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domingo, 14 de septiembre de 2008

Magistral contragolpe de la nueva clase política latinoamericana en Venezuela y Bolivia

En un magistral contragolpe a la política desestabilizadora de Washington en América Latina, Hugo Chávez expulsó en forma humillante al embajador imperial Patrick Duddy, respaldado por el Coloso del Sur, Brasil, que advirtió a la camarilla de la Casa Blanca que no cruce la línea roja de la zona de influencia brasileña. En el lenguaje diplomático de Itamaraty: “No toleraremos una ruptura del ordenamiento institucional boliviano”.

Heinz Dieterich
Kaosenlared

Con el apoyo de Argentina y Paraguay se establece, de esta forma, un cordon sanitaire, un “cerco sanitario” en torno a las zonas separatistas que Washington ha creado mediante una perversa inversión del “foquismo” revolucionario de los años sesenta. Se está configurando, en consecuencia, un plan regional de seguridad geopolítica del Bloque Regional de Poder latinoamericano. Es evidente que tal configuración no puede carecer del elemento coercitivo, es decir, la concentración de fuerzas militares en las fronteras geográficas de los focos contrarrevolucionarios separatistas, desde el lado de Brasil, Paraguay y Argentina.

La peligrosa crisis latinoamericana que vivimos es el corolario del ajedrez mundial de la camarilla estadounidense-sionista (neocons) que pretende cumplir durante los últimos meses del gobierno Bush la agenda expansionista-subversiva que no ha podido resolver hasta ahora. A esta agenda pertenece la amenaza de guerra contra Rusia, proferida el día de ayer por la prospectiva vicepresidenta estadounidense Sarah Palin; la autorización de ataques militares estadounidenses dentro de Paquistán, en contra de la voluntad expresa de las Fuerzas Armadas paquistaníes, ordenada por Bush en julio; la autorización de la agresión militar de Georgia contra Ossetia en agosto, con militares armados y entrenados por Washington y Tel Aviv; el envío de buques de guerra con armamento nuclear al Mar negro; la autorización de 400 millones de dólares para destruir al gobierno de Irán, y en América Latina, el golpe militar contra Hugo Chávez, la desestabilización del gobierno de Evo Morales y la continua agresión contra Cuba.

El golpismo de Washington y sus oligarquías aliadas en América Latina está generando las condiciones para la batalla decisiva contra la Doctrina Monroe. La agresión militar de Washington-Tel Aviv-Bogotá contra el campamento de las FARC en Ecuador y el negociador internacional de la liberación de los rehenes, Raúl Reyes, fue el inicio de lo que Washington pretende sea la ofensiva final contra los gobiernos latinoamericanistas del hemisferio. En aquella ocasión, la nueva clase política latinoamericana evitó, a instancias de Brasil y Cuba, la confrontación con Bush y su peón Uribe, juzgando que las condiciones de batalla no eran idóneas.

Esta vez, la reacción de Brasil y Venezuela demuestra que han entendido que la batalla por Bolivia es decisiva y que su desenlace determinará el futuro de la nueva clase política latinoamericana ---a la cual pertenecen y que tratan de consolidar--- y de la Segunda Independencia. Comienzan a actuar con el perfil de una potencia regional que protege su derecho a existir y sus intereses, no con los bienintencionados manifiestos de los intelectuales, sino con el poder real: el político, económico y militar. Nace, en pocas palabras, una nueva clase política latinoamericana con incipiente conciencia de clase para sí.

Todos los presidentes de la nueva clase política latinoamericana son éticos y ninguno quiere el derramamiento de sangre. Pero la historia enseña que las batallas decisivas entre los proyectos históricos se deciden por la correlación de fuerza entre las violencias organizadas: en este caso, la violencia organizada fascista-imperial versus la violencia organizada legal y legítima de los Estados.

No hay tercera opción en la Patria Grande.

