miércoles, 15 de abril de 2009
El G20, la crisis financiera y el neoliberalismo
David Harvey/Amy Goodman
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
TRANSCRIPCIÓN NO EDITADA –
AMY GOODMAN: Para hacer un cierto análisis sobre la cumbre del G20 en Londres y la crisis financiera en general, tenemos entre nosotros a un destacado pensador sobre la economía global, David Harvey. Es un geógrafo marxista y distinguido profesor de antropología en el Centro de Posgrado de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Es autor de varios libros: incluidos “The Limits to Capital “y “A Brief History of Neoliberalism.” Publicó una larga entrevista sobre la crisis financiera en la última edición de “n+1 magazine,” nplusonemag.com. David Harvey está ahora con nosotros Democracy Now!
Bienvenido a Democracy Now!
DAVID HARVEY: Gracias.
AMY GOODMAN: ¿Qué piensa que se proponen los dirigentes del G20? ¿Y qué hay que hacer en este país?
DAVID HARVEY: Lo que tratan de hacer es reinventar el mismo sistema. Y pienso que es una preocupación colectiva, y que hay mucho regateo sobre los detalles. Pero el argumento fundamental que presentan es, ¿cómo podemos realmente reconstituir el mismo tipo de capitalismo que teníamos y que hemos tenido durante los últimos treinta años de un modo ligeramente más regulado, benevolente, pero sin cuestionar lo fundamental? Y pienso que es hora de que cuestionemos lo fundamental.
AMY GOODMAN: ¿Qué es lo fundamental?
DAVID HARVEY: Lo fundamental tiene que ver con el increíble aumento en la consolidación, si se quiere, del poder de clase. Quiero decir que, desde los años setenta, hemos visto un tremendo aumento en la desigualdad, no sólo simplemente en este país, sino en todo el mundo. Y, en efecto, los recursos del mundo han sido acumulados más y más y más en pocas manos. Y pienso que si uno considera la naturaleza de los programas de rescate, los programas de estímulo y todo el resto, lo que realmente hacen es tratar de mantener intactos esos recursos mientras hacen que el resto de nosotros paguemos la cuenta. Y por lo tanto, creo que es hora de poner fin a eso y, en realidad, deberíamos sacar más de los recursos y lograr mucho más igualdad.
AMY GOODMAN: ¿Y cómo hacemos para sacar más de los recursos? ¿Cómo habría más igualdad?
DAVID HARVEY: Pienso, por ejemplo, que la naturaleza del rescate de los bancos y el tipo de reestructuración que tienen lugar tratan de salvar a los bancos y salvar a los banqueros, y darle duro a la gente. Quiero decir, que a la larga somos los que vamos a tener que pagar por esto. Por eso lo que pido es una conciencia política de lo que está sucediendo.
De hecho, ha estado sucediendo durante los últimos treinta años, paso a paso. Ha sido disfrazado en este tipo de retórica sobre la libertad individual y la libertad de los mercados y todo ese tipo de cosa. Pero si se mira en retrospectiva, se ve que no es la primera crisis financiera que hemos tenido. Hemos tenido muchas de ellas durante los últimos treinta años, y todas tienen el mismo carácter. Tuvimos nuestra crisis de ahorros y préstamos en los años ochenta. Hubo una crisis de la deuda mexicana en 1982, cuando México iba a ir a la quiebra. Y si hubiera ido a la quiebra, los bancos de inversión de Nueva York se habrían derrumbado. ¿Y qué hicieron? Rescataron a México, rescatando al hacerlo a los banqueros de inversiones de Nueva York, y luego hicieron que lo pagara el pueblo mexicano.
AMY GOODMAN: ¿Por qué se hubieran derrumbado los bancos en Nueva York?
DAVID HARVEY: En primer lugar, porque habían prestado el dinero a México. Y si México simplemente hubiera incumplido su deuda, eso habría sido – ¿qué hubieran hecho los banqueros? Habrían perdido una suma tremenda.
AMY GOODMAN: Si usted fueraTimothy Geithner, si fuera el Secretario del Tesoro —
DAVID HARVEY: Sí, si fuera Secretario del Tesoro
AMY GOODMAN: — ¿qué haría exactamente?
DAVID HARVEY: Oh, tomaría un montón de ese dinero, y lo pondría en una especie de corporación de reconstrucción nacional. Y diría: “Mirad, vuestro primer deber es encargaros de la crisis de la crisis de las ejecuciones hipotecarias y de la gente que ha sido embargada. De modo que tenéis que ir a ciudades como Cleveland y semejantes que han sido devastadas, y entrar en áreas en California y semejantes y ocuparos de la crisis hipotecaria.”
AMY GOODMAN: ¿Y cómo lo haría?
DAVID HARVEY: Bueno, pienso que una de las maneras como se podría hacer eso es comenzar a comprar todas esas casas a punto de ser embargadas y colocarlas en algo como, no sé, una asociación habitacional municipal o alguna forma colectiva de ese tipo, y luego permitir que la gente permanezca en esas casas, a pesar de que ya no sean necesariamente propietarios. De modo que los derechos de propiedad cambiarían de mano.
Quiero decir, tenemos un mito en este país de que la propiedad de la vivienda es el evangelio, como si lo fuera. Pero para mucha gente, la propiedad de su casa no es una buena idea. Y pienso, realmente, no es una buena idea en general.
AMY GOODMAN: ¿Por qué?
DAVID HARVEY: Por dos motivos. Hace que uno sea realmente muy vulnerable si es un propietario de casa fuertemente lastrado por deudas. Y, en realidad, la legislación inicial era interesante, el debate al respecto en los años treinta, cuando en cierto modo decían que los propietarios de casas no se declaran en huelga, y el motivo es que – tienen que pagar su hipoteca. Y así, se convierte en una cruz sobre sus espaldas. Y eso hace que sean muy vulnerables a las fluctuaciones en el mercado como las que vemos ahora mismo, particularmente si tienen hipotecas con interés variable, cosas de ese tipo, y pueden ser fácilmente ser atrapados. De modo que, en efecto, lo que hemos visto en el mercado de la vivienda es un tremendo saqueo de los recursos de algunos de más vulnerables del país. Quiero decir, ha sido la mayor pérdida de riqueza de activos de la población afro-estadounidense que haya habido en la historia.
AMY GOODMAN: ¿Y la reacción de algunos que dicen que nunca debieran hubieran comprado casas para comenzar, porque no se lo podían permitir?
DAVID HARVEY: Bueno, vale para algunos de ellos, pero es una historia familiar. La primera ola de embargos sucedió realmente en vecindarios empobrecidos, afro-estadounidenses, inmigrantes y muy a menudo hogares de madres solteras. Y, sí, no debieran haberse convertido en propietarios de casas. Pero, por otra parte, estaban tomando un riesgo. ¿Pero quiénes tomaron los verdaderos grandes riesgos en la economía, si no fueron los banqueros? De modo que, en cierto sentido, son los que se ven obligados a pagar, mientras los banqueros se siguen llevando una tremenda cantidad de dinero.
AMY GOODMAN: ¿Cuál es la conexión entre el aburguesamiento urbano y la crisis hipotecaria?
DAVID HARVEY: El proceso de aburguesamiento urbano aquí en Nueva York y sitios parecidos tuvo que ver con una especie de reconstrucción de entornos urbanos, y gran parte de esa reconstrucción representó, en particular cuando fue dirigida por las corporaciones, una gran inversión en viviendas. Entonces existe el problema de quién va a comprar esas viviendas. Y no es sólo aburguesamiento urbano, también es mucha nueva construcción, nuevos condominios, y todo lo demás.
Y es algo interesante. Las finanzas controlan la creación de viviendas, la producción de viviendas, y también su consumo. Se presta dinero a las empresas constructoras. Van y aburguesan un vecindario. Prestan dinero a la gente que va a ocupar las viviendas. E incluso si no lo tienen – tienen que encontrar ese mercado para el aburguesamiento una vez que el proceso está en marcha. Y así, es la conexión, los operadores financieros juegan a ambos lados de la cancha, si se quiere.
AMY GOODMAN: ¿Puede hablar de lo que llama “el derecho a la ciudad”?
DAVID HARVEY: Lo que quiero decir con el derecho a la ciudad es que ahora tenemos, creo, una verdadera necesidad de democratizar las decisiones sobre cómo ha de ser una ciudad y de qué debe tratar, para que podamos tener realmente un proyecto colectivo sobre el rediseño urbano – del mundo urbano. Quiero decir, aquí en esta ciudad, efectivamente, el derecho a la ciudad ha sido controlado por el alcalde y la Oficina de Desarrollo y las constructoras y los financistas. La mayoría de nosotros en realidad no tenemos mucho que decir. Quiero decir, hay especies de organizaciones comunitarias, etc. De modo que pienso que la democratización de la ciudad, del proceso de toma de decisiones en la ciudad, es crucial. Y pienso que queremos recuperar el derecho a la ciudad para todos nosotros, para que todos podamos tener acceso no sólo a lo que existe en la ciudad, sino también para que podamos reformar la ciudad con una nueva imagen, de un modo diferente, que sea más justo socialmente, más sustentable en lo medioambiental, etc.
AMY GOODMAN: ¿Qué significa la actual crisis para el futuro del capitalismo, David Harvey?
DAVID HARVEY: Ya sabe, las crisis son terriblemente importantes en la historia del capitalismo. Son lo que yo llamaría una especie de racionalizadores irracionales del sistema. Lo que pasa es que el capitalismo se desarrolló de una cierta manera, tiene problemas reales, luego entra en crisis, y sale como el ave fénix en otra forma. Pasamos por una larga crisis en los años setenta. Hubo una larga crisis en los años treinta. De modo que una crisis, es un impulso de reconfiguración de lo que va a ser el capitalismo. Y ahora mismo, como he dicho, los que mandan se ocupan más de tratar de reconstruir la estructura pre-existente del poder o de salvar la estructura pre-existente del poder sin intervenir en ella de ninguna manera.
Tal como lo veo ahora mismo, sin embargo, podríamos estar en un tipo diferente de mundo. Véalo de esta manera. El capitalismo ha crecido históricamente a una tasa de crecimiento compuesta de un 2,5% desde 1750. Y en años buenos, crece a un 3%. Obama dijo el otro día: “Bueno, en un par de años, volveremos a un crecimiento de un 3%. Gordon Brown dice: “Bueno, en realidad, la economía se duplicará en los próximos años.” Ahora bien, cuando el capitalismo fue constituido por todo lo que pasaba alrededor de Manchester y unos pocos otros sitios álgidos en 1750, una tasa compuesta de crecimiento de un 3% no era ningún problema. Ahora estamos ante una situación en la que se va a hablar de una tasa compuesta de crecimiento de un 3% para todo lo que pasa en Asia del Este y del Sudeste, Europa, Norteamérica y todo el mundo. Estamos frente a un mundo diferente.
La economía total en, digamos, 1750 era de unos 135.000 millones de dólares. Fue de 4 billones de dólares al llegar a 1950. Es de 40 billones de dólares al llegar al 2000. Ahora es de 56 billones de dólares. Si se duplica el próximo año, estamos hablando de 100 billones. Y al llegar el año 2030, habrá que encontrar empleos para 3 billones, si se quiere, oportunidades rentables para que el capital opere en ese momento.
Ahora bien, hay límites, y pienso que estamos llegando a esos límites desde el punto de vista medioambiental, social, político. Y pienso que es hora de que comencemos a pensar realmente en una alternativa. En otras palabras, tenemos que pensar en una economía de crecimiento cero.
AMY GOODMAN: ¿Qué significa eso?
DAVID HARVEY: Significa que en lugar de crecer a un 3% por año, la economía sólo se mantiene constante.
AMY GOODMAN: ¿Y cómo se hace eso?
DAVID HARVEY: Eso significa que tiene que ser no-capitalista, porque eso significa que no va haber lucro para nadie. En efecto, se tendrá que tener una economía sin fines de lucro. Y cómo se hace eso, claro está, es una pregunta muy, muy grande. Yo no tengo el anteproyecto para eso. Pero pienso que es una de las preguntas cruciales en las que deberíamos comenzar a pensar desde ahora mismo. Y lo que me inquieta es que ahora mismo pasamos por esta crisis, y no nos hacemos ese tipo de grandes preguntas que debiéramos estar formulando.
AMY GOODMAN: ¿Qué opina de la masiva protesta contra el pequeño porcentaje del dinero del rescate, el que va a los ejecutivos, algo con lo que ciertamente la gente se puede identificar?
DAVID HARVEY: Bueno, a mí – realmente, me molestó todo ese lío sobre AIG. Quiero decir, estamos hablando de los 165 millones de dólares en bonificación, ¿o 235? En enero de 2008, el total de bonificaciones colectivas de Wall Street llegó a 32.000 millones de dólares. Y en esos días, dos millones de personas ya habían perdido sus casas. Imagínese, dos millones de personas han perdido sus casas; Wall Street se recompensa con 32.000 millones de dólares. Nadie se enojó por eso. Y yo estaba extremadamente furioso al respecto. Me parecía que era un robo de clase. Es como si los banqueros bajaran a la bodega de un barco que se hunde, agarraran todo el oro, vuelvan a subir, se suban a un bote salvavidas, se vayan y dejen a todos los demás en el barco naufragante. Y en esos días, pensamos que era una vergüenza. Y fueron 32.000 millones en lugar de los 165 o 235 millones de los que se habla ahora.
Ese dinero ya se fue. Quiero decir, cuando ese sujeto escribió al New York Times, diciendo algo como: “No voy a – simplemente voy a devolver la mía” – va a devolver 740.000 dólares o algo así. Y dijo: “Pero a mi familia no la afecta.” Pero ahora mismo hay gente muriendo de hambre en muchas partes del mundo. Hay niños muriendo de hambre por esto. No pasa nada al respecto. Y eso me parece –
AMY GOODMAN: ¿Así que cuál es la diferencia entre el año pasado y ahora?
DAVID HARVEY: La diferencia entre el año pasado y ahora es que, en realidad, la cosa ha empeorado mucho. Quiero decir, los activos tóxicos, si se quiere, se hacen más y más evidentes. Y hemos tenido, por cierto, la destrucción de los bancos de inversión, Lehman en quiebra y otros fusionados, etc. Pienso que la diferencia ahora mismo es que evidentemente Wall Street tiene que reestructurarse por completo.
Pero no pienso que podamos hacernos ilusiones pensando que no hay en realidad mucho dinero – hay gente que todavía gana mucho dinero en Wall Street.
AMY GOODMAN: ¿Quiénes?
DAVID HARVEY: Es sólo que ahora está consolidado, tal como está. En este país quedan cuatro grandes bancos. Y es una tremenda centralización y consolidación de poder de clase.
AMY GOODMAN: Profesor Harvey, ¿qué es neoliberalismo?
DAVID HARVEY: Neoliberalismo, para mí, fue un proyecto político, que se formó en los años setenta. Y fue un proyecto político para tratar de consolidar y reconstruir el poder de clase. Y lo hizo, si se quiere, mediante todo un conjunto de mecanismos sobre privatización, sobre libres mercados, responsabilidad individual, retiro del Estado de la provisión social. Pero el Estado nunca se retiró de la economía. Quiero decir, ése es un mito. El Estado ha estado rescatando a gente todo el tiempo. En realidad, la crisis de ahorros y préstamos, que mencioné antes.
Pero en cuanto los peces gordos tienen problemas, el Estado los rescata. Y eso es lo que llamamos riesgo moral, lo que es en realidad porque se rescata a Wall Street todo el tiempo, Wall Street toma altos riesgos. Y han tomado riesgos inmensamente altos durante los últimos treinta años y una y otra vez hasta que fueron atrapados. Y cada vez que son atrapados, viene el Estado y los salva. Es la conexión, si se quiere, entre el Estado y Wall Street. Es la conexión que hay que romper.
AMY GOODMAN: ¿Y cuál considera usted es el papel de los movimientos sociales?
DAVID HARVEY: Pienso que ahora mismo es un momento desesperado, en el sentido de que si vamos a salir de esta crisis de cualquier otra manera, va a ser gracias a la formación de movimientos sociales muy potentes que digan: ¡basta ya! Tenemos que cambiar el mundo de un modo muy, muy diferente.
Ahora, movimientos sociales de este tipo no se forman de un día para el otro. Necesitan un cierto tiempo, quiero decir, es interesante si se mira hacia atrás. En 1929, hay un derrumbe del mercado bursátil. Los movimientos sociales no comienzan realmente a moverse hasta 1932, 1933. Les tomó unos tres años. Ahora mismo, pienso que estamos en una crisis de legitimación. Están tratando de rescatar al sistema tal cual es. Y pienso que más y más gente comienza a decir que éste es un sistema ilegítimo, y por ello tenemos que pensar en hacer algo diferente.
De eso, es probable que salga todo tipo de diferentes movimientos sociales. Tenemos este movimiento, que es un movimiento relativamente nuevo, llamado el movimiento Derecho a la Ciudad. Aquí, en la Ciudad de Nueva York, y en varias otras ciudades en EE.UU. Hay una coalición nacional. Es pequeña ahora mismo, y se está organizando. Pero ese tipo de cosa puede crecer muy rápido. De modo que es probable que haya muchos movimientos de ese tipo.
En otros países, ya hay movimientos sociales bastante masivos. Este país está un poco atrasado en esa trayectoria.
AMY GOODMAN: ¿Y a cuáles identificaría como movimientos sociales masivos en otros sitios?
DAVID HARVEY: En Brasil, por ejemplo hay – existe un movimiento Derecho a la Ciudad en Brasil en relación con la provisión de viviendas y alojamientos, etc. Existe un movimiento de campesinos sin tierra en Brasil, que es muy, muy activo y muy exitoso en muchas de las cosas que hace. Así que, esos movimientos son verdaderamente muy fuertes. Existe un movimiento campesino en India, también, que en realidad es bastante fuerte.
Y así, pienso que actualmente existe una verdadera oportunidad, en la que también tenemos que pensar en que esas cosas se junten globalmente, lo que es, claro está, donde se originó el Foro Social Mundial. Y así, hay maneras como podemos comenzar a pensar en la coordinación entre diferentes partes del mundo.
AMY GOODMAN: Profesor Harvey, ¿dónde entra en juego la guerra en todo esto? EE.UU. sigue continuando su guerra en Iraq, aunque el presidente Obama dice que terminará por retirarse de ese país, pero está expandiendo ahora la guerra en Afganistán, no sólo 17.000 soldados más, luego otros 4.000 – eso asciende a 21.000 – ahora el Pentágono pide otros 10.000 soldados?
DAVID HARVEY: Correcto, correcto. Bueno, es interesante que esto tenga dos aspectos. Primero, desde 1945, lo que llaman el complejo militar-industrial, ha sido un vehículo terriblemente influyente en los acontecimientos estadounidenses. Ha sido el centro de lo que llamamos keynesianismo militar. Quiero decir, es el sector al que se permitió un amplio financiamiento deficitario, y es el sector que se expandió inmensamente bajo Reagan y que nunca ha dejado de presionar, a pesar del fin de la Guerra Fría. De modo que ha habido una función económica muy importante en lo que a los militares se refiere.
El segundo aspecto es que, como hemos visto durante el reciente par de años, los precios de las materias primas son muy inestables. Y el control sobre materias primas y recursos se hace absolutamente crucial. De modo que, a mi juicio, gran parte del intervencionismo en Oriente Próximo y otros sitios se ha desarrollado claramente alrededor del interés de EE.UU. por el control de los suministros de petróleo. Y no es sólo por eso, sino que está en gran medida conectado con eso, de modo que entonces se presentan argumentos que dicen que tenemos que librarnos de un dictador. Bueno, ha habido una plétora de dictadores en todo el mundo que a EE.UU. no le han importado para nada, porque no controlaban petróleo. Y así, el tipo de maquinaria bélica y las máquinas clandestinas comienzan a convertirse en muy importantes en términos de mantener el acceso corporativo a los recursos del mundo y, en un cierto momento, también a los recursos laborales del mundo, no sólo los recursos naturales.
AMY GOODMAN: ¿Cómo ve usted a EE.UU. en relación al resto del mundo, el equilibrio del poder? EE.UU. frente a Europa, EE.UU. y a China - ¿ve a China emergiendo como un importante poder económico dominante?
DAVID HARVEY: No, no veo que se convierta en un importante poder económico dominante. Creo que fue ese informe del Consejo Nacional de Inteligencia, que apareció el año pasado. En cierto modo decía, EE.UU. ya no va a ser el poder dominante en el mundo. Va a ser un protagonista muy importante en el mundo, pero tenemos que contar con un mundo multipolar, en el que Asia del Este y del Sudeste, por ejemplo, serán tan poderosas económicamente como EE.UU. La Unión Europea, si hace bien las cosas, probablemente será tan poderosa como EE.UU. De modo que EE.UU. tiene que contar con un mundo multipolar.
Es algo que en realidad es inestable y potencialmente más peligroso. Nos guste o no lo que EE.UU. ha hecho con su dominación, por lo menos se trataba sólo de EE.UU. contra el tipo de mundo de la Unión Soviética. Cuando uno comienza a considerar el mundo multipolar, comienza a recordar lo que pasó en los años treinta, cuando los grupos decidían que iban a hacer las cosas por su propia cuenta y se metían en conflictos los unos contra los otros. Y me preocupo por el futuro –
AMY GOODMAN: ¿Qué quiere decir con “los grupos”?
DAVID HARVEY: En esos días, la Esfera de Co-prosperidad japonesa; Alemania, con sus propios intereses; los británicos. Y cada cual iba por su propia cuenta. Y pienso que la amenaza del G20 es que vamos a ver una especie de ruptura de la economía global siguiendo esas líneas. Y lo que podría ser algo bueno, en el sentido de que si hay una ruptura y al mismo tiempo emergen coaliciones, es una cosa, pero si se convierte en una ruptura y luego en rivalidades entre los bloques de poder, pienso que se puede convertir en algo muy peligroso.
