sábado, 14 de febrero de 2009

La corrupción y el festín de los buitres

Arno J. Mayer
Sin Permiso

Uno de los grandes historiadores vivos reflexiona sobre nuestro tiempo con la perspicacia política y la lucidez analítica que siempre le han caracterizado.

De manera periódica aunque irregular, los Estados Unidos se ven sacudidos por casos de alta corrupción política y financiera. Invariablemente, los medios de comunicación denuncian indignados al inmoral de turno, como si al hacerlo dejaran claro que, a excepción de unos pocos, el país permanece impoluto e inocente. Apenas se mencionan las prácticas y normas corruptas intrínsecas al capitalismo financiero contemporáneo.

Por el momento, los titulares se han centrado en Rod Blagojevich, gobernador de Illinois y presunto responsable de cohecho, y en el veterano financiero Bernard Madoff. Blagojevich está acusado de haber subastado un escaño del Senado al mejor postor, en la senda trazada por Plunkett, en los tiempos del Tammany Hall (1). Pero lo suyo es un juego de niños comparado con Madoff, cuyo esquema de Ponzi de 50.000 millones de dólares constituye aparentemente el mayor fraude financiero privado de la historia (2). Madoff, ex presidente del mercado accionario Nasdaq y uno de sus principales participantes, lubricó su empresa durante décadas con contribuciones políticas estratégicas y una útil combinación de negocios y filantropía, lo que le permitió, al tiempo, elevar su status social y calmar su conciencia. El estallido de la burbuja financiera de Wall Street –consentida por el Gobierno- dejó al descubierto el esquema piramidal de Madoff. Pero éste sólo resulta comprensible en el contexto de una cultura y de una práctica de la corrupción mucho más arraigada, lo que explica las dificultades del Presiente Barack Obama para separar la paja del trigo a la hora de conformar su gabinete, de nombrar al personal de la Casa Blanca y de elegir a su círculo íntimo de asesores.

“Corrupción”, en realidad, es una palabra-concepto muy polémica, sobre todo cuando su uso retórico intenta aplicarse a la guerra política. Su carga negativa –que incluye el soborno, la extorsión o el nepotismo- se utiliza para movilizar el apoyo popular y partidista contra los competidores o rivales. Entendida, sin embargo, como un fenómeno ligado a la acción y a la psicología de grupo, los significados atribuidos a la palabra corrupción varían de una civilización a otra, de un siglo a otro y de un país a otro. Pensar la corrupción de manera crítica exigiría pensar la venalidad no sólo en el ámbito de la política sino también en la economía, las finanzas, la religión, los deportes, el arte, la educación y los intercambios sociales en general. Con todo, los sujetos privados que ofrecen sobornos suelen ser juzgados y castigados de manera mucho menos severa que los políticos, funcionarios estatales y burócratas que los requieren y les pagan, supuestamente porque éstos últimos traicionan la confianza pública. La asimetría es mayor aún en las sociedades donde los ricos más ricos, sean individuos o grandes empresas, ocupan una posición tal que les permite corromper a funcionarios públicos de medios modestos.

Si la venalidad, por el contrario, es innata a la condición humana, no debería sorprender que los cargos electos y los funcionarios públicos fueran corrompibles. La sociedad política no está regida por ángeles entregados a una vida de plegarias. Que “el poder tiende a corromper” y que “el poder absoluto corrompe absolutamente” forma parte tanto de las palabras de Lord Acton como de la naturaleza y la lógica misma de las cosas. Ahora bien, si la corrupción en la sociedad civil y política es crónica (e incluso si hay momentos en los que, como apuntó Bertolt Brecht, “encontrar un funcionario que acepta un soborno es encontrar humanidad”) la cuestión no es la corrupción en sí, sino su alcance e intensidad.

Es posible, por ejemplo, que las llamadas sociedades primitivas hayan sido las menos expuestas a la corrupción, ya que carecían de la separación entre la esfera pública y privada necesaria para que el soborno pueda subvertir la práctica de la entrega no venal de regalos. Pero el soborno existió, sobre todo en lo que concierne a los jueces, entre los antiguos egipcios, babilonios o hebreos. En Grecia, hacia el siglo IV a.c., el cohecho prosperó juntó al crecimiento de la ciudad, de la economía y del gobierno, así como con la progresiva necesidad de controlar las asambleas públicas. Roma no estuvo nunca libre de venalidad, aunque ésta sólo comenzó a impregnar la sociedad política y civil durante la república tardía y con la expansión imperial: ventas de cargos públicos, contratos y concesiones marcados por el clientelismo, cooptación de la plebe a través del “pan y circo”. Hasta el cargo del Emperador llegó a ofrecerse al mejor postor.