Enlace a Rebelión

viernes, 12 de septiembre de 2008

Bolivia: ¿Civiles en contra de civiles?

Fernando Molina
desde La Paz



La noticia más preocupante de esta semana llena de malas noticias en Bolivia es que los peores episodios de violencia --el del miércoles 10 en Tarija que arrojó 70 heridos, y el de Cobija el jueves 11, con la muerte de ocho personas-- fueron enfrentamientos entre civiles. Esto altera significativamente la trayectoria del conflicto que vive el país desde el año 2000. Porque a lo largo de esta década casi de crisis política, los distintos grupos sociales que han salido a protestar a las calles y a bloquear caminos (por muchos motivos distintos, pero en el fondo uno solo: el control de los recursos naturales) se enfrentaban siempre contra el Estado, contra las fuerzas de seguridad. Ahora ya no es así. El cambio comenzó imperceptiblemente, hace varios meses, y esta semana ha quedado al descubierto.

El gobierno de Evo Morales, igual que todos los que lo precedieron durante este siglo, ha tenido que actuar jaqueado por las llamadas "minorías eficientes", es decir, por facciones de la sociedad que, a causa de su gran politización, han sido capaces de resistir denodadamente sus políticas. Lo mismo le pasaba a los presidentes Mesa, Sánchez de Lozada, Quiroga y Banzer, aunque los movimientos que luchaban contra ellos eran diferentes de los que ahora están en el centro de la actualidad. Eran justamente los contrarios.

Para ilustrar una vez más que el mundo da vueltas, resulta que en Bolivia quienes ayer encabezaban la revuelta contra los presidentes "neoliberales" --y que éstos solían adjetivar de "golpistas"-- son los mismos que ahora acusan a los dirigentes regionales rebeldes de tramar un golpe de Estado. Un caricaturista local expresó esta paradoja con un dibujo de Morales "tomando un poco de su propia medicina".

Lo que nos interesa aquí es saber si efectivamente se trata de la misma medicina. A primera vista semeja serlo, tiene la apariencia del purgante que los siempre indignados súbditos del Estado boliviano hacen tragar una y otra vez a sus gobernantes, la hiel de la insubordinación. (Como es sabido, el Estado en estas tierras, y ya desde la Colonia, "manda pero no obliga").

Sin embargo, en este último tiempo observamos una diferencia que no es menor. Los gobernantes actuales, enfrentados como hemos dicho a estos movimientos sociales de nuevo tipo, no han intentado sin embargo controlarlos por medio de la coerción estatal, como hicieron los anteriores, sino apelando a otro método muy distinto: la movilización de sus propias fuerzas.

Este solo hecho bastaría para caracterizar a este gobierno de populista. Morales carece de la idea del poder como Leviatán, no siente la necesidad de salvar a la sociedad de su desorden congénito, a diferencia por ejemplo de Sánchez de Lozada, que por esta idea sacó al ejército un sábado, y se acostó el domingo con la siniestra nueva de que la tropa había matado a casi 70 personas.

De modo que a la medicina que intenta suministrarle la oposición desde 2006, y que antes era su propia medicina, Morales ha contestado de forma homeopática: con la firme creencia de que el mejor antídoto es un poco más del mismo veneno.

Así es como columnas de comerciantes y artesanos, y sobre todo a los campesinos de los cuatro departamentos donde se concentra la oposición (pero en las ciudades, no en el campo) han sido movilizados constantemente. Campo contra ciudad, pobres contra ricos. ¿No es ésta la fórmula que siempre les ha dado resultado a los populistas?

Pero Morales ha exagerado la dosis. Una cosa es que a él no le interese el orden y otra que el orden no sea importante para la sociedad y para el ejercicio de la política. Finalmente el orden (nuevo) es el objetivo, aunque el camino sea la revolución. Sólo que nada de esto está en la mente del Presidente boliviano, como muestra su última e inopinada decisión de expulsar al embajador de Estados Unidos para mostrar que todo este lóo surge de una conspiración externa.