AMY GOODMAN: ¿Su evaluación del presidente Obama?
DAVID HARVEY: Pienso que necesita un movimiento social realmente fuerte y poderoso que lo respalde para que haga las cosas que realmente tiene que hacer. Ahora mismo, tiene que encarar al Congreso. Y hay un grupo en el Congreso que yo llamaría el partido de Wall Street, que está profundamente implantado en el Partido Demócrata, y profundamente implantado en el Partido Republicano. Y por ello, no puede enfrentar a Wall Street, en vista de la importancia del partido de Wall Street en el Congreso. Quiero decir, por ejemplo, nuestro senador por Nueva York, Charles Schumer, ha reunido cantidades inmensas de dinero de Wall Street, y es un gran amigo de Wall Street. Y por lo tanto, los demócratas no se van a oponer a Wall Street. Y de una u otra manera, los republicanos no se van a oponer a Wall Street. No sé exactamente dónde quiere llegar Obama, pero ciertamente no irá contra Wall Street, a menos que toda una fuerza popular lo obligue a hacerlo.
AMY GOODMAN: ¿Piensa que el neoliberalismo está muerto? ¿Y qué es lo que le causa más esperanzas?
DAVID HARVEY: No creo que el neoliberalismo esté muerto, si uno dice que el neoliberalismo tiene que ver con la consolidación del poder de clase, porque en realidad se ve una mayor consolidación de ese poder ahora mismo, en lugar de una disminución. Y es lo que yo – cuando hablo del rescate bancario, es lo que están haciendo. De modo que estoy bastante preocupado.
AMY GOODMAN: ¿Usted estaba contra los rescates bancarios?
DAVID HARVEY: Bueno, yo estaba a favor de la solución de la crisis de las ejecuciones hipotecarias. Usted verá, si se hubiera solucionado la crisis de la vivienda, los bancos no poseerían activos tóxicos. Si se hubiera ido y rescatado a toda la gente, no habría un problema en Wall Street. Y no estarían ahí con todos esos activos tóxicos. No hubiera habido embargos de viviendas. De modo que deberíamos haber intervenido en eso directamente al comienzo y haber controlado realmente la crisis de las ejecuciones hipotecarias.
AMY GOODMAN: ¿Y por qué no lo hicieron?
DAVID HARVEY: Porque eso hubiera significado el rescate de pobres afro-estadounidenses y gente de ese tipo, y no es lo que les preocupa. Están preocupados de la protección de los banqueros, no por la protección de la gente.
Por lo tanto eso me da esperanzas, porque ahora pienso que la gente podrá darse cuenta, de que es eso lo que en realidad ha estado ocurriendo durante los últimos treinta años y que ahora realmente es puesto de relieve – Quiero decir, ahora te salta a la cara directamente. Es lo que está sucediendo. Y tiene que pasar algo diferente. Tiene que aparecer algún tipo de movimiento y decir: “Mirad, ya basta. No vamos a continuar de esa manera.”
AMY GOODMAN: Profesor David Harvey, quiero agradecerle sinceramente por haber estado con nosotros.
DAVID HARVEY: Yo le doy las gracias.
AMY GOODMAN: David Harvey es un geógrafo marxista y distinguido profesor de antropología en el Centro de Posgrado de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. “The Limits to Capital,” uno de sus libros, “A Brief History of Neoliberalism.”
http://www.democracynow.org/2009/4/2/marxist_geographer_david_harvey_on_the
Enlace a texto en Rebelión
domingo, 12 de abril de 2009
Japón, gran perdedor de la globalización
Michael R. Krätke
Rebelión
La segunda mayor economía del mundo es el mayor perdedor de la crisis económica mundial. En enero se desplomaron sus exportaciones un 65% en relación con el año pasado.
Japón tiene menos que perder que otros países con la crisis financiera. Sus grandes bancos, que sobrevivieron a una notable travesía del desierto tras el crac de "Japón, S.A." en 1990, se recobraron a tal punto, que hasta pueden aprovecharse del desplome de los bancos norteamericanos para salir de compras. Pero la crisis de la economía real y las fracturas del comercio internacional golpean al país del sol naciente harto más que a otros países industriales: ya comienza hablarse en Tokio de "la crisis del siglo".
He aquí, desnudas, las pésimas cifras: el PIB ha caído en el último trimestre de 2008 cerca de un 3,3%. Si se comparan los años 2007 y 2008, se observa un retroceso del 12,7%. La economía japonesa se encoge con una virulencia que no se veía desde la crisis del petróleo de hace 35 años. Simultáneamente, el déficit comercial sube, y se acerca ahora a los 8 mil millones de euros (como en 1979). No por casualidad: como país industrial, Japón vive de las exportaciones de alta tecnología (automóviles, máquinaria, electrónica), y no puede existir sin importaciones masivas de materia prima y petróleo.
Vuelta a los tipos de interés cero
Pero, puesto que las salidas exportadoras están literalmente bloqueadas y el ínfimo mercado interior apenas puede absorber lastre, la producción industrial tiene que reorganizarse en todos los frentes. Con terribles consecuencias: en el sector de la construcción, por ejemplo, se ha registrado en el último año una pérdida de cerca de un 50% de pedidos. Cierres de empresa, despidos masivos y recortes de la jornada laboral están a la orden del día, incluso en empresas transnacionales como Honda, Toyota, Sony y Toshiba. Hasta los Yakuza, los señores del crimen organizado, se quejan de malos negocios.
El Banco de Japón rebajó ya en noviembre de 2008 los tipos de interés hasta un 0,3%, y se apresta a volver a los tipos de interés cero de los años 90. Y sin embargo, la bolsa de Tokio sufre. Y sin embargo, el mercado monetario está agarrotado. El vuelo a las alturas del yen, merced al cual Japón estuvo menos expuesto que otros países industriales a comienzos de 2008 a los elevados precios de las materias primas y los combustibles, parece cosa del pasado.
Pero, puesto que europeos y norteamericanos, tras el estallido de la crisis financiera, buscan refugio en una política de tipos bajos, ya no les compensa tomar prestados yenes a bajo interés y cambiarlos a dólares o a euros en depósitos remunerados a interés más alto. Así pues, esos préstamos fueron masivamente devueltos, a fin de colocar en otros sitios más lucrativos el capital especulativo: eso disparó a las alturas el curso del yen, que, entretanto se ha revalorizado cerca de un 20% respecto del dólar y cerca de un 40% frente al euro. Sólo la interrupción de las exportaciones ha frenado esa tendencia. Por ahora, a la industria japonesa no le queda otra esperanza que la dimanante de la caída de los precios de las materias primas y del petróleo (y de un yen débil).
Los "flexibles" vuelan
Más de la mitad de las exportaciones japonesas van a parar a los mercados asiáticos, pero particularmente a China, el "Número 1" desde julio de 2008 para la economía exportadora japonesa, por delante de los EEUU y de la UE. Por consecuencia, todas las esperanzas japonesas se centran en la locomotora coyuntural china. Y hasta ahora, no en balde. No hay mejor indicador de las reales dimensiones de la crisis en la economía china que el desplome que está experimentando la construcción de máquinas e instalaciones japonesas. En pocos meses, las estadísticas oficiales mostrarán lo que ya empiezan a intuir ahora los jugadores globales japoneses, y es a saber: que el milagro económico chino se acercan a un punto muerto; la industria se estanca, por vez primera en muchos años amaga con encogerse.
Japón va a notar las consecuencias de esa tendencia con un creciente desempleo masivo que no podrá mitigar con un Estado social de impronta europea. El sistema social japonés se basa en ventajas fiscales y prestaciones sociales empresariales, incluidas las pensiones proporcionadas por las empresas. Sólo pueden recibir sus beneficios los empleados estables y de larga duración.
Tampoco en los buenos tiempos, cuando los grandes bancos japoneses salían de compras por los EEUU, había otra cosa que prestaciones sociales sólo a medias suficientes y sólo para una minoría de los empleados. Ahora, las pensiones proporcionadas por las empresas se pierden a ojos vista, y se extiende rápidamente la pobreza entre la tercera edad. Desde hace años, los gobiernos japoneses no han hecho sino seguir la receta neoliberal de "flexibilizar" cada vez más el mercado de trabajo, de modo que ahora más de un tercio de los trabajadores y empleados japoneses pertenece a la masa de maniobra de los ocupados "irregulares" y "precarios" (para ser exactos: se trata del 34,5% de los 55,3 millones de trabajadores dependientes).
Una deuda gigantesca
Muchos grandes empresarios han reaccionado inmediatamente a la drástica crisis exportadora con despidos masivos; los "flexibles" se van a la calle de un día para otro. Literalmente, porque muchos de los despedidos pierden también, con el trabajo, su apartamento. De los casi 140.000 despidos registrados oficialmente entre octubre de 2008 y enero de 2009, ¡sólo 6.000 eran empleados fijos! El pronóstico de aquí a fines de 2009 es una tasa de paro del 5%. Pronóstico errado, de todos modos, porque el subempleo fáctico no se computa ni de lejos.
A todo eso, no debe olvidarse lo siguiente: Japón a sus espaldas una de las peores crisis bancarias del mundo capitalista. Durante más de una década se trató por todos los medios de mitigar los daños causados durante los años 80 del pasado siglo por una especulación inmobiliaria de proporciones ciclópeas. Los contribuyentes siguen pagando la factura hasta el día de hoy, porque los costes del saneamiento bancario cargaron al Estado japonés con una deuda gigantesca, superior al 180% del PIB. Comparados con ellos, los costes de la errática y pusilánime política de coyuntura del gobierno de la señora Merkel son "granos de anís", como diría el castizo, o peanuts, cacahuetes, como se dice con cierta gracia en la jerga bancaria.
El gobierno del primer ministro Aso parece de todo punto desorientado, y trastabilla de escándalo en escándalo. En las elecciones a la Cámara Baja japonesa, que habrán de celebrarse como muy tarde en septiembre, los liberal-demócratas podrían perder un poder del que han disfrutado ininterrumpidamente durante 50 años. En la Cámara Alta, la oposición tiene ya la mayoría. El Japón está maduro para una revolución política. Demasiado paciente fue ya el país con las viejas elites.
Michael R. Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam, investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad y catedrático de economía política y director del Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Lancaster en el Reino Unido.
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss
Enlace a texto en Rebelion
Rebelión
La segunda mayor economía del mundo es el mayor perdedor de la crisis económica mundial. En enero se desplomaron sus exportaciones un 65% en relación con el año pasado.
Japón tiene menos que perder que otros países con la crisis financiera. Sus grandes bancos, que sobrevivieron a una notable travesía del desierto tras el crac de "Japón, S.A." en 1990, se recobraron a tal punto, que hasta pueden aprovecharse del desplome de los bancos norteamericanos para salir de compras. Pero la crisis de la economía real y las fracturas del comercio internacional golpean al país del sol naciente harto más que a otros países industriales: ya comienza hablarse en Tokio de "la crisis del siglo".
He aquí, desnudas, las pésimas cifras: el PIB ha caído en el último trimestre de 2008 cerca de un 3,3%. Si se comparan los años 2007 y 2008, se observa un retroceso del 12,7%. La economía japonesa se encoge con una virulencia que no se veía desde la crisis del petróleo de hace 35 años. Simultáneamente, el déficit comercial sube, y se acerca ahora a los 8 mil millones de euros (como en 1979). No por casualidad: como país industrial, Japón vive de las exportaciones de alta tecnología (automóviles, máquinaria, electrónica), y no puede existir sin importaciones masivas de materia prima y petróleo.
Vuelta a los tipos de interés cero
Pero, puesto que las salidas exportadoras están literalmente bloqueadas y el ínfimo mercado interior apenas puede absorber lastre, la producción industrial tiene que reorganizarse en todos los frentes. Con terribles consecuencias: en el sector de la construcción, por ejemplo, se ha registrado en el último año una pérdida de cerca de un 50% de pedidos. Cierres de empresa, despidos masivos y recortes de la jornada laboral están a la orden del día, incluso en empresas transnacionales como Honda, Toyota, Sony y Toshiba. Hasta los Yakuza, los señores del crimen organizado, se quejan de malos negocios.
El Banco de Japón rebajó ya en noviembre de 2008 los tipos de interés hasta un 0,3%, y se apresta a volver a los tipos de interés cero de los años 90. Y sin embargo, la bolsa de Tokio sufre. Y sin embargo, el mercado monetario está agarrotado. El vuelo a las alturas del yen, merced al cual Japón estuvo menos expuesto que otros países industriales a comienzos de 2008 a los elevados precios de las materias primas y los combustibles, parece cosa del pasado.
Pero, puesto que europeos y norteamericanos, tras el estallido de la crisis financiera, buscan refugio en una política de tipos bajos, ya no les compensa tomar prestados yenes a bajo interés y cambiarlos a dólares o a euros en depósitos remunerados a interés más alto. Así pues, esos préstamos fueron masivamente devueltos, a fin de colocar en otros sitios más lucrativos el capital especulativo: eso disparó a las alturas el curso del yen, que, entretanto se ha revalorizado cerca de un 20% respecto del dólar y cerca de un 40% frente al euro. Sólo la interrupción de las exportaciones ha frenado esa tendencia. Por ahora, a la industria japonesa no le queda otra esperanza que la dimanante de la caída de los precios de las materias primas y del petróleo (y de un yen débil).
Los "flexibles" vuelan
Más de la mitad de las exportaciones japonesas van a parar a los mercados asiáticos, pero particularmente a China, el "Número 1" desde julio de 2008 para la economía exportadora japonesa, por delante de los EEUU y de la UE. Por consecuencia, todas las esperanzas japonesas se centran en la locomotora coyuntural china. Y hasta ahora, no en balde. No hay mejor indicador de las reales dimensiones de la crisis en la economía china que el desplome que está experimentando la construcción de máquinas e instalaciones japonesas. En pocos meses, las estadísticas oficiales mostrarán lo que ya empiezan a intuir ahora los jugadores globales japoneses, y es a saber: que el milagro económico chino se acercan a un punto muerto; la industria se estanca, por vez primera en muchos años amaga con encogerse.
Japón va a notar las consecuencias de esa tendencia con un creciente desempleo masivo que no podrá mitigar con un Estado social de impronta europea. El sistema social japonés se basa en ventajas fiscales y prestaciones sociales empresariales, incluidas las pensiones proporcionadas por las empresas. Sólo pueden recibir sus beneficios los empleados estables y de larga duración.
Tampoco en los buenos tiempos, cuando los grandes bancos japoneses salían de compras por los EEUU, había otra cosa que prestaciones sociales sólo a medias suficientes y sólo para una minoría de los empleados. Ahora, las pensiones proporcionadas por las empresas se pierden a ojos vista, y se extiende rápidamente la pobreza entre la tercera edad. Desde hace años, los gobiernos japoneses no han hecho sino seguir la receta neoliberal de "flexibilizar" cada vez más el mercado de trabajo, de modo que ahora más de un tercio de los trabajadores y empleados japoneses pertenece a la masa de maniobra de los ocupados "irregulares" y "precarios" (para ser exactos: se trata del 34,5% de los 55,3 millones de trabajadores dependientes).
Una deuda gigantesca
Muchos grandes empresarios han reaccionado inmediatamente a la drástica crisis exportadora con despidos masivos; los "flexibles" se van a la calle de un día para otro. Literalmente, porque muchos de los despedidos pierden también, con el trabajo, su apartamento. De los casi 140.000 despidos registrados oficialmente entre octubre de 2008 y enero de 2009, ¡sólo 6.000 eran empleados fijos! El pronóstico de aquí a fines de 2009 es una tasa de paro del 5%. Pronóstico errado, de todos modos, porque el subempleo fáctico no se computa ni de lejos.
A todo eso, no debe olvidarse lo siguiente: Japón a sus espaldas una de las peores crisis bancarias del mundo capitalista. Durante más de una década se trató por todos los medios de mitigar los daños causados durante los años 80 del pasado siglo por una especulación inmobiliaria de proporciones ciclópeas. Los contribuyentes siguen pagando la factura hasta el día de hoy, porque los costes del saneamiento bancario cargaron al Estado japonés con una deuda gigantesca, superior al 180% del PIB. Comparados con ellos, los costes de la errática y pusilánime política de coyuntura del gobierno de la señora Merkel son "granos de anís", como diría el castizo, o peanuts, cacahuetes, como se dice con cierta gracia en la jerga bancaria.
El gobierno del primer ministro Aso parece de todo punto desorientado, y trastabilla de escándalo en escándalo. En las elecciones a la Cámara Baja japonesa, que habrán de celebrarse como muy tarde en septiembre, los liberal-demócratas podrían perder un poder del que han disfrutado ininterrumpidamente durante 50 años. En la Cámara Alta, la oposición tiene ya la mayoría. El Japón está maduro para una revolución política. Demasiado paciente fue ya el país con las viejas elites.
Michael R. Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam, investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad y catedrático de economía política y director del Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Lancaster en el Reino Unido.
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss
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jueves, 9 de abril de 2009
Las claves de la artimaña y la estafa
Prólogo al libro de Juan Torres López y Alberto Garzón Espinosa
Pascual Serrano
Rebelión
Nos dijeron que la economía estaba en crisis debido al alto precio del petróleo, que estaba encareciendo la mayoría de la producción. Dos meses después, la crisis era porque éste había bajado su precio a la mitad. Contaban que la economía iba bien cuando el precio de la vivienda estaba a tales niveles que ningún joven podía acceder a ella y, en cambio, se contabilizaban tres millones de casas vacías en España. Incluso nos hacían felices porque los que teníamos vivienda ahora éramos ricos debido a la subida de los precios, pero en realidad lo que pasaba era que nuestros hijos no podían comprarse una. Nos inquietaban con el peligro de que explotara la burbuja inmobiliaria, lo cual provocaría la caída de los precios, a pesar de que ésa hubiera sido la única forma de que algunos pudiesen comprar una casa. Durante toda nuestra vida habíamos pensado que un signo de mala situación económica era que subieran los precios de los productos esenciales, pero ahora dicen que con la crisis bajarán y eso es todavía peor. Hace diez años recomendaban que contratásemos un plan de pensiones privado, porque el sistema público no estaría en condiciones de garantizar el pago de nuestra jubilación, y ha resultado que ha sido el sistema público el que ha tenido que rescatar al privado de la bancarrota.
En nuestra sociedad, los “expertos” en economía vienen a ser como los brujos de las tribus primitivas, que advertían de una terrible sequía dos semanas antes de que el poblado se inundara por lluvias torrenciales y, a pesar de eso, seguían considerándolos como adivinos sagrados cuando dejaba de llover.
Muchos hemos llegado a la conclusión de que en este siglo XXI leer buenos –y honrados– libros de economía es tan importante como leer los de supervivencia si se va a una isla desierta. Por eso yo leo a Juan Torres, para sobrevivir en esta edad moderna. De manera que llega un catedrático de Economía como él y nos dice que lo que argumentaban los grandes gurús de la economía mediante sofisticadas matemáticas era “una estupidez sin fundamento científico alguno, pero se divulgaba para que los multimillonarios puedan seguir jugando al casino”. O sea, el brujo de la tribu tomándonos el pelo en el siglo XXI. Y la prueba más clara es que hasta a Emilio Botín y a Alicia Koplowitz les sacó el dinero un estadounidense de nombre Madoff mediante el tocomocho de unas inversiones piramidales dignas de un trilero de la Gran Vía madrileña.
Todo lo que está sucediendo ahora lo advirtió hace cuatro años Juan Torres López en su libro Toma el dinero y corre. La globalización neoliberal del dinero y las finanzas (Icaria), pero él no gozaba del reconocimiento de “brujo de la tribu” que dan los grandes medios y las instituciones financieras, porque decía lo que a ellos no les interesaba. Y lo silenciaron.
Lo que sí pregonaban pocos meses antes de que se desplomaran las finanzas estadounidenses y europeas, el 5 de abril de 2008, eran titulares como este d el diario El País: “BBVA y el riesgo venezolano”. Con él se hacían eco de que el banco español “BBVA acaba de advertir sobre la situación venezolana en el capítulo de riesgos del informe anual presentado ante la Comisión del Mercado de Valores de Estados Unidos”. Seis meses después, los gobiernos estadounidenses y europeos dedicaban sus fondos públicos a salvar la banca privada y el venezolano concedía 236,7 millones de dólares para 1.547 proyectos socioproductivos comunitarios.
Esos ejecutivos y banqueros que han provocado la crisis se siguen burlando de los ciudadanos cada día que pasa. Mientras conocemos los multimillonarios rescates bancarios con dinero público, en octubre de 2008 se inauguraba en Múnich , con gran éxito de asistencia, la Feria de Millonarios, donde se podía admirar un teléfono móvil que se vende por 178.000 euros, una almohada adornada con diamantes por 300.000 euros, cigarros envueltos en oro, el último Ferrari, el mayordomo perfecto, yates, casas de caviar y champán... Por aquellos días se supo que el dueño de la inmobiliaria española Fadesa se había ingresado en su cuenta personal 139 millones de euros de la empresa antes de declarar la suspensión de pagos; que los ejecutivos de la aseguradora AIG se gastaron más de 440.000 dólares en una semana de vacaciones, alojados en un hotel de California que cuesta mil dólares por noche… tras recibir los 85.000 millones de dólares del rescate del gobierno estadounidense. La división aseguradora del desaparecido Fortis, cuyos restos fueron comprados a precio de saldo por BNP Paribas, se gastaron 150.000 euros en una cena en el prestigioso restaurante Louis XV del hotel monegasco Paris Monte-Carlo, el más caro de todo el Principado.
