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sábado, 5 de abril de 2008

Carlos Pérez: El comunismo es posible

El comunismo es posible

Carlos Pérez Soto

Profesor de Estado en Física


La izquierda ha dejado de hablar del comunismo. Los tiempos son difíciles, ya se sabe. Pero yo tengo la impresión de que esto es un indicio más de como y hasta que punto hemos perdido el horizonte de nuestras luchas.

Por un lado, desde la bolchevización de los partidos marxistas, bajo la Tercera Internacional, la palabra comunista empezó a designar más un bloque de partidos y movimientos actuando en la política contingente que un modelo de sociedad posible. De esta manera discutir sobre comunismo llegó a ser una cuestión de política inmediata, hasta el punto de que dentro de la misma izquierda muchos prefirieron evitar ser llamados comunistas. Por otro lado la propaganda anti comunista se centró, como era lógico, en las acciones de los partidos y gobiernos que se auto designaron como tales, asimilándolos a todas las posturas dentro del campo marxista. Ambas tendencias, por este y por el otro bando, contribuyeron a ligar el término “comunismo” al destino de las iniciativas marxistas y, en particular, a las características y destino de los países cuyos gobiernos decían buscarlo.

No tengo que explicar que todos esos gobiernos se fueron catastróficamente al hoyo, en menos de cinco años, dando lugar a un conjunto de países bananeros que tratan de sobrevivir a la marea del saqueo neoliberal y el bandidaje. Los pocos que aún podrían considerarse herederos del bloque socialista o se están acomodando a grandes trancos a la lógica del mundo capitalista, o están arruinándose lentamente bajo la presión del bloqueo económico y la falta de respaldo de los países que los sostenían. Para muchos, con alegría y alivio en la derecha, con resignación forzada o alivio oportunista en la izquierda, estas catástrofes han significado “el fin del comunismo”.

Pero, ¿cómo podría entenderse el fin de una sociedad posible?. ¿En qué sentido algo que aún no ocurría puede haberse acabado?. Quizás lo que quieren decir, de manera trivial, es que sin “los comunistas” ya no se puede esperar que se llegue al comunismo. Quizás lo que quieren decir, de manera más profunda, es que el fracaso de los países socialistas mostró que una sociedad comunista es simplemente imposible.

Dos cuestiones previas, una de tipo político y otra de tipo filosófico, son necesarias para volver a pensar la posibilidad del comunismo. Una es ser capaz de romper radicalmente con esas dictaduras infames que se llamaron a sí mismas socialistas que, consideradas de manera marxista, no fueron sino las dictaduras de unas clases burocráticas que usufructuaron del producto social a través de relaciones de explotación sobre sus propios pueblos. Otra es considerar la idea de “posibilidad” de manera post ilustrada, no como sinónimo triunfalista de “necesidad” sino en el sentido propio y fuerte de “posible”.

El desastre del socialismo real puede ser descrito y explicado de manera marxista. Para hacerlo es necesario asumir algunos puntos que son duros, pero que no contradicen lo que es esencial en el marxismo. Uno es entender al dominio burocrático como un dominio de clase. Esto significa que la propiedad social perfectamente podría ser un sistema de legitimación de una forma de explotación, y el centralismo democrático, elevado a forma de organización del Estado, una forma de ordenar el dominio totalitario sobre el conjunto del pueblo. Esto significa asumir que en nuestra política futura debemos estar prevenidos respecto de la posibilidad de que también el gobierno, por sí mismo, la clase política, por sí misma, puedan ser partes, con intereses propios, del bloque de clases dominante. Pero, otro punto, cuando hacemos la evaluación histórica de la relación entre lo que los bolcheviques quisieron hacer y lo que efectivamente ocurrió, es asumir la posibilidad de que la propia voluntad revolucionaria sea una voluntad enajenada. Es decir, que no podemos demostrar la transparencia entre la voluntad y sus resultados, no podemos garantizar los efectos que surgen de nuestros actos ... y, aún así, asumir que es preferible correr el riesgo. O mejor, asumir que estamos ya en pleno riesgo de nuestras vidas, y que queremos vivirlos intentando sostener nuestra voluntad ante la determinación histórica.

Este segundo punto está relacionado con la idea de “posibilidad”. El marxismo clásico frecuentemente planteó la perspectiva comunista como necesaria, es decir, tarde o temprano, de una u otra forma, las ruedas de la historia terminarían aplastando a los que quisieran oponerse a ellas, a su sentido progresivo, a su tendencia hacia el advenimiento de una sociedad sin clases. Por cierto esta necesidad nunca fue planteada como una necesidad “mecánica”. Siempre se enfatizó que sólo podía realizarse de manera efectiva a través del ejercicio de la consciencia y la voluntad de transformación. El comunismo sería resultado de ciertas leyes históricas que operaban a través de la acción consciente de los trabajadores. Sin embargo, como no había duda alguna en torno a la posibilidad de formar esa consciencia de cambios, esta participación de la consciencia no era sino un detalle en el plan general: las leyes de la historia actuarán de manera objetiva, las consciencias que se requieren para hacerlas operar son plenamente posibles. El resultado es que una sostenida acción revolucionaria podría garantizar que a la larga se alcanzaría el comunismo sin duda alguna. Para muchos esta confianza, este optimismo en buenas cuentas ilustrado, era una fuente de la fuerza con que se integraba e impulsaba la lucha, hasta el grado de alcanzar una consciencia cuasi mesiánica : hoy sufrimos, pero tiene pleno sentido, nuestros nietos serán felices.

No tengo que explicar a estas alturas que los aplastados por “las ruedas de la historia” una y otra vez hemos sido nosotros. La verdad es que, considerando el estado real del mundo, y poniéndonos una mano en el corazón, no le estamos ganando mucho a nadie. Ya no estamos en posición de mantener el optimismo triunfalista que las vanguardias marxistas del siglo XX sostuvieron como parte de su fuerza y su propaganda. Y es sano asumirlo y operar en consecuencia. El marxismo, y con él el modelo comunista de sociedad, ha perdido radicalmente su verosimilitud, sobre todo ante quienes más importa para una perspectiva revolucionaria : para los trabajadores mismos. Tratar de tapar este hecho de enorme magnitud política acudiendo a los muchos ejemplos aislados de luchas reivindicativas que se mantienen de manera heroica en diversos lugares del mundo es simplemente dar la espalda a la realidad flagrante y desastrosa. Es necesario volver a tomar contacto con la realidad de una perspectiva revolucionaria, más que con la permanente sucesión de ejemplos heroicos, que nunca dejará de consolarnos, pero que no logrará hacer más que eso.

Una condición mínima para esta vuelta a la cordura revolucionaria es abandonar el mesianismo explícito o implícito, la perspectiva triunfalista, el optimismo irreflexivo. Hay razones para ser optimista, lo que estas razones muestran es que el comunismo es posible, lo que no muestran ni pueden mostrar es que ocurrirá de manera necesaria. Es necesario asumir que es perfectamente posible que la humanidad persista de la explotación a la explotación, y de la estupidez a la estupidez eternamente, sin ir nunca más allá de la lucha de clases. Hoy es perfectamente incluso que los seres humanos sean simplemente exterminados por la irresponsabilidad suicida de las grandes potencias en una guerra nuclear, o en un desastre biológico, intencional o incluso accidental. El siglo XXI no será muy agradable para las perspectivas de la historia humana. El desastre ecológico, la miseria absoluta de cientos de millones de seres humanos, la violencia extrema en las grandes ciudades, los poderes nucleares, las armas químicas y bacteriológicas ... la lista es larga. Estos ya no son tiempos para optimismos ilustrados de ningún tipo.

Sin embargo yo creo que se puede defender racionalmente la idea de que el comunismo es posible. Y voy a ofrecer en lo que sigue lo que podría ser al menos la estructura del argumento que permite esta confianza que la razón le puede ofrecer a la voluntad para que pueda hablar, así como la voluntad puede ofrecer sus confianzas a la razón para que pueda pensar.

Muchos quisieran una sociedad mejor que esta. Los liberales son progresistas, los socialdemócratas pueden ser incluso radicalmente progresistas (cuando no se dejan arrastrar por el carro neo liberal). ¿Por qué entonces el comunismo?. ¿No se podría pensar simplemente un largo camino de reformas que vayan mejorando progresivamente las condiciones de vida?. El primer argumento que hay que esgrimir es que es justamente una revolución comunista la que hace falta, no una perspectiva reformista de largo aliento. Y la razón central es esta : los reformistas llegarán atrasados al exterminio de la tercera parte de la humanidad.

Los neo liberales tienen una política de desarrollo, una que favorece al capital financiero, que se basa en la depredación de los recursos, en la explotación extrema, en la inestabilidad endémica. Su camino hacia el “progreso” no está pensado para los trabajadores, menos aún para los pobres. Los burócratas tienen una política de desarrollo, que favorece al capital productivo, que eventualmente podría favorecer a los trabajadores integrados a la producción altamente tecnológica. Pero ni la burguesía, ni el poder burocrático, ni los neo keynesianos, ni los socialdemócratas, tienen un camino de desarrollo que pueda evitar que los marginados absolutos, los que no son ejército de reserva de nada, los que no cumplen ninguna función en el sistema económico mundial, ¡que son casi la tercera parte de la población mundial!, sean simplemente exterminados de hecho, por el SIDA, por la malaria, el ébola, las múltiples enfermedades de la pobreza absoluta, y las que los que consumen generan en sus organismos, debido al uso abusivo de los antibióticos para luego contagiarlas a los que no consumen y no tienen las defensas inmunológicas que podrían hacerlos resistir.