La verdad, sin embargo, es otra. Luego de casi tres años de azuzar desde la alta palestra de la Presidencia a unos grupos de bolivianos contra otros, Morales ha logrado remover el poso de resentimiento, odio racial y prepotencia, que estaba depositado en el sustrato de la cultura boliviana.

Y una buena parte de la oposición, íntimamente regocijada, se ha puesto a chapotear en este mismo lodo.

La responsabilidad material por los muertos y heridos de esta semana es de quienes les golpearon y dispararon, claro, pero la responsabilidad ética llega más lejos. Civiles en contra de civiles. Éste es el resultado directo de la prédica de la confrontación comenzada por Evo Morales y continuada por los dirigentes regionales. Facilitada por la indiferencia, la conveniencia o la estupidez de las naciones extranjeras. Celebrada por los bienpensantes del primer mundo. Animada por los medios de comunicación. Aplicada por las claques. Impulsada por millones de votos. Permitida por la sociedad entera.

Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. Y el que busca, encuentra.

Enlace a texto en Infolatam

miércoles, 13 de agosto de 2008

Bolivia y Osetia, los últimos fracasos de Estados Unidos

El próximo revés será en El Salvador

Ernesto Carmona

La legitimación de Evo Morales en Bolivia es el último revés de la política exterior de EEUU en América Latina. La siguiente contrariedad probablemente se dará en las elecciones parlamentarias y presidenciales de El Salvador, cuyo actual gobierno rivaliza con Colombia, Perú, México y Chile entre los más fieles aliados de EEUU en América Latina. El gobierno salvadoreño copió la Ley Patriota de Bush para perseguir a quienes levanten demandas sociales y es el único país latinoamericano que tiene tropas en Irak.

También el 18 de agosto asume el nuevo gobierno del Paraguay, encabezado por el ex obispo Fernando Lugo, de 57 años. El futuro gobernante prometió profundas reformas sociales en un país donde la clase rica se beneficio de 61 años de dominación del partido Colorado, que incluyen los 35 de la dictadura de Alfredo Stroeesner. Lugo
administrará una nación preponderantemente indígena, donde el campesinado y los pobres sufren la inequidad y la miseria, y deben resignarse a vivir en el 7% del territorio nacional, mientras la clase latifundista que representa al 7% de la población usufructúa del 93% de todas las tierras.

Y lejos de nuestra región, al presidente de Georgia, Mikheil Saakashvili, aliado íntimo de Bush, le está ocurriendo todo lo contrario que a Morales: tambalea en el gobierno, mientras su nación sufre una humillación militar de envergadura y está a punto de caer del poder después de haber llevado a su país a la mal calculada aventura de apoderarse de Osetia del Sur, un pequeño país independiente protegido por Rusia que no quiere ser parte de Georgia.

A medida que avanzan los lentos cómputos de la elección boliviana, el caudal de votos alcanzado por Evo Morales se acerca al 70% y, a la vez, cambia el mapa electoral que en las primeras horas posteriores a la votación le atribuyó derrotas en cinco de nueve departamentos, que en las últimas horas se habían reducido a dos. Asimismo, la OEA adelantó una abstención de alrededor de 15%, tasa bajísima para cualquier país
latinoamericano.

Sin embargo, la resonante victoria democrática de Morales no ha sido recogida de manera racional por los medios de comunicación de Bolivia, Chile ni del resto del mundo, que alardean con un supuesto “empate” y se empeñan en reemplazar la realidad real con un mundo virtual. Tal como ocurrió en su momento en Venezuela, los medios de comunicación están abandonando su rol informativo, que debiera ser veraz e imparcial, para convertirse en protagonistas políticos, como si fueran partidos.

¿Quién es Saakashvili?

