Alejandro Nadal
La Jornada
La destrucción de capital que trae aparejada la crisis es una lección importante. Demuestra que detrás de los amables rituales y sofisticados gadgets con los que disfrazamos la realidad social, yacen fuerzas destructivas que algún día terminarán con todo.
La crisis no sólo ha provocado una colosal desvalorización de capital contable en la esfera financiera. También causa la destrucción física de máquinas, líneas de producción y empresas. Por supuesto, con el desempleo la crisis alcanza el grado máximo de devastación, poniendo en peligro la vida de millones de personas. Y lejos de ser enviado a un segundo plano, el tema de la destrucción ambiental debe estar al frente de la discusión sobre la salida de la crisis.
Por eso el Programa de Naciones Unidas sobre medio ambiente (PNUMA) dio a conocer en octubre pasado una iniciativa para hacer compatible la economía con el medio ambiente. La idea central de este proyecto es que urge colocar las prioridades de la sustentabilidad en el corazón de la economía. Después de años de retórica hueca, se trata de que el entorno físico ocupe el lugar que le corresponde en las decisiones de los agentes económicos.
El nombre de la iniciativa es extraño: se puede traducir como la Iniciativa para una economía verde (IEV). Desgraciadamente, la IEV no está bien estructurada y sus fundamentos son débiles, por decirlo diplomáticamente.
La iniciativa está organizada alrededor de seis temas: energía renovable, transporte, desechos, infraestructura ambiental, negocios basados en la biodiversidad y tecnologías limpias. Es evidente que los primeros dos son clave para la reducción de emisiones de gases invernadero y para alcanzar una mayor eficiencia. El tercero es crucial para intensificar el reciclaje de productos y embalajes y, en general, para alcanzar un metabolismo industrial que no descanse en la destrucción del medio ambiente.
El solo enunciado de los componentes de la IEV es una señal sobre la confusión en la que están empantanados sus autores. Poco de lo que contienen estos rubros es realmente un tema de economía. En materia de energía, transporte y desechos, por ejemplo, de lo que se trata es de "reverdecer la tecnología". Lo cual no está mal. Pero algo esencial está faltando.
El tema de la biodiversidad es colocado en relación directa con las "oportunidades de negocios" y con la rentabilidad, ignorando a los dos mil millones de campesinos que trabajan en todo el mundo, cuidando suelos, agua y agro-biodiversidad. Y en medio de otro escándalo conceptual, en la IEV el medio ambiente es visto como un componente de la "infraestructura" sobre la que descansa la economía. Supongo que con estas orientaciones, el siguiente paso será recomendar la privatización de la mencionada infraestructura natural.
La IEV ignora que las relaciones económicas del modelo que provocó esta crisis son las mismas que han intensificado el profundo deterioro ambiental que hoy amenaza la supervivencia de la humanidad. La sobreproducción, el exceso de capacidad instalada y el colapso de la demanda efectiva son resultado de ese modelo. Y los procesos de erosión de suelos, contaminación de acuíferos, extinción masiva de especies, cambio climático, por mencionar unos ejemplos, se han intensificado con este modelo delirante que descansa sobre bases equivocadas.
La desregulación financiera, la concentración de poder de mercado, la manipulación de precios, el estancamiento del salario real, la apertura ciega de mercados, los premios para el capital financiero, los flujos de capital especulativo, son asuntos que reclaman atención a gritos. Pero la IEV no les presta atención. Como si estos temas no tuvieran nada que ver con el desarrollo sustentable.
Una cosa es evidente. La crisis financiera y económica global no se va a superar con sólo oprimir el botón de reinicio, el "reset". Si se mantienen en pie las estructuras y procesos que dieron lugar a la globalización neoliberal, lo único que va a lograrse es reiniciar un nuevo ciclo que acabará por estallar con mucha mayor intensidad en unos pocos años. El astronómico estímulo fiscal planeado por la administración Obama no sólo será desperdiciado, sino que será el detonador de una debacle económica sin paralelo dentro de unos pocos años.
En conclusión y por paradójico que parezca, el simple "rescate" de la economía no es una buena idea. Lo que se necesita es descartar el modelo neoliberal para proceder con un diseño nuevo que realmente coloque a la justicia, la responsabilidad social y la integridad ambiental en el centro de las prioridades.
Marx lo vio claramente: no hay un átomo de materia que penetre en las relaciones sociales. Éstas no son lo mismo que las cosas materiales que les dan soporte. Si en esta etapa de la historia se requiere hacer compatible a la economía capitalista con la sustentabilidad, es necesario transformar las relaciones económicas que han sido la marca del modelo neoliberal. No basta con "reverdecer" la tecnología.
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Alejandro Nadal es economista. Profesor investigador del Centro de Estudios Económicos, El Colegio de México, y colabora regularmente con el cotidiano mexicano de izquierda La Jornada.
Enlace a texto en Rebelión
martes, 13 de enero de 2009
lunes, 12 de enero de 2009
Si de Keynes se trata...
Ariel H. Colombo
Sin Permiso
Aterrorizado por el ciclo de insurrecciones populares en todo el mundo, a principios de los años ´70 el capitalismo optó por protegerse de la incertidumbre por medio de la liquidez y la libertad de movimientos. Los Estados de bienestar keynesianos pretendían que los aumentos de productividad y el exceso de capital no se convirtieran en desempleo, y la expansión del crédito sostuvo la acumulación frente a esta presión de las demandas sociales institucionalizadas en el Estado intervencionista, pero inició una guerra civil encubierta, la inflación, que el capital ganó finalmente al liberarse de las regulaciones nacionales. Este giro se asentó, sin embargo, en la previa reestructuración del dominio norteamericano, que luego de la derrota en Vietnam y del debilitamiento del dólar, pasó de una relación de hegemonía con el mundo al señoreaje, un régimen extorsivo que agravia o produce peligros contra los cuales luego ofrece protección. Este tránsito de la negociación asimétrica pero multilateral del hegemonismo, a la unilateralidad globalitera del consenso de Washington, tuvo su primer test en Gran Bretaña en 1974. A raíz de la huelga de mineros y de albañiles los laboristas acceden al gobierno con promesas de reformas y con un ministro de Hacienda que prometía "exprimir a los ricos hasta que sus huesos crujan". La reacción fue el derrumbe de la libra esterlina, forzando la solicitud de un crédito del FMI. El Tesoro norteamericano gestionó el acuerdo y el gabinete inglés lo cumplió eliminando los controles de entrada y salida de capitales hasta el punto de que, más tarde, Thatcher diría que sólo se limitaba a aplicar la política laborista. Es que los funcionarios de Nixon habían hecho suyas las recomendaciones de Huntington de escapar a la "sobrecarga" de demandas populares sobre gobiernos que, como consecuencia de ello, terminaban propiciando aquel contexto subversivo. El señoreaje internacional de los EE.UU fue así la respuesta a su propio debilitamiento externo, a las sublevaciones sociales internas, a propuestas de democratizar la economía asumidas por la socialdemocracia europea y a exageraciones tales como la Declaración de los derechos económicos de la ONU, que autorizó a "regular y ejercer autoridad sobre la inversiones extranjeras", "regular o suprimir la actividad de corporaciones multinacionales" y permitir "expropiar o transferir la propiedad de agentes extranjeros". Brzezinski lo definió sin querer al señalar que "los tres grandes imperativos de la estrategia geopolítica son: evitar la confabulación de los vasallos y mantener su dependencia en cuestiones de seguridad; conseguir que los subordinados sigan siendo influenciables y maleables, y evitar que los bárbaros se coaliguen". Por ésta vía, en nombre del intervencionismo humanitario y de la guerra preventiva, se destruyó la incipiente igualdad entre los Estados, ya que por nominal que fuera por primera vez en la historia había desde 1945 un sistema internacional que concedía solo a la ONU el derecho a hacer la guerra, y por el cual la fuerza no era equivalente al derecho.
Tal reorganización sirvió al capital financiero, el cual la reprodujo en cada país por medio de una legalidad, réplica de la estadounidense, que tuvo por premisa que el capital extranjero tuviera los mismos privilegios que el local. Esta apertura de los Estados posibilitó que el centro se apropiara de los activos de la periferia y que los circuitos de valorización generados desde allí llegaran a manos de los sectores dominantes en los países desarrollados, saqueo que además benefició a los sectores dominantes locales, que como rentistas financian a los EEUU mientras obligan en sus países a producir con costos ecológicos y sociales criminales. Otro de los instrumentos que indujo a las clases medias superiores a plegarse al proyecto neoliberal de la periferia y del centro, fueron los fondos de pensión, a los que adhirieron con la expectativa de acceder a las rentas del capital ya que los altos tipos de interés y las periódicas burbujas de los mercados de valores e inmobiliarios creaban la ilusión de una prosperidad autopropulsada. Si la hegemonía es la promesa de largo plazo, el señoreaje es la conformidad con el presente por malo que sea y que se refleja, por ejemplo, en las tasas de interés las que, al sobrepasar la tasa de crecimiento productivo, disuelven la proyección colectiva del futuro y disocian a los empresarios y asalariados de los tendedores de activos financieros, instaurando el cortoplacismo como régimen temporal de la sociedad. Las altas tasas de interés fue el requisito para que los capitales fluyeran y no devaluar el tipo de cambio pese al ascenso del déficit externo, tasas que Keynes sabía no aumentarían el ahorro. (Creía que no era necesario elevarlas para inducir el ahorro ya que este es una función del ingreso que depende de la inversión, la que a su vez es función decreciente de la tasa de interés). Pero en cambio volvieron autónomo al sector financiero. Al quedar sometida a la alternativa huida de capitales o desacumulación industrial, la política fue pulverizada. Los gobiernos, obligados a una moneda fuerte basada en tasas de interés elevadas, dieron paso a la reestructuración industrial con desempleo permanente. La supremacía del corto plazo indujo, además, el crecimiento exponencial del capital ficticio, que especula con ingresos futuros sin ninguna contrapartida en inversiones, solo con el fin de obtener la diferencia entre el precio de compra y el de venta, y cuya magnitud se refleja en el incremento de la pobreza y de la desigualdad en todo el mundo, en primer lugar en los propios Estados Unidos, donde se endeudó a los sectores populares en lugar de aumentar sus salarios, y donde la desigualdad ha superado los niveles de 1930. El bloque neoliberal, conducido por una elite capitalista cada vez más rica, y sostenido por una burguesía asalariada con ganancias disociadas de la suerte de las empresas, forzó a los agentes económicos a satisfacer las pulsiones inmediatas. Y en cuanto la acumulación ya no se orientó a su reproducción ampliada, la especulación se difundió por todos los mercados.
Ahora, su desintegración se profundiza en los países centrales, cuando los tenedores del capital financiero han tratado, lo más rápido posible y todos a la vez, convertirlo en dinero, es decir, ejerciendo su preferencia por la liquidez justo cuando no deberían hacerlo. Es que al imponer una distribución de la renta tan sesgada, han socavado finalmente la fuga hacia delante que, por medio del endeudamiento, le es inherente. Su crisis coincide con la declinación no de la omnipresencia estadounidense pero sí de esa forma específica de dominio que consistió en la invención de enemigos. EE. UU los necesita para preservar su funcionamiento político interno y externalizar sus potenciales conflictos internos, compensando el poder interno decreciente y antipolítico con un poder externo sostenido en la desconfianza entre países. Su política interior, peligrosamente trabada, exige al mundo como válvula de seguridad. Y aunque no lo han llevado al fascismo, porque le requeriría movilizar a las masas, ni a convertirse en una megamafia, porque les exigiría presentarse como portadores de valores premodernos, el señoreaje han puesto en evidencia rasgos que le son comunes al fundamentalismo cuasireligioso y la dosificación de la violencia. Pero esta modalidad de poder ya no resulta fiable, y si algunas amenazas dejaran de ser imaginarias, tampoco sería eficaz. Por lo cual la pregunta implícita es si los EE.UU volverán a la relación hegemónica de la posguerra. Ello supondría la vuelta a la intervención estatal y a las regulaciones públicas, que como sospecha la derecha se sabe dónde comienzan pero no dónde terminan. La vuelta al Estado fuerte no parece estar entre los planes de una clase dominante que no quiere reencontrarse con las sublevaciones nacionales que la globalización vino a desactivar. Si los controles democráticos vuelven ¿por qué habrían de mantenerse dentro de los parámetros capitalistas? No obstante, no podrá subestimarse su capacidad de reordenar a la sociedad mundial utilizando la crisis del capital, esta vez la de su sobredimensionamiento financiero, en su favor. Cómo lo hará depende del nivel de movilización de los pueblos. La posibilidad que tienen estos, por lo pronto, es no solo impedir que la deflación del capital se traslade hacia bajo de la pirámide social sino pasar a la ofensiva con ideas como las del presidente de Ecuador en torno a un sistema financiero regional, anclar todas las expectativas de mercado en el largo plazo, y reclamar impuestos como los sugeridos por Keynes en 1936, Dornsbusch en 1978 y Tobin en 1995.
Pero la ofensiva tiene que estar a cargo de gobiernos que a la vez que revierten el programa neoliberal, adviertan que tampoco hay salida por el lado del productivismo, y de que deben buscar apoyos para políticas de empleo que tengan como eje la reducción del tiempo de trabajo, algo que en un marco posfordista redundaría en mayor productividad. Dado que la producción sólo genera empleo cuando supera el incremento de productividad del trabajo, y que para absorber el desempleo tendría que crecer a tasas imposibles o autodestructivas, trabajar menos para trabajar todos es menos utópico, con mayor razón si es en función de un consumo no depredador y cuya moderación vaya pareja a la disminución drástica de la desigualdad. Puede ser incluso parte de un proyecto colectivo que suscitaría alianzas amplias: si en dos años, por ejemplo, el producto aumentara un 8% y la productividad un 12, al caer un 4% los puestos laborales necesarios (100 + 8 – 12) podría disminuirse el tiempo de trabajo un 4%, ampliar el empleo en un 4% e incrementar los ingresos en otro 4%. Desde Aristóteles a Gorz, pasando por Moro, Ricardo, Marx, Veblen, Russell, Marcuse, y Arendt, ha transitado la idea de liberar tiempo para actividades autoelegidas, diferentes al trabajo, pero por considerar solo a Keynes, referencia intelectual de nuestro gobierno, puede recordarse que durante la crisis de 1930 también decía: "Estamos siendo castigados con una nueva enfermedad, cuyo nombre no han oído algunos de los que me lean, de la que oirán mucho en los años venideros, el paro tecnológico. Esto significa desempleo debido a nuestro descubrimiento de los medios para economizar el uso del factor trabajo sobrepasando el ritmo con el que podemos encontrar nuevos empleos para el trabajo disponible. Pero es solamente una fase temporal del desajuste. Todo esto significa, a largo plazo, que la humanidad está resolviendo su problema económico". Daba por hecho de que antes de los cien años la economía haría retroceder el tiempo dedicado al trabajo y más bien le preocupaba el desajuste antropológico entre esas nuevas posibilidades y una cultura arraigada. "Cuando la acumulación de riqueza ya no sea de gran importancia social, habrá grandes cambios en los códigos morales. Podremos librarnos de los principios seudomorales que han pesado durante doscientos años sobre nosotros, siguiendo los cuales hemos exaltado algunas de las cualidades humanas más desagradables, colocándolas en la posición de las virtudes más altas. Podremos permitirnos el atrevimiento de dar a los motivos monetarios su verdadero valor. El amor al dinero como posesión será reconocido por lo que es, una morbosidad repugnante, una de esas propensiones semidelictivas, semipatológicas, que se ponen, encogiendo los hombros, en manos de los especialistas en enfermedades mentales" (Keynes, John M., "Las posibilidades económicas de nuestros nietos", Ensayos de persuasión, Barcelona, Crítica, 1988 , págs. 327-331).
Ariel Colombo es un politólogo argentino, investigador del Conicet.
