso, preocupado de mantener los derechos de los Estados y el control civil. Ofrecer a los militares como la solución para los desastres naturales interiores y brotes de gripe significa no prestar suficiente atención presupuestaria a otros primeros socorristas. Es poco probable, sin embargo, que Northcom, que ahora viaja en el tren del dinero, sea relegado tranquilamente al olvido en los años por venir.
6. El Pentágono como proveedor de cuidados humanitarios en el exterior: La Agencia para la Ayuda Internacional de EE.UU. [USAID] y el Departamento de Estado han sido tradicionalmente los encargados de reaccionar ante desastres en el exterior; pero, desde las costas devastadas por el tsunami de Indonesia a Myanmar después del reciente ciclón, la catástrofe natural se ha convertido en otra oportunidad presidencial para “enviar a los marines” (por así decir). El Pentágono ha iniciado crecientemente la planificación humanitaria, obteniendo una parte cada vez mayor de las misiones humanitarias de EE.UU.
De Kenia a Afganistán, de las Filipinas a Perú, los militares de EE.UU. son también los que construyen regularmente escuelas y clínicas dentales, reparan carreteras y apuntalan puentes, atienden a niños enfermos y reparten dinero en efectivo y alimentos muy necesitados, todas las cuales fueron otrora responsabilidades civiles.
El Centro para Desarrollo Global establece que el cupo del Pentágono de “ayuda oficial al desarrollo” – pensad en “ganar corazones y mentes” o de “construcción de la nación” – ha aumentado de un 6% a un 22% entre 2002 y 2005. El Pentágono está usurpando rápidamente la actividad de desarrollo de la comunidad de las ONG y de agencias civiles, colocando una cara sonriente a operaciones militares en Iraq, Afganistán y otros sitios.
A pesar de las limitaciones obvias de la conversión de una fuerza entrenada para matar y destruir en un cuadro de cuidadores, el proyecto mili-humanitario del Pentágono recibió un gran estímulo del dinero que fue incautado de los cofres secretos de Sadam Husein. Una parte fue repartida a comandantes locales estadounidenses para que encararan necesidades iraquíes inmediatas y para cerrar tratos en los meses después de la caída de Bagdad en abril de 2003. Lo que fue inicialmente un programa con fines específicos tiene ahora un nombre oficial – el Programa de Reacción de Emergencia de Comandantes (CERP) – y una línea en el presupuesto del Pentágono.
Ante el Comité Presupuestario de la Cámara, el verano pasado, Gordon England, Secretario Adjunto de Defensa, dijo a miembros del Congreso que el CERP era una “iniciativa particularmente efectiva,” y explicó que el programa suministra “fondos limitados pero inmediatamente disponibles” a comandantes militares que pueden gastarlos “para marcar una diferencia concreta en la vida diaria de la gente.” Esto, afirmó, es ahora una “parte clave del enfoque de contrainsurgencia más amplio.” Agregó que sirve el propósito de “complementar iniciativas de seguridad” y que tiene tanto éxito que muchos comandantes lo consideran “el arma más poderosa en su arsenal.”
En realidad, el Pentágono no hace muy bien el trabajo humanitario. En Afganistán, por ejemplo, paquetes de alimentos lanzados por aviones de EE.UU. tenían el mismo color que las municiones de racimo lanzadas también por aviones de EE.UU.; mientras escuelas y clínicas construidas por fuerzas de EE.UU. se convirtieron a menudo en objetivos incluso antes de poder ser utilizadas. En Iraq, resultó que el dinero repartido al grupo sectario de la semana del Pentágono para pozos y generadores era gastado con la misma facilidad para comprar explosivos y AK-47.
7. El Pentágono como virrey global y rey de los cielos: En los años de Bush, el Pentágono terminó dividiendo el globo en “comandos” militares, que son funcionalmente virreinatos. Es verdad que incluso antes del 11-S era difícil imaginar un sitio en el globo en el que no estuvieran los militares de EE.UU., pero hasta hace poco, el continente africano podría haber sido ese sitio.
Junto con la creación de Northcom, sin embargo, el establecimiento del Comando África de EE.UU. (Africom) en 2008, llenó oficialmente el último sitio vacío del Pentágono en el mapa. Un documento militar clave, la Estrategia Nacional de Seguridad de 2006 para EE.UU. mencionó la acción, afirmando que “África posee creciente importancia geoestratégica y es una alta prioridad para este gobierno.” (Pensad en: petróleo y otras materias primas esenciales.)