El presidente del país donde nació José Stalin creyó que controlar Osetia del Sur sería un paseo, pero probablemente le cueste el cargo. Saakashvili alcanzó el poder traicionando a su ex maestro y protector Edward Schevarnadze, el último canciller de la Unión Soviética, quien fue el primer jefe de Estado de Georgia tras la desaparición de la
URSS. Medios como CNN, los países de la OTAN y el discurso de Bush y Condoleezza Rice presentan a Georgia como víctima y no como país agresor.

El mismo error de cálculo del “paseo militar” de Saakashvili ya ha ocasionado muchos sufrimientos en otras latitudes, cada vez que gobernantes cuestionados creyeron conquistar popularidad y legitimidad haciendo sonar las campanas del nacionalismo y la “integridad territorial”. Lo hicieron aquellos militares argentinos que con una mano torturaban a los jóvenes obreros y estudiantes de todo el país y con la otra los mandaban “a morir por la patria” en Las Malvinas.

Saakashvili es un peón de Estados Unidos en el tablero geopolítico del poder imperial en esa parte del mundo. Estudió leyes en EEUU, en las universidades de Columbia y George Washington, y trabajó en un influyente estudio de abogados de Nueva York. Y hoy vendería su alma al diablo con tal de ingresar a la OTAN.

Mal aconsejado por EEUU y tras una reciente visita de Condoleezza Rice, que le prometió el oro y el moro, el 6 de agosto Saakashvili se lanzó a recuperar Osetia del Sur, territorio que reivindican los nacionalistas de Georgia, pero midió mal la reacción rusa y le dio el
pretexto para ocupar toda Osetia del Sur y la vecina Abkhasia, otra nación enclavada en la frontera ruso-georgiana. Y así EEUU gatilló otra guerra que no se sabe cómo y cuándo va a terminar.

El futuro en El Salvador

Mauricio Funes es un periodista del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), nacido en 1959, que según todas las encuestas resultará elegido presidente de El Salvador en la elección presidencial del 15 de marzo 2009. Previamente, el 18 de enero, habrá elecciones parlamentarias y municipales que, según todas las encuestas,
también ganará el FMLN.

A 12 años del término de la guerra civil de dos décadas, a comienzos del 2009 puede comenzar a escribirse un nuevo capítulo en la historia de este país, destruido por la intervención de EEUU durante la segunda mitad del siglo 20.

Primero llegaron las corporaciones que se adueñaron de la tierra para cultivar el banano y otras especies, luego destruyeron el ambiente y cometieron incontables abusos contra los trabajadores de El Salvador. Enseguida, irrumpieron los escuadrones de la muerte y EEUU llevó sus recetas de contrainsurgencia, los tratados comerciales dañinos y el bloqueo de los movimientos democráticos.

Y ahora, por primera vez desde los Acuerdos de Paz que en 1992 dieron fin a la brutal guerra civil de doce años, el progresista FMLN tiene una opción razonable de ganar el poder en las próximas elecciones. En todas las últimas encuestas de 2008, el Frente exhibe una cómoda ventaja sobre el partido derechista ARENA, que ha perpetuado las
mismas políticas dañinas que condujeron a la guerra civil en 1980.

Se espera que el FMLN detenga la desastrosa privatización del acceso al agua y el cuidado de salud, restaure los derechos de los trabajadores, luche por enmendar los acuerdos de comercio para un reparto más equitativo que beneficie menos a las corporaciones, ponga fin a la participación de El Salvador en la ocupación de Irak y, en
general, siga la trayectoria pavimentada por los gobiernos progresistas latinoamericanos que muestran distintos grados de distanciamiento de EEUU, con diferentes matices, desde Brasil a Cuba, pasando por Venezuela, Ecuador, Argentina, Bolivia, Nicaragua y otros, cuyos gobiernos se muestran más bien distantes y “descomprometidos” con la suerte del imperio en esta parte del mundo, como Guatemala, Honduras, probablemente Paraguay y otras naciones

