Michael R. Krätke
Freitag
Brasil, Rusia, India y China [BRIC] quieren anunciar un nuevo orden económico mundial. Como Estados BRIC, buscan el espaldarazo en la Cumbre de Yekaterinburgo.
Las grandes crisis son tiempos de grandes cambios y ajustes. En el sistema mundial capitalista los equilibrios están alterándose a toda velocidad, y no juega en ello una parte menor la actuación de los Estados BRIC. Tal parece como si de una figura artística creada en otro tiempo por Goldman Sachs surgiera ahora una magnitud global capaz de competir ocn los EEUU y la UE: China, la potencia mundial venidera, y Rusia, la decadente, han sido las primeras en entenderse; Brasil y la India les han seguido. Desde hace un año, vienen sosteniendo reuniones informales como Estados BRIC. Esta semana se realiza la primera cumbre oficial de países BRIC en la ciudad rusa de Yekaterinburgo.
Brasil, Rusia, India y China representan casi el 46% de la población mundial, y son potencias económicas de nivel mundial como exportadoras de materias primas y productos agrícolas, como taller del mundo, fábrica de ideas y centro de prestación de servicios. De consuno, disponen del mayor volumen de reservas monetarias: 2,9 billones de dólares. Sus economías nacionales crecen, aun si, ahora, a un ritmo claramente menor. No les queda otra opción, sin o la de quitarse de encima lo antes posible la mordaza de la recesión. Y tienen posibilidades de lograrlo, porque sus gobiernos no se limitan a una política de gestión de la crisis, como el gobierno norteamericano y la UE, sino que están resueltos a inducir cambios. De conseguirlo, en unos pocos años alcanzarían o aun superarían económicamente a los Estados el G-7. Porque entonces estarían más imbricados entre sí que nunca antes, y va de suyo que eso podrá constatarse objetivamente en el momento en que China desplace a los EEUU como socio comercial principal del Brasil.
El FMI puede estar contento
Lo que en la cumbre de Yekaterinburgo anda en juego es, ni más ni menos, que una alianza estratégica en la política económica de alcance planetario, a fin de ejercer de contrapeso al “modelo” del capitalismo euronorteamericano de los mercados financieros. Quien quiera superar la presente crisis sin sentar las bases para un próximo desplome financiero, no puede limitarse a rescates billonarios de bancos y a regular los mercados financieros, escribe el ministro brasileño de estrategia Roberto Mangabeira Unger, autor de varios libros en los que ha abogado por la importación a la América latina del socialismo democrático de impronta europea.
¿A dónde llevan esas maniobras de cambios de los Estados BRIC? Ya antes de su cumbre, chinos, brasileños y rusos han venido abogando por el final del régimen del dólar y por una nueva divisa mundial. Los bancos centrales de estos tres países que, junto con el de la India, han experimentado, en las últimas cuatro semanas, un incremento de 60 mil millones en sus reservas de dólares, están resueltos a fragmentar y diversificar. Ya han anunciado su intención de adquirir bonos de empréstito del FMI y, al propio tiempo, vender bonos del Tesoro norteamericano por un valor de 100 mil millones de dólares. Los títulos del FMI serán emitidos como derechos especiales de giro, es decir, que se tratará de dinero fiduciario internacional, fundado en una cesta monetaria compuesta de dólares, euros, libras esterlinas, yenes y francos suizos. Estará contento el FMI, porque su planeada emisión de bonos de empréstito se convertirá así en un negocio seguro, aunque no admirable. En contrapartida, los Estados BRIC pueden endurecer sus exigencias de igualdad en las deliberaciones del FMI.
En la batahola de las acciones de los Estados por rescatar empresas en el espacio de la UE, se ha puesto sordina a algunas de las crisis que habrán de resultar decisivas para el transcurso de la presente Gran Depresión del año 2009 (la cuarta del capitalismo moderno): la crisis de hambrunas, la crisis agrícola, la crisis energética, la crisis de materias primas y las amenazantes consecuencias de la catástrofe medioambiental.
Del BRIC al BRIICSS
Los Estados BRIC no pueden dejar de ver que todas esas crisis mundiales no sólo llaman a la puerta de su casa, sino que irrumpen en el seno mismo de sus países. Así que fácilmente podrían los Estados BRIC reconvertirse en un grupo de Estados BRIICSS, si Indonesia, Corea del Sur y Suráfrica se incorporaran. Entonces podría hablarse con propiedad de un contra poder de alcance económico mundial. La Unión Europea, ahora en situación de espera, tendrá que decidir con quién quiere ir de la mano: si hacia el abismo con los EEUU, o con los países BRIC, hacia un nuevo orden económico mundial.
Michael R. Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam, investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad y catedrático de economía política y director del Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Lancaster en el Reino Unido.
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss
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martes, 7 de julio de 2009
lunes, 28 de julio de 2008
El mercado financiero norteamericano, a punto de hundirse
En sólo dos semanas los mayores bancos hipotecarios de EEUU perdieron el 50% de su valor
Michael R. Krätke
Sin Permiso
Tras los rumores sobre su insolvencia, en sólo 14 días los dos grandes bancos hipotecarios estadounidenses Fannie Mae y Freddie Mac han perdido el 50% de su valor accionarial; desde comienzos de año, el 76%. Así, tres cuartos de su "valor de mercado" se ha evaporado. Si todavía se necesitaba una prueba de que la crisis financiera norteamericana entra en un nuevo estadio, ésta ha sido concluyente.
Durante la cumbre del G-8 en Hokkaido, Angela Merkel se las dio de economista mundial. "Hemos tenido –soltó la cancillera— una crisis subprime; hoy, vuelve a gotear en cierto modo". Apenas regresada a casa, la crisis financiera anunciaba con un aldabonazo su entrada en el siguiente estadio: bancos y cajas de ahorros se desploman, los mercados están debilitados, el gobierno estadounidense y la Reserva federal se emplean a fondo para contener el pánico.
Ahora tienen también los EEUU su caso Northern-Rock, como la Gran Bretaña (1); sólo que visiblemente más drástico. Desde comienzos de año, centenares de pequeñas financieras hipotecarias han desaparecido del mercado, o por quiebra o por absorción. Hace dos semanas, le tocó el turno al segundo mayor banco hipotecario norteameriacano independiente: el californiano IndyMac Bankcorp quebró tras tres semestres seguidos de pérdidas milmillonarias, luego de que sus clientes, a la vista del desplome de sus valores accionariales, entraran en pánico y retiraran en sólo 11 días 1.300 millones de dólares. En apenas un año, IndyMac ha perdido el 98% de su valor en bolsa y está ahora intervenido por el fondo federal de garantía de depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés). Así, el grueso de sus depósitos queda asegurado; el pato lo pagan los accionistas. De los cerca de de 53 mil millones de reservas de que dispone el FDIC, y conforme a los cálculos más optimistas, se han perdido ya 8 mil millones, porque la compra del insolvente banco apenas reportará nada. Es, permítase decirlo, la mayor quiebra bancaria en los EEUU de los últimos 20 años, desde el desplome del Continental Illinois National Bank en 1984, y la onda expansiva se propaga rápidamente. A los pocos días, las acciones del banco de inversiones Lehman Brothers caín un 37%, luego de saberse que había perdido en el último trimestre casi tres mil millones de dólares: mucho dinero, pero casi nada comparado con las pérdidas de entre nueve y seis mil millones que los pesos pesados Citigroup y Merrill Lynch han tenido en el mismo período.
Tres anillos de salvación
Harto más grave es, empero, el crac que acaban de sufrir las dos mayores instituciones financieras hipotecarias de los EEUU, las empresas públicamente patrocinadas Fannie Mae y Freddie Mac, y que ha situado al núcleo del mercado hipotecario norteamericano a pique de fundirse. Fannie Mae y Freddie Mac no tenían en principio nada que ver con las hipotecas de baratillo del segmento subprime, pro en los últimos años entraron de lleno en el negocio de los derivados financieros hipotecarios.
A causa de la colosal magnitud de ambos gigantes, el gobierno y la Reserva federal tuvieron que intervenir , pues entre las dos empresas suman, en hipotecas y derivados hipotecarios, la fabulosa cifra de casi 5,3 billones de dólares: casi la mitad del volumen de todo el mercado hipotecario norteamericano y cerca de un tercio del PIB estadounidense. Su colapso sería un desastre, entre otras cosas por los bancos centrales extranjeros que tienen en sus portafolios masas de títulos de ambas financieras hipotecarias. Puesto que los EEUU –particularmente en Asia— dependen financieramente de esos bancos, no pueden ignorar los intereses de los mismos. Según las estimaciones de los expertos, sólo en la tesorería del Banco Cenral chino se hallan unos 600 millones de dólares en títulos de Fannie Mae y Freddie Mac, una décima parte del volumen de emisión.
El Estado norteamericano ha dispuesto tres anillos de salvación alrededor de Fannie y Freddie. Primero, levantará provisionalmente el límite crediticio actual de ambas, que es de 2,25 mil millones de dólares . En segundo lugar, el estado comprará por vez primera acciones de empresas patrocinadas por él mismo, cosa que debe autorizar el Congreso. En tercer lugar, la Rserva federal abrirá su ventana de descuentos y permitirá el acceso de Fannie Mae y Freddie Mac a créditos de urgencia a los que hasta ahora sólo podían acceder negocios y bancos de inversión privados. Un detalle con pimienta: la Reserva federal exige garantías; es decir, que se pongan a la venta títulos garantizados, como los bonos del tesoro u obligaciones emitidas por empresas públicamente patrocinadas (GSE, por sus siglas en inglés). Así que, Fannie y Freddie son, con diferencia, las mayores empresas públicamente patrocinadas; de modo que la Reserva federal lo que hace, en la práctica, es permitirles imprimir títulos de obligaciones o emitir acciones que valdrán inmediatamente como préstamos de la propia Reserva federal. Un negocio aventurero.
Hasta donde alcanza a verse, Fannie y Freddie necesitarán ulteriores inyecciones de capital en cantidades milmillonarias, de modo que el gobierno estadounidense no tendrá más remedio la próxima vez que nacionalizarlas. Si se llegara a un acto de salvación de ese tenor, las deudas públicas de los EEUU se doblarían de golpe.