En la edad media, la forma más usual de cohecho fue probablemente la simonía eclesiástica. Tampoco en la Europa moderna temprana, la compra-venta de cargos públicos judiciales o fiscales, como complemento de los cargos hereditarios, fue infrecuente en países como Francia o Inglaterra. La colonización ultramarina, por su parte, abrió nuevas vías a la corrupción en las metrópolis y en las provincias imperiales. En realidad, la corrupción siempre ha sido un elemento necesario del imperialismo, y ha incluido prácticas como la compra y venta de muy rentables licencias, concesiones y contratos de explotación económica y fiscal de las colonias, sobre todo para la extracción de recursos y mercancías no renovables.

La corrupción, en definitiva, no ha prevalecido de igual modo en todas las épocas y lugares. Es sobre todo en los momentos de transición económica y social radical, cuando las estructuras gubernamentales y legales se tornan incoherentes y las convenciones sociales se relajan, cuando la corrupción se vuelve rampante y vistosa, ya que aparecen oportunidades que ni tentadores ni tentados habrían imaginado hasta ese momento. Esto es lo que ocurrió en los Estados Unidos entre 1865 y 1890; en los nuevos estados pos-coloniales del Oriente Medio, del África y del Sudeste asiático; o en los países que integraban la ex Unión Soviética y de sus satélites, desde 1989: la gran corrupción desplaza al pequeño soborno.

Al disponer de una frontera móvil, especialmente entre la Guerra Civil y los años posteriores al fin- de-siècle, los Estados Unidos fueron terreno propicio para la corrupción. Los legendarios barones del latrocinio y los magnates industriales celebrados como los fundadores del moderno capitalismo estadounidense, erigieron sus imperios económicos a través de un calculado recurso a la corrupción masiva de las diferentes instancias de gobierno –local, estatal, federal- con el objeto de obtener ganancias privadas. En un clima de relativa y tolerada laxitud moral, el fraude y el soborno se dispararon de manera salvaje, sobre todo cuando se trataba de obtener derechos de paso para los ferrocarriles, concesiones de tierras públicas para explotar bosques, minerales y petróleo, así como aranceles, impuestos y regulaciones comerciales favorables. Para conseguir sus propósitos, los Cooke, Gould, Vanderbilt, Rockefeller, Hungtington, Stanford, Frick o Carnegie dedicaron enormes cantidades de dinero a “arreglar” las cosas. Compitieron a la hora de comprar senadores y representantes de los dos grandes partidos, de sobornar electores, de hacerse con diarios y de seducir a intelectuales con influencia pública.

Con la esperanza de reducir los costos de “arreglar” las cosas, algunos magnates decidieron postularse directamente a los cargos públicos, destinando su riqueza a la obtención de poder político. Los gigantes de ciertas industrias, por su parte, en lugar de enfrentarse entre sí ante unos controles gubernamentales más bien inofensivos, optaron por coaligarse para formar grupos de presión e incluso llegaron a fusionar sus empresas. A finales de la década de 1870, John D. Rockefeller se convirtió en un renombrado prófugo de la justicia debido a las prácticas fraudulentas e ilegales que había empleado para levantar Standard Oil. Para eludir los procesos judiciales en su contra, se la pasó de Estado en Estado hasta que, temeroso de ser arrestado y extraditado, se refugió en su propiedad de Pocantico, New York, rodeado de guardias de seguridad con órdenes de mantener alejados a los funcionarios que trajeran citaciones judiciales. Con el tiempo, deseoso de mejorar su imagen y estatus, el magnate del petróleo comenzó a destinar parte de su corrompida fortuna a obras filantrópicas, provocando el comentario de Mark Twain según el cual “invariablemente en el tiempo, tres cuartas partes del apoyo a las grandes obras de caridad tiene su origen en dinero con conciencia de culpa”.