Enlace a Sin Permiso
Sin Permiso
Aterrorizado por el ciclo de insurrecciones populares en todo el mundo, a principios de los años ´70 el capitalismo optó por protegerse de la incertidumbre por medio de la liquidez y la libertad de movimientos. Los Estados de bienestar keynesianos pretendían que los aumentos de productividad y el exceso de capital no se convirtieran en desempleo, y la expansión del crédito sostuvo la acumulación frente a esta presión de las demandas sociales institucionalizadas en el Estado intervencionista, pero inició una guerra civil encubierta, la inflación, que el capital ganó finalmente al liberarse de las regulaciones nacionales. Este giro se asentó, sin embargo, en la previa reestructuración del dominio norteamericano, que luego de la derrota en Vietnam y del debilitamiento del dólar, pasó de una relación de hegemonía con el mundo al señoreaje, un régimen extorsivo que agravia o produce peligros contra los cuales luego ofrece protección. Este tránsito de la negociación asimétrica pero multilateral del hegemonismo, a la unilateralidad globalitera del consenso de Washington, tuvo su primer test en Gran Bretaña en 1974. A raíz de la huelga de mineros y de albañiles los laboristas acceden al gobierno con promesas de reformas y con un ministro de Hacienda que prometía "exprimir a los ricos hasta que sus huesos crujan". La reacción fue el derrumbe de la libra esterlina, forzando la solicitud de un crédito del FMI. El Tesoro norteamericano gestionó el acuerdo y el gabinete inglés lo cumplió eliminando los controles de entrada y salida de capitales hasta el punto de que, más tarde, Thatcher diría que sólo se limitaba a aplicar la política laborista. Es que los funcionarios de Nixon habían hecho suyas las recomendaciones de Huntington de escapar a la "sobrecarga" de demandas populares sobre gobiernos que, como consecuencia de ello, terminaban propiciando aquel contexto subversivo. El señoreaje internacional de los EE.UU fue así la respuesta a su propio debilitamiento externo, a las sublevaciones sociales internas, a propuestas de democratizar la economía asumidas por la socialdemocracia europea y a exageraciones tales como la Declaración de los derechos económicos de la ONU, que autorizó a "regular y ejercer autoridad sobre la inversiones extranjeras", "regular o suprimir la actividad de corporaciones multinacionales" y permitir "expropiar o transferir la propiedad de agentes extranjeros". Brzezinski lo definió sin querer al señalar que "los tres grandes imperativos de la estrategia geopolítica son: evitar la confabulación de los vasallos y mantener su dependencia en cuestiones de seguridad; conseguir que los subordinados sigan siendo influenciables y maleables, y evitar que los bárbaros se coaliguen". Por ésta vía, en nombre del intervencionismo humanitario y de la guerra preventiva, se destruyó la incipiente igualdad entre los Estados, ya que por nominal que fuera por primera vez en la historia había desde 1945 un sistema internacional que concedía solo a la ONU el derecho a hacer la guerra, y por el cual la fuerza no era equivalente al derecho.
Tal reorganización sirvió al capital financiero, el cual la reprodujo en cada país por medio de una legalidad, réplica de la estadounidense, que tuvo por premisa que el capital extranjero tuviera los mismos privilegios que el local. Esta apertura de los Estados posibilitó que el centro se apropiara de los activos de la periferia y que los circuitos de valorización generados desde allí llegaran a manos de los sectores dominantes en los países desarrollados, saqueo que además benefició a los sectores dominantes locales, que como rentistas financian a los EEUU mientras obligan en sus países a producir con costos ecológicos y sociales criminales. Otro de los instrumentos que indujo a las clases medias superiores a plegarse al proyecto neoliberal de la periferia y del centro, fueron los fondos de pensión, a los que adhirieron con la expectativa de acceder a las rentas del capital ya que los altos tipos de interés y las periódicas burbujas de los mercados de valores e inmobiliarios creaban la ilusión de una prosperidad autopropulsada. Si la hegemonía es la promesa de largo plazo, el señoreaje es la conformidad con el presente por malo que sea y que se refleja, por ejemplo, en las tasas de interés las que, al sobrepasar la tasa de crecimiento productivo, disuelven la proyección colectiva del futuro y disocian a los empresarios y asalariados de los tendedores de activos financieros, instaurando el cortoplacismo como régimen temporal de la sociedad. Las altas tasas de interés fue el requisito para que los capitales fluyeran y no devaluar el tipo de cambio pese al ascenso del déficit externo, tasas que Keynes sabía no aumentarían el ahorro. (Creía que no era necesario elevarlas para inducir el ahorro ya que este es una función del ingreso que depende de la inversión, la que a su vez es función decreciente de la tasa de interés). Pero en cambio volvieron autónomo al sector financiero. Al quedar sometida a la alternativa huida de capitales o desacumulación industrial, la política fue pulverizada. Los gobiernos, obligados a una moneda fuerte basada en tasas de interés elevadas, dieron paso a la reestructuración industrial con desempleo permanente. La supremacía del corto plazo indujo, además, el crecimiento exponencial del capital ficticio, que especula con ingresos futuros sin ninguna contrapartida en inversiones, solo con el fin de obtener la diferencia entre el precio de compra y el de venta, y cuya magnitud se refleja en el incremento de la pobreza y de la desigualdad en todo el mundo, en primer lugar en los propios Estados Unidos, donde se endeudó a los sectores populares en lugar de aumentar sus salarios, y donde la desigualdad ha superado los niveles de 1930. El bloque neoliberal, conducido por una elite capitalista cada vez más rica, y sostenido por una burguesía asalariada con ganancias disociadas de la suerte de las empresas, forzó a los agentes económicos a satisfacer las pulsiones inmediatas. Y en cuanto la acumulación ya no se orientó a su reproducción ampliada, la especulación se difundió por todos los mercados.
Ahora, su desintegración se profundiza en los países centrales, cuando los tenedores del capital financiero han tratado, lo más rápido posible y todos a la vez, convertirlo en dinero, es decir, ejerciendo su preferencia por la liquidez justo cuando no deberían hacerlo. Es que al imponer una distribución de la renta tan sesgada, han socavado finalmente la fuga hacia delante que, por medio del endeudamiento, le es inherente. Su crisis coincide con la declinación no de la omnipresencia estadounidense pero sí de esa forma específica de dominio que consistió en la invención de enemigos. EE. UU los necesita para preservar su funcionamiento político interno y externalizar sus potenciales conflictos internos, compensando el poder interno decreciente y antipolítico con un poder externo sostenido en la desconfianza entre países. Su política interior, peligrosamente trabada, exige al mundo como válvula de seguridad. Y aunque no lo han llevado al fascismo, porque le requeriría movilizar a las masas, ni a convertirse en una megamafia, porque les exigiría presentarse como portadores de valores premodernos, el señoreaje han puesto en evidencia rasgos que le son comunes al fundamentalismo cuasireligioso y la dosificación de la violencia. Pero esta modalidad de poder ya no resulta fiable, y si algunas amenazas dejaran de ser imaginarias, tampoco sería eficaz. Por lo cual la pregunta implícita es si los EE.UU volverán a la relación hegemónica de la posguerra. Ello supondría la vuelta a la intervención estatal y a las regulaciones públicas, que como sospecha la derecha se sabe dónde comienzan pero no dónde terminan. La vuelta al Estado fuerte no parece estar entre los planes de una clase dominante que no quiere reencontrarse con las sublevaciones nacionales que la globalización vino a desactivar. Si los controles democráticos vuelven ¿por qué habrían de mantenerse dentro de los parámetros capitalistas? No obstante, no podrá subestimarse su capacidad de reordenar a la sociedad mundial utilizando la crisis del capital, esta vez la de su sobredimensionamiento financiero, en su favor. Cómo lo hará depende del nivel de movilización de los pueblos. La posibilidad que tienen estos, por lo pronto, es no solo impedir que la deflación del capital se traslade hacia bajo de la pirámide social sino pasar a la ofensiva con ideas como las del presidente de Ecuador en torno a un sistema financiero regional, anclar todas las expectativas de mercado en el largo plazo, y reclamar impuestos como los sugeridos por Keynes en 1936, Dornsbusch en 1978 y Tobin en 1995.
Pero la ofensiva tiene que estar a cargo de gobiernos que a la vez que revierten el programa neoliberal, adviertan que tampoco hay salida por el lado del productivismo, y de que deben buscar apoyos para políticas de empleo que tengan como eje la reducción del tiempo de trabajo, algo que en un marco posfordista redundaría en mayor productividad. Dado que la producción sólo genera empleo cuando supera el incremento de productividad del trabajo, y que para absorber el desempleo tendría que crecer a tasas imposibles o autodestructivas, trabajar menos para trabajar todos es menos utópico, con mayor razón si es en función de un consumo no depredador y cuya moderación vaya pareja a la disminución drástica de la desigualdad. Puede ser incluso parte de un proyecto colectivo que suscitaría alianzas amplias: si en dos años, por ejemplo, el producto aumentara un 8% y la productividad un 12, al caer un 4% los puestos laborales necesarios (100 + 8 – 12) podría disminuirse el tiempo de trabajo un 4%, ampliar el empleo en un 4% e incrementar los ingresos en otro 4%. Desde Aristóteles a Gorz, pasando por Moro, Ricardo, Marx, Veblen, Russell, Marcuse, y Arendt, ha transitado la idea de liberar tiempo para actividades autoelegidas, diferentes al trabajo, pero por considerar solo a Keynes, referencia intelectual de nuestro gobierno, puede recordarse que durante la crisis de 1930 también decía: "Estamos siendo castigados con una nueva enfermedad, cuyo nombre no han oído algunos de los que me lean, de la que oirán mucho en los años venideros, el paro tecnológico. Esto significa desempleo debido a nuestro descubrimiento de los medios para economizar el uso del factor trabajo sobrepasando el ritmo con el que podemos encontrar nuevos empleos para el trabajo disponible. Pero es solamente una fase temporal del desajuste. Todo esto significa, a largo plazo, que la humanidad está resolviendo su problema económico". Daba por hecho de que antes de los cien años la economía haría retroceder el tiempo dedicado al trabajo y más bien le preocupaba el desajuste antropológico entre esas nuevas posibilidades y una cultura arraigada. "Cuando la acumulación de riqueza ya no sea de gran importancia social, habrá grandes cambios en los códigos morales. Podremos librarnos de los principios seudomorales que han pesado durante doscientos años sobre nosotros, siguiendo los cuales hemos exaltado algunas de las cualidades humanas más desagradables, colocándolas en la posición de las virtudes más altas. Podremos permitirnos el atrevimiento de dar a los motivos monetarios su verdadero valor. El amor al dinero como posesión será reconocido por lo que es, una morbosidad repugnante, una de esas propensiones semidelictivas, semipatológicas, que se ponen, encogiendo los hombros, en manos de los especialistas en enfermedades mentales" (Keynes, John M., "Las posibilidades económicas de nuestros nietos", Ensayos de persuasión, Barcelona, Crítica, 1988 , págs. 327-331).
Ariel Colombo es un politólogo argentino, investigador del Conicet.
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domingo, 11 de enero de 2009
El fracaso mundial de la jubilación privada
El hundimiento mundial de los fondos de jubilación privados ya está provocando una catástrofe entre los jubilados o los que están próximos a jubilarse. La crisis financiera actual le ha dado un golpe serio a los sistemas de pensión privados", admite un reciente Informe de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desenvolvimiento Económica) que agrupa a una treintena de países, entre ellos EEUU, Canadá, Japón, España, Alemania, Italia, Corea, México.
La conclusión del Informe es que en medio de esta catástrofe jubilatoria, la burguesía mundial debe preservar los sistemas privados y resistir la tendencia a la nacionalización, reduciendo las prestaciones truchas, aumentando las contribuciones de los trabajadores y aumentando la edad para jubilarse.
"Los fondos de pensiones de los países de la ODCE acumulan entre enero y octubre una pérdida del 20% de su patrimonio, que a finales de 2007 era de 12.831 billones de euros (17.859 billones de dólares). Eso supone unos números rojos de 2,5 billones de euros, que se elevan a 3,59 billones de euros (5 billones de dólares) si se incluyen los Individual Retirement Accounts (IRA), productos similares a los planes de pensiones".
Aún así, el Informe de la OCDE admite que recién se conocerá plenamente la magnitud de las pérdidas cuando "los fondos de pensión presenten sus informes de 2008 a las autoridades de fiscalización. Existe una cierta duda en relación a la valorización de los activos difíciles de transformar en líquidos en plazos breves, como las colocaciones inmobiliarias o los productos llamados estructurados... La participación de esos activos varia entre los países y los fondos, y algunos corren el riesgo de acusar pesadas pérdidas más que otros". De esta manera, los 5 billones serían las pérdidas mínimas del año.
La consecuencia de estos quebrantos recae sobre los jubilados y sobre los que están próximos a jubilarse. "Una depreciación importante de los activos puede implicar una pérdida de ingresos permanente desde el momento en que el dinero economizado en las cuentas de ahorro previsional debe servir para comprar la renta de la jubilación al momento del retiro laboral", dice el informe.
"Pero la crisis mundial ha provocado un agujero de 1,4 billones euros (2 billones de dólares) en los fondos de pensiones que las empresas de los países de la OCDE tienen para cubrir las jubilaciones privadas de sus empleados, según datos de esta organización. Este desfase se produce en los planes de prestación definida, los que se comprometen a pagar como jubilación a sus partícipes-empleados una determinada cantidad, conocida previamente" (jubilaciones a prestaciones definidas).
De esta manera, estos fondos están totalmente descapitalizados y no pueden cumplir con los contratos de jubilación de sus empleados, a menos que reduzcan drásticamente las jubilaciones ya otorgadas y las jubilaciones futuras.
"Más de la mitad del importe de este déficit corresponde a empresas de EEUU. La cobertura de este déficit corre a cargo de las empresas que, en determinados casos, aún tienen desembolsos pendientes para eliminar el desfase provocado por la crisis bursátil de los años 2000-2002. Los reguladores de algunos estados de la OCDE, integrada por treinta países, han flexibilizado ya la normativa que rige la cobertura de estos desajustes y otros están estudiando medidas en este sentido. Canadá, Holanda e Irlanda son algunos ejemplos. El objetivo es dar más plazo a las empresas para cubrir el desfase creado por la crisis y no añadir así más presión a las compañías en un entorno de gran dificultad económica y financiera mundial".
En Inglaterra, sobre 7.800 fondos privados de prestaciones definidas, 6.468 tienen un déficit de 122.000 millones de libras (Le Monde, 1/12) Como las empresas no pueden cubrirlos, muchas empresas plantean reducir las jubilaciones futuras. "Así, British Telecom, que acaba de anunciar la supresión de 10.000 empleos antes de marzo de 2009, quiere alargar en cinco años el período de cotización al fondo para sus futuros empleados y tomar como referencia para el cálculo de la jubilación, el sueldo promedio antes que el salario del fin de la carrera" (Le Monde, 1/12).
"En la mayoría de los casos, los aportes de las empresas pueden resultar necesarios pero, en ciertos casos, las prestaciones también pueden ser reducidas". Otra variante, aconseja, es bloquear la indexación de los beneficios. "Los ingresos de los jubilados disminuirán en términos reales, en tanto que el valor real de las prestaciones acumuladas disminuirá de manera similar". El argumento para todos estos atropellos es que, con la descapitalización de los fondos, "los trabajadores corren con el riesgo de la quiebra de sus patrones".
Pero la OCDE también reconoce, como lo admiten los diarios españoles, que "las pérdidas encajadas por los planes en los últimos meses ha llevado varios partidos políticos de algunos países de la Europa del Este a plantearse la posibilidad de seguir los pasos dados por Argentina y nacionalizar de nuevo los planes de pensiones privados".
"En los últimos diez años, Polonia, República Checa, Países Bálticos o Rumania traspasaron ahorro desde la cobertura estatal de las pensiones a los fondos gestionados por entidades privadas y ahora, a la vista de los malos resultados, se podría desandar el camino y volver a las arcas públicas. La OCDE no comparte esta iniciativa que afirma que estas medidas contribuyen a generar pánico y no reconocen los logros de los sistemas privados. En otros casos, algunos gobiernos pueden también "recurrir a la debilidad temporal de estos productos para justificar el retraso de las reformas necesarias del sistema público", afirma la organización.
Está en juego el presente y el provenir de varias generaciones. La clase obrera debe dar una respuesta mundial: Expropiación de los fondos privados de jubilados; 82% móvil para todos los jubilados; Jubilación estatal bajo control de los trabajadores.
Enlace a texto en Rebelion
Bolpress
La conclusión del Informe es que en medio de esta catástrofe jubilatoria, la burguesía mundial debe preservar los sistemas privados y resistir la tendencia a la nacionalización, reduciendo las prestaciones truchas, aumentando las contribuciones de los trabajadores y aumentando la edad para jubilarse.
"Los fondos de pensiones de los países de la ODCE acumulan entre enero y octubre una pérdida del 20% de su patrimonio, que a finales de 2007 era de 12.831 billones de euros (17.859 billones de dólares). Eso supone unos números rojos de 2,5 billones de euros, que se elevan a 3,59 billones de euros (5 billones de dólares) si se incluyen los Individual Retirement Accounts (IRA), productos similares a los planes de pensiones".