Aunque la crisis es básicamente financiera y del sector de la construcción, un estudio [1] señalaba que los directivos de las entidades financieras tienen un salario medio de entre 80.000 y 250.000 euros y los de las promotoras o constructoras entre 100.000 y 240.000 euros. Estos sueldos, según el estudio, sólo están por debajo de los asignados a los socios de los despachos de abogados. Sirva como ejemplo que durante 2008 la presidenta de Banesto, Ana Patricia Botín, obtuvo un aumento del 18 % en sus emolumentos para alcanzar un salario de 3,67 millones de euros. A éstos hay que añadirles “los 3,8 millones que el banco aportó a su plan de pensiones, que se eleva ya a 21,7 millones” [2] . Los demás miembros del Consejo de Administración percibieron durante 2008 un 36,9 % más que el año anterior y los once miembros de la alta dirección vieron su retribución aumentada un 34,6 %, hasta alcanzar un sueldo medio de 742.000 euros. En Estados Unidos no es diferente: mientras la financiera Merrill Lynch aprobaba los planes de despidos y recibía ayudas del gobierno, su presidente, John Thain, se gastaba 1,2 millones de euros en amueblar su despacho. Entre sus adquisiciones, alfombras de 67.000 euros y una mesa de 19.200. Así se viven las crisis cuando uno es directivo de una gran empresa o un banco. Al final tenía razón Bertolt Brecht cuando afirmaba que el delito no era robar un banco, sino fundarlo.
En realidad, como me dijo mi amigo Santiago Alba, a estar alturas no deberíamos escandalizarnos, esa gente siempre se dedicó a comer y a beber bien mientras la humanidad se muere de hambre. No hay ninguna novedad.
Y mientras sucede todo eso, y tras haber destinado el gobierno español millones de euros para la banca privada, el vicesecretario general del PSOE, José Blanco, se limitaba a declarar: “Yo confío en que las entidades financieras [...] tomen la decisión de garantizar crédito a los ciudadanos” [3] . Y la organización de consumidores OCU y el sindicato CCOO pedían al gobierno que, si un banco quiebra, se aumente la garantía del fondo de depósitos de los 20.000 euros de ahora hasta 150.000 [4] . Se trataría de que entre todos los ciudadanos, incluidos los que no tenemos ese dinero, pagásemos los 150.000 que alguien tenía ahorrados en una cuenta bancaria hasta que los directivos del banco se hubiesen largado con ellos.
Este libro de Juan Torres López y Alberto Garzón Espinosa, La crisis financiera. Guía para entenderla y explicarla, nos revela que el dinero que circula por el mundo es falso, puesto que en la economía financiera de los mercados de cambios y en las bolsas se mueven 5,5 billones de dólares, mientras que el comercio mundial es cien veces menor; que los prestamos hipotecarios eran NINJA (acrónimo de “No Income, No Job and No Asset”), es decir, se habían otorgado a personas sin ingresos, sin trabajo y sin patrimonio, que así creían tener algo; y que en Estados Unidos, al igual que en España, el 40 por ciento de las viviendas adquiridas no lo eran para ser habitadas. El capitalismo ha creado un sistema en que el dinero no es dinero, a los pobres los hipotecan para que crean que no son pobres y las casas no son para vivir. ¿Y cómo puede suceder esto? Por eso comencé este prólogo diciendo que hay que leer libros honrados de economía como si fuesen guías de supervivencia.
Nos encontramos en una situación en la que ni los gestores del capitalismo se fían de él. Los autores de este libro afirman que no faltaba liquidez en los mercados, sino que la escasez de dinero se debió a que unos bancos desconfiaban de otros y se negaban a prestarse entre sí. En tal situación, un banco puede iniciar una campaña de rumores sobre la insolvencia de otro y conseguir hundirlo en la Bolsa para comprarlo a precio de saldo. Como consecuencia, el dinero queda aprisionado en la psicosis que ellos mismos han creado y la economía se paraliza. Supimos que el Tesoro de EEUU estaba colocando sus letras a un interés del 0% porque “los inversores parecen sentirse mejor poniendo su dinero en manos del Gobierno que en las de los bancos” [5] . Al final, resulta que los neoliberales confían más en el maltrecho Estado, al que antes acusaban de incapaz, que en los bancos sacrosantos que ellos mismos gestionaban.
Y todo esto no sería tan grave si no fuese porque oculta la mayor de las crueldades. Algo mucho peor que explotar la fuerza de trabajo de un semejante mientras se lo mantiene en la pobreza –ése ha sido siempre el principio fundamental del capitalismo histórico–, es lanzarse a la especulación con la compra masiva de productos alimenticios básicos, lo cual provoca subidas espectaculares de precios y hace que millones de personas mueran de hambre al no poder comprarlos.
Este libro de economía incluye algo que los economistas del poder ya nunca nos recuerdan: la humanidad. La humanidad necesaria para tener en cuenta a quienes pasan hambre o no tienen un trabajo para sobrevivir. Esos economistas quieren hacer con la economía lo que han hecho con el periodismo: que con su neutralidad y asepsia mantenga la equidistancia entre nazis y víctimas del campo de concentración o que guarde el equilibrio informativo entre el “terrorista” palestino de Gaza –que a fin de cuentas tenía sólo cinco años– y el “defensor” de Israel que bombardeaba colegios desde un F-16.
El trabajo de Juan Torres y Alberto Garzón no termina dando recetas económicas milagrosas, porque sólo hay dos y son bien conocidas: la primera es subvertir la inmoralidad dominante para sustituirla por la ética y la decencia; la segunda, levantar la voz para amotinarse contra los miserables que nos han traído hasta aquí. Los autores tampoco evitan señalar a los responsables últimos del desastre: los gobiernos, los bancos centrales y los grandes organismos internacionales que, con su pasividad, permitieron esta situación, puesto que establecieron las normas y las reglas del juego para el saqueo y el crimen de los bancos. Esto ha sido posible porque los dueños del dinero habían tomado de antemano el control de la política. Por eso Emilio Botín no rinde cuentas ante los jueces aunque su banco entregase a Hacienda información falsa sobre casi diez mil operaciones bancarias por valor de 145.000 millones de pesetas, presentando como titulares a testaferros del tipo de personas fallecidas, ancianos desvalidos, parados o emigrantes, que nada sabían de tales operaciones. Las leyes se hacen para quienes manejan el dinero; los gobiernos ejecutan las políticas que éstos desean, mientras que la justicia está a su servicio y les garantiza impunidad. Por eso en esta sociedad una firma comercial tiene más derechos que una persona y hasta resulta preferible ser empresa que ser humano. Llevábamos años escuchando que no había dinero para luchar contra el hambre en el mundo, para asistir a los enfermos de sida o para garantizar cuidados sanitarios a toda la población mundial y, de la noche a la mañana, aparecen billones para salvar a los bancos. Este libro nos da las claves de la artimaña y la estafa. Estamos ante un golpe de Estado. O salimos a la calle o se instalarán definitivamente en el poder.
Pascual Serrano
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Pascual Serrano
Rebelión
Nos dijeron que la economía estaba en crisis debido al alto precio del petróleo, que estaba encareciendo la mayoría de la producción. Dos meses después, la crisis era porque éste había bajado su precio a la mitad. Contaban que la economía iba bien cuando el precio de la vivienda estaba a tales niveles que ningún joven podía acceder a ella y, en cambio, se contabilizaban tres millones de casas vacías en España. Incluso nos hacían felices porque los que teníamos vivienda ahora éramos ricos debido a la subida de los precios, pero en realidad lo que pasaba era que nuestros hijos no podían comprarse una. Nos inquietaban con el peligro de que explotara la burbuja inmobiliaria, lo cual provocaría la caída de los precios, a pesar de que ésa hubiera sido la única forma de que algunos pudiesen comprar una casa. Durante toda nuestra vida habíamos pensado que un signo de mala situación económica era que subieran los precios de los productos esenciales, pero ahora dicen que con la crisis bajarán y eso es todavía peor. Hace diez años recomendaban que contratásemos un plan de pensiones privado, porque el sistema público no estaría en condiciones de garantizar el pago de nuestra jubilación, y ha resultado que ha sido el sistema público el que ha tenido que rescatar al privado de la bancarrota.
En nuestra sociedad, los “expertos” en economía vienen a ser como los brujos de las tribus primitivas, que advertían de una terrible sequía dos semanas antes de que el poblado se inundara por lluvias torrenciales y, a pesar de eso, seguían considerándolos como adivinos sagrados cuando dejaba de llover.
Muchos hemos llegado a la conclusión de que en este siglo XXI leer buenos –y honrados– libros de economía es tan importante como leer los de supervivencia si se va a una isla desierta. Por eso yo leo a Juan Torres, para sobrevivir en esta edad moderna. De manera que llega un catedrático de Economía como él y nos dice que lo que argumentaban los grandes gurús de la economía mediante sofisticadas matemáticas era “una estupidez sin fundamento científico alguno, pero se divulgaba para que los multimillonarios puedan seguir jugando al casino”. O sea, el brujo de la tribu tomándonos el pelo en el siglo XXI. Y la prueba más clara es que hasta a Emilio Botín y a Alicia Koplowitz les sacó el dinero un estadounidense de nombre Madoff mediante el tocomocho de unas inversiones piramidales dignas de un trilero de la Gran Vía madrileña.
Todo lo que está sucediendo ahora lo advirtió hace cuatro años Juan Torres López en su libro Toma el dinero y corre. La globalización neoliberal del dinero y las finanzas (Icaria), pero él no gozaba del reconocimiento de “brujo de la tribu” que dan los grandes medios y las instituciones financieras, porque decía lo que a ellos no les interesaba. Y lo silenciaron.
Lo que sí pregonaban pocos meses antes de que se desplomaran las finanzas estadounidenses y europeas, el 5 de abril de 2008, eran titulares como este d el diario El País: “BBVA y el riesgo venezolano”. Con él se hacían eco de que el banco español “BBVA acaba de advertir sobre la situación venezolana en el capítulo de riesgos del informe anual presentado ante la Comisión del Mercado de Valores de Estados Unidos”. Seis meses después, los gobiernos estadounidenses y europeos dedicaban sus fondos públicos a salvar la banca privada y el venezolano concedía 236,7 millones de dólares para 1.547 proyectos socioproductivos comunitarios.
Esos ejecutivos y banqueros que han provocado la crisis se siguen burlando de los ciudadanos cada día que pasa. Mientras conocemos los multimillonarios rescates bancarios con dinero público, en octubre de 2008 se inauguraba en Múnich , con gran éxito de asistencia, la Feria de Millonarios, donde se podía admirar un teléfono móvil que se vende por 178.000 euros, una almohada adornada con diamantes por 300.000 euros, cigarros envueltos en oro, el último Ferrari, el mayordomo perfecto, yates, casas de caviar y champán... Por aquellos días se supo que el dueño de la inmobiliaria española Fadesa se había ingresado en su cuenta personal 139 millones de euros de la empresa antes de declarar la suspensión de pagos; que los ejecutivos de la aseguradora AIG se gastaron más de 440.000 dólares en una semana de vacaciones, alojados en un hotel de California que cuesta mil dólares por noche… tras recibir los 85.000 millones de dólares del rescate del gobierno estadounidense. La división aseguradora del desaparecido Fortis, cuyos restos fueron comprados a precio de saldo por BNP Paribas, se gastaron 150.000 euros en una cena en el prestigioso restaurante Louis XV del hotel monegasco Paris Monte-Carlo, el más caro de todo el Principado.
Aunque la crisis es básicamente financiera y del sector de la construcción, un estudio [1] señalaba que los directivos de las entidades financieras tienen un salario medio de entre 80.000 y 250.000 euros y los de las promotoras o constructoras entre 100.000 y 240.000 euros. Estos sueldos, según el estudio, sólo están por debajo de los asignados a los socios de los despachos de abogados. Sirva como ejemplo que durante 2008 la presidenta de Banesto, Ana Patricia Botín, obtuvo un aumento del 18 % en sus emolumentos para alcanzar un salario de 3,67 millones de euros. A éstos hay que añadirles “los 3,8 millones que el banco aportó a su plan de pensiones, que se eleva ya a 21,7 millones” [2] . Los demás miembros del Consejo de Administración percibieron durante 2008 un 36,9 % más que el año anterior y los once miembros de la alta dirección vieron su retribución aumentada un 34,6 %, hasta alcanzar un sueldo medio de 742.000 euros. En Estados Unidos no es diferente: mientras la financiera Merrill Lynch aprobaba los planes de despidos y recibía ayudas del gobierno, su presidente, John Thain, se gastaba 1,2 millones de euros en amueblar su despacho. Entre sus adquisiciones, alfombras de 67.000 euros y una mesa de 19.200. Así se viven las crisis cuando uno es directivo de una gran empresa o un banco. Al final tenía razón Bertolt Brecht cuando afirmaba que el delito no era robar un banco, sino fundarlo.
En realidad, como me dijo mi amigo Santiago Alba, a estar alturas no deberíamos escandalizarnos, esa gente siempre se dedicó a comer y a beber bien mientras la humanidad se muere de hambre. No hay ninguna novedad.
Y mientras sucede todo eso, y tras haber destinado el gobierno español millones de euros para la banca privada, el vicesecretario general del PSOE, José Blanco, se limitaba a declarar: “Yo confío en que las entidades financieras [...] tomen la decisión de garantizar crédito a los ciudadanos” [3] . Y la organización de consumidores OCU y el sindicato CCOO pedían al gobierno que, si un banco quiebra, se aumente la garantía del fondo de depósitos de los 20.000 euros de ahora hasta 150.000 [4] . Se trataría de que entre todos los ciudadanos, incluidos los que no tenemos ese dinero, pagásemos los 150.000 que alguien tenía ahorrados en una cuenta bancaria hasta que los directivos del banco se hubiesen largado con ellos.
Este libro de Juan Torres López y Alberto Garzón Espinosa, La crisis financiera. Guía para entenderla y explicarla, nos revela que el dinero que circula por el mundo es falso, puesto que en la economía financiera de los mercados de cambios y en las bolsas se mueven 5,5 billones de dólares, mientras que el comercio mundial es cien veces menor; que los prestamos hipotecarios eran NINJA (acrónimo de “No Income, No Job and No Asset”), es decir, se habían otorgado a personas sin ingresos, sin trabajo y sin patrimonio, que así creían tener algo; y que en Estados Unidos, al igual que en España, el 40 por ciento de las viviendas adquiridas no lo eran para ser habitadas. El capitalismo ha creado un sistema en que el dinero no es dinero, a los pobres los hipotecan para que crean que no son pobres y las casas no son para vivir. ¿Y cómo puede suceder esto? Por eso comencé este prólogo diciendo que hay que leer libros honrados de economía como si fuesen guías de supervivencia.
Nos encontramos en una situación en la que ni los gestores del capitalismo se fían de él. Los autores de este libro afirman que no faltaba liquidez en los mercados, sino que la escasez de dinero se debió a que unos bancos desconfiaban de otros y se negaban a prestarse entre sí. En tal situación, un banco puede iniciar una campaña de rumores sobre la insolvencia de otro y conseguir hundirlo en la Bolsa para comprarlo a precio de saldo. Como consecuencia, el dinero queda aprisionado en la psicosis que ellos mismos han creado y la economía se paraliza. Supimos que el Tesoro de EEUU estaba colocando sus letras a un interés del 0% porque “los inversores parecen sentirse mejor poniendo su dinero en manos del Gobierno que en las de los bancos” [5] . Al final, resulta que los neoliberales confían más en el maltrecho Estado, al que antes acusaban de incapaz, que en los bancos sacrosantos que ellos mismos gestionaban.
Y todo esto no sería tan grave si no fuese porque oculta la mayor de las crueldades. Algo mucho peor que explotar la fuerza de trabajo de un semejante mientras se lo mantiene en la pobreza –ése ha sido siempre el principio fundamental del capitalismo histórico–, es lanzarse a la especulación con la compra masiva de productos alimenticios básicos, lo cual provoca subidas espectaculares de precios y hace que millones de personas mueran de hambre al no poder comprarlos.
Este libro de economía incluye algo que los economistas del poder ya nunca nos recuerdan: la humanidad. La humanidad necesaria para tener en cuenta a quienes pasan hambre o no tienen un trabajo para sobrevivir. Esos economistas quieren hacer con la economía lo que han hecho con el periodismo: que con su neutralidad y asepsia mantenga la equidistancia entre nazis y víctimas del campo de concentración o que guarde el equilibrio informativo entre el “terrorista” palestino de Gaza –que a fin de cuentas tenía sólo cinco años– y el “defensor” de Israel que bombardeaba colegios desde un F-16.
El trabajo de Juan Torres y Alberto Garzón no termina dando recetas económicas milagrosas, porque sólo hay dos y son bien conocidas: la primera es subvertir la inmoralidad dominante para sustituirla por la ética y la decencia; la segunda, levantar la voz para amotinarse contra los miserables que nos han traído hasta aquí. Los autores tampoco evitan señalar a los responsables últimos del desastre: los gobiernos, los bancos centrales y los grandes organismos internacionales que, con su pasividad, permitieron esta situación, puesto que establecieron las normas y las reglas del juego para el saqueo y el crimen de los bancos. Esto ha sido posible porque los dueños del dinero habían tomado de antemano el control de la política. Por eso Emilio Botín no rinde cuentas ante los jueces aunque su banco entregase a Hacienda información falsa sobre casi diez mil operaciones bancarias por valor de 145.000 millones de pesetas, presentando como titulares a testaferros del tipo de personas fallecidas, ancianos desvalidos, parados o emigrantes, que nada sabían de tales operaciones. Las leyes se hacen para quienes manejan el dinero; los gobiernos ejecutan las políticas que éstos desean, mientras que la justicia está a su servicio y les garantiza impunidad. Por eso en esta sociedad una firma comercial tiene más derechos que una persona y hasta resulta preferible ser empresa que ser humano. Llevábamos años escuchando que no había dinero para luchar contra el hambre en el mundo, para asistir a los enfermos de sida o para garantizar cuidados sanitarios a toda la población mundial y, de la noche a la mañana, aparecen billones para salvar a los bancos. Este libro nos da las claves de la artimaña y la estafa. Estamos ante un golpe de Estado. O salimos a la calle o se instalarán definitivamente en el poder.
Pascual Serrano
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lunes, 6 de abril de 2009
El sucedáneo de capitalismo practicado por Obama
Joseph Stiglitz
The New York Times
Los 500 mil millones de dólares o más propuestos por la administración de Obama para lidiar con los bancos frágiles han sido descritos por algunos en los mercados financieros como una propuesta ganadora sí, sí y sí. En realidad, es una propuesta ganadora sí, sí y no: ganan los bancos, sí, ganan los inversores, sí, pero no los contribuyentes.
El Tesoro espera sacarnos del lío por la vía de imitar el fracasado sistema del que el sector privado se sirvió para llevar al mundo a la catástrofe, con una propuesta caracterizada por un sobre-apalancamiento en el sector público, exceso de complejidad, incentivos insuficientes y falta de transparencia.
Detengámonos un momento a recordar lo que causó en primer lugar el presente lío. Los bancos entraron, e hicieron entrar a nuestra economía, en dificultades por la vía del sobre-apalancamiento, es decir, usando volúmenes relativamente pequeños de capital propio y endeudándose mucho para comprar activos inmobiliarios de altísimo riesgo. En ese proceso, se sirvieron de instrumentos manifiestamente complejos, como las obligaciones de deuda colateralizada.
La perspectiva de elevadas compensaciones proporcionó incentivos a los ejecutivos para actuar miopemente y arrostrar riesgos excesivos, no para prestar dinero con prudencia. Los bancos hicieron todos esos yerros sin que nadie lo advirtiera, también porque buena parte de lo que hacían se financiaba "fuera de los balances contables".
En teoría, el plan de la administración se basa en dejar que el mercado determine los precios de los "activos tóxicos" de los bancos, incluidos préstamos inmobiliarios excepcionales y títulos basados en esos préstamos. Pero la realidad es que el mercado no puede poner precio a los activos tóxicos mismos, sino a las opciones sobre esos activos.
Y una cosa no tiene que ver con la otra. El plan del gobierno, en efecto, entraña asegurar casi todas las pérdidas. Puesto que a los inversores privados se les ahorra el grueso de las pérdidas, lo que ellos "valorarán" serán sobre todo las potenciales ganancias. Eso es exactamente lo mismo que si te dieran una opción.
Considérese un activo que tiene las mismas probabilidades de valer o cero o 200 dólares al cabo de un año. El "valor" promedio del activo es de 100 dólares. Ignorando el interés, ese es el precio al que se vendería el activo en un mercado competitivo. Es lo que "vale" el activo. Con el plan del secretario del Tesoro Timothy Geithner, el gobierno suministraría cerca del 92% del dinero necesario para comprar el activo, pero sólo recibiría el 50% de todas las ganancias, y absorbería casi todas las pérdidas. ¡Menudo socio!
Supóngase que una de las asociaciones público-privadas que ha prometido crear el Tesoro está dispuesta a pagar 150 dólares por el activo en cuestión. Eso es un 50% más que su valor verdadero, y el banco está encantado de venderlo. Así que el socio privado pone 12 dólares, y el gobierno pone el resto: 12 dólares en "valor líquido", más 126 dólares en forma de préstamo garantizado.
Si en un año resulta que el verdadero valor del activo es cero, el socio privado pierde 12 dólares, y el gobierno pierde 138. Si el verdadero valor es 200 dólares, el gobierno y el socio privado se reparten a partes iguales los 74 dólares que restan tras devolver el préstamo de 126 dólares. En ese escenario de color de rosa, el socio privado más que triplica sus inversión de 12 dólares. Pero el contribuyente, que arriesgó 138 dólares, sólo gana 37 dólares.
Ni siquiera en un mercado imperfecto debería confundirse el valor de un activo con el valor de la opción al alza sobre ese activo.