Ya en el siglo XX, la de irrupción Estados Unidos como potencia imperial no podía sino alentar un nuevo florecimiento de la corrupción. En comparación con el imperio romano o con los imperios europeos de ultramar, gobernados de manera directa, el norteamericano se basaba en vínculos indirectos. Esto propició el nacimiento de un complejo militar-industrial que se convertiría en causa y efecto de un creciente y constante gasto público destinado a unos contratos militares excepcionalmente útiles en términos de empleo. El crecimiento de esta poderosa infraestructura de “defensa”, dotada de bases miliares y aliados subalternos en todo el mundo, ha ido de la mano con el salto global del imperio estadounidense sobre mercancías invalorables y estratégicas que implica, a su vez, contratos enormemente rentables pero también con alta capacidad de corrupción. Esta apropiación se ha visto facilitada por el liderazgo estadounidense en ámbitos como la aeronáutica, las telecomunicaciones, la farmacología o la informática, todas ellas actividades que exigen licencias vinculadas al tráfico de influencias.

En estos tiempos de capitalismo financiero universal, la vieja política del clientelismo y del intercambio de favores ha sido desplazada por la hipercorrupción, directa y sinuosa, legal e ilegal. Como la desindustrialización ha barrido los Estados Unidos, ya no hay un senador que represente a Boeing ni un director ejecutivo –y futuro secretario de defensa, como el jefe de General Motors, Charles Wilson- que pueda proclamar que “lo que es bueno General Motors es bueno para los Estados Unidos”. Los objetivos se han vuelto más ambiciosos: los sobornos, bajo la forma de contribuciones y regalos de campaña, buscan influir, cuando no comprar, decisiones legislativas y administrativas con el propósito de beneficiar grandes intereses, muchos de ellos transnacionales. De hecho, con la globalización de la economía y de las finanzas también la corrupción se ha vuelto global. En las solicitudes y demandas se recurre a ella para obtener contratos comerciales e influencia política.

Al adquirir carácter sistémico, la corrupción no sólo es practicada en Estados Unidos por las megacorporaciones y las entidades financieras, sino también por las agencias calificadoras y las empresas auditoras. Y es más enconada aún en el viejo Mundo, donde los escándalos de Vivendi, Parmalat y Afinsa/Escala son análogos a los de Enron o WoldCom en el nuevo Mundo.

Obviamente, no todos los culpables son ejecutivos estrella de grandes empresas. Todavía quedan individuos super ricos que “arreglan” las cosas como quien respira. Gente como Bill Gates y Sergey Brin, Warren Buffet y George Soros lo hacen de manera ostensible. Otros, como Marc Rich y Boris Berezovsky actúan de manera subrepticia. Éstos últimos no conocen lealtad nacional alguna: Rich renunció a la ciudadanía estadounidense para adquirir pasaporte español, suizo e israelí y poder, así, mantenerse a salvo de la ley; Berzovsky se marchó al Reino Unido para escapar de los tribunales rusos. Haciendo honor a la máxima de Mark Twain, todos ellos realizan cuantiosas donaciones a causas filantrópicas.

En términos generales, sin embargo, la mayoría de los grandes corruptores son ejecutivos anónimos que procuran acrecentar la fortuna de sus empresas al tiempo que la propia. Son ellos, junto a grupos de presión bien financiados, quienes concentran la mayor parte de las donaciones a los dos grandes partidos políticos, muy por delante de los sindicatos y de otras organizaciones ciudadanas. En la medida en que su elección y su ascenso son financiados –y por tanto controlados- por grandes empresas y asociaciones de comercio, los republicanos y demócratas afines al mundo de los negocios pasan a ser hegemónicos en las ramas legislativas, administrativas y ejecutivas del gobierno, tanto a nivel federal, estatal y local. La simbiosis entre el mundo corporativo de los negocios y del gobierno se hace posible, así, gracias a la puerta giratoria que existe entre el sector privado y el sector público. Sin romper amarras con Washington, los que están adentro pasan a promover sus intereses del lado de afuera, a la espera de un eventual regreso al poder. Para consolidar su pedigrí, muchos de ellos buscan y obtienen relaciones con universidades de élite o think tanks.