Aún así, el Informe de la OCDE admite que recién se conocerá plenamente la magnitud de las pérdidas cuando "los fondos de pensión presenten sus informes de 2008 a las autoridades de fiscalización. Existe una cierta duda en relación a la valorización de los activos difíciles de transformar en líquidos en plazos breves, como las colocaciones inmobiliarias o los productos llamados estructurados... La participación de esos activos varia entre los países y los fondos, y algunos corren el riesgo de acusar pesadas pérdidas más que otros". De esta manera, los 5 billones serían las pérdidas mínimas del año.
La consecuencia de estos quebrantos recae sobre los jubilados y sobre los que están próximos a jubilarse. "Una depreciación importante de los activos puede implicar una pérdida de ingresos permanente desde el momento en que el dinero economizado en las cuentas de ahorro previsional debe servir para comprar la renta de la jubilación al momento del retiro laboral", dice el informe.
"Pero la crisis mundial ha provocado un agujero de 1,4 billones euros (2 billones de dólares) en los fondos de pensiones que las empresas de los países de la OCDE tienen para cubrir las jubilaciones privadas de sus empleados, según datos de esta organización. Este desfase se produce en los planes de prestación definida, los que se comprometen a pagar como jubilación a sus partícipes-empleados una determinada cantidad, conocida previamente" (jubilaciones a prestaciones definidas).
De esta manera, estos fondos están totalmente descapitalizados y no pueden cumplir con los contratos de jubilación de sus empleados, a menos que reduzcan drásticamente las jubilaciones ya otorgadas y las jubilaciones futuras.
"Más de la mitad del importe de este déficit corresponde a empresas de EEUU. La cobertura de este déficit corre a cargo de las empresas que, en determinados casos, aún tienen desembolsos pendientes para eliminar el desfase provocado por la crisis bursátil de los años 2000-2002. Los reguladores de algunos estados de la OCDE, integrada por treinta países, han flexibilizado ya la normativa que rige la cobertura de estos desajustes y otros están estudiando medidas en este sentido. Canadá, Holanda e Irlanda son algunos ejemplos. El objetivo es dar más plazo a las empresas para cubrir el desfase creado por la crisis y no añadir así más presión a las compañías en un entorno de gran dificultad económica y financiera mundial".
En Inglaterra, sobre 7.800 fondos privados de prestaciones definidas, 6.468 tienen un déficit de 122.000 millones de libras (Le Monde, 1/12) Como las empresas no pueden cubrirlos, muchas empresas plantean reducir las jubilaciones futuras. "Así, British Telecom, que acaba de anunciar la supresión de 10.000 empleos antes de marzo de 2009, quiere alargar en cinco años el período de cotización al fondo para sus futuros empleados y tomar como referencia para el cálculo de la jubilación, el sueldo promedio antes que el salario del fin de la carrera" (Le Monde, 1/12).
"En la mayoría de los casos, los aportes de las empresas pueden resultar necesarios pero, en ciertos casos, las prestaciones también pueden ser reducidas". Otra variante, aconseja, es bloquear la indexación de los beneficios. "Los ingresos de los jubilados disminuirán en términos reales, en tanto que el valor real de las prestaciones acumuladas disminuirá de manera similar". El argumento para todos estos atropellos es que, con la descapitalización de los fondos, "los trabajadores corren con el riesgo de la quiebra de sus patrones".
Pero la OCDE también reconoce, como lo admiten los diarios españoles, que "las pérdidas encajadas por los planes en los últimos meses ha llevado varios partidos políticos de algunos países de la Europa del Este a plantearse la posibilidad de seguir los pasos dados por Argentina y nacionalizar de nuevo los planes de pensiones privados".
"En los últimos diez años, Polonia, República Checa, Países Bálticos o Rumania traspasaron ahorro desde la cobertura estatal de las pensiones a los fondos gestionados por entidades privadas y ahora, a la vista de los malos resultados, se podría desandar el camino y volver a las arcas públicas. La OCDE no comparte esta iniciativa que afirma que estas medidas contribuyen a generar pánico y no reconocen los logros de los sistemas privados. En otros casos, algunos gobiernos pueden también "recurrir a la debilidad temporal de estos productos para justificar el retraso de las reformas necesarias del sistema público", afirma la organización.
Está en juego el presente y el provenir de varias generaciones. La clase obrera debe dar una respuesta mundial: Expropiación de los fondos privados de jubilados; 82% móvil para todos los jubilados; Jubilación estatal bajo control de los trabajadores.
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lunes, 5 de enero de 2009
La felicidad en un mundo hecho trizas
El nuevo año obligará a tomar decisiones muy difíciles sobre el futuro de un capitalismo en plena crisis. Ya no sirve sólo la receta de "recuperar el crecimiento económico": hacen falta líderes que piloten el barco
TIMOTHY GARTON ASH
Feliz año nuevo? Están de broma. El año 2009 empezará con un gemido y luego irá a peor. Millones de personas han perdido ya su trabajo en todo el mundo por la primera verdadera crisis globalizada del capitalismo. Decenas de millones más lo perderán pronto. Los que tengamos la suerte de seguir trabajando nos sentiremos más pobres e inseguros. Para celebrar su Premio Nobel de Economía, Paul Krugman nos anuncia meses de "infierno económico". Gracias, Paul, y feliz año nuevo para ti también.
Los problemas económicos exacerbarán las tensiones políticas. Pero los rumores de la muerte del capitalismo son exagerados. No creo que 2009 sea para el capitalismo lo que 1989 fue para el comunismo. Quizá el 1 de enero de 2010 me tenga que tragar mis palabras. La predicción es un juego de idiotas (en el almanaque de predicciones de The Economist, The World in 2009, el director tiene una pequeña columna muy divertida titulada "A propósito de 2008: Perdón").
Sin embargo, ahora que empieza este año, no veo ningún competidor estructural en el horizonte, como había -o parecía haber- en los tiempos del comunismo soviético antes de 1989. El modelo de socialismo de Hugo Chávez depende de que los capitalistas compren su petróleo, y, si alguien está pensando en el modelo norcoreano, necesita que le vea un médico.
No obstante, si las ideas sobre el tipo de capitalismo de libre mercado -a veces llamado "neoliberal"- que parece haber triunfado desde 1989 no se reexaminan en este vigésimo aniversario, es que algo funciona muy mal. En primer lugar, como es evidente, está el equilibrio entre Estado y mercado, público y privado, la mano visible y la invisible. Ya antes de la crisis del pasado mes de septiembre, Barack Obama estaba tratando de orientar a sus compatriotas hacia la idea de que la intervención del Gobierno no siempre es una cosa mala. Los meses sucesivos han visto un giro espectacular hacia la atribución de un papel mayor al Estado, normalmente a base de medidas de desesperada improvisación gubernamental (como en el Londres de Gordon Brown), con la legitimación ideológica del keynesianismo, y a veces (como en el Washington de George Bush) como desesperacionismo puro y simple.
Hasta qué punto ese giro es temporal y cuánto resistirá es algo que no podremos saber este año. Aunque la tendencia actual es mayoritariamente a reforzar la mano visible del Gobierno, quizá no llegue hasta el fondo. Un importante reformista económico chino me dijo hace poco que la crisis financiera asiática de hace diez años sirvió de catalizador de más reformas hacia el mercado en la economía de su país, y es posible que con ésta ocurra lo mismo.
Si no se equivoca, podríamos incluso imaginar una especie de convergencia mundial en una variedad de economía social de mercado al estilo europeo, a la que Estados Unidos y China se aproximarían desde extremos distintos. Pero es importante subrayar las palabras "una variedad de". Dentro de la propia Europa, existen enormes variaciones en la mezcla de Estado y mercado y en la forma de organizar dicha mezcla. Lo que sirve para un pequeño país del norte puede no servir para uno grande del sur. No existe una fórmula universal. Lo que importa es qué es útil para cada uno.
Una segunda revisión que hay que hacer en 2009 es qué hace falta para tener un crecimiento sostenible, verde, de bajas emisiones de carbono, con el fin de evitar el inminente punto de no retorno en el calentamiento global. Hay que discutir cuánto y qué tipo de crecimiento. Una vez más, Obama está tratando de descubrir las posibilidades creadas por la crisis y orientando parte de sus estímulos fiscales keynesianos hacia la inversión en energías alternativas. Sin embargo, en conjunto, éste parece un mal año para la lucha contra el calentamiento.
Para avanzar hacia una economía sostenible y de bajas emisiones es necesario que las empresas y los gobiernos paguen los costes inmediatos de unos beneficios a largo plazo. Cuando las empresas y los gobiernos se encuentran contra las cuerdas, suelen hacer lo contrario.
Seguramente, lo máximo a lo que podemos aspirar es a que nuestros dirigentes eviten el nacionalismo económico de los años treinta, con su sálvese quien pueda. Para ello habrá que modificar lo que esperan de ellos los votantes y los accionistas. Mientras nosotros, el pueblo, nos guiemos en nuestras decisiones financieras y políticas por el beneficio económico a corto y medio plazo, no podremos culpar a nuestros líderes que intenten darnos lo que les pedimos.
Una tercera toma de conciencia fundamental, pues, es la que debemos hacer al revisar las pautas por las que nos guiamos. ¿Cuánto más dinero, cuántas más cosas necesitamos? ¿Es lo mismo tener suficiente que tener demasiado? (No, dicen los anunciantes al unísono). ¿Podríamos arreglárnoslas con menos? ¿Qué es lo verdaderamente importante para usted? ¿Qué contribuye más a su felicidad individual?
Lo crean o no, existe ya todo un subcampo académico de estudios sobre la felicidad. El economista Richard Layard ha escrito un interesante libro llamado Happiness: Lessons from a New Science (Felicidad: lecciones de una nueva ciencia). ¿Es a lo que se refería Nietzsche al hablar de la gaya ciencia? Un estudioso holandés, Ruut Veenhoven, ha creado una base de datos mundial de la felicidad, con clasificaciones nacionales. Sus resultados aparecieron en una página web de California bajo el título "Canadá derrota a Estados Unidos en el índice mundial de la felicidad". Por lo visto, ha aparecido otra clasificación, con un "mapa mundial de la felicidad", en la Universidad británica de Leicester. Dinamarca ocupa el primer puesto en ambas. Existe incluso una publicación, el Journal of Happiness Studies (el editor debe de reírse mucho cuando va al banco). Se piense lo que se piense sobre el valor real de este tema -perdón, ciencia-, pueden pasar un buen rato si buscan páginas sobre ello en Internet y tratan de averiguar cuánto es inventado.
Pero, en serio, estas decisiones dependen, en parte, de los ciudadanos de clase media en los países ricos. Es evidente que el planeta no puede sostener a 6.700 millones de personas que vivan como lo hace la clase media actual en Norteamérica y Europa occidental, ni mucho menos los 9.000 millones previstos para mediados de siglo. O excluimos a una gran parte de la humanidad de los beneficios de la prosperidad, o nuestra forma de vida tiene que cambiar.
El lema con el que casi todos nuestros líderes políticos y económicos comienzan 2009 es "recuperar el crecimiento económico, cueste lo que cueste". Como la tripulación de un velero en una tormenta, sólo quieren mantenerlo a flote y avanzar en alguna dirección, la que sea. Sin embargo, incluso cuando estemos en lo peor de la tormenta, que todavía no ha llegado, debemos mirar con atención el rumbo que estamos emprendiendo.
Para eso son necesarios líderes de primera categoría, pero también unos ciudadanos que exijan unos líderes así. ¿Me alegraría personalmente de tener que hacer los cambios de modo de vida que serían necesarios? Casi seguro que no. Pero, al menos, me gustaría saber cuáles serían.
______________________________________________
Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford y profesor titular de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford . Su último libro es Free World. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. www.timothygartonash.com
Enlace a original en El País
TIMOTHY GARTON ASH
Feliz año nuevo? Están de broma. El año 2009 empezará con un gemido y luego irá a peor. Millones de personas han perdido ya su trabajo en todo el mundo por la primera verdadera crisis globalizada del capitalismo. Decenas de millones más lo perderán pronto. Los que tengamos la suerte de seguir trabajando nos sentiremos más pobres e inseguros. Para celebrar su Premio Nobel de Economía, Paul Krugman nos anuncia meses de "infierno económico". Gracias, Paul, y feliz año nuevo para ti también.
Los problemas económicos exacerbarán las tensiones políticas. Pero los rumores de la muerte del capitalismo son exagerados. No creo que 2009 sea para el capitalismo lo que 1989 fue para el comunismo. Quizá el 1 de enero de 2010 me tenga que tragar mis palabras. La predicción es un juego de idiotas (en el almanaque de predicciones de The Economist, The World in 2009, el director tiene una pequeña columna muy divertida titulada "A propósito de 2008: Perdón").
Sin embargo, ahora que empieza este año, no veo ningún competidor estructural en el horizonte, como había -o parecía haber- en los tiempos del comunismo soviético antes de 1989. El modelo de socialismo de Hugo Chávez depende de que los capitalistas compren su petróleo, y, si alguien está pensando en el modelo norcoreano, necesita que le vea un médico.
No obstante, si las ideas sobre el tipo de capitalismo de libre mercado -a veces llamado "neoliberal"- que parece haber triunfado desde 1989 no se reexaminan en este vigésimo aniversario, es que algo funciona muy mal. En primer lugar, como es evidente, está el equilibrio entre Estado y mercado, público y privado, la mano visible y la invisible. Ya antes de la crisis del pasado mes de septiembre, Barack Obama estaba tratando de orientar a sus compatriotas hacia la idea de que la intervención del Gobierno no siempre es una cosa mala. Los meses sucesivos han visto un giro espectacular hacia la atribución de un papel mayor al Estado, normalmente a base de medidas de desesperada improvisación gubernamental (como en el Londres de Gordon Brown), con la legitimación ideológica del keynesianismo, y a veces (como en el Washington de George Bush) como desesperacionismo puro y simple.
Hasta qué punto ese giro es temporal y cuánto resistirá es algo que no podremos saber este año. Aunque la tendencia actual es mayoritariamente a reforzar la mano visible del Gobierno, quizá no llegue hasta el fondo. Un importante reformista económico chino me dijo hace poco que la crisis financiera asiática de hace diez años sirvió de catalizador de más reformas hacia el mercado en la economía de su país, y es posible que con ésta ocurra lo mismo.
Si no se equivoca, podríamos incluso imaginar una especie de convergencia mundial en una variedad de economía social de mercado al estilo europeo, a la que Estados Unidos y China se aproximarían desde extremos distintos. Pero es importante subrayar las palabras "una variedad de". Dentro de la propia Europa, existen enormes variaciones en la mezcla de Estado y mercado y en la forma de organizar dicha mezcla. Lo que sirve para un pequeño país del norte puede no servir para uno grande del sur. No existe una fórmula universal. Lo que importa es qué es útil para cada uno.
Una segunda revisión que hay que hacer en 2009 es qué hace falta para tener un crecimiento sostenible, verde, de bajas emisiones de carbono, con el fin de evitar el inminente punto de no retorno en el calentamiento global. Hay que discutir cuánto y qué tipo de crecimiento. Una vez más, Obama está tratando de descubrir las posibilidades creadas por la crisis y orientando parte de sus estímulos fiscales keynesianos hacia la inversión en energías alternativas. Sin embargo, en conjunto, éste parece un mal año para la lucha contra el calentamiento.
Para avanzar hacia una economía sostenible y de bajas emisiones es necesario que las empresas y los gobiernos paguen los costes inmediatos de unos beneficios a largo plazo. Cuando las empresas y los gobiernos se encuentran contra las cuerdas, suelen hacer lo contrario.
Seguramente, lo máximo a lo que podemos aspirar es a que nuestros dirigentes eviten el nacionalismo económico de los años treinta, con su sálvese quien pueda. Para ello habrá que modificar lo que esperan de ellos los votantes y los accionistas. Mientras nosotros, el pueblo, nos guiemos en nuestras decisiones financieras y políticas por el beneficio económico a corto y medio plazo, no podremos culpar a nuestros líderes que intenten darnos lo que les pedimos.
Una tercera toma de conciencia fundamental, pues, es la que debemos hacer al revisar las pautas por las que nos guiamos. ¿Cuánto más dinero, cuántas más cosas necesitamos? ¿Es lo mismo tener suficiente que tener demasiado? (No, dicen los anunciantes al unísono). ¿Podríamos arreglárnoslas con menos? ¿Qué es lo verdaderamente importante para usted? ¿Qué contribuye más a su felicidad individual?