Nuevas burbujas especulativas
La mencionada agencia pública de garantía de depósitos (FDIC) tiene bajo su protección a más de 8.500 bancos y cajas de ahorros. En su último informe trimestral, incluía un listado de 90 bancos o cajas amenazados (¡el IndyMac Bancorp no figuraba en la lista!). Desde entonces circulan dossiers con listas de más de 150 candidatos en quiebra que podrían llegar a ejecutarse antes de fin de año, con pérdidas imposibles de compensar para la FDIC. Viene aquí a la memoria la gran crisis bancaria norteamericana de 1990-91, cuando cientos de pequeñas y medianas cajas de ahorros se desplomaron.
Hace sólo unos días, la mayor caja de ahorros de los EEUU, la Washington Mutual, perdió en la bolsa de Nueva York un 37% del valor de sus acciones luego de saberse que había perdido 26 mil millones de dólares en sus negocios con créditos hipotecarios basura. Otros bancos regionales han vivido también estos días pérdidas bursátiles de entre el 18 y el 29 por ciento. Hay que esperar más noticias de este tipo, porque en las próximas semanas vendrá la revisión de una muchedumbre de créditos hipotecarios a interés variable. Dicho de otra manera: la carga de los intereses si disparará para millones de propietarios de vivienda.
No es, pues, sorprendente que las financieras de automóviles y empresas de tarjetas de crédito caigan en el hoyo de la crisis, arrastrando así a otros bancos que nada tienen que ver con los créditos hipotecarios. Puesto que las aseguradoras estadounidenses, que responden a escala mundial por préstamos por valor de 2,6 billones de dólares, están también atrapadas en el dilema y negocian con los bancos un plan de salvación, no se puede esperar de ellas mucha ayuda. Aun cuando los bancos lleguen a un acuerdo con grandes aseguradoras como Ambac y FGIC, caerán en los ratings, de modo que los riesgos de desplome para todos los bancos se dispararán y habrá que contar con ulteriores amortizaciones y depreciaciones milmillonarias.
El jefe de la Reserva federal, Ben Bernanke, ha hablado por primera vez ante la comisión bancaria del Congreso de la amenaza de una crisis sistémica del mercado financiero nacional. Casi al mismo tiempo, habló en la misma sede, junto con Thomas Jenkins, un alto ejecutivo de la "industria financiera" norteamericana. Fue transparente: el actual desastre sólo tiene una salida: más burbujas especulativas. Sin un paso así, el sector financiero no saldrá del cieno, la economía norteamericana no puede sobrevivir sólo con "inversiones sanas". De lo que se trataría es de encontrar (o de inventar) lo antes posible nuevos objetos de especulación y de hacérselos apetitosos al público, a fin de que la industria financiera pueda compensar las pérdidas actuales y las venideras. Una verdad digna de ser notada sobre el capitalismo actual, en el que la relación entre booms y bubbles –entre la economía "real" y la financiera— se ha invertido.
NOTA: (1) Este banco británico, duramente golpeado por la crisis, fue salvado de la quiebra con una nacionalización provisional el pasado febrero.
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Michael R. Krätke
Sin Permiso
Tras los rumores sobre su insolvencia, en sólo 14 días los dos grandes bancos hipotecarios estadounidenses Fannie Mae y Freddie Mac han perdido el 50% de su valor accionarial; desde comienzos de año, el 76%. Así, tres cuartos de su "valor de mercado" se ha evaporado. Si todavía se necesitaba una prueba de que la crisis financiera norteamericana entra en un nuevo estadio, ésta ha sido concluyente.
Durante la cumbre del G-8 en Hokkaido, Angela Merkel se las dio de economista mundial. "Hemos tenido –soltó la cancillera— una crisis subprime; hoy, vuelve a gotear en cierto modo". Apenas regresada a casa, la crisis financiera anunciaba con un aldabonazo su entrada en el siguiente estadio: bancos y cajas de ahorros se desploman, los mercados están debilitados, el gobierno estadounidense y la Reserva federal se emplean a fondo para contener el pánico.
Ahora tienen también los EEUU su caso Northern-Rock, como la Gran Bretaña (1); sólo que visiblemente más drástico. Desde comienzos de año, centenares de pequeñas financieras hipotecarias han desaparecido del mercado, o por quiebra o por absorción. Hace dos semanas, le tocó el turno al segundo mayor banco hipotecario norteameriacano independiente: el californiano IndyMac Bankcorp quebró tras tres semestres seguidos de pérdidas milmillonarias, luego de que sus clientes, a la vista del desplome de sus valores accionariales, entraran en pánico y retiraran en sólo 11 días 1.300 millones de dólares. En apenas un año, IndyMac ha perdido el 98% de su valor en bolsa y está ahora intervenido por el fondo federal de garantía de depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés). Así, el grueso de sus depósitos queda asegurado; el pato lo pagan los accionistas. De los cerca de de 53 mil millones de reservas de que dispone el FDIC, y conforme a los cálculos más optimistas, se han perdido ya 8 mil millones, porque la compra del insolvente banco apenas reportará nada. Es, permítase decirlo, la mayor quiebra bancaria en los EEUU de los últimos 20 años, desde el desplome del Continental Illinois National Bank en 1984, y la onda expansiva se propaga rápidamente. A los pocos días, las acciones del banco de inversiones Lehman Brothers caín un 37%, luego de saberse que había perdido en el último trimestre casi tres mil millones de dólares: mucho dinero, pero casi nada comparado con las pérdidas de entre nueve y seis mil millones que los pesos pesados Citigroup y Merrill Lynch han tenido en el mismo período.
Tres anillos de salvación
Harto más grave es, empero, el crac que acaban de sufrir las dos mayores instituciones financieras hipotecarias de los EEUU, las empresas públicamente patrocinadas Fannie Mae y Freddie Mac, y que ha situado al núcleo del mercado hipotecario norteamericano a pique de fundirse. Fannie Mae y Freddie Mac no tenían en principio nada que ver con las hipotecas de baratillo del segmento subprime, pro en los últimos años entraron de lleno en el negocio de los derivados financieros hipotecarios.
A causa de la colosal magnitud de ambos gigantes, el gobierno y la Reserva federal tuvieron que intervenir , pues entre las dos empresas suman, en hipotecas y derivados hipotecarios, la fabulosa cifra de casi 5,3 billones de dólares: casi la mitad del volumen de todo el mercado hipotecario norteamericano y cerca de un tercio del PIB estadounidense. Su colapso sería un desastre, entre otras cosas por los bancos centrales extranjeros que tienen en sus portafolios masas de títulos de ambas financieras hipotecarias. Puesto que los EEUU –particularmente en Asia— dependen financieramente de esos bancos, no pueden ignorar los intereses de los mismos. Según las estimaciones de los expertos, sólo en la tesorería del Banco Cenral chino se hallan unos 600 millones de dólares en títulos de Fannie Mae y Freddie Mac, una décima parte del volumen de emisión.
El Estado norteamericano ha dispuesto tres anillos de salvación alrededor de Fannie y Freddie. Primero, levantará provisionalmente el límite crediticio actual de ambas, que es de 2,25 mil millones de dólares . En segundo lugar, el estado comprará por vez primera acciones de empresas patrocinadas por él mismo, cosa que debe autorizar el Congreso. En tercer lugar, la Rserva federal abrirá su ventana de descuentos y permitirá el acceso de Fannie Mae y Freddie Mac a créditos de urgencia a los que hasta ahora sólo podían acceder negocios y bancos de inversión privados. Un detalle con pimienta: la Reserva federal exige garantías; es decir, que se pongan a la venta títulos garantizados, como los bonos del tesoro u obligaciones emitidas por empresas públicamente patrocinadas (GSE, por sus siglas en inglés). Así que, Fannie y Freddie son, con diferencia, las mayores empresas públicamente patrocinadas; de modo que la Reserva federal lo que hace, en la práctica, es permitirles imprimir títulos de obligaciones o emitir acciones que valdrán inmediatamente como préstamos de la propia Reserva federal. Un negocio aventurero.
Hasta donde alcanza a verse, Fannie y Freddie necesitarán ulteriores inyecciones de capital en cantidades milmillonarias, de modo que el gobierno estadounidense no tendrá más remedio la próxima vez que nacionalizarlas. Si se llegara a un acto de salvación de ese tenor, las deudas públicas de los EEUU se doblarían de golpe.
Nuevas burbujas especulativas
La mencionada agencia pública de garantía de depósitos (FDIC) tiene bajo su protección a más de 8.500 bancos y cajas de ahorros. En su último informe trimestral, incluía un listado de 90 bancos o cajas amenazados (¡el IndyMac Bancorp no figuraba en la lista!). Desde entonces circulan dossiers con listas de más de 150 candidatos en quiebra que podrían llegar a ejecutarse antes de fin de año, con pérdidas imposibles de compensar para la FDIC. Viene aquí a la memoria la gran crisis bancaria norteamericana de 1990-91, cuando cientos de pequeñas y medianas cajas de ahorros se desplomaron.
Hace sólo unos días, la mayor caja de ahorros de los EEUU, la Washington Mutual, perdió en la bolsa de Nueva York un 37% del valor de sus acciones luego de saberse que había perdido 26 mil millones de dólares en sus negocios con créditos hipotecarios basura. Otros bancos regionales han vivido también estos días pérdidas bursátiles de entre el 18 y el 29 por ciento. Hay que esperar más noticias de este tipo, porque en las próximas semanas vendrá la revisión de una muchedumbre de créditos hipotecarios a interés variable. Dicho de otra manera: la carga de los intereses si disparará para millones de propietarios de vivienda.