El siglo XXI será un siglo siniestro de peste, hambre, violencia urbana y marginación. El resultado será, ni más ni menos que el exterminio. Hay una solución capitalista y burocrática para la pobreza absoluta : los extremamente pobres simplemente morirán. Los que creemos que estas muertes, sean producidas directa o indirectamente, son simplemente un crimen contra la humanidad creemos que sólo un radical salto en los objetivos y modalidades del desarrollo podrá evitarlo. Ni el interés burgués, ni el interés burocrático harán nada por lograr este salto. Unos están atrapados en una lógica que conduce a la destrucción del planeta, los otros en una lógica en que administrar a los que consumen es suficiente para justificar su poder de clases. Sólo la perspectiva comunista es auténticamente amplia como para integrar a toda la familia humana.

Sin embargo, por mucho que esta perspectiva sea necesaria, por mucho que se justifique moralmente, perfectamente podría ocurrir que sea imposible. Que no existan ni las técnicas, ni las formas de organización social que puedan lograrla.

En este punto, curiosamente, el furibundo optimismo tecnológico, rayano en la adoración, de los intelectuales al servicio del capital y de la administración, suele ser contradictorio. Todo parece ser posible para la técnica, llegar a Marte, clonar seres humanos, construir computadores inteligentes, vigilar paso a paso a cada ciudadano, producir armas eficaces que puedan asesinar sin que el bando atacante sufra ninguna baja. Lo único que pareciera imposible es usar estas técnicas para construir una vida digna y de abundancia para todos los seres humanos.

No. Tenemos derecho a invocar su mismo optimismo y creer que es perfectamente posible una economía de abundancia sin depredación y sin explotación. Todas las técnicas que hacen falta para esto ya existen. En particular las que permitirían procesar la información necesaria para una economía global descentralizada, en manos de los productores directos.

Desde un punto de vista estrictamente técnico el comunismo es una sociedad en que el trabajo social se ha repartido entre todos de tal manera que, gracias al uso intensivo de la tecnología, sea posible reducir radicalmente la jornada laboral. En un mundo en que todos tienen que cumplir con una cuota de trabajo socialmente necesario del orden de 6 o 8 horas a la semana, la división social del trabajo no determinaría esencialmente nuestras vidas. La mayor parte del tiempo sería de trabajo libre. Ni la propiedad, ni la administración global serían necesarias. Esto, la superación del poder que desde la división social del trabajo domina nuestras vidas, es lo que Marx llamó comunismo.

Es importante notar que una sociedad de estas características no requeriría de Estado, ni de Mercado. Por supuesto habría gobierno, el ejercicio democrático del poder en cada comunidad local, pero el gobierno no estaría cosificado como instituciones por sobre la ciudadanía. Un gobierno que no sea una Estado. Por supuesto habría intercambio de bienes y servicios, a nivel local, a nivel global. Pero el intercambio no estaría cosificado bajo la forma dinero, ni estaría sujeto a otras leyes que las que sus autores quieran darle. Un intercambio que no sea mercantil. Desde luego seguiría habiendo división del trabajo, y trabajo socialmente obligatorio, pero su existencia no se levantaría ante nosotros dominándonos, y sus leyes y condiciones de ejecución no serían sino las que los productores directos quieran darles.

El comunismo es técnicamente posible. Todas las técnicas que son necesarias para llevarlo a cabo ya existen. Podría ocurrir, sin embargo, que aún así no sea viable. Es decir, aunque sea deseable y técnicamente factible, podría ocurrir que los seres humanos simplemente no quieran construirlo, y prefieran sus actuales condiciones de vida, aliviadas y mejoradas, antes que una revolución global.

Hay dos objeciones clásicas que apoyan esta idea. Una es que los seres humanos son por naturaleza egoístas, o que sus impulsos naturales los llevan a desear el poder, la ventaja, el agrado a costa del menor esfuerzo. Otra es que el capitalismo altamente tecnológico, apoyado en su poderoso sistema de comunicación social y en el uso a gran escala del endeudamiento, es capaz de mantener indefinidamente a los ciudadanos atrapados en las expectativas de consumo. O por egoísmo natural, o por consumismo adoctrinado, los trabajadores preferirían no poner en peligro, en lo sustancial, el sistema injusto en que viven. Y si lo hicieran, tarde o temprano resurgirían el afán de poder, o la avaricia natural.

Más que si hace falta o no, y más que si es posible o no, ésta es la verdadera discusión en torno a la posibilidad del comunismo. Sobre las estadísticas en torno a la marginación absoluta, o en torno a los desastres ecológicos o armamentistas, se puede obtener un relativo consenso. Al menos entre los sectores progresistas, entre los que no están cegados por la propaganda integrista y el fanatismo fascistoide. Sobre las posibilidades de un uso verdaderamente humano y solidario de la tecnología no parecen haber tampoco muchas dudas. Nuestras dudas más profundas tienen que ver más bien con lo que los seres humanos serían capaces de hacer. Lo que para la izquierda clásica era evidente, es decir, que todo hombre consciente, ilustrado, de buena voluntad, al que se le explicaran los antecedentes, terminaría por asumir una postura moral a favor de toda la humanidad, ya no lo es.

Por supuesto nunca es el argumentador mismo el que no es capaz de asumir esta postura moral, sino que se trata de “los hombres”, “los seres humanos” (“los otros”). Se nos dice que nuestros “ideales” son muy bonitos, que son altamente deseables, pero que “los hombres” no son capaces de llevarlos a cabo. Y esta expresión genérica, en que el hablante sólo se asume de manera indirecta, implícita, permite ponerle un límite a la discusión.

Ya nada es obvio. Ninguna de las confianzas de la izquierda clásica puede ser sostenida sin más. Es necesario argumentar no sólo sobre la información disponible, sobre la consciencia posible, sino incluso sobre los niveles previos a la consciencia misma. Es necesario dar una batalla más allá de la consciencia, en el sentido convencional del término. De hecho, la colonización de las consciencias por el sistema de dominación no está organizada en torno a la consciencia, o a la falta de información (estos eran los temas clásicos : a la gente le faltaría información y, por ello, le faltaría consciencia). La dominación altamente tecnológica se dirige más bien a las bases desde las cuales la consciencia se construye. Invadiendo el ámbito de la socialización primaria, totalizando el tiempo de descanso en torno a la industria del espectáculo, manteniendo el monopolio de los medios de comunicación más masivos y intensos, la dominación actual no necesita ilustrar, o educar, una consciencia conformista o resignada, es capaz de arraigar el conformismo y la resignación en las estructuras psíquicas más profundas.

Ante esto es necesario primero construir un argumento verosímil, una teoría que no conceda como obvia ninguna de las confianzas que teníamos, y que sea consistente a la hora de argumentar. En seguida es necesario pensar, desde ella, cómo dar esta batalla, ya no por la consciencia directamente, sino por la subjetividad como tal, desde sus estructuras más profundas.

Hay dos ámbitos distintos en torno a los que argumentar. Uno es el de la “naturaleza humana” que eventualmente impediría la solidaridad humana. Otro es el de la posibilidad de una manipulación indefinida de la subjetividad por la dominación imperante. A partir de esto hay dos ámbitos correspondientes en torno a los cuales construir políticas, formas de acción concretas y eficaces. Uno es qué decirle a una persona común cuando nos dice que “los hombres son egoístas”. Cómo abordar esta opinión, sin descalificarla, sin contraponer simplemente otra opinión, voluntarista y autoafirmativa, que, desde luego, sólo será escuchada, en el mejor de los casos, de manera cariñosa y evasiva, como cuando no nos atrevemos a decirle a los niños que el Viejo Pascuero no existe. El otro ámbito es cómo dar una batalla social, ya no persona por persona, sino en nuestras acciones políticas globales, que nos permita ponernos en el mismo plano de llegada sobre la subjetividad en su conjunto, en el cual se ha radicado la principal eficacia de la ideología dominante. Perdonen que, como buen intelectual, ponga el plano de los argumentos primero, y sólo después el de las urgencias políticas.

Si se afirma, en principio, sean cuales sean las evidencias que se presenten, que los seres humanos están dominados por una “naturaleza” que les impide ser efectiva y globalmente solidarios la discusión simplemente se termina. Este es un orden de afirmaciones que no puede ser demostrada o refutada de manera contundente por ninguna serie de evidencias. Peor aún, si se afirma, también como principio, que los seres humanos poseen una naturaleza sociable y propensa a la colaboración, tampoco avanzamos mucho, si lo que nos interesa es el comunismo. La cuestión de fondo es la idea de “naturaleza humana” misma que, por supuesto, está en el fundamento filosófico de las ideologías burguesa y burocrática. El comunismo sólo es pensable de manera cabal si afirmamos que los seres humanos son libres, son completamente dueños y constructores de sus circunstancias, aunque lo hagan de manera enajenada, aunque individualmente no lo sepan.