Lo crean o no, existe ya todo un subcampo académico de estudios sobre la felicidad. El economista Richard Layard ha escrito un interesante libro llamado Happiness: Lessons from a New Science (Felicidad: lecciones de una nueva ciencia). ¿Es a lo que se refería Nietzsche al hablar de la gaya ciencia? Un estudioso holandés, Ruut Veenhoven, ha creado una base de datos mundial de la felicidad, con clasificaciones nacionales. Sus resultados aparecieron en una página web de California bajo el título "Canadá derrota a Estados Unidos en el índice mundial de la felicidad". Por lo visto, ha aparecido otra clasificación, con un "mapa mundial de la felicidad", en la Universidad británica de Leicester. Dinamarca ocupa el primer puesto en ambas. Existe incluso una publicación, el Journal of Happiness Studies (el editor debe de reírse mucho cuando va al banco). Se piense lo que se piense sobre el valor real de este tema -perdón, ciencia-, pueden pasar un buen rato si buscan páginas sobre ello en Internet y tratan de averiguar cuánto es inventado.
Pero, en serio, estas decisiones dependen, en parte, de los ciudadanos de clase media en los países ricos. Es evidente que el planeta no puede sostener a 6.700 millones de personas que vivan como lo hace la clase media actual en Norteamérica y Europa occidental, ni mucho menos los 9.000 millones previstos para mediados de siglo. O excluimos a una gran parte de la humanidad de los beneficios de la prosperidad, o nuestra forma de vida tiene que cambiar.
El lema con el que casi todos nuestros líderes políticos y económicos comienzan 2009 es "recuperar el crecimiento económico, cueste lo que cueste". Como la tripulación de un velero en una tormenta, sólo quieren mantenerlo a flote y avanzar en alguna dirección, la que sea. Sin embargo, incluso cuando estemos en lo peor de la tormenta, que todavía no ha llegado, debemos mirar con atención el rumbo que estamos emprendiendo.
Para eso son necesarios líderes de primera categoría, pero también unos ciudadanos que exijan unos líderes así. ¿Me alegraría personalmente de tener que hacer los cambios de modo de vida que serían necesarios? Casi seguro que no. Pero, al menos, me gustaría saber cuáles serían.
______________________________________________
Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford y profesor titular de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford . Su último libro es Free World. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. www.timothygartonash.com
Enlace a original en El País
domingo, 4 de enero de 2009
Jeffrey Sachs: "No va a ser tan duro como la Gran Depresión"
CLAUDI PÉREZ (El País)
Prototipo del intelectual moderno, Jeffrey Sachs (Detroit, EE UU, 1954) es uno de los economistas más influyentes del mundo, aunque en los últimos tiempos ha dejado de lado la ortodoxia académica para centrarse en aspectos relacionados con la pobreza, el hambre, el cambio climático y, últimamente, también en España. Sachs viaja a menudo a Madrid como asesor de la Fundación Ideas y se reúne asiduamente con miembros del Gobierno. Sobre la economía mundial es pesimista: "Si se cometen más errores, la recesión puede derivar en una depresión". Sobre España, también: "A la economía española va a llevarle mucho tiempo salir de ésta". Aunque no todo son malas noticias. "España es claramente la nueva voz más importante en problemas globales como el hambre o la pobreza", apunta.
Pregunta. Hace medio año hablaba de riesgos de recesión en la economía internacional. ¿Ve ahora una depresión en el horizonte?
Respuesta. Han pasado un montón de cosas desde entonces. Era difícil ver cuántas trampas había en el camino y prever los serios errores que se han cometido. Ahora ya estamos metidos en una recesión mundial muy profunda. Si se cometen más errores, puede derivar en una depresión. Si el paro en EE UU sube hasta el 13% desde la tasa actual, lo que supondría poco más o menos duplicar el desempleo, podríamos entrar en territorio de depresión.
P. La economía española ya roza esos números y las previsiones son mucho más sombrías: se espera que la tasa de paro supere el 15% en 2009...
R. Pero los números no significan lo mismo. En EE UU, un 13% supondría superar con creces la tasa de paro normal, y eso sería ponerse en una situación insostenible. Lo de ahora es una brusca desaceleración. Pero si se cometen más errores, como dejar caer la industria automovilística de Detroit por la falta de apoyo público, puede llegar la depresión.
P. ¿Dónde hay que buscar a los responsables de la crisis?
R. En los bancos, sin duda. Pero no son los únicos. Yo diría que Alan Greenspan también tiene una responsabilidad capital: él era el banquero central de EE UU, y su política monetaria y la política económica durante su mandato han desempeñado un papel muy significativo en esta crisis. Incentivaron el sobreendeudamiento, el apetito desmesurado por el crédito en un periodo de exuberancia con montones de especulación y de fácil acceso al crédito, que han resultado muy perniciosos.
P. ¿Ve cerca el final, o es tan pesimista como otros economistas del estilo de Nouriel Roubini, que augura un cataclismo?
R. Bueno, Roubini es alumno mío. Pero ahora habrá que pensar en aprender de él.
P. ¿Tan mal lo ve?
R. Creo que esta recesión va a ser más seria que otras, pero no tan dura como la Gran Depresión. También creo que Asia debería ser capaz de mantener el crecimiento económico en niveles positivos; no veo un colapso global. Además, me siento mejor con el presidente Obama a punto de entrar en el despacho oval. No creo que eso vaya a provocar una recuperación milagrosa, pero puede asumir un tipo de liderazgo que ha brillado por su ausencia en Estados Unidos y puede mejorar la cooperación global, algo en lo que también ha fallado Bush. En suma, creo que podremos sentirnos mejor en poco tiempo, no lo suficiente como para detener la recesión, pero sí como para reducir el miedo que flota en el ambiente.
P. ¿Qué le parece el equipo económico de Obama?
R. Es un buen equipo, muy experimentado. Espero que preste atención a los aspectos internacionales de la crisis y no se centre demasiado en los problemas internos.
P. ¿Dónde queda el famoso cambio?
R. Es verdad que sus asesores económicos están muy relacionados con la Administración de Clinton. Tal vez no sea un cambio radical. Pero es el propio Obama quien introduce ese componente. Eso sí, con gente experimentada.
P. ¿Cómo evalúa el tándem George Bush-Henry Paulson?
R. Ha sido muy flojo, obviamente: un pobre trabajo, con pésimos resultados. Bush es el peor presidente de la historia en política exterior, en política interior, en política económica y social... Paulson no ha sido el peor, pero tampoco es que haya sido muy efectivo.
P. ¿Están funcionando los planes de rescate?
R. Probablemente hayan ayudado a prevenir un completo colapso. Pero no están funcionando en el sentido de restaurar la confianza y detener la espiral negativa en la que se han metido también las fuerzas de la economía real. Lo de dejar caer Lehman Brothers fue un error garrafal de política económica. El mundo cambió drásticamente ese día. Todo el esfuerzo público desde entonces se ha orientado a resguardar a los bancos del colapso. Eso se ha logrado en parte, pero los planes no han tenido éxito en solucionar la crisis de confianza, ni han impedido el aterrizaje forzoso de nuevos bancos, ni en el objetivo de fijar el fondo de esta recesión...
P. ¿Qué medidas echa de menos?
R. En Estados Unidos se pusieron sobre la mesa los 700.000 millones de dólares por la vía de la urgencia, sin ninguna planificación, dos días después de la quiebra de Lehman Brothers, en un movimiento desesperado por el pánico financiero. Paulson presentó en el Congreso un documento de apenas tres páginas, sin conceptos, sin dar una idea a los congresistas acerca de cómo iba a gastar ese dinero, cómo se iban a comprar los activos dañados de la banca. Pero la prueba de que no había ningún guión es que después el dinero se ha usado para recapitalizar los bancos, sin una estrategia clara. Es el plan de una Administración fallida. En Europa hay otros problemas: un montón de líderes, un montón de países buscando un consenso nada fácil. Europa tiene esa paradoja: un solo dinero para muchos presidentes, lo que genera fricciones. La ventaja es que el sector bancario no está tan afectado como el norteamericano, aunque haya entidades con serios problemas.
P. España sufre la crisis global, pero tiene sus propias dificultades. ¿Qué le augura a la economía española?
R. El final del ciclo inmobiliario ha sido abrupto, se trata de uno de los países que más han sufrido junto con Estados Unidos, el Reino Unido, Irlanda o Australia. Va a llevar tiempo salir de ésta. Porque además de los problemas financieros que se derivan del pinchazo inmobiliario, la economía real tiene que reorientarse desde el fuerte peso de la construcción hacia un modelo con nuevas exportaciones. Se abre un periodo de serias dificultades. A la vez, España es claramente la nueva voz más importante en problemas globales como el hambre o la pobreza. Está demostrando mucho interés por aprovechar las nuevas oportunidades que vendrán de África. Tengo algunas sugerencias para el Gobierno: podría ayudar a la recuperación aquí el desarrollo en África, en campos como las energías renovables o la construcción. Hay que encontrar la manera de financiar esas posibilidades.
Enlace a texto original en El País
Prototipo del intelectual moderno, Jeffrey Sachs (Detroit, EE UU, 1954) es uno de los economistas más influyentes del mundo, aunque en los últimos tiempos ha dejado de lado la ortodoxia académica para centrarse en aspectos relacionados con la pobreza, el hambre, el cambio climático y, últimamente, también en España. Sachs viaja a menudo a Madrid como asesor de la Fundación Ideas y se reúne asiduamente con miembros del Gobierno. Sobre la economía mundial es pesimista: "Si se cometen más errores, la recesión puede derivar en una depresión". Sobre España, también: "A la economía española va a llevarle mucho tiempo salir de ésta". Aunque no todo son malas noticias. "España es claramente la nueva voz más importante en problemas globales como el hambre o la pobreza", apunta.
Pregunta. Hace medio año hablaba de riesgos de recesión en la economía internacional. ¿Ve ahora una depresión en el horizonte?
Respuesta. Han pasado un montón de cosas desde entonces. Era difícil ver cuántas trampas había en el camino y prever los serios errores que se han cometido. Ahora ya estamos metidos en una recesión mundial muy profunda. Si se cometen más errores, puede derivar en una depresión. Si el paro en EE UU sube hasta el 13% desde la tasa actual, lo que supondría poco más o menos duplicar el desempleo, podríamos entrar en territorio de depresión.
P. La economía española ya roza esos números y las previsiones son mucho más sombrías: se espera que la tasa de paro supere el 15% en 2009...
R. Pero los números no significan lo mismo. En EE UU, un 13% supondría superar con creces la tasa de paro normal, y eso sería ponerse en una situación insostenible. Lo de ahora es una brusca desaceleración. Pero si se cometen más errores, como dejar caer la industria automovilística de Detroit por la falta de apoyo público, puede llegar la depresión.
P. ¿Dónde hay que buscar a los responsables de la crisis?
R. En los bancos, sin duda. Pero no son los únicos. Yo diría que Alan Greenspan también tiene una responsabilidad capital: él era el banquero central de EE UU, y su política monetaria y la política económica durante su mandato han desempeñado un papel muy significativo en esta crisis. Incentivaron el sobreendeudamiento, el apetito desmesurado por el crédito en un periodo de exuberancia con montones de especulación y de fácil acceso al crédito, que han resultado muy perniciosos.
P. ¿Ve cerca el final, o es tan pesimista como otros economistas del estilo de Nouriel Roubini, que augura un cataclismo?
R. Bueno, Roubini es alumno mío. Pero ahora habrá que pensar en aprender de él.
P. ¿Tan mal lo ve?
R. Creo que esta recesión va a ser más seria que otras, pero no tan dura como la Gran Depresión. También creo que Asia debería ser capaz de mantener el crecimiento económico en niveles positivos; no veo un colapso global. Además, me siento mejor con el presidente Obama a punto de entrar en el despacho oval. No creo que eso vaya a provocar una recuperación milagrosa, pero puede asumir un tipo de liderazgo que ha brillado por su ausencia en Estados Unidos y puede mejorar la cooperación global, algo en lo que también ha fallado Bush. En suma, creo que podremos sentirnos mejor en poco tiempo, no lo suficiente como para detener la recesión, pero sí como para reducir el miedo que flota en el ambiente.
P. ¿Qué le parece el equipo económico de Obama?
R. Es un buen equipo, muy experimentado. Espero que preste atención a los aspectos internacionales de la crisis y no se centre demasiado en los problemas internos.
P. ¿Dónde queda el famoso cambio?
R. Es verdad que sus asesores económicos están muy relacionados con la Administración de Clinton. Tal vez no sea un cambio radical. Pero es el propio Obama quien introduce ese componente. Eso sí, con gente experimentada.
P. ¿Cómo evalúa el tándem George Bush-Henry Paulson?
R. Ha sido muy flojo, obviamente: un pobre trabajo, con pésimos resultados. Bush es el peor presidente de la historia en política exterior, en política interior, en política económica y social... Paulson no ha sido el peor, pero tampoco es que haya sido muy efectivo.
P. ¿Están funcionando los planes de rescate?
R. Probablemente hayan ayudado a prevenir un completo colapso. Pero no están funcionando en el sentido de restaurar la confianza y detener la espiral negativa en la que se han metido también las fuerzas de la economía real. Lo de dejar caer Lehman Brothers fue un error garrafal de política económica. El mundo cambió drásticamente ese día. Todo el esfuerzo público desde entonces se ha orientado a resguardar a los bancos del colapso. Eso se ha logrado en parte, pero los planes no han tenido éxito en solucionar la crisis de confianza, ni han impedido el aterrizaje forzoso de nuevos bancos, ni en el objetivo de fijar el fondo de esta recesión...
P. ¿Qué medidas echa de menos?
R. En Estados Unidos se pusieron sobre la mesa los 700.000 millones de dólares por la vía de la urgencia, sin ninguna planificación, dos días después de la quiebra de Lehman Brothers, en un movimiento desesperado por el pánico financiero. Paulson presentó en el Congreso un documento de apenas tres páginas, sin conceptos, sin dar una idea a los congresistas acerca de cómo iba a gastar ese dinero, cómo se iban a comprar los activos dañados de la banca. Pero la prueba de que no había ningún guión es que después el dinero se ha usado para recapitalizar los bancos, sin una estrategia clara. Es el plan de una Administración fallida. En Europa hay otros problemas: un montón de líderes, un montón de países buscando un consenso nada fácil. Europa tiene esa paradoja: un solo dinero para muchos presidentes, lo que genera fricciones. La ventaja es que el sector bancario no está tan afectado como el norteamericano, aunque haya entidades con serios problemas.
P. España sufre la crisis global, pero tiene sus propias dificultades. ¿Qué le augura a la economía española?
R. El final del ciclo inmobiliario ha sido abrupto, se trata de uno de los países que más han sufrido junto con Estados Unidos, el Reino Unido, Irlanda o Australia. Va a llevar tiempo salir de ésta. Porque además de los problemas financieros que se derivan del pinchazo inmobiliario, la economía real tiene que reorientarse desde el fuerte peso de la construcción hacia un modelo con nuevas exportaciones. Se abre un periodo de serias dificultades. A la vez, España es claramente la nueva voz más importante en problemas globales como el hambre o la pobreza. Está demostrando mucho interés por aprovechar las nuevas oportunidades que vendrán de África. Tengo algunas sugerencias para el Gobierno: podría ayudar a la recuperación aquí el desarrollo en África, en campos como las energías renovables o la construcción. Hay que encontrar la manera de financiar esas posibilidades.
Enlace a texto original en El País
domingo, 28 de diciembre de 2008
Venezuela: El costo de la gasolina más barata del mundo
Humberto Márquez
Caracas.- La gasolina más barata del mundo se vende en Venezuela, mediante una grande y vieja operación de subsidio que favorece a los propietarios de automóviles y niega recursos a la lucha contra la pobreza y por un ambiente sano, al tiempo que descapitaliza a la industria petrolera, motor de la economía de este país. "¿Cuál es el problema? Supongo que si produjéramos trigo o tractores eso sería muy barato aquí. Si tenemos petróleo, la gasolina debe ser barata", replicó a IPS Alexis Santana, de 38 años, conductor de autobús desde los 22. Parece lógico en este país de América del Sur que es uno de los mayores productores mundiales de crudo.
Un litro de gasolina cuesta en Venezuela, desde hace 10 años, entre 3 y 4 centavos de dólar. Una bebida gaseosa cuesta 20 veces más, una botella de agua 25 veces y una tacita de café expreso en una panadería 30 veces más.
Un usuario puede dejar de propina al operario que limpia el parabrisas y mide el aire de los neumáticos en una gasolinera, más dinero del que paga para llenar el depósito de combustible de su vehículo.
"La gasolina casi se regala en el país", ha dicho el ministro de Finanzas, Alí Rodríguez, quien fue titular de Energía, secretario general de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, OPEP, y presidente del gigante estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA).