No es, pues, sorprendente que las financieras de automóviles y empresas de tarjetas de crédito caigan en el hoyo de la crisis, arrastrando así a otros bancos que nada tienen que ver con los créditos hipotecarios. Puesto que las aseguradoras estadounidenses, que responden a escala mundial por préstamos por valor de 2,6 billones de dólares, están también atrapadas en el dilema y negocian con los bancos un plan de salvación, no se puede esperar de ellas mucha ayuda. Aun cuando los bancos lleguen a un acuerdo con grandes aseguradoras como Ambac y FGIC, caerán en los ratings, de modo que los riesgos de desplome para todos los bancos se dispararán y habrá que contar con ulteriores amortizaciones y depreciaciones milmillonarias.
El jefe de la Reserva federal, Ben Bernanke, ha hablado por primera vez ante la comisión bancaria del Congreso de la amenaza de una crisis sistémica del mercado financiero nacional. Casi al mismo tiempo, habló en la misma sede, junto con Thomas Jenkins, un alto ejecutivo de la "industria financiera" norteamericana. Fue transparente: el actual desastre sólo tiene una salida: más burbujas especulativas. Sin un paso así, el sector financiero no saldrá del cieno, la economía norteamericana no puede sobrevivir sólo con "inversiones sanas". De lo que se trataría es de encontrar (o de inventar) lo antes posible nuevos objetos de especulación y de hacérselos apetitosos al público, a fin de que la industria financiera pueda compensar las pérdidas actuales y las venideras. Una verdad digna de ser notada sobre el capitalismo actual, en el que la relación entre booms y bubbles –entre la economía "real" y la financiera— se ha invertido.
NOTA: (1) Este banco británico, duramente golpeado por la crisis, fue salvado de la quiebra con una nacionalización provisional el pasado febrero.
Enlace a texto en Rebelión
lunes, 21 de julio de 2008
Nuevo Fracaso del G-8
¿Gran teatro del mundo o política mundial? La cumbre del G-8 terminó, y dejó abiertos todos los interrogantes
Michael R. Krätke
Sin Permiso
"Al final, el espectáculo político mundial habrá costado al contribuyente japonés 60 mil millones de yenes (364 millones de euros). Del evento no ha resultado mucho, salvo, acaso, una nueva crisis, la de legitimación del mismo G-8, una crisis que ya nadie discute. El G-8 no ha dado respuesta a ninguna de las agudas crisis que padece la economía mundial, a ninguno de los problemas fundamentales del actual desorden mundial. Los poderosos del mundo, todos neoliberales confesos, todos prisioneros de dogmas, todos sordos a las "constricciones objetivas" del mercado mundial, no comprenden ni las causas de la crisis en que se halla sumida la economía ni el dramatismo de la situación en su conjunto. Lo que pasa, lisa y llanamente dicho, es que no están a la altura de la política mundial en la época del capitalismo global desembridado"
Una cumbre de crisis que recordaba a los comienzos, hace ahora 33 años. Para afrontar la crisis monetaria mundial, la primera crisis del petróleo y la irritación del Tercer Mundo, se reunieron en 1975 los jefes de Estado y de gobierno de las seis principales naciones industriales del mundo occidental para una conversación informal de mesa camilla. Entretanto, los encuentros anuales de charla informal del club exclusivo de caballeros, ahora ampliado a 8, se ha convertido en el show político más grande del mundo, en un teatro de las grandes potencias económicas, de mucho contenido simbólico: tranquilos, que ya nos ocupamos de los problemas mundiales urgentes. Los jefes de los Estados que componen el G-8 y su séquito de expertos estuvieron representando durante tres días en Tokayo, en la isla de Hokkaido, el papel del gobierno mundial. Y en verdad que un gobierno mundial tendría tarea bastante. Crisis a la vista: la amenazante catástrofe climática, la crisis energética, la crisis de la alimentación y, por último pero no menos importante, una crisis financiera internacional que viene propagándose desde agosto del año pasado en forma de ondas de choque. Todas ellas crisis globales, cuyo punto culminante dista por mucho de haber sido alcanzado. La nación anfitriona, Japón, puso en lugar destacado del orden del día la protección climática y la lucha contra la pobreza. Había el afán de darle a la cumbre un brochazo verde con tecnología medioambiental nacional. Hacer un paseo con un automóvil propulsado con hidrógeno, visitar una casa con un consumo cero de energía, probar un cuarto de baño ahorrador de agua. ¡Sí señor!: se ofreció todo lo que pueda desear un corazoncito verde y todo lo que puede ofrecer la tecnología energética y medioambiental japonesa. Un imponente despliegue policial y un sinfín de obstáculos atravesados en el camino contuvieron la esperable protesta.
Los problemas globales sólo pueden resolverse con cooperación global. Esa perogrullada fue reiterada hasta la saciedad antes y durante la cumbre. Pero si un círculo elitista y excluyente de grandes potencias quiere ofrecer al resto del mundo soluciones para los problemas del mundo, no sólo debe estar internamente dispuesto a la cooperación, sino que debe, sobre todo, disponer de diagnósticos y soluciones para los problemas que, más que menos, saltan a la vista del resto del mundo. Pues el "gobierno mundial informal" del G-8, salvo por sus mayorías o por las posiciones de veto que ocupa en el FMI, en el Banco Mundial y en la OMC, no dispone de ningún medio de fuerza para obligar al resto del mundo a cooperar. Sin los países situados en el llamado umbral del desarrollo, sobre todo los nuevos países industriales del G-5 (China, India, México, Brasil, Sudáfrica), la cosa no marcha en absoluto. Por eso viene invitándoselos al G-8 desde 2001 para consultas, cada vez más amplias en el curso del "proceso de Heiligendamm", a fin de vincular a los países del G-5 a las decisiones sobre política climática global. Esta vez comparecieron Australia, Malaysia y Corea del Sur; para consultas sobre política africana fueron invitados los representantes de siete Estados africanos (Argelia, Etiopía, Ghana, Nigeria, Senegal, Sudáfrica y Tanzania). Así pues, la cumbre de este año en Japón contó con 22 países participantes (más representantes de numerosas organizaciones internacionales y supranacionales, entre ellas, la ONU, la UE y la Unión Africana), la mayor en la historia del G-7/G-8.
Tanto mayor la decepción provocada por las floridas resoluciones de los profesionales de la política allí reunidos. Al final, el espectáculo político mundial habrá costado al contribuyente japonés 60 mil millones de yenes (364 millones de euros). Del evento no ha resultado mucho, salvo, acaso, una nueva crisis, la de legitimación del mismo G-8, una crisis que ya nadie discute. El G-8 no ha dado respuesta a ninguna de las agudas crisis que padece la economía mundial, a ninguno de los problemas fundamentales del actual desorden mundial. Los poderosos del mundo, todos neoliberales confesos, todos prisioneros de dogmas, todos sordos a las "constricciones objetivas" del mercado mundial, no comprenden ni las causas de la crisis en que se halla sumida la economía ni el dramatismo de la situación en su conjunto. Lo que pasa, lisa y llanamente dicho, es que no están a la altura de la política mundial en la época del capitalismo global desembridado.
Gran teatro político: primero, los Estados del G-8, temerosos todavía el año pasado de cualquier afirmación cuantitativa, anuncian ahora que se habrían puesto de acuerdo para disminuir a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero. De todos modos, no antes del 2050, y sin decir el año de referencia con el que debería compararse métricamente la reducción pretendida. Eso ni siquiera sería suficiente para mantener el calentamiento de la Tierra por debajo de la marca de 2 grados Celsius. En Heiligendamm, el año pasado, se quiso sólo "poner a prueba" el objetivo de reducir a la mitad las emisiones de CO2; ahora lo que se quiere es "sopesar y aceptar" con todos los participantes, en el marco de la convención de la ONU para la protección climática, la sublime "visión del objetivo". Sin indicar el año de referencia de 1990, que la ONU y todos los expertos consideran necesario pero del que nada quieren saber los japoneses; sin indicar fines intermedios; sin la menor indicación de obligaciones concretas para cada uno de los países del G-8, que producen de consuno más del 62% de las emisiones mundiales de CO2. Y todo bajo la reserva de que los países en el umbral del desarrollo y los países en vías de desarrollo deberían contribuir lo suyo también (una puertecilla trasera que se deja abierta por expreso deseo de los norteamericanos). Mientras el Ártico se nos está fundiendo a ojos vista, mientras se acelera indeciblemente el cambio climático y se nos va terminando el tiempo para emprender acciones efectivas, todas las decisiones de obligado cumplimiento se fían a un futuro incierto: por lo pronto, a la siguiente maratón negociadora, que tendrá lugar en Copenhague a fines de 2009 para, finalmente, desarrollar el protocolo de Kyoto.
Con imponente desenvoltura, los visionarios reunidos en el G-8 han tratado de poner en cintura a los representantes de los países en el umbral del desarrollo. En lo fundamental, el intento fracasó el último día de la cumbre. China, India y el resto de los países umbral se negaron a prestar obediencia al G-8. Sin la menor delicadeza, los jefes de gobierno del G-5 (y Australia, Indonesia y Corea del Sur) recordaron a los principales países industriales que son directamente responsables de por lo menos el 60% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Son, pues, los grandes pecadores climáticos –encabezados por Norteamérica—, que tienen los conocimientos, la tecnología y el dinero para hacerlo, quienes deberían dar el primer paso y proponer objetivos honorables de reducción. Las emisiones de substancias dañinas se han incrementado espectacularmente en los últimos años: los estadounidenses cargan hoy al clima con más de 20 toneladas de CO2 per capita; los indios, apenas con una tonelada. De aquí que resultara inobjetable la exigencia del G-5 de que los países del G-8 reduzcan su producción de CO2 entre un 20 y un 40% al menos de aquí a 2020. También está de todo punto justificada la exigencia de los países en el umbral del desarrollo de que los países del G-8 se adelanten con señales inequívocas, reduciendo sus emisiones de gases de efecto invernadero entre un 80 y un 95 por cien de aquí a 2050. Sin una clara indicación de objetivos concretos de reducción para los próximos años, de consuno con la fijación de objetivos intermedios y de mecanismos de control, los Estados del G-8 se hurtan una vez más a su propia responsabilidad. El intento de cargar la responsabilidad de la inacción en materia de cambio climático a los renuentes países en el umbral del desarrollo, es pura retórica. No son los chinos o los indios los culpables de la debacle. Fijando objetivos concretos, dando un paso claro para afrontar el cambio climático, haciendo ofertas inequívocas y concretas para el trabajo conjunto financiero y tecnológico, se habría logrado subirlos al mismo barco.