Desde luego la afirmación de la libertad humana como esencial y fundante es tan indemostrable como la de naturaleza humana. Lo que me importa es su afirmación, no su demostración. Y me importa indicar que esta afirmación es esencial para que el comunismo sea un producto humano, no un destino, o algo que llevamos en los genes y sólo ha sido aplazado por la confabulación de las clases dominantes. Cada vez que se ponen principios que se pretenden “naturales” como motores de la conducta humana en el fondo lo que se está poniendo es una visión funcional a los intereses de alguna forma de dominación. Para los burgueses la naturaleza humana era egoísta y competitiva, y el mercado burgués podía presentarse como un efecto natural y sus leyes como leyes naturales.

Pero, cuidado, perfectamente podría ocurrir que los burócratas nieguen esta imagen salvaje y afirmen que está en nuestra naturaleza la necesidad de ser aprobados, de convivir en grupos homogéneos, de criarnos en formas familiares con roles naturales (la mujer como madre, el hombre como proveedor). Tampoco una imagen de la naturaleza “favorable” a nuestra idea del comunismo nos ayuda. Toda idea de naturaleza humana debe ser criticada, es necesario afirmar que somos libres, como género humano, de toda determinación natural sobre nuestras conductas, y que todo límite exterior a la humanidad (como la ley de gravitación, o la muerte) pueden ser vividos como nuestros, y dominados en nuestro beneficio. Lo que se juega en esto es nuestra radical opción por la diversidad sexual, por la diversidad de formas de la estructura familiar, por la libertad para dominar el mercado, o el estado, o cualquier forma cosificada de las relaciones sociales que quiera presentarse como natural.

Hecha esta afirmación, somos en esencia libres, como punto de partida, como fundamento, la segunda objeción resulta más contingente y más grave. Perfectamente podría ocurrir que el mercado altamente tecnológico logre usurpar el ejercicio de muestra libertad eternamente. Desde luego los más pobres, los marginados y discriminados, tienen abundantes razones para oponerse al sistema que los oprime. Para ellos la tentación del consumo, mantenida de manera fantasiosa, o la industria del espectáculo, impuesta de manera compulsiva, sólo será una parte de la contención. La otra, siempre presente y alerta, será la represión. No ya la guerra directa, militar, sino la militarización de la vigilancia policial, la represión repartida en una infinidad de medidas anti “delictuales”, legitimadas ante la consciencia de los sectores que consumen como una necesidad permanente, presentadas como el resultado de su propia violencia en políticas de sistemático atemorizamiento de la población. Por un lado el espectáculo y la promesa nunca cumplida, por otro lado la guerra sostenida, difusa, soterrada, pero permanente, contra los pobres por el sólo hecho de ser pobres. La fórmula burguesa para los marginados coincide con la fórmula burocrática : lo que no es administrable puede ser eliminado.

La posibilidad de que la guerra contra los pobres sea un freno permanente de las aspiraciones revolucionarias es hoy particularmente grave por dos razones dramáticas : la primera, al poder no le interesa la vida de esos pobres, de los que puede prescindir sin que el aparato productivo sea afectado y, la segunda, esa guerra puede llegar a contar con un amplio apoyo de ese tercio de la población que es efectivamente beneficiado con el crecimiento económico y que está compuesto esencialmente de los trabajadores. Este es el hecho brutal al que debemos enfrentarnos : los trabajadores, los que efectivamente pueden hacer las revoluciones, no son los más pobres de la sociedad, y pueden ser perfectamente cooptados por el poder en contra de los más pobres. Esto es algo que vemos cada día, y debemos considerarlo como un dato esencial de la política.

La cuestión entonces no es preguntarse si el comunismo es una perspectiva aceptable o atractiva para los más pobres. La verdad es que mucho menos que el comunismo sería suficiente para vencer las esperanzas posibles de los que no tienen esperanzas : la integración progresiva, por muy lenta que sea, al consumo de masas, y el exterminio.

La cuestión crucial es preguntarse si el comunismo puede ser una perspectiva aceptable para los trabajadores, es decir, justamente para los que podrían ser el sujeto de la revolución. Y para abordar esta cuestión lo que hay que preguntarse no es si los que algo consumen, por que al menos tienen trabajo, consumen menos de lo que necesitan, o si están dispuestos a luchar para consumir más. Es necesario pensar la situación real, el cálculo real que las personas comunes hacen sobre sus vidas, más allá de sus quejas cotidianas, y examinar si en ese cálculo hay, o puede haber, un espacio para imaginar un mundo radicalmente distinto.

Para mantener las expectativas que hacen que los ciudadanos acepten endeudarse, sobre explotarse, vivir con estrés, vivir en la incertidumbre y en el temor permanente a quedar sin trabajo, se debe prometer mucho. Se debe mantener una perspectiva en que el cumplimiento de las cuotas de sobre explotación, y el sacrificio que conlleva el esfuerzo cotidiano, sean recompensados suficientemente. Nadie niega que su trabajo es agobiante, o que lo explotan, o que vive en permanente tensión. Lo que se alega, en cambio, es que esos esfuerzos tienen sentido. Las vacaciones, los objetos de consumo cotidiano, la casa propia, la educación de los hijos, la posibilidad de pequeños escapes y desahogos, como ver la televisión en familia, como salir en auto los fines de semana, son mostrados por muchas personas aparentemente razonables como resultados razonablemente compensadores de sus esfuerzos. Para saber si la perspectiva comunista será viable alguna vez entre los trabajadores es esta situación cotidiana la que hay que examinar.

Desde luego, la peor manera de enfrentar esta razonabilidad cotidiana es verla como un error, o como conformismo alienado, o como producto de la estupidez, o de ignorancias de algún tipo. La verdad es que, a la hora de los argumentos, somos nosotros los que estamos diciendo cosas sospechosas, no las personas comunes. Somos nosotros los que queremos defender una idea a todas luces poco razonable, que quizás sea producto simplemente de nuestras frustraciones y enojos puntuales, más que de una alternativa racional al modo de vida común. Razonar como si las personas comunes y corrientes fuesen una tropa de enajenados, ignorantes y conformistas, debería ser sospechoso para alguien que se supone está tratando justamente de buscar un mundo mejor con la participación de esas mismas personas. Cada vez que damos la espalda al sentido común, que sabemos conformista y enajenado, sin tratar de entender su lógica propia, su razonabilidad profunda, lo que hacemos es elevarnos como vanguardia ilustrada e iluminada, por sobre la ignorancia y la inercia de las masas ... y reproducir la lógica del estalinismo.

No. Los ciudadanos comunes han hecho un cálculo perfectamente racional, y lo que ocurre más bien es que no tenemos, ni en nuestros argumentos, ni en nuestras iniciativas políticas, nada que pueda conmoverlos de manera profunda, o al menos de una manera equivalente a lo que logra hacerlo el mercado. Y yo creo que esto no se debe a que el mercado tiene más y mejores medios de comunicación, o más y mejores propagandistas. Nuevamente por esa vía lo único que estamos haciendo es evadir la responsabilidad por lo que nos falta, como de costumbre echándole la culpa al enemigo por nuestras propias carencias. No. Yo creo que tenemos que asumir que somos nosotros los que no logramos estar a la altura de la complejidad de un enemigo de nuevo tipo. Cuya sustancial superioridad cultural respecto de cualquier otra clase dominante en el pasado simplemente nos descoloca, hasta el grado de introducir en nuestras propias filas las bases de su argumentación : o la apelación a la naturaleza o la apelación a la fuerza.

Para poder pensar con una perspectiva revolucionaria esta situación hay que pensar radicalmente y, como siempre, la raíz es el hombre mismo, sus expectativas más profundas, sus anhelos de más largo alcance. Lo que hay que preguntarse, radicalmente, es si los que consumen son felices, y bajo qué condiciones estarían dispuestos a luchar por un mundo en que se pueda ser feliz. Hoy, más que nunca, sólo la perspectiva de la felicidad humana permite argumentar a favor de un horizonte social revolucionariamente distinto. En una sociedad altamente tecnológica, que ha hecho posible, por primera vez en la historia humana, el consumo masivo, la felicidad es un asunto de política contingente.

Esto mismo se puede plantear de otra manera. ¿Hay contradicciones propias, internas, en el sistema del consumo masivo?. ¿Pueden esas contradicciones llevar a un punto en que se conviertan en consciencia política?. La primera de estas preguntas tiene que ver con la felicidad, no con el mayor, menor, mejor o peor nivel de consumo. La segunda tiene que ver con las tareas posibles de una iniciativa revolucionaria dirigida hacia los trabajadores, hacia los sectores sociales que participan del sistema productivo y sus cargas y beneficios de manera efectiva.

Sostengo que efectivamente hay contradicciones internas al sistema de consumo masivo. Internas en el sentido de que no tienen que ver con las posibilidades de acceso al consumo, o con la proporción en que se practica, sino con el consumo como tal, con el que se da en la sociedad de mercado. Sostengo que la contradicción central, de la que derivan todas las otras, es la diferencia creciente entre lo que el sistema promete y lo que es capaz de dar. Por un lado se consume y se busca en el consumo un mundo de reconocimiento y humanidad posible, por otro lo que se obtiene es un mundo dividido, violento, en guerra, donde impera la incertidumbre y la frustración. El agrado local y temporal que ofrece el consumo se inscribe en un contexto de frustración creciente. Es un agrado frustrante, que nunca llega a estar a la altura del placer, propiamente humano, que promete. El carácter frustrante es el reverso interno del agrado de consumir. Y yo creo que este sentimiento de frustración es creciente, y aumentará constantemente a lo largo del siglo XXI.