"Ya es una grosería vender la gasolina como la estamos vendiendo. ¡Mejor sería regalarla!", dijo en una alocución en enero de 2007 el presidente Hugo Chávez, al ordenar estudios para elevar el precio del carburante, que por ahora han quedado, como éste, congelados.
Para casi regalarla, el Estado y PDVSA asumen un subsidio que los economistas calculan de distintas maneras y con diferentes montos, siempre gigantescos, y cuyos principales beneficiarios son los propietarios de cuatro millones de vehículos particulares que atestan calles, autopistas y carreteras del país, casi las mismas que existían hace 30 años.
"Según nuestros números, Venezuela consume al día casi 750.000 barriles (de 159 litros) de combustibles líquidos, 70 por ciento gasolina, y la diferencia entre el precio de venta local y el de países consumidores netos de petróleo llega a 26.000 millones de dólares este año", dijo a IPS el economista Asdrúbal Oliveros, de la firma Ecoanalítica.
Si Venezuela vendiera su combustible sin ganancias, pero cargando al consumidor interno todos los costos, el subsidio llegaría a 17.000 millones de dólares, según Oliveros.
Cuando el crudo venezolano se cotizó en julio a 116 dólares por barril, un antiguo economista jefe del Banco Central, José Guerra, estimó la subvención anual en unos 19.000 millones de dólares. Pero a mediados de este mes de diciembre, el petróleo descendió a 31 dólares la unidad.
PDVSA PIERDE
De acuerdo con cifras oficiales, en 2007 los vehículos venezolanos consumieron 400.000 barriles diarios entre gasolina y gasóleo, lo que implicó un subsidio, marcado por la diferencia entre el precio interno y el de exportación, de 12.500 millones de dólares.
Los costos operativos de producir un litro de gasolina son para PDVSA de dos centavos de dólar, y lo vende a menos de tres.
"Al regalar a cada automovilista más de 3.000 dólares anuales, PDVSA se queda sin un dinero que podría dirigir a inversiones, para mejorar el sistema interno de distribución de combustibles, animar a otros sectores productivos y disminuir su endeudamiento", dijo a IPS el economista jefe de esa empresa entre 1992 y 1999, Ramón Espinasa.
Más aún, pese a ser exportador de crudo, este país afronta compras crecientes de derivados, incluso de 50.000 barriles diarios de insumos para gasolinas, según el experto José Suárez-Núñez.
Las cifras de compras petroleras de PDVSA, de acuerdo con sus informes, fueron de 2.593 millones de dólares en 2006 y de 4.030 millones en 2007. En datos como esos, algunos críticos ven que la producción del consorcio estatal declina en vez de aumentar.
¿AUXILIO PARA RICOS?
El bajo precio de la gasolina "es esencialmente un subsidio regresivo, porque la mayor cantidad de combustible la consumen autos particulares, de las clases media y alta, mientras que los más pobres usan un transporte público deficiente", apuntó Espinasa.
"El 80 por ciento de la gasolina es utilizado en vehículos privados, que transportan sólo al 20 por ciento de la población, mientras que 80 por ciento de los ciudadanos dependen del transporte público, que consume 20 por ciento de la gasolina. Es un 'Hood Robin', un Robin Hood al revés", señaló el también economista José Luis Cordeiro.
Los bajos precios de la gasolina han estimulado una voraz compra de vehículos, con nuevos récord cada año desde 2003, hasta alcanzar 400.000 unidades en 2007, aunque restricciones a la importación redujeron las ventas a 252.000 unidades en el período enero-noviembre de 2008, según la empresarial Cámara Venezolana Automotriz.
"Los pequeños empresarios, en cambio, nos perjudicamos porque con estos precios el flujo de caja es pequeño, no vale la pena invertir en instalaciones, no podemos respaldar grandes solicitudes de préstamo y nuestra mano de obra está mal remunerada", comentó a IPS José Costa, encargado de una gasolinera en Caracas.
POBRES CON MENOS
El gobierno de Venezuela hizo del gasto público el motor no sólo de la actividad económica sino de la mejora de la calidad de vida de la población, sobre la base del ingreso petrolero. Por eso, debe resentir la carga de este pesado subsidio, según Oliveros.
Ya en la década pasada, un estudio del Banco Mundial sobre subsidios en América Latina mostró que con los 4.000 millones de dólares que entonces entregaba el Estado a sus consumidores de gasolina "se podrían construir 41.000 escuelas primarias o 7.000 secundarias cada año", apuntó Cordeiro.
Con menos de siete millones de hogares, este país tiene un déficit de dos millones de viviendas, según la organización humanitaria Provea, y apenas se construyen unas decenas de miles cada año.
El aporte de PDVSA a los programas sociales del Estado, de acuerdo al informe 2007 de la corporación, alcanzó a 13.897 millones de dólares, un monto inferior a las estimaciones de entrega por la vía de subsidios a los consumidores de combustibles.
Con esa suma, destacó el informe de PDVSA, se financiaron las misiones (programas sociales paralelos a la estructura tradicional del gobierno) en materia de salud, educación, alimentación, de identidad ciudadana y ahorro de energía, entre otras.
Las misiones son el pivote del gobierno en su lucha contra la pobreza, que alcanzaba a 40 por ciento de la población hace una década, y en procura de cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio, adoptados por la Organización de las Naciones Unidas.
Según las estadísticas del Ministerio de Planificación, los hogares pobres, o con necesidades básicas insatisfechas, cayeron de 28,9 a 23,4 por ciento, y los indigentes pasaron de 10,8 a nueve por ciento.
Si esos programas y los gastos generales del Estado avanzaron en el último lustro --a medida que crecían los precios del petróleo hasta más de 120 dólares para el barril venezolano--, desde Chávez hasta el más contumaz de sus críticos admiten que este país sufrirá de diferentes formas por los valores del crudo reducidos a una cuarta parte.
"La situación fiscal puede ser tan crítica que el gobierno buscará medidas como devaluar, implantar más impuestos o aumentar el precio de la gasolina. Lo único que seguramente no hará será disminuir el gasto", opinó el economista Emeterio Gómez.
EXPORTACION Y CONTRABANDO
Los subsidios, directos o indirectos, suelen traducirse en una ventaja comparativa para que las empresas de un país o sector compitan en condiciones ventajosas. "Ese no es el caso de Venezuela, porque la ventaja de la gasolina barata se pierde con los demás controles de precios, el control cambiario, el congestionamiento del tráfico que afecta la distribución y el mal estado de infraestructura vial", aseveró Oliveros.
Debido a la ausencia de corredores viales, un camión con mercancía que recorre de la frontera con Colombia, en el oeste, hasta centros industriales o de consumo en el extremo oriente de Venezuela, se ve obligado a atravesar Caracas y otras importantes ciudades.
Pero, además, el subsidio alimenta un contrabando con los países vecinos, Colombia, Brasil y en menor medida Guyana, que el Ministerio de Energía estimó en 25.000 barriles diarios, lo que a un precio promedio de 90 dólares por barril en 2008, representa unos 800 millones de dólares anuales.
Según investigaciones de la prensa nacional, en el noreste colombiano fronterizo con Venezuela unas 80.000 familias viven u obtienen un suplemento de ingresos gracias al contrabando fronterizo de combustible, en miles de pequeños envases transportados a pie o en bicicleta, pero también en grandes camiones-cisterna que operan al amparo de redes de corrupción o grupos armados ilegales.
"El problema está en el diferencial de precios, porque el combustible en Venezuela es 20 veces más barato (que en Colombia), y sin resolver ese problema es imposible vencer al contrabando", dijo Lino Iacampo, presidente de la Asociación de Distribuidores de gasolina en el fronterizo estado de Táchira.
"Y, por el contrario, tenemos el enojo de los tachirenses que muchas veces no encuentran gasolina o se les vende racionada", agregó.
AMBIENTE, CULTURA Y POLÍTICA
En Estados Unidos un joven de clase media se independiza de sus padres cuando se muda por su cuenta; en Venezuela, el día que ya tiene su automóvil propio, dice Oliveros.
El culto por el automóvil individual se ha exacerbado de tal modo en este país que autoridades municipales de Caracas exigen que cada vehículo lleve al menos dos ocupantes, cuando intentan restringir el acceso a ciertas vías en las horas de mayor tránsito.
En esas largas colas de autos que ruedan a una velocidad promedio de cinco kilómetros por hora, la ocupación media de los vehículos es de 1,2 personas.
Pero, advierten estudiosos como Oliveros, la inseguridad en el transporte público, que sufre una epidemia de asaltos a mano armada en los autobuses urbanos y extraurbanos, y en taxis independientes de cualquier organización, lleva a la gente a buscar con desesperación el auto propio.
Casi todas las vías de una ciudad como Caracas están atestadas desde el amanecer hasta muy entrada la noche. Para Aliana Giménez, que vive en la ciudad-dormitorio de Guatire, al este de la urbe, "la vida se me va en dormir en el autobús, trabajar, llegar a casa, bañarme, cambiarme, hacer una minisiesta en la noche y salir de nuevo para Caracas antes de que salga el sol", relató a IPS.
Los economistas coinciden en que un comienzo de solución puede estar en una adecuación gradual del precio de la gasolina a algún punto medio de la larga distancia entre el precio doméstico y el valor de exportación.
"Pero esa medida ahora sólo surtiría efecto con un cambio de políticas económicas que permita contrarrestar la inflación, de lo contrario generaría más problemas", dice Oliveros.
La inflación venezolana es la más alta del hemisferio, pues anualizada ronda 35 por ciento y pasa de 50 por ciento en los alimentos, que en este país se transportan fundamentalmente por carretera y es el rubro en el que los sectores más pobres gastan dos de cada tres dólares de sus ingresos.
En el pasado, el alza del precio de la gasolina fue la chispa que encendió protestas sociales. La más recia fue el "Caracazo" de 1989, que dejó centenares de muertos. Siempre se la consideró una medida impopular y de las que más votos restan.
En la última década, el país ha ejercitado consultas electorales prácticamente todos los años, y posiblemente en marzo de 2009 vuelva a las urnas para decidir si el presidente Chávez --quien no ha tocado el precio de la gasolina desde que llegó al poder en 1999-- puede presentarse a la reelección cuantas veces quiera.
Enlace a Inter Press Service
Caracas.- La gasolina más barata del mundo se vende en Venezuela, mediante una grande y vieja operación de subsidio que favorece a los propietarios de automóviles y niega recursos a la lucha contra la pobreza y por un ambiente sano, al tiempo que descapitaliza a la industria petrolera, motor de la economía de este país. "¿Cuál es el problema? Supongo que si produjéramos trigo o tractores eso sería muy barato aquí. Si tenemos petróleo, la gasolina debe ser barata", replicó a IPS Alexis Santana, de 38 años, conductor de autobús desde los 22. Parece lógico en este país de América del Sur que es uno de los mayores productores mundiales de crudo.
Un litro de gasolina cuesta en Venezuela, desde hace 10 años, entre 3 y 4 centavos de dólar. Una bebida gaseosa cuesta 20 veces más, una botella de agua 25 veces y una tacita de café expreso en una panadería 30 veces más.
Un usuario puede dejar de propina al operario que limpia el parabrisas y mide el aire de los neumáticos en una gasolinera, más dinero del que paga para llenar el depósito de combustible de su vehículo.
"La gasolina casi se regala en el país", ha dicho el ministro de Finanzas, Alí Rodríguez, quien fue titular de Energía, secretario general de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, OPEP, y presidente del gigante estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA).
"Ya es una grosería vender la gasolina como la estamos vendiendo. ¡Mejor sería regalarla!", dijo en una alocución en enero de 2007 el presidente Hugo Chávez, al ordenar estudios para elevar el precio del carburante, que por ahora han quedado, como éste, congelados.
Para casi regalarla, el Estado y PDVSA asumen un subsidio que los economistas calculan de distintas maneras y con diferentes montos, siempre gigantescos, y cuyos principales beneficiarios son los propietarios de cuatro millones de vehículos particulares que atestan calles, autopistas y carreteras del país, casi las mismas que existían hace 30 años.
"Según nuestros números, Venezuela consume al día casi 750.000 barriles (de 159 litros) de combustibles líquidos, 70 por ciento gasolina, y la diferencia entre el precio de venta local y el de países consumidores netos de petróleo llega a 26.000 millones de dólares este año", dijo a IPS el economista Asdrúbal Oliveros, de la firma Ecoanalítica.
Si Venezuela vendiera su combustible sin ganancias, pero cargando al consumidor interno todos los costos, el subsidio llegaría a 17.000 millones de dólares, según Oliveros.
Cuando el crudo venezolano se cotizó en julio a 116 dólares por barril, un antiguo economista jefe del Banco Central, José Guerra, estimó la subvención anual en unos 19.000 millones de dólares. Pero a mediados de este mes de diciembre, el petróleo descendió a 31 dólares la unidad.
PDVSA PIERDE
De acuerdo con cifras oficiales, en 2007 los vehículos venezolanos consumieron 400.000 barriles diarios entre gasolina y gasóleo, lo que implicó un subsidio, marcado por la diferencia entre el precio interno y el de exportación, de 12.500 millones de dólares.
Los costos operativos de producir un litro de gasolina son para PDVSA de dos centavos de dólar, y lo vende a menos de tres.
"Al regalar a cada automovilista más de 3.000 dólares anuales, PDVSA se queda sin un dinero que podría dirigir a inversiones, para mejorar el sistema interno de distribución de combustibles, animar a otros sectores productivos y disminuir su endeudamiento", dijo a IPS el economista jefe de esa empresa entre 1992 y 1999, Ramón Espinasa.
Más aún, pese a ser exportador de crudo, este país afronta compras crecientes de derivados, incluso de 50.000 barriles diarios de insumos para gasolinas, según el experto José Suárez-Núñez.
Las cifras de compras petroleras de PDVSA, de acuerdo con sus informes, fueron de 2.593 millones de dólares en 2006 y de 4.030 millones en 2007. En datos como esos, algunos críticos ven que la producción del consorcio estatal declina en vez de aumentar.
¿AUXILIO PARA RICOS?
El bajo precio de la gasolina "es esencialmente un subsidio regresivo, porque la mayor cantidad de combustible la consumen autos particulares, de las clases media y alta, mientras que los más pobres usan un transporte público deficiente", apuntó Espinasa.
"El 80 por ciento de la gasolina es utilizado en vehículos privados, que transportan sólo al 20 por ciento de la población, mientras que 80 por ciento de los ciudadanos dependen del transporte público, que consume 20 por ciento de la gasolina. Es un 'Hood Robin', un Robin Hood al revés", señaló el también economista José Luis Cordeiro.
Los bajos precios de la gasolina han estimulado una voraz compra de vehículos, con nuevos récord cada año desde 2003, hasta alcanzar 400.000 unidades en 2007, aunque restricciones a la importación redujeron las ventas a 252.000 unidades en el período enero-noviembre de 2008, según la empresarial Cámara Venezolana Automotriz.
"Los pequeños empresarios, en cambio, nos perjudicamos porque con estos precios el flujo de caja es pequeño, no vale la pena invertir en instalaciones, no podemos respaldar grandes solicitudes de préstamo y nuestra mano de obra está mal remunerada", comentó a IPS José Costa, encargado de una gasolinera en Caracas.
POBRES CON MENOS
El gobierno de Venezuela hizo del gasto público el motor no sólo de la actividad económica sino de la mejora de la calidad de vida de la población, sobre la base del ingreso petrolero. Por eso, debe resentir la carga de este pesado subsidio, según Oliveros.
Ya en la década pasada, un estudio del Banco Mundial sobre subsidios en América Latina mostró que con los 4.000 millones de dólares que entonces entregaba el Estado a sus consumidores de gasolina "se podrían construir 41.000 escuelas primarias o 7.000 secundarias cada año", apuntó Cordeiro.
Con menos de siete millones de hogares, este país tiene un déficit de dos millones de viviendas, según la organización humanitaria Provea, y apenas se construyen unas decenas de miles cada año.
El aporte de PDVSA a los programas sociales del Estado, de acuerdo al informe 2007 de la corporación, alcanzó a 13.897 millones de dólares, un monto inferior a las estimaciones de entrega por la vía de subsidios a los consumidores de combustibles.
Con esa suma, destacó el informe de PDVSA, se financiaron las misiones (programas sociales paralelos a la estructura tradicional del gobierno) en materia de salud, educación, alimentación, de identidad ciudadana y ahorro de energía, entre otras.
Las misiones son el pivote del gobierno en su lucha contra la pobreza, que alcanzaba a 40 por ciento de la población hace una década, y en procura de cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio, adoptados por la Organización de las Naciones Unidas.