Mauricio Funes ha dicho con claridad que Washington no está yendo a ninguna parte y que, a pesar de las cicatrices del pasado, está dispuesto a trabajar con quien suceda a Bush. Comentando 'La necesidad de un cambio en el gobierno', el editorialista Salvador Ventura, del diario Colatino de San Salvador, afirmó el 11 de agosto: 'Las encuestas, mapa del momento, dicen que el FMLN y su candidato Mauricio Funes ganarán las elecciones. Eso, en primera instancia, llena de optimismo a los salvadoreños'.

Luego añadió: Un segundo instante sostiene que la derecha, si se puede hablar de un sector reflexivo, ha entendido el mensaje y la necesidad de un cambio de rumbo en la manera de administrar la cosa pública. Y una tercera etapa, que la izquierda se encuentra preparada para aceptar el reto, asumir el gobierno y eventualmente el poder'.

Al parecer, la suerte está echada... Mauricio Funes llevará como candidato a vicepresidente al ex-combatiente Salvador Sánchez Cerén.

Ernesto Carmona (especial para ARGENPRESS.info)

Los dos tercios de Evo Morales

Los números no ayudan a la derecha en Bolivia

Marcos Salgado
Rebelión

Cuando todavía faltaba contar el 20 por ciento de los votos del referéndum del domingo, el Sí al presidente Evo Morales superaba el 66 por ciento de los votos. Una abrumadora mayoría, inédita en la historia democrática latinoamericana. A pesar del esfuerzo mediático continental de presentar como saldo del comicio una Bolivia aún más dividida, los números revelan que el No al presidente prevaleció en apenas dos departamentos de la “media luna” boliviana, supuesto medio país alzado que, en rigor, apenas alcanza a los sectores de privilegio y las capas medias y altas de las ciudades capitales del oriente. Aunque el proceso de cambio en Bolivia se anota una victoria esperanzadora, los sectores desestabilizadores no cederán. Antes y después del cachetazo, dejaron claro que no aceptan las reglas de juego de la democracia. Está claro que la definición de “golpismo civil” que comenzó a utilizar el presidente boliviano es mucho más que una consigna electoral.

Aunque la política -y mucho menos los procesos de cambio profundo- nada se parecen a la matemática, muy de vez en cuando la contundencia absoluta de los números permiten entender procesos sociales. Sólo sucede cuando las mayorías construyen fenómenos unívocos, como las restas, las divisiones, las multiplicaciones y, en especial, las sumas.

Y las fracciones contundentes claro, como cuando se cuenta con dos tercios de un entero.

En su conversación del lunes último con su colega y amigo venezolano Hugo Chávez, el presidente Evo Morales dijo que el recuento oficial de los votos lo ponía en el umbral de “los dos tercios” de la votación. La mención a esa fracción que es sinónimo de mayoría absoluta en las democracias tradicionales no es casual. Es la misma fracción que lucían los “cívicos” de Santa Cruz en sus estandartes y escenarios cuando la Asamblea Constituyente se vio obligada a avanzar en la redacción de una nueva Constitución Política del Estado sin alcanzar los dos tercios de su composición inicial, precisamente por el sabotaje permanente al que los mismos “cívicos” y sus aliados sui géneris de la derecha parlamentaria la sometieron.

En ese momento -hablamos del último trimestre de 2007- se apropiaron del reclamo de las autonomías regionales como punta de lanza de su plan desestabilizador. No había que escuchar demasiado a los referentes de la media luna ni recorrer por demás las calurosas y venteadas calles de Santa Cruz de la Sierra para entender que el verdadero objetivo era (es) “tumbar al indio”, a la “chola de Chávez”, al de la “raza maldita”, al “fundamentalista aymara”: Evo Morales.