Pero los norteamericanos se arriesgan a perder todavía más de lo que estos cálculos sugieren, a causa de un efecto conocido como "selección adversa". Los bancos elegirán los préstamos y los títulos que desean vender. Lo que querrán será quitarse de encima los peores activos, y sobre todo los activos que crean sobreestimados por el mercado (y, por lo mismo, fácilmente sobreapreciados por él).
Pero el mercado tiende a advertir eso, lo que llevará a una disminución del precio que se está dispuesto a pagar en él por esos activos. Sólo la voluntad del gobierno de cargar con pérdidas bastantes puede superar esa "selección adversa". Absorbiendo el gobierno las pérdidas, el mercado no se preocupa de si los bancos le están "timando" al vender los peores activos, porque el gobierno carga con los costes.
El problema principal no es de falta de liquidez. Si lo fuera, lo que funcionaría sería un plan mucho más sencillo: limitarse a suministrar fondos sin garantías de préstamo. El problema de verdad es que los bancos hicieron malos préstamos en una burbuja y se apalancaron enormemente. Han perdido su capital, y ese capital precisa ser reemplazado.
Pagar por los activos valores equitativos de mercado no funcionará. Sólo pagando de más por esos activos se logrará la adecuada recapitalización de los bancos. Pero pagar de más por esos activos lo único que hace es derivar las pérdidas hacia el gobierno. En otras palabras, el plan Geithner sólo funciona, si y cuando los contribuyentes registran enormes pérdidas.
Algunos norteamericanos temen la posibilidad de que el gobierno "nacionalice" temporalmente los bancos, pero esa opción sería preferible a la del plan Geithner. Después de todo, la F.D.I.C. [Federal Deposit Insurance Corporation] ya ha tomado otras veces el control de los bancos quebrados, y lo ha hecho bien. Incluso ha nacionalizado grandes instituciones, como el Continental Illinois (controlado en 1984 y devuelto a manos privadas unos pocos años más tarde) y la Washington Mutual (tomada el pasado septiembre e inmediatamente revendida).
Lo que la administración Obama está haciendo es harto peor que la nacionalización: es un sucedáneo de capitalismo, privatización de ganancias y socialización de pérdidas. Una "sociedad" en la que un socio roba al otro. Y esas asociaciones –con el sector privado en posición de control— generan unos incentivos perversos, peores aún que los que nos llevaron a este lío.
Así pues, ¿qué atractivo tienen propuestas como ésa? Tal vez sea el tipo de mecanismo à la Rube Goldberg, tan apreciado en Wall Street: artero, complicado y no transparente, susceptible de facilitar enormes transferencias de riqueza a los mercados financieros. Por lo pronto, le ha permitido al gobierno evitarse una nueva comparecencia ante el Congreso para pedir el dinero que se necesita para estabilizar nuestros bancos, y le ha permitido sortear la nacionalización.
Pero ya estamos sufriendo las primeras consecuencias con una crisis de confianza. Cuando se hagan evidentes los elevados costes del plan de la administración, la erosión de la confianza será todavía mayor. Y entonces, la tarea de recrear un sector financiero dinámico y resucitar la economía será todavía más ardua.
Joseph Stiglitz es profesor de teoría económica en la Universidad de Columbia, fue presidente del Council of Economic Advisers entre 1995 y 1997, y ganó el Premio Nobel de Economía en 2001.
Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F. Nyerro
Enlace a texto en Rebelion
The New York Times
Los 500 mil millones de dólares o más propuestos por la administración de Obama para lidiar con los bancos frágiles han sido descritos por algunos en los mercados financieros como una propuesta ganadora sí, sí y sí. En realidad, es una propuesta ganadora sí, sí y no: ganan los bancos, sí, ganan los inversores, sí, pero no los contribuyentes.
El Tesoro espera sacarnos del lío por la vía de imitar el fracasado sistema del que el sector privado se sirvió para llevar al mundo a la catástrofe, con una propuesta caracterizada por un sobre-apalancamiento en el sector público, exceso de complejidad, incentivos insuficientes y falta de transparencia.
Detengámonos un momento a recordar lo que causó en primer lugar el presente lío. Los bancos entraron, e hicieron entrar a nuestra economía, en dificultades por la vía del sobre-apalancamiento, es decir, usando volúmenes relativamente pequeños de capital propio y endeudándose mucho para comprar activos inmobiliarios de altísimo riesgo. En ese proceso, se sirvieron de instrumentos manifiestamente complejos, como las obligaciones de deuda colateralizada.
La perspectiva de elevadas compensaciones proporcionó incentivos a los ejecutivos para actuar miopemente y arrostrar riesgos excesivos, no para prestar dinero con prudencia. Los bancos hicieron todos esos yerros sin que nadie lo advirtiera, también porque buena parte de lo que hacían se financiaba "fuera de los balances contables".
En teoría, el plan de la administración se basa en dejar que el mercado determine los precios de los "activos tóxicos" de los bancos, incluidos préstamos inmobiliarios excepcionales y títulos basados en esos préstamos. Pero la realidad es que el mercado no puede poner precio a los activos tóxicos mismos, sino a las opciones sobre esos activos.
Y una cosa no tiene que ver con la otra. El plan del gobierno, en efecto, entraña asegurar casi todas las pérdidas. Puesto que a los inversores privados se les ahorra el grueso de las pérdidas, lo que ellos "valorarán" serán sobre todo las potenciales ganancias. Eso es exactamente lo mismo que si te dieran una opción.
Considérese un activo que tiene las mismas probabilidades de valer o cero o 200 dólares al cabo de un año. El "valor" promedio del activo es de 100 dólares. Ignorando el interés, ese es el precio al que se vendería el activo en un mercado competitivo. Es lo que "vale" el activo. Con el plan del secretario del Tesoro Timothy Geithner, el gobierno suministraría cerca del 92% del dinero necesario para comprar el activo, pero sólo recibiría el 50% de todas las ganancias, y absorbería casi todas las pérdidas. ¡Menudo socio!
Supóngase que una de las asociaciones público-privadas que ha prometido crear el Tesoro está dispuesta a pagar 150 dólares por el activo en cuestión. Eso es un 50% más que su valor verdadero, y el banco está encantado de venderlo. Así que el socio privado pone 12 dólares, y el gobierno pone el resto: 12 dólares en "valor líquido", más 126 dólares en forma de préstamo garantizado.
Si en un año resulta que el verdadero valor del activo es cero, el socio privado pierde 12 dólares, y el gobierno pierde 138. Si el verdadero valor es 200 dólares, el gobierno y el socio privado se reparten a partes iguales los 74 dólares que restan tras devolver el préstamo de 126 dólares. En ese escenario de color de rosa, el socio privado más que triplica sus inversión de 12 dólares. Pero el contribuyente, que arriesgó 138 dólares, sólo gana 37 dólares.
Ni siquiera en un mercado imperfecto debería confundirse el valor de un activo con el valor de la opción al alza sobre ese activo.
Pero los norteamericanos se arriesgan a perder todavía más de lo que estos cálculos sugieren, a causa de un efecto conocido como "selección adversa". Los bancos elegirán los préstamos y los títulos que desean vender. Lo que querrán será quitarse de encima los peores activos, y sobre todo los activos que crean sobreestimados por el mercado (y, por lo mismo, fácilmente sobreapreciados por él).
Pero el mercado tiende a advertir eso, lo que llevará a una disminución del precio que se está dispuesto a pagar en él por esos activos. Sólo la voluntad del gobierno de cargar con pérdidas bastantes puede superar esa "selección adversa". Absorbiendo el gobierno las pérdidas, el mercado no se preocupa de si los bancos le están "timando" al vender los peores activos, porque el gobierno carga con los costes.
El problema principal no es de falta de liquidez. Si lo fuera, lo que funcionaría sería un plan mucho más sencillo: limitarse a suministrar fondos sin garantías de préstamo. El problema de verdad es que los bancos hicieron malos préstamos en una burbuja y se apalancaron enormemente. Han perdido su capital, y ese capital precisa ser reemplazado.
Pagar por los activos valores equitativos de mercado no funcionará. Sólo pagando de más por esos activos se logrará la adecuada recapitalización de los bancos. Pero pagar de más por esos activos lo único que hace es derivar las pérdidas hacia el gobierno. En otras palabras, el plan Geithner sólo funciona, si y cuando los contribuyentes registran enormes pérdidas.
Algunos norteamericanos temen la posibilidad de que el gobierno "nacionalice" temporalmente los bancos, pero esa opción sería preferible a la del plan Geithner. Después de todo, la F.D.I.C. [Federal Deposit Insurance Corporation] ya ha tomado otras veces el control de los bancos quebrados, y lo ha hecho bien. Incluso ha nacionalizado grandes instituciones, como el Continental Illinois (controlado en 1984 y devuelto a manos privadas unos pocos años más tarde) y la Washington Mutual (tomada el pasado septiembre e inmediatamente revendida).
Lo que la administración Obama está haciendo es harto peor que la nacionalización: es un sucedáneo de capitalismo, privatización de ganancias y socialización de pérdidas. Una "sociedad" en la que un socio roba al otro. Y esas asociaciones –con el sector privado en posición de control— generan unos incentivos perversos, peores aún que los que nos llevaron a este lío.
Así pues, ¿qué atractivo tienen propuestas como ésa? Tal vez sea el tipo de mecanismo à la Rube Goldberg, tan apreciado en Wall Street: artero, complicado y no transparente, susceptible de facilitar enormes transferencias de riqueza a los mercados financieros. Por lo pronto, le ha permitido al gobierno evitarse una nueva comparecencia ante el Congreso para pedir el dinero que se necesita para estabilizar nuestros bancos, y le ha permitido sortear la nacionalización.
Pero ya estamos sufriendo las primeras consecuencias con una crisis de confianza. Cuando se hagan evidentes los elevados costes del plan de la administración, la erosión de la confianza será todavía mayor. Y entonces, la tarea de recrear un sector financiero dinámico y resucitar la economía será todavía más ardua.
Joseph Stiglitz es profesor de teoría económica en la Universidad de Columbia, fue presidente del Council of Economic Advisers entre 1995 y 1997, y ganó el Premio Nobel de Economía en 2001.
Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F. Nyerro
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Crisis Financiera,
G20,
Joseph Stiglitz,
Rebelión
La cumbre del miedo
Walden Bello
Asia Times
El G-20 da un gran espectáculo reuniéndose para lidiar con la crisis económica global. Pero he aquí el problema de la cumbre de Londres del 2 de abril: que no es sino espectáculo. Y lo que el espectáculo viene a disimular es una profunda preocupación, un hondo miedo de la elite global, que no sabe realmente la dirección que está tomando la economía mundial y desconoce las medidas necesarias para estabilizarla.
Las últimas estadísticas dejan cortas las más nigrománticas proyecciones que se habían hecho. Los analistas del establishment están comenzando a mencionar la temida palabra que empieza por "D", y hoy crece la sensación de que está formándose una gigantesca ola que simplemente se tragará los billones de dólares gastados en estímulos. En ese ambiente, el G-20 transmite la impresión de andar más arrastrado por los acontecimientos que enseñoreado de ellos. (Además de las siete naciones industriales más ricas –EEUU, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia y Canadá—, el G-20 incluye a China, India, Indonesia, México, Brasil, Argentina, Rusia, Arabia Saudita, Australia, Corea del Sur, Turquía, Italia y Suráfrica.)
En efecto: acaso no haya imagen más reveladora del actual estado de la economía global que la de un submarino alemán de la II Guerra Mundial tocado por una carga de profundidad lanzada por destructores de la flota británica noratlántica. Se va a pique rápidamente, y la tripulación no sabe cuando tocará suelo oceánico. Y, llegado a zonas abisales, la gran cuestión es: ¿será capaz la tripulación de reflotar el submarino bombeando aire comprimido en los tanques de lastre, como los marineros de la película clásica Das Boot [El submarino], de Wolfgang Petersen? ¿O seguirá el submarino en el fondo, condenada su tripulación a contemplar un destino peor que la muerte instantánea?
La actual tripulación capitalista al mando de la economía global ignora si los métodos keynesianos pueden reflotar la vida económica planetaria. Entretanto, cada vez más gente se pregunta si bastará un puñado de reformas de estilo socialdemócrata para reparar la economía global, o si la crisis habrá de llevar más bien a un nuevo orden económico internacional.
¿Un nuevo Bretton Woods?
La reunión del G-20 ha sido celebrada como un Nuevo Bretton Woods. En julio de 1944, en Bretton Woods, New Hampshire, representantes de las economías capitalistas estatalmente gestionadas diseñaron el orden multilateral posbélico situándose a sí propias en el centro del mismo. No podrían ser más distintas ambas reuniones.
La reunión de Londres dura un día; la conferencia de de Bretton Woods fue una ardua sesión de trabajo que se prolongó durante 21 días. La reunión de Londres es exclusiva, con 20 gobiernos que se arrogan la capacidad para decidir por 172 países. La reunión de Bretton Woods se esforzó por ser inclusiva, precisamente para evitar la ilegitimidad que persigue a la cita de Londres. Aun celebrada en plena guerra, juntó a representantes de 44 países, incluida la nación todavía dependiente de las Filipinas y al pequeño y ya desaparecido Estado siberiano de Tannu Tuva.
La Conferencia de Bretton Woods creó nuevas instituciones multilaterales y nuevas normas para gestionar el mundo de posguerra. El G-20 busca reciclar instituciones fracasadas: el propio G-20, el Fórum de Estabilidad Financiera (FSF), el Banco de Pagos Internacionales y "Basilea II", así como el FMI, que ahora cumple 65 años. Algunas de esas instituciones fueron creadas por el G-7 tras la crisis financiera asiática de 1997 para instituir una nueva arquitectura financiera capaz de prevenir una repetición de la debacle provocada por las políticas del FMI de liberalización de la balanza de capitales. Pero, en vez de fijar salvaguardias, lo que hicieron esas instituciones fue aceptar la estrategia de "autorregulación" de la elite financiera global.
Entre los mantras así legitimados estaban: la consigna de que los controles de los movimientos de capitales eran malos para las economías en vías de desarrollo; la fórmula de que la venta cortoplacista o especulación con el movimiento de las acciones tomadas a préstamos era una legítima operación de mercado; y la idea de que los derivados financieros (o títulos de obligaciones que permiten hacer apuestas sobre los movimientos de los activos subyacentes) "perfeccionaban" el mercado. La implícita recomendación de su pasividad era que el mejor modo de regular el mercado era dejar el mercado en manos de unos jugadores que habrían desarrollado sofisticados y pretendidamente fiable modelos de "estimación del riesgo".
En suma: se encarga a instituciones que fueron parte del problema que se conviertan ahora en elemento central de la solución. Sin advertirlo, el G-20 está siguiendo la máxima de Marx, según la cual la historia se repite: como tragedia, primero, y como farsa, después.
La resurrección del FMI
El componente más problemático de la solución G-20 son sus propuestas para el FMI. Los EEUU y la UE buscan doblar el capital del FMI, pasando de 250 mil a 500 mil millones de dólares. El plan pasa porque el FMI preste esos fondos a países en vías de desarrollo para estimular sus economías, supervisando el Fondo, conforme a la propuesta del secretario del Tesoro norteamericano Tim Geithner, el ejercicio global. Si algo no podía funcionar, es precisamente eso.
Por lo pronto, el asunto de la representación sigue perjudicando mucho al Sur global. Hasta ahora, sólo se han hecho cambios marginales en la asignación de los derechos de sufragio en el FMI. A pesar del clamor favorable a una mayor capacidad de sufragio para los miembros del Sur, los países ricos siguen estando sobre-representados en el comité ejecutivo del Fondo. Los países en vías de desarrollo, señaladamente los asiáticos y os africanos, están muy sub-representados. Europa mantiene un tercio de las sillas en el comité ejecutivo y exige el privilegio feudal de que sea siempre un europeo el director ejecutivo. Los EEUU, por su parte, tienen cerca del 17% de poder de voto, los que les da derecho de veto.
Segundo, el desempeño del FMI durante la crisis financiera asiática de 1997, más que cualquier otra cosa, minó su credibilidad. El FMI contribuyó a la crisis al empujar a los países asiáticos a eliminar los controles de los movimientos de capitales y a liberalizar sus sectores financieros, favoreciendo tanto la entrada masiva de capital especulativo como su desestabilizadora salida al menor indicio de crisis.
El Fondo empujó luego a los gobiernos al recorte presupuestario con la teoría de que la inflación era el problema, cuando lo que debería haber hecho es apoyar un mayor gasto público para contrarrestar el colapso del sector privado. Tal medida pro-cíclica terminó acelerando el colapso regional, convirtiéndolo en una recesión. Finalmente, miles de millones de dólares de los fondos de rescate del FMI no fueron a parar al rescate de unas economías colapsadas, sino a compensar las pérdidas de instituciones financieras extranjeras: un desarrollo que se ha convertido en ejemplo de manual de lo que es el "azar moral", estimulador del préstamo irresponsable.
Tailandia liquidó sus deudas con el FMI en 2003, declarando su "independencia fiscal". Le siguieron Brasil, Venezuela y Argentina, e Indonesia manifestó su intención de devolver sus deudas lo antes posible. Análogamente, otros países decidieron mantenerse al margen, prefiriendo acumular reservas de comercio exterior para defenderse de inopinados acontecimientos exteriores, antes que contratar nuevos préstamos con el FMI. Lo que llevó al FMI a una crisis presupuestaria, pues el grueso de sus ingresos procedía de las devoluciones de deuda por parte de los mayores países en vías de desarrollo.
Los partidarios del Fondo dicen que el FMI comprende ya cabalmente las ventajas de los gastos masivos financiados con déficit y que, como Richard Nixon en su día, puede ahora avilantarse a decir: "todos somos keynesianos ya". Muchos críticos discrepan. Eurodad, una organización no-gubernamental de vigilancia del FMI, sostiene que el Fondo todavía pone gravosas condiciones para el préstamo a países en vías de desarrollo. Préstamos muy recientemente concedidos por el FMI todavía favorecen la liberalización financiera y bancaria. Y a pesar del actual énfasis puesto en el estímulo fiscal –algunos países, como los EEUU, llaman a incrementar el estímulo fiscal hasta al menos un 2% del PIB—, el FMI todavía exige a los prestatarios de bajos ingresos mantener su gasto por déficit por debajo del 1% del PIB.
Está, por último, la cuestión de si el Fondo sabe lo que tiene entre manos. Uno de los factores clave en el descrédito del FMI ha sido su práctica incapacidad para anticipar la presente crisis financiera. Al final del Artículo IV de la consulta con los EEUU de 2007, el comité del FMI aseveraba que "el sistema financiero ha mostrado una impresionante estabilidad, aun a pesar de las recientes dificultades con el mercado hipotecario subprime". En suma: el Fondo no sólo ha fallado miserablemente en sus prescripciones de política económica, sino que, a pesar del pretendido alto nivel de los economistas que tiene en nómina, ha fracasado radicalmente en sus responsabilidades de vigilancia.
Por cuantiosos que sean los recursos que el G-20 allegue al FMI, un programa de estímulo global gestionado por el Fondo resultará muy poco atractivo internacionalmente para sus posibles destinatarios.
El camino por andar
La respuesta del Norte a la presente crisis, que pasa por revivir instituciones fosilizadas, trae a la memoria el famoso dicho de Keynes: "La dificultad no estriba tanto en el desarrollo de ideas nuevas, cuanto en sacudirse las viejas". Así pues, en el espíritu de Keynes, tratemos de buscar formas de sacudirnos viejas formas de pensar.
Primero: puesto que la legitimidad es una mercancía muy escasa ahora mismo, el Secretario General de la ONU y la Asamblea General de Naciones Unidas –no el G-20— deberían convocar una sesión especial para diseñar un nuevo orden global multilateral. Una Comisión de Expertos en Reformas del Sistema Monetario y Financiero Internacional, nombrada por el presidente de la Asamblea General y encabezada por el Premio Nobel Joseph Stiglitz ya ha hecho el trabajo preparatorio para esa reunión. La reunión, como la Conferencia de Bretton Woods, sería un proceso inclusivo y, como Bretton Woods también, sería una sesión de trabajo de varias semanas de duración. Uno de sus resultados clave podría ser la institución de un foro representativo, como el "Consejo de Coordinación Global" sugerido por Stiglitz, que coordinaría en un sentido amplio la reforma global económica y financiera.
Segundo: para prestar inmediata asistencia a los países que precisan lidiar con la crisis, las deudas contraídas por los países en vías de desarrollo con las instituciones del Norte deberían ser canceladas. El grueso de esa deuda, como nos recuerda el movimiento internacional Jubilee para cancelación de la deuda, fue contraída en condiciones abusivas, y el importe del principal de la misma ha sido ya devuelto con creces. La cancelación de la deuda o una moratoria permitirá a los países en vías de desarrollo el acceso a mayores recursos y tendrá unos efectos de estímulo mayores que el dinero canalizado a través del FMI.
Tercero: las estructuras regionales para lidiar con asuntos financieros, incluida la financiación del desarrollo, deberían ser la pieza central de la nueva arquitectura de la nueva gobernanza global, y no otro sistema financiero en el que los países del Norte dominen instituciones centralizadas como el FMI y monopolicen recursos y poder. En el este asiático, la agrupación "ASEAN Plus Three", o la "Iniciativa Chiang Mai", son desarrollos prometedores que hay que ampliar, aunque precisen de mayor control por parte de los pueblos de la región. En la América latina están ya en marcha varias iniciativas regionales prometedoras, como el ALBA y el Banco del Sur. Cualquier orden global nuevo precisará, como pilares, de instituciones regionales socialmente controlables.
Éstos son, huelga decirlo, pasos inmediatos a dar en el contexto de una reconfiguración estratégica, más fundamental ya largo plazo, de un sistema capitalista que se halla ahora al borde del colapso.