Según las estadísticas del Ministerio de Planificación, los hogares pobres, o con necesidades básicas insatisfechas, cayeron de 28,9 a 23,4 por ciento, y los indigentes pasaron de 10,8 a nueve por ciento.
Si esos programas y los gastos generales del Estado avanzaron en el último lustro --a medida que crecían los precios del petróleo hasta más de 120 dólares para el barril venezolano--, desde Chávez hasta el más contumaz de sus críticos admiten que este país sufrirá de diferentes formas por los valores del crudo reducidos a una cuarta parte.
"La situación fiscal puede ser tan crítica que el gobierno buscará medidas como devaluar, implantar más impuestos o aumentar el precio de la gasolina. Lo único que seguramente no hará será disminuir el gasto", opinó el economista Emeterio Gómez.
EXPORTACION Y CONTRABANDO
Los subsidios, directos o indirectos, suelen traducirse en una ventaja comparativa para que las empresas de un país o sector compitan en condiciones ventajosas. "Ese no es el caso de Venezuela, porque la ventaja de la gasolina barata se pierde con los demás controles de precios, el control cambiario, el congestionamiento del tráfico que afecta la distribución y el mal estado de infraestructura vial", aseveró Oliveros.
Debido a la ausencia de corredores viales, un camión con mercancía que recorre de la frontera con Colombia, en el oeste, hasta centros industriales o de consumo en el extremo oriente de Venezuela, se ve obligado a atravesar Caracas y otras importantes ciudades.
Pero, además, el subsidio alimenta un contrabando con los países vecinos, Colombia, Brasil y en menor medida Guyana, que el Ministerio de Energía estimó en 25.000 barriles diarios, lo que a un precio promedio de 90 dólares por barril en 2008, representa unos 800 millones de dólares anuales.
Según investigaciones de la prensa nacional, en el noreste colombiano fronterizo con Venezuela unas 80.000 familias viven u obtienen un suplemento de ingresos gracias al contrabando fronterizo de combustible, en miles de pequeños envases transportados a pie o en bicicleta, pero también en grandes camiones-cisterna que operan al amparo de redes de corrupción o grupos armados ilegales.
"El problema está en el diferencial de precios, porque el combustible en Venezuela es 20 veces más barato (que en Colombia), y sin resolver ese problema es imposible vencer al contrabando", dijo Lino Iacampo, presidente de la Asociación de Distribuidores de gasolina en el fronterizo estado de Táchira.
"Y, por el contrario, tenemos el enojo de los tachirenses que muchas veces no encuentran gasolina o se les vende racionada", agregó.
AMBIENTE, CULTURA Y POLÍTICA
En Estados Unidos un joven de clase media se independiza de sus padres cuando se muda por su cuenta; en Venezuela, el día que ya tiene su automóvil propio, dice Oliveros.
El culto por el automóvil individual se ha exacerbado de tal modo en este país que autoridades municipales de Caracas exigen que cada vehículo lleve al menos dos ocupantes, cuando intentan restringir el acceso a ciertas vías en las horas de mayor tránsito.
En esas largas colas de autos que ruedan a una velocidad promedio de cinco kilómetros por hora, la ocupación media de los vehículos es de 1,2 personas.
Pero, advierten estudiosos como Oliveros, la inseguridad en el transporte público, que sufre una epidemia de asaltos a mano armada en los autobuses urbanos y extraurbanos, y en taxis independientes de cualquier organización, lleva a la gente a buscar con desesperación el auto propio.
Casi todas las vías de una ciudad como Caracas están atestadas desde el amanecer hasta muy entrada la noche. Para Aliana Giménez, que vive en la ciudad-dormitorio de Guatire, al este de la urbe, "la vida se me va en dormir en el autobús, trabajar, llegar a casa, bañarme, cambiarme, hacer una minisiesta en la noche y salir de nuevo para Caracas antes de que salga el sol", relató a IPS.
Los economistas coinciden en que un comienzo de solución puede estar en una adecuación gradual del precio de la gasolina a algún punto medio de la larga distancia entre el precio doméstico y el valor de exportación.
"Pero esa medida ahora sólo surtiría efecto con un cambio de políticas económicas que permita contrarrestar la inflación, de lo contrario generaría más problemas", dice Oliveros.
La inflación venezolana es la más alta del hemisferio, pues anualizada ronda 35 por ciento y pasa de 50 por ciento en los alimentos, que en este país se transportan fundamentalmente por carretera y es el rubro en el que los sectores más pobres gastan dos de cada tres dólares de sus ingresos.
En el pasado, el alza del precio de la gasolina fue la chispa que encendió protestas sociales. La más recia fue el "Caracazo" de 1989, que dejó centenares de muertos. Siempre se la consideró una medida impopular y de las que más votos restan.
En la última década, el país ha ejercitado consultas electorales prácticamente todos los años, y posiblemente en marzo de 2009 vuelva a las urnas para decidir si el presidente Chávez --quien no ha tocado el precio de la gasolina desde que llegó al poder en 1999-- puede presentarse a la reelección cuantas veces quiera.
Enlace a Inter Press Service
lunes, 15 de diciembre de 2008
El gran vuelco
León Bendesky
La crisis financiera desatada en Estados Unidos ha desquiciado los mercados de dinero y capitales, la producción, el empleo y el consumo. Además, ha provocado una enorme expansión de la deuda del gobierno, así como formas de intervención en las empresas privadas sin parangón. El sistema financiero tal como existía hace apenas nueve meses es hoy irreconocible en cuanto a su estructura institucional; los instrumentos convencionales del crédito han desaparecido y las corrientes de los préstamos crédito han dejado de operar para fines prácticos.
Todo eso ocurre a pesar de las enormes inyecciones de dinero por parte del Tesoro y de la Reserva Federal.
La política monetaria ha llegado a su límite una vez que las tasas de interés de los títulos de deuda de corto plazo del gobierno tienen tasas de interés cero. Los ahorradores se refugian por ahora en ese tipo de deuda, aun con rendimientos reales (luego de la inflación) negativos; lo hacen, aunque parece extraño, por la garantía del gobierno federal.
No se ha superado todavía el riesgo de una posible deflación, es decir, la caída de los precios que agravará aún más la situación recesiva. La corrección de los precios de los bienes raíces no se ha dado y las presiones hacia la contracción del producto persisten. La muy frágil condición de las tres grandes empresas automotrices agrava las cosas y su efecto se extiende por una larga cadena de actividades subsidiarias dentro y fuera de Estados Unidos.
Ahora se pone cada vez más atención en las políticas de estímulo fiscal sobre la demanda agregada mediante el gasto público en una serie de rubros, especialmente la infraestructura física y energética del país como la que planea Obama.
Estas políticas son problemáticas y muy debatidas. No hay una clara teoría económica que ampare este tipo de intervención en cuanto a su efectividad para salir de modo rápido de la depresión económica en curso.
Se cita mucho a Keynes y las políticas del Nuevo Trato de Roosevelt, pero la situación en los años de 1930 era distinta en muchos sentidos. Uno es la extensión y profundidad de las relaciones económicas globales; otro es que finalmente la crisis de aquella época se superó sólo luego de que la economía de guerra se transformó en civil hasta 1945.
El gasto público es, ciertamente, un estímulo necesario; es más, casi único en las condiciones actuales, pero no tiene un efecto automático en el funcionamiento y la corrección de los mercados. La asignación de ese gasto y la manera en que se transmite en los diversos canales de la economía ocurre de manera compleja y con diversos obstáculos y cuellos de botella. La efectividad de ese tipo de gasto no está asegurada.
No puede preverse con certeza cuál será el impacto de la expansión fiscal sobre el nivel de la actividad económica, ni cuánto tiempo tarde en cumplir el objetivo que se le asigna. A eso hay que sumarle la fuerte expansión de la deuda pública en que se ha incurrido, así como la depreciación de los activos de las familias, en especial de sus viviendas y su alto nivel de endeudamiento.
Las deudas habrá que pagarlas en algún momento. Recuérdese que una forma de reducir la carga de la deuda es la inflación, pero en el marco actual eso no es posible.
Ése es uno de los dilemas actuales del entorno político, de las políticas públicas y de los difíciles acuerdos que tienen que establecerse so pena de provocar rupturas graves en un entorno social por demás debilitado.
El vuelco que ha provocado esta crisis ha puesto en evidencia las concepciones teóricas e ideológicas, así como las prácticas de la gestión estatal que prevalecieron durante tres décadas. Esas concepciones se derrumban. Es una interesante paradoja que esto le haya sucedido a una administración como la de Bush con su explícita y provocadora defensa y promoción de un liberalismo a ultranza. Este periodo ha estado lleno de fraudes financieros desde Enron hasta el más reciente de Madoff.
No puede ya sostenerse más la capacidad intrínseca de ajuste de los mercados, pero tampoco puede sostenerse el automatismo de la intervención estatal. Esta situación no es, sin embargo, un callejón sin salida. Pero su superación no va a encontrarse en los cubículos de los profesores ni en los corredores del poder político esclerotizado.
El restablecimiento de un acuerdo social funcional será imprescindible. Para que eso ocurra deberá haber condiciones materiales mínimas y liderazgos efectivos que canalicen la presión social. Las resistencias de todos las partes involucradas van a ser muy grandes en una estructura de poder tan estrechamente vinculado. Se abre un periodo de contradicciones con fuertes fricciones que no se resolverán en al ámbito de los intereses nacionales definidos estrechamente.
La actual es una situación que requiere de gran capacidad de pensar en términos complejos, sin direcciones únicas, en que habrá que probar si la destrucción en curso genera algunos rasgos de creatividad y capacidad de transformación. Garantías, por supuesto, no las hay.
Enlace a El Clarin
La crisis financiera desatada en Estados Unidos ha desquiciado los mercados de dinero y capitales, la producción, el empleo y el consumo. Además, ha provocado una enorme expansión de la deuda del gobierno, así como formas de intervención en las empresas privadas sin parangón. El sistema financiero tal como existía hace apenas nueve meses es hoy irreconocible en cuanto a su estructura institucional; los instrumentos convencionales del crédito han desaparecido y las corrientes de los préstamos crédito han dejado de operar para fines prácticos.
Todo eso ocurre a pesar de las enormes inyecciones de dinero por parte del Tesoro y de la Reserva Federal.
La política monetaria ha llegado a su límite una vez que las tasas de interés de los títulos de deuda de corto plazo del gobierno tienen tasas de interés cero. Los ahorradores se refugian por ahora en ese tipo de deuda, aun con rendimientos reales (luego de la inflación) negativos; lo hacen, aunque parece extraño, por la garantía del gobierno federal.
No se ha superado todavía el riesgo de una posible deflación, es decir, la caída de los precios que agravará aún más la situación recesiva. La corrección de los precios de los bienes raíces no se ha dado y las presiones hacia la contracción del producto persisten. La muy frágil condición de las tres grandes empresas automotrices agrava las cosas y su efecto se extiende por una larga cadena de actividades subsidiarias dentro y fuera de Estados Unidos.
Ahora se pone cada vez más atención en las políticas de estímulo fiscal sobre la demanda agregada mediante el gasto público en una serie de rubros, especialmente la infraestructura física y energética del país como la que planea Obama.
Estas políticas son problemáticas y muy debatidas. No hay una clara teoría económica que ampare este tipo de intervención en cuanto a su efectividad para salir de modo rápido de la depresión económica en curso.
Se cita mucho a Keynes y las políticas del Nuevo Trato de Roosevelt, pero la situación en los años de 1930 era distinta en muchos sentidos. Uno es la extensión y profundidad de las relaciones económicas globales; otro es que finalmente la crisis de aquella época se superó sólo luego de que la economía de guerra se transformó en civil hasta 1945.
El gasto público es, ciertamente, un estímulo necesario; es más, casi único en las condiciones actuales, pero no tiene un efecto automático en el funcionamiento y la corrección de los mercados. La asignación de ese gasto y la manera en que se transmite en los diversos canales de la economía ocurre de manera compleja y con diversos obstáculos y cuellos de botella. La efectividad de ese tipo de gasto no está asegurada.
No puede preverse con certeza cuál será el impacto de la expansión fiscal sobre el nivel de la actividad económica, ni cuánto tiempo tarde en cumplir el objetivo que se le asigna. A eso hay que sumarle la fuerte expansión de la deuda pública en que se ha incurrido, así como la depreciación de los activos de las familias, en especial de sus viviendas y su alto nivel de endeudamiento.
Las deudas habrá que pagarlas en algún momento. Recuérdese que una forma de reducir la carga de la deuda es la inflación, pero en el marco actual eso no es posible.
Ése es uno de los dilemas actuales del entorno político, de las políticas públicas y de los difíciles acuerdos que tienen que establecerse so pena de provocar rupturas graves en un entorno social por demás debilitado.
El vuelco que ha provocado esta crisis ha puesto en evidencia las concepciones teóricas e ideológicas, así como las prácticas de la gestión estatal que prevalecieron durante tres décadas. Esas concepciones se derrumban. Es una interesante paradoja que esto le haya sucedido a una administración como la de Bush con su explícita y provocadora defensa y promoción de un liberalismo a ultranza. Este periodo ha estado lleno de fraudes financieros desde Enron hasta el más reciente de Madoff.
No puede ya sostenerse más la capacidad intrínseca de ajuste de los mercados, pero tampoco puede sostenerse el automatismo de la intervención estatal. Esta situación no es, sin embargo, un callejón sin salida. Pero su superación no va a encontrarse en los cubículos de los profesores ni en los corredores del poder político esclerotizado.
El restablecimiento de un acuerdo social funcional será imprescindible. Para que eso ocurra deberá haber condiciones materiales mínimas y liderazgos efectivos que canalicen la presión social. Las resistencias de todos las partes involucradas van a ser muy grandes en una estructura de poder tan estrechamente vinculado. Se abre un periodo de contradicciones con fuertes fricciones que no se resolverán en al ámbito de los intereses nacionales definidos estrechamente.
La actual es una situación que requiere de gran capacidad de pensar en términos complejos, sin direcciones únicas, en que habrá que probar si la destrucción en curso genera algunos rasgos de creatividad y capacidad de transformación. Garantías, por supuesto, no las hay.
Enlace a El Clarin
domingo, 14 de diciembre de 2008
Salvemos a las tres grandes por ti y por mí
Michael Moore
La Jornada
Amigos: Manejo un automóvil estadunidense. Es un Chrysler. Eso no implica respaldo o aprobación. Es más bien un grito pidiendo piedad. Ahora, en aras de la historia que lleva contándose por décadas y que vuelven a contar decenas de millones de estadunidenses, un tercio de los cuales no quiso recurrir a su país con tal de encontrar un maldito modo de ir a trabajar en algo que no se descomponga, les digo: mi Chrysler tiene cuatro años. Lo compré porque se mueve suave y es confortable. Daimler-Benz era dueño de la compañía en el momento y tuvo la buena gracia de colocar el chasis Chrysler sobre un eje Mercedes, y, caray, que dulce paseo.
Cuando podía arrancar.
Más de una docena de veces en estos años, el carro simplemente se murió. Se le cambiaba la batería, pero ése no era el problema. Mi pá también maneja el mismo modelo. Su carro se le murió muchas veces también. No arrancaba, y nunca había razón.
Hace unas semanas, llevé mi Chrysler a la concesionaria Chrysler de aquí del norte de Michigan –y las últimas reparaciones me costaron mil 400 dólares. A la mañana siguiente, el vehículo no quiso arrancar. Cuando lo pude echar a andar, la luz de alarma del freno se prendió y así estuvo prendiéndose a cada rato. A partir de lo que les cuento, ustedes podrían asumir que me importan un bledo estos ineptos fabricantes de chatarra automotriz con sede en Detroit. Pero sí me importan. Me preocupan los millones cuyas vidas y modos de ganarse la existencia dependen de estas compañías automotrices. Me preocupa la seguridad y la defensa de este país, porque el mundo se está quedando sin petróleo –y cuando éste se agote, la calamidad y el colapso que ocurrirán harán que la actual recesión/depresión parezca una comedia musical.
Me preocupa lo que pueda ocurrirle a las tres grandes porque son más responsables que nadie por la destrucción de nuestra frágil atmósfera y del diario derretimiento de las capas de hielo polar.
El Congreso debe salvar la infraestructura industrial que estas compañías controlan y los empleos que crean. Y debe salvar al mundo, del motor de combustión interna. Esa vasta y enorme red de fabricación podrá redimirse cuando construya transporte masivo y carros híbridos/eléctricos, y la clase de transportación que requerimos en el siglo XXI.
