lunes, 14 de julio de 2008

La evolución de la economía China



Ramon Aymerich | Shanghai. La Vanguardia

Haian está a un centenar de kilómetros al nordeste de Shanghai. Es todavía un paisaje rural con casas diseminadas entre canales y campos de cultivo en el delta del Yang Tse. Pero Haian, con un millón de habitantes, es también un emporio manufacturero. La expedición organizada por FemCat - una fundación constituida por empresarios catalanes- ha viajado hasta allí para conocer de cerca una de las dos factorías que Simón, empresa de material eléctrico, tiene en China. Antes, sin embargo, son invitados por las autoridades locales a visitar una fábrica de pantallas de televisor y ordenadores. "¿De qué marca?", pregunta un expedicionario. "De la que usted quiera", contesta el responsable de la factoría.

Tras la visita, la expedición se dirige a uno de los hoteles de Haian, donde les espera un almuerzo con Delai Ke, la responsable local del partido, con años de experiencia en el trato con empresarios. "Brindemos por que haya más inversiones como las de Simón", sonríe, mientras levanta la copa de vino. Los invitados brindan con ella. "Brindemos por la amistad entre países", insiste Delai Ke. Otro brindis. Por la paz mundial. Más brindis. Por una delegación tan simpática. Y así un trago tras otro hasta que la conversación surge más fluida...

Tras la sobremesa, los empresarios se acercan hasta la fábrica de Simón. Los de Olot se instalaron en Haian en 1999. En el interior de la nave hay más de un centenar de mujeres. Ganan 80 euros mensuales por ocho horas de trabajo. Ocho horas diarias entre interruptores. "Cada mes revisamos el trabajo de los diferentes grupos. El que mejor lo hace se lleva una prima y una bandera que acredita que es el mejor", explica el ingeniero Tsan.

Simón llegó a Haian atraída por los bajos costes de fabricación. Pero en estos nueve años la empresa que dirige Xavier Torra ha descubierto la importancia del vasto mercado local, 1.350 millones de personas. Hoy China se lleva el 80% de su producción - sus interruptores están en el mismo Estadio Olímpico de Pekín- y sólo el 20% se exporta.

China está cambiando a gran velocidad. Desde que Deng Xiaoping inició en 1978 el camino de la liberalización, el eje de su economía ha sido la manufactura de bajo coste con destino a la exportación. Pero hoy, a las puertas de su reconocimiento internacional como potencia gracias a los Juegos Olímpicos, China es más interesante como mercado de consumo en expansión - el segundo del mundo- que como fábrica global del todo a cien.

"El mercado interior ha ganado en protagonismo. Ahora mismo se van a construir más hospitales y la sanidad pública pasará a atender 600 millones de personas. Eso para nosotros es una gran oportunidad", afirma Albert Esteve, vicepresidente de la farmacéutica y química Esteve.

Esteve empezó a frecuentar China en la década de los 80, pero no inauguró su primera planta, en Yiwu, hasta mayo del 2001. "Vinimos aquí por el bajo coste, pero encontramos talento. Pronto abriremos una segunda planta y haremos I+ D", explica Esteve, para quien el mercado chino es más complejo de lo que se percibe en el exterior. "En materia ambiental, al menos en la costa, que es donde estamos, las autoridades son más exigentes en según qué aspectos que en Catalunya", afirma este ejecutivo.

Flamagas, tercer fabricante mundial de encendedores, propiedad de la familia Puig, se instaló en China en el 2004. "Nuestros productos exigen un desarrollo de tres o cuatro años - explica su director general, Xavier Puig-, pero es una producción de alto volumen y poco valor añadido". Dicho esto, señala que "no es verdad que los costes laborales sean tan baratos: si uno hace las cosas bien y cumple con la legislación, no lo son". Y añade: "Vinimos también por la marca, que es nuestra defensa, porque ahora mismo los chinos no piensan en el marketing. Pero ya lo harán".

El gran foco emisor de mano de obra barata de los últimos 30 años ha sido la China del interior rural. Pero según explica la Academia China de Ciencias Sociales (CASS), un think tank tutelado por el Estado, ese flujo migratorio ha empezado a agotarse.

Y el ritmo de crecimiento de los salarios ha ido en aumento: del 11,5% en el 2006, del 20% en el 2007... "El problema no son sólo de salarios. También es de rotación de la mano de obra. Entrevistas a alguien con un currículum inmaculado y de pronto ves que lleva un mes en la empresa y ya quiere irse. Hay que hacer malabarismos con todo eso", precisa José Luis del Rey, responsable de Ficosa en aquel país. Ficosa, la empresa de componentes de las familias Pujol y Tarragó, puso un primer pie en China en el 2002, en Taicang. "Siempre pensamos en el mercado local. Desde entonces hemos creado un centro de ingeniería y puesto todo nuestro esfuerzo en el concepto de calidad, que no es cosa fácil. Hay que saber retener el talento y no menospreciar la cultura local".

Joan Dedeu, presidente de China Consultants, que ha llevado un montón de empresas hasta China, relativiza el tema salarial. "Queda todavía margen para el bajo coste, pero hay que ir al interior. Y tener en cuenta que el Gobierno está haciendo un importante esfuerzo para mejorar las condiciones laborales e incentivar el consumo interno".

Puig, Esteve, Del Rey y Dedeu discuten de todo ello en una de las aulas de la China Europe International Business School (Ceibs), la escuela de negocios que el Gobierno chino creó en 1994 en colaboración con la Unión Europea. Están en el interior de un campus magnífico obra del arquitecto I. M. Pei. La Ceibs es punto de encuentro frecuente para los negocios en aquel país, más si cabe para las empresas catalanas, debido a que un barcelonés, el ingeniero Pedro Nueno, preside el comité académico de la escuela.

Cuando abrió sus puertas, la Ceibs se encontraba en la periferia de Shanghai. Hoy ha quedado engullida por una ciudad que ya rebasa los veinte millones de habitantes y ha recobrado el esplendor que tuvo en la década de los treinta, cuando se la conocía como la Perla de Oriente. Shanghai ha perdido el aire soñoliento que todavía conservaba hasta mitad de los ochenta y es hoy el mejor escaparate del capitalismo chino, donde el tradicional lujo oriental - del jade a la seda- se entremezcla con los Maserati y los gadgets electrónicos japoneses. Todo ello en una ciudad que combina riqueza extrema y pobreza y que posee una gran vida nocturna, convertida ya en la capital cultural de Asia.

La elegancia del Bund, el viejo barrio francés, compite hoy con el skyline futurista del distrito de Pudong, al otro lado del río Huangpu, hace sólo dos décadas una sucesión de campos de cultivo. La ciudad es también la preferida por los expatriados, donde las condiciones de entorno son más soportables para un occidental.

En una callejuela del barrio francés, en los alrededores de la calle Huai Hai Lu, se encuentra El Willy, un restaurante. El Willy, su cocinero, es en realidad Guillem, y la persona que atiende al comedor es Paula Segura, también de Barcelona. Sobre las mesas, detrás de lo que asemejan bocados japoneses, uno puede encontrarse con una esqueixada o una caldereta de langosta.

Esa noche se han reunido en El Willy dos docenas de catalanes que viven en Shanghai, casi todos por debajo de la cuarentena. En una misma mesa se sienta gente como David Casamiquela - antes en el textil familiar, ahora en Desa, empresa de la construcción- o Sergi Escorihuela, de Telstar, que aprovecha su planta en China "para exportar a Estados Unidos porque fabricamos en dólares". Hay también gente como Marc Vallès, de Soler & Palau, a punto de volver a casa, o Montse Gutiérrez, del departamento de compras de Irestal, empresa que va a instalarse pronto en la zona. Ella está aquí para negociar con BaoSteel... O Julià Chaler, de Celo, la tornillería de Castellar del Vallès que viajó hasta China para seguir a su principal cliente, Ficosa. O Xavier Alonso, de Hewlett-Packard, que busca talento para el centro de Sant Cugat...

Llevan allí uno, dos, tres años. Sólo en ese periodo se han percatado de la fuerza de aquel mercado. ¿Hasta cuándo? De vuelta a la Ceibs, el economista Jianmao Wang, próximo al partido, sonríe cuando se le hace esta pregunta. "Sé que se habla mucho de los peligros que acechan a la economía china. Del desastre ambiental, el envejecimiento de la población, las desigualdades sociales... Pero no lo duden, nos quedan todavía dos décadas de crecimiento rápido".

Enlace a Diario La Vanguardia

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