Rabia y decepción por doquiera en las organizaciones de protección del medio ambiente. Se habla de "pérdida de tiempo", de total "fracaso de las mayores potencias industriales del mundo ante el desafío climático". En vez de ponerse de acuerdo sobre las medidas más necesarias para la protección del clima a escala planetaria, los representantes de los mayores pecadores climáticos del mundo han dejado claro una vez más que hablan mucho de responsabilidad, pero sólo son capaces de la más irresponsable omisión en la acción.
Por consideración a Angela Merkel, se renunció a una declaración pública a favor de la energía nuclear como solución del problema climático, aunque los jefes del G-8 llevan mucho tiempo contagiados por la fiebre atómica. El lobby atómico y la industria nuclear pueden frotarse las manos. En la República Federal alemana, el compromiso atómico está en un precario equilibrio.
En plena tercera crisis del petróleo, a los jefes de gobierno del G-8 ni siquiera les pasó por la cabeza invitar a representantes de los países productores de petróleo. Les exigen, no obstante, más petróleo: mayor suministro y ampliación de las capacidades de suministro. De uno u otro modo, también, se dice, una mayor eficiencia energética no vendría mal para que los crecientes precios de la energía no perjudicaran a la economía mundial. Quedó para mejor ocasión la reflexión global sobre el problema: ¿de dónde viene la explosión de precios del petróleo y otras energías? ¿Cómo afrontar el problema del poder de los productores, de los comerciantes y de los especuladores petrolíferos? Las grandes preguntas fueron aplazadas a una próxima conferencia, cuyas fechas nadie conoce. Sobre la vertiginosa subida de los precios de los alimentos y de las materias primas, sobre la crisis alimentaria, sobre el creciente hambre en los países pobres del mundo, no hubo sino manifestaciones de preocupación y vistosos abalorios verbales sobre la "cooperación global". Por ahora, habría que limitarse a comprobar, por ejemplo, si bastarían las reservas internacionales de alimentos. Pésimo chiste. Almacenar enormes cantidades de grano, acaparar alimentos a gran escala, es el método más seguro para encender la inflación de precios. Con ideas peregrinas de ese tipo lo único que se consigue es distraer la atención de las necesarias reformas agrarias que hay que llevar a cabo tanto en los países industriales como en los países en vías de desarrollo. Más libre comercio, es decir, inmediato cierre de la ronda de Doha sobre el comercio mundial e introducción a mayor escala de tecnologías genéticas: tal era el tenor de las propuestas de la cancillera federal alemana Merkel. Ni la menor manifestación contra el creciente uso de biocombustibles, una de las causas esenciales del aumento de los precios de los alimentos –un 83% desde 2005—, así como de la crisis alimentaria mundial. La UE, que no es como tal miembro de pleno derecho del G-8, exigió y ofreció mucho más. Sin éxito.
También resultaron sorprendentes los silencios. Los rectores del mundo reunidos se comportaron como si la crisis financiera internacional, que viene propagándose en forma de ondas de choque desde el verano de 2007, hubiera sido ya superada. Angela Merkel observó: "Hemos tenido una subprime crisis. De una u otra manera, sigue habiendo un degoteo". De ninguna manera. Pocos días después del final de la cumbre, la crisis financiera entró en una nueva etapa en los EEUU con una ola de quiebras entre las mayores entidades financiadoras de hipotecas. Los países del G-8 han esquivado el problema de la crisis financiera internacional. Han dicho sí señor a las reglas de transparencia del Financial Stability Forum, y no han hecho el menor intento de coordinar las políticas de todo punto incompatibles que siguen al respecto los bancos centrales de los EEUU y de la UE. Siguen creyendo en las "fuerzas autosanadoras" de los mercados financieros y en la "autonomía" de los bancos centrales. De aquí que no hayan dicho ni palabra sobre la reciente ola de especulación con los alimentos y las materias primas en todas las bolsas del mundo; ni palabra sobre el papel jugado por la especulación con las mercancías a término en la actual carrera de precios del petróleo; ni palabra sobre la guerra monetaria mundial. Y todo, a pesar de la presencia de los representantes de la India, del país que hace poco ha prohibido directamente el comercio de futuros con los alimentos (y hasta ahora, no le ha ido nada mal). Nada –salvo la presión de Wall Street y de la City de Londres— podría impedir a los países del G-8 secundar el ejemplo de la India.
Todo el mundo sabe que la pobreza en el mundo cobra formas cada vez más terribles, aun cuando si se mide en términos absolutos por ingreso per capita, retrocede un poco. Pero a escala planetaria pasan hambre millones de seres humanos, casi un tercio de la población mundial está privada de acceso a agua potable, y epidemias como el SIDA, la malaria o la tuberculosis siguen extendiéndose porque los países pobres carecen de medios de prevención y tratamiento. África y la ayuda conjunta al desarrollo quedaron fuera del orden del día de la cumbre (como el año pasado). Una vez más, los países del G-8 han demostrado que, en el más halagüeño de los casos, están dispuestos a confirmar las promesas hechas hace años. Algo que iba de suyo –que los países del G-8 quieren cumplir con la ayuda acordada hace mucho al desarrollo en África de 25 mil millones de dólares hasta 2010— ,fue celebrado como un éxito. Lo que tendrían es más bien que haberse disculpado de que hasta ahora sólo hayan llegado a África 3 mil millones de una cifra total, de cuyo monto, dicho sea de pasada, nadie debería sentirse orgulloso. No menos penosa fue la confirmación del acuerdo, que ya el año pasado llegaba con retraso, de entregar en los próximos cinco años los 60 mil millones de dólares prometidos para la lucha contra el SIDA, la malaria y la tuberculosis. En lo que hace a la realización de los restantes objetivos de ayuda al desarrollo en el programa del milenio (por ejemplo, el suministro de agua), no se ha registrado el menor movimiento.
La economía mundial se halla inestablemente instalada en un peligroso vértice; los jefes de gobierno del G-8 nos siguen debiendo una respuesta clara a todas las cuestiones suscitadas por el momento presente. Con cada promesa deshonrada pierden más crédito, con cada ocasión desperdiciada para afirmar la legitimidad de su papel dirigente socavan más y más sus pretensiones dirigentes. No ofrece duda: el club de los superricos y poderosos se halla en una grave crisis de legitimidad. ¿Quién necesita de ese club a estas alturas? ¿Es sólo, acaso, que se ha hecho demasiado pequeño, es sólo, acaso, que cuenta con miembros que no deberían serlo? Si China o la India pueden desbaratar cualquier política climática del G-8, si el G-8 no puede desarrollar ninguna política energética sin la OPEC, ¿qué importancia tiene aún? Aun cuando los países del G-8 siguen representando el 14% de la población mundial y produciendo casi dos tercios del producto social mundial, nadie, salvo las elites económicas y políticas de esos países, necesita un tal "gobierno mundial informal" paralelo –y enfrentado— a las Naciones Unidas. China es visiblemente más importante para la economía mundial que Italia o Canadá; México o la India están claramente por delante de Rusia. Gran Bretaña y Francia han abogado por ampliar el grupo de los ocho al G-5, promoviendo a los países en el umbral del desarrollo a miembros plenos del club de caballeros. Al menos China y la India deberían incorporarse inmediatamente, según su propuesta. Se ha hablado incluso de un G-16. Alemania y Japón, los dos únicos países para los que el G-8 se ofrece como la sola tribuna de alcance político mundial a su disposición, se manifestaron firmemente en contra. El club debería resolver primero en pequeño comité, según ellos, las tareas internas pendientes, y sería, además, una "comunidad de valores". Los representantes de los países en el umbral del desarrollo no se sintieron ofendidos en absoluto. Los países del G-5 no se desviven por ser invitados a participar en el ilustre círculo de los poderosos. También esta vez, sobre todo China y la India, han demostrado la enorme influencia que han terminado por tener en la política mundial. Codeterminan el orden del día, son interlocutores buscados, sin ellos no se puede resolver ninguno de los problemas de alcance mundial; pero que no les vengan con las pseudosoluciones y las maniobras retóricas del G-8. Gracias a su oposición al G-8, los países del G-5 están hoy mejor organizados y aparecen más resueltamente unidos que nunca. Como miembros de un club ampliado de las grandes potencias, no tardarían en perder otra vez esa posición de poder. Antes de llegar a un G-13 o a un G-16, el G-8 tiene que demostrar que está dispuesto a un diálogo serio y a llegar a compromisos con esos países.
Michael Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam e investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad.
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss
Enlace a texto en Rebelión
Michael R. Krätke
Sin Permiso
"Al final, el espectáculo político mundial habrá costado al contribuyente japonés 60 mil millones de yenes (364 millones de euros). Del evento no ha resultado mucho, salvo, acaso, una nueva crisis, la de legitimación del mismo G-8, una crisis que ya nadie discute. El G-8 no ha dado respuesta a ninguna de las agudas crisis que padece la economía mundial, a ninguno de los problemas fundamentales del actual desorden mundial. Los poderosos del mundo, todos neoliberales confesos, todos prisioneros de dogmas, todos sordos a las "constricciones objetivas" del mercado mundial, no comprenden ni las causas de la crisis en que se halla sumida la economía ni el dramatismo de la situación en su conjunto. Lo que pasa, lisa y llanamente dicho, es que no están a la altura de la política mundial en la época del capitalismo global desembridado"
Una cumbre de crisis que recordaba a los comienzos, hace ahora 33 años. Para afrontar la crisis monetaria mundial, la primera crisis del petróleo y la irritación del Tercer Mundo, se reunieron en 1975 los jefes de Estado y de gobierno de las seis principales naciones industriales del mundo occidental para una conversación informal de mesa camilla. Entretanto, los encuentros anuales de charla informal del club exclusivo de caballeros, ahora ampliado a 8, se ha convertido en el show político más grande del mundo, en un teatro de las grandes potencias económicas, de mucho contenido simbólico: tranquilos, que ya nos ocupamos de los problemas mundiales urgentes. Los jefes de los Estados que componen el G-8 y su séquito de expertos estuvieron representando durante tres días en Tokayo, en la isla de Hokkaido, el papel del gobierno mundial. Y en verdad que un gobierno mundial tendría tarea bastante. Crisis a la vista: la amenazante catástrofe climática, la crisis energética, la crisis de la alimentación y, por último pero no menos importante, una crisis financiera internacional que viene propagándose desde agosto del año pasado en forma de ondas de choque. Todas ellas crisis globales, cuyo punto culminante dista por mucho de haber sido alcanzado. La nación anfitriona, Japón, puso en lugar destacado del orden del día la protección climática y la lucha contra la pobreza. Había el afán de darle a la cumbre un brochazo verde con tecnología medioambiental nacional. Hacer un paseo con un automóvil propulsado con hidrógeno, visitar una casa con un consumo cero de energía, probar un cuarto de baño ahorrador de agua. ¡Sí señor!: se ofreció todo lo que pueda desear un corazoncito verde y todo lo que puede ofrecer la tecnología energética y medioambiental japonesa. Un imponente despliegue policial y un sinfín de obstáculos atravesados en el camino contuvieron la esperable protesta.