La presente crisis es una gran oportunidad para poner por obra un nuevo sistema que ponga fin, no sólo al fracasado sistema de la gobernanza neoliberal global, sino a la dominación euro-norteamericana de la economía capitalista global, reemplazándolo por un orden democrático postcapitalista, más descentralizado y desglobalizado. No es imposible que, a menos que esa reestructuración más fundamental tenga lugar, la economía global no consiga reflotar y ganar la superficie.
Walden Bello, profesor de ciencias políticas y sociales en la Universidad de Filipinas (Manila), es miembro del Transnational Institute de Amsterdam y presidente de Freedom from Debt Coalition, así como analista sénior en Focus on the Global South.
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss
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Asia Times
El G-20 da un gran espectáculo reuniéndose para lidiar con la crisis económica global. Pero he aquí el problema de la cumbre de Londres del 2 de abril: que no es sino espectáculo. Y lo que el espectáculo viene a disimular es una profunda preocupación, un hondo miedo de la elite global, que no sabe realmente la dirección que está tomando la economía mundial y desconoce las medidas necesarias para estabilizarla.
Las últimas estadísticas dejan cortas las más nigrománticas proyecciones que se habían hecho. Los analistas del establishment están comenzando a mencionar la temida palabra que empieza por "D", y hoy crece la sensación de que está formándose una gigantesca ola que simplemente se tragará los billones de dólares gastados en estímulos. En ese ambiente, el G-20 transmite la impresión de andar más arrastrado por los acontecimientos que enseñoreado de ellos. (Además de las siete naciones industriales más ricas –EEUU, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia y Canadá—, el G-20 incluye a China, India, Indonesia, México, Brasil, Argentina, Rusia, Arabia Saudita, Australia, Corea del Sur, Turquía, Italia y Suráfrica.)
En efecto: acaso no haya imagen más reveladora del actual estado de la economía global que la de un submarino alemán de la II Guerra Mundial tocado por una carga de profundidad lanzada por destructores de la flota británica noratlántica. Se va a pique rápidamente, y la tripulación no sabe cuando tocará suelo oceánico. Y, llegado a zonas abisales, la gran cuestión es: ¿será capaz la tripulación de reflotar el submarino bombeando aire comprimido en los tanques de lastre, como los marineros de la película clásica Das Boot [El submarino], de Wolfgang Petersen? ¿O seguirá el submarino en el fondo, condenada su tripulación a contemplar un destino peor que la muerte instantánea?
La actual tripulación capitalista al mando de la economía global ignora si los métodos keynesianos pueden reflotar la vida económica planetaria. Entretanto, cada vez más gente se pregunta si bastará un puñado de reformas de estilo socialdemócrata para reparar la economía global, o si la crisis habrá de llevar más bien a un nuevo orden económico internacional.
¿Un nuevo Bretton Woods?
La reunión del G-20 ha sido celebrada como un Nuevo Bretton Woods. En julio de 1944, en Bretton Woods, New Hampshire, representantes de las economías capitalistas estatalmente gestionadas diseñaron el orden multilateral posbélico situándose a sí propias en el centro del mismo. No podrían ser más distintas ambas reuniones.
La reunión de Londres dura un día; la conferencia de de Bretton Woods fue una ardua sesión de trabajo que se prolongó durante 21 días. La reunión de Londres es exclusiva, con 20 gobiernos que se arrogan la capacidad para decidir por 172 países. La reunión de Bretton Woods se esforzó por ser inclusiva, precisamente para evitar la ilegitimidad que persigue a la cita de Londres. Aun celebrada en plena guerra, juntó a representantes de 44 países, incluida la nación todavía dependiente de las Filipinas y al pequeño y ya desaparecido Estado siberiano de Tannu Tuva.
La Conferencia de Bretton Woods creó nuevas instituciones multilaterales y nuevas normas para gestionar el mundo de posguerra. El G-20 busca reciclar instituciones fracasadas: el propio G-20, el Fórum de Estabilidad Financiera (FSF), el Banco de Pagos Internacionales y "Basilea II", así como el FMI, que ahora cumple 65 años. Algunas de esas instituciones fueron creadas por el G-7 tras la crisis financiera asiática de 1997 para instituir una nueva arquitectura financiera capaz de prevenir una repetición de la debacle provocada por las políticas del FMI de liberalización de la balanza de capitales. Pero, en vez de fijar salvaguardias, lo que hicieron esas instituciones fue aceptar la estrategia de "autorregulación" de la elite financiera global.
Entre los mantras así legitimados estaban: la consigna de que los controles de los movimientos de capitales eran malos para las economías en vías de desarrollo; la fórmula de que la venta cortoplacista o especulación con el movimiento de las acciones tomadas a préstamos era una legítima operación de mercado; y la idea de que los derivados financieros (o títulos de obligaciones que permiten hacer apuestas sobre los movimientos de los activos subyacentes) "perfeccionaban" el mercado. La implícita recomendación de su pasividad era que el mejor modo de regular el mercado era dejar el mercado en manos de unos jugadores que habrían desarrollado sofisticados y pretendidamente fiable modelos de "estimación del riesgo".
En suma: se encarga a instituciones que fueron parte del problema que se conviertan ahora en elemento central de la solución. Sin advertirlo, el G-20 está siguiendo la máxima de Marx, según la cual la historia se repite: como tragedia, primero, y como farsa, después.
La resurrección del FMI
El componente más problemático de la solución G-20 son sus propuestas para el FMI. Los EEUU y la UE buscan doblar el capital del FMI, pasando de 250 mil a 500 mil millones de dólares. El plan pasa porque el FMI preste esos fondos a países en vías de desarrollo para estimular sus economías, supervisando el Fondo, conforme a la propuesta del secretario del Tesoro norteamericano Tim Geithner, el ejercicio global. Si algo no podía funcionar, es precisamente eso.
Por lo pronto, el asunto de la representación sigue perjudicando mucho al Sur global. Hasta ahora, sólo se han hecho cambios marginales en la asignación de los derechos de sufragio en el FMI. A pesar del clamor favorable a una mayor capacidad de sufragio para los miembros del Sur, los países ricos siguen estando sobre-representados en el comité ejecutivo del Fondo. Los países en vías de desarrollo, señaladamente los asiáticos y os africanos, están muy sub-representados. Europa mantiene un tercio de las sillas en el comité ejecutivo y exige el privilegio feudal de que sea siempre un europeo el director ejecutivo. Los EEUU, por su parte, tienen cerca del 17% de poder de voto, los que les da derecho de veto.
Segundo, el desempeño del FMI durante la crisis financiera asiática de 1997, más que cualquier otra cosa, minó su credibilidad. El FMI contribuyó a la crisis al empujar a los países asiáticos a eliminar los controles de los movimientos de capitales y a liberalizar sus sectores financieros, favoreciendo tanto la entrada masiva de capital especulativo como su desestabilizadora salida al menor indicio de crisis.
El Fondo empujó luego a los gobiernos al recorte presupuestario con la teoría de que la inflación era el problema, cuando lo que debería haber hecho es apoyar un mayor gasto público para contrarrestar el colapso del sector privado. Tal medida pro-cíclica terminó acelerando el colapso regional, convirtiéndolo en una recesión. Finalmente, miles de millones de dólares de los fondos de rescate del FMI no fueron a parar al rescate de unas economías colapsadas, sino a compensar las pérdidas de instituciones financieras extranjeras: un desarrollo que se ha convertido en ejemplo de manual de lo que es el "azar moral", estimulador del préstamo irresponsable.
Tailandia liquidó sus deudas con el FMI en 2003, declarando su "independencia fiscal". Le siguieron Brasil, Venezuela y Argentina, e Indonesia manifestó su intención de devolver sus deudas lo antes posible. Análogamente, otros países decidieron mantenerse al margen, prefiriendo acumular reservas de comercio exterior para defenderse de inopinados acontecimientos exteriores, antes que contratar nuevos préstamos con el FMI. Lo que llevó al FMI a una crisis presupuestaria, pues el grueso de sus ingresos procedía de las devoluciones de deuda por parte de los mayores países en vías de desarrollo.
Los partidarios del Fondo dicen que el FMI comprende ya cabalmente las ventajas de los gastos masivos financiados con déficit y que, como Richard Nixon en su día, puede ahora avilantarse a decir: "todos somos keynesianos ya". Muchos críticos discrepan. Eurodad, una organización no-gubernamental de vigilancia del FMI, sostiene que el Fondo todavía pone gravosas condiciones para el préstamo a países en vías de desarrollo. Préstamos muy recientemente concedidos por el FMI todavía favorecen la liberalización financiera y bancaria. Y a pesar del actual énfasis puesto en el estímulo fiscal –algunos países, como los EEUU, llaman a incrementar el estímulo fiscal hasta al menos un 2% del PIB—, el FMI todavía exige a los prestatarios de bajos ingresos mantener su gasto por déficit por debajo del 1% del PIB.
Está, por último, la cuestión de si el Fondo sabe lo que tiene entre manos. Uno de los factores clave en el descrédito del FMI ha sido su práctica incapacidad para anticipar la presente crisis financiera. Al final del Artículo IV de la consulta con los EEUU de 2007, el comité del FMI aseveraba que "el sistema financiero ha mostrado una impresionante estabilidad, aun a pesar de las recientes dificultades con el mercado hipotecario subprime". En suma: el Fondo no sólo ha fallado miserablemente en sus prescripciones de política económica, sino que, a pesar del pretendido alto nivel de los economistas que tiene en nómina, ha fracasado radicalmente en sus responsabilidades de vigilancia.
Por cuantiosos que sean los recursos que el G-20 allegue al FMI, un programa de estímulo global gestionado por el Fondo resultará muy poco atractivo internacionalmente para sus posibles destinatarios.
El camino por andar
La respuesta del Norte a la presente crisis, que pasa por revivir instituciones fosilizadas, trae a la memoria el famoso dicho de Keynes: "La dificultad no estriba tanto en el desarrollo de ideas nuevas, cuanto en sacudirse las viejas". Así pues, en el espíritu de Keynes, tratemos de buscar formas de sacudirnos viejas formas de pensar.
Primero: puesto que la legitimidad es una mercancía muy escasa ahora mismo, el Secretario General de la ONU y la Asamblea General de Naciones Unidas –no el G-20— deberían convocar una sesión especial para diseñar un nuevo orden global multilateral. Una Comisión de Expertos en Reformas del Sistema Monetario y Financiero Internacional, nombrada por el presidente de la Asamblea General y encabezada por el Premio Nobel Joseph Stiglitz ya ha hecho el trabajo preparatorio para esa reunión. La reunión, como la Conferencia de Bretton Woods, sería un proceso inclusivo y, como Bretton Woods también, sería una sesión de trabajo de varias semanas de duración. Uno de sus resultados clave podría ser la institución de un foro representativo, como el "Consejo de Coordinación Global" sugerido por Stiglitz, que coordinaría en un sentido amplio la reforma global económica y financiera.
Segundo: para prestar inmediata asistencia a los países que precisan lidiar con la crisis, las deudas contraídas por los países en vías de desarrollo con las instituciones del Norte deberían ser canceladas. El grueso de esa deuda, como nos recuerda el movimiento internacional Jubilee para cancelación de la deuda, fue contraída en condiciones abusivas, y el importe del principal de la misma ha sido ya devuelto con creces. La cancelación de la deuda o una moratoria permitirá a los países en vías de desarrollo el acceso a mayores recursos y tendrá unos efectos de estímulo mayores que el dinero canalizado a través del FMI.
Tercero: las estructuras regionales para lidiar con asuntos financieros, incluida la financiación del desarrollo, deberían ser la pieza central de la nueva arquitectura de la nueva gobernanza global, y no otro sistema financiero en el que los países del Norte dominen instituciones centralizadas como el FMI y monopolicen recursos y poder. En el este asiático, la agrupación "ASEAN Plus Three", o la "Iniciativa Chiang Mai", son desarrollos prometedores que hay que ampliar, aunque precisen de mayor control por parte de los pueblos de la región. En la América latina están ya en marcha varias iniciativas regionales prometedoras, como el ALBA y el Banco del Sur. Cualquier orden global nuevo precisará, como pilares, de instituciones regionales socialmente controlables.
Éstos son, huelga decirlo, pasos inmediatos a dar en el contexto de una reconfiguración estratégica, más fundamental ya largo plazo, de un sistema capitalista que se halla ahora al borde del colapso.
La presente crisis es una gran oportunidad para poner por obra un nuevo sistema que ponga fin, no sólo al fracasado sistema de la gobernanza neoliberal global, sino a la dominación euro-norteamericana de la economía capitalista global, reemplazándolo por un orden democrático postcapitalista, más descentralizado y desglobalizado. No es imposible que, a menos que esa reestructuración más fundamental tenga lugar, la economía global no consiga reflotar y ganar la superficie.
Walden Bello, profesor de ciencias políticas y sociales en la Universidad de Filipinas (Manila), es miembro del Transnational Institute de Amsterdam y presidente de Freedom from Debt Coalition, así como analista sénior en Focus on the Global South.
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss
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G20,
Rebelión,
Sin Permiso,
Walden Bello
El G-20 y el Fondo Monetario Internacional
Vicenç Navarro
Sistema
Uno de los temas de discusión en la reunión G-20 ha sido el papel que el Fondo Monetario Internacional (FMI) tiene que jugar en la resolución de la enorme crisis económica y financiera que el mundo está experimentando. Y una de las propuestas que se han aprobado ha sido incrementar sustancialmente los fondos disponibles a esta institución para poder ayudar a los países que se enfrentan a situaciones de gran stress financiero. En principio parecería que esta medida es positiva, pues un número creciente de países se encontrarán en esta situación. Y entre ellos los países llamados subdesarrollados serán los más necesitados.
Ahora bien, tal como ha señalado Mark Weisbrot del “Center for Economic and Policy Research de Washington”, esta medida podría ser un gran error a menos que el FMI cambiara sustancialmente el criterio que ha utilizado para distribuir tales fondos. Durante muchos años este criterio ha contribuido a empeorar la situación de los países que tal institución “ayudaba”. La lista de tales países es muy larga. Durante todos estos años de dominio del pensamiento económico liberal, el FMI (junto con el Banco Mundial) ha sido el instrumento de promoción de las políticas liberales que perjudicaron a aquellos países. Las recetas (aparecidas como criterios condicionantes de la supuesta ayuda) del FMI incluían la privatización de las empresas públicas, la desregulación de los mercados financieros, la eliminación de cualquier tipo de proteccionismo, y la priorización de la economía de los países subdesarrollados basada en las exportaciones en lugar del consumo doméstico (con el fin de conseguir las divisas con las cuales pagar la deuda de tales países a los centros financieros de los países desarrollados). Estas políticas públicas han sido sumamente negativas, creando un gran sufrimiento a las clases populares de aquellos países. Así, en Asia, tales políticas del FMI empeoraron la crisis financiera de Indonesia, Tailandia, Corea y Filipinas. En Europa las mismas políticas liberales perjudicaron enormemente el standard de vida de las clases populares de Rusia (la esperanza de vida de aquel país se redujo en ¡seis años!, como consecuencia de la aplicación de tales políticas). En América Latina, tales políticas hundieron todavía más la economía de Argentina y de otros países, lo cual explica el enorme rechazo hacia tales políticas por parte de la población, responsable del cambio de signo político en la mayoría de aquellos países donde tales políticas se llevaron a cabo. Es importante subrayar que estos países escarmentaron de aquella experiencia y nunca jamás han pedido “ayuda” de nuevo al FMI.
Estas prácticas liberales han continuado hasta hoy. Así, las famosas condiciones de “austeridad” (que es el lenguaje para llevar a cabo aquellas políticas) se han incluido en las “ayudas” a Pakistán, al Salvador y a los países del Este de Europa (que han visto ya varias protestas populares en contra del desarrollo de tales políticas). Es importante contrastar lo que el FMI ha estado exigiendo a los países subdesarrollados con lo que está ocurriendo en los países desarrollados, donde sus gobiernos -frente a la crisis económica- están aplicando políticas de carácter keynesiano (tales como la expansión del gasto público y el crecimiento de la demanda interna, con recuperación de medidas proteccionistas) opuestas a las políticas liberales. Cuando tal contraste de exigencias se señala al FMI, la respuesta de tal institución ha sido (al menos hasta hace poco) que lo que “podían hacer los países desarrollados no podían hacerlo los países subdesarrollados”. Argumentaba el FMI que las políticas expansivas en los países subdesarrollados empeorarían la situación, al crecer las importaciones que incrementaría la negatividad de su balance de pagos al no poder equilibrarse tal aumento con el aumento de exportaciones, consecuencia de la recesión internacional. Esta respuesta que el FMI daba en contra de las políticas expansivas en los países subdesarrollados asumía que tales países no debían disminuir las importaciones a base de medidas proteccionistas, las cuales estaban prohibidas en las condiciones impuestas por el FMI Tal postura en contra del proteccionismo era la madre del cordero, es decir, era el punto central de la política liberal del FMI. Es alentador que últimamente el FMI ha cambiado de políticas, pasando de defender la austeridad de gasto público (promovida por el anterior director del FMI, Rodrigo Rato, percibido ampliamente por la comunidad internacional como uno de los peores directores que ha tenido el FMI) a favorecer la expansión de tal gasto (bajo la dirección del nuevo director, Dominique Strauss-Kahn). Este cambio es positivo. Pero el FMI mantiene su fundamentalismo en contra de las políticas proteccionistas necesarias para permitir el desarrollo de aquellos países.
Como Stiglitz y muchos otros economistas han señalado, no ha habido ningún país en el mundo que haya roto con su subdesarrollo sin recurrir al proteccionismo. La evidencia de ello es abrumadora. Como ha mostrado elocuentemente Ha-joon Chang en su excelente libro “Bad Samaritans. The Myth of the Trade and the Secret History of Capitalism” (2007), lo que el “libre comercio” y la desregulación de los mercados comerciales y financieros ha significado para los países subdesarrollados ha sido la entrada de los intereses económicos y financieros de los países desarrollados en sus mercados destruyendo su capacidad productiva. Y esta es la consecuencia del “libre comercio” del FMI. Dar más fondos a tal institución puede significar incrementar más la influencia de tal fundamentalismo que ha dañado y continúa dañando a las clases populares de los países subdesarrollados.
Una última observación. El FMI ha sido una correa de transmisión del Ministerio de Hacienda (Secretary of the Treasure) del gobierno federal de EE.UU., situación que alcanzó niveles extremos bajo la dirección de Rodrigo Rato. Históricamente, el director del FMI, aunque siempre ha sido un europeo, lo aprueba en la práctica el gobierno federal. La Unión Europea podría, en caso de que lo deseara, cambiar esta situación (pues sus votos podrían saltarse el veto de EE.UU.) pero nunca lo ha hecho, en parte para no antagonizar al gobierno federal de EE.UU., en parte porque tales políticas favorecen también a sus intereses comerciales y financieros. La profundidad de la crisis está cuestionándolo todo, incluyendo la propia existencia del FMI Estamos viendo una movilización (desapercibida como ocurre con frecuencia en los medios de información y persuasión españoles) a nivel mundial para la eliminación o reforma profunda del FMI Componentes de esta movilización incluyen: a) la campaña a favor de la eliminación de la deuda externa (que supone un enorme sacrificio a países que tienen que consumir a veces más de una tercera parte de sus ingresos en pagar sólo los intereses de tal deuda); b) las reformas propuestas por la comisión de las Naciones Unidas, presidida por Joseph Stiglitz que excluye al FMI del sistema de ayuda a los países en vías de desarrollo, desarrollando otro como alternativa; y c) la más importante, el desarrollo de bancos regionales en Asia (The Asian Monetary Fund) y en América Latina (con la colaboración de Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Paraguay y Uruguay), que están creando el Banco del Sur que sustituya al FMI en aquellas regiones. Todas estas son medidas que muestran el gran fracaso que el FMI ha significado en los últimos treinta años como promotor del neoliberalismo. La crisis de este último explica la crisis del primero. (Para una ampliación de la temática cubierta en este artículo, ver Sección “Neoliberalismo y Globalización” en mi blog www.vnavarro.org).
Enlace a texto en Rebelion Rebelion
Sistema
Uno de los temas de discusión en la reunión G-20 ha sido el papel que el Fondo Monetario Internacional (FMI) tiene que jugar en la resolución de la enorme crisis económica y financiera que el mundo está experimentando. Y una de las propuestas que se han aprobado ha sido incrementar sustancialmente los fondos disponibles a esta institución para poder ayudar a los países que se enfrentan a situaciones de gran stress financiero. En principio parecería que esta medida es positiva, pues un número creciente de países se encontrarán en esta situación. Y entre ellos los países llamados subdesarrollados serán los más necesitados.
Ahora bien, tal como ha señalado Mark Weisbrot del “Center for Economic and Policy Research de Washington”, esta medida podría ser un gran error a menos que el FMI cambiara sustancialmente el criterio que ha utilizado para distribuir tales fondos. Durante muchos años este criterio ha contribuido a empeorar la situación de los países que tal institución “ayudaba”. La lista de tales países es muy larga. Durante todos estos años de dominio del pensamiento económico liberal, el FMI (junto con el Banco Mundial) ha sido el instrumento de promoción de las políticas liberales que perjudicaron a aquellos países. Las recetas (aparecidas como criterios condicionantes de la supuesta ayuda) del FMI incluían la privatización de las empresas públicas, la desregulación de los mercados financieros, la eliminación de cualquier tipo de proteccionismo, y la priorización de la economía de los países subdesarrollados basada en las exportaciones en lugar del consumo doméstico (con el fin de conseguir las divisas con las cuales pagar la deuda de tales países a los centros financieros de los países desarrollados). Estas políticas públicas han sido sumamente negativas, creando un gran sufrimiento a las clases populares de aquellos países. Así, en Asia, tales políticas del FMI empeoraron la crisis financiera de Indonesia, Tailandia, Corea y Filipinas. En Europa las mismas políticas liberales perjudicaron enormemente el standard de vida de las clases populares de Rusia (la esperanza de vida de aquel país se redujo en ¡seis años!, como consecuencia de la aplicación de tales políticas). En América Latina, tales políticas hundieron todavía más la economía de Argentina y de otros países, lo cual explica el enorme rechazo hacia tales políticas por parte de la población, responsable del cambio de signo político en la mayoría de aquellos países donde tales políticas se llevaron a cabo. Es importante subrayar que estos países escarmentaron de aquella experiencia y nunca jamás han pedido “ayuda” de nuevo al FMI.