Otra manera de plantear esto mismo es observar la contradicción que hay entre el mejoramiento local, a nivel de las familias, de los estándares de vida, y el empeoramiento global de la calidad de vida, a nivel de la ciudad, de cada país, del entorno natural en el planeta. Para los trabajadores que están efectivamente integrados al sistema de la producción altamente tecnológica cada día se puede vivir mejor en un mundo en que a la vez cada día vale menos la pena vivir. Y este empeoramiento de la calidad de vida infiltra y descompone el agrado que pueda significar el consumo cotidiano. Las calles llenas de autos, el encarecimiento de los servicios educacionales y de salud, paralelo a la compulsión por la salud y la educación, los alimentos poco confiables, las ciudades contaminadas, la inseguridad ante la amenaza constante de los más pobres, que buscan sobrevivir y a la vez desahogar sus iras acumuladas.

El poder burocrático puede limitar progresivamente el libre arbitrio sobre la propiedad burguesa, y por esa vía tender a aliviar los problemas que implica la contaminación y la especulación financiera. Dura tarea pero, en rigor, una tarea que no es contradictoria con la lucha interna entre las fracciones del bloque de clases dominantes. El poder burocrático puede revertir la precarización de los empleos ligados a la alta tecnología, o a los servicios que da la administración, es decir, crear áreas de pleno empleo parcial (que no integran a toda la sociedad) y estable. Pero ¿cuánto puede resistir un mundo de empleos estupidizados, sin sentido, redundantes?, ¿cuánto puede resistir una cultura a la que sus miembros van quitándole progresivamente el sentido, y la obediencia que requiere la mantención de la explotación?, ¿cuánto pueden durar las ciudades gigantescas, la intensidad tecnológica de la vida cotidiana sin control, la complejidad de un sistema global que falla de manera recurrente y que sólo se justifica porque la dominación debe mantenerse?.

Sostengo que sí hay contradicciones profundas, de nuevo tipo, para una época de la historia humana en que ya es real la abundancia para grandes sectores sociales. Y esas contradicciones tienen que ver precisamente con la abundancia. Es allí donde hay que buscar el futuro posible.

Sin embargo, nada asegura que estas contradicciones se conviertan en consciencia y en actitudes políticas de oposición al sistema. La consciencia revolucionaria no es un producto espontáneo de las “condiciones objetivas” ni, en este caso, de la objetividad de las “condiciones subjetivas”. Pero, para dar una batalla en torno a la transformación de esas contradicciones en política real es necesario entender cual es el campo de batalla adecuado. Y este no es sino las condiciones de vida en general, no uno de sus aspectos, ni menos aún el ámbito del saber o del pensamiento. Antes del saber, antes de la reflexión, la subjetividad actual está colonizada al nivel de sus deseos y voluntades. Se trata de una batalla por la voluntad revolucionaria, que pueda arraigarse en el deseo de una sociedad mejor. Sostengo que esa tarea sólo puede emprenderse poniendo la felicidad y la belleza al centro de nuestras reivindicaciones. Un mundo más bello, en que ser feliz sea posible. Nada más ni nada menos. Un mundo donde la realización de mis deseos no requiera una revolución, ni sea negado constantemente por un orden dominante que los administra o los niega sin realizarlos nunca de manera cabal.

Un mundo donde el intercambio de bienes no esté cosificado en relaciones mercantiles, es decir, donde podamos intercambiar nuestros productos sin estar obligados a considerarlos como equivalente. Sólo el intercambio libremente no equivalente es un intercambio auténticamente humano. Sólo cuando intercambiamos nuestros productos por el contenido de humanidad inconmensurable que tienen estamos auténticamente entre seres humanos libres.

Un mundo en que el gobierno no esté cosificado bajo la forma de un Estado. En que dirigir y coordinar la producción y las vidas no requiera de instituciones solidificadas, estables, con leyes permanentes. En que la ley opere de manera interna, como eticidad común, sin la compulsión del disciplinamiento o la fuerza. Donde el espíritu común que anima a cada espacio social se realice a través de la autonomía de los ciudadanos particulares, de su libertad efectiva. Un mundo en que espíritu común no signifique homogeneidad sino reconocimiento de la diversidad esencial que constituye a la creatividad humana.

El comunismo no es una sociedad en que todos serán felices, o en que todos lo sabrán todo, no es una sociedad de transparencia total, ni de reconocimiento asegurado. Es una sociedad en que habrá sufrimiento y extrañamiento, en que habrá misterio y falta de transparencia, pero en que dejar de sufrir, o alcanzar la transparencia, no requerirá cambiar toda la sociedad, ni estará impedido por estructuras que nos trasciendan. Una sociedad en que la locura será posible debido a la diversidad interna de la razón misma, y no significará marginación o impedimento. En que lo universal y lo homogéneo dejarán de ser sinónimos.

Un mundo en que la subjetividad se formará en pequeños colectivos sociales, en familias, que no requerirán la forma del patriarcado, o de la heterosexualidad forzada culturalmente. Que no tendrán roles paternos o maternos cosificados como naturales. En que la infancia, la juventud o la vejez no estarán estupidizadas por roles sociales enajenantes y fijos.

El comunismo es una sociedad en que la belleza será la forma de realización de lo verdadero y de lo bueno. En que la belleza no estará cosificada como agrado. En que el placer será posible, más allá de la administración y las inseguridades típicas de los que no han podido asumir su humanidad libremente.

Grandes cosas, importantes, nobles, de gran aliento. Eso es lo que debe estar en el centro de nuestro discurso y nuestra lucha. Que la pequeñez y la inmediatez quede para los burócratas, que creen que administrar un problema es suficiente para resolverlo. Las personas comunes y corrientes pueden entender perfectamente cuando se les habla de la felicidad. Los trabajadores, los más pobres, los ancianos, los niños. Hay que hablar al corazón y los anhelos más profundos. Hay que ir más allá de la inercia de la resignación y el escepticismo. Hay que darle el vuelo de un gran horizonte a una política que está cada vez más alejada de las inquietudes profundas. Que la política basada en las pequeñas transacciones quede para los que viven de usufructuar de la política.

Hay contradicciones objetivas y subjetivas que permiten convertir este horizonte en política concreta. La cuestión es con qué profundidad asumimos nosotros mismos esas condiciones, y las expresamos en nuestras políticas. Si asumimos de manera radical la posibilidades del estado de desarrollo en que ya se encuentran las fuerzas productivas no tenemos porqué no defender también radicalmente la exigencia de relaciones sociales que expresen auténticamente sus potencialidades. Sólo una perspectiva comunista puede mover los deseos y aunar las voluntades. Nada más ni nada menos. El comunismo es posible. Y es bueno que los que creen en esta posibilidad se llamen a sí mismos, orgullosamente, comunistas.


Santiago, Lunes 27 de mayo de 2002.-

Entrevista a Carlos Pérez

Carlos Pérez Soto, 'el último marxista'
Comunistas otra vez

Todavía hay alguien que sueña con un mundo sin clases, con el comunismo. Es Carlos Pérez, un profesor de filosofía que milita en el “marxismo peresiano” y que cree que la izquierda está haciendo el ridículo. De pasada le recomienda a los líderes del PC que se vayan para la casa. ¿Quién dijo que había que ser sensatos?


Por: Mirko Macari

Fuente: Nacion Domingo

El año '97 hubo un paro histórico en la Universidad Andrés Bello. Histórico porque en una universidad privada estabamos hablando de autonomía académica y otras cosas extrañas para esas instituciones donde frente a cualquier problema conviene acudir primero al Sernac y después al Ministerio de Educación. Uno de los peaks de ese conflicto fue la asamblea de profesores donde los maestros debían votar el fin de tres semanas de huelga. El auditorio estaba de bote en bote y el entusiasmo combativo de los maestros empezaba a declinar a medida que el reloj pasaba.

Soterradamente se imponía la tesis de volver a las aulas y seguir negociando. Pocos estaban dispuestos a perder el pitutito de un par de horas a la semana por el puro gusto de ser duros. Fue un espejismo, pero el triunfo de los sensatos pareció peligrar cuando tomó la palabra un gordito, calvo, vestido de negro, que con más lógica que pasión comenzó a hablar de la dignidad, de las utopías, de sacudirse el enorme peso histórico de la derrota. Las emociones comenzaron a apoderarse del lugar, pero no tanto como para ganar la votación. Tiempo después la universidad la compró gente de la UDI y la gran mayoría de esos profesores-taxi perdieron su pituto de la noche a la mañana por pensar como pensaban.

“En el conflicto de la Andrés Bello yo sostuve que lo que había que hacer era irse de esa universidad. Esa fue otra de las tantas votaciones que perdí por la ostentosa mayoría de los cuerdos”, dice Carlos Pérez, quien antes de dar esta entrevista pone una categórica condición: no habrá fotos. Pérez nunca deja de ironizar sobre su solitario lugar en la vereda de los insensatos. Y claro, ¿existe cordura en alguien que cree que el comunismo aún es posible? ¿Qué puede tener que decir un marxista irredento después de que las estatuas de Marx y Lenin rodaron hasta el fondo del abismo? Lo peor sería no averiguarlo.


-¿Por qué no quiere fotos?- Es un gesto para señalar que en una sociedad donde la visualidad está tan presente, las imágenes deberían formar parte de la esfera de privacidad de los ciudadanos. En una sociedad parlanchina y gritona como ésta, ni los niños ni los bárbaros ni la mayoría de los periodistas distinguen entre lo secreto y lo privado.


-Además que en Chile todos quieren salir en la foto. Sin embargo, la privacidad no es una categoría marxista sino liberal.- Sí claro, y eso implica que uno tiene ciertas garantías de que hay democracia cuando los ciudadanos pueden ejercer su autonomía libremente, o sea cuando los poderes públicos no pueden intervenir ni en la familia ni en el interior de la conciencia. Este es un país totalitario en ese sentido: se mete en si la gente puede abortar o no, ver o no ver determinado cine.


-¿Y esto es un aprendizaje suyo de lo que significaron los socialismos reales?-Me han dicho que existieron los socialismos reales. A mí me impresiona más el totalitarismo luminoso, sonriente, aparentemente tolerante de las sociedades industriales. El totalitarismo soviético era de un primitivismo fácilmente criticable. Había que comulgar con demasiadas ruedas de carreta para decir que eso era democracia proletaria. Hay una cierta mala voluntad política en enfatizar los totalitarismos de hace 15 años omitiendo los actuales.


-Pero a la luz de los derechos humanos hay matices bastante grandes. Millones de muertos para ser más exactos.-Es que todas esas discusiones, igual que las discusiones sobre la violencia, son un poco hipócritas. Consiguen en cargar los dados a un lado, enfatizar ciertos tipos de muerte y omitir otros. En el atentado contra las Torres Gemelas murieron 2 mil personas y ese mismo día murieron 30 mil niños de hambre en el mundo. Si uno enfatiza que a los otros los mataron y que tenían esperanza de vida, en cambio los niños se iban a morir igual, hay una hipocresía, un cinismo galopante.


-Pero finalmente todos son repudiables ¿o no?-A lo largo del siglo XXI hay dos mil millones de pobres que van a ser exterminados sin que nadie les toque un pelo, por el Sida, por la Malaria, por nuevas formas de tuberculosis. Frente a eso los hipócritas van a llorar como lloró Aylwin al final de su mandato lamentando no haber podido resolver el problema de la pobreza. Esos lagrimones debería haberlos reservado contra el neoliberalismo.


LA IZQUIERDA TRISTONA


Usted es un marxista revolucionario, supongo.-Los tiempos son difíciles, se hace lo que se puede.


-Pero estos mismos tiempos parecen una confirmación de lo que Marx decía pues toda nuestra forma de vida esta determinada por lo económico-Marx es muy profético: la globalización, la internacionalización del mercado, la capacidad del capitalismo de reproducirse a sí mismo y poner toda cultura a su servicio ya estaba puesto en el Manifiesto Comunista. Erick Hosbawn, en el prólogo que escribió a la edición por los 150 años del Manifiesto Comunista, decía que lo que Marx planteaba entonces no era cierto sino en Inglaterra. Pero 150 años después es cierto en todo el planeta. Eso es capacidad profética.


¿Y cómo se manifiesta eso en Chile?-Hay una intuición común a toda la izquierda de que el modelo neoliberal funciona mucho mejor en democracia que en dictadura. Eso produce un efecto perverso, porque lo que importaba de derrocar de Pinochet no era su personalismo, sino que un modelo económico inhumano. Lo que se logró es que Pinochet quedara dando vuelta unos años hasta que fue declarado demente y el modelo quedara intacto. Si hace 20 años el problema era la dictadura, ahora es qué hacer con la democracia.


-Pero tengo la sensación que el modelo no es exitoso porque lo legitime el gobierno sino porque las personas creen que son más felices cuando más consumen.-Yo no estoy seguro de que la gente sea feliz en el consumo. Cuando el PNUD le preguntó si eran felices se produjo una respuesta absurda: claro que consumimos pero no somos felices. Y eso en términos políticos es relevante. El agrado que produce el consumo es frustrante. Y esa frustración es acumulativa y entonces la política de izquierda tiene que saber convertir en fuerza política la frustración de los que consumen, no sólo la de los que no consumen. Esa es una fuerza que va corrompiendo el sistema a través de la drogadicción, del suicidio, de la falta de sentido de la vida. Todo acto de consumo promete placer. Cuando un papá le compra la tele a los niños, el imaginario es que van a ver la tele juntos, y cuando los cabros chicos se pelean por el control remoto el resultado es que la expectativa de placer se frustra y lo que queda es un agrado de “por lo menos tenemos tele”. La gente no compra objetos por los objetos, compra objetos por la subjetividad que prometen, y cuando tienen los objetos tienen la experiencia real de que esos objetos no dan lo que prometen. Que un señor le compre bicicletas a sus hijos está bien, salvo porque sus hijos lo odian. Esta es una muestra flagrante de la inhumanidad de la sociedad de consumo, es un problema político que la izquierda debe asumir. Pero la izquierda no logra salir del imaginario clásico según el cual la pobreza es el problema principal. La pobreza es un problema grave, pero el consumo es tan grave como la pobreza.


Pero lo que usted llama izquierda en verdad es algo bastante ridículo…Justamente, yo he sostenido eso públicamente. Un revolucionario hoy no debe sobrevivir a la represión tiene que sobrevivir al ridículo y obviamente si la izquierda extraparlamentaria no tiene más del 3 por ciento es una ridiculez.


-El mayor problema quizás es el consumo de imaginario de mundo, o sea de televisión. Eso es más elaborado que consumir zapatillas u objetos varios.-La izquierda tiene que acostumbrarse a la idea de que estamos en el siglo XXI y de que con el mimeógrafo no vamos a llegar muy lejos. La solemnidad y la jerarquía son parte del imaginario totalitario de la izquierda clásica. La seriedad siempre esta de parte del totalitarismo. El humor como argumento es también una idea de los liberales.


-Y eso porque el liberalismo opera sobre la base de dudas, en cambio la izquierda se aferra a sus pocas certezas.-Esa es una generalización pero sí, la mayoría de los marxistas eran bastante tristones. Además este país se ha ido poniendo cada vez más mediocre, más chato más oscurantista. Queda la sensación de que en la dictadura teníamos más posibilidades de expresión, de oposición. Con la Concertación el sentido común se ha ido achatando. Hay una falta de horizonte radical de la oposición, o sea de todos los que tenemos en alguna parte de nosotros una actitud antisistémica. Hay muchos que se han vuelto descreídos y apenas uno deja de creer que la felicidad humana es posible se convierte en momio altiro.


-Pero en la tradición de la izquierda es hacer los cambios desde los partidos. Y usted no milita en ninguno.-Es necesario estar en una organización, no en un partido. Yo creo que todos los que creen que el comunismo es posible deberían llamarse comunistas, independiente de sí tiene el timbre del partido o no. Esa es la firme, la política debe ordenarse en base al horizonte, cómo va a ser ese mundo sin clases que queremos. El problema es que los mismos militantes del PC hace rato que dejaron de hablar del comunismo. Y ordenaron todo en base a objetivos electorales. Los bolcheviques hablaban en grande y la izquierda ahora habla en chiquitito, con horizontes de dos años más, dos elecciones más.


-Ahora que se está celebrando el XXII Congreso del PC, usted qué le aconsejaría a Gladys Marín. Que se retire con honores, lo hizo excelente, gran valor de la política chilena. A mí me da no sé qué opinar como ex comunista pero lo que hay que hacer ahí es un cambio drástico en la Comisión Política nombrando una comisión que tenga en promedio 30 años. Los comunistas se han farreado generaciones y generaciones de dirigentes estudiantiles que tienen su momento de éxito y que después pasan al olvido.Es difícil pedirle a militantes cuya vida está ligada a eso que pasen a segundo plano y dejen que entren tipos de 30. Tendría que haber una generación de jóvenes que se tomen todo el partido, no sólo la juventud. No lo harían más mal de lo que lo están haciendo ahora y serían más creíbles. De hecho eso es lo que está haciendo la UDI, que no tiene problema en tirar candidatos a diputados de 24 años. En la izquierda siempre existe el representante de las mujeres, el compañero mapuche que va en la cuota de los mapuches, pero la hegemonía se mantiene igual.Lo que hay que hacer es dar un golpe y porrazo y lo que se conseguiría es un aumento de credibilidad. Los cabros pueden tener más olfato político en un ambiente político enrarecido. O sea pueden tener el olfato de no dialogar con la Concertación, que es el cálculo que haría Tironi, que les recomendaría una operación de Relaciones Públicas, y a la Gladys Marín que se maquille para que aparezca en tales y tales medios. Esa es la típica jugada por arriba y en cambio los cabros tendrían el mejor olfato de jugársela por abajo, confiando más en la gente y menos en los medios.


LA FICHA DE PÉREZ SOTO: Tiene 48 años, tres hijos y dos matrimonios a cuestas. De profesión profesor de Estado en Física, hace clases de Filosofía de la Ciencia en la Universidad Arcis (obvio). Hasta finales de los ochenta militó en el Partido Comunista, pero en vez de irse a la Concertación propuso refundar el partido. Sus clases y seminarios sobre marxismo son un mito entre los alumnos y él dice que son su excusa para hacer política.


Entrevista Publicada en Diario La Nación, Santiago de Chile Domingo 20 de Octubre de 2002

martes, 25 de marzo de 2008

Entrevista a Carlos Pérez Soto

Conversando con Carlos Pérez:

El Comunismo es una Sociedad en que la Diversidad Humana se Realiza a través de la Diferenciación

El profesor Carlos Pérez Soto, está íntimamente vinculado a la historia académica de la Universidad Arcis. Como el mismo reconoce: "Yo soy profesor de Estado en Física y teóricamente debería hacer clases en 3° y 4° año medio", pero en la década del ochenta, producto del vacío cultural que reinaba en el país, "por ahí hubo una rendija por la cual insertarse". Inquieto y polémico, fue formador de una parte importante de generaciones que intrigadas se adentraban en el estudio del marxismo "Los cursos que he hecho de marxismo siempre han sido paralelos a los cursos formales. Desde luego por que no hay cursos formales de marxismo. En las universidades que he estado, siempre han facilitado el espacio". Espacio que lo ha convertido, según la crítica, como uno de los académicos más involucrados en el tema de la teoría marxista.
Prolífico creador, a la fecha ha publicado: "Sobre un Concepto Histórico de la Ciencia", Arcis-Lom, 1988; "Sobre la Condición Social de la Psicología", Arcis-Lom 1996; además de los Cuadernos de Trabajo, de la Universidad Arcis; En su último libro "Para una Crítica del poder Burocrático: Comunistas otra vez", de la serie Punto de Fuga, editado por Editorial LOM y la Universidad Arcis, 2001; Carlos Pérez, no sólo aborda el marxismo, sino que, propone una opción radical: darle vulta la espalda a la tradición marxista del siglo XX y enfrentar, desde su perspectiva, el maxismo del siglo XXI

Partamos por una pregunta tan radical como su libro ¿Qué sentido tiene hablar hoy de marxismo?
Para hablar de Marxismo, yo creo que se debe distinguir muy claramente entre Marx y marxismo, el marxismo de los marxistas y el marxismo posible. A mí me interesa hacer una operación en la cual uno pueda saltarse el siglo de los marxistas, que es el siglo XX... y arrancar de Marx para crear un marxismo de cara al siglo XXI, para entender la dominación tal como se da en la época contemporánea. Yo creo que los conceptos fundamentales de Marx pueden ser usados para eso; por ahí digo en el libro "con su consentimiento o sin él". A mí me importa más que sea pensable una revolución, una sociedad sin clases, que la fidelidad a los textos. Y me parece que los textos de Marx contienen sugerencias suficientes como para armar un concepto de la historia, un concepto de la revolución; que haga pensable la posibilidad de una sociedad sin clases

Está sociedad sin clases Ud. la identifica como el Comunismo; pero, ¿este comunismo tiene como paso previo el Socialismo?
No, yo creo que no.

¿Podría explicarse?
Lo que pasa que la palabra Socialismo tiene un doble sentido, por un lado tiene una connotación valórica, o sea, el socialismo era lo que queríamos, el ideal de los bolcheviques, lo que quería el Che Guevara y lo que toldo el mundo pensó de manera muy natural. Donde tenía que haber una transición, particularmente en sociedades atrasadas; el Comunismo se veía como una sociedad de abundancia en una época de industrialización.
Por otro lado está la connotación objetiva que conduce a la socialización de los medios de producción. Yo creo que lo que muestra la experiencia de los socialismos reales, por un lado y la evolución de los países capitalistas más avanzados, por otro lado, es que la socialización de los medios de producción no necesariamente implica que terminen los conflictos de clase ó siquiera que aparezcan contradicciones no antagónicas. La socialización de los medios de producción, puede ser una figura jurídica que legitime el poder de una clase dominante que se apropia del producto social por un recurso distinto del de la burguesía. En ese sentido, las sociedades que se llamaron socialistas no fueron socialistas en el sentido bolchevique de la palabra, fueron revoluciones industriales forzadas, dirigidas por una vanguardia burocrática revolucionaria que usufructuó del producto social en virtud del dominio que lograron de la división del trabajo. Entonces, cuando miro hacia el siglo XXI, yo no creo que el comunismo pueda surgir de una sociedad atrasada. Las sociedades atrasadas pueden progresar mucho... Para decirlo de manera general, las sociedades pobres, pueden progresar muchísimo sin superar sus conflictos de clase. En el sentido que los estándares de vida pueden crecer muchísimo, dentro del capitalismo y sobre todo dentro de una sociedad burocrática, sin que eso implique la libertad humana o la autorealización o el fin de la enajenación. El comunismo es pensable desde una sociedad muy altamente industrializada, de muy alta tecnología, desde una sociedad de abundancia.

Esto sería volver a Marx que pensó la revolución en los países más avanzados como el caso de Inglaterra...
Yo creo que Marx no pensó la revolución en un país más adelantado, pensó la revolución como un proceso que afectaba al capitalismo en su conjunto. Hay una parte en la Ideología alemana donde él explica y critica la idea en un sólo país. Yo creo que la revolución no tiene que ver con un país o un sector de países desarrollados, sino con un estado de la sociedad humana...

Pero el tema que sólo podría darse el comunismo en los países altamente desarrollado, ¿en qué estadio deja a los países subdesarrollados y particularmente a Latino América?
Yo no soy un optimista histórico, pero tampoco soy un pesimista en el sentido de cortarse las venas en favor de que nada se pueda hacer; no soy un pesimista metodológico, en el sentido que creo que el triunfalismo le ha hecho mucho mal a la tradición marxista. Yo creo que los pobres del planeta, los marginados, los 2000 millones de pobres que hay en el mundo van a ser exterminado a lo largo del siglo XXI; entonces el problema de la pobreza se va a ir resolviendo de la manera más cruel posible. Ahora, uno podría evitar eso, integrando a los sectores marginados al mercado capitalista o al mercado burocrático que es un mercado benefactor. Yo creo que la alternativa de los pobres es el capitalismo en una sociedad burocrática benefactora; pero el comunismo, es una sociedad donde queremos superar la división del trabajo, lo que queremos es terminar con la enajenación. Uno no puede pensar en terminar con la enajenación en lugares donde la gente no tiene casas, donde la gente no sabe leer. El primer objetivo es que la gente alimente sus estándares de vida; otro objetivo es la felicidad humana en la sociedad sin clases. Yo creo que esos dos objetivos están relacionados entre sí, por que el simple aumento en los estándares de vida no es un objetivo revolucionario, es un objetivo reformista, reivindicativo y el capitalismo provee medios para lograrlo; los capitalistas pueden hacer viable su propuesta, aunque no tengan ganas de hacerlo. A mí me parece que la lucha de los pobres es revolucionaria cuando apunta hacia el comunismo, pero no es esperable que una sociedad de pobres llegue al comunismo.

Haber, pero Ud. sabe que las reivindicaciones tienen un límite. Incluso en Chile el Estado benefactor se quebró el año 73, producto de que las clases adineradas del país, en concomitancia con los Estados Unidos, no podían permitir el avance de las fuerzas populares...
Yo creo que eso no es cierto empíricamente...

Empíricamente en el año 73 hubo un golpe de Estado que echó por tierra un proyecto nacional populista.
Bueno eso es cierto...

En su opinión, ¿eso no ha pasado en toda Latino América, en la medida en que los pueblos han ido logrando reivindicaciones...?
Yo creo que cuando se habla del crecimiento político del molimiento popular, por cierto, hubo una década de reacciones militares que devastaron el movimiento popular. Pero si consideramos el aumento de los estándares de vida, ha habido un aumento objetivo en los estándares de vida en sectores muy importante de la población; lo que pasa es que simultáneamente, ha habido un empeoramiento absoluto en otros sectores de la población. El caso de Chile es paradigmático, en Chile nunca se había consumido tanto como se consume ahora, y hay una tercera parte del país que consume muchísimo, más que en tiempos de la Unidad Popular, lo que pasa que por otro lado, hay una tercera parte del país, que nunca había sido tan pobre como hoy o había estado tan lejos de las oportunidades como ahora. Las diferencias respecto del capitalismo más clásico, son que ahora no hay ascenso social, los pobres ya no son simplemente pobres, sino que son marginados del sistema de la producción. En este sistema de marginación, si tú sacas estándares promedio, son demasiado bajos; pero lo que estabiliza la situación política de este país es que hay un tercio de la población que tiene índices de consumo muy alto

¿Ud. Habla de una clase media...?
No. Precisamente eso es lo que falta. Yo hablo de integrados y marginados...

- Pero, ¿no es muy brutal poner dentro de los integrados al dueño de una empresa junto con un trabajador que gana $ 150.000 al mes o menos?
Por cierto es muy brutal, pero esa es la realidad política... la estabilidad política depende de eso. Depende de que hay trabajadores que tienen una capacidad de compra -especulativa, porque se basa en la capacidad de crédito-, pero si se portan bien en los trabajos pueden responder a la capacidad de crédito... no son endeudamientos insolucionables, endeudamientos crónicos. Este es un capitalismo que funciona de esa manera, entonces no tienen problemas en seguir endeudando a la gente. Ahora, yo creo que la estabilidad política de este país se debe a la comunidad de perspectiva vital entre aquellos trabajadores que ganan $ 300.000 y los gerentes de Banco que ganan 10 millones de pesos al mes. De hecho el 67% de los mayores de 18 años en este país o votan por Lavín o votan por la Concertación. Si tú proyectas eso a los demás países, te vas haencontrar que estas sociedades neoliberales tienen una capacidad de estabilizar socialmente a los países en forma abrumadora, el caso de Corea, donde la sobreexplotación es espantosa, tiene una estabilidad política análoga... tanto que el presidente de Corea se gana el premio Nobel de la paz.
Por lo mismo, el hecho de que haya integrados y marginados es lo que permite pensar la perspectiva revolucionaria del siglo XXI. Los estándares de vida de toda la humanidad, crecen a costa del exterminio de un tercio de la humanidad. En ese sentido los reformistas pueden alcanzar los objetivos que se proponen, con el único detalle que en el camino se van a morir 2000 millones de personas.

Los revolucionarios tienen que ser como mínimo reformistas

- ¿Qué entiende por reformismo?
La capacidad de gestionar el sistema capitalista bajo una regulación burocrática que permita hacer crecer las fuerzas productivas.

- Para que todos nos entiendan y en buen chileno: hacer más eficiente la teoría del chorreo...
Sí. La teoría del chorreo funciona en dos niveles. Uno, si efectivamente hay crecimiento capitalista, no todo el crecimiento es especulativo; por otro lado la capacidad de empleo duro va disminuyendo producto de la aplicación de nuevas tecnologías. Ahí empieza a operar el chorreo de otra manera, ya que los integrados a la producción tienen capacidad de compra para crear empleo parasitario, entonces el país se llena de jardineros, de nanas, de cuidadores de autos, de vendedores ambulantes... que no existirían si no hubiera gente que les compre las cosas. Eso le da estabilidad política al sistema... por que la gente que vende super8 es capaz de votar por Lavín, por que les da alguna perspectiva en su vida. En ese sentido yo creo que las políticas reformistas son viables económicamente, porque producen crecimiento económico, de manera objetiva, y son viables políticamente, por que allí donde no producen crecimiento económico, son capaces de ocultarlo a través del empleo parasitario o de las políticas asistenciales del Estado.

- ¿Cómo se mira eso desde su perspectiva revolucionaria?
Eso es catastrófico, ya que nosotros sacamos la cuenta siempre que el capitalismo va a cometer errores, de que eso se va a traducir en pobrezas indignantes, en perdidas de expectativas y la gente va a terminar perdiendo la paciencia... eso es justamente lo que no ocurre, ni en las peores condiciones en un sistema neoliberal bien llevado.

- O sea, ¿para los que vivimos en países tercermundistas, estamos en una situación sin salida...?
Yo lo pondría de esta forma: Los pobres no están peleando por la revolución están peleando por no ser exterminados. Esa pelea puede conducir a que salgan de la pobreza y se integren a un régimen de explotación burocrática.

- ¿Un discurso opositor exitoso, a su juicio debiera ser un discurso reivindicativo no revolucionario?
Yo creo que la relación entre reformismo y revolución tiene que ser revisada... yo no entendería a un revolucionario que no es como mínimo reformista. Yo sospecharía de un revolucionario que piense en el comunismo, y no piense que la gente lo que quiere tener es una casa, una escuela. Los revolucionarios tienen que ser como mínimo reformistas, la diferencia empieza de ahí para arriba... las políticas reformistas están dentro de las políticas revolucionarias. Nosotros si fuéramos medianamente honrados podríamos con Foxley, con Allamand, con Lagos, proponer una política de crecimiento integrada plenamente al mercado mundial, eso le ayudaría a mucha gente.

- ¿Y que lo distingue a Ud. como revolucionario?
La capacidad de ir más allá de esos objetivos. Digo esto, por que tradicionalmente, en forma inútil y estéril, la pelea al interior de la izquierda es: o eres reformista o eres revolucionario. Para mi no es contradictorio reformismo y revolución lo que pasa es que la revolución trasciende al reformismo. Nosotros si llegáramos al gobierno, debiéramos entregar a los particulares la educación, la salud... el problema que si nosotros llegáramos al gobierno, no habría canallas en las ISAPRES ni habría la canallada que son las AFPs.

- ¿En el fondo, lo que Ud. plantea es la vuelta al Estado Benefactor o Keynesiano?
Sí... yo creo que el Estado paternalista existió a los dos lados de la cortina de hierro...

- ¿Eso lo justifica...?
Eso le quito autonomía a los ciudadanos, les quitó capacidad de autogestión... lo que hizo fue absorber el poder popular en el poder central.

- Hay un aspecto que no me queda claro. ¿En qué momento el pueblo que Ud. plantea, se propone llevar a cabo la revolución Comunista?
La revolución comunista que yo planteo, va a ser mundial y va a ser a través de Internet. Si hablamos de la revolución tipo bolchevique, ésto conduce a la industrialización forzada y a la dictadura burocrática.

- Para centrar la discusión en la práctica. Hoy en día, existe en América Latina un incipiente pero fuerte movimiento anti capitalista, incluso, en situaciones más avanzadas como en el caso de Colombia, se habla de socialismo. A su juicio, ¿estos procesos están condenados, en el caso de que triunfen, a caer en regímenes burocráticos al estilo de los socialismos reales?
Yo creo que una revolución del tipo bolchevique en América latina, si no es exterminada por rayos láser desde el espacio, podría industrializar los países en que se dé, podría aumentar los estándares de vida significativamente. Pero sinceramente no me imagino un lado exterior a la globalización... el mundo globalizado no tiene lado de afuera. El lado de afuera del mundo globalizado es el exterminio. Ahora lo que sí yo creo, es que la globalización crea las condiciones materiales para que se dé un salto y lleguemos al Comunismo. La idea de la transición local en un país o en un continente me parece apropiada para subir los estándares de vida pero no creo que conduzcan necesariamente a una sociedad comunista. Es importante considerar que la voluntad revolucionaria también puede ser una voluntad enajenada, en el sentido de que un bando revolucionario puede creer que hace una cosa y en definitiva hace otra. Ningún bolchevique quiso producir una dictadura revolucionaria ni un archipiélago Gulag, pero de hecho fue eso lo que hicieron.

Los revolucionarios tienen que tener futuro nomás

¿Ud. no reconoce en el pensamiento latinoamericano, aportes a la teoría marxista, como Mariátegui, el Che, Recabarren, etc?
A mí no me parece que Latino América tenga nada de especial, no sé porque los africanos o asiáticos no podrían decir lo mismo de sus regiones. Esa lógica conduce a que los rusos tenían algo raro como rusos... yo no creo que los latinoamericanos tengan ninguna virtud especial.

¿O sea, no hay ningún aporte?
Voy a ser cruel. No creo que los latinoamericanos tengan nada especial en relación con los africanos o los rusos. Si a los rusos les pasó lo que les pasó, a los latinoamericanos podría pasarles lo mismo... aún aprendiendo de los errores del pasado. Pero hay una distinción que me gustaría hacer, hay un marxismo de papel que es el marxismo históricamente ejercido, éste es emocionante,

¿Incluyendo el suyo?
Por cierto, está lleno de ilusiones, de buenas ideas. Yo no me canso de emocionarme de las buenas ideas de Recabarren, lo que pasa es que Recabarren se suicidó y el Partido Comunista chileno no tiene la menor acogida en le conjunto del pueblo hoy día. A mí me parece que el marxismo de Gramsci, de Luckas podría servir muchísimo para aprender, pero que el marxismo del siglo XX es el marxismo real no el de papel. Yo creo, como lo digo en el libro que los revolucionarios tienen que tener futuro nomás, no tienen que tener pasado.

¿Qué rol juegan los Partido políticos, desde su concepción, en la construcción del comunismo?
Yo creo que la política moderna está relacionada con la dominación moderna. El discurso de la dominación fue resistido con la misma lógica. La dominación moderna necesitaba homogeneizar para poder dominar; correspondiente con ello, la política moderna fue pensada como homogeneizadora... o tú perteneces a mí partido o simplemente estás en contra. La dominación actual no necesita homogeneizar para poder dominar, es capaz de dominar en la diversidad produciendo diversidad. De la misma manera la política de oposición contemporánea debería ser una política diversificadora; eso significa que tiene que haber partidos políticos, tiene que haber movimientos, tiene que haber minorías étnicas, tiene que haber organizaciones sociales que encuentren su identidad en el rango que quieran.

Para ponerlo en lo concreto, ¿le parecen viables estas organizaciones o coordinaciones que se han dado en contra del capitalismo, movimientos antiglobalización, lo que se hizo en Chile con respecto a reunión del BID?
Sí, me parecen que son plenamente viables en principio, no sé si empíricamente van a resultar. La mayoría de esas opciones al final resultan fallidas... pero yo creo que son viables en principio. De lo que se trata es de dar una pelea en paralelo, redundante, diversificada... una pelea en que cada actor local tiene al mismo tiempo objetivos locales y universales.

¿Eso sería un fundamento del comunismo futuro?
Uno de los temas que yo tematizo en mi libro es qué debemos entender explícitamente por Comunismo. El comunismo es una sociedad en que la diversidad humana se realiza a través de la diferenciación, el comunismo no puede ser un ideal homogeneizador, de hecho, la dominación es homogeneizadora. El comunismo no es una sociedad donde todo el mundo sea feliz, ni es una sociedad donde todo el mundo lo sepa todo, el comunismo es una sociedad donde se puede ser feliz, es decir, donde las causas del sufrimiento humano, son superables de manera intersubjetivas. En este sentido el Comunismo es verosímil.

Todas las revoluciones son violentas

¿Qué rol juega la violencia revolucionaria en la construcción del comunismo?
Me parece que las discusiones en torno a la violencia son de una hipocresía galopante; por que desde luego una sociedad en que la tercera parte del país está en hoyo, es una sociedad tremendamente violenta... para que vamos a hablar de los 3.000 desaparecidos y 300 mil torturados. La discusión es hipócrita, ya que cuando los pobres se ponen violentos hay violencia, cuando los ricos se ponen violentos hay justicia. Pero si uno pasara la capa de la hipocresía y se preguntara un poco más seriamente, ¿qué pasa con la violencia? Lo que hay que decir es que todas las revoluciones son violentas, son violentas en términos existenciales. Es violento que alguien que se crió en su fundo le quiten su fundo, la violencia existencial es síquica y física... no es lo mismo que alguien sufra de amor a que alguien lo torturen. La violencia física es bastante problemática, yo creo que uno no debería odiar a los enemigos... eso lo aprendí en una película del padrino, el padrino dice: no odies a tus enemigos

Aunque acabó matando a todos sus enemigos...
Claro, por que a él lo que interesaba era ser eficaz. Uno no debe odiar a los enemigos por que los revolucionarios no tienen enemigos personales, el enemigo de los pobres no es el burgués, es la burguesía como clase. Lo que nosotros esperamos, es que la guerra revolucionaria sea una guerra profundamente humanizadora, nosotros no estamos diciendo que no vayamos a ir a la guerra, estamos diciendo que vamos a ir a una guerra para terminar con todas las demás guerras. Ahora va ser violenta igual, al enemigo le va a doler igual... pero los enemigos de los revolucionarios tienen derecho a que sus derechos sean respetados. Ahora en concreto, para no esquivar la pregunta. El problema de la violencia en la izquierda tiene que ver con el ultraizquierdismo, yo me opongo a una violencia que no sea una violencia de masas, me opongo a la violencia ejemplarizadora. Es decir, a un acto violento a través del cual se pretende dar un ejemplo de valentía, de coraje, de que las cosas pueden ser distintas, me opongo a una violencia en que los ciudadanos no puedan seguir. Yo soy partidario de las barricadas masivas del 83 y soy un profundo crítico de las barricadas vanguardistas del 86; es decir, cuando las barricadas perdieron su conexión con el movimiento popular masivo, con el sentido común de los ciudadanos, perdieron su sentido político. La violencia ejemplarizadora es típica del enemigo.

Déjeme ver si entiendo, ¿Ud. cree en una violencia de masas defensiva?
Incluso ofensiva, pero de masas

¿Cómo se caracteriza esa violencia ofensiva?
Cuando un pueblo va a la guerra, yo creo que es legítimo...

¿Cómo la revolución bolchevique, asaltando el palacio de invierno...?
Sí. También como en la revolución nicaragüense...

Pero la Revolución nicaragüense tuvo un componente determinante también llamado FSLN, que se constituyo en un verdadero ejército profesional...
Lo voy a decir de una manera muy cruel. El frente Sandinista empezó a ser legítimo cuando el conjunto del pueblo nicaragüense se terminó cansando de la dictadura de Somoza.

Pero está de acuerdo, que los componententes profesionalizados en la lucha revolucionaria jugaron un papel importante...
Es probable que en el siglo XX esas cosas resultaran, la mayor parte de las veces no resultaron. La revolución bolchevique fue masiva...

Pero entendamos que en la revolución bolchevique hubo una parte del ejército que se pasó al bando de los revolucionarios. En el caso de Latino América, producto de la doctrina de seguridad nacional, los ejércitos pasan a ser un aliado natural de las clases dominantes...
Nunca se ha ganado una guerra contra un pueblo, se puede ganar una guerra contra un ejército, pero nunca contra un pueblo. El valor técnico militar de los ejércitos tiene que ser evaluado políticamente. Creo que los ejércitos pueden ser copados por la presión política del movimiento popular. Yo me opongo a la idea de vanguardia, por que creo que el destino de las vanguardias es convertirse en poderes burocráticos.

Uno puede ser honrado en una época y canalla en otra...

¿Qué pretensiones tiene este libro?
Que lo lean los jóvenes. No tengo muchas expectativas de que la izquierda de los 70, 80s o 60s puedan entender algo. Yo espero que los estudiantes, que los jóvenes, que la gente que nació o rea muy niño cuando la dictadura se empezó a llamar democracia, lea y sepa que se puede olvidar del siglo XX y que puede tener un horizonte distinto y propio. La operación que propongo en este libro es muy radical, el marxismo entre 1880 y 1980 simplemente debería ser borrado del mapa. Están donde están y nosotros no tenemos nada que ver con eso. Yo creo que nosotros debemos ponernos en el punto en que estaban los bolcheviques en 1880; es decir, inventándolo todo. Yo creo que la generación de los 60s ha frustrado a la generación de los 70s a la de los 80s a la de los 90s. Es decir la generación de los 60s ha prolongado su impotencia histórica, su amargura, su desencanto una y otra vez sobre generaciones y generaciones. Uno puede ver como los dirigentes estudiantiles que aparecieron el 68 hoy son unos socialdemócratas, los que aparecieron el 83 lo son igual, el 89, el 93 son igual y el 96 van para la misma... la generación de los 60s ha contaminado a las generaciones jóvenes. Los revolucionarios no necesitan del pasado para vivir en el futuro; no somos herederos de nadie, no venimos en nombre de nadie, tenemos fuerza propia y los jóvenes tienen entusiasmo suficiente como para inventar el mundo de nuevo... eso es política contingente

¿Qué autocrítica hace Ud. como miembro de la generación de los 60s, como intelectual de los 80s y como militante político... Ud. fue militante del Partido Comunista.
Los comunistas dicen que yo nunca fui comunista, a uno no sólo lo echan para delante sino también para atrás. Ahora, yo creo que en algún sentido tienen razón, yo fui un militante muy irregular y cuando fui militante, fui un muy mal militante... yo fui un muy mal militante del partido de Luis Corvalán y al partido que no pertenecí fue al de la Gladys Marín, ahí tienen razón en un 100%.
Ahora, en el año 89, con la vuelta del democratismo, cuando yo todavía figuraba en la taquilla intelectual del PC, en un acto en el Diego Portales, yo dejé consignado que los jóvenes se van alzar contra nosotros y nos van a tratar de viejos amarillos y reaccionarios. No sólo por que fuimos derrotados, sino por que lo traicionamos todo. Además inventamos un cuento que hiciera legítimo nuestras traiciones y canalladas... entonces van a acercarse a este edificio y van a empezar a apedrearnos a nosotros que creemos vanagloriosamente que estamos recuperando la democracia. Lo que yo dije en ese momento, es que cuando eso ocurra, cuando los jóvenes nos traten como viejos reaccionarios, amarillos y traidores, entonces yo voy a atravesar la calle, me voy a poner al otro lado y voy a tirar una piedra para este lado. Yo creo que como generación nos hemos portado de una manera vergonzosa... yo no pienso liberarme de culpas en eso. Lo que puedo hacer es mostrar una cosa distinta; lo que puedo hacer es no andar vanagloriarme de las torturas del exilio para legitimar las canalladas actuales. Uno no es honrado una vez en la vida y para siempre, uno puede ser honrado en una época y canalla en otra... y actualmente circulan una cantidad enorme de canallas legitimando sus canalladas con las torturas que recibieron hace 20 años.
Como ejemplo, vinieron unos chicos a preguntarme algunas cosas que proponer en la Jota, para cambiar las cosas. Entonces yo les dije, miren compañeros: 1°, Que el PC de Chile rompa con el pasado soviético y que declare que era una dictadura totalitaria y vergonzosa; 2°, que pase a retiro la Sra. Gladys Marín y que pongan a Roco de Secretario General, que la comisión política tenga una edad promedio de 25 años. Que se acabe con el centralismo democrático, que no es otra forma de legitimación burocrática, es un eco donde la cúpula tira hacia abajo y recoge su misma palabra. Además, no tiene sentido hacer una política clandestina en un sistema de dominación que lo sabe todo... hay que hacer una apolítica cuya fuerza derive de su visibilidad, por que la posibilidad que tenemos de ocultarle algo al enemigo es prácticamente cero.

Astiel Larruá