Los problemas globales sólo pueden resolverse con cooperación global. Esa perogrullada fue reiterada hasta la saciedad antes y durante la cumbre. Pero si un círculo elitista y excluyente de grandes potencias quiere ofrecer al resto del mundo soluciones para los problemas del mundo, no sólo debe estar internamente dispuesto a la cooperación, sino que debe, sobre todo, disponer de diagnósticos y soluciones para los problemas que, más que menos, saltan a la vista del resto del mundo. Pues el "gobierno mundial informal" del G-8, salvo por sus mayorías o por las posiciones de veto que ocupa en el FMI, en el Banco Mundial y en la OMC, no dispone de ningún medio de fuerza para obligar al resto del mundo a cooperar. Sin los países situados en el llamado umbral del desarrollo, sobre todo los nuevos países industriales del G-5 (China, India, México, Brasil, Sudáfrica), la cosa no marcha en absoluto. Por eso viene invitándoselos al G-8 desde 2001 para consultas, cada vez más amplias en el curso del "proceso de Heiligendamm", a fin de vincular a los países del G-5 a las decisiones sobre política climática global. Esta vez comparecieron Australia, Malaysia y Corea del Sur; para consultas sobre política africana fueron invitados los representantes de siete Estados africanos (Argelia, Etiopía, Ghana, Nigeria, Senegal, Sudáfrica y Tanzania). Así pues, la cumbre de este año en Japón contó con 22 países participantes (más representantes de numerosas organizaciones internacionales y supranacionales, entre ellas, la ONU, la UE y la Unión Africana), la mayor en la historia del G-7/G-8.
Tanto mayor la decepción provocada por las floridas resoluciones de los profesionales de la política allí reunidos. Al final, el espectáculo político mundial habrá costado al contribuyente japonés 60 mil millones de yenes (364 millones de euros). Del evento no ha resultado mucho, salvo, acaso, una nueva crisis, la de legitimación del mismo G-8, una crisis que ya nadie discute. El G-8 no ha dado respuesta a ninguna de las agudas crisis que padece la economía mundial, a ninguno de los problemas fundamentales del actual desorden mundial. Los poderosos del mundo, todos neoliberales confesos, todos prisioneros de dogmas, todos sordos a las "constricciones objetivas" del mercado mundial, no comprenden ni las causas de la crisis en que se halla sumida la economía ni el dramatismo de la situación en su conjunto. Lo que pasa, lisa y llanamente dicho, es que no están a la altura de la política mundial en la época del capitalismo global desembridado.
Gran teatro político: primero, los Estados del G-8, temerosos todavía el año pasado de cualquier afirmación cuantitativa, anuncian ahora que se habrían puesto de acuerdo para disminuir a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero. De todos modos, no antes del 2050, y sin decir el año de referencia con el que debería compararse métricamente la reducción pretendida. Eso ni siquiera sería suficiente para mantener el calentamiento de la Tierra por debajo de la marca de 2 grados Celsius. En Heiligendamm, el año pasado, se quiso sólo "poner a prueba" el objetivo de reducir a la mitad las emisiones de CO2; ahora lo que se quiere es "sopesar y aceptar" con todos los participantes, en el marco de la convención de la ONU para la protección climática, la sublime "visión del objetivo". Sin indicar el año de referencia de 1990, que la ONU y todos los expertos consideran necesario pero del que nada quieren saber los japoneses; sin indicar fines intermedios; sin la menor indicación de obligaciones concretas para cada uno de los países del G-8, que producen de consuno más del 62% de las emisiones mundiales de CO2. Y todo bajo la reserva de que los países en el umbral del desarrollo y los países en vías de desarrollo deberían contribuir lo suyo también (una puertecilla trasera que se deja abierta por expreso deseo de los norteamericanos). Mientras el Ártico se nos está fundiendo a ojos vista, mientras se acelera indeciblemente el cambio climático y se nos va terminando el tiempo para emprender acciones efectivas, todas las decisiones de obligado cumplimiento se fían a un futuro incierto: por lo pronto, a la siguiente maratón negociadora, que tendrá lugar en Copenhague a fines de 2009 para, finalmente, desarrollar el protocolo de Kyoto.
Con imponente desenvoltura, los visionarios reunidos en el G-8 han tratado de poner en cintura a los representantes de los países en el umbral del desarrollo. En lo fundamental, el intento fracasó el último día de la cumbre. China, India y el resto de los países umbral se negaron a prestar obediencia al G-8. Sin la menor delicadeza, los jefes de gobierno del G-5 (y Australia, Indonesia y Corea del Sur) recordaron a los principales países industriales que son directamente responsables de por lo menos el 60% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Son, pues, los grandes pecadores climáticos –encabezados por Norteamérica—, que tienen los conocimientos, la tecnología y el dinero para hacerlo, quienes deberían dar el primer paso y proponer objetivos honorables de reducción. Las emisiones de substancias dañinas se han incrementado espectacularmente en los últimos años: los estadounidenses cargan hoy al clima con más de 20 toneladas de CO2 per capita; los indios, apenas con una tonelada. De aquí que resultara inobjetable la exigencia del G-5 de que los países del G-8 reduzcan su producción de CO2 entre un 20 y un 40% al menos de aquí a 2020. También está de todo punto justificada la exigencia de los países en el umbral del desarrollo de que los países del G-8 se adelanten con señales inequívocas, reduciendo sus emisiones de gases de efecto invernadero entre un 80 y un 95 por cien de aquí a 2050. Sin una clara indicación de objetivos concretos de reducción para los próximos años, de consuno con la fijación de objetivos intermedios y de mecanismos de control, los Estados del G-8 se hurtan una vez más a su propia responsabilidad. El intento de cargar la responsabilidad de la inacción en materia de cambio climático a los renuentes países en el umbral del desarrollo, es pura retórica. No son los chinos o los indios los culpables de la debacle. Fijando objetivos concretos, dando un paso claro para afrontar el cambio climático, haciendo ofertas inequívocas y concretas para el trabajo conjunto financiero y tecnológico, se habría logrado subirlos al mismo barco.
Rabia y decepción por doquiera en las organizaciones de protección del medio ambiente. Se habla de "pérdida de tiempo", de total "fracaso de las mayores potencias industriales del mundo ante el desafío climático". En vez de ponerse de acuerdo sobre las medidas más necesarias para la protección del clima a escala planetaria, los representantes de los mayores pecadores climáticos del mundo han dejado claro una vez más que hablan mucho de responsabilidad, pero sólo son capaces de la más irresponsable omisión en la acción.
Por consideración a Angela Merkel, se renunció a una declaración pública a favor de la energía nuclear como solución del problema climático, aunque los jefes del G-8 llevan mucho tiempo contagiados por la fiebre atómica. El lobby atómico y la industria nuclear pueden frotarse las manos. En la República Federal alemana, el compromiso atómico está en un precario equilibrio.
En plena tercera crisis del petróleo, a los jefes de gobierno del G-8 ni siquiera les pasó por la cabeza invitar a representantes de los países productores de petróleo. Les exigen, no obstante, más petróleo: mayor suministro y ampliación de las capacidades de suministro. De uno u otro modo, también, se dice, una mayor eficiencia energética no vendría mal para que los crecientes precios de la energía no perjudicaran a la economía mundial. Quedó para mejor ocasión la reflexión global sobre el problema: ¿de dónde viene la explosión de precios del petróleo y otras energías? ¿Cómo afrontar el problema del poder de los productores, de los comerciantes y de los especuladores petrolíferos? Las grandes preguntas fueron aplazadas a una próxima conferencia, cuyas fechas nadie conoce. Sobre la vertiginosa subida de los precios de los alimentos y de las materias primas, sobre la crisis alimentaria, sobre el creciente hambre en los países pobres del mundo, no hubo sino manifestaciones de preocupación y vistosos abalorios verbales sobre la "cooperación global". Por ahora, habría que limitarse a comprobar, por ejemplo, si bastarían las reservas internacionales de alimentos. Pésimo chiste. Almacenar enormes cantidades de grano, acaparar alimentos a gran escala, es el método más seguro para encender la inflación de precios. Con ideas peregrinas de ese tipo lo único que se consigue es distraer la atención de las necesarias reformas agrarias que hay que llevar a cabo tanto en los países industriales como en los países en vías de desarrollo. Más libre comercio, es decir, inmediato cierre de la ronda de Doha sobre el comercio mundial e introducción a mayor escala de tecnologías genéticas: tal era el tenor de las propuestas de la cancillera federal alemana Merkel. Ni la menor manifestación contra el creciente uso de biocombustibles, una de las causas esenciales del aumento de los precios de los alimentos –un 83% desde 2005—, así como de la crisis alimentaria mundial. La UE, que no es como tal miembro de pleno derecho del G-8, exigió y ofreció mucho más. Sin éxito.