Algunos incautos -entre los que me cuento- creímos en aquellos días que aquella iniciativa, convenientemente apoyada en todos los terrenos por los Estados Unidos y articulada abrumadoramente por la inmensa mayoría de los medios de comunicación de masas podría llegar a tener éxito si seguía creciendo. Y tal vez así hubiera sido, de no ser por la decisión de Evo Morales de jugar a todo o nada y enviar al Congreso una ley de referéndum revocatorio para que sea el pueblo el que revalide o termine con los mandatos. Para que sea el pueblo el que decida. Aunque suena a consigna vacía tras décadas de salir de bocas oportunistas, neoconservadoras o fascistoides, no es ni más ni menos que eso lo que sucedió en Bolivia: el pueblo decidió, y vaya que lo hizo.

A la hora de entregar esta nota, con algo más del 80 por ciento de los votos contados, el Sí superaba -tal el anuncio de Evo- el 66 por ciento con tendencia clara a seguir creciendo. También se estrechaban las diferencias entre el No y el Sí en aquellos departamentos orientales donde las encuestas a boca de urna de las cadenas televisivas montaron una matriz que debe ser desmontada: medio mapa pintado de No, medio de Sí. Sí en la Sierra, No en el Oriente. Nada más lejos de la realidad de los números.

Repasemos el voto en la media luna supuestamente rebelde. En Pando, se impuso el Sí al presidente con el 52 por ciento, una tendencia irreversible cuando faltaban sumar un puñado de mesas; en Beni, el No se imponía con un abultado 68 por ciento, en un escrutinio sospechosamente estancado en el 41 por ciento de los centros de votación (recordemos que el recuento lo realiza cada corte electoral departamental, es decir, las mismas que realizaron los referéndum autonomistas ilegales); en Tarija, con la suma concluida, el Sí se ubicó en el 49,83%, 459 votos debajo del No. En Chuquisaca, todavía sin datos finales, la diferencia a favor del No era de cuatro puntos, y se encaminaba a otro empate cerrado como el de Tarija. Santa Cruz de la Sierra demanda un párrafo aparte.

En la tierra de la aristocracia boliviana, en esa ciudad trazada en anillos concéntricos a la coqueta Plaza Mayor hoy degenerada lastimosamente en el epicentro de la intolerancia, faltaba contar un cuarto de las mesas habilitadas y el Sí a Evo se ubicaba cerca del 40 por ciento. De no mediar una mano negra, se estima que en el cómputo final podría incluso subir algo más. Es un cuarenta por ciento histórico y valiente.

Histórico porque supera ampliamente el 33% que obtuvo Evo Morales en la presidencial del 2005. Valiente, porque no es fácil votar por el Sí cuando -con bates de béisbol y en turba agresiva- la temible Unión Juvenil Cruceñista “custodia” la puerta de las escuelas con la complicidad de la policía municipal, justo en las escuelas donde el voto de apoyo a Evo se pronosticaba mayor.

Valiente el voto de los indígenas chiquitanos de San Ignacio de Velasco, en el oeste de Santa Cruz, que votaron Sí el mismo día que sus médicos y educadores, cubanos ellos, fueron golpeados, secuestrados y abandonados en un paraje desolado por una banda a sueldo de los terratenientes locales, tal como lo adelantó el domingo la cadena Telesur y lo denunció luego la Coordinadora de Derechos Humanos de Bolivia.

En suma, el mapa de la división que presentaron los medios de comunicación privados el domingo por la tarde nunca fue tal. Los números pueden traducirse de forma simple: Evo Morales y el Sí a su continuidad arrasó por igual en ciudades, caseríos y campos de la sierra y el centro de la ciudad, y también recibió aval mayoritario en el interior de los departamentos del oriente. Allí sólo perdió en las ciudades capitales, en una derrota amplificada por los medios de desinformación y contrastada caprichosamente con la victoria de los prefectos, para generar la matriz de opinión de la Bolivia dividida, alegremente recogida luego por los medios hegemónicos del continente, que olvidaron Bolivia y su histórica elección apenas percibieron la contundencia de los números de la Corte Nacional Electoral.