Mientras están fuera del poder, los políticos y funcionarios de mayor nivel y visibilidad convierten en dinero su experiencia y contactos con agencias de gobierno, grandes empresas y alta sociedad, tanto dentro como fuera del país. Con la excepción de Jimmy Carter, todos los ex presidentes de Estados Unidos buscan y obtienen grandes sumas por pronunciar discursos condescendientes con las grandes empresas. Antiguos miembros de gabinetes presidenciales y asesores de máximo nivel organizan, asesoran o se incorporan a consultoras de alto nivel dedicadas al tráfico de influencias transnacional y a presionar a favor de clientes locales y extranjeros, cobrando por ello honorarios acordes a su acceso privilegiado a los pasillos del poder político y empresarial. Del lado republicano, sobresalen los nombres de James Baker III, Henry Kissinger, Thomas McLarty, Peter Peterson y John Snow. Los demócratas, por su parte, cuentan con Madeleine Albright, Sandy Berger, William Cohen, Carla Hills y Richard Holbrook.

El Grupo Carlyle de James Baker, con el ex presidente George H. W. Bush como asesor principal, es el prototipo de estos centros de corrupción que, junto a grandes gabinestes de estudios jurídicos, contables, de inversión y de relaciones públicas, constituyen un formidable nexo de influencia y poder. Algo similar ocurre con altos cargos retirados de las fuerzas armadas, que hacen dinero valiéndose de sus credenciales y vínculos para asesorar a contratistas en el área de defensa o para oficiar de analistas militares en los medios de comunicación.

El siglo XXI asiste al nacimiento de un nuevo concierto de naciones dominado, no ya por un solo país, sino por varios. Aunque sus sistemas políticos difieran radicalmente, todos están ligados a una nueva forma de capitalismo estatal que condiciona sus pasos. Los enfrentamientos entre los principales actores estatales se intensificarán a resultas de la competencia por el acceso al control de unos recursos cada vez más escasos: energía, alimentos y agua. Sumado a ello, el crecimiento demográfico seguirá centrado en países crónicamente inestables, arrasados por la pobreza y la desnutrición. No poco de estos Estados empobrecidos disponen de valiosos recursos naturales controlados por élites de miras estrechas e inveteradamente venales.

El regreso a un sistema mundial multinacional dominado por varias potencias entregadas a un mercantilismo de nuevo tipo es un gran acicate para la corrupción. Los que se benefician de la corrupción del capitalismo financiero de estado trabajan mano a mano con los creativamente destructivos barones del latrocinio, así como con aquellos dispuestos a “arreglar” las cosas en estados emergentes y fallidos. Los primeros denuncian a los segundos por su nepotismo y por su cruda y descarada corrupción, pero se entienden y tratan con ellos sin problemas. Por lo que se refiere a Blagojevich y Madoff, seguirán oficiando de figurantes llamativos, ideales para desviar las miradas, apartándolas del espectáculo ofrecido por el festín de los buitres.

NOTAS: (1) “Tammany Hall” es la denominación con la que se conoce a la maquinaria del Partido Demócrata cuyo papel en el control de la vida política de New York fue decisivo entre 1790 y 1960. George Plunkett, precisamente, fue senador por el Estado de New York y una figura relevante del Tammany Hall durante los primeros años del siglo XX. (2) El esquema Ponzi es una operación de inversiones fraudulentas basada en una forma sofisticada de pirámide económica. Básicamente, la estafa consiste en que las ganancias obtenidas por los primeros inversores son generadas gracias a otros nuevos que caen engañados por la promesa de obtener grandes beneficios.

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Arno J. Mayer es profesor emérito de historia en la Universidad de Princeton. Autodefinido como “marxista disidente de izquierdas”, es autor, entre otras obras, de The Furies: Violence and Terror in the French and Russian Revolutions, 2001.

enlace a texto original en Sin Permiso

1 comentario:

Ley de Costas dijo...

Corrupción

Manifestación en la isla de Arosa.


Se ha convocado para el día 21 de febrero, a las 5 de la tarde , una concentración que agrupa a diversas organizaciones de afectados.


Afectados por Ley de Costas, irregularidades urbanísticas y otras injusticias que afectan a miles de ciudadanos, estarán representados en la isla de Arousa con el propósito de denunciar las arbitrariedades a las que son sometidos.


A todos aquellos que quieran verse representados, quieran darnos su apoyo vía e-mail o dar traslado de la iniciativa a otros perjudicados pueden enviar un correo en la siguiente página web.

http://www.orfeu.es/costas/villa_Psoe_manifestacion.php