También resultaron sorprendentes los silencios. Los rectores del mundo reunidos se comportaron como si la crisis financiera internacional, que viene propagándose en forma de ondas de choque desde el verano de 2007, hubiera sido ya superada. Angela Merkel observó: "Hemos tenido una subprime crisis. De una u otra manera, sigue habiendo un degoteo". De ninguna manera. Pocos días después del final de la cumbre, la crisis financiera entró en una nueva etapa en los EEUU con una ola de quiebras entre las mayores entidades financiadoras de hipotecas. Los países del G-8 han esquivado el problema de la crisis financiera internacional. Han dicho sí señor a las reglas de transparencia del Financial Stability Forum, y no han hecho el menor intento de coordinar las políticas de todo punto incompatibles que siguen al respecto los bancos centrales de los EEUU y de la UE. Siguen creyendo en las "fuerzas autosanadoras" de los mercados financieros y en la "autonomía" de los bancos centrales. De aquí que no hayan dicho ni palabra sobre la reciente ola de especulación con los alimentos y las materias primas en todas las bolsas del mundo; ni palabra sobre el papel jugado por la especulación con las mercancías a término en la actual carrera de precios del petróleo; ni palabra sobre la guerra monetaria mundial. Y todo, a pesar de la presencia de los representantes de la India, del país que hace poco ha prohibido directamente el comercio de futuros con los alimentos (y hasta ahora, no le ha ido nada mal). Nada –salvo la presión de Wall Street y de la City de Londres— podría impedir a los países del G-8 secundar el ejemplo de la India.
Todo el mundo sabe que la pobreza en el mundo cobra formas cada vez más terribles, aun cuando si se mide en términos absolutos por ingreso per capita, retrocede un poco. Pero a escala planetaria pasan hambre millones de seres humanos, casi un tercio de la población mundial está privada de acceso a agua potable, y epidemias como el SIDA, la malaria o la tuberculosis siguen extendiéndose porque los países pobres carecen de medios de prevención y tratamiento. África y la ayuda conjunta al desarrollo quedaron fuera del orden del día de la cumbre (como el año pasado). Una vez más, los países del G-8 han demostrado que, en el más halagüeño de los casos, están dispuestos a confirmar las promesas hechas hace años. Algo que iba de suyo –que los países del G-8 quieren cumplir con la ayuda acordada hace mucho al desarrollo en África de 25 mil millones de dólares hasta 2010— ,fue celebrado como un éxito. Lo que tendrían es más bien que haberse disculpado de que hasta ahora sólo hayan llegado a África 3 mil millones de una cifra total, de cuyo monto, dicho sea de pasada, nadie debería sentirse orgulloso. No menos penosa fue la confirmación del acuerdo, que ya el año pasado llegaba con retraso, de entregar en los próximos cinco años los 60 mil millones de dólares prometidos para la lucha contra el SIDA, la malaria y la tuberculosis. En lo que hace a la realización de los restantes objetivos de ayuda al desarrollo en el programa del milenio (por ejemplo, el suministro de agua), no se ha registrado el menor movimiento.
La economía mundial se halla inestablemente instalada en un peligroso vértice; los jefes de gobierno del G-8 nos siguen debiendo una respuesta clara a todas las cuestiones suscitadas por el momento presente. Con cada promesa deshonrada pierden más crédito, con cada ocasión desperdiciada para afirmar la legitimidad de su papel dirigente socavan más y más sus pretensiones dirigentes. No ofrece duda: el club de los superricos y poderosos se halla en una grave crisis de legitimidad. ¿Quién necesita de ese club a estas alturas? ¿Es sólo, acaso, que se ha hecho demasiado pequeño, es sólo, acaso, que cuenta con miembros que no deberían serlo? Si China o la India pueden desbaratar cualquier política climática del G-8, si el G-8 no puede desarrollar ninguna política energética sin la OPEC, ¿qué importancia tiene aún? Aun cuando los países del G-8 siguen representando el 14% de la población mundial y produciendo casi dos tercios del producto social mundial, nadie, salvo las elites económicas y políticas de esos países, necesita un tal "gobierno mundial informal" paralelo –y enfrentado— a las Naciones Unidas. China es visiblemente más importante para la economía mundial que Italia o Canadá; México o la India están claramente por delante de Rusia. Gran Bretaña y Francia han abogado por ampliar el grupo de los ocho al G-5, promoviendo a los países en el umbral del desarrollo a miembros plenos del club de caballeros. Al menos China y la India deberían incorporarse inmediatamente, según su propuesta. Se ha hablado incluso de un G-16. Alemania y Japón, los dos únicos países para los que el G-8 se ofrece como la sola tribuna de alcance político mundial a su disposición, se manifestaron firmemente en contra. El club debería resolver primero en pequeño comité, según ellos, las tareas internas pendientes, y sería, además, una "comunidad de valores". Los representantes de los países en el umbral del desarrollo no se sintieron ofendidos en absoluto. Los países del G-5 no se desviven por ser invitados a participar en el ilustre círculo de los poderosos. También esta vez, sobre todo China y la India, han demostrado la enorme influencia que han terminado por tener en la política mundial. Codeterminan el orden del día, son interlocutores buscados, sin ellos no se puede resolver ninguno de los problemas de alcance mundial; pero que no les vengan con las pseudosoluciones y las maniobras retóricas del G-8. Gracias a su oposición al G-8, los países del G-5 están hoy mejor organizados y aparecen más resueltamente unidos que nunca. Como miembros de un club ampliado de las grandes potencias, no tardarían en perder otra vez esa posición de poder. Antes de llegar a un G-13 o a un G-16, el G-8 tiene que demostrar que está dispuesto a un diálogo serio y a llegar a compromisos con esos países.
Michael Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam e investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad.
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss
Enlace a texto en Rebelión
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lunes, 7 de julio de 2008
La cumbre del G8 en Hokkaido
Michael R. Krätke
Sin Permiso
Poco después del estéril encuentro del G8 en Heiligendamm de junio de 2007, empezó el crac hipotecario estadounidense que habría de convertirse en una crisis financiera internacional. Entretanto, la explosión de los precios del petróleo y los crecientes precios de los alimentos han desencadenado la inflación. Hace un año, la reunión de quienes rigen los destinos del mundo fracasó espectacularmente ante la amenaza de la catástrofe climática. No hay, pues, demasiados motivos para suponer que su inteligencia colectiva vaya a esdtar ahora a la altura de la crisis económica mundial que se dibuja en el horizonte.
Pero, esta vez, ya el hecho de celebrarse la cumbre en la isla japonesa de Hokkaido es un guiño ecológico simbólico. La protección del clima domina, por encima de toda medida, el orden del día. La delegación alemana se enfrenta allí a una abrumadora mayoría de partidarios de la energía nuclear. Le resultará complicado a la cancillera Merkel impedir una declaración final favorable al renacimiento de la energía atómica como medio supuestamente seguro de hacer frente al cambio climático y a la crisis energética.
Ni los ministros de finanzas del G8, reunidos en Osaka hace dos semanas, ni los ministros de energía del G8, reunidos la semana pasada, han sabido encontrar respuestas plausibles a los incalculables precios del petróleo y la a tendencia inflacionaria global. Menearon, preocupados, la cabeza, llamaron a un aumento de los suministros de petróleo y manifestaron su resolución de querer investigar las razones de la vertiginosa escalada de precios. De uno u otro modo –hasta aquí llegaron—, los mercados financieros y la especulación internacional en las bolsas de mercancías tienen algo que ver, pero, hasta la reunión de otoño del FMI, nada tienen que temer del G8 los especuladores petrolíferos, salvo palabras subidas de tono. Hasta entonces, lo único que se hará es indagar. Tampoco tienen que preocuparse quienes multiplican fabulosamente su dinero en las bolsas de materias primas especulando en los mercados de valores de mercancías a término con alimentos como el arroz, el trigo, la soja o el maíz y, de esta guisa, contribuyendo a disparar los precios de los alimentos.
Que, de uno u otro modo, las hambrunas artificialmente producidas en el mundo, que, eufemísticamente camufladas bajo el rótulo de “crisis alimentaria”, golpean por lo menos a 900 millones de seres humanos, tienen que ver con una política comercial mundial errada, hasta aquí, al menos, llegan la mayoría de los gobiernos del G8. Pero no tienen el coraje demostrado por el primer ministro indio Manmohan Singh cuando, ya el año pasado, prohibió el comercio bursátil con contratos a término para el trigo, el arroz, las alubias y los guisantes (una prohibición que acaba de extender a las patatas y al aceite de soja).
La crisis financiera internacional sirve, al menos, para que vuelva a ingresar en la agenda del G8 una regulación de los mercados financieros. En la reunión del año pasado en Heiligendamm, se dejó caer sin pena ni gloria la iniciativa alemana de inspeccionar más de cerca los fondos hedge. Ahora, poco antes de comenzar la cumbre, Angela Merkel ha dejado dicho que el modelo anglosajón de control de los mercados financieros ha fracasado y que, de ahora en adelante, es la Europa continental la que debe llevar la manija. Pero, por ahora, la cancillera sólo amenaza con la creación de una agencia europea propia de rating, capaz de romper el monopolio de Moody’s, Standard and Poor’s y Fitch. No se prevén nuevas prescripciones para las agencias de rating, como, pongamos por caso, la prohibición de evaluar proyectos financieros en las que ellas mismas estén implicadas, o nuevas normas de obligado cumplimiento para el volumen de las reservas bancarias. Ni palabra sobre la necesidad de poner brida a las “innovaciones financieras” de alto riesgo, responsables primeras de que una crisis local de las subprime en el mercado hipotecario norteamericano haya desencadenado una crisis financiera global. Sólo se prescribe “más transparencia” en los fondos estatales soberanos de inversión con que los que los países en vías de desarrollo más ricos entran de compras en los países industriales más ricos.