Santa Cruz dividida, Bolivia no

Branko Marincovic, el multimillonario terrateniente y próspero empresario presidente del Comité Civico de Santa Cruz mascullaba bronca tras los resultados y pedía que el presidente “contara bien los votos blancos y nulos” antes de cantar victoria. Si lo pensó dos veces, se arrepintió de ese reclamo, igual, le tomamos la palabra, por aquello de las matemáticas y su siempre esquiva confluencia con la política.

Veamos. El referéndum de mayo último otorgó un 85 por ciento de aprobación a los estatutos autonómicos cruceños, pero con un “detalle” que no se puede soslayar: votó poco más de la mitad del padrón. Con un par de cálculos que no vamos a detallar aquí y con los datos de la votación del domingo en la mano, se explica el porque de tal deserción: los que no votaron y los que votaron contra los estatutos en mayo son el 40 por ciento del domingo. Los valientes del domingo en Santa Cruz. Un gobernante que se llena la boca de democracia y pueblo, como el prefecto local Rubén Costas, debería tener en cuenta estos datos. Debería entender que si hay algo que está dividido casi al medio no es el país sino su propio departamento. Pero no.

El mismo domingo por la noche, en una plaza mayor no muy llena y calculando la hora de su discurso para que coincidiera con el de Evo Morales, Costas se mostró intransigente y reeditó sus piezas más intolerantes y racistas (volvió a calificar de “macaco mayor” al presidente de Venezuela Hugo Chávez y habló del “fundamentalismo aymara” para referirse a al proyecto de Constitución Política del Estado), también ratificó que su estatuto autonómico es innegociable. A la misma hora en La Paz, el presidente Evo Morales -ratificados por los dos tercios de los bolivianas y los bolivianos- desde la Plaza Murillo llamaba a los prefectos opositores a compatibilizar el proyecto de Constitución con los estatutos votados por las mayorías relativas que ya remarcamos. Mientras tanto, en las otras regiones los prefectos opositores ratificados rayaban la cancha con el mismo tono pendenciero.

Así, tanto Evo Morales como los prefectos mostraron sus cartas para el panorama que se viene. “La oposición debería entender el mensaje del pueblo, pero no lo harán, no les interesa”, decía en la noche del domingo un dirigente del MAS de Santa Cruz, batallando entre la felicidad y el escepticismo. Pero la idea resume buena parte de lo que viene en el Bolivia, el país más pobre de la América continental y a la vez desde ahora -quién puede dudarlo honestamente- el de mayorías más categóricas.

Lo que viene

Ya sabemos que la oposición virulenta, encarnada acabadamente en los cívicos pero también en los medios de comunicación privados, no aceptarán el convite de un diálogo serio. Buscan “tumbar al indio” para mantener sus privilegios, en el medio no hay nada.

Pero el gobierno de Evo Morales no puede bajar los brazos en esa negativa, debe encarar una tarea titánica.

Por un lado, debe encontrar la forma de neutralizar el golpismo civil y arrebatarle las banderas en la cual estructuran su discurso mediático: las autonomías y el nuevo caballito de batalla: el impuesto directo a los hidrocarburos, resignificado por los medios como el gran problema de la liquidez de las prefecturas, mientras en rigor se trata de una redistribución de los ingresos que busca beneficiar a los más postergados.

Precisamente, eso lo más importante y ese el segundo gran desafío: seguir adelante con la prioridad que bien definió el presidente el domingo: combatir la pobreza extrema. Se viene de tan atrás que todos los esfuerzos son todavía pocos. Evo lo sabe mejor que nadie, y los pobres de toda pobreza saben que él lo sabe. Y le creen. Para el que no lo crea, están las matemáticas.

Ver texto en Rebelion