Mientras tanto, el financiamiento para África bajo el mayor programa de ayuda militar de EE.UU., el Financiamiento Militar Exterior, fue duplicado de 10 a 20 millones de dólares entre 2000 y 2006, y la cantidad de naciones destinatarias aumentó de dos a catorce. El financiamiento para entrenamiento militar aumentó en un 35% en ese mismo período (aumentando de 8,1 millones de dólares a 11 millones). Actualmente, los militares de 47 naciones africanas reciben entrenamiento estadounidense.
En términos de planificación del Pentágono, Africom unifica por primera vez el continente. (Sólo Egipto permanece bajo la tutela del Comando Central de EE.UU.) Según el presidente Bush, esto debería “realzar nuestros esfuerzos por llevar la paz y la seguridad al pueblo de África y promover nuestros objetivos comunes de desarrollo, salud, educación, democracia, y crecimiento económico en África.”
Theresa Whelan, subsecretaria de defensa para asuntos africanos, sigue insistiendo en que Africom no ha sido formado ni para facilitar las guerra (“involucrarse cinéticamente en África”), ni para asignar una porción de las materias primas del continente al estilo del colonialismo del Siglo XIX. “Esto no tiene que ver,” dice, “con una pelea por el continente.” Pero hay una cosa sobre la cual no puede caber duda: Tiene que ver con aumentar el alcance global del Pentágono.
Mientras tanto, por si la Tierra no fuera suficiente, el control de los cielos sigue siendo una posibilidad. En agosto de 2006, sobre la base de documentos anteriores como la Visión para 2020 del Comando Espacial de EE.UU., de 1998. (Que proponía una política de “dominio de espectro completo”), el gobierno de Bush desveló su "política espacial nacional.” Propugnaba el establecimiento, defensa, y extensión del control de EE.UU. sobre recursos espaciales y argumentaba a favor de derechos “ilimitados” en el espacio. El documento también afirmó que “la libertad de acción en el espacio es tan importante para EE.UU. como el poder aéreo y el poder marítimo.”
Como dice el documento: “En el nuevo siglo, los que utilicen efectivamente el espacio gozarán de más prosperidad y seguridad y tendrán una ventaja sustancial sobre los que no lo hacen.” (Los dirigentes de China, Rusia, y otros Estados importante indudablemente oyeron la resonante bofetada del desafío.) Por el momento, la retórica y los planes del gobierno de Bush superan los recursos dedicados a la tecnología de armas espaciales, pero en el presupuesto recientemente anunciado, el presidente asignó casi mil millones de dólares a programas de armas basadas en el espacio.
De todas las fronteras de expansión, tal vez ninguna es más impresionante que las escapadas del Pentágono hacia el futuro. ¿Ofrece el Departamento de Transporte una Visión para 2030? ¿Desarrolla planes la Agencia de Protección del Medio Ambiente para los próximos cincuenta años? ¿Tiene el Departamento de Salud y Servicios Humanos un equipo de profesionales en Power-Point que preparen gráficos dinámicos sobre cómo serán en 2050 los servicios para los adultos mayores?
Esas agencias proyectan presupuestos sólo muy cercanos al próximo decenio. Sólo el Pentágono proyecta el poder y la posibilidad para décadas futuras, colonizando la imaginación con montones de diferentes escenarios según los cuales, continuará controlando cada año cientos de miles de millones de dólares del contribuyente.
Complex [Complejo] 2030, Vision 2020, UAV Roadmap [Mapa de ruta para vehículos aéreos no tripulados] 2030, los Sistemas Futuros de Combate del Ejército – los nombres, que parecen interminables, lo dicen todo.
A medida que el reloj cuenta los minutos hasta el 4 de noviembre de 2008, mucha gente está invirtiendo esperanzas (así como dinero y tiempo) en la posibilidad de un cambio en 1600 Avenida Pennsylvania [Casa Blanca]. Pero en lo que tiene que ver con el Pentágono, no hay que contar demasiado con un cambio, no importa quien vaya a ser el nuevo presidente. A fin de cuentas, después de siete años, cuatro meses, y unos pocos días de presidencia de Bush, el Pentágono está profundamente atrincherado en Washington y sigue expandiendo agresivamente. Le ha tomado el gusto a un poder sin rival y a un acceso inigualable al tesoro de EE.UU. Es una institución que ha escapado al equilibrio de poderes de la nación.
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Frida Berrigan es Asociada Principal de Programas de la Iniciativa Armas y Seguridad de la New America Foundation. Es columnista de Foreign Policy in Focus y editora colaboradora de la revista In These Times. Es autora de informes sobre el tráfico de armas y derechos humanos, la política de armas nucleares de EE.UU., y la política interior de defensa de misiles de EE.UU. y la política de armas espaciales. Para contactos, escriba a: berrigan@newamerica.net.
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