En el proyecto de declaración final, los países del G8 se mantienen verbalmente en sus obligaciones con África, pero, evidentemente, sobre los 25 mil millones de dólares anuales acordados hace mucho se calla prudentemente. La propia Alemania, que había prometido para 2010 un 0,51% de su PIB para ayuda al desarrollo, no mantendrá la promesa. En tales circunstancias, no se ve cómo podrán desembolsarse los 60 mil millones de dólares asignados por la cumbre de Heiligendamm a contener la malaria, la tuberculosis y el sida en África. Marean ahora la perdiz en el G8 con un fondo de inversiones multilateral para la protección del clima, el Clean Technology Fonds, que debería servir para financiar la exportación de tecnologías “más limpias” a los países africanos en vías de desarrollo y a los países asiáticos en el umbral del desarrollo. Sea ello como fuere, los 10 mil millones de dólares anuales de que se habla como dotación de ese fondo no harán mucho por la protección del clima, salvo venderles a los países en cuestión unas cuantas centrales energéticas solares y unas cuantos edificios de bajo consumo energético.
Michael Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam e investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad.
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss
Enlace a texto en Rebelión
Sin Permiso
Poco después del estéril encuentro del G8 en Heiligendamm de junio de 2007, empezó el crac hipotecario estadounidense que habría de convertirse en una crisis financiera internacional. Entretanto, la explosión de los precios del petróleo y los crecientes precios de los alimentos han desencadenado la inflación. Hace un año, la reunión de quienes rigen los destinos del mundo fracasó espectacularmente ante la amenaza de la catástrofe climática. No hay, pues, demasiados motivos para suponer que su inteligencia colectiva vaya a esdtar ahora a la altura de la crisis económica mundial que se dibuja en el horizonte.
Pero, esta vez, ya el hecho de celebrarse la cumbre en la isla japonesa de Hokkaido es un guiño ecológico simbólico. La protección del clima domina, por encima de toda medida, el orden del día. La delegación alemana se enfrenta allí a una abrumadora mayoría de partidarios de la energía nuclear. Le resultará complicado a la cancillera Merkel impedir una declaración final favorable al renacimiento de la energía atómica como medio supuestamente seguro de hacer frente al cambio climático y a la crisis energética.
Ni los ministros de finanzas del G8, reunidos en Osaka hace dos semanas, ni los ministros de energía del G8, reunidos la semana pasada, han sabido encontrar respuestas plausibles a los incalculables precios del petróleo y la a tendencia inflacionaria global. Menearon, preocupados, la cabeza, llamaron a un aumento de los suministros de petróleo y manifestaron su resolución de querer investigar las razones de la vertiginosa escalada de precios. De uno u otro modo –hasta aquí llegaron—, los mercados financieros y la especulación internacional en las bolsas de mercancías tienen algo que ver, pero, hasta la reunión de otoño del FMI, nada tienen que temer del G8 los especuladores petrolíferos, salvo palabras subidas de tono. Hasta entonces, lo único que se hará es indagar. Tampoco tienen que preocuparse quienes multiplican fabulosamente su dinero en las bolsas de materias primas especulando en los mercados de valores de mercancías a término con alimentos como el arroz, el trigo, la soja o el maíz y, de esta guisa, contribuyendo a disparar los precios de los alimentos.
Que, de uno u otro modo, las hambrunas artificialmente producidas en el mundo, que, eufemísticamente camufladas bajo el rótulo de “crisis alimentaria”, golpean por lo menos a 900 millones de seres humanos, tienen que ver con una política comercial mundial errada, hasta aquí, al menos, llegan la mayoría de los gobiernos del G8. Pero no tienen el coraje demostrado por el primer ministro indio Manmohan Singh cuando, ya el año pasado, prohibió el comercio bursátil con contratos a término para el trigo, el arroz, las alubias y los guisantes (una prohibición que acaba de extender a las patatas y al aceite de soja).
La crisis financiera internacional sirve, al menos, para que vuelva a ingresar en la agenda del G8 una regulación de los mercados financieros. En la reunión del año pasado en Heiligendamm, se dejó caer sin pena ni gloria la iniciativa alemana de inspeccionar más de cerca los fondos hedge. Ahora, poco antes de comenzar la cumbre, Angela Merkel ha dejado dicho que el modelo anglosajón de control de los mercados financieros ha fracasado y que, de ahora en adelante, es la Europa continental la que debe llevar la manija. Pero, por ahora, la cancillera sólo amenaza con la creación de una agencia europea propia de rating, capaz de romper el monopolio de Moody’s, Standard and Poor’s y Fitch. No se prevén nuevas prescripciones para las agencias de rating, como, pongamos por caso, la prohibición de evaluar proyectos financieros en las que ellas mismas estén implicadas, o nuevas normas de obligado cumplimiento para el volumen de las reservas bancarias. Ni palabra sobre la necesidad de poner brida a las “innovaciones financieras” de alto riesgo, responsables primeras de que una crisis local de las subprime en el mercado hipotecario norteamericano haya desencadenado una crisis financiera global. Sólo se prescribe “más transparencia” en los fondos estatales soberanos de inversión con que los que los países en vías de desarrollo más ricos entran de compras en los países industriales más ricos.
En el proyecto de declaración final, los países del G8 se mantienen verbalmente en sus obligaciones con África, pero, evidentemente, sobre los 25 mil millones de dólares anuales acordados hace mucho se calla prudentemente. La propia Alemania, que había prometido para 2010 un 0,51% de su PIB para ayuda al desarrollo, no mantendrá la promesa. En tales circunstancias, no se ve cómo podrán desembolsarse los 60 mil millones de dólares asignados por la cumbre de Heiligendamm a contener la malaria, la tuberculosis y el sida en África. Marean ahora la perdiz en el G8 con un fondo de inversiones multilateral para la protección del clima, el Clean Technology Fonds, que debería servir para financiar la exportación de tecnologías “más limpias” a los países africanos en vías de desarrollo y a los países asiáticos en el umbral del desarrollo. Sea ello como fuere, los 10 mil millones de dólares anuales de que se habla como dotación de ese fondo no harán mucho por la protección del clima, salvo venderles a los países en cuestión unas cuantas centrales energéticas solares y unas cuantos edificios de bajo consumo energético.
Michael Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam e investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad.
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss
Enlace a texto en Rebelión
domingo, 22 de junio de 2008
¿Quién es responsable de la inflación de precios del petróleo y de los alimentos?
Michael R. Krätke
Sin Permiso
Desde que los mercados financieros se convirtieron parcialmente en un campo minado, las bolsas de mercancías aparecen como un refugio atractivo. Así como, tras el estallido de la burbuja punto.com en 2000-01, el capital se refugió en los valores inmobiliarios y en los derivados financieros, ahora, tras el estallido de la burbuja inmobiliaria y de la burbuja de los derivados, sigue desplazándose a toda velocidad. Se mueve hacia las bolsas de mercancías a término, en donde, con contratos de futuros sobre títulos en papel de materias primas (petróleo, gas, metales, productos agrícolas) se puede ganar dinero rápidamente y sin esfuerzo. A diferencia de lo que ocurre en las bolsas de acciones, en las bolsas de mercancías a término no hay intereses ni dividendos. Quien en ellas invierte dinero, apuesta a ganancias sobre el cambio de curso, es decir, a aumentos de precio rápidos y vigorosos de las "mercancías ficticias" titularizadas en papel. La colosal afluencia de capital ha desencadenado allí en poquísimo tiempo una verdadera explosión de los precios. Desde comienzos de año, la economía mundial cabalga sobre una nueva burbuja especulativa.
Los inversores financieros, que han colocado miles y miles de millones en el comercio de mercancías de papel, son responsables de la vertiginosa subida de precios de las materias primas. Huelga decir que los bolsistas rechazan eso indignados: no la especulación en las bolsas a término o el comercio no regulado fuera de las bolsas serían los culpables de la explosión de precios, sino –elijan ustedes— los chinos, los hindúes o el conjunto de los países BRIC (Brasil, Rusia, India, China), cuando no el "pico" que supuestamente habría alcanzado ya la producción de petróleo. Es verdad, desde luego, que los países en el umbral del desarrollo crecen desde hace años a un ritmo récord, pero la vertiginosa subida de precios en las opciones de títulos de mercancías, seguida muy de cerca por las correspondientes subidas de precios del petróleo real, del gas real, del arroz real, de la soja real y del trigo real, data por lo menos del último trimestre de 2007. Desde entonces, según datos del Banco Internacional de Compensación, se observa un claro retroceso del volumen del comercio de derivados, mientras que el volumen de los papeles-mercancía sube rápidamente a escala planetaria. Eso vale, por lo pronto, para los títulos agrícolas, seguidos de los de los productos energéticos. Por cierto que en ese boom pesaron con fuerza las bolsas chinas de mercancías a término: con incrementos de volumen de más del 100% en pocos meses.
El comercio con materias primas y alimentos titularizados en papel tiene una propiedad que lo hace irresistible para los especuladores. Se necesita harto menos capital propio que en los mercados de acciones. Hasta las estrictas reglas de la comisión de control instituida por el gobierno norteamericano, la CFTC (Commodity Futures Trading Commission), permiten a cualquier especulador comprar un contrato para petróleo crudo sin tener que desembolsar en efectivo más que el 6% del valor de ese contrato. Lo que significa que, para adquirir un barril de crudo en la bolsa petrolífera de Nueva York (NYMEX), sólo necesito unos 10 dólares. Eso atrae a los especuladores en masa. No es por casualidad que todos los grandes inversores –grandes bancos, sobre todo bancos de inversiones, fondos de pensiones, empresas aseguradoras o fondos hedge— estén ahora entrando en tromba en las bolsas de mercancías a término y en el comercio especulativo con títulos en papel de petróleo y otras materias primas. Los mayores jugadores y mayores disparadores de precios en la NYMEX, en la IPE (la International Petroleum Exchange de Londres) y en la ICE (Intercontinental Exchange) son firmas que llevan la batuta en Wall Street, como Goldman Sachs, Morgan Stanley, JP Morgan Chase, o el Bank of America, la Société Générale francesa y la Deutsche Bank alemana. A todas esas empresas hay que agradecer que, entretanto, simples inversores privados, como el clásico pequeño accionista, se estén subiendo al carro del boom de la especulación con las materias primas. No la OPEC, sino Wall Street domina ahora el negocio del petróleo.