Estas prácticas liberales han continuado hasta hoy. Así, las famosas condiciones de “austeridad” (que es el lenguaje para llevar a cabo aquellas políticas) se han incluido en las “ayudas” a Pakistán, al Salvador y a los países del Este de Europa (que han visto ya varias protestas populares en contra del desarrollo de tales políticas). Es importante contrastar lo que el FMI ha estado exigiendo a los países subdesarrollados con lo que está ocurriendo en los países desarrollados, donde sus gobiernos -frente a la crisis económica- están aplicando políticas de carácter keynesiano (tales como la expansión del gasto público y el crecimiento de la demanda interna, con recuperación de medidas proteccionistas) opuestas a las políticas liberales. Cuando tal contraste de exigencias se señala al FMI, la respuesta de tal institución ha sido (al menos hasta hace poco) que lo que “podían hacer los países desarrollados no podían hacerlo los países subdesarrollados”. Argumentaba el FMI que las políticas expansivas en los países subdesarrollados empeorarían la situación, al crecer las importaciones que incrementaría la negatividad de su balance de pagos al no poder equilibrarse tal aumento con el aumento de exportaciones, consecuencia de la recesión internacional. Esta respuesta que el FMI daba en contra de las políticas expansivas en los países subdesarrollados asumía que tales países no debían disminuir las importaciones a base de medidas proteccionistas, las cuales estaban prohibidas en las condiciones impuestas por el FMI Tal postura en contra del proteccionismo era la madre del cordero, es decir, era el punto central de la política liberal del FMI. Es alentador que últimamente el FMI ha cambiado de políticas, pasando de defender la austeridad de gasto público (promovida por el anterior director del FMI, Rodrigo Rato, percibido ampliamente por la comunidad internacional como uno de los peores directores que ha tenido el FMI) a favorecer la expansión de tal gasto (bajo la dirección del nuevo director, Dominique Strauss-Kahn). Este cambio es positivo. Pero el FMI mantiene su fundamentalismo en contra de las políticas proteccionistas necesarias para permitir el desarrollo de aquellos países.
Como Stiglitz y muchos otros economistas han señalado, no ha habido ningún país en el mundo que haya roto con su subdesarrollo sin recurrir al proteccionismo. La evidencia de ello es abrumadora. Como ha mostrado elocuentemente Ha-joon Chang en su excelente libro “Bad Samaritans. The Myth of the Trade and the Secret History of Capitalism” (2007), lo que el “libre comercio” y la desregulación de los mercados comerciales y financieros ha significado para los países subdesarrollados ha sido la entrada de los intereses económicos y financieros de los países desarrollados en sus mercados destruyendo su capacidad productiva. Y esta es la consecuencia del “libre comercio” del FMI. Dar más fondos a tal institución puede significar incrementar más la influencia de tal fundamentalismo que ha dañado y continúa dañando a las clases populares de los países subdesarrollados.
Una última observación. El FMI ha sido una correa de transmisión del Ministerio de Hacienda (Secretary of the Treasure) del gobierno federal de EE.UU., situación que alcanzó niveles extremos bajo la dirección de Rodrigo Rato. Históricamente, el director del FMI, aunque siempre ha sido un europeo, lo aprueba en la práctica el gobierno federal. La Unión Europea podría, en caso de que lo deseara, cambiar esta situación (pues sus votos podrían saltarse el veto de EE.UU.) pero nunca lo ha hecho, en parte para no antagonizar al gobierno federal de EE.UU., en parte porque tales políticas favorecen también a sus intereses comerciales y financieros. La profundidad de la crisis está cuestionándolo todo, incluyendo la propia existencia del FMI Estamos viendo una movilización (desapercibida como ocurre con frecuencia en los medios de información y persuasión españoles) a nivel mundial para la eliminación o reforma profunda del FMI Componentes de esta movilización incluyen: a) la campaña a favor de la eliminación de la deuda externa (que supone un enorme sacrificio a países que tienen que consumir a veces más de una tercera parte de sus ingresos en pagar sólo los intereses de tal deuda); b) las reformas propuestas por la comisión de las Naciones Unidas, presidida por Joseph Stiglitz que excluye al FMI del sistema de ayuda a los países en vías de desarrollo, desarrollando otro como alternativa; y c) la más importante, el desarrollo de bancos regionales en Asia (The Asian Monetary Fund) y en América Latina (con la colaboración de Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Paraguay y Uruguay), que están creando el Banco del Sur que sustituya al FMI en aquellas regiones. Todas estas son medidas que muestran el gran fracaso que el FMI ha significado en los últimos treinta años como promotor del neoliberalismo. La crisis de este último explica la crisis del primero. (Para una ampliación de la temática cubierta en este artículo, ver Sección “Neoliberalismo y Globalización” en mi blog www.vnavarro.org).
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Vicenç Navarro
domingo, 5 de abril de 2009
Como 'chiste de humor negro' calificó Galeano decisión del G-20
TeleSUR - Efe / FC
Para Galeano, la decisión anunciada por el grupo de los 20 significa "burlarse de los burlados", y califica de ilógica puesto que el FMI y el BM no "son organismos internacionales" y ninguno de los dos expresa "la voluntad del mundo.
De "chiste de humor negro" calificó este sábado el escritor uruguayo Eduardo Galeano la decisión del G20 de destinar un billón de dólares a los organismos financieros internacionales para enfrentar la crisis.
"Me han dicho que los van a canalizar a través del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM). Es un chiste de humor negro, sin duda, no puede ser verdad", afirmó
Para Galeano, la decisión anunciada por el grupo de los 20 significa "burlarse de los burlados", según afirmó el escritor en una entrevista con la agencia de noticias Efe, en México.
Esa medida es "para burlarse de los burlados, para echar sal sobre la herida porque eso no me lo puedo tomar yo en serio", por lo que califica de ilógica puesto que el FMI y el BM no "son organismos internacionales" y ninguno de los dos expresa "la voluntad del mundo, sino la de los amos del mundo, que son los que están empujando al planeta el abismo".
"En primer lugar porque hay una potencia que tiene derecho en los dos, que es Estados Unidos. Y en segundo lugar porque las decisiones las toman en el Fondo Monetario cinco países y en el Banco Mundial ocho".
"Son los que nos han impuesto a nosotros, los del sur del mundo, a través justamente del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, nos han impuesto la religión del mercado, han hecho puré el Estado (...) nos han obligado a bailar salsa al ritmo de la orquesta del Titanic", destacó.
De igual manera, Galeano consideró que "con toda la plata que le están dando a los culpables de la bancarrota universal, recompensándolos por el desastre que ellos mismos ocasionaron, con todo ese dinero se podría acabar con el hambre en el mundo".
Al ser consultado sobre un informe de la ONG Oxfam previo a la cita del G20, según el cual con los 8 mil 420 billones de dólares de dinero público comprometidos por los Gobiernos del mundo rico para el rescate del sector bancario podría eliminarse la pobreza mundial durante los próximos cincuenta años, Galeano indicó que el informe "se queda corto" y agregó que con ese dinero se podría "dar de comer a los hambrientos de aquí a la eternidad con postre incluido".
Lo único positivo que a su parecer se obtuvo de la promocionada cumbre de Londres, es que "al parecer se han puesto de acuerdo todos en que hay que acabar con el secreto bancario".
Con relación a este tema, hizo referencia a la palabras del ex-ministro de Economía uruguayo Ignacio de Posadas, quien rechazó la posibilidad de levantar el secreto bancario arguyendo que el secreto bancario "es un derecho humano", a lo que Galeano calificó como "Una frase inmortal para la antología de la infamia".
http://www.telesurtv.net
Para Galeano, la decisión anunciada por el grupo de los 20 significa "burlarse de los burlados", y califica de ilógica puesto que el FMI y el BM no "son organismos internacionales" y ninguno de los dos expresa "la voluntad del mundo.
De "chiste de humor negro" calificó este sábado el escritor uruguayo Eduardo Galeano la decisión del G20 de destinar un billón de dólares a los organismos financieros internacionales para enfrentar la crisis.
"Me han dicho que los van a canalizar a través del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM). Es un chiste de humor negro, sin duda, no puede ser verdad", afirmó
Para Galeano, la decisión anunciada por el grupo de los 20 significa "burlarse de los burlados", según afirmó el escritor en una entrevista con la agencia de noticias Efe, en México.
Esa medida es "para burlarse de los burlados, para echar sal sobre la herida porque eso no me lo puedo tomar yo en serio", por lo que califica de ilógica puesto que el FMI y el BM no "son organismos internacionales" y ninguno de los dos expresa "la voluntad del mundo, sino la de los amos del mundo, que son los que están empujando al planeta el abismo".
"En primer lugar porque hay una potencia que tiene derecho en los dos, que es Estados Unidos. Y en segundo lugar porque las decisiones las toman en el Fondo Monetario cinco países y en el Banco Mundial ocho".
"Son los que nos han impuesto a nosotros, los del sur del mundo, a través justamente del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, nos han impuesto la religión del mercado, han hecho puré el Estado (...) nos han obligado a bailar salsa al ritmo de la orquesta del Titanic", destacó.
De igual manera, Galeano consideró que "con toda la plata que le están dando a los culpables de la bancarrota universal, recompensándolos por el desastre que ellos mismos ocasionaron, con todo ese dinero se podría acabar con el hambre en el mundo".
Al ser consultado sobre un informe de la ONG Oxfam previo a la cita del G20, según el cual con los 8 mil 420 billones de dólares de dinero público comprometidos por los Gobiernos del mundo rico para el rescate del sector bancario podría eliminarse la pobreza mundial durante los próximos cincuenta años, Galeano indicó que el informe "se queda corto" y agregó que con ese dinero se podría "dar de comer a los hambrientos de aquí a la eternidad con postre incluido".
Lo único positivo que a su parecer se obtuvo de la promocionada cumbre de Londres, es que "al parecer se han puesto de acuerdo todos en que hay que acabar con el secreto bancario".
Con relación a este tema, hizo referencia a la palabras del ex-ministro de Economía uruguayo Ignacio de Posadas, quien rechazó la posibilidad de levantar el secreto bancario arguyendo que el secreto bancario "es un derecho humano", a lo que Galeano calificó como "Una frase inmortal para la antología de la infamia".
http://www.telesurtv.net
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viernes, 3 de abril de 2009
G-20: fracaso histórico
Hay conferencias internacionales triunfales. Otras son un fiasco. Por los desafíos que plantea la crisis mundial, la reunión del G-20 se presentaba como oportunidad legendaria para sentar las bases de una nueva economía, fuerte y sustentable. Lo que ha hecho es fracasar estrepitosamente. Las dramáticas convulsiones de las próximas décadas serán el legado de esta oportunidad perdida.
Pero los grandes fracasos se disfrazan mejor con pitos y flautas. Sin duda eso pensaba Gordon Brown, primer ministro inglés, cuando anunció las medidas adoptadas por el G-20 y afirmó que estaba emergiendo un nuevo orden internacional. Obama, para no quedarse atrás, declaró que se trata de un viraje en la evolución de la crisis. ¿De veras?
El G-20 reconoce la necesidad de restablecer la confianza, el crecimiento y el empleo. Por eso aprueba una expansión fiscal concertada entre 2009-2010 por 5 billones de dólares para lograr un incremento en la producción de 4 por ciento. Tomando en cuenta la magnitud del apalancamiento que conduce a esta crisis y la profundidad de su impacto en el sector real, ese monto (en dos años y entre los 20 países responsables de 85 por ciento del producto mundial) es realmente insuficiente.
Para apoyarse, el G-20 dice que el Fondo Monetario Internacional (FMI) pronostica la recuperación en 2010 y un crecimiento mundial de 2 por ciento. Pero citar al FMI en estos tiempos es como aferrarse a una vara llena de espinas. ¿Por qué no citan los informes del FMI de hace un año en los que el organismo afirmaba que la recesión sería leve y breve? El G-20 hace el ridículo: la verdad es que la crisis agarró dormido al FMI.
Dice el G-20 que hay que reparar el sector financiero para que vuelva a fluir el crédito. De acuerdo, pero los montos anunciados no son novedad y provienen de planes de rescate ya aprobados. En el caso de Estados Unidos, los montos comprometidos en los planes Paulson-Geithner son insuficientes. La injusticia e improvisación de esos planes son mal presagio.
El G-20 también quiere una nueva regulación bancaria, lo que es positivo. Pero un nuevo régimen regulatorio tardará por lo menos un par de años en edificarse. Y para que surta efectos se necesitará más tiempo, sobre todo en un sector tan inclinado a la falta de transparencia.
Una de las lagunas más importantes del comunicado del G-20 está en el tema del sistema monetario internacional. Ni una palabra sobre este asunto clave que preocupa sobremanera a China, principal tenedor de reservas denominadas en dólares. De hecho, casi todos los bancos centrales del grupo tienen reservas astronómicas en dólares. Así que varios deben haber pensado lo mismo: con la creación monetaria desenfrenada de la Reserva Federal, ¿qué va a pasar con el valor del dólar? Con razón se dice que la diplomacia y la hipocresía son hermanitos gemelos. No hay que engañarse: el silencio significa que cada jefe de Estado regresará a su país con su propia lista de prioridades políticas. Y cuidado, las listas no necesariamente son compatibles.
Declarar que hay que fortalecer al FMI y a la Organización Mundial de Comercio (OMC) es mala señal. Para comenzar se anuncia el establecimiento del Consejo de Estabilidad Financiera, pero esa fue siempre una misión del FMI. ¿Ahora sí la va a cumplir? El G-20 dice que el FMI ayudará a los llamados mercados emergentes y a los países subdesarrollados. Pero el Fondo fue arquitecto de múltiples crisis y rescates fallidos. Hoy, como ayer, impide tener una política macroeconómica autónoma. Por eso los países que pudieron, como Argentina y Brasil, prefirieron salirse de su órbita. ¿Qué habrán pensado Lula y la señora Kirchner cuando se habló del tema?
El G-20 afirma que la línea de crédito flexible del FMI servirá para estimular el crecimiento y aplaude a México por recurrir a ella. Pero en nuestro país sólo servirá para mantener el tipo de cambio y consolidar el modelo de sometimiento al capital financiero. Gracias. No cabe duda, Calderón no fue en calidad de bulto, sino de títere.
Robustecer a la OMC es echarle gasolina al fuego. De todos modos, el paquete de estímulo fiscal de Estados Unidos contiene cláusulas proteccionistas como no se habían visto en décadas. ¿Nadie cuestionó esto delante de Obama?
Al final el G-20 habla de crear “empleos verdes”. Pero eso demanda un trabajo preparatorio. No reconocerlo es caer en la demagogia. Además, se necesita una redefinición de prioridades y estrategias a nivel macroeconómico, algo que por lo visto el grupo no está dispuesto a reconocer.
El fiasco del G-20 hace recordar la Conferencia Económica Mundial de 1933. Ese cónclave se llevó a cabo en Londres para enfrentar la depresión y lo inauguró el rey Jorge V. A pesar de que la conferencia terminó en medio de amargas recriminaciones, transmitió la falsa sensación de que por lo menos la diplomacia seguía trabajando. Seis años después el mundo estaba envuelto en la peor conflagración del siglo XX. No cabe duda, arreglar las sillitas de cubierta nunca ha sido buena idea en caso de naufragio.
Pero los grandes fracasos se disfrazan mejor con pitos y flautas. Sin duda eso pensaba Gordon Brown, primer ministro inglés, cuando anunció las medidas adoptadas por el G-20 y afirmó que estaba emergiendo un nuevo orden internacional. Obama, para no quedarse atrás, declaró que se trata de un viraje en la evolución de la crisis. ¿De veras?
El G-20 reconoce la necesidad de restablecer la confianza, el crecimiento y el empleo. Por eso aprueba una expansión fiscal concertada entre 2009-2010 por 5 billones de dólares para lograr un incremento en la producción de 4 por ciento. Tomando en cuenta la magnitud del apalancamiento que conduce a esta crisis y la profundidad de su impacto en el sector real, ese monto (en dos años y entre los 20 países responsables de 85 por ciento del producto mundial) es realmente insuficiente.
Para apoyarse, el G-20 dice que el Fondo Monetario Internacional (FMI) pronostica la recuperación en 2010 y un crecimiento mundial de 2 por ciento. Pero citar al FMI en estos tiempos es como aferrarse a una vara llena de espinas. ¿Por qué no citan los informes del FMI de hace un año en los que el organismo afirmaba que la recesión sería leve y breve? El G-20 hace el ridículo: la verdad es que la crisis agarró dormido al FMI.
Dice el G-20 que hay que reparar el sector financiero para que vuelva a fluir el crédito. De acuerdo, pero los montos anunciados no son novedad y provienen de planes de rescate ya aprobados. En el caso de Estados Unidos, los montos comprometidos en los planes Paulson-Geithner son insuficientes. La injusticia e improvisación de esos planes son mal presagio.
El G-20 también quiere una nueva regulación bancaria, lo que es positivo. Pero un nuevo régimen regulatorio tardará por lo menos un par de años en edificarse. Y para que surta efectos se necesitará más tiempo, sobre todo en un sector tan inclinado a la falta de transparencia.
Una de las lagunas más importantes del comunicado del G-20 está en el tema del sistema monetario internacional. Ni una palabra sobre este asunto clave que preocupa sobremanera a China, principal tenedor de reservas denominadas en dólares. De hecho, casi todos los bancos centrales del grupo tienen reservas astronómicas en dólares. Así que varios deben haber pensado lo mismo: con la creación monetaria desenfrenada de la Reserva Federal, ¿qué va a pasar con el valor del dólar? Con razón se dice que la diplomacia y la hipocresía son hermanitos gemelos. No hay que engañarse: el silencio significa que cada jefe de Estado regresará a su país con su propia lista de prioridades políticas. Y cuidado, las listas no necesariamente son compatibles.
Declarar que hay que fortalecer al FMI y a la Organización Mundial de Comercio (OMC) es mala señal. Para comenzar se anuncia el establecimiento del Consejo de Estabilidad Financiera, pero esa fue siempre una misión del FMI. ¿Ahora sí la va a cumplir? El G-20 dice que el FMI ayudará a los llamados mercados emergentes y a los países subdesarrollados. Pero el Fondo fue arquitecto de múltiples crisis y rescates fallidos. Hoy, como ayer, impide tener una política macroeconómica autónoma. Por eso los países que pudieron, como Argentina y Brasil, prefirieron salirse de su órbita. ¿Qué habrán pensado Lula y la señora Kirchner cuando se habló del tema?
El G-20 afirma que la línea de crédito flexible del FMI servirá para estimular el crecimiento y aplaude a México por recurrir a ella. Pero en nuestro país sólo servirá para mantener el tipo de cambio y consolidar el modelo de sometimiento al capital financiero. Gracias. No cabe duda, Calderón no fue en calidad de bulto, sino de títere.
Robustecer a la OMC es echarle gasolina al fuego. De todos modos, el paquete de estímulo fiscal de Estados Unidos contiene cláusulas proteccionistas como no se habían visto en décadas. ¿Nadie cuestionó esto delante de Obama?
Al final el G-20 habla de crear “empleos verdes”. Pero eso demanda un trabajo preparatorio. No reconocerlo es caer en la demagogia. Además, se necesita una redefinición de prioridades y estrategias a nivel macroeconómico, algo que por lo visto el grupo no está dispuesto a reconocer.
El fiasco del G-20 hace recordar la Conferencia Económica Mundial de 1933. Ese cónclave se llevó a cabo en Londres para enfrentar la depresión y lo inauguró el rey Jorge V. A pesar de que la conferencia terminó en medio de amargas recriminaciones, transmitió la falsa sensación de que por lo menos la diplomacia seguía trabajando. Seis años después el mundo estaba envuelto en la peor conflagración del siglo XX. No cabe duda, arreglar las sillitas de cubierta nunca ha sido buena idea en caso de naufragio.
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jueves, 2 de abril de 2009
G-20: ¿enterrar o resucitar a Keynes?
Alejandro Nadal
La Jornada
El invitado más importante en la reunión del G-20 que comienza mañana es el economista John Maynard Keynes, o más bien, su fantasma. Ahí estará, codeándose con todos, aunque los participantes no lo vean. Algunos saludarán sus ideas sobre estímulos fiscales, otros hablarán de su plan para reorganizar el sistema monetario internacional al finalizar la Segunda Guerra Mundial.
Su lugar de invitado de honor se debe a la propuesta del gobernador del Banco Central de China, Zhou Xiaochuan, para reformar el sistema monetario internacional. La propuesta china recuerda que los países que emiten monedas de reserva enfrentan un dilema: o alcanzan sus objetivos internos de política monetaria, o satisfacen la demanda de una reserva internacional. No pueden alcanzar ambos objetivos a la vez: o satisfacen la demanda mundial de liquidez pero generan presiones inflacionarias internas, o restringen la demanda interna pero reducen la liquidez internacional.
La propuesta china señala que se necesita una unidad de reserva estable, desconectada de las economías individuales y que satisfaga las necesidades de liquidez de la economía mundial. Eso es acertado. El funcionario chino recuerda que la propuesta de moneda de reserva internacional la hizo John Maynard Keynes en 1943 y que esa propuesta visionaria no fue aceptada.