Por eso el Congreso debe lograr esto no otorgándole a GM, Ford y Chrysler los 34 mil millones de dólares que están pidiendo en “préstamos” (hace unos cuantos días querían 25 mil millones; así de estúpidos son: ni siquiera saben qué tanto realmente requieren para cubrir la nómina de este mes). Si ustedes y yo quisiéramos un préstamo del banco en esta forma, no sólo nos sacarían de una oreja, el banco nos pondría en una suerte de lista negra de calificaciones para futuros créditos.
Hace dos semanas, los ejecutivos de las tres grandes fueron emplumados con chapopote ante un comité del Congreso estadunidense que se burló de ellos de modo muy diferente a cuando las cabezas de la industria se presentaron dos meses antes. En ese momento, los políticos se tropezaban unos con otros en sus desmayos de extrema emoción por Wall Street y sus estafadores al estilo Carlo Ponzi* que cocinaron bizantinos modos de apostar con el dinero de otras personas mediante canjes de créditos sin regulación, conocidos en lengua vernácula común como unicornios y hadas.
Pero los muchachos de Detroit venían del Medio Oeste, del (¡yuk!), donde fabricaban cosas reales que los consumidores necesitaban y podían tocar y comprar, y que continuamente reciclaban dinero a la economía (¡qué horror!, produjeron sindicatos que crearon la clase media y me arreglaron los dientes gratis cuando tenía yo 10 años).
Por todo eso quienes encabezan la industria automotriz tuvieron que sentarse en noviembre y ser ridiculizados por viajar a la capital del país. Sí, volaron en los aviones de sus corporaciones, justo como los banqueros y los bandidos de Wall Street hicieron en octubre. Pero, ¡eey!, ¡eso estuvo OK! ¡Son los amos del universo! Nada sino las mejores carrozas para la gran finanza cuando se apresta a saquear el Tesoro de la nación.
Por supuesto los magnates de los automóviles fueron alguna vez los amos que dominaban el mundo. Le pulsaban el botón a todas las otras empresas que servían –el acero, el petróleo, los contratistas del cemento. Hace 55 años, el presidente de GM se sentó en Capitol Hill y abruptamente le dijo al Congreso, “lo que es bueno para General Motors es bueno para el país”. Porque, claro, ustedes vean, en su idea, General Motors era el país.
Qué largo y triste el caer de la gracia que presenciamos el 19 de noviembre cuando los tres ratones ciegos recibieron reglazos en los nudillos y luego los mandaron a casa a redactar un ensayo titulado “Por qué me deberían dar miles de millones de dólares en efectivo a cambio de nada”. También les preguntaron que si podrían trabajar por un dólar al año. ¡Tomen! ¡Qué Congreso tan grandioso y aguerrido tenemos! Miren que pedirle servidumbre por deuda a los (todavía) hombres más poderosos del mundo. Y esto, viniendo de un cuerpo sin columna vertebral que no se ha atrevido a enfrentarse a un desgraciado presidente ni a echar por tierra ninguna de las peticiones de fondos para una guerra que ni ellos ni el público estadunidense respalda. Increíble.
Déjenme expresar lo obvio: cada uno de los dólares que el Congreso les dé a estas tres compañías se irá por el escusado directamente. No hay nada que los equipos de administración de estas tres grandes vayan a hacer para convencer a la gente que salga en tiempos de recesión y compre sus grandes productos de pésima calidad, que además gastan enormidades de gasolina. Olvídenlo. Y así como seguro estoy de que los Leones de Detroit (propiedad de la familia Ford) no van a llegar al Super Bowl –nunca– les garantizo que después de que se quemen los 34 mil millones de dólares, regresarán por otros 34 mil millones el verano que entra.
Entonces, ¿qué hacer? Miembros del Congreso, he aquí lo que les propongo:
1. Transportar estadunidenses es y debería ser una de las más importantes funciones que nuestros gobiernos deberían resolver. Y como estamos ante una masiva crisis económica, energética y ambiental, el nuevo presidente y el Congreso deberían hacer algo parecido a lo que hizo Franklin Roosevelt cuando tuvo que encarar la crisis (y ordenó a la industria automotriz que dejara de producir automóviles y en cambio fabricara tanques y aviones): las tres grandes, de ahora en adelante deben producir sólo carros que no dependan del petróleo y, lo que es más importante, que fabriquen ferrocarriles, autobuses, metros y trenes ligeros (junto con un proyecto público a escala nacional que construya las vías para ellos). Esto no sólo salvará empleos sino que creará millones de nuevos trabajos.
2. Podrían comprar, todos ustedes, las acciones comunes de bolsa de General Motors por menos de 3 mil millones. ¿Por qué tenemos que darle a GM 18 mil millones o 25 mil millones por nada? ¡Con ese dinero compren la compañía! (De todos modos ustedes tendrían que exigir instrumentos colaterales si les conceden un “préstamo” y como sabemos que no podrán cumplir los pagos, al final serán dueños de la compañía. Así que por qué esperar. Compren ahora.
3. Ninguno de nosotros quiere que los funcionarios gubernamentales manejen una compañía de autos, pero hay algunos genios muy listos en transportación a los que podrían contratar. Necesitamos una especie de Plan Marshall que nos haga el cambio a vehículos que no dependan del petróleo y que nos lleve al siglo XXI.
Esta propuesta no es radical ni maneja ciencia de punta. Simplemente necesita de una de las personas más listas que han llegado a la presidencia del país para echarla a andar. Lo que propongo ya ha funcionado antes. El sistema de vías férreas estaba en ruinas en los años 70. El gobierno se lo apropió. Y 10 años más tarde tenía ganancias, así que el gobierno la regresó a una mezcla de participación privada/pública y obtuvo unos 2 mil millones de dólares que ingresaron a las arcas del Tesoro.
Esta propuesta salvará la infraestructura industrial –y millones de empleos. Lo más importante es que creará millones de nuevos empleos. Literalmente nos jalará para sacarnos de la recesión.
Por el contrario, ayer General Motors presentó su propuesta de restructuración al Congreso. Prometieron que si el Congreso les daba 18 mil millones de dólares, a cambio eliminarían unos 20 mil empleos. Están ustedes leyendo bien. Les damos miles de millones de dólares para que saquen a más estadunidenses de sus trabajos. Ésa ha sido su “gran idea” durante los últimos 30 años –correr a miles con tal de proteger sus ganancias. Pero nadie se ha puesto a pensar esta pregunta: Si sacan a todo mundo de sus empleos, ¿quién tendrá dinero para ir y comprar un carro?
Estos idiotas no merecen ni un quinto. Despídanlos a todos y adquieran la industria por el bien de los trabajadores, el país y el planeta. Lo que es bueno para General Motors es bueno para el país. Siempre y cuando quien mande sea el país.
Suyo, Michael Moore.
Traducción: Ramón Vera Herrera
* Inmigrante italiano que en los años 20 ideó fraudes muy rentables con fondos de inversión en Nueva York y cuyo nombre se le da hoy a este tipo de estafas. N del T.
Enlace a La Jornada
La Jornada
Amigos: Manejo un automóvil estadunidense. Es un Chrysler. Eso no implica respaldo o aprobación. Es más bien un grito pidiendo piedad. Ahora, en aras de la historia que lleva contándose por décadas y que vuelven a contar decenas de millones de estadunidenses, un tercio de los cuales no quiso recurrir a su país con tal de encontrar un maldito modo de ir a trabajar en algo que no se descomponga, les digo: mi Chrysler tiene cuatro años. Lo compré porque se mueve suave y es confortable. Daimler-Benz era dueño de la compañía en el momento y tuvo la buena gracia de colocar el chasis Chrysler sobre un eje Mercedes, y, caray, que dulce paseo.
Cuando podía arrancar.
Más de una docena de veces en estos años, el carro simplemente se murió. Se le cambiaba la batería, pero ése no era el problema. Mi pá también maneja el mismo modelo. Su carro se le murió muchas veces también. No arrancaba, y nunca había razón.
Hace unas semanas, llevé mi Chrysler a la concesionaria Chrysler de aquí del norte de Michigan –y las últimas reparaciones me costaron mil 400 dólares. A la mañana siguiente, el vehículo no quiso arrancar. Cuando lo pude echar a andar, la luz de alarma del freno se prendió y así estuvo prendiéndose a cada rato. A partir de lo que les cuento, ustedes podrían asumir que me importan un bledo estos ineptos fabricantes de chatarra automotriz con sede en Detroit. Pero sí me importan. Me preocupan los millones cuyas vidas y modos de ganarse la existencia dependen de estas compañías automotrices. Me preocupa la seguridad y la defensa de este país, porque el mundo se está quedando sin petróleo –y cuando éste se agote, la calamidad y el colapso que ocurrirán harán que la actual recesión/depresión parezca una comedia musical.
Me preocupa lo que pueda ocurrirle a las tres grandes porque son más responsables que nadie por la destrucción de nuestra frágil atmósfera y del diario derretimiento de las capas de hielo polar.
El Congreso debe salvar la infraestructura industrial que estas compañías controlan y los empleos que crean. Y debe salvar al mundo, del motor de combustión interna. Esa vasta y enorme red de fabricación podrá redimirse cuando construya transporte masivo y carros híbridos/eléctricos, y la clase de transportación que requerimos en el siglo XXI.
Por eso el Congreso debe lograr esto no otorgándole a GM, Ford y Chrysler los 34 mil millones de dólares que están pidiendo en “préstamos” (hace unos cuantos días querían 25 mil millones; así de estúpidos son: ni siquiera saben qué tanto realmente requieren para cubrir la nómina de este mes). Si ustedes y yo quisiéramos un préstamo del banco en esta forma, no sólo nos sacarían de una oreja, el banco nos pondría en una suerte de lista negra de calificaciones para futuros créditos.
Hace dos semanas, los ejecutivos de las tres grandes fueron emplumados con chapopote ante un comité del Congreso estadunidense que se burló de ellos de modo muy diferente a cuando las cabezas de la industria se presentaron dos meses antes. En ese momento, los políticos se tropezaban unos con otros en sus desmayos de extrema emoción por Wall Street y sus estafadores al estilo Carlo Ponzi* que cocinaron bizantinos modos de apostar con el dinero de otras personas mediante canjes de créditos sin regulación, conocidos en lengua vernácula común como unicornios y hadas.
Pero los muchachos de Detroit venían del Medio Oeste, del (¡yuk!), donde fabricaban cosas reales que los consumidores necesitaban y podían tocar y comprar, y que continuamente reciclaban dinero a la economía (¡qué horror!, produjeron sindicatos que crearon la clase media y me arreglaron los dientes gratis cuando tenía yo 10 años).
Por todo eso quienes encabezan la industria automotriz tuvieron que sentarse en noviembre y ser ridiculizados por viajar a la capital del país. Sí, volaron en los aviones de sus corporaciones, justo como los banqueros y los bandidos de Wall Street hicieron en octubre. Pero, ¡eey!, ¡eso estuvo OK! ¡Son los amos del universo! Nada sino las mejores carrozas para la gran finanza cuando se apresta a saquear el Tesoro de la nación.
Por supuesto los magnates de los automóviles fueron alguna vez los amos que dominaban el mundo. Le pulsaban el botón a todas las otras empresas que servían –el acero, el petróleo, los contratistas del cemento. Hace 55 años, el presidente de GM se sentó en Capitol Hill y abruptamente le dijo al Congreso, “lo que es bueno para General Motors es bueno para el país”. Porque, claro, ustedes vean, en su idea, General Motors era el país.
Qué largo y triste el caer de la gracia que presenciamos el 19 de noviembre cuando los tres ratones ciegos recibieron reglazos en los nudillos y luego los mandaron a casa a redactar un ensayo titulado “Por qué me deberían dar miles de millones de dólares en efectivo a cambio de nada”. También les preguntaron que si podrían trabajar por un dólar al año. ¡Tomen! ¡Qué Congreso tan grandioso y aguerrido tenemos! Miren que pedirle servidumbre por deuda a los (todavía) hombres más poderosos del mundo. Y esto, viniendo de un cuerpo sin columna vertebral que no se ha atrevido a enfrentarse a un desgraciado presidente ni a echar por tierra ninguna de las peticiones de fondos para una guerra que ni ellos ni el público estadunidense respalda. Increíble.
Déjenme expresar lo obvio: cada uno de los dólares que el Congreso les dé a estas tres compañías se irá por el escusado directamente. No hay nada que los equipos de administración de estas tres grandes vayan a hacer para convencer a la gente que salga en tiempos de recesión y compre sus grandes productos de pésima calidad, que además gastan enormidades de gasolina. Olvídenlo. Y así como seguro estoy de que los Leones de Detroit (propiedad de la familia Ford) no van a llegar al Super Bowl –nunca– les garantizo que después de que se quemen los 34 mil millones de dólares, regresarán por otros 34 mil millones el verano que entra.
Entonces, ¿qué hacer? Miembros del Congreso, he aquí lo que les propongo:
1. Transportar estadunidenses es y debería ser una de las más importantes funciones que nuestros gobiernos deberían resolver. Y como estamos ante una masiva crisis económica, energética y ambiental, el nuevo presidente y el Congreso deberían hacer algo parecido a lo que hizo Franklin Roosevelt cuando tuvo que encarar la crisis (y ordenó a la industria automotriz que dejara de producir automóviles y en cambio fabricara tanques y aviones): las tres grandes, de ahora en adelante deben producir sólo carros que no dependan del petróleo y, lo que es más importante, que fabriquen ferrocarriles, autobuses, metros y trenes ligeros (junto con un proyecto público a escala nacional que construya las vías para ellos). Esto no sólo salvará empleos sino que creará millones de nuevos trabajos.
2. Podrían comprar, todos ustedes, las acciones comunes de bolsa de General Motors por menos de 3 mil millones. ¿Por qué tenemos que darle a GM 18 mil millones o 25 mil millones por nada? ¡Con ese dinero compren la compañía! (De todos modos ustedes tendrían que exigir instrumentos colaterales si les conceden un “préstamo” y como sabemos que no podrán cumplir los pagos, al final serán dueños de la compañía. Así que por qué esperar. Compren ahora.
3. Ninguno de nosotros quiere que los funcionarios gubernamentales manejen una compañía de autos, pero hay algunos genios muy listos en transportación a los que podrían contratar. Necesitamos una especie de Plan Marshall que nos haga el cambio a vehículos que no dependan del petróleo y que nos lleve al siglo XXI.
Esta propuesta no es radical ni maneja ciencia de punta. Simplemente necesita de una de las personas más listas que han llegado a la presidencia del país para echarla a andar. Lo que propongo ya ha funcionado antes. El sistema de vías férreas estaba en ruinas en los años 70. El gobierno se lo apropió. Y 10 años más tarde tenía ganancias, así que el gobierno la regresó a una mezcla de participación privada/pública y obtuvo unos 2 mil millones de dólares que ingresaron a las arcas del Tesoro.
Esta propuesta salvará la infraestructura industrial –y millones de empleos. Lo más importante es que creará millones de nuevos empleos. Literalmente nos jalará para sacarnos de la recesión.
Por el contrario, ayer General Motors presentó su propuesta de restructuración al Congreso. Prometieron que si el Congreso les daba 18 mil millones de dólares, a cambio eliminarían unos 20 mil empleos. Están ustedes leyendo bien. Les damos miles de millones de dólares para que saquen a más estadunidenses de sus trabajos. Ésa ha sido su “gran idea” durante los últimos 30 años –correr a miles con tal de proteger sus ganancias. Pero nadie se ha puesto a pensar esta pregunta: Si sacan a todo mundo de sus empleos, ¿quién tendrá dinero para ir y comprar un carro?
Estos idiotas no merecen ni un quinto. Despídanlos a todos y adquieran la industria por el bien de los trabajadores, el país y el planeta. Lo que es bueno para General Motors es bueno para el país. Siempre y cuando quien mande sea el país.
Suyo, Michael Moore.
Traducción: Ramón Vera Herrera
* Inmigrante italiano que en los años 20 ideó fraudes muy rentables con fondos de inversión en Nueva York y cuyo nombre se le da hoy a este tipo de estafas. N del T.
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viernes, 12 de diciembre de 2008
"El Capital" de Marx, llega a la pantalla chica
El cineasta Alexander Kluge dirige el proyecto de Sergei Eisenstein de llevar al cine el influyente texto del pensador. La producción, distribuida en DVD, ha sido un éxito de ventas en Alemania
El Capital, de Karl Marx, que no llegó a filmar Sergei Eisenstein ha resucitado en formato DVD y de la mano del cineasta Alexander Kluge, que retomó la idea del cineasta ruso en una producción que con casi diez horas de duración que ha logrado un inusitado éxito de público, contagiado por la revisión de la obra del pensador del Manifiesto Comunista. Nachrichten aus der ideologischen Antike. Marx, Einsenstein, Das Kapital- Noticias de antigüedades ideológicas. Marx, Einsenstein, El Capital- es el título del DVD, lanzado por la prestigiosa editorial Suhrkamp a finales de noviembre.
Su aparición ha merecido elogios de periódicos ideológicamente dispares como el eco-izquierdista Die Tagezeitung, el conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung, además del Süddeutsche Zeitung, prototipos estos últimos de la prensa seria alemana. En cuestión de semanas la primera edición se agotó y Suhrkamp prepara ya una segunda tirada, de volumen "lógicamente modesto, aunque meritorio", según fuentes de la editorial, puesto que se parte de la base que se trata de un público minoritario.
Se trata de 3 DVD con un total de 570 minutos, en que Kluge trata de retomar algo que Eisenstein se propuso filmar en vida, El Capital, pero no logró hacer por razones económicas. Al director de El acorazado Potemkin se le agotaron los recursos y ahora a Kluge, autor de culto en Alemania, se le ocurrió recuperarlo en un formato que permite a su público saborear el conjunto a su gusto, buscando la pieza de su interés.
Maratón de Kluge
Kluge, autor de filmes como Deutschland im Herbst -"Alemania en otoño-, sobre el terrorismo de la Fracción del Ejército Rojo (RAF) y con aportaciones de Rainer Werner Fassbinder y Volker Schlöndorff y Premio Büchner en 2003, ha asumido la tarea a modo de ensayo. Discípulo de Adorno y con 77 años, su trabajo tiene dimensiones maratonianas y en él plasma las opiniones del filósofo Peter Sloterdijk y el director de cine Tom Tykwer, así como la biógrafa de Eisenstein Oksana Bilgakova, entre otros.
También incorpora algún que otro elemento humorístico, como la intervención del cabaretista Helge Schneider, en el papel de compositor de la música del Capital para el realizador soviético. O un grupo de hombres de neanderthal leyendo a Marx. "No pretendo resucitar a Marx. Mi título habla de antigüedades y de eso se trata: de hablar de tú a tú con alguien nacido en 1818, Marx, y con quien en 1927 planeó filmar El Capital, Eisenstein", explicó Kluge, al diario Neue Zürchner Zeitung.
Vuelta a Marx en tiempos de crisis
El éxito del DVD se explica, admiten en Suhrkamp, por un efecto contagio a todo lo que rodea a la figura y obra de Marx en estos tiempos de crisis y de agotamiento del capitalismo. La editorial había elegido a Kluge para abrir una serie de elite en formato DVD, a la que seguirán otros ambiciosos programas sobre figuras como Bertolt Brecht, Samuel Beckett y Thomas Bernhard. El ensayo fílmico de Marx era una especie de trabajo experimental, a modo de globo sonda, que funcionó como catapulta.
Kluge no pretende resucitar a Marx, pero desde hace unos meses las ediciones de El Capital se venden como hacía décadas que no ocurría, para solaz de su editor berlinés, Kart-Dietz-Verlag. Asimismo contagiado por el éxito resultó el libro del arzobispo de Múnich y Freising, Reinhard Marx, que apoyado en su apellido ha convertido en éxito su propio volumen titulado El Capital, donde asimismo arremetía contra el capitalismo salvaje, sólo que desde la perspectiva religiosa.
Todo esto ocurre cuando Alemania se prepara para conmemorar, el próximo año, el vigésimo aniversario del desmoronamiento del bloque comunista y la Caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989. En lugar del entierro en toda regla del autor del Manifiesto, por el momento hay una revisión, cuando menos teórica, de su pensamiento.
Enlace a El Paìs
El Capital, de Karl Marx, que no llegó a filmar Sergei Eisenstein ha resucitado en formato DVD y de la mano del cineasta Alexander Kluge, que retomó la idea del cineasta ruso en una producción que con casi diez horas de duración que ha logrado un inusitado éxito de público, contagiado por la revisión de la obra del pensador del Manifiesto Comunista. Nachrichten aus der ideologischen Antike. Marx, Einsenstein, Das Kapital- Noticias de antigüedades ideológicas. Marx, Einsenstein, El Capital- es el título del DVD, lanzado por la prestigiosa editorial Suhrkamp a finales de noviembre.
Su aparición ha merecido elogios de periódicos ideológicamente dispares como el eco-izquierdista Die Tagezeitung, el conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung, además del Süddeutsche Zeitung, prototipos estos últimos de la prensa seria alemana. En cuestión de semanas la primera edición se agotó y Suhrkamp prepara ya una segunda tirada, de volumen "lógicamente modesto, aunque meritorio", según fuentes de la editorial, puesto que se parte de la base que se trata de un público minoritario.
Se trata de 3 DVD con un total de 570 minutos, en que Kluge trata de retomar algo que Eisenstein se propuso filmar en vida, El Capital, pero no logró hacer por razones económicas. Al director de El acorazado Potemkin se le agotaron los recursos y ahora a Kluge, autor de culto en Alemania, se le ocurrió recuperarlo en un formato que permite a su público saborear el conjunto a su gusto, buscando la pieza de su interés.
Maratón de Kluge
Kluge, autor de filmes como Deutschland im Herbst -"Alemania en otoño-, sobre el terrorismo de la Fracción del Ejército Rojo (RAF) y con aportaciones de Rainer Werner Fassbinder y Volker Schlöndorff y Premio Büchner en 2003, ha asumido la tarea a modo de ensayo. Discípulo de Adorno y con 77 años, su trabajo tiene dimensiones maratonianas y en él plasma las opiniones del filósofo Peter Sloterdijk y el director de cine Tom Tykwer, así como la biógrafa de Eisenstein Oksana Bilgakova, entre otros.
También incorpora algún que otro elemento humorístico, como la intervención del cabaretista Helge Schneider, en el papel de compositor de la música del Capital para el realizador soviético. O un grupo de hombres de neanderthal leyendo a Marx. "No pretendo resucitar a Marx. Mi título habla de antigüedades y de eso se trata: de hablar de tú a tú con alguien nacido en 1818, Marx, y con quien en 1927 planeó filmar El Capital, Eisenstein", explicó Kluge, al diario Neue Zürchner Zeitung.
Vuelta a Marx en tiempos de crisis
El éxito del DVD se explica, admiten en Suhrkamp, por un efecto contagio a todo lo que rodea a la figura y obra de Marx en estos tiempos de crisis y de agotamiento del capitalismo. La editorial había elegido a Kluge para abrir una serie de elite en formato DVD, a la que seguirán otros ambiciosos programas sobre figuras como Bertolt Brecht, Samuel Beckett y Thomas Bernhard. El ensayo fílmico de Marx era una especie de trabajo experimental, a modo de globo sonda, que funcionó como catapulta.
Kluge no pretende resucitar a Marx, pero desde hace unos meses las ediciones de El Capital se venden como hacía décadas que no ocurría, para solaz de su editor berlinés, Kart-Dietz-Verlag. Asimismo contagiado por el éxito resultó el libro del arzobispo de Múnich y Freising, Reinhard Marx, que apoyado en su apellido ha convertido en éxito su propio volumen titulado El Capital, donde asimismo arremetía contra el capitalismo salvaje, sólo que desde la perspectiva religiosa.
Todo esto ocurre cuando Alemania se prepara para conmemorar, el próximo año, el vigésimo aniversario del desmoronamiento del bloque comunista y la Caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989. En lugar del entierro en toda regla del autor del Manifiesto, por el momento hay una revisión, cuando menos teórica, de su pensamiento.
Enlace a El Paìs
jueves, 4 de diciembre de 2008
Clima de crisis en Poznan
Alejandro Nadal
¿Cómo afectará la crisis financiera y económica los esfuerzos para evitar lo peor del cambio climático? Esta pregunta acecha en la conferencia de las partes de la Convención marco sobre cambio climático de Naciones Unidas (UNFCCC) que comenzó a sesionar en Poznan el lunes pasado. La pregunta es crucial porque la concentración de gases de efecto invernadero (GI) en la atmósfera sigue aumentando y nada va a detener el incremento de la temperatura global promedio.
Sin embargo, la crisis financiera y económica provocará una fuerte reducción en las tasas de crecimiento de las principales economías, lo que seguramente va a traducirse en un aumento más lento de las emisiones de GI. Eso podría parecer algo bueno, pero eso es sólo una apariencia.
La reducción de emisiones debido a una crisis o choque económico es real (véase las emisiones después del colapso de la ex Unión Soviética). Pero eso no es una solución al problema del calentamiento global. Por una parte, dichas reducciones son temporales y las emisiones regresan a la “normalidad” cuando la economía se recupera. Además, la menor cantidad de emisiones en algunos sectores podría verse más que compensada por mayores emisiones en otros ámbitos. Por ejemplo, supongamos que la pobreza rural crece en países más pobres. Los productores rurales marginales, que ya han sufrido una guerra sin cuartel (reducción de apoyo, apertura irresponsable), podrían intentar compensar la caída en sus ingresos expandiendo la superficie cultivada. Esto podría conducir a más deforestación y a la inyección de mayores cantidades de bióxido de carbono (CO2) a la atmósfera.
Quizás el vínculo más inmediato entre la problemática del cambio climático y la crisis tiene que ver con los recursos financieros necesarios para poder reducir las emisiones y para adaptarse a los efectos del cambio climático.
Las cantidades que deberán comprometerse para estabilizar y reducir emisiones dependen de las metas de reducción de emisiones. El secretariado de la UNFCCC calcula que si se desea recortar las emisiones globales en 2030 a un nivel 25 por ciento inferior al de 2000, se necesitan flujos anuales de 210 mil millones de dólares (mmdd). De esa cantidad, más de 64 mmdd deberán asignarse a las economías de los países subdesarrollados y el resto a los países ricos. Estos valores monetarios se expresan en dólares constantes de 2005 y corresponden al costo de recortar las emisiones globales anuales en unas 31.7 gigatoneladas (Gt) de CO2 equivalente.
A nivel global, los recortes en emisiones más importantes se encuentran en el sector de generación de energía y el del transporte, seguidos por construcción y agricultura. Por cierto, 99 por cientpo de los flujos financieros para el sector forestal deberá destinarse a los países subdesarrollados, en buena medida porque ahí habrá que hacer esfuerzos especiales para detener la deforestación. El cálculo de reducción de 31.7 Gt incluye una estimación del papel de los sumideros de carbono en los países subdesarrollados.
En el ámbito de la adaptación (al cambio climático) se necesitan otros parámetros y es más difícil calcular el costo del acomodo al nuevo entorno. Sin embargo, el Informe sobre desarrollo humano de Naciones Unidas señala que en 2015 se necesitarán 86 mmdd para proteger obras de infraestructura, adaptar la reducción de la pobreza al cambio climático y a la prevención de desastres.
Estos cálculos subestiman de manera importante los costos reales, pues sólo cuantifican las inversiones iniciales y no toman en cuenta los costos de operación. Claro, se puede decir que los rescates del sector financiero y los estímulos fiscales en el mundo desarrollado ya suman alrededor de 5 billones (castellanos) de dólares, cifra que hace palidecer los montos aquí considerados. Pero eso no hace desaparecer el problema. Tomando en cuenta que se trata de flujos anuales durante 20 años, se trata de cantidades importantes que deberán provenir del sector privado, del gasto público y de flujos de ayuda oficial a nivel internacional. La crisis hará muy difícil obtener los recursos financieros necesarios y seguramente nos hará perder, por lo menos, unos cinco años.
Los cálculos de la UNFCCC están relacionados con la meta de estabilizar el nivel de gases invernadero en la atmósfera en 450 partes por millón (ppm) de bióxido de carbono equivalente en 2030. Esa meta tiene muchas probabilidades de convertirse la referencia clave en las negociaciones para tener un tratado sucesor del Protocolo de Kyoto que expira en 2012. Pero muchos científicos la consideran insuficiente: el incremento en la temperatura global promedio asociado a esa meta supera los dos grados centígrados, lo que provocaría un aumento de hasta tres metros en el nivel de los océanos y una mayor frecuencia de eventos extremos debido a la variabilidad del clima. No sorprende que la nube negra de la crisis flote sobre Poznan.
¿Cómo afectará la crisis financiera y económica los esfuerzos para evitar lo peor del cambio climático? Esta pregunta acecha en la conferencia de las partes de la Convención marco sobre cambio climático de Naciones Unidas (UNFCCC) que comenzó a sesionar en Poznan el lunes pasado. La pregunta es crucial porque la concentración de gases de efecto invernadero (GI) en la atmósfera sigue aumentando y nada va a detener el incremento de la temperatura global promedio.
Sin embargo, la crisis financiera y económica provocará una fuerte reducción en las tasas de crecimiento de las principales economías, lo que seguramente va a traducirse en un aumento más lento de las emisiones de GI. Eso podría parecer algo bueno, pero eso es sólo una apariencia.
La reducción de emisiones debido a una crisis o choque económico es real (véase las emisiones después del colapso de la ex Unión Soviética). Pero eso no es una solución al problema del calentamiento global. Por una parte, dichas reducciones son temporales y las emisiones regresan a la “normalidad” cuando la economía se recupera. Además, la menor cantidad de emisiones en algunos sectores podría verse más que compensada por mayores emisiones en otros ámbitos. Por ejemplo, supongamos que la pobreza rural crece en países más pobres. Los productores rurales marginales, que ya han sufrido una guerra sin cuartel (reducción de apoyo, apertura irresponsable), podrían intentar compensar la caída en sus ingresos expandiendo la superficie cultivada. Esto podría conducir a más deforestación y a la inyección de mayores cantidades de bióxido de carbono (CO2) a la atmósfera.
Quizás el vínculo más inmediato entre la problemática del cambio climático y la crisis tiene que ver con los recursos financieros necesarios para poder reducir las emisiones y para adaptarse a los efectos del cambio climático.
Las cantidades que deberán comprometerse para estabilizar y reducir emisiones dependen de las metas de reducción de emisiones. El secretariado de la UNFCCC calcula que si se desea recortar las emisiones globales en 2030 a un nivel 25 por ciento inferior al de 2000, se necesitan flujos anuales de 210 mil millones de dólares (mmdd). De esa cantidad, más de 64 mmdd deberán asignarse a las economías de los países subdesarrollados y el resto a los países ricos. Estos valores monetarios se expresan en dólares constantes de 2005 y corresponden al costo de recortar las emisiones globales anuales en unas 31.7 gigatoneladas (Gt) de CO2 equivalente.
A nivel global, los recortes en emisiones más importantes se encuentran en el sector de generación de energía y el del transporte, seguidos por construcción y agricultura. Por cierto, 99 por cientpo de los flujos financieros para el sector forestal deberá destinarse a los países subdesarrollados, en buena medida porque ahí habrá que hacer esfuerzos especiales para detener la deforestación. El cálculo de reducción de 31.7 Gt incluye una estimación del papel de los sumideros de carbono en los países subdesarrollados.
En el ámbito de la adaptación (al cambio climático) se necesitan otros parámetros y es más difícil calcular el costo del acomodo al nuevo entorno. Sin embargo, el Informe sobre desarrollo humano de Naciones Unidas señala que en 2015 se necesitarán 86 mmdd para proteger obras de infraestructura, adaptar la reducción de la pobreza al cambio climático y a la prevención de desastres.
Estos cálculos subestiman de manera importante los costos reales, pues sólo cuantifican las inversiones iniciales y no toman en cuenta los costos de operación. Claro, se puede decir que los rescates del sector financiero y los estímulos fiscales en el mundo desarrollado ya suman alrededor de 5 billones (castellanos) de dólares, cifra que hace palidecer los montos aquí considerados. Pero eso no hace desaparecer el problema. Tomando en cuenta que se trata de flujos anuales durante 20 años, se trata de cantidades importantes que deberán provenir del sector privado, del gasto público y de flujos de ayuda oficial a nivel internacional. La crisis hará muy difícil obtener los recursos financieros necesarios y seguramente nos hará perder, por lo menos, unos cinco años.
Los cálculos de la UNFCCC están relacionados con la meta de estabilizar el nivel de gases invernadero en la atmósfera en 450 partes por millón (ppm) de bióxido de carbono equivalente en 2030. Esa meta tiene muchas probabilidades de convertirse la referencia clave en las negociaciones para tener un tratado sucesor del Protocolo de Kyoto que expira en 2012. Pero muchos científicos la consideran insuficiente: el incremento en la temperatura global promedio asociado a esa meta supera los dos grados centígrados, lo que provocaría un aumento de hasta tres metros en el nivel de los océanos y una mayor frecuencia de eventos extremos debido a la variabilidad del clima. No sorprende que la nube negra de la crisis flote sobre Poznan.
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