Ya en 2006, el Senado de los EEUU estaba oficialmente en claro respecto al hecho de que los inversores financieros habían arrebatado la jefatura a las cuatro grandes empresas petrolíferas angloamericanas y a la OPEC. Hasta el 60% de las recientes subidas de precios del petróleo hay que agradecérselas a esos inversores, y entre un 20 y un 30 por ciento a la caída del dólar, de la que tratan de resarcirse los productores y los comerciantes de petróleo. Apenas tiene que ver el drástico incremento de precios con costes de producción crecientes o con una demanda real en aumento. La demanda mundial de crudo ha subido desde 2004 poco más de un 1,2% anual; en cambio, el precio del crudo, más de un 250%. En enero de 2008 rebasó por vez primera la marca de los 100 dólares, luego perforó la barrera del sonido de los 130 dólares por barril. Los costes de producción de un barril de crudo no montan hoy, aun en las condiciones más adversas –la extracción de crudo de las arenas betuminosas de Alaska—, más de 30 dólares por barril.
En los EEUU, el país con mayor consumo de petróleo del planeta (cerca de 20,7 millones de barriles diarios), la demanda de petróleo baja desde hace meses, y –dada la recesión que no deja de extenderse— seguirá verosímilmente bajando. En China, que consume un tercio del petróleo consumido por los EEUU, las importaciones de petróleo vienen creciendo más bien moderadamente desde 2000, en menos de un 0,5% de la producción mundial cada año.
En muchos lugares se descubren ahora nuevos campos petrolíferos. La Arabia Saudita, el mayor productor petrolífero del mundo, tiene previsto un importante aumento de sus suministros (hasta un tercio de su actual producción) y quiere aumentar en un 40% las inversiones en plantas productoras. Con unos precios crecidos, se vuelve rentable hasta la explotación de reservas petrolíferas tenidas hasta ahora por demasiado costosas. Brasilia, por ejemplo, entrará muy pronto en la categoría de los diez mayores productores petrolíferos, gracias a unos recientes hallazgos de petróleo en sus costas. No es pues, admisible, la tesis de que el precio del petróleo refleja una nueva escasez petrolífera global.
¿Y la alta política? Al cierre de su cumbre en Osaka, los ministros de finanzas del G-8 cayeron en la original cuenta de que había que empezar a investigar el papel desempeñado por la especulación internacional en el vertiginoso aumento de los precios del petróleo. El FMI y la IEA (Agencia Internacional de Energía) tienen que presentar un informe al respecto antes de octubre. Hasta entonces, siguen los llamamientos a los países productores para que hagan algo. Los ministros de finanzas reunidos parecían como desamparados, y diríase que tan incapaces de comprender el mundo del capitalismo realmente existente como el usuario corriente y moliente atónito ante el surtidor de su gasolinera. Que la energía y la alimentación de la población mundial son cosas demasiado importantes para dejarlas en manos de los especuladores, no parece cosa que los fundamentalistas de mercado que nos gobiernan puedan comprender de buenas a primeras.
Michael Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam e investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad.
Sin Permiso
Desde que los mercados financieros se convirtieron parcialmente en un campo minado, las bolsas de mercancías aparecen como un refugio atractivo. Así como, tras el estallido de la burbuja punto.com en 2000-01, el capital se refugió en los valores inmobiliarios y en los derivados financieros, ahora, tras el estallido de la burbuja inmobiliaria y de la burbuja de los derivados, sigue desplazándose a toda velocidad. Se mueve hacia las bolsas de mercancías a término, en donde, con contratos de futuros sobre títulos en papel de materias primas (petróleo, gas, metales, productos agrícolas) se puede ganar dinero rápidamente y sin esfuerzo. A diferencia de lo que ocurre en las bolsas de acciones, en las bolsas de mercancías a término no hay intereses ni dividendos. Quien en ellas invierte dinero, apuesta a ganancias sobre el cambio de curso, es decir, a aumentos de precio rápidos y vigorosos de las "mercancías ficticias" titularizadas en papel. La colosal afluencia de capital ha desencadenado allí en poquísimo tiempo una verdadera explosión de los precios. Desde comienzos de año, la economía mundial cabalga sobre una nueva burbuja especulativa.
Los inversores financieros, que han colocado miles y miles de millones en el comercio de mercancías de papel, son responsables de la vertiginosa subida de precios de las materias primas. Huelga decir que los bolsistas rechazan eso indignados: no la especulación en las bolsas a término o el comercio no regulado fuera de las bolsas serían los culpables de la explosión de precios, sino –elijan ustedes— los chinos, los hindúes o el conjunto de los países BRIC (Brasil, Rusia, India, China), cuando no el "pico" que supuestamente habría alcanzado ya la producción de petróleo. Es verdad, desde luego, que los países en el umbral del desarrollo crecen desde hace años a un ritmo récord, pero la vertiginosa subida de precios en las opciones de títulos de mercancías, seguida muy de cerca por las correspondientes subidas de precios del petróleo real, del gas real, del arroz real, de la soja real y del trigo real, data por lo menos del último trimestre de 2007. Desde entonces, según datos del Banco Internacional de Compensación, se observa un claro retroceso del volumen del comercio de derivados, mientras que el volumen de los papeles-mercancía sube rápidamente a escala planetaria. Eso vale, por lo pronto, para los títulos agrícolas, seguidos de los de los productos energéticos. Por cierto que en ese boom pesaron con fuerza las bolsas chinas de mercancías a término: con incrementos de volumen de más del 100% en pocos meses.
El comercio con materias primas y alimentos titularizados en papel tiene una propiedad que lo hace irresistible para los especuladores. Se necesita harto menos capital propio que en los mercados de acciones. Hasta las estrictas reglas de la comisión de control instituida por el gobierno norteamericano, la CFTC (Commodity Futures Trading Commission), permiten a cualquier especulador comprar un contrato para petróleo crudo sin tener que desembolsar en efectivo más que el 6% del valor de ese contrato. Lo que significa que, para adquirir un barril de crudo en la bolsa petrolífera de Nueva York (NYMEX), sólo necesito unos 10 dólares. Eso atrae a los especuladores en masa. No es por casualidad que todos los grandes inversores –grandes bancos, sobre todo bancos de inversiones, fondos de pensiones, empresas aseguradoras o fondos hedge— estén ahora entrando en tromba en las bolsas de mercancías a término y en el comercio especulativo con títulos en papel de petróleo y otras materias primas. Los mayores jugadores y mayores disparadores de precios en la NYMEX, en la IPE (la International Petroleum Exchange de Londres) y en la ICE (Intercontinental Exchange) son firmas que llevan la batuta en Wall Street, como Goldman Sachs, Morgan Stanley, JP Morgan Chase, o el Bank of America, la Société Générale francesa y la Deutsche Bank alemana. A todas esas empresas hay que agradecer que, entretanto, simples inversores privados, como el clásico pequeño accionista, se estén subiendo al carro del boom de la especulación con las materias primas. No la OPEC, sino Wall Street domina ahora el negocio del petróleo.
Ya en 2006, el Senado de los EEUU estaba oficialmente en claro respecto al hecho de que los inversores financieros habían arrebatado la jefatura a las cuatro grandes empresas petrolíferas angloamericanas y a la OPEC. Hasta el 60% de las recientes subidas de precios del petróleo hay que agradecérselas a esos inversores, y entre un 20 y un 30 por ciento a la caída del dólar, de la que tratan de resarcirse los productores y los comerciantes de petróleo. Apenas tiene que ver el drástico incremento de precios con costes de producción crecientes o con una demanda real en aumento. La demanda mundial de crudo ha subido desde 2004 poco más de un 1,2% anual; en cambio, el precio del crudo, más de un 250%. En enero de 2008 rebasó por vez primera la marca de los 100 dólares, luego perforó la barrera del sonido de los 130 dólares por barril. Los costes de producción de un barril de crudo no montan hoy, aun en las condiciones más adversas –la extracción de crudo de las arenas betuminosas de Alaska—, más de 30 dólares por barril.
En los EEUU, el país con mayor consumo de petróleo del planeta (cerca de 20,7 millones de barriles diarios), la demanda de petróleo baja desde hace meses, y –dada la recesión que no deja de extenderse— seguirá verosímilmente bajando. En China, que consume un tercio del petróleo consumido por los EEUU, las importaciones de petróleo vienen creciendo más bien moderadamente desde 2000, en menos de un 0,5% de la producción mundial cada año.
En muchos lugares se descubren ahora nuevos campos petrolíferos. La Arabia Saudita, el mayor productor petrolífero del mundo, tiene previsto un importante aumento de sus suministros (hasta un tercio de su actual producción) y quiere aumentar en un 40% las inversiones en plantas productoras. Con unos precios crecidos, se vuelve rentable hasta la explotación de reservas petrolíferas tenidas hasta ahora por demasiado costosas. Brasilia, por ejemplo, entrará muy pronto en la categoría de los diez mayores productores petrolíferos, gracias a unos recientes hallazgos de petróleo en sus costas. No es pues, admisible, la tesis de que el precio del petróleo refleja una nueva escasez petrolífera global.
¿Y la alta política? Al cierre de su cumbre en Osaka, los ministros de finanzas del G-8 cayeron en la original cuenta de que había que empezar a investigar el papel desempeñado por la especulación internacional en el vertiginoso aumento de los precios del petróleo. El FMI y la IEA (Agencia Internacional de Energía) tienen que presentar un informe al respecto antes de octubre. Hasta entonces, siguen los llamamientos a los países productores para que hagan algo. Los ministros de finanzas reunidos parecían como desamparados, y diríase que tan incapaces de comprender el mundo del capitalismo realmente existente como el usuario corriente y moliente atónito ante el surtidor de su gasolinera. Que la energía y la alimentación de la población mundial son cosas demasiado importantes para dejarlas en manos de los especuladores, no parece cosa que los fundamentalistas de mercado que nos gobiernan puedan comprender de buenas a primeras.
Michael Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam e investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad.
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