Pero una de dos, o en Pekín no han leído bien a Keynes, o simple y llanamente están seleccionando lo que le conviene al gobierno chino y desechando lo que no les gusta. Veamos por qué.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial Keynes llevó a la conferencia de Bretton Woods una propuesta para crear la unidad monetaria universal "Bancor" y la unión internacional de compensación, la International Clearing Union (ICU). Ese instrumento serviría para llevar a cabo ajustes automáticos en el comercio internacional para evitar los desequilibrios entre países con superávit exagerados y aquellos aplastados por déficit incontrolables.
En ese plan las exportaciones e importaciones se pagarían en bancors. Cada país tendría una cuenta en la ICU con un saldo cercano a cero debido a su equilibrio (o desequilibrio moderado) de exportaciones e importaciones. La cuenta en bancors de cada país mantendría una tasa de cambio fija (pero ajustable) con respecto a la moneda local.
El punto central del plan es el mecanismo de ajuste automático entre países superavitarios y deficitarios. Ambos compartirían la obligación de mantener un equilibrio en los flujos mundiales de comercio. Los países con déficit pagarían una tasa de interés a la ICU sobre su deuda en bancors y eso les impulsaría a reducir sus importaciones. Los de saldo comercial superavitario también tendrían que pagar a la ICU por ese excedente en bancors. Eso los incentivaría para invertir sus bancors en los países deficitarios o simplemente para reducir sus excedentes. El plan Keynes buscaba que los esfuerzos de los países deficitarios para equilibrar su balanza comercial coincidieran con el impulso de los países superavitarios para gastar sus bancors (que de otro modo carecerían de valor).
En síntesis, lo esencial del plan Keynes es el mecanismo de ajuste automático. Ese dispositivo habría sido objeto de un acuerdo internacional y habría sido complementado por un régimen regulatorio sobre flujos de capital. Todo eso permitiría aplicar políticas de pleno empleo en lo interno de cada país. El resultado: se impediría que cada país resolviera su problema de desempleo ahogando en exportaciones baratas a los demás. Quedaría vedado subsanar una deficiente demanda efectiva exportando desempleo, que es precisamente lo que sucede en la globalización neoliberal.
No hay que olvidar que hoy los países pobres enfrentarán problemas de liquidez para financiar cualquier esquema expansionista. En el plan Keynes eso se resolvería mediante la expansión de la oferta de la unidad monetaria internacional. Es lo que se pensó hacer originalmente con los derechos especiales de giro del FMI, pero eso no funcionó.
En síntesis, el objetivo del plan Keynes era permitir a cada país retomar una política macroeconómica interna activa, capaz de desempeñar un papel anticíclico. Esto es lo visionario del plan Keynes, no la idea aislada de una "moneda universal".
Desgraciadamente Keynes fue derrotado en Bretton Woods, de donde salió el Fondo Monetario Internacional, con funciones radicalmente distintas. Y hoy tenemos una mega crisis, con desequilibrios gigantescos entre países superavitarios y deficitarios. Todo se agrava porque el principal país deficitario es, precisamente, el país emisor de la moneda de reserva más importante de los últimos 50 años.
China tiene razón en preocuparse por la calidad de sus reservas. Frente a la amenaza de una fuerte pérdida de valor del dólar, no es cómodo estar sentado encima de un billón de dólares en reservas. Pero hay que tomar en cuenta dos cosas. Primero, ese problema proviene de la manera en que China buscó resolver su problema de desempleo: ahogando en exportaciones baratas al resto del mundo. Segundo, una nueva moneda universal podría tranquilizar la ansiedad de los chinos y otros países con fuertes reservas en dólares. Pero ese no es el único problema que enfrenta la economía mundial. Lástima que la propuesta China sea tan corta de miras. Me temo que sus amigos en el G-20 no buscarán complementarla. Curiosa reunión en Londres. ¿Fiesta en honor de Keynes o su funeral?
La Jornada
El invitado más importante en la reunión del G-20 que comienza mañana es el economista John Maynard Keynes, o más bien, su fantasma. Ahí estará, codeándose con todos, aunque los participantes no lo vean. Algunos saludarán sus ideas sobre estímulos fiscales, otros hablarán de su plan para reorganizar el sistema monetario internacional al finalizar la Segunda Guerra Mundial.
Su lugar de invitado de honor se debe a la propuesta del gobernador del Banco Central de China, Zhou Xiaochuan, para reformar el sistema monetario internacional. La propuesta china recuerda que los países que emiten monedas de reserva enfrentan un dilema: o alcanzan sus objetivos internos de política monetaria, o satisfacen la demanda de una reserva internacional. No pueden alcanzar ambos objetivos a la vez: o satisfacen la demanda mundial de liquidez pero generan presiones inflacionarias internas, o restringen la demanda interna pero reducen la liquidez internacional.
La propuesta china señala que se necesita una unidad de reserva estable, desconectada de las economías individuales y que satisfaga las necesidades de liquidez de la economía mundial. Eso es acertado. El funcionario chino recuerda que la propuesta de moneda de reserva internacional la hizo John Maynard Keynes en 1943 y que esa propuesta visionaria no fue aceptada.
Pero una de dos, o en Pekín no han leído bien a Keynes, o simple y llanamente están seleccionando lo que le conviene al gobierno chino y desechando lo que no les gusta. Veamos por qué.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial Keynes llevó a la conferencia de Bretton Woods una propuesta para crear la unidad monetaria universal "Bancor" y la unión internacional de compensación, la International Clearing Union (ICU). Ese instrumento serviría para llevar a cabo ajustes automáticos en el comercio internacional para evitar los desequilibrios entre países con superávit exagerados y aquellos aplastados por déficit incontrolables.
En ese plan las exportaciones e importaciones se pagarían en bancors. Cada país tendría una cuenta en la ICU con un saldo cercano a cero debido a su equilibrio (o desequilibrio moderado) de exportaciones e importaciones. La cuenta en bancors de cada país mantendría una tasa de cambio fija (pero ajustable) con respecto a la moneda local.
El punto central del plan es el mecanismo de ajuste automático entre países superavitarios y deficitarios. Ambos compartirían la obligación de mantener un equilibrio en los flujos mundiales de comercio. Los países con déficit pagarían una tasa de interés a la ICU sobre su deuda en bancors y eso les impulsaría a reducir sus importaciones. Los de saldo comercial superavitario también tendrían que pagar a la ICU por ese excedente en bancors. Eso los incentivaría para invertir sus bancors en los países deficitarios o simplemente para reducir sus excedentes. El plan Keynes buscaba que los esfuerzos de los países deficitarios para equilibrar su balanza comercial coincidieran con el impulso de los países superavitarios para gastar sus bancors (que de otro modo carecerían de valor).
En síntesis, lo esencial del plan Keynes es el mecanismo de ajuste automático. Ese dispositivo habría sido objeto de un acuerdo internacional y habría sido complementado por un régimen regulatorio sobre flujos de capital. Todo eso permitiría aplicar políticas de pleno empleo en lo interno de cada país. El resultado: se impediría que cada país resolviera su problema de desempleo ahogando en exportaciones baratas a los demás. Quedaría vedado subsanar una deficiente demanda efectiva exportando desempleo, que es precisamente lo que sucede en la globalización neoliberal.
No hay que olvidar que hoy los países pobres enfrentarán problemas de liquidez para financiar cualquier esquema expansionista. En el plan Keynes eso se resolvería mediante la expansión de la oferta de la unidad monetaria internacional. Es lo que se pensó hacer originalmente con los derechos especiales de giro del FMI, pero eso no funcionó.
En síntesis, el objetivo del plan Keynes era permitir a cada país retomar una política macroeconómica interna activa, capaz de desempeñar un papel anticíclico. Esto es lo visionario del plan Keynes, no la idea aislada de una "moneda universal".
Desgraciadamente Keynes fue derrotado en Bretton Woods, de donde salió el Fondo Monetario Internacional, con funciones radicalmente distintas. Y hoy tenemos una mega crisis, con desequilibrios gigantescos entre países superavitarios y deficitarios. Todo se agrava porque el principal país deficitario es, precisamente, el país emisor de la moneda de reserva más importante de los últimos 50 años.
China tiene razón en preocuparse por la calidad de sus reservas. Frente a la amenaza de una fuerte pérdida de valor del dólar, no es cómodo estar sentado encima de un billón de dólares en reservas. Pero hay que tomar en cuenta dos cosas. Primero, ese problema proviene de la manera en que China buscó resolver su problema de desempleo: ahogando en exportaciones baratas al resto del mundo. Segundo, una nueva moneda universal podría tranquilizar la ansiedad de los chinos y otros países con fuertes reservas en dólares. Pero ese no es el único problema que enfrenta la economía mundial. Lástima que la propuesta China sea tan corta de miras. Me temo que sus amigos en el G-20 no buscarán complementarla. Curiosa reunión en Londres. ¿Fiesta en honor de Keynes o su funeral?
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Alejandro Nadal,
Crisis Financiera,
G20
miércoles, 1 de abril de 2009
La superabundancia de dólares financia el fortalecimiento militar de EE.UU.
Michael Hudson
Global Research
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Desde hace tres semanas viajo por Europa discutiendo la crisis financiera global con funcionarios gubernamentales, políticos y dirigentes sindicales. Lo más notable es lo diferente que es la percepción del problema financiero. Es como estar en otro universo económico, no sólo en otro continente.
Los medios de EE.UU. guardan silencio sobre el tópico más importante discutido por los responsables políticos europeos (y sospecho que lo mismo sucede en Asia): cómo proteger sus países de tres dinámicas interrelacionadas: (1) el excedente de dólares que llueve sobre el resto del mundo para aún más especulación financiera y adquisiciones corporativas; (2) el hecho de que los bancos centrales se vean obligados a reciclar esa afluencia de dólares comprando bonos del Tesoro de EE.UU. para financiar el déficit presupuestario federal de ese país; y lo que es más importante (pero más ocultado por los medios de EE.UU.): (3) el carácter militar del déficit de pagos de EE.UU. y del déficit presupuestario federal interior.
Por extraño que parezca – y por irracional que sería en un sistema más lógico de diplomacia mundial – la superabundancia de dólares es lo que financia el fortalecimiento militar global de EE.UU. Obliga a los bancos centrales extranjeros a cargar los costes de la expansión del imperio militar de EE.UU. – una efectiva “tributación sin representación.” Mantener reservas internacionales en “dólares” significa reciclar sus entradas en dólares para comprar valores del Tesoro de EE.UU. – deuda del gobierno de EE.UU. creada en gran parte para financiar las fuerzas armadas.
Hasta la fecha, los países han sido impotentes para defenderse contra el hecho de que ese financiamiento obligatorio de los gastos militares de EE.UU. esté incorporado al sistema financiero global. Economistas neoliberales lo aplauden como “equilibrio,” como si formara parte de la naturaleza económica y de los “libres mercados” en lugar de ser una diplomacia implacable utilizada con creciente agresividad por funcionarios estadounidenses. Los medios de masas contribuyen, pretendiendo que el reciclaje de la superabundancia de dólares para financiar los gastos militares de EE.UU. es “mostrar su fe en la potencia económica de EE.UU.” al enviar “sus” dólares para “invertirlos” en ese país. Como si fuera cosa de una decisión, no de compulsión financiera y diplomática para decidir simplemente entre el “Sí” (de China, de mala gana), “Sí, por favor” (de Japón y la Unión Europea” y “Sí, gracias” (de Gran Bretaña, Georgia y Australia).
No es la “fe extranjera en la economía de EE.UU.” la que lleva a extranjeros a “colocar su dinero en nuestro país.” Es una estúpida visión antropomórfica de una dinámica más siniestra. Los “extranjeros” en cuestión no son consumidores que compran exportaciones de EE.UU., ni son “inversionistas” del sector privado que compran acciones y bonos de EE.UU. Las mayores y más importantes entidades extranjeras que colocan “su dinero” en EE.UU. son bancos centrales, y no es para nada “su dinero”. Están enviando de vuelta los dólares que exportadores extranjeros y otros destinatarios entregan a sus bancos centrales a cambio de moneda nacional.
Cuando el déficit de pagos de EE.UU. bombea dólares a economías extranjeras, esos bancos tienen poca alternativa fuera de comprar letras y bonos del Tesoro de EE.UU. – que el Tesoro gasta para financiar un enorme fortalecimiento militar hostil para cercar a los principales recicladores de dólares – China, Japón y productores de petróleo árabes de la OPEC. A pesar de ello esos gobiernos se ven obligados a reciclar los ingresos en dólares de un modo que financia las políticas militares de EE.UU. en cuya formulación no tienen parte, y que los amenazan de una manera más y más beligerante. Por eso China y Rusia tomaron hace algunos años la iniciativa en la formación de la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO). Aquí en Europa existe una clara conciencia de que el déficit de pagos de EE.UU. es mucho mayor que sólo el déficit comercial. Basta simplemente una mirada a la Tabla 5 de los datos de la balanza de pagos de EE.UU. compilada por el Buró de Análisis Económico (BEA) y publicada por el Departamento de Comercio en su
Survey of Current Business para ver que el déficit no proviene sólo de que los consumidores compren más bienes importados que los exportados por EE.UU. ya que el sector financiero desindustrializa su economía. Las importaciones de EE.UU. ahora caen al contraerse la economía y ahora los consumidores se ven obligados a pagar las deudas que han hecho.
El Congreso ha dicho a los inversionistas extranjeros en el mayor poseedor de dólares, China, que no compren nada que no sean concesiones de coches usados y tal vez más hipotecas en paquetes y acciones de
Fannie Mae – el equivalente de cómo inversionistas japoneses fueron llevados a gastar 1.000 millones de dólares en Rockefeller Center, por el cual sufrieron una pérdida de un 100%, y de la inversión saudí en Citigroup. Es el tipo de “equilibrio internacional” que adoran los responsables estadounidenses. “¡CNOOC go home! [Cnooc: compañía petrolera estatal china] es la consigna cuando se trata de intentos serios de gobiernos extranjeros y sus fondos soberanos de inversión (departamentos de bancos centrales que tratan de encontrar qué hacer con su superabundancia de dólares) de hacer inversiones directas en la industria de EE.UU.
Así que nos quedamos con la medida en la cual el déficit de pagos de EE.UU. proviene de los gastos militares. El problema no es sólo la guerra en Iraq, que ahora se extiende a Afganistán y Pakistán. Es el costoso fortalecimiento de bases militares de EE.UU. en países asiáticos, europeos, post-soviéticos y del Tercer Mundo. El gobierno de Obama ha prometido que el monto real de los gastos militares será más transparente. Eso significa presumiblemente que se publique un conjunto revisado de cifras de la balanza de pagos así como de estadísticas del presupuesto federal interior.
Los gastos fijos militares son muy parecidos a los gastos fijos de la deuda: extraen ingresos de la economía. En este caso es para pagar al complejo militar-industrial, no sólo a los bancos de Wall Street y a otras instituciones financieras. El déficit del presupuesto federal interior no proviene sólo de “cebar la bomba” [inversión para el relanzamiento económico] asignando sumas enormes para crear una nueva oligarquía financiera. Contiene un inmenso componente militar en rápido crecimiento.
Por lo tanto, europeos y asiáticos ven a compañías estadounidenses que lanzan más y más dólares hacia sus economías, no sólo para comprar sus exportaciones, aparte de suministrarles bienes y servicios a cambio, y no sólo para comprar sus compañías y “puestos de comando” de empresas públicas privatizadas sin darles derechos recíprocos para comprar importantes compañías de EE.UU. (hay que recordar el rechazo por EE.UU. del intento chino de invertir en el negocio de distribución de petróleo de EE.UU.), y no sólo para comprar acciones, bonos y bienes raíces extranjeros. Los medios de EE.UU. de alguna manera no mencionan que el gobierno de EE.UU. gasta cientos de miles de millones de dólares en el extranjero – no sólo en Oriente Próximo para combates propiamente tales, sino para construir enormes bases militares a fin de cercar al resto del mundo, para instalar sistemas de radas, sistemas de misiles teleguiados y otras formas de coerción militar incluyendo las “revoluciones de colores” que han sido financiadas – y siguen siendo financiadas en toda la ex Unión Soviéticas. Paletas de billetes de 100 dólares, envueltas en plástico, que suman decenas de millones de dólares de una vez se han convertido en “efectos visuales” familiares en algunas emisiones de televisión, pero no se hace el vínculo con los gastos militares y diplomáticos de EE.UU. y las tenencias de dólares por los bancos centrales extranjeros, de las que se habla simplemente como “maravillosa fe en la recuperación económica de EE.UU.” y presumiblemente “la magia monetaria” operada por Tim Geithner de Wall Street en el Tesoro y por Helicóptero Ben Bernanke en la Reserva Federal.
Y este es el problema: La compañía Coca Cola trató recientemente de comprar el mayor productor y distribuidor de jugo de fruta de China. China ya posee cerca de 2 billones de dólares en valores de EE.UU. – mucho más de lo que necesita o puede utilizar, mientras el gobierno de EE.UU. se niega a permitir que compre compañías importantes de EE.UU. Si hubiera permitido la adquisición por EE.UU., China se habría visto ante un dilema: La alternativa Nº 1 sería dejar que se realizara la venta y aceptar el pago en dólares, reinvirtiéndolos en lo que le diga el Tesoro de EE.UU. – bonos del Tesoro de EE.UU. que rinden cerca de un 1%. China aceptaría una pérdida de capital en estos últimos al aumentar los tipos de interés en EE.UU. o al bajar el dólar, ya que sólo EE.UU. mantiene políticas expansionarías keynesianas en su intento por capacitar a la economía para que sustente los gastos fijos de su deuda.
La alternativa Nº 2 es no reciclar los ingresos en dólares. Esto llevaría a que el renminbi aumente contra el dólar, erosionando así la competitividad de exportación de China en los mercados mundiales. Por lo tanto China, escogió una tercera vía, lo que provocó protestas de EE.UU., rechazó la venta de su compañía tangible por simples dólares “de papel” estadounidenses – que estaba asociada a la “alternativa” de financiar el aumento del cerco de la SCO por parte de EE.UU. Los únicos que no parecen hacer esa conexión son los medios de masa estadounidenses, y por ello el público de ese país. Puedo asegurar por experiencia personal, que en Europa sí la hacen. (Y un buen tema diplomático para la discusión: ¿Cuál será el primer país europeo, aparte de Rusia, en sumarse a la SCO?)
Los libros de texto académicos no dicen nada sobre cómo el “equilibrio” en los movimientos de capital extranjero – especulativo así como para inversiones directas – es infinito en lo que concierne a la economía de EE.UU. La economía de EE.UU. puede crear libremente dólares, ahora que no son convertibles en oro o siquiera en compras de compañías de EE.UU., ya que EE.UU. sigue siendo la economía más protegida del mundo. Sólo a EE.UU. se le permite que proteja su agricultura mediante cuotas de importación, después que dicha posibilidad fuera introducida hace medio siglo como así llamada “cláusula del abuelo” [Una ‘cláusula del abuelo’ es una excepción que permite que una regla antigua siga siendo aplicada a ciertas situaciones existentes, N. del. T.] en las reglas del comercio mundial. El Congreso se niega a permitir que fondos “soberanos de inversión” inviertan en importantes sectores de EE.UU.
Por lo tanto nos vemos enfrentados al hecho de que el Tesoro de EE.UU. prefiere que los bancos centrales extranjeros sigan financiando su déficit presupuestario interior, o sea que financien el coste de la guerra de EE.UU. en Oriente Próximo y el cerco de países extranjeros con anillos de bases militares. Mientras más “egresos de capitales” gastan los inversionistas de EE.UU. para adquirir economías extranjeras – los sectores más lucrativos, donde los nuevos propietarios estadounidenses pueden extraer las mayores rentas monopolísticas – más fondos terminan en los bancos centrales extranjeros para apoyar el refuerzo militar global de EE.UU. Ningún libro de texto sobre teoría política o relaciones internacionales ha sugerido axiomas para explicar cómo naciones actúan de un modo tan contrario a sus propios intereses políticos, militares y económicos. Sin embargo, es precisamente lo que ha estado ocurriendo durante la generación pasada.
De modo que la pregunta decisiva resulta ser ¿qué pueden hacer los países para contrarrestar ese ataque financiero? Un sindicalista vasco me preguntó si yo pensaba que el control de movimientos especulativos de capital aseguraría que el sistema financiero actúe en el interés público. ¿O se requiere una nacionalización directa para desarrollar mejor la economía real?
No es simplemente un problema de “regulación” o de “control de movimientos de capital especulativo.” La cuestión es cómo las naciones pueden actuar como verdaderas naciones, en su propio interés en lugar de ser maniatadas para que sirvan cualquier cosa que los diplomáticos de EE.UU. decidan que es de interés para EE.UU.
Cualquier país que trate de hacer lo que EE.UU. ha hecho durante los últimos 150 acusado sería acusado de ser “socialista” – y eso por parte de la economía más anti-socialista del mundo, con la excepción de cuando llama rescate para sus bancos “socialismo para los ricos,” es decir la oligarquía financiera. Esa inflación retórica casi no deja otra alternativa que la nacionalización directa del crédito como servicio público básico.
Desde luego, la palabra “nacionalización” se ha convertido en sinónimo para rescates de los mayores y más imprudentes bancos de sus préstamos tóxicos, y rescates de hedge funds y contrapartes no-bancarias de pérdidas en “capitalismo de casino,” que juega con derivados que AIG y otros aseguradores o participantes al lado perdedor de esos juegos no pueden pagar. Semejantes rescates no representan una nacionalización en el sentido tradicional del término – devolver la creación de crédito y otras funciones financieras básicas al dominio público. Es lo contrario. Se imprimen más bonos del gobierno para entregarlos – junto con el poder autorregulador – al sector financiero, bloqueando la posibilidad de que la ciudadanía recupere esas funciones.
Al enmarcar el tema en una elección entre democracia y oligarquía el problema pasa a ser quién controla el gobierno que hace la regulación y “nacionaliza.” Si el que decide es un gobierno cuyo banco central y los principales comités del Congreso que se ocupan de las finanzas son dirigidos por Wall Street, no se ayudará a dirigir el crédito hacia usos productivos. Simplemente continuará la era Greenspan-Paulson-Geithner de más y mayores obsequios para sus electores financieros.
La idea de “regulación” que tiene la oligarquía financiera es asegurar que los desreguladores estén instalados en posiciones clave y que reciban sólo un personal mínimo y poco financiamiento. A pesar del anuncio del señor Greenspan de que finalmente ha visto la luz y que se da cuenta que la auto-regulación no funciona, el Tesoro sigue dirigido por un funcionario de Wall Street y la Reserva Federal por un lobista de Wall Street. Para los lobistas la verdadera preocupación no es la ideología en sí – es el puro interés propio de sus clientes. Pueden escoger a tontos de buena voluntad, especialmente personalidades prestigiosas del mundo académico. Pero son sólo testaferros, ya que están dirigidos por seguidores de Milton Friedman en la Universidad de Chicago. Tales individuos son colocados para que sirvan de “guardabarreras” en las principales revistas académicas para excluir ideas que no sirvan a los lobistas financieros.
Esta excusa para excluir al gobierno de una regulación que tenga sentido pretende que las finanzas son tan técnicas que sólo alguien de la “industria” financiera es capaz de regularla. Para empeorar las cosas, se hace la afirmación adicional contra-intuitiva de que una característica de la democracia es que el banco central sea “independiente” del gobierno elegido. En realidad, claro está, es todo lo contrario de democracia. Las finanzas son el punto crucial del sistema económico. Si no son reguladas democráticamente en función del interés público, son “libres” para ser capturadas por intereses especiales. De modo que esto se convierte en la definición oligárquica de “libertad de mercado.”
El peligro es que los gobiernos permitan que el sector financiero determine cómo se aplicará la “regulación”. Los intereses especiales quieren ganar dinero en la economía, y el sector financiero lo hace de un modo extractivo. Es su plan de marketing. Las finanzas actuales actúan de manera que desindustrializa las economías, no las fortalece. El “plan” es: austeridad para la mano de obra, la industria y todos los sectores con la excepción de las finanzas, como en los programas del FMI impuestos a desventurados países deudores del Tercer Mundo. La experiencia de Islandia, Letonia y otras economías “financializadas” debería ser examinada, como lección objetiva, aunque sólo sea porque están en los primeros lugares de la lista del Banco Mundial en términos de “facilidad para hacer negocios.”
La única regulación que tenga sentido puede provenir desde fuera del sector financiero. De otra manera, los países sufrirán lo que los japoneses llaman “caída del cielo”: reguladores seleccionados de las filas de los banqueros y sus “idiotas útiles.” Al retirarse del gobierno vuelven al sector financiero para recibir puestos lucrativos, “compromisos para conferencias” y remuneraciones afines. Como cuentan con ello, regulan a favor de intereses financieros especiales, no del público en general.
El problema de los movimientos del capital especulativo va más allá de la elaboración de un conjunto de regulaciones específicas. Concierne el alcance del poder del gobierno nacional. Los Artículos de Acuerdo del Fondo Monetario Internacional impiden que los países restauren los sistemas “de tipos dobles de cambio” que muchos retuvieron durante los años cincuenta e incluso en los sesenta. Era una práctica generalizada que los países tuvieran una tasa de cambio para bienes y servicios (a veces varias tasas de cambio para diferentes categorías de importación y exportación) y otra para “movimientos de capital.” Bajo presión estadounidense, el FMI impuso la ficción de que existe una tasa de “equilibrio” que por casualidad es la misma para bienes y servicios como para movimientos de capital. Los gobiernos que no aceptaron esa ideología fueron excluidos de la calidad de miembro en el FMI y el Banco Mundial – o fueron derrocados.
La implicación para nuestros días es que la única manera como una nación puede bloquear movimientos de capital es retirarse del FMI, del Banco Mundial y de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Por primera vez desde los años cincuenta esto parece una verdadera posibilidad, gracias a la conciencia mundial de que la economía de EE.UU. está inundando la economía mundial con un excedente de dólares de “papel” – y de la negativa de EE.UU. a dejar de viajar gratis. Desde el punto de vista de EE.UU., no sería otra cosa que un intento de limitar su programa militar internacional.
© Copyright Michael Hudson, Global Research, 2009
Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.
http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=12944
Enlace a Rebelión
Global Research
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Desde hace tres semanas viajo por Europa discutiendo la crisis financiera global con funcionarios gubernamentales, políticos y dirigentes sindicales. Lo más notable es lo diferente que es la percepción del problema financiero. Es como estar en otro universo económico, no sólo en otro continente.
Los medios de EE.UU. guardan silencio sobre el tópico más importante discutido por los responsables políticos europeos (y sospecho que lo mismo sucede en Asia): cómo proteger sus países de tres dinámicas interrelacionadas: (1) el excedente de dólares que llueve sobre el resto del mundo para aún más especulación financiera y adquisiciones corporativas; (2) el hecho de que los bancos centrales se vean obligados a reciclar esa afluencia de dólares comprando bonos del Tesoro de EE.UU. para financiar el déficit presupuestario federal de ese país; y lo que es más importante (pero más ocultado por los medios de EE.UU.): (3) el carácter militar del déficit de pagos de EE.UU. y del déficit presupuestario federal interior.
Por extraño que parezca – y por irracional que sería en un sistema más lógico de diplomacia mundial – la superabundancia de dólares es lo que financia el fortalecimiento militar global de EE.UU. Obliga a los bancos centrales extranjeros a cargar los costes de la expansión del imperio militar de EE.UU. – una efectiva “tributación sin representación.” Mantener reservas internacionales en “dólares” significa reciclar sus entradas en dólares para comprar valores del Tesoro de EE.UU. – deuda del gobierno de EE.UU. creada en gran parte para financiar las fuerzas armadas.
Hasta la fecha, los países han sido impotentes para defenderse contra el hecho de que ese financiamiento obligatorio de los gastos militares de EE.UU. esté incorporado al sistema financiero global. Economistas neoliberales lo aplauden como “equilibrio,” como si formara parte de la naturaleza económica y de los “libres mercados” en lugar de ser una diplomacia implacable utilizada con creciente agresividad por funcionarios estadounidenses. Los medios de masas contribuyen, pretendiendo que el reciclaje de la superabundancia de dólares para financiar los gastos militares de EE.UU. es “mostrar su fe en la potencia económica de EE.UU.” al enviar “sus” dólares para “invertirlos” en ese país. Como si fuera cosa de una decisión, no de compulsión financiera y diplomática para decidir simplemente entre el “Sí” (de China, de mala gana), “Sí, por favor” (de Japón y la Unión Europea” y “Sí, gracias” (de Gran Bretaña, Georgia y Australia).
No es la “fe extranjera en la economía de EE.UU.” la que lleva a extranjeros a “colocar su dinero en nuestro país.” Es una estúpida visión antropomórfica de una dinámica más siniestra. Los “extranjeros” en cuestión no son consumidores que compran exportaciones de EE.UU., ni son “inversionistas” del sector privado que compran acciones y bonos de EE.UU. Las mayores y más importantes entidades extranjeras que colocan “su dinero” en EE.UU. son bancos centrales, y no es para nada “su dinero”. Están enviando de vuelta los dólares que exportadores extranjeros y otros destinatarios entregan a sus bancos centrales a cambio de moneda nacional.
Cuando el déficit de pagos de EE.UU. bombea dólares a economías extranjeras, esos bancos tienen poca alternativa fuera de comprar letras y bonos del Tesoro de EE.UU. – que el Tesoro gasta para financiar un enorme fortalecimiento militar hostil para cercar a los principales recicladores de dólares – China, Japón y productores de petróleo árabes de la OPEC. A pesar de ello esos gobiernos se ven obligados a reciclar los ingresos en dólares de un modo que financia las políticas militares de EE.UU. en cuya formulación no tienen parte, y que los amenazan de una manera más y más beligerante. Por eso China y Rusia tomaron hace algunos años la iniciativa en la formación de la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO). Aquí en Europa existe una clara conciencia de que el déficit de pagos de EE.UU. es mucho mayor que sólo el déficit comercial. Basta simplemente una mirada a la Tabla 5 de los datos de la balanza de pagos de EE.UU. compilada por el Buró de Análisis Económico (BEA) y publicada por el Departamento de Comercio en su
Survey of Current Business para ver que el déficit no proviene sólo de que los consumidores compren más bienes importados que los exportados por EE.UU. ya que el sector financiero desindustrializa su economía. Las importaciones de EE.UU. ahora caen al contraerse la economía y ahora los consumidores se ven obligados a pagar las deudas que han hecho.
El Congreso ha dicho a los inversionistas extranjeros en el mayor poseedor de dólares, China, que no compren nada que no sean concesiones de coches usados y tal vez más hipotecas en paquetes y acciones de
Fannie Mae – el equivalente de cómo inversionistas japoneses fueron llevados a gastar 1.000 millones de dólares en Rockefeller Center, por el cual sufrieron una pérdida de un 100%, y de la inversión saudí en Citigroup. Es el tipo de “equilibrio internacional” que adoran los responsables estadounidenses. “¡CNOOC go home! [Cnooc: compañía petrolera estatal china] es la consigna cuando se trata de intentos serios de gobiernos extranjeros y sus fondos soberanos de inversión (departamentos de bancos centrales que tratan de encontrar qué hacer con su superabundancia de dólares) de hacer inversiones directas en la industria de EE.UU.
Así que nos quedamos con la medida en la cual el déficit de pagos de EE.UU. proviene de los gastos militares. El problema no es sólo la guerra en Iraq, que ahora se extiende a Afganistán y Pakistán. Es el costoso fortalecimiento de bases militares de EE.UU. en países asiáticos, europeos, post-soviéticos y del Tercer Mundo. El gobierno de Obama ha prometido que el monto real de los gastos militares será más transparente. Eso significa presumiblemente que se publique un conjunto revisado de cifras de la balanza de pagos así como de estadísticas del presupuesto federal interior.
Los gastos fijos militares son muy parecidos a los gastos fijos de la deuda: extraen ingresos de la economía. En este caso es para pagar al complejo militar-industrial, no sólo a los bancos de Wall Street y a otras instituciones financieras. El déficit del presupuesto federal interior no proviene sólo de “cebar la bomba” [inversión para el relanzamiento económico] asignando sumas enormes para crear una nueva oligarquía financiera. Contiene un inmenso componente militar en rápido crecimiento.
Por lo tanto, europeos y asiáticos ven a compañías estadounidenses que lanzan más y más dólares hacia sus economías, no sólo para comprar sus exportaciones, aparte de suministrarles bienes y servicios a cambio, y no sólo para comprar sus compañías y “puestos de comando” de empresas públicas privatizadas sin darles derechos recíprocos para comprar importantes compañías de EE.UU. (hay que recordar el rechazo por EE.UU. del intento chino de invertir en el negocio de distribución de petróleo de EE.UU.), y no sólo para comprar acciones, bonos y bienes raíces extranjeros. Los medios de EE.UU. de alguna manera no mencionan que el gobierno de EE.UU. gasta cientos de miles de millones de dólares en el extranjero – no sólo en Oriente Próximo para combates propiamente tales, sino para construir enormes bases militares a fin de cercar al resto del mundo, para instalar sistemas de radas, sistemas de misiles teleguiados y otras formas de coerción militar incluyendo las “revoluciones de colores” que han sido financiadas – y siguen siendo financiadas en toda la ex Unión Soviéticas. Paletas de billetes de 100 dólares, envueltas en plástico, que suman decenas de millones de dólares de una vez se han convertido en “efectos visuales” familiares en algunas emisiones de televisión, pero no se hace el vínculo con los gastos militares y diplomáticos de EE.UU. y las tenencias de dólares por los bancos centrales extranjeros, de las que se habla simplemente como “maravillosa fe en la recuperación económica de EE.UU.” y presumiblemente “la magia monetaria” operada por Tim Geithner de Wall Street en el Tesoro y por Helicóptero Ben Bernanke en la Reserva Federal.
Y este es el problema: La compañía Coca Cola trató recientemente de comprar el mayor productor y distribuidor de jugo de fruta de China. China ya posee cerca de 2 billones de dólares en valores de EE.UU. – mucho más de lo que necesita o puede utilizar, mientras el gobierno de EE.UU. se niega a permitir que compre compañías importantes de EE.UU. Si hubiera permitido la adquisición por EE.UU., China se habría visto ante un dilema: La alternativa Nº 1 sería dejar que se realizara la venta y aceptar el pago en dólares, reinvirtiéndolos en lo que le diga el Tesoro de EE.UU. – bonos del Tesoro de EE.UU. que rinden cerca de un 1%. China aceptaría una pérdida de capital en estos últimos al aumentar los tipos de interés en EE.UU. o al bajar el dólar, ya que sólo EE.UU. mantiene políticas expansionarías keynesianas en su intento por capacitar a la economía para que sustente los gastos fijos de su deuda.
La alternativa Nº 2 es no reciclar los ingresos en dólares. Esto llevaría a que el renminbi aumente contra el dólar, erosionando así la competitividad de exportación de China en los mercados mundiales. Por lo tanto China, escogió una tercera vía, lo que provocó protestas de EE.UU., rechazó la venta de su compañía tangible por simples dólares “de papel” estadounidenses – que estaba asociada a la “alternativa” de financiar el aumento del cerco de la SCO por parte de EE.UU. Los únicos que no parecen hacer esa conexión son los medios de masa estadounidenses, y por ello el público de ese país. Puedo asegurar por experiencia personal, que en Europa sí la hacen. (Y un buen tema diplomático para la discusión: ¿Cuál será el primer país europeo, aparte de Rusia, en sumarse a la SCO?)
Los libros de texto académicos no dicen nada sobre cómo el “equilibrio” en los movimientos de capital extranjero – especulativo así como para inversiones directas – es infinito en lo que concierne a la economía de EE.UU. La economía de EE.UU. puede crear libremente dólares, ahora que no son convertibles en oro o siquiera en compras de compañías de EE.UU., ya que EE.UU. sigue siendo la economía más protegida del mundo. Sólo a EE.UU. se le permite que proteja su agricultura mediante cuotas de importación, después que dicha posibilidad fuera introducida hace medio siglo como así llamada “cláusula del abuelo” [Una ‘cláusula del abuelo’ es una excepción que permite que una regla antigua siga siendo aplicada a ciertas situaciones existentes, N. del. T.] en las reglas del comercio mundial. El Congreso se niega a permitir que fondos “soberanos de inversión” inviertan en importantes sectores de EE.UU.
Por lo tanto nos vemos enfrentados al hecho de que el Tesoro de EE.UU. prefiere que los bancos centrales extranjeros sigan financiando su déficit presupuestario interior, o sea que financien el coste de la guerra de EE.UU. en Oriente Próximo y el cerco de países extranjeros con anillos de bases militares. Mientras más “egresos de capitales” gastan los inversionistas de EE.UU. para adquirir economías extranjeras – los sectores más lucrativos, donde los nuevos propietarios estadounidenses pueden extraer las mayores rentas monopolísticas – más fondos terminan en los bancos centrales extranjeros para apoyar el refuerzo militar global de EE.UU. Ningún libro de texto sobre teoría política o relaciones internacionales ha sugerido axiomas para explicar cómo naciones actúan de un modo tan contrario a sus propios intereses políticos, militares y económicos. Sin embargo, es precisamente lo que ha estado ocurriendo durante la generación pasada.
De modo que la pregunta decisiva resulta ser ¿qué pueden hacer los países para contrarrestar ese ataque financiero? Un sindicalista vasco me preguntó si yo pensaba que el control de movimientos especulativos de capital aseguraría que el sistema financiero actúe en el interés público. ¿O se requiere una nacionalización directa para desarrollar mejor la economía real?
No es simplemente un problema de “regulación” o de “control de movimientos de capital especulativo.” La cuestión es cómo las naciones pueden actuar como verdaderas naciones, en su propio interés en lugar de ser maniatadas para que sirvan cualquier cosa que los diplomáticos de EE.UU. decidan que es de interés para EE.UU.
Cualquier país que trate de hacer lo que EE.UU. ha hecho durante los últimos 150 acusado sería acusado de ser “socialista” – y eso por parte de la economía más anti-socialista del mundo, con la excepción de cuando llama rescate para sus bancos “socialismo para los ricos,” es decir la oligarquía financiera. Esa inflación retórica casi no deja otra alternativa que la nacionalización directa del crédito como servicio público básico.
Desde luego, la palabra “nacionalización” se ha convertido en sinónimo para rescates de los mayores y más imprudentes bancos de sus préstamos tóxicos, y rescates de hedge funds y contrapartes no-bancarias de pérdidas en “capitalismo de casino,” que juega con derivados que AIG y otros aseguradores o participantes al lado perdedor de esos juegos no pueden pagar. Semejantes rescates no representan una nacionalización en el sentido tradicional del término – devolver la creación de crédito y otras funciones financieras básicas al dominio público. Es lo contrario. Se imprimen más bonos del gobierno para entregarlos – junto con el poder autorregulador – al sector financiero, bloqueando la posibilidad de que la ciudadanía recupere esas funciones.
Al enmarcar el tema en una elección entre democracia y oligarquía el problema pasa a ser quién controla el gobierno que hace la regulación y “nacionaliza.” Si el que decide es un gobierno cuyo banco central y los principales comités del Congreso que se ocupan de las finanzas son dirigidos por Wall Street, no se ayudará a dirigir el crédito hacia usos productivos. Simplemente continuará la era Greenspan-Paulson-Geithner de más y mayores obsequios para sus electores financieros.
La idea de “regulación” que tiene la oligarquía financiera es asegurar que los desreguladores estén instalados en posiciones clave y que reciban sólo un personal mínimo y poco financiamiento. A pesar del anuncio del señor Greenspan de que finalmente ha visto la luz y que se da cuenta que la auto-regulación no funciona, el Tesoro sigue dirigido por un funcionario de Wall Street y la Reserva Federal por un lobista de Wall Street. Para los lobistas la verdadera preocupación no es la ideología en sí – es el puro interés propio de sus clientes. Pueden escoger a tontos de buena voluntad, especialmente personalidades prestigiosas del mundo académico. Pero son sólo testaferros, ya que están dirigidos por seguidores de Milton Friedman en la Universidad de Chicago. Tales individuos son colocados para que sirvan de “guardabarreras” en las principales revistas académicas para excluir ideas que no sirvan a los lobistas financieros.
Esta excusa para excluir al gobierno de una regulación que tenga sentido pretende que las finanzas son tan técnicas que sólo alguien de la “industria” financiera es capaz de regularla. Para empeorar las cosas, se hace la afirmación adicional contra-intuitiva de que una característica de la democracia es que el banco central sea “independiente” del gobierno elegido. En realidad, claro está, es todo lo contrario de democracia. Las finanzas son el punto crucial del sistema económico. Si no son reguladas democráticamente en función del interés público, son “libres” para ser capturadas por intereses especiales. De modo que esto se convierte en la definición oligárquica de “libertad de mercado.”
El peligro es que los gobiernos permitan que el sector financiero determine cómo se aplicará la “regulación”. Los intereses especiales quieren ganar dinero en la economía, y el sector financiero lo hace de un modo extractivo. Es su plan de marketing. Las finanzas actuales actúan de manera que desindustrializa las economías, no las fortalece. El “plan” es: austeridad para la mano de obra, la industria y todos los sectores con la excepción de las finanzas, como en los programas del FMI impuestos a desventurados países deudores del Tercer Mundo. La experiencia de Islandia, Letonia y otras economías “financializadas” debería ser examinada, como lección objetiva, aunque sólo sea porque están en los primeros lugares de la lista del Banco Mundial en términos de “facilidad para hacer negocios.”
La única regulación que tenga sentido puede provenir desde fuera del sector financiero. De otra manera, los países sufrirán lo que los japoneses llaman “caída del cielo”: reguladores seleccionados de las filas de los banqueros y sus “idiotas útiles.” Al retirarse del gobierno vuelven al sector financiero para recibir puestos lucrativos, “compromisos para conferencias” y remuneraciones afines. Como cuentan con ello, regulan a favor de intereses financieros especiales, no del público en general.
El problema de los movimientos del capital especulativo va más allá de la elaboración de un conjunto de regulaciones específicas. Concierne el alcance del poder del gobierno nacional. Los Artículos de Acuerdo del Fondo Monetario Internacional impiden que los países restauren los sistemas “de tipos dobles de cambio” que muchos retuvieron durante los años cincuenta e incluso en los sesenta. Era una práctica generalizada que los países tuvieran una tasa de cambio para bienes y servicios (a veces varias tasas de cambio para diferentes categorías de importación y exportación) y otra para “movimientos de capital.” Bajo presión estadounidense, el FMI impuso la ficción de que existe una tasa de “equilibrio” que por casualidad es la misma para bienes y servicios como para movimientos de capital. Los gobiernos que no aceptaron esa ideología fueron excluidos de la calidad de miembro en el FMI y el Banco Mundial – o fueron derrocados.
La implicación para nuestros días es que la única manera como una nación puede bloquear movimientos de capital es retirarse del FMI, del Banco Mundial y de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Por primera vez desde los años cincuenta esto parece una verdadera posibilidad, gracias a la conciencia mundial de que la economía de EE.UU. está inundando la economía mundial con un excedente de dólares de “papel” – y de la negativa de EE.UU. a dejar de viajar gratis. Desde el punto de vista de EE.UU., no sería otra cosa que un intento de limitar su programa militar internacional.
© Copyright Michael Hudson, Global Research, 2